martes, julio 16, 2024

Sardinas

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¿Cuál es la ración de sardinas adecuada, independientemente del saque que tenga cada uno? (hablo de gente moderada y de las sardinas tirando a grandes propias de la Costa de la Luz). Pienso que un mínimo de 3 ejemplares y un máximo de 6. Todo lo demás es gula y despropósito. Además, un cólico con vomitona de sardinas es inolvidable.

A mí me gusta comerlas con tenedor y cuchillo, si es con palita de pescado, mejor, ejerciendo sobre ellas una virtuosa labor cisoria cercana a la quirúrgica. Pinchando el gaznate, eviscero el pescadito, le doy la vuelta y recorto luego la aleta dorsal sacando dos lomos limpios (les dejo puesta la crujiente piel porque me gustan mucho los microplásticos y los metales pesados): uno de los desespinados lomitos lo deposito a lo largo del cuchillo y p'adentro que va; el otro, lo extiendo en un rebanadita de pan previamente lubricado con la grasilla que suelta el ex-pez clupeiforme de bellos ojos, y p'adentro también. En el plato quedan limpias las raspas con su cabecita y su colita.

En ningún momento toco el cadáver con los dedos, principal objetivo.

Una sencilla ensalada de lechuga, tomate y cebolla es el mejor acompañamiento. O un picaíllo de tomate, cebolla, pimiento y pepino. Para beber, cerveza, verdejo, albariño, vinho verde o txakolí. Cualquiera vale, siempre y cuando esté muy frío.

Tras ello es aconsejable una buena siesta de horita y media sobre fresca sábana de algodón, teniendo como casi imperceptible fondo alguna sonata de Beethoven y/o el runrún del ventilador si es usted de clase humilde. Ojo, la ingesta de sardinas y la práctica del sexo no se llevan bien. Absténganse.

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jueves, julio 11, 2024

Robinson sufría y yo me alegraba

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Manuel Vicent recuerda en su libro lo que dijo Borges en uno de sus relatos: a consecuencia de someter a la esclavitud a los negros, disfrutamos hoy del blues y del jazz. Y yo pregunto, ¿existiría la literatura en un mundo feliz, justo, organizado? Pues seguramente, pero carecería de todo interés. En el cóctel de la literatura, el amargo zumo del sufrimiento es el principal ingrediente, declaró Gunda Paxcallo.

Ayer, al abrir una puertecilla y verlos ahí dentro —los conservo todos— después de mucho tiempo, recuperé un recuerdo: el placer completo que representaba para mí cuando niño el reunir el dinero suficiente para poder comprar en la papelería-librería de Luis Nogales, en la avenida de los Teatinos, un libro de la colección Historias Selección de Bruguera. Salía solo de casa y allá me dirigía, pues aquel era un gozo estrictamente solitario, llevando las monedas justas apretadas en el puño. El propio Nogales —gordinflón, calvichi, con bigotito— ponía sobre el mostrador los ejemplares que entonces tuviera. ¡Qué difícil era elegir solo uno! Mi decisión la determinaba casi siempre la portada, pues apenas conocía títulos fuera de los habituales.

Todavía me emociona el verdiazul que tanta profundidad daba al mar donde, luchando contra las olas, Robinson Crusoe se salvó del naufragio agarrado a un trozo de mástil; un color que tanto me perturbó y que tantas promesas de placer contenía. Allí estaban la felicidad (mía) gracias al padecer de otro (Robinson).


Compruebo ahora que en el mercado electrónico de libros de segunda mano, se puede conseguir un ejemplar de él en perfecto estado por poco más de 1 euro. Qué tristeza.

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lunes, mayo 20, 2024

Génesis

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Expulsados Nuestros Primeros Padres del Paraíso por el Ángel de flamígera espada enviado por el Creador, sintieron vergüenza de su propia desnudez. Fue así que cubrieron con urgencia sus naturas con sendas hojas de parra. ¿Pero cómo fue que las sujetaban? 

Muy sencillo. La primigenia mujer, Eva —dotada ya del conocimiento que le había proporcionado el comer la fruta del Árbol del Bien y del Mal— confeccionó unos cordones con fibras vegetales que ataron a sus cinturas y de los que colgaron las hojas. Se sintieron aliviados.

Pero fue que Eva quedó preñada llevando en su seno a Caín y comunicó a su hombre que el cordón de fibras le apretaba el vientre. "Necesito que se vaya ampliando conforme engordo", le dijo. Y Adán, que ya se ganaba el pan con el sudor de su frente, hizo un cintillo con la piel de una cabra que llenó de una fila de agujeritos. "Aquí tienes, mujer. Cada mes ganarás un agujero", le dijo. "¿Pero con qué lo sujetaré en torno a mí?", le preguntó. Y Adán, que ya conocía el fuego y el arte de la metalurgia, fabricó durante el nuevo amanecer una pieza que solucionó la incomodidad. Y como la pieza fue destinada a Eva, la llamó... Evilla.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

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miércoles, abril 10, 2024

Así lloró Zaratustra

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Laboriosamente, ayudado de su bastón, Zaratustra subió de nuevo el camino y requirió la presencia de Ahura Mazda entonando el Canto de Llamada acompañándose del sistro:

—¡Oh, Uno en la Unidad, alabado sea tu Ser en el Ser! ¡Imploro tu ayuda! 

Momentos después, un viento súbito agitó las ramas de los sicomoros haciendo huir a los pájaros. Un punto en el cielo apareció sobre el Montículo de los Guijarros y se corporeizó en el Águila Sagrada que cabalga el Uno. Brillaba como el oro su barba rizada.

—Aquí me tienes, Zaratustra. Mueve tu lengua.

—Tuve anoche un sueño, Señor de la Altura. Yo caminaba sobre las aguas del lago de Uruk acompañado de una mujer. Una mujer bella como el sol cuyo cuerpo desnudo solo al marfil y al nácar pudieran compararse. Sin decir nada, aquella mujer me ofreció una copa de un vino que escanció de una jarra de barro humilde. Lo rechacé diciendo que el vino nubla el entendimiento. Entonces, la mujer se metamorfoseó en una serpiente que arrollándose a mi cuerpo hacía por asfixiarme. Desperté alterado. ¿Qué puede significar mi sueño, Sabedor de Lo Todo? 

—A veces los sueños son tan confusos como la confusión del vino, pero el tuyo es claro. La mujer es tu alma, Zaratustra, y el lago por el que camináis es tu carne mortal.

—¿Y el vino?

—¿El vino? ¡Po tríncame el pepino!

Y dicho esto, Ahura Mazda emprendió el vuelo sobre el Águila Sagrada de las amplias alas, no sin dejar tras él un rastro de carcajadas.

Así lloró Zaratustra.


miércoles, abril 03, 2024

Mi amigo Witt

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Seguramente no os lo vais a creer, pero debo confesaros que yo cultivé cierta amistad con Wittgenstein (en otra vida, claro). Era un tipo adusto, malajón y no le gustaba nada que en la conversación se empleara la ironía. Me llamaba Sapp, pronunciando con fuerza la pe final. Yo lo llamaba Witt. Nos entendíamos bien, ya que él hablaba el español con mucha perfección, aunque con un marcado acento gallego, cuestión que nunca me aclaró.

Era además, tacaño, muy tacaño. Hay que ver, con la de pasta que tiene tu familia y lo poco que te gastas, joder, que no me has invitado ni a una cervecita, le decía yo. Entonces me contaba lo de su renuncia a la herencia familiar. Pues haberte quedado con un poquito de parné, mamón, que eres de la Virgen del Puño, le respondía.

Un día me llevó a conocer a su mentor, a Bertrand Russell. A éste también había que echarle de comer aparte. Un estirado, un clasista británico. Con su pipa y su camisa de cuello alto, que parecía la de Mortadelo. Cuando lo vi en persona me recordó a una de esas marionetas de Guardianes del Espacio o del Capitán Escarlata. Os acordáis, ¿no?. Bueno, seguro que mi legión de lectores jóvenes no sabe de qué hablo.

Lo curioso es que en esa reunión a la que asistí, Witt y Russell apenas hablaron. Russell se levantaba de vez en cuando de su sillón orejero y se servía una copa de jerez. Ni ofrecía. Otro sieso tacaño. Total, que nos fuimos tan en silencio como llegamos. A las pocas yardas de caminar juntos, Witt se despidió de mí. Pero antes, y con su curioso acento gallego me hizo el regalo de un aforismo exclusivo: Yo soy él como tú eres él como tú eres yo y estamos todos juntos

No lo vi más. Bueno, miento; en otra vida me crucé con él en la calle de la Morsa (iba el hombre pensando en las musarañas con un cuaderno marrón en las manos). Lo mismo se hizo el sueco.

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lunes, febrero 26, 2024

El oboe

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EL OBOE

Ayer se presentó la prima Patri en mi casa creyendo que estaba la señora Sapa; pero no, no estaba. La llamamos prima, pero en realidad es una prima segunda de mi mujer. Vive cerca de nosotros con su madre, que es la prima de mi suegra. Total, para no liarnos con los parentescos, que llegó la Patri a mi casa.

--¿Y va a tardar mucho mi prima?
--No creo, tiene que estar al llegar. Ya tiene que haber salido de lo del aerobic.
--Ah, vale, pues la espero entonces.
--¿Qué te apetece, un té, una cocacola?
--Si vas a tomar tú algo sí, si no, no. ¿Un café?
--No, café no sé hacer con la máquina nueva. Té o cocacola. Bueno, o colacao.
--Bueno, pues té.
--Té para la señora.

La Patri es una de esas personas de las que se dice que ha tenido mala suerte en la vida. Ha ido dando tumbos de unos estudios a otros, de un trabajo a otro y hasta los novios le duran muy poco. Tiene cincuenta años largos, pero aparenta muchos menos. No es que sea guapa, pero tiene su atractivo. Yo se lo digo muchas veces con la Sapa delante.

--Hay que ver, Patri, con lo buena que estás todavía y la poca paciencia que tienes con los tíos.
--Bah, los tíos son unos pesados.
--Déjala de tíos, con lo bien que está (dice la Sapa).

Total, que cuando volví con el té, una galletas y una cerveza para mí, me encontré a la Patri como lloriqueando, pugiendo con un pañuelo en la nariz. "Ofú, ya trae ésta otra desgracia", pensé yo.

--¿Qué te pasa Patri? Anda, cuéntame.

Le dí un rato y cuando se tranquilizó y le dio el primer buche al té, empezó a soltarse.

--Po na, Sap, que se lo iba a contar a mi prima; que la semana pasada conocí a un muchacho.
--Anda, no me digas, ¿otro? ¿Y cómo fue eso?
--Po na, que fui con mi amiga Charo, ya sabes, la hija de Pedro, el mecánico, el del taller; pues fuimos las dos a un concierto en la Sala Turina, que nos habían regalado dos entradas en el trabajo a las dos.

Debo decir que la Patri es una gran melómana, aunque sin ningún tipo de formación académica. Pero parece saberlo todo sobre música sinfónica y ópera. Hasta toca muy bien el piano. De oído, claro.

--¿Y de qué era el concierto, Patri?, le pregunté falsamente interesado.
--Bueno, era música de cámara, un cuarteto de cuerda muy bueno, el Ensamble Il Fuoco, ¿los conoces?
--Nop. Ni idea. ¿Y qué tocaron?
--Psch. Eran buenos, pero traían un repertorio muy trillado. Cosas de Vivaldi y de Boccherini. Figúrate.
--¿Estás ya mejor?
--Sí, sí, no te preocupes. Vaya sofocón en un momento.

En esto que llegó la señora Sapa.

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--¡Anda, si está aquí mi prima!, ¿qué haces, niña?
--Mira, que me pasaba y tu marido me ha invitado a un té.
--¿A un té?, ¿este inútil sabe preparar un té? Bueno, ¿qué te cuentas? Ay, déjame que me duche antes, que vengo sudadita.
--No, no, si me tengo que ir. Espérate. Que venía a contaros lo del otro día y ya me voy.

Aquí la Patri la puso al corriente.

--Bueno, ¿y entonces?
--Nada, que seguimos charlando en el descanso que hubo y tal. Él venía solo. Pero de verdad, Sapa, qué hombre. ¡Qué hombre! Un tío guapo, trajeado, alto, fuerte...

(Comunico que la Sapa me miró aquí con su mijita de indisimulado desprecio. Siguió la charla entre primas durante unos minutos).

--Total, que se lo dije a Charo por lo bajini y nos dejó, que ya sabes lo discreta que es Charo para estas cosas. Me quedé sola con él y me dijo de ir a tomar algo.
--¿Cómo dijiste que se llamaba?
--José María. O Josemari.
.....
.....
.....
.....
--Total, allí en El Cairo picoteando y hablando de música. Le dije que yo tocaba un poco el piano y por si faltaba algo, me dijo que él también era músico ¡y que tocaba en la Orquesta Bética Filarmónica!
--¡Anda, en la Orquesta Bética Filarmónica! (esto lo dije yo) Y qué toca allí, ¿la zambomba?
--¿La zambomba? ¿Pero cómo va a tocar la zambomba? ¡Estás tonto o qué!
--No le eches cuenta al capullo este (la Sapa dixit).

La Patri no capta bien los sarcasmos. El plano irónico tampoco es lo suyo. Me gusta aprovecharme.

--Lo que toca es el oboe. ¿Tú sabes lo que es un oboe?
--Por favor, Patri. Un bello instrumento de viento-madera muy difícil de tocar. ¿No te parece que tiene un sonido nocturno el oboe, Patri?
--¡Ay, pues sí, qué bonito! "El sonido nocturno del oboe".

Confieso que la Patri me tiene por poeta. Por eso, para embromarla, le suelto de vez en cuando cosas así; cosas que la admiran mucho. La Patri es muy ilusa.

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Y que si patatín y que si patatán.
Y que si patatán y que si patatín.
...
...
...
--Pero, bueno, ¿pero os habéis visto más veces o qué? (Sapa)
--¿Que si nos vimos? ¡Al día siguiente!
--¡Anda, hija qué rápido! Pues cuenta, cuenta.

Entonces noté las perceptibles miradas de incomodidad de Patri y una tosecita de mi mujer. Suficientes señales como para que dijera:

--Bueno, muchachas, os dejo con vuestras cosas. Me voy a la cocina a preparar un bizcocho.
--¿Un bizcocho?... Ah. sí, vete, vete a preparar un bizcocho —dijo mi mujer.

Y así lo hice. Cogí el móvil, me puse los auriculares y me metí en la cocina. Lo que no sabe la Patri es que tengo un micrófono escondido en la lámpara de pie de al lado del sofá donde ella estaba. O sea, que escuché todo lo que hablaron, por lo que me veo en condiciones de transcribirlo aquí para ustedes, para su disfrute.

--Dime, que ya ha cerrado este la puerta. ¿Qué pasó?
--Pues que esa noche, después de estar en El Cairo con el tapeo, me acercó a casa con el coche, que vaya cochazo que tiene. Seguimos hablando de música y de todo un poco ya sabes... De verdad, Sapa, quéeeee guaaapo, quéeee caballeeeero. Imagínate, cincuenta y pocos.
--Ay, quién los cogiera.
--Total, que cuando me dejó en mi portal, se bajó y fue a abrirme la puerta, fíjate tú. Total, que ya no pudimos más y nos liamos, nos besamos... Ay, qué pena, prima, qué pena.

A través del micrófono llegaron a mis auriculares nuevos hipidos de la Patri y la voz de mi mujer intentando calmarla.

******

Las primas seguían habla que te habla mientras yo, para disimular que tenía las antenas puestas, hacía ruido de cacharros en la cocina:

--Un hombre galante, galante, Sapa. Y es calvo, ¿no te dije que es calvo? No me importa.
--¿Y por qué te tiene que importar? ¡Como no tienen morbo los calvos ni na, y no el tontaina ese que está en la cocina, que tiene más pelo que el bidé de la Pantoja...!
--No digas eso, Sapa, pobrecito. Tienes una joya en casa, la que yo quisiera haber tenido con José María. De verdad te digo que yo tenía el presentimiento de que él iba a ser el hombre de mi vida, prima. El definitivo.
--¿Pero que pasó?
--¿Que qué pasó? Pues que el sábado me vino a recoger. Había reservado mesa en el restaurante ese del río, el Abades, ya sabes. Te prometo que yo estaba que iba a por todo. Fíjate tú, que el viernes por la tarde me pasé por el Intimissimi de la Fany y me compré unas cositas. Unas cositas máaaas monas, Sapa... Me las eché en el bolso para estrenarlas después. Decidida del todo, vamos.
--Vaya tela, Patri; tú como siempre, al todo o nada.
--Bueno, total, que me recogió en el coche y hasta me traía unas flores muy discretas y todo. Y allá que nos fuimos y allí nos sentamos y oye, que no faltaba de nada, eh. Yo no sé si ser músico da para tanto o es que a este hombre le entra el dinero por más sitios, pero vamos, que si cigalas de tronco, que si un jamón del bueno, bueno, bueno; luego, una lubina, y luego qué sé yo, prima, todo lo que te diga es poco. Y allí los dos. Y yo tonteando más que él, ¿sabes? Él estaba más cortadillo, la verdad.
--Total, que se dejó ahí un buen billetaje.
--Imagino. Yo te digo que no he comido mejor en mi vida. Y yo mareaíta perdida con el vino y hasta champán y todo que pidió. Del bueno.
--Ay, Patri, qué suerte.
--Total, que cuando terminamos me dice que vayamos a su casa a tomar una copa o un café o lo que yo quiera, ya sabes, y que me quiere enseñar sus discos y darme un conciertito de oboe. Fíjate tú, la hora de la siesta, con el peligro que tiene la hora de la siesta.
--Hombreee, a mí que me dejen de cuentos y de noches porque como echarse una siesta con un tío en condiciones después de una buena comida y una buena bebida no hay na. Y fíjate tú con quién tengo yo que echarme las siestas.

Lajoíaporculo de la Sapa. Mis auriculares funcionaban a la perfección. Por si alguien quiere saberlo, son de marca JLab.

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Yo rabiaba por salir de la cocina, pero no quería interrumpir a Patri en su declaración cuando estaba llegando al momento más íntimo. Esta muchacha es muy rara porque lo mismo te suelta una fresca que se esconde como un caracol. Total, que no sé qué postura puso en el sofá que empecé a escucharla mal, aunque no lo suficiente como para no entenderla:

--...El piso era monísimo, prima. Un apartamento con muy poquitas cosas, eh, de los de poco que limpiar, pero puesto con un gusto que no veas. Hombre, seguro que tu marido diría que la decoración era un poquito gay, eh.
--Eso seguro. Venga, dime... Ay, no, que no me has dicho cómo iba vestido tu José María.
--Ay, es verdad. Mi José María, qué ilusión; pues muy sencillo y muy elegante: con un polo así como de colorcito verde agua, unos pantalones así beis de tela de gabardina, unos mocasines a juego con el polo... Guapísimo, vamos. ¿Y sabes a qué olía?
--No, ¿a qué? 
--Pues a Farenheit de Yves Saint Laurent.
--Aaayyyy, qué rico el Farenheit.
--Total, que como yo estaba muertecita de sed y él también, preparó unos gintonics que no veas, no les faltaba un perejil. Total, que no sentamos en el sofá y empezaron los arrumacos. Él muy callao, eh, pero metiendo mano, pero nervioso; yo lo notaba como nervioso. ¡Qué ilusión, Sapa! Y yo pensando en el conjuntito que llevaba en el bolso.
--Pero que eras tú la que mandabas a fin de cuentas, ¿no?
--Sí, eso sí; a este hombre había que guiarlo. Pero vamos, que cuando besaba y apretaba, no veas tú como me lo hacía. Me lo puso to encendío. Yo ya estaba aguaíta. ¡Ay, qué vergüenza, prima! Con los años que tengo y como una niñata, tú.
--Mujer, es natural, total.
--Total, que cuando ya me tenía loca y yo me creía que nos íbamos a liar de verdad, va, me suelta y me dice que me va a tocar un poco el oboe.
--Joder, vaya rollo, ¿no?
--Yo creo que era para poner romántico el ambiente y eso que había puesto un disco de Corelli, que le dije que me gustaba mucho Corelli. Además, lo tenía todo preparado, eh. El oboe en su estuche, que mira que es bonito un oboe, eh...
--Ah, sí, Patri. Eso es como un clarinete, ¿no?, un pito largo de esos, ¿no?
--Sí, parecido; pero qué bruta eres. Un pito largo. El oboe es muy delicado y muy caro, debió.....crshcrshcrshcrshcrshcrshcrshcrshcrshcrshcrshcrsh

Aquí la transmisión se interrumpió un momento. Deduje que la Patri había puesto la cara en un cojín del sofá y estaba gimoteando de nuevo.

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Alarmado por si la transmisión se cortaba cuando la charla llegaba a lo más sabroso, salí de la cocina de repente, lo que asustó a las primas, obligándolas a cambiar de postura en el sofá del respingo que metieron.
--¿Dónde hay un limón; dónde hay un limón, por favor?
--¿Un limón? ¡Qué susto nos has dado, coño! ¡Pues en su sitio! ¿Para qué quieres un limón?
--Pues para el bizcocho, ¿no se le echa ralladura de limón por lo alto?
--¡Qué pesao eres, joder! Pírate ya y déjanos. En el cajón de abajo del frigo tienes un limón. La que estará liando. (Todo esto me lo dijo la Sapa).

Observé entonces, antes de volver a la cocina, que la Patri se sonaba los mocos y que se quitaba un collar de grandes bolas —"¡qué coñazo de collar!", dijo— al que achaqué el problema de las interferencias, menos mal. Yo no solo escuchaba la charla desde la cocina, sino que la estaba grabando. Es por esto que puedo reproducir aquí y ahora algunos pasajes que se me olvidaron consignar. Por ejemplo:

Fragmento A:
--Yo me puse el mismo vestido que llevaba en la boda de Margari, ¿te acuerdas? 
--¿El de los tonos esos así turquesas, no? Ah, sí, muy mono. Estiliza mucho.
--Mis sandalias de tacón, el joyerío más falso que Judas, muy poquito maquillaje, mi poquito de Miyake... Vamos, que debí gustarle mucho a José Mari. Vamos, digo yo. Ah, y el bolso ese tan mono que le compré al negro aquel, el de la Plaza del Duque.
--¡Cómo estaba el negro!

Fragmento B:
--Tú fíjate como iba yo ya en el coche. Con todos los chakras abiertos, vamos. Había puesto unas cositas de Telemann, porque le dije que Telemann me gusta mucho, y para allá que nos fuimos.
--¿Dónde vive?
--Pues por la parte de Bami.
--Vaya rollo, ¿no? Por ahí por el hospital...
--No, hija, más metido para dentro. Cerca de donde vivía Felipe, el de la Pepi Manzano.
--Ah.

Fragmento C:
--Y yo le dije, digo, oye, José María, ¿tú de dónde eres? Porque él tiene voz como de por ahí. Yo soy riojano, me dijo. De Calahorra, que me dijo que vino a Sevilla cuando lo de la Expo. Y yo, la verdad, Sapa, no quería preguntarle más, no fuera a decirme que estaba casado o que era gay o algo así y me desengañara tan prontísimo, con el buen flow que estábamos teniendo... ¡Ay, qué pena, qué pena, Sapa! ¡Qué mala suerte, prima!

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¿Bizcocho? ¡Yo no había hecho un bizcocho en mi vida! Lo que me importaba es que la comunicación a través del micrófono se había reestablecido y que de un momento a otro iba a estallar el tomate del asunto... En efecto, el doble filamento del micrófono no se había estropeado:

--¿Pero ese José María es tonto o qué? 
--Te lo digo. Va, se levanta y yo pensando en el conjuntito del bolso. Se va para la mesa y se pone a montar el oboe.
--¿A montar el oboe?
--Sí, en vez de montarme a mí, se le antojó a la criatura montar el oboe. Qué fuera de onda estaba yo todavía, Sapa (aquí escuché otros nuevos sollozos)... Lo de montar es porque el oboe no viene en el estuche todo junto, hija; viene por trozos. Debe costar un dineral. ¿Tú sabes cuánto cuesta un oboe nada más que para empezar? Pues más de mil euros, fíjate.
--Una pasta, sí.
--Total, que ya tenía él preparado hasta el atril con su partitura y todo. Qué detallista. Total, que monta el oboe y me dice, así bajito, porque él habla muy bajito, ¿qué te apetece que te toque; algo de Vivaldi, de Bach...? Tú sorpréndeme, Josemari (yo ya le decía Josemari). Bueno, pues alguna cosita de Bach, sí. Total que cogió la caña...
--¿La caña. qué caña, coño?
--Qué bruta. La caña es como si fuera el pito del oboe. Es una boquilla con una caña doble, no como la del clarinete o la del saxofón, que es una caña simple. Hay que prepararla, recortarla, lijarla...
--¡Pues vaya chisme, hija!
--Muy difícil de tocar, ya te digo. Total, que con el oboe en una mano, me dice que tiene que calentar un poco la boquilla y la caña... Y empieza a tocarla sola; o sea, el pito nada más. ¡Ay, Sapa! Qué pitidos más horrorosos. Parecía, yo qué sé, como un pato gritando, o un pavo real atropellado. Y me decía, ahora tengo que hacer el fraseo con la boca... De verdad, Sapa. Te juro que se fue transformando...
--¿Pero transformando en qué?
--¡En algo muy feo, prima!... (Aquí hubo más sollozos)... Y ya, para rematar, se pone el oboe en la boca con el pito puesto y empezó a soplar, a soplar. (Aquí el llanto interrumpió a Patri).
--Tranquilízate, niña; venga, tranquila. ¡Hay que ver el sofocón, eh!
--...Si es que era horroroso, Sapa. Allí soplando y yo ni escuchaba la música ni na. Le veía la cara, colorá de tanto esfuerzo, con los ojos casi fuera, como dos huevos duros, parecía que le iba a dar una congestión... La cara hinchada como la de los hámsters, la garganta hinchada, ¡hasta le salían bultos por los lados de la frente y se le escondía la nariz entre los mofletes!
--¿Como a ese del jazz de la trompeta p'arriba?
--Sí, como ese, pero más feo todavía... ¡Yo cómo me iba a echar una siesta con él ni me iba a besar o a hacer más cosas! ¡No me lo podía quitar de la cabeza! ¡Se me derrumbó allí mismo como cuando echaron abajo el edificio de la Flex para hacer los pisos nuevos!, ¿te acuerdas?! Pues algo así. Qué feo, qué feo, qué feo. No lo dejé ni terminar. Ese pito se me metió en los sentidos. ¡Y no se callaba, no se callaba, prima!
--Pero, ¿y tú qué hiciste?
--¿Que qué hice? Pues coger el bolso y salir corriendo y no parar. Salí corriendo de la casa y cogí un taxi. Mira la de veces que me ha llamado, pero no le he cogido el teléfono, ¡Horroroso, horroroso! ¡Todo lo que te cuente es poco, prima, de verdad!
--¡Ay, hija, pues qué mala suerte! Pero bueno, eso es nada más que cuando toca; luego el hombre es una maravilla...
--Quenó, quenó, quenó, quenó, quenó, quenó, quenó, quenó, quenó... Y yo como una tonta allí, con el conjuntito en el bolso, fíjate, que me sequé de golpe como una mojama... Quenó, quenó, quenó...

Cuando yo salí de la cocina haciéndome el longui, Patri ya había abierto la puerta y se había largado de casa dejando un rastro de hipidos.

--Pe... pero.. ¿Y tu prima?
--Se acaba de ir. Está fatal la pobre, sigue fatal de lo suyo. ¡Ayyyy, las cabezas, cómo están las cabezas! Me voy a duchar. ¿Y tu bizcocho?
--¿Bizcocho?, ¿qué bizcocho?

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Día tal
del mes tal
del año tal

17:45 h. Cafetería 1880, Avda. de las Ciencias, Sevilla.

Dos hombres comparten un velador y un buen trozo de tarta Selva Negra. Uno toma un té matcha y el otro, un refresco de cola. Hay poca gente en el salón de la cafetería.

—¿Podrás comprenderlo? El despecho provoca reacciones impensables.
—Comprendo que puedan ser impensables; pero me resulta inadmisible y hasta cómico, lo ridículo de determinadas situaciones.
—De camino, fue como un ponerme a prueba; una prueba, que al final, claro, no ha sido sino una confirmación.
—Qué ocurrencias tienes.
—Sí; pensándolo bien, resulta gracioso. Pobre chica.
—Tan chica no era, ¿no?
—Cincuenta y tantos, sí. No estaba mal, eh. Incluso debe haber hombres a los que les guste su punto hortera, ordinario. Por mi parte, ya te digo, era intensa, intensísima, agobiante.
—Y buena conocedora de la música...
—El ser humano no deja de sorprenderme. Es verdad, sentí mucha curiosidad por esa erudición. Como una flor nacida entre escombros.
—Joooder, Juan Mari, "una flor entre escombros". Te lo perdono todo menos la cursilería, ya sabes.
—Era muy bruta. Se empeñaba en llamarme José María. Me dijo también que su perfume masculino favorito era Farenheit, "de Yves Saint Laurent".
—¿Hasta eso le reprochas?
—¡No, hombre, no! Pobre. Es que es llamativo que mezclara a Telemann o Scarlatti con decir "me se" o que a su madre le estaban poniendo unas "indiciones" muy caras.
—Lo que quieras, pero el caso es que la llevaste al apartamento.
—Sí. Y de verdad que lo pasé mal. Antes, estuvimos en el bar de Ramón, ya sabes. Algo de allí le estropeó el estómago. Le ofrecí subir y tomar una tónica. Se interesó por el oboe, que lo tenía montado para intentar retomar la pieza de Bach.
—Ah, ¿la 1056?
—Sí, el Largo... Me puse a calentar; esta mujer en el sofá. Ni pude terminar. Decía encontrarse tan fatal que llamé a un taxi. El caso es que desde el sábado no he vuelto a saber de ella. Es curioso, solo sé que se llamaba Patricia. Todo es fugaz. Eso lo sabemos muy bien los músicos, ¿verdad, Rafa?
—Claro que sí. Y más todavía, los músicos enamorados.
—Gracias por tu perdón.

El llamado Rafa, echó un vistazo en derredor. Nadie los miraba. Comenzaron a acariciarse las manos sobre la mesa.

F  I  N
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viernes, diciembre 29, 2023

Lecturas (y series) de 2023

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LECTURAS (y SERIES) de 2023

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Así a lo bruto, sin glosas, paso a limpio mi lista de lecturas (y series) de 2023. Mi base de datos, que inauguré en 1993, me confirma que nunca desde entonces había leído tan poco. Aún sigo analizando el porqué de esta situación mía, donde algunos de sus ingredientes son sin duda la pereza, la mala vista, y el paulatino desinterés por la ficción, que lo voy compensando con las series. En fin, excusas.

LECTURAS y (*) RELECTURAS

1. “Tiempos recios” Mario Vargas Llosa
2. “Mi año de descanso y relajación” Ottessa Moshfegh
3. (*) “Las ciudades invisibles” Italo Calvino
4. “La civilización en la mirada” Mary Beard
5. “El libro de las preguntas desconcertantes” Josep Muñoz Redon
6. “En la boca del lobo” Elvira Lindo
7. “Fortuna” Hernán Díaz
8. “El aroma del tiempo” Byung-Chui Han
9. “Mi infancia” León Tolstoi
10. (*) “Movimiento perpetuo” Augusto Monterroso
11. “El Martinete” Manuel Romero
12. “No te veré morir” Antonio Muñoz Molina
13. “Ética de urgencia” Fernando Savater
14. “El arte de insultar” Arthur Schopenhauer
15. “El matarife” Sándor Márai
16. “Los dolores del mundo” Arthur Schopenhauer
17. “Balzac y la joven costurera china” Dai Sijie
18. (*) “Los intereses creados” Jacinto Benavente
19. “Un verdor terrible” Benjamín Labatut
20. (*) “El maestro Juan Martínez que estaba allí” Manuel Chaves Nogales
21. “Las cenizas del infierno” Ramón Pérez Montero
22. “Odiseo” Daniel Ramón Dilla (en proceso de lectura)

SERIES

1. Better Call Saul (T. 5-6)
2. The Crown (T. 6)
3. The White Lotus (T. 2)
4. The Last Of Us (T. 1)
5. Hacks (T. 1)
6. Stonehouse (completa)
7. Endeavour (completa)
8. La Caza (T. 1-2)
9. Exterior Noche (única)
10. Inside #9 (T. 8)
11. Pippi Calzaslargas (completa)
12. Hotel El Balneario (completa)
13. Los crímenes de Port Talbot (única)
14. El Ladrón, su Mujer y la Canoa (única)
15. Nolly (única)
16. Los Crímenes de Essex (única)
17. El Asesino de la Baraja (única)

La mejor novela de este año fue para mí, "Fortuna" de Hernán Díaz.
De no-ficción, me quedo con “El libro de las preguntas desconcertantes” de Josep Muñoz Redon.

En cuanto a series, de las que inicié y terminé este año pronto a fenecer, me quedo con el deleite (del verbo deleitar) de "Hotel El Balneario". Le he tomado cariño a sus personajes tan estereotipados.
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viernes, diciembre 22, 2023

MICROHISTORIETA PSEUDONAVIDEÑA, 2023

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La sola soledad de los viejos es un trozo de hielo que solo se derrite con la muerte. Bien cierto es, porque desde que su marido faltaba, la idea de acceder al altillo del armario y sacar de allí los archiperres navideños, se le hacía un mundo. Pero en esta ocasión, no sin esfuerzo y alentada por la prometida visita de su última nieta para Nochebuena, cinco días después, arrimó una escalera plegable de tres peldaños, subió a ella y bajó las dos cajas que contenían la variada decoración efímera. En un rincón de la salita dispuso el abeto de plástico y extendió el varillaje de paraguas verde de sus ramas. Colgó las bolas de cristal que habían sobrevivido a la infancia de sus hijos y rodeó el conjunto con unas espirales de espumillón plateado y dorado que ya sufrían de alopecia. Por último, colocó en lo más alto de la copa una estrella de purpurina y, tras extender como una mecha en torno al árbol el cable de bombillitas de colores, lo conectó a la corriente para comprobar decepcionada que se encendían en una pobre proporción de 1 a 5. Después, y por no dejarlas por medio, decidió devolver a su lugar las cajas vacías. Fue entonces cuando un tropiezo al alzar los brazos la hizo caer de la escalera, siendo que antes de romperse la nuca contra el suelo, el arbolito tintineó cuando lo rozó con un hombro. Bajo su pelo cano se fue extendiendo una lenta mancha de sangre que fue tomando forma triangular hasta alcanzar su vértice más alto una esfera blanca también caída. Un perfecto gorro de Papá Noel surgió en la baldosa. La encontraron perfectamente muerta cinco días después.

—Pero, oiga, ¿usted no es capaz de escribir algo más alegre, hombre? ¡Que estamos en Navidad, joder!

—Bueeeeno, vaaaale. Modifico: "...tras extender como una mecha en torno al árbol el cable de bombillitas de colores, lo conectó a la corriente para comprobar con alegría que se encendían todas. Por no dejarlas por medio, devolvió a su lugar las cajas vacías, plegó la escalera y la guardó en un mueble de la cocina. Al volver a la salita, coincidió con Julián, su marido, que recién levantado de su siesta diaria, venía por el pasillo en pijama y rascándose el cogote. Le enseñó orgullosa su trabajo con el árbol. Qué bien ha quedado, Carmen, dijo él abrazándola frente a frente por la cintura. Y qué bien lo vamos a pasar los dos solos, dijo ella, sin hijos malhumorados, ni nietos ni nueras ruidosos, con ese menú gourmet que hemos encargado, y luego, viendo la tele tan ricamente con nuestra copita de anís y nuestro turrón. Si te das cuenta, nunca hemos estado solos en Nochebuena, ni siquiera cuando fuimos niños, dijo él. Qué buena idea fue decirles a todos que queríamos aprovechar la oferta del crucero rebajado, dijo ella. Creerán que ahora surcamos el mar Egeo, dijo él. ¡O el mar Jónico!, dijo ella... Ay, si es que como en casa de una no se está en ningún lado. Rieron como dos tontos y se pusieron a bailar sin música como en una comedia de Jardiel.

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miércoles, diciembre 06, 2023

Soñada literatura kiosquera

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Soñada literatura kiosquera

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Siempre soñé con haber sido escritor de novelas de a duro, un paperback writer, un autor de pulp barato que frecuentara todos los géneros: novelillas policíacas, del oeste, románticas, etc. Sí, uno de aquellos escribanos prolifiquérrimos de kiosco de los años 50/60 que firmaban con equívocos pseudónimos que ocultaban lo prosaico de sus nombres reales.

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Los míos hubieran sido (los invento sobre la marcha):
Para las novelas policiacas: Bud L. Harrison
Para las novelas del Oeste: Trinidad McKern
Para las novelas románticas: Gloria de Rosas
Para las novelas de ciencia-ficción:  Franz Kaminski
Para las novelas de terror:  Agnetha Curtis
Para las novelas bélicas: Nicholas Pert

Algunos ejemplos de estos autores que no fueron y de sus obras inexistentes:

Fragmento de "La caja oscura" de Bud. L. Harrison (1952) Ed. Molino.

Los destellos nocturnos del neón se reflejaban en la pared de enfrente y desde el mismo antro subían las notas de un saxo que gemía blandamente. Kirk Savannah, el tipo que mejor conocía las cloacas humanas de la ciudad, bajó los pies de la mesa de su despacho, abrió un cajón y encontró que la botella de bourbon que allí guardaba contenía una insuficiente cantidad de líquido. Le quitó el tapón y bebió del gollete hasta agotarla. El estridente repique del teléfono se unió al neón y al saxo en su invasión de la habitación.

—¿Sí?
—¿Es usted Kirk?
—Sí. Es una mala costumbre que tengo.
—Ahórrese sus sarcasmos, Kirk. Soy Thomas Lexton.
—¿Thomas Lexton, el propietario de Industrias Lexton?
—El mismo.
—¿Qué le ocurre, señor Lexton?
—Jenny, mi hija Jenny, ha desaparecido a dos días de su boda con James Styles.
—¿El agente de bolsa de Chicago? Hmmm. Créame, yo hubiera hecho los mismo... Hmm. Perdón, señor Lexton.
—Ya vale, Kirk. No me gusta perderme en palabras. Encuéntrela. Le ordeno que la encuentre, Kirk. Le ofrezco diez de los grandes ahora. El resto de honorarios, caso de devolverla a casa sana y salva, los marcará usted. Y seré muy generoso, créame.
—¿Podrá acercarse mañana a mi despacho?
—¿Mañana? Lo haré ahora mismo, Kirk.
—Son casi las cuatro de la madrugada, señor Lexton.
—Yo mando en las horas, Kirk.

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Fragmento de "Un colt para Johnny" de Trinidad McKern (1961) Ed. Bruguera.

El polvo del desierto aún cubría su ropa cuando entró en el saloon. Se acodó en la barra y barrió con su mirada a los parroquianos allí congregados. Se hizo el silencio. Con leves señas, pidió un whiskey y luego dos más. Cuando acabó el último, el pianista retomó el descascarilleo de las teclas y los jugadores de póker volvieron a su perpetuo murmullo.

El recién llegado era un hombre de seis pies y medio de estatura, cetrino, de expresión ofuscada y sombrero de anchas alas. Se trataba de Johnny Cornwell, un cazarrecompensas conocido como El Solitario por su fama de no montar a caballo e ir a todos sitios andando, en diligencia o como polizón  en el ferrocarril de la West Union.

Una chica que había bajado las escaleras del fondo se acercó a él:

¿Me invitas a un trago, forastero? —Johnny la miró sin decir nada, pero acercó la botella y tomó un vaso de los que secaba el camarero. Lo llenó. La chica dio un sorbo— Siempre me he preguntado por qué los hombres son tan rudos con una señorita, pero tú pareces un caballero... Me llamo Patty, pero aquí me conocen como Lorna.
Hola, Patty Lorna.

De repente, las hojas batientes de entrada al saloon se agitaron con violencia. Entonces hizo su aparición el señor Cataway, el propietario de más cabezas de ganado al otro lado de río Lobo.

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Fragmento de "Apasionada" de Gloria de Rosas (1958) Ed. Maga.

Elena se apoyó en el alféizar de la ventana y contempló el cielo tachonado de estrellas. Dio un hondo suspiro y se entregó a sus pensamientos: "Tal vez Armando no me creyó, y además, me prestó poca atención en la fiesta, con la ilusión que me había hecho estrenar mi vestido de raso malva y mis tacones a juego".

Dejó la ventana y encendió la luz de su mesilla. La noche era tibia y estaba embalsamada por la fragancia de las madreselvas. Se tumbó en la cama apoyando la espalda en un gran almohadón. Su gato Michi salió del canasto y se acomodó en su regazo formado por los pliegues de su camisón de piel de ángel. Tomó su diario y su pluma y con bella caligrafía inglesa comenzó a escribir: "Querido diario: no puede ser que a Armando no le provoque ninguna atracción y que solo tenga ojos para la tonta de Matilde. Pero estoy dispuesta a hacer lo que sea para que se fije en mí. Armando es tan guapo, tan alto, tan varonil. Parece un artista de cine. ¡Lo amo, lo amo, lo amo!"

Una voz sonó al otro lado de la puerta. Era la de su madre:

—Hija, ¿te apetece un vaso de leche y unas galletas? Hoy apenas has cenado. ¿Te ocurre algo? Te noté preocupada.
—No, mamá. No me pasa nada. Estoy cansada y me duele un poco la cabeza, eso es todo.

Elena suspiró de nuevo y estrechó el diario contra su pecho mirando otra vez hacia la noche infinita.

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Fragmento de "Planet 544" de Franz Kaminski (1967) Ed. Minotauro.

...por lo que la exploración hubimos de realizarla el comandante Clarke, Hellen Peterson y yo. En la nave quedaron por tanto, el teniente Jürgen y KRX24, la mujer biónica. Tras abandonar la eyectora, salimos al exterior protegidos por nuestras esferas de neutrinos. El cielo seguía presentando tonos violeta y densas nubes de color verde impedían que los dos soles que iluminaban el planeta nos cegaran. Nos sentíamos ligeros y hasta eufóricos tras la dosis de centilina que nos procuró KRX24.

Fue Peterson la que detectó el primer ejemplar. Cerca de sus botas, algo parecido a un enorme ciempiés se movía de manera vertiginosa. Tras él aparecieron docenas de ellos, y en poco tiempo, fueron miles los que nos rodearon. Tuvimos que activar las capas externas de quarks para protegernos.

—¡Tenga cuidado, Peterson!, ¡a su espalda!

Un enorme animal volador de horrísono chillido pasó sobre nuestras cabezas varias veces con intenciones poco amigables, por lo que nos vimos obligados a hacer uso de nuestros lanzadores protónicos para defendernos a la vez que las repugnantes y enormes escolopendras se multiplicaban como por arte de magia. 

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Fragmento de "Las garras de Marlock" de Agnetha Curtis (1952) Ed. Cripta.

...el polvo y las telarañas eran los dueños de la mansión, por lo que el haz de luz que proyectaba la linterna resultaba fantasmagórico. La señora Darrell me había indicado en su carta que el sótano se usó desde siempre como bodega y que en él todavía podían encontrarse varias botellas de Château Lafitte de 1857. Podrían resultar un buen negocio, me dije. Así que, ni corto ni perezoso, me dirigí hacia allí.

Sobre la puerta de acceso al sótano pude contemplar el soberbio retrato de Lord Alexander Marlock, duque de Sussex, el hombre que gracias a sus influencias y sus malas artes logró encarcelar a mi abuelo Charles, al bueno de mi abuelo Charles. La efigie del que antes fue poderoso caballero estaba cubierta ahora del mismo polvo y telarañas que sin hacer distinciones lo sepultaba todo.

La atmósfera del sótano era húmeda, pestilente, insana. Para llegar hasta las baldas donde reposaban las botellas hube de sortear un ingente amontonamiento de cachivaches y varias ratas se cruzaron en mi camino. Conseguí un cesto, mas cuando pretendí alcanzar la primera botella, una extraña metamorfosis se apoderó de mi mano: ¡se había transformado en la garra de un animal, de un tigre o de un león! La retiré y mi mano volvió a su ser; pero en cuanto lo intenté por segunda, por tercera y hasta por cuarta vez, el efecto fue el mismo, como si mi mano fuera presa de algún maléfico maleficio. Grité y grité como un poseso y la linterna se apagó como por ensalmo no sin antes haber iluminado a la momia de Lord Alexander Marlock que ocupaba un sillón desvencijado. 

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Fragmento de "Comando al infierno" de Nicholas Pert (1952) Ed. Acero.

—¡Tenemos que eliminar a esos monos amarillos, Johnson! ¡Cúbrame!

Y dicho esto, el sargento McQuinn se abrió paso sin dejar que su metralleta dejara de ladrar. Gracias a su acción, pudimos internarnos en la jungla las yardas suficientes como para copar aquella posición y mandar al infierno a los tres japos que la ocupaban. Solo Tommy presentaba un rasguño en una pierna.

—¿Un trago para celebrarlo, muchachos? —y el sargento fue pasando la botella plana de whisky que guardaba en su mochila. También lo hizo con su paquete de cigarrillos. —¿Qué haréis cuando acabe esta maldita guerra, muchachos?

Yo respondí que me reintegraría al taller mecánico donde trabajaba en Silverville. Tenía muchas ganas de volver a ver a los muchachos e ir al baile en Mike's los sábados por la noche con ropa limpia y tras cenar algún plato sabroso que preparara mamá. Tommy comentó que su propósito era casarse con su chica, con Brenda, tener hijos y comprar la ferretería del señor Schneider en cuanto se presentara la oportunidad. Tommy extrajo de su cartera la foto de su novia, de Brenda, y al igual que la botella del sargento, nos la fue pasando. Era realmente una chica muy bonita. "Qué suerte tienes, Tommy, tu chica es realmente muy bonita", le dije. "Gracias, Johnson", me respondió. Un segundo después, una bala salida de la foresta le atravesó la cabeza y Tommy cayó muerto con la foto de Brenda en la mano.

—¡¡¡Malditos japos!!! —rugió el sargento McQuinn mientras arrancaba la placa de identificación del cuello de Tommy.

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