martes, abril 13, 2021

Kratos Morretöl, "Anochecer en el mar de Prazdi" (1911)

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Toda vez que era originario de las tierras de interior, el mar siempre ejerció en Kratos Morretöl un atractivo cercano a la fascinación; tanto es así, que siempre que tuvo ocasión, dedicó buena parte de su obra a plasmar el eterno vaivén de las olas, la fuerza devastadora del temporal y la plasticidad cromática de los amaneceres y los ocasos, como ocurrió durante el viaje de estudios a la costa de Prazdi que realizó junto a su amigo Petron Alôrsh, becado como él por el Departamento Nacional de Artes. De aquellos días —"seguramente, los más felices de mi vida", como declaró Kratos muchos años más tarde en su autobiografía—, aparte de un buen número de obras, el artista guardó el recuerdo de un puñado de sabrosas anécdotas, como la del día en que fueron engañados por unos pescadores de Jorgän, que haciendo gala del carácter bromista de las gentes del lugar, les hicieron internarse en una zona del mar infestada de medusas, a consecuencia de lo cual, Petron perdió para siempre buena parte de la sensibilidad de una pierna, dada la cantidad de dolorosas picaduras que recibió. En el cuadro de hoy, el espectador atento podrá adivinar dos figuras de bañistas a la derecha de la obra. No son otros que los dos amigos disfrutando de un baño bajo la última luz solar, días antes, claro está, del encuentro con las medusas. En la imagen, "Anochecer en el mar de Prazdi" (1911).

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domingo, marzo 28, 2021

Kratos Morretöl, "Camino a Flochiz" (1912)

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Los inviernos pasados en Flochiz, pueblo natal de sus abuelos paternos, siempre supusieron para Kratos Morretöl el mejor de los recuerdos, y no porque el pueblito y su entorno fueran especialmente bellos, ya que, hasta en los días más templados, los amaneceres llegaban acompañados de pertinaces nieblas que no se disolvían hasta bien entrada la tarde, lo que hacía que el lugar resultara un tanto lúgubre. Pero todo lo compensaban las historias que su abuelo, el viejo capitán Claudes Morretöl, le contaba acerca de los personajes fabulosos que habitaban los bosques de Flochiz, como por ejemplo, el Broco, una criatura mitad hombre y mitad oso, que se apoderaba de los pantalones de los caminantes siempre que fueran de pana; o la Zurpathopeya, una gigantesca rata que devoraba a los que se internaban en el bosque a hacer sus necesidades mayores. Todas estas historias, contadas al amparo de la chimenea, llenaban de inquietud al pequeño Kratos, que nunca dejó de sentirse intranquilo cuando, ya estudiante de artes y siempre vigilante de su espalda, plantaba su caballete entre la floresta para plasmar en sus lienzos muchos lugares de la villa, como este "Camino a Flochiz" que hoy muestro; el camino que, no sin temor, tantas veces recorrió acompañado de su abuelo, cuando ambos regresaban del molino de comprar harina para que la bondadosa abuelita Graâkila elaborara las deliciosas tartas de nata y sardinas ahumadas que tanta fama le habían dado en la región.  


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miércoles, marzo 24, 2021

Kratos Morretöl, "El faro de Prari" (1911)

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El propósito de restablecerse de su estado de postración, llevó a Kratos Morretöl a aceptar la invitación de su amigo, el compositor Antone Volvos, para pasar unas semanas de asueto en la localidad costera de Prari. Allí, alojado en casa de Antone —una pintoresca construcción situada a los pies del viejo faro— y de su esposa, la gentil Marüka, Kratos tuvo la oportunidad de conocer a Marüketa, la hija del matrimonio, de la que se enamoró perdidamente. Sea que los días fueron meteorológicamente espantosos y que Marüketa rechazó sus proposiciones galantes, pues la joven tenía proyectado ingresar al año siguiente en el monasterio de Purto Sancte, hicieron que la noticia, lejos de recuperar a Kratos Morretöl de su melancolía, lo decidiera a despeñarse por los acantilados durante una noche de tempestad, tanta fue la desesperación en que lo sumió el amor contrariado de la muchacha; pero la oscuridad del exterior lo confundió y en vez de arrojarse por la parte del mar, lo hizo por el lado donde, pocos metros más abajo, unos peñascos ofrecían refugio a un grupo de cabras. El impacto fue terrible, dando como resultado la dislocación del húmero izquierdo del artista más la fractura de cuatro costillas y el que una de las cabras le devorase buena parte del sombrero. De aquella aciaga estancia en el hogar de los Volvos es el cuadro "El faro de Prari" que hoy ofrezco y que se expone actualmente en el Museo Departamental de Vullinas, su ciudad natal
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sábado, febrero 13, 2021

Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 40

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40

Ya hemos reflejado en repetidas ocasiones que, cuando Julián de Capadocia se pone pelma, no hay quien lo aguante. Pero es igual de inaguantable cuando entra en uno de sus mutismos que le duran días enteros y que lo llevan a desaparecer sin que nadie sepa adónde va. La Juaqui, medio preocupada, registra mil veces el armario empotrado donde Julián realiza sus meditaciones; su hija Charo y su compañera Esmeralda, lo telefonean y envían wasaps sin resultado; su hijo Diógenes, su nuera Mariloli y la pequeña Eva, se quedan en la puerta los domingos por la tarde, llamando infructuosamente al timbre; los de la peña deportivo-cultural La Salagartija y Pascual, el camarero, también se preguntan dónde se ha metido.

El caso es que nadie parece preocuparse en exceso; pues estas espantadas son habituales en Julián. Las practica dos o tres veces al año y le suelen durar cinco, seis días, o a lo sumo, una semana. De repente, aparece y, como si nada hubiera pasado, entrega a cada uno de sus familiares y amigos, extraños obsequios sin dar explicaciones. A uno, le regala un silbato de árbitro; a otro, una bala de revólver; a quién, un yo-yó; al de más allá, su último aforismo autógrafo ("El tiempo es sucesión en el espacio fijo; la materia es causalidad necesitada de tiempo y espacio. En la eternidad no existe el tiempo —por eso los ángeles no llevan relojes— ni, por tanto, la materia. La eternidad y la nada son lo mismo")... Pascual, el camarero, nos confirmó que, en una ocasión, le trajo como regalo un estornino disecado posado en un trozo de porexpán que simulaba ser una piedra. Julián no dice nada, y en cuanto se siente presionado con tanta preguntita, se larga de donde esté. Todo esto representa un enorme misterio que nosotros nos hemos prometido desvelar.

(Tras diez meses biografiando semanalmente a Julián de Capadocia, los investigadores dicen aprovechar una de estas desapariciones julianescas para encargarse de otros asuntos. No creen que tarde mucho en volver. Ni Julián, ni ellos mismos).

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Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 39

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39

A veces, a Julián de Capadocia le gusta vagabundear, andurrear por las calles sin propósito alguno, incluyendo el de no pegar la hebra con un prójimo inocente. Es así, que en muchas ocasiones ha terminado tumbado en algún banco del parque hasta quedar traspuesto como un mendigo beodo que duerme la mona. Lo ha desvelado entonces el sonido de las pisadas que un corredor deja en la gravilla o el aleteo de una paloma que se paseó sobre su pecho, dejándole en la camiseta unas cuantas cagadas. O ha despertado con su piedra pompeyana —la que le ayuda a conciliar el sueño— caída en el suelo porque se le abrió la mano y se soltó. Entonces, se incorpora, y como la bombilla que enciende un interruptor, se le viene a la cabeza algún aforismo nebuloso al que más tarde dará definitiva forma. "Vivir consiste en luchar por alejar de nosotros el pensamiento de que la vida no vale nada, de que no tiene importancia alguna".

Tras el asalto, bosteza, se despereza, respira hondo durante un par de minutos y vuelve a su casa, silencioso como un disciplinante. Pero desde hace un tiempo, ha encontrado un sencillo bien que le sirve para animarse tras estas jornadas tan azarosas como solitarias: el que le supone activar el móvil y ver en la pantalla la fotografía de su nieta Eva, que tiene dos meses recién cumplidos. "¡Si esta criatura supiera escribir...!", piensa Julián. "Dos meses son edad más que suficiente para plasmar una interesante autobiografía". 

Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 38

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38

Julián de Capadocia, ha encontrado desde que se hizo socio de La Salagartija, un raro placer en el runrún como de hormigonera que hacen las fichas de dominó al ser arrastradas sobre el mármol del velador, expectantes los jugadores al juego de manos del Fitipaldi (le llaman así, porque su nombre verdadero es Fernando Alonso) en la ceremonia con que comienza la partida. También, en los posteriores y violentos fichazos sobre la mesa que suenan a disparos y hasta en los vozarrones destemplados y plenos de fanfarronadas de los que en otro velador, emiten los que juegan al tute. Y es que tras media hora o tres cuartos de hora, la inmersión en ese estruendo hace que Julián, al abandonar el recinto, pueda degustar triplemente el silencio que le ofrece un parquecillo cercano.

Fue uno de esos días en que, acodado en la barra y degustando el tinto con sifón y los altramuces que le había servido Pascual, cuando pronunció el que luego se conoció como "Discursillo del silencio" y que ha sido recogido en el nº 27 de la revista "Estudios de singularidad" de la Escuela de Ingenieros Agrónomos de Valladolid: 

El silencio, Pascual, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con él no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por el silencio, así como por la quietud, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el ruido es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Pascual, porque bien has visto el esparcimiento, la abundancia que en esta peña deportivo-cultural en la que estamos, tenemos; pues en mitad de estas partidas de tute y dominó y de estas cervezas de nieve, me parece a mí que estoy metido entre las estrecheces del aburrimiento, porque el escaso silencio no lo gozo con la libertad que lo gozara si fuera mío, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas por ser socio son ataduras que no dejan campear al ánimo silente. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un rato de silencio sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

Dicho lo anterior, Julián de Capadocia abandonó el local, dejando a Pascual rascándose la coronilla de las dudas, porque todo aquello le había sonado de algo.

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jueves, enero 21, 2021

Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 37

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37

Muy contento se sintió Julián de Capadocia cuando descubrió que el tubo de cartón que había encontrado en el contenedor de papel de su calle, emitía el sonido justo que había estado buscando para sus sesiones de meditación, un largo y grave "¡ooouuuuummmmm!" que se extendía sin fluctuaciones durante toda la espiración. Era lo adecuado, porque el inspirar por la nariz lo llevaba bien, pero espirar por la boca, como indicaban los gurús, no tanto. El mínimo sonido del aire al salir entre los labios, lo distraía, y encima, parecía alterarle la presión sanguínea, subiéndola.

"Meditar no es más que tomar conciencia de la respiración", le decía a la Juaqui, mujer poco amiga de ilusionismos. "Meditar es no hacer nada. Silenciar la conciencia. Hacer que el Yo que me lleva hasta el interior del armario empotrado, se marche, se esfume cuando cierra la puerta". Así es. Como ya hemos anotado en alguna ocasión, el escenario preferido de Julián de Capadocia para meditar es un pequeño armario empotrado que tiene la Juaqui en un dormitorio, porque en su domicilio, el sonido del tubo provoca lastimosas lamentaciones en Zaratustra, su perrazo negro. Allí dentro, en la estrechez de féretro del armario, Julián adopta la posición orante de un musulmán e intenta, hasta conseguirlo, evadirse de ser. En una ocasión, y ya con el tubo de cartón en pleno uso, llegó a prolongar su sesión meditativa más allá de nueve horas. "Es cierto", nos ha confesado la Juaqui, "y puedo asegurar que no se quedó dormido porque no lo escuché roncar ni una sola vez. A mí me encanta saberlo allí encerrado, porque entre otras cosas, me deja ver la tele y enterarme de las cosas de Leticia Sabater o del hijo de la Pantoja. Con ellos, sí que me evado yo de mi yo sin tener que soplar por un tubo".

"Meditar es desaparecer", prosigue Julián, "volver a ese estado en que el hombre aún no tiene Yo, algo que según los sabios, se instala en nosotros para siempre a partir de los tres años. Ser solo respiración. Inspirar y espirar olvidando toda acción. De hecho, meditar no debería ser un verbo, no es un acto". Tras explicar todo esto a la Juaqui, Julián de Capadocia se mete en el ropero con su tubo y a los pocos minutos, ya se escucha desde la salita el hondo "¡ooouuuuummmmm!".
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Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 36

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36


Según comenta Julián de Capadocia a los integrantes de la peña deportivo-cultural La Salagartija o a Pascual, el camarero de la misma, la dieta alimenticia ideal para un humano moderno y concienciado, sería un vegetarianismo lactoovíparo e ictiófago, algo que él mismo, no logra llevar a cabo, puesto que las semanas de seguido que lo ha intentado y en los momentos diarios que dedica a la meditación, en vez de haberse recreado con imágenes relajantes, como pueden ser un paseo por la orilla del mar, un cielo azul con nubes de algodón o un riachuelo de agua cantarina que discurre entre rocas, le asalta la visión de un plato tapizado de jamón del bueno bien cortado.

Esta foto-fija lo conturba y entonces, no solo se ve obligado a interrumpir la meditación —que, por cierto, la realiza, no sentado como un monje zen, ni tumbado, sino adoptando una postura parecida a la del musulmán que reza— sino que ha de incorporarse para dirigirse a la despensa a cortar unas rodajas de salchichón, ya que en su hogar hace años que dejó de entrar el jamón en condiciones. "Cuando el pobre come jamón, o está malo el pobre o está malo el jamón", piensa para consolarse.
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miércoles, enero 06, 2021

2020: Resumen del año lector

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LECTURAS de 2020

"Contra todo pronóstico", como solía decir Camarón de la Isla, no ha sido este infausto año 2020 demasiado pródigo en lecturas. Mi situación personal, unida a la pandemia causada por el maldito Bicho y el consecuente confinamiento, más que de ganas de leer, me llenaron de preocupaciones y de una alarmante falta de concentración e interés que persisten hasta el día de hoy. Pese a todo, conseguí echarme a las gafas varias lecturas que no dudo en calificar de sobresalientes y que al final del listado, consignaré en el Cuadro de Honor. De momento, ahí va lo leído este año:

1. “Política” Aristóteles
Un poquito espeso el tratado, aunque con un poco de paciencia y buceando mucho, se encuentran muy valiosas perlas entre sus paginazas.

2. “Stoner” John Williams
Gran novela sobre una admirable existencia gris. De lo mejor del año.

3. “La república” Platón
Aquí tenemos el gran diálogo platónico, contenedor de todas sus célebres analogías, aporías, apotegmas y alegorías. Como dijo con mucha razón Whitehead, la filosofía de occidente no es sino notas a pie de página a los Diálogos.

4. “Muerte en el Nilo” Agatha Christie
Muy mala. Inverosímil. El tiempo la ha estragado.

5. “El infinito en un junco” Irene Vallejo
Ensayo de agradable lectura, pero un poco inflado de páginas y reiteraciones que, me temo, ha sido sobrevalorado en exceso. De todas formas, recomendable hasta para mi prima monja.

6. “La picaresca” Manuel Barrios
Psch. Intrascendente y localista en exceso. Se ha diluido en mi memoria.

7. “Cazando mariposas” VV. AA.
¿Qué era esto, por dios bendito?, ¿una colección de cuentos o qué?

8. “Mercados y mercadillos de Sevilla” Emilio Jiménez Díaz
Interesante, lleno de curiosidades para el nativo que no interesarían seguramente al forastero.

9. “Campo del Moro” Max Aub
Última entrega de la trilogía “La gallina ciega”. En esta ocasión, el gran Max Aub, me hizo sentirme aburrido como un beduino saltando a la comba.

10. “Principios elementales de filosofía” Georges Politzer
Relectura de estos apuntes para la formación teórico-marxista de los currelantes. Muy útil para conocer los principios del materialismo dialéctico.

11. “Lluvia fina” Luis Landero
El peor Landero con que me he topado. Inverosímil también.

12. “La felicidad, desesperadamente” André Comte-Sponville
Relectura de este delicioso ensayo del que es autor uno de los más amenos divulgadores que conozco.

13. “El cocodrilo” Fiodor Dostovieski
Cuentecito que pretende ser humorístico y que no me sacó ni una sonrisa. El humor ruso, caso de que exista tal cosa, no es lo mío.

14. “Al sur de la frontera, al oeste del sol” Haruki Murakami
Carambas, tengo que hacer muchos esfuerzos para recordar algo de lo sucedido en esta novela. Demasiado parecida a otras novelas del japonés.

15. “Vida de Don Quijote y Sancho” Miguel de Unamuno
Un exceso de vehemencia lastra este ensayo a mi juicio. Y es que se pone muy agonías aquí el señor Miguel.

16. “Cuentos andaluces” VV. AA.
Cada vez me resulta más chocante cualquier lectura que vaya acompañada de un lugar de procedencia. Lo he olvidado.

17. “Juan de Mairena” Antonio Machado
Imprescindible para captar el sentido profundo de la poesía de Machado; aquí se encuentran todas las claves de su escepticismo y mesura.

18. “Los dominios del lobo” Javier Marías
Sorprendente ópera prima de un jovencito Marías. Muy buena y brillante novela.

19. “El anticristo” Friederic Nietzsche
Uf. Otro vehemente el Federico. Libro religioso contra la religión.

20. “El incongruente” Ramón Gómez de la Serna
Divertido hasta la página 20. Luego, todo consiste en una reiteración.

21. “Invitación a la filosofía” André Comte-Sponville
Muy agradable ensayo y muy incitador a adentrarse en lo que casi todos intuimos y necesitamos que voces autorizadas confirmen.

22. “Diarios (1984-1989)” Sándor Márai
Devastadores. Se sale muy dolorido de esta lectura, muy lleno de tristeza; pero son maravillosos.

23. “Los límites de la conciencia” Ernst Pöppel
Relectura de un ensayo sobre el tiempo y el lenguaje, o sea, sobre lo que somos: trozos de carne habitados de conciencia, tiempo y lenguaje.

24. “A corazón abierto” Elvira Lindo
Me produjo esta lectura un exceso de pudor ajeno; incluso llegó a incomodarme.

25. “Impromptus” André Comte-Sponville
Un poquito cargante se puso aquí don Andrés, la verdad. Me interesó poco.

26. “A propósito de nada” Woody Allen
Expiación y justificación entre amargo humor y un puñado de anécdotas divertidas por parte del maestro de Brooklyn.

27. “Robinson Crusoe” Daniel Defoe
Todos creemos conocer esta novela hasta que la leemos de verdad. El tema de la isla es solo una parte y no la mayor. El resto, prescindible.

28. “El cuerpo humano” Bill Bryson
Chispeante divulgación alrededor de nuestro contenedor, el cuerpo que hospeda a la animula, vagula, blandula, que dijo el de las barbas. Bill Bryson nunca defrauda.

29. “Los Buddenbrook” Thomas Mann
¡Has salido El Gordo, señores! Exitoso 8Mil de este año, novelón magnífico. Obra maestra.

30. “Donde se guardan los libros” Jesús Marchamalo
Recorrido por las bibliotecas personales de diversos autores españoles contemporáneos. Curioso, ameno y olvidable.

31. “Un hijo de nuestro tiempo” Odön van Horváth
Individuos anónimos que luego formaron la generación que integró el nazismo. Psch, para echar el rato.

32. “Gente normal” Sally Rooney
Otro psch para echar el rato. Amoríos entre gente joven.

33. “Ecce homo” Friederic Nietzsche
Me costó esfuerzo terminarlo. Nietzsche puede ser la sardina que cada uno arrima a su ascua.

34. “Lo prohibido” Benito Pérez Galdós
Relectura de un novelón de calidad para celebrar el centenario de la muerte del Garbancero. ¡Qué gran serie de televisión saldría de aquí!

35. “Mi Ibiza privada” Antonio Escohotado
Curiosas y agradables memorias de este señorito de pasado jipi vuelto al redil de papá.

36. “El pintor” David Garrucho.
Novela autopublicada de un joven autor que adolece de lo propio: querer contarlo todo y querer hacerlo “escribiendo bien”.

37. “La vida interior de las plantas de interior” Patricio Pron
Recuerdo que me gustó mucho, pero no recuerdo el porqué, porque se me ha olvidado.

38. “Desfile de ciervos” Manuel Vicent
Retratos cáusticos salidos de la siempre cáustica pluma de Vicent. Divertido.

39. “El silencio de la escritura” Emilio Lledó
Espesito, espesito. Don Emilio parece necesitar tropecientas mil palabras para contar lo que podría decirse con cien.

40. “Diarios (2004-2007)” Iñaki Uriarte
Relectura de trozos de vida de este bon vivant profesional. Divertido también.

41. “Mitologías” Manuel Vicent
Más de Vicent. O sea, bien.

42. “Doktor Faustus” Thomas Mann (EN ACTIVO)
Aquí ando atascado, a la altura del 25%. Música y satanismo tratados con una profundidad que ya no se lleva.


Por lo tanto, y atendiendo a esta “Lista de lecturas, edición Maldito 2020”, tenemos que:

OBRAS PREMIADAS CON EL BASTÓN DE SAN NICOLÁS CON CINTAS VERDES 2020:
(no se cuentan las relecturas)

Mejor novela en español: “Los dominios del lobo” de Javier Marías.

Mejor obra de no ficción en español: “El infinito en un junco” de Irene Vallejo.

(Premio Especial Inclasificable a "Juan de Mairena" de Antonio Machado).

Mejor novela en lengua no española: "Los Buddenbrook" de Thomas Mann, (accesit para “Stoner” de John Williams).

Mejor obra de no ficción en lengua no española: “Diarios (1984-1989)" Sándor Márai.

¡Enhorabuena a los galardonados! (en el Teatro Nacional de Barogar donde se celebra el acto, se ha dispuesto el sonido de aplausos enlatados dada la prohibición de asistencia de público a causa de la pandemia de Covid-19. También se escuchan gritos pregrabados de "¡Bravo!" e incluso se ha dispuesto una máquina multibrazos que lanza claveles al escenario. En todo caso, los dos premiados españoles, por medio de una videoconferencia, se muestran emocionadísimos y hasta Irene Vallejo ha soltado alguna lagrimilla. Los galardones correspondientes a Thomas Mann, John Williams, Antonio Machado y Sándor Márai, los recogen sus respectivos fantasmas. Total, el virus ya no les afecta).
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viernes, enero 01, 2021

Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 35

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35

Desde que tiene conciencia consciente de ser, Julián de Capadocia no recuerda ni un solo 31 de diciembre que no sea presa de una profunda congoja; una desazón que va en aumento conforme se acerca el instante de las campanadas y las uvas, una tradición a la que permanece fiel a pesar de lo racionalmente insostenible que le resulta; pero, ¿no es acaso lo irracional el cimiento de toda tradición? En cualquier caso, la congoja que siente Julián, que es complementaria a la que experimenta cuando media hora antes decide salir al balcón y mirar al cielo y recibir su respuesta de soledad cósmica, no es óbice, obstáculo, valladar ni cortapisa, para sentir al mismo tiempo un deseo (¡él, a quien tan absurdo parece el concepto de deseo!) de felicidad y fraternidad humanas para el año venidero.
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