miércoles, abril 27, 2022

La bisabuela Catalina

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Según nos contaba la abuela, su madre; o sea, nuestra bisabuela Catalina, murió de una fiebre cuando la tuvo a ella. El caso es que por la guerra o por algún lío de esos antiguos o por yo qué sé, porque la abuela no nos lo explicaba bien, se guardaron la calavera de la bisabuela Catalina bajo una cosa de esas de cristal como una pecera adornada con flores. Pero un día, cuando nuestra madre se echó novio, se hartó de aquello y dijo que era una porquería y que no quería que su novio se asustara cuando entrara en la casa, allí en el pueblo. Y dijo también, que como no tiraran la cabeza de huesos de la bisabuela que no iba a dejar la parte de su sueldo que dejaba cada mes, porque ya trabajaba en la droguería de una vieja que se llamaba Fermina. Total, que tras muchos tiras y aflojas, cogieron la cabeza, la metieron en un macuto y la escondieron en una alacena que ya estaba tan abarrotada de cacharros que cada vez que se abría la puerta, normalmente se venían al suelo los canastos, las herramientas, la guitarra vieja del abuelo y el macuto con la cabeza. Cada vez que la cabeza se caía, se le rompía algo, un diente o un trozo de la mandíbula, que la tenía suelta, agarrada solo por unas tiras de esparadrapo. Y así durante mucho tiempo.

Total, que mamá se casó con papá y se fueron a vivir a la capital y nos tuvieron a nosotros y en verano nos íbamos de veraneo a casa de la abuela, que estaba al lado de la playa. El abuelo ya se había muerto y la abuela estaba muy mayor, por eso, mamá nos dejaba jugar con la cabeza del macuto, como la llamábamos nosotros. A la hora de la siesta, después de comer a la vuelta de la playa, nos íbamos al corral y hacíamos barro para formar los trozos que le faltaban a la calavera y hasta le rellenábamos los agujeros de los ojos y pusimos unos trozos de almejas como si fueran los ojos y hacíamos un entierro. Cuando llegaba el verano siguiente, la desenterrábamos y la arreglábamos otra vez, porque cada vez estaba peor. La última vez papá dijo, le voy a hacer un dibujo. Y lo dibujó y mamá decía riéndose, menos mal que la abuela no se entera de nada.

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lunes, marzo 28, 2022

Kratos Morretöl. "Medusa" (1938)

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"...tal como se encuentra expuesta en la Gliptoteca Nacional de Finlandia. Se trata de una de las más famosas incursiones de Kratos Morretöl en el modelado, un pseudobronce de apreciable tamaño que representa la cabeza de Medusa y que el artista elaboró en 1938, poco antes de conocer en Tampere a Sophiää Malakärää. "Desde luego, no me inspiré en su rostro para modelar a la gorgona como pretendieron algunos de mis más enconados enemigos, sino en mi tía Riska, que vivió muchos años en mi casa materna de Barogar. Esa era exactamente la expresión que ponía, cuando de niño, le pisaba el suelo recién fregado", contaba Kratos en su autobiografía." 

(De "Pintores y sus pinturerías", Alejandro Ulloa)
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sábado, marzo 26, 2022

Kratos Morretöl. "Venus de Egospótamos" (1933)

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"...empero su discurrir por las vanguardias, retomar el sencillo lápiz para ejecutar dibujos académicos representaba para Kratos Morretöl un ejercicio que lo llenaba de serenidad y satisfacción. "Tener entre las manos un lápiz sin mayores zarandajas ni acompañamientos es como zamparse un par de huevos fritos con patatas y chorizo tras una temporada comiendo solo gollerías", declaró a la revista Arts and Artists. "Es más", añadía, "pienso que para frenar el uso de la goma de borrar, ¡diabólico complemento!, ésta debería costar 300 brizes (*)". Por cierto, esta "Venus de Egospótamos" de 1933 figura en la actualidad en la colección particular de la show-woman Leticia Sabater."

(De "Pintores y sus pinturerías", Alejandro Ulloa)

(*) El brize es la moneda oficial de Barogar. 300 brizes vendrían corresponderían a unos 652 euros.
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jueves, marzo 17, 2022

Kratos Morretöl. "El mar" (1936)


"...el mar, la mar, siempre el mar. Como suele suceder entre personas del interior, el mar supuso para Kratos no solo una inspiración sino una obsesión, tal vez inducida por las historias que le contó de niño el viejo Heujenies Torp, un marinero que sirvió a bordo del ballenero Pequodo y al que un tiburón blanco cercenó ambas piernas cuando se equivocó al adoptar la postura de evacuación intestinal sentado en la borda de estribor. "Lo que más añoré a partir de entonces fue subir a la cofa y gritar aquello de ¡Por ahí resoooplaaa...!"

(De "Pintores y sus pinturerías", Alejandro Ulloa)


 

Kratos Morretöl. "Vidrioclip" (1921)

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"...Los juegos caleidoscópicos que presentan las pseudosimetrías nos conectan directamente con la forma; pero la ruptura figurativa nos devuelve en bucle al juego visual..."

(De "Pintores y sus pinturerías", Alejandro Ulloa)
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Kratos Morretöl. "Peras, botella de plexiglás y rama de hiedra" (1936)

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"...no fue ajeno Kratos a frecuentar los más selectos salones una vez su obra alcanzó cierto renombre. Fue el caso de las cenas organizadas por la Gran Duquesa en el exilio Flavia Flaviovna, que encargó al artista diversas pinturas para decorar su palacete en la Riviera francesa. Ejemplo de ello es este óleo sobre tabla, donde la equilibrada composición se amalgama por una pincelada suelta de delicados matices atmosféricos que llenó de prestigio su Salita de Té."

(De "Pintores y sus pinturerías", Alejandro Ulloa)
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domingo, enero 02, 2022

2021: Resumen del año lector

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Sin mayor dilación, procedo este año a consignar lo leído sin añadidos reseñísticos, pues es enorme la pereza que me da nada más pensarlo. Bueno, ahí la suelto:

LECTURAS AÑO 2021
(El asterisco indica relectura)


1. (*) “El miedo de los niños” Antonio Muñoz Molina (versión ilustrada).

2. (*) “La primera educación sentimental” Gustave Flaubert.

3. “Schubert nunca trabajó en Justicia” Miren Alcedo Moneo.

4. (*) “Luces de bohemia” Ramón maría del Valle-Inclán.

5. “Biografía del silencio” Pablo d’Ors.

6. “El mito de Sísifo” Albert Camus.

7. “Mamotreto” Raúl Cimas.

8. (*) “Epistolario inédito de Luis Cernuda” Fernando Ortiz.

9. (*) “Prosas apátridas” Julio Ramón Ribeyro.

10. “Textos presocráticos” VV.AA.

11. “Poesía completa” Enrique Jardiel Poncela.

12. “Dichos de Luder” Julio Ramón Ribeyro.

13. “Los helechos arborescentes” Francisco Umbral.

14. “La palabra del mudo” Julio Ramón Ribeyro.

15. “Persépolis” Marjane Satrapi.

16. “El huerto de Emerson” Luis Landero.

17. “La luz de los lejanos faros” Carlos García Gual.

18. “Examen de ingenios” José Manuel Caballero Bonald.

19. “La muerte de Iván Illich y otros relatos” León Tolstoi.

20. “Poeta chileno” Alejandro Zambra.

21. “Feria” Ana Iris Simón.

22. “Quince ventanas al Quijote” VV.AA.

23. “Tres historias sublevantes” Julio Ramón Ribeyro.
 
24. “Historias de mis calles” Francisco González Ledesma.

25. “El adversario” Emmanuel Carrére.

26. “El arte de la fuga” J. Ángel Sainz.

27. “Los trabajos de Persiles y Sigismunda” Miguel de Cervantes.

28. “Discurso del método” René Descartes.

29. “Ava en la noche” Manuel Vicent.

30. “El arte de la guerra” Sun Tzú.

31. “Diccionario de mitos” Carlos García Gual.

32. (*) “El nacimiento de la filosofía” Giorgio Colli.

33. “Volver a dónde” Antonio Muñoz Molina.

34. (*) “Historia de los griegos” Indro Montanelli.

35. “Principios de filosofía” Adolfo Carpio.

36. “El diablo de los números” Hans Magnus Erzensberger.

37. “El castellano es un idioma loable, lo hable quien lo hable” Luis Piedrahita.

38. “Cruel Zelanda” Jacques Serguine.

39. “Nada con que volver” Rafael Adolfo Téllez.

40. “Búnker” Toteking.

41. “Caza de conejos” Mario Levrero.

42. “Poemas de názora y azófar” Pilar Alcalde García.

43. “La rebelión de Epicuro” Benjamin Farrington.

44. (*) “Voces en Ruidera” Francisco García Pavón.

De todos modos, y para no ser tan seco con mi listilla (y dejando obviamente a un lado las relecturas, donde voluntariamente acudí al reclamo del gustirrinín), paso a elaborar un TOP 3 por géneros:

ENSAYO
"Principios de filosofía" Adolfo Carpio.
"Examen de ingenios" J. M. Caballero Bonald.
"La rebelión de Epicuro" Benjamín Farrington.

NARRATIVA de FICCIÓN
"Los helechos arborescentes" Francisco Umbral.
"Caza de conejos" Mario Levrero.
"Ava en la noche" Manuel Vicent.

NARRATIVA BIOGRÁFICA
"Historia de mis calles" Francisco González Ledesma.
"Volver a dónde" Antonio Muñoz Molina.
"Búnker" Toteking.

RELATOS
"Tres historias sublevantes" Julio Ramón Ribeyro.
"La muerte de Iván Illich y otros relatos" León Tolstoi.
"La palabra del mudo" Julio Ramón Ribeyro.

POESÍA
"Nada con que volver" Rafael Adolfo Téllez.
--Desierto.
--Desierto.

CÓMIC
"Persépolis" Marjane Satrapi.
"Mamotreto" Raúl Cimas.
--Desierto.

Y para terminar, señalo los TOP NEGATIVOS:

DECEPTIONS
"Los trabajos de Persiles y Sigismunda" Miguel de Cervantes.
"Poesía completa" Enrique Jardiel Poncela.

BABUCHASO EN TO LA BOCA
"Poemas de názora y azófar" Pilar Alcalde.
"Dichos de Luder" Julio Ramón Ribeyro.

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miércoles, diciembre 22, 2021

EL TITO EUSEBIO (chuminada navideña, 2021)

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EL TITO EUSEBIO

Ciertamente, el fallecimiento del tito Eusebio, una vez dictaminado lo irreversible de su penosa enfermedad, nos privó de aquellas Navidades que aún perduran como el mejor de nuestros recuerdos. Fue en la última Nochebuena que pasamos con él, cuando se nos hizo evidente su deterioro y aunque se cumplieron todos los rituales en que se habían convertido sus anuales propuestas, fuimos conscientes de que, a partir de entonces, como así sucedió, caeríamos atrapados en las garras de la vulgaridad.

Dado que todos los miembros de la familia pertenecíamos al movimiento "Verdad Luminosa", nuestras cenas navideñas eran frugales y rapidísimas, puesto que lo que nos interesaba era terminar cuanto antes con tal trámite para asistir al pequeño espectáculo que el tito Eusebio organizaba tras el postre, que en general consistía en medio melocotón en almíbar por cabeza, tras haber sorbido previamente una sopita de fideos de Avecrem y deglutido una tortillita francesa, composición en que consistía nuestro parco menú. Ah, y acompañado todo de un vasito de Casera de naranja.

El caso es que el tito Eusebio, llegado de no se sabe dónde, se presentaba en casa poco antes de comenzar la cena y tras los saludos y abrazos efectuados en abigarrada piña, nos hacía entrega a cada uno de nosotros de un obsequio consistente, como buen representante que era de "Verdad Luminosa", de unas chanclas de esas de goma que se usan en las piscinas, o en su defecto, de sendos esquijamas unisex con algún rótulo incomprensible estampado en el pecho.

Mas lo importante, como digo, era lo que sucedía después, cuando recogida la mesa y repartidos los diecisiete o dieciocho comensales por todo el amplio salón, el tito Eusebio daba comienzo a su espectáculo de sombras chinescas. En efecto, disponíamos una blanca sábana sobre una de las paredes que desalojábamos de cuadros y pósteres del gurú Zacarías y colocábamos una vela encajada en el cuello de una botella frente a tal pantalla. Entonces, el tito Eusebio daba la orden de "¡Que alguien apague la luz!" y situando sus manos entre la llama de la vela y la sábana, hacía extrañas contorsiones con los dedos hasta producir la ilusión proyectada de animalitos que cobraban efímera vida: conejos, águilas voladoras, elefantes, o figuras más complicadas, como rostros humanos que parecían cantar o tocar la trompeta; aunque ninguno de estos efectos superaba el ejercicio final, una extraordinaria composición que simulaba perfectamente a una pareja humana que fornicaba con coordinados movimientos.

Acabado el espectáculo de las sombras chinescas, el auditorio comenzaba a exigir al unísono "¡Que salga el abuelo! ¡Que salga el abuelo!", y era entonces cuando el tito Eusebio se encerraba en la habitación del abuelo Eusebio y en el rato que nosotros tardábamos en desmontar lo de la vela y la sábana y reordenar las sillas y butacas, aparecía el tito Eusebio por el pasillo vestido, maquillado, sin faltarle detalle, como el difunto abuelo Eusebio, fundador del movimiento "Verdad Luminosa".

Y es que se daba la circunstancia que el tito Eusebio y el abuelo Eusebio habían sido como dos gotas de agua, tal era su extraordinario parecido. El tito Eusebio avanzaba casi a oscuras por el pasillo ataviado con el traje marrón del abuelo, su bufanda de cuadros, sus relucientes mocasines y, como no, con su bastón y aquellas gafas de gruesos cristales que se vio obligado a usar tras su operación de cataratas. Su entrada en el salón, hay que hacerse cargo, provocaba una pequeña catarsis.

Sobrepuestos a esta conmoción, el tito Eusebio era recibido entre aplausos y aclamaciones tras los cuales, comenzaba a relatarnos, ya como abuelo Eusebio, las características del Más Allá en el que habitaba, extendiéndose en detalles curiosísimos, como, por ejemplo, que los que allí estaban no tenían necesidades excretoras, o nos hablaba de una liga de fútbol especial donde el balón se renovaba cada tres minutos porque se trataba de un globo. También nos contaba sus encuentros con grandes autoridades y personajes, y así nos informó de lo poco que se parecía el verdadero Cervantes a la imagen que de él tenemos la mayoría de lectores (“la nariz la tiene como una enorme patata”), o cómo, en una ocasión, se vio obligado a enderezar un tabique ayudado por Catalina la Grande, la emperatriz de Rusia. "¡No sabéis qué repolluda está la mujer!", nos dijo.

Después, se abría un turno en el que cada uno de nosotros tenía el derecho de hacerle al abuelo Eusebio una sola pregunta. La última que yo le hice —fue allá por 1993— la recuerdo bien: "Abuelo, ¿y allí dan café después de la comida?", porque el abuelo Eusebio era hombre de los de café, copa y puro, por muy fundador de "Verdad Luminosa" que hubiera sido. "Pues mira, hijo, esa es una de las peguillas del Más Allá: que no hay café ni tabaco; aunque la verdad sea dicha, el coñac que nos sirven los empleados del cátering es de una calidad excepcional".

Era de esta forma, a través del tito Eusebio actuando de médium, como de manera tan amena e interesante, conocimos los secretos y cotilleos que están ocultos para la mayoría de los mortales. Una información que, claro está, fue acrecentándose durante muchos años y que yo me encargué de recoger en una especie de actas que levantaba la misma mañana de Navidad, cuando el tito Eusebio, que ni siquiera pasaba la noche en casa, desaparecía rumbo a un destino desconocido hasta que al año siguiente regresaba puntual, cargado de regalos y chapurreando saludos cariñosos en el idioma del país donde había pasado la temporada extendiendo las enseñanzas de "Verdad Luminosa".

Pero tras el fallecimiento del tito Eusebio, que finalmente lo sorprendió, ya muy enfermo, surcando en un catamarán las aguas del mar de Java, dio al traste con todo; no solo con las bases teoréticas y teleológicas de nuestro movimiento, sino con nuestra unión. A partir de entonces dio comienzo un implacable proceso de dispersión que llevó a cada uno a echarse novio o novia, a formar familias, a endeudarse con hipotecas, a comprar automóviles y, llegadas las fechas, a atiborrar nuestros domicilios con chabacanas composiciones de árboles navideños y belenes, y disponer en las mesas turrones, polvorones y mazapanes. Uno de nosotros, incluso llegó a adquirir un décimo de Lotería que luego, ni siquiera tocó. 


Koniec
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jueves, diciembre 16, 2021

Kratos Morretöl. "Paisaje de Nûpliz" (1926)

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"...un excesivo estado de penuria económica obligó a Kratos a refugiarse en la pequeña localidad de Nûpliz, donde realizó diversos trabajos de orden agropecuario en la granja del señor Jojajim Harribikas a cambio de comida, alojamiento y una pequeña retribución en metálico que Kratos empleó en adquirir telas y óleos para continuar con su labor pictórica, pero de manera muy limitada. De hecho, en este paisaje donde podemos observar la granja donde se estableció durante una temporada, solo empleó para su elaboración los tres colores primarios más el blanco, tantas eran sus carencias. Con todo, Kratos siempre guardó el mejor de los recuerdos acerca de su experiencia en la granja y sobre todo de la cabra "Lutinn" ("Lucero"), un animal que hizo que comentara en una carta a un amigo: "No puedes imaginar el hechizo que en mí producen sus ojazos y, ¡ay!, sus pestañitas".

(De "Pintores y sus pinturerías", Alejandro Ulloa)


jueves, noviembre 25, 2021

Antonio y María

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¿Quiénes son los fotografiados?, se preguntarán los distinguidos seguidores de este chorriblog. Pues con mucho gusto les solventaré el enigma en un periquete: son, de izquierda a derecha, Antonio y María. Ea, misterio resuelto con ironía.

Verán, cuando en 1964 llegamos al nuevo barrio, entonces en las afueras, desde un centro de la ciudad que en buena parte se encontraba ruinoso, nos pareció entrar en Disneylandia. Aquellos edificios del Patronato Nacional de la Vivienda de diez plantas de altura eran de arquitectura moderna, de un audaz racionalismo. Por entonces, todo olía a nuevo, como la cartera de un colegial al comenzar el curso escolar; los pisos, por los que se pagaba un alquiler simbólico antes de pasar a ser propiedad de los inquilinos, eran amplios y estaban generosamente distribuidos; los bloques se organizaban por pares en torno a patios ajardinados, ¡cada bloque tenía un ascensor que subía y bajaba como en los rascacielos! y, lo más increíble de todo: por cada dos bloques había un portero/mantenedor con vivienda propia e idéntica a las demás.

El portero que nos tocó en suerte a los vecinos de los bloques 7 y 8 fue este señor de la imagen, Antonio, un hombre bueno al que los niños hacíamos muchas perrerías. De entrada, lo llamábamos, sin mayor matiz caritativo, El Orejas. Cuando se enfadaba, hacía que nos perseguía y sacaba un poco entre los labios su dentadura postiza. Antonio el portero siempre iba vestido con un mono azul y barría el patio, podaba los arbolitos, cuidaba la fuentecilla central y regaba las plantas y el propio patio con una manguera, calzado con altas botas de goma o con severas sandalias con calcetines.

En verano, a las horas más calurosas de la tarde, los niños, que nos organizábamos en una horda temible y ratonera, vestidos solo con pantaloncillos de espuma, nos dedicábamos a quemar por los descampados rastrojos de jaramagos con palos impregnados en alquitrán sin importarnos el fuego ni el calor. Volvíamos al bloque tras los incendios sudando como pollos y tiznados por completo de humo, coincidiendo con la hora del riego vespertino de Antonio el Orejas, por lo que comenzábamos la diaria cantinela de "¡Porteeerooo, agua quieeeroooo!". Desbandados al principio, pero puestos en fila después, recibíamos uno por uno el refrescante manguerazo de Antonio el portero, que nos dejaba limpios como delfines y dispuestos, una vez secos, a reclamar la merienda a nuestras madres.

La mujer de Antonio, María, era una mujer muy seria, arisca con los niños y a la que no le gustaba nada que la llamaran María "la portera". "El portero es mi marido, no yo", decía refunfuñando. Como nosotros, vivían en un bajo y la veíamos siempre cosiendo tras la ventana, mirándonos por encima de las gafas con el ceño fruncido como una costura.

La última vez que vi a Antonio fue cuando casi agonizaba en su cama. Yo volvía con mi tío desde Bilbao y entramos a saludarlo sabiéndolo muy enfermo. Un cáncer, una "cosa mala" como se decía entonces, lo había dejado en los huesos y apenas podía hablar. Allí tendido era como un esqueleto en pijama. María le sobrevivió algunos años más, complementando su escasa pensión de viudedad con trabajos de costurera. Cuando mi madre también enviudó y se quedó sola en una casa excesiva, me contó su proyecto de traerse con ella a María para compartir vivienda y darse mutua compañía y ayuda. Pero no hubo tiempo, porque al poco, María murió. Mi madre la apreciaba mucho, un sentimiento mutuo que fue aumentando con los años.

Antonio y María tenían una sola hija, alta, a la que le clareaba el pelo y con cara de mujer antigua vestida con un abrigo igual de antiguo. Los domingos por la tarde venía con su marido a visitar a los padres trayendo una bandejilla de pasteles agarrada por el lacito. Cuando sus padres murieron alquiló el piso a unos estudiantes y finalmente, lo vendió a una familia de chinos.

Antonio y María, como la inmensa mayoría de humanos, pasaron por la vida de puntillas, sin hacer mucho ruido. Las que dejaron, fueron apenas huellas en la arena mojada del existir. Yo no sé si sobre ellos se conserva algún tipo de información en la red; da igual si así no fuera. Pero por si acaso, y porque no mueran del todo en la difuminada memoria global de nuestra especie, o siquiera por agradecer aquellos manguerazos vigorizantes de Antonio y el silencioso aprecio de María por mi familia, lanzo desde este lugar al ciberespacio esta fotografía para que la imagen congelada de ambos, tomada en 1969, viaje no sé cómo, por no sé dónde y hasta no sé cuándo.
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