viernes, junio 19, 2020

Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 07.

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7

Ya se constató en un punto anterior de este estudio que el hijo de Julián de Capadocia se llama Diógenes (34), pero habrá que aclarar que tal nombre se trata de un apodo que le puso el padre. Su nombre real es también Julián. Desconocemos hasta el momento cuál fue el motivo del apodo, aunque tal vez no erráramos al pensar que surgió a partir de que el hijo, animado por su padre, renunciase a la lectura voraz de novelas de Stephen King y Dan Brown a favor de un insospechado interés por la historia de la filosofía, que lo llevó a tener como libro de cabecera durante una temporada el "Vidas de los filósofos más ilustres" de Diógenes Laercio. En todo caso, como decimos, esta no es mas que una posibilidad. Sea como fuere, al albur de estas primeras lecturas, que fueron completándose con numerosos manuales y tratados, el carácter de Diógenes —falto el muchacho de un guía que no encontró en su propio padre— fue alterándose de modo apreciable, sustituyendo su anterior afabilidad y alegría por un lúgubre silencio malencarado que desembocó en la catarsis de un episodio sobre el que Julián de Capadocia jamás se ha pronunciado, salvo la vez en que se confesó con Pascual, el camarero de la Peña Deportivo Cultural.

Fue una acción repentina, violentísima: un adolescente Diógenes irrumpió en la habitación que entonces hacía las veces de despacho de su padre, se avalanzó sobre él, lo derribó de la silla con estruendo, lo redujo en el suelo y poniendo cada una de sus rodillas en los brazos abiertos de su padre, atenazó su garganta con una mano y comenzó a abofetearlo con contumacia con la otra mientras que con el rostro deformado por la furia, preguntaba a gritos: "¡¿Por qué me trajiste a este mundo, padre?, ¿por qué tú y mamá me trajisteis a este mundo? ¡Contesta, vamos, contesta!"

Alarmado por el estrépito  y las voces, el perro Zaratustra accedió a la habitación y de un salto, hizo presa en un hombro de Diógenes, provocando con sus dentelladas heridas suficientes como para detener los golpes que el muchacho, aun sangrando copiosamente, seguía propinando a su progenitor, a Julián de Capadocia, al hombre que al sentirse por fin liberado, se puso a llorar desconsolado sobre el cuerpo del hijo que gimoteaba con el mismo desconsuelo. "Perdóname, hijo, perdóname...", le iba diciendo".
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Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 06.

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Como toda criatura humana, Julián de Capadocia persigue ser feliz. Pero su concepto de ser feliz es de vuelo bajo, lo que resulta inadmisible para muchos de sus semejantes, que se ven obligados a inundarlo de ofertas de vacaciones, automóviles y electrodomésticos, empleando para ello todos los conductos posibles con el fin de ampliar su horizonte de felicidad. Es por ello que, dados sus conocimientos técnicos, fruto de su experiencia como operario en Telefónica, Julián creó un ingenioso dispositivo que adosado a su viejo teléfono de baquelita, permitía que Zaratustra lo accionara con la pata, para acto seguido, emitir unos furibundos ladridos que ponían en jaque a los comerciales de las firmas de telefonía móvil, compañías de suministros y seguros de decesos.

Esta apología de su felicidad, empero, le ha producido algún pesar cuando, tan aficionado como es a la diatriba, ha polemizado con las parejas de Mormones o de Testigos de Jehová que llaman a su puerta, socavando los cimientos de la felicidad ajena hasta destruir las convicciones dogmáticas de quienes dejó pasar a su salita y aceptó sus folletos. Así sucedió, por ejemplo, con Laura Carrascosa y Julita Peribáñez, dos jóvenes Testigos que perdieron su fe tras una larga charla con Julián y que le reclamaron meses después, cuando volvieron a llamar a su puerta, que les devolviera lo extraviado: "¡Fue usted y solo usted quien nos despojó de nuestra felicidad por muy asentada en lo irracional que estuviera!", le reprochó Laura. "¡Fue usted y solo usted quien con sus piedras y sus bellotas nos vació por dentro y nos hizo unas degraciadas!", exclamó Julita entre sollozos. Estas confesiones en el vestíbulo llegaron a conmover a Julián, que en ese momento, solo acertó a decir: "Hijas mías, a partir de ahora, vuestra labor consistirá en restar pendiente al tobogán del escepticismo por el que os deslizáis". A continuación, Julián de Capadocia cerró la puerta, destruyó su artilugio telefónico con un martillo, y ya de noche, bajó con Zaratustra hasta los contenedores de basura.
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viernes, junio 05, 2020

Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 05.

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5

Hemos de confesar que nuestras investigaciones no han arrojado luz alguna en cuanto a la génesis del primer concepto creado por Julián de Capadocia. Al respecto, las fuentes consultadas son vagas, y así, lo mismo sitúan el momento en la clínica del doctor Quintanar, a la sazón, veterinario de Zaratustra, como durante la charla que mantuvo Julián con Bernarda Calabuch en la cola que se había formado ante el mostrador de una entidad bancaria, cuando sacó de la Pera una de sus piezas de meditación; en concreto, la bellota. En todo caso, esta circunstancia, ni es importante, ni añade o quita nada a esa primigenia creación conceptual, que no fue otra que la de "teoadiaforós", esto es, el el calificativo, el lugar que ante la idea de Dios, ha ocupado Julián de Capadocia con mayor confortabilidad que el de "ateo" o "agnóstico" ("creyente", queda por completo descartado). Lo que no supo, ni le preocupó desde luego, es si su concepto de teoadiaforós es correcto si nos atenemos a la gramática del griego clásico.

Sea como fuere, habremos de recordar que la "adiaforía" era la indiferencia ante las cosas que mostraban los filósofos cínicos y que junto a la "anaideia" (provocación, irreverencia) y la "parresía" (hablar atrevidamente), conformaban la caracterización de aquella escuela de pensamiento y conducta que tan cara es a Julián de Capadocia. Sea por lo tanto que la teoadiforía, venga a significar la indiferencia, la despreocupación, la innecesariedad del y ante el teísmo, a diferencia de la negación atea o del escepticismo agnóstico. En resumen, teoadiaforía es el concepto capadociano donde se instala el teoadiaforós, que es el sujeto que la practica. Es por ello, que en algún momento, Julián debió manifestar a alguien: "No, no, oiga usted; yo no soy creyente, pero tampoco ateo o agnóstico. Yo soy teoadiaforós", quedándose tan pancho con el dedo en alto. El problema reside, como dijimos al principio, en que no sabemos quién fue ese primer interlocutor, si el veterinario o la señora de la cola en el banco. Repetimos que no es un dato que importe mucho, pero —¡ay!— siempre habrá algún estudioso puntilloso que lo reclame. Lo sentimos.
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miércoles, junio 03, 2020

Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 04

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Julián Ruiz Bechamel, el que luego fue conocido como Julián de Capadocia, ha contado alguna vez que su primera iluminación le llegó reparando la centralita telefónica de un organismo oficial. Dice que la visión le supuso un gran impacto, aunque no por ello suspendió su trabajo. El caso es que ante él se le presentó, desnuda de afeites, una certeza que entendió como fundamental. Atención: "Todas las cosas son la misma cosa". Al principio, fue una breve sentencia; pero en cuanto llegó la hora de comer y se reunió con sus compañeros de departamento en el comedor de las oficinas centrales, comenzó a tomar su plato de paella en completa mudez, algo que no extrañó mucho al resto de sus siempre parlanchines colegas; aunque sí les llamó la atención que en un momento, Julián detuviera a mitad de camino el trayecto del tenedor, del plato a la boca, y quedara con los ojos abiertos sin pestañear, mirando a la nada. "Todas las cosas son la misma cosa", exclamó, y en ese instante, sus compañeros callaron de golpe y giraron sus cabezas hacia él. Hubo una pausa de estricto silencio y hasta pareció que el murmullo que llenaba el salón se atenuara. Por fin, Julián rompió ese silencio para repetir: "Todas las cosas son la misma cosa" y añadir, acto seguido, un breve desarrollo de la idea: "La materia solo cambia de aspecto exterior y del porcentaje de sus componentes. Tanto este trozo de chorizo de la paella, mi mano y la lámpara fluorescente que tenemos arriba, están emparentados". Dicho esto, se sucedió una nueva pausa, tras la cual, Julián se llevó por fin el chorizo a la boca, el murmullo se restableció y los habituales movimientos del acto de comer por parte de los comensales se reanudaron al unísono.

Horas más tarde, cuando Julián de Capadocia regresó a su casa y fue recibido como siempre, por el cálido beso de su mujer y por las zalamerías de Paca (la perra negra que sería años después la madre de Zaratustra, el actual perro de Julián), se metió en la ducha y allí, mientras se enjabonaba, comenzó a silbar alegremente el tema "No Milk Today" del grupo Herman's Hermit, que tanto le gustaba.
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sábado, mayo 23, 2020

Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 03.

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Julián de Capadocia, cuando sale a la calle en busca de interlocutores, se cuelga en bandolera un bolso infantil que fue de su hija Charito. Es un bolso con silueta de pera, y así lo llama él: "la Pera". En la Pera, aparte de la carga natural de llaves, cartera y paquetillo de pañuelos, Julián añade objetos a los que denomina "piezas de meditación". Como fijos, lleva una piedra, una pinza de tender la ropa y una bellota de encina; pero también recoge y guarda temporalmente, alguna hoja seca, el fragmento de una página de periódico o un zapato perdido de niño pequeño. En la Peña Deportivo-Cultural de la que es socio, conocen bien estos contenidos inverosímiles y los más guasones no se ahorran comentarios cuando le ven entrar en compañía de Zaratustra: "¿Qué, Julián, te has decidido ya a cambiar tus cachivaches por cuarto y mitad de jamón envuelto en papel de aluminio, hombre?"

Julián de Capadocia es ajeno a estas bromas, y "haciendo oídos sordos", deposita sobre la mesa de los jugadores de dominó, su piedra. "¿Sabéis de dónde viene esta piedra? Pues nada menos que de Pompeya, del muro de alguna casa que fue sepultada por las cenizas del Vesubio, ¿no os parece asombroso? Esta piedra, que como toda piedra no posee la facultad de desplazarse por sí misma, ha viajado gracias a la mano humana, cambiando del lugar que ocupaba a otro lugar dos mil años después. ¿Y qué representan dos mil años en la cronología geológica? Pues absolutamente nada; solo viene a demostrar que nada permanece quieto ni ajeno al cambio y que las velocidades de los mismos son una cuestión subjetiva, supeditada al ojo del observador"... Ante estos acostumbrados parlamentos, poca atención prestan los jugadores. Julián recoge entonces su piedra, la guarda en la Pera y se acerca a la barra. En cuanto Pascual, el camarero, se ha girado, percibe que Julián ha puesto sobre el mostrador su pinza de tender la ropa. 
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domingo, mayo 17, 2020

Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 02.

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Julián de Capadocia es viudo. Estuvo casado con Rosario (Charo) Úbeda Martín. No se puede decir que Julián de Capadocia viva solo, pues le acompaña Zaratustra, su perro negro, con el que comparte un piso cuyas estancias, salvo la cocina, un baño y su propio habitáculo, las ha ido clausurando. Esta habitación la ha transformado Julián en una celda monacal. Su mobiliario se compone de una cama de 90, una mesita de noche, un viejo pupitre escolar, una silla y un pequeño armario ropero. En la pared hay una balda donde coloca sus cinco libros. Sobre el pupitre dispone su ordenador portátil. Cuando no entra luz natural por la ventana, la habitación se ilumina con una lámpara de pie. En la estantería, como decimos, reposan cinco libros: un Quijote, una selección de Diálogos platónicos, "El mundo como voluntad y representación" de Schopenhauer (2 tomos) y una antología poética de Antonio Machado.

Julián de Capadocia es padre de Charito (37) y Diógenes (34), de los que recibe visitas alternas los domingos por la tarde. Sus hijos le traen pasteles, túpers con croquetas y alguna ropa cuando la precisa. El caso es que cuando se marchan, apenas una hora después, Julián se siente aliviado y hasta Zaratustra emite un placentero bostezo desde su retiro en el lavadero. En la última visita, Diógenes y Mariloli, su esposa, le comunicaron que pronto será abuelo, una noticia que llenó a Julián de pensamientos sombrios, pero que supo disimular bien con un abrazo a ambos. Charito, no; Charito no parece tener ganas de reproducirse, aunque en alguna ocasión manifestó su interés por la inseminación artificial. Es funcionaria de Correos y comparte su vida con una compañera. Charito es la depositaria de todo cuanto escribió su padre, pues hemos de saber que Julián de Capadocia hace años que renunció a su vicio por la escritura.
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Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 01.

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Julián de Capadocia (en el siglo, Julián Ruiz Bechamel) es un prejubilado de Telefónica que se hace acompañar de un perrazo negro al que llama Zaratustra, animal al que nadie ha escuchado jamás ladrar ni ha visto salir de un letargo permanente. Julián de Capadocia es socio de la Peña Deportivo-Cultural de su barrio y a ella acude para jugar eventuales partidas de dominó o de tute con el fin de pegar la hebra con cualquiera que se ponga a tiro. Si no encuentra interlocutores en la mesa de juego, se acoda en la barra con la pretensión de darle palique a Pascual, el camarero, mientras le sirve un sencillo tinto con sifón acompañado de un platito de altramuces. En efecto, Julián de Capadocia tiene fama de pelmazo insuperable y todo el mundo le huye, por lo que vive en un aislamiento perpetuo, solo paliado por desconocidos que descubren un inicial interés en su conversación.

Es por tanto en la calle, en los mercados y mercadillos o en las consultas médicas del Centro de Salud donde, a la manera socrática, Julián echa sus redes y espera con paciencia a que alguien decida responder a una primera pregunta con la que iniciar la charla. Para arrancar, una de sus cuestiones favoritas es la siguiente: "¿Es la muerte la única certeza, más allá de la propia conciencia cartesiana, donde podemos aferrarnos y edificar sobre ella la verdad?" Ante la pregunta, la mayoría de interlocutores intenta zafarse empleando mil argucias, pero, con un poco de suerte, Julián de Capadocia halla a otros bien dispuestos al intercambio de pareceres e incluso, llegado el momento, se animan tanto a invitarle a un tinto con sifón para continuar el diálogo como a prodigar algunas caricias al siempre estoico Zaratustra.
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jueves, enero 02, 2020

2019: Resumen del año lector

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LECTURAS AÑO 2019



  1. 1. “Qué dijo verdaderamente Schopenhauer” Icilio Vecchiotti. Comenzó el año lector con este tostonazo sobre el viejo Schopy que trata de desentrañar el sentido final de su obra; pero yo no me enteré de nada, y menos, desde que a mitad de lectura dejó de interesarme. 
  1. 2. “La muerte del comendador, 1” Haruki Murakami. Muy buena novela y muy buena la creación de ese ambiente inquietante propio del japo y que en esta ocasión hasta me produjo cierto yuyu. Quedo emplazado con ilusión a la segunda entrega. 
  1. 3. “Senilia” Arthur Schopenhauer. Colección póstuma de pensamientos, aforismos, consejos y resúmenes vitales del célebre gruñón donde no falta una buena dosis de socarronería. Deliciosa lectura del Gran Inaguantable. 
  1. 4. “El mundo de ayer” Stefan Zweig. Otra mirada melancólica a un mundo que nadie esperaba que desapareciera, y mucho menos, a que desapareciera como desapareció. 
  1. 5. “Charles Bukowski” Juan Corredor. Edición crítica de la obra narrativa del aka Chinasky, el tipo que escribió la misma novela veinte veces. Pero que hay que leer. 
  1. 6. “Los surcos del azar” Paco Roca. Primera “novela gráfica” que me echo a las gafas. Memorias en viñetas de un veterano de la célebre “La Nueve”, la compañía de mayoría española que entró en París al mando de Leclerc. Bueno, vale. 
  1. 7. “Así habló Zaratustra” Frederic Nietzsche. Relectura de este texto que tiene la virtud de haber sido mangoneado por todos para hacerlo biblia ideológica: marxistas, nazis, hippies, anarquistas, fascistas... 
  1. 8. “La calle estrecha” Josep Pla. Una cosita estrechita. Un apunte a la acuarela de tipos de otro tiempo. 
  1. 9. “Un año con Schopenhauer” Irvin D. Yalom. Un psicólogo trata de atenuar los daños colaterales de una enfermedad terminal acudiendo a los ensayos de Schopy como terapia. Bueno. 
  1. 10. “El giro” Stephen Greenblatt. Novela histórica acerca del descubrimiento del único ejemplar existente de “De rerum natura” el poema epicúreo de Lucrecio. Un poquito larga. 
  1. 11. “Tus pasos en la escalera” Antonio Muñoz Molina. No estuvo mal del todo; pero es una obra secundaria en la novelística de Muñoz Molina. Tal vez necesaria tras la exhaustiva “Un andar solitario entre la gente”. 
  1. 12. “La vida líquida” Zygmunt Bauman. Bauman lo licuó todo: la vida, las modas, el pensamiento. Lo líquido va parejo a lo apresurado, a lo inconsistente. 
  1. 13. “El rey recibe” Eduardo Mendoza. Primera entrega de una proyectada tetralogía. Lo mismo me animo a leer la segunda siempre y cuando se me ponga muy a mano. 
  1. 14. “¿Qué es la política?” Hannah Arendt. Espesísimo ensayo. Aburrido tela. 
  1. 15. “Cuerdas podridas” Joaquín Fernández Jimeno. Libro autopublicado. Memorias de un montañero y su colega de cordada. Para mi sorpresa, contuvo los mejores diálogos que he leído este año. 
  1. 16. “Siete cuentos misóginos” Patricia Highsmith. Humor negro en entregas como puñetazos. 
  1. 17. “Amor, mujeres y muerte” Arthur Schopenhauer. Aquí se explaya bien el cascarrabias. A mi juicio, y dejando aparte inadmisibles sentencias misóginas, el hombre tenía toda la razón. 
  1. 18. “Arrugas” Paco Roca. Segunda novela gráfica y del mismo autor. Una cosa sobre residencia de ancianos, ese mundo paralelo que está por ahí, invisible, incomodísimo. 
  1. 19. “Vida de Luciano De Crescenzo” Luciano De Crescenzo. Relectura de estas divertidas memorias que tienen el tono de una de esas comedias donde salía Alberto Sordi. 
  1. 20. “Respuestas filosóficas” Arthur Schopenhauer. Más; más del viejo amargante e hipersieso cargado de razones hasta las cachas. Material sacado de su obra “Parerga y parlipomena”. 
  1. 21. “República literaria” Diego de Saavedra Fajardo. Espeso chismorreo literario del Siglo de Oro. Bueh. 
  1. 22. “Trilogía involuntaria” Mario Levrero. Muy buena la primera narración. Las otras fueron una repetición. Kafka aggiornato. 
  1. 23. “El hacha de plata” Miguel Vayrat. Poemario de un señor que me lo dedicó y del que luego me asombró leer su currículum. Profunda erudición en torno a los clásicos. 
  1. 24. “El nacimiento de la filosofía” Giorgio Colli. Relectura de un librito fundamental. La filosofía no nació para especular, señores míos, sino para desentrañar los mensajes cifrados de los oráculos.
  1. 25. “La felicidad, desesperadamente” André Comte-Sponville. Magnífico. El mejor ensayo de este año en lengua no española. 
  1. 26. “Diccionario filosófico” Fernando Savater. Magnífico. El mejor ensayo de este año en lengua española. 
  1. 27. “Operación Paquita” Jorge Llopis. Esta novelita codornicesca hay que leerla de joven, con la ingenuidad y el optimismo intactos. Yo los he perdido. 
  1. 28. “Retrato del artista adolescente” James Joyce. Primera novela de Joyce que leo. Muy buena. Ser irlandés es como padecer una enfermedad muy parecida a la de ser español. 
  1. 29. “La emboscadura” Ernst Jünger. Relectura de este clásico al que creo que el tiempo ha lacerado de gravedad. Ahora es mucho más fácil emboscarse. Tengo al ladito mismo a uno que está loco por hacerlo. 
  1. 30. “Tristes trópicos” Claude Lévy-Strauss. Apabullante, apasionante. Esto es tener entre las manos una enciclopedia. La antropología convertida en novela de aventuras. 
  1. 31. “Caos y orden” Antonio Escohotado. Ensayo del controvertido Escoty donde intenta demostrar la inexistencia del orden. Todo es caos si tenemos instrumentos potentes para profundizar la mirada. 
  1. 32. “Dos letters/Cuando la serpiente” Bernardo Atxaga. Relectura. Mejor la segunda narración que la primera. Supongo que el libro está dirigido a un público juvenil. Quiero creerlo al menos. 
  1. 33. “Zenón y la tortuga” Nicholas Fearn. Rollo patatero. Chuminá gorda. 
  1. 34. “Ética a Nicómaco” Aristóteles. Fundamental; pero hay que bucear mucho para encontrar las perlas.  
  1. 35. “Liberación animal” Peter Singer. La Biblia del animalista. Anticuada. En el tema que trata, el mundo ha mejorado muchísimo desde que lo estudió Singer. 
  1. 36. “Una semana de lluvia” Francisco García Pavón. Paradita para tomar un vasito de vino y unos trocitos de queso. Relectura de la segunda mejor entrega de la serie de Plinio. 
  1. 37. “Sobre la violencia” Slavoj Zizek. Notable ensayo. Todo es violencia, somos violencia, ¡¿os enteráis, joder?! 
  1. 38. “El hospital de los dormidos” Francisco García Pavón. Otro texto desengrasante como un sorbete, pero en esta ocasión, relectura de una novela que no recordaba taaan endeblita.  
  1. 39. “Platón” Varios autores. Libro de promoción de una colección kiosquera. No está mal. (Confesión: a mí, Platón me cae muy gordo. Era un señorito. “Amicus Plato sed magis amica veritas”, que dijo un alumno). 
  1. 40. “Ensayo sobre Cioran” Fernando Savater. Tesis universitaria de Savater. Demasiado engolada y supuesta, como corresponde a un entonces jovenzuelo lisensiado. Supongo que ahora le provocaría mucho carcajeo. 
  1. 41. “Aerolitos” Carlos Edmundo de Ory. Colección de aforismos que podrían perfectamente pasar por greguerías. Algunos, muy brillantes. Todo un personaje el Carlos Edmundo. 
  1. 42. “Cálculo de estructuras” Joan Margarit. Poemario del recientemente Premio Cervantes. El tío escribe sus versos en catalán y luego no los traduce al castellano, sino que los reescribe en castellano. 
  1. 43. “El tiempo regalado” Andrea Köhler. Esto es una pedantería así de gorda con forma de libro.
  1. 44. “La imagen de tu vida” Javier Gomá. Primer contacto que tengo con este autor. Es un homenaje a su padre. Muy emotivo y sin concesiones a lo sentimentaloide. 
  1. 45. “Utopía” Tomás Moro. Me divertí mucho con los habitantes de este país imaginario, los utopianos, tan contentos con su vida reglada. Una serie televisiva basada en la propuesta de Moro, resultaría más que interesante. Ahí lo dejo, señores de HBO. 
  1. 46. “Muchas felicidades” García Gual, Javier Gomá y Fernando Savater. Delicioso. Divertido, ameno. Un recorrido por lo que el humano ha decidido qué es la felicidad a lo largo del devenir.  
  1. 47. “La huida del tiempo” Josep Pla. Colección de pequeños artículos que narran el pasar de un año completo. Otro mundo que ya no existe, ni ya apenas existía cuando Pla escribió esta especie de almanaque. Alta prosa originalmente escrita en castellano. 
  1. 48. “Malos y malditos” Fernando Savater. Psch, resultó ser un libro escrito para jovenzuelos. Lo leí porque yo también soy un jovenzuelo. Malaje, pero jovenzuelo. 
  1. 49. “Lolita” Vladimir Nabokov. Relectura de una obra maestra. 
  1. 50. “Budismo sin creencias” Stephen Batchelor. Enorme error el quedarnos solo con el pensamiento occidental. Sin el budismo y sus derivaciones, el pensamiento humano es una silla a la que le faltan dos patas. 
  1. 51. “Los asquerosos” Santiago Lorenzo. La mejor novela en español de este año. Una sorpresa. 
  1. 52. “El camino del zen” Alan Watts. De todas las formas del budismo, el zen es la síntesis. La larga senda hasta la consecución del anhelado vacío.
“Olor a papel;
a viejo papel de ayer.
Puerta cerrada”.
(Haiku mío)

  1. 53. “Ya no es ayer” Francisco García Pavón. Obra memorialística que tenía inédita del autor manchego. Muy flojita. Pero está la prosa pavonera, que es crema. 
  1. 54. “Te quiero porque me das de comer” David Llorente. Ando enzarzado con ella. Junto con la nº 51, lo mejor del año en narrativa española.

Por lo tanto, y atendiendo a esta “Lista de lecturas, edición 2019”, tenemos que:

OBRAS PREMIADAS CON EL BASTÓN DE SAN NICOLÁS CON CINTAS VERDES 2019:

Mejor novela en español: “Los asquerosos” de Santiago Lorenzo.

Mejor ensayo en español: “Diccionario filosófico” de Fernando Savater.

Mejor novela en lengua no española: “Lolita” de Vladimir Nabokov.

Mejor ensayo en lengua no española: “La felicidad, desesperadamente” André Comte-Sponville.

¡Enhorabuena a los galardonados! (arrecian los aplausos; gritos de "¡Bravo!"; el público lanza claveles al escenario, incluso una señora ha lanzado un bocadillo de mortadela con aceitunas. Los premiados se muestran emocionadísimos.). Cae el telón.

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sábado, junio 22, 2019

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Los aforismos de don Julián de Capadocia, 01.

La sala de cine es enorme, con un aforo que parece ilimitado. En cambio, las dimensiones de la pantalla no son extraordinarias. Es una pantalla más bien pequeña. Frente a ella se organiza el graderío en una disposición tan inclinada que permite la visión de la película que se proyecta desde cualquier lugar y sin molestia alguna para los espectadores. La gente entra y sale de la sala a oscuras, iluminada apenas por los reflejos de la pantalla, el haz de luz del proyector y las linternas de los acomodadores. Al acceder a la sala desde las filas más altas, los nuevos espectadores son recibidos por ellos, que los ayudan a organizarse en grupos, u ocupan butacas solitarias. Lo mismo se reúnen varios amigos que al rato alguien se levanta y se dirige a un grupo de familiares, siempre en sentido descendente. O se sientan emparejados. O solos. Nadie permanece mucho tiempo en su asiento. Cuando deben cambiar de lugar, reclaman el servicio del acomodador. Los acomodadores tienen mucho trabajo. Se mueven con eficacia por los pasillos del graderío sorteando a los vendedores ambulantes de refrescos, atienden a los que ingresan en la sala, reubican a los que así lo solicitan, acompañan a los que son señalados hasta la salida. Aunque no lo admite el reglamento, aceptan propinas de los que desean retrasar el descenso.

La película se proyecta de manera continua y no se conoce la duración de su metraje. En la pantalla aparecen paisajes y animales, niños que se deslizan por un tobogán, obreros que construyen un rascacielos, un camaleón que devora un saltamontes, fragmentos de filmes expresionistas, las pirámides de Egipto, orquestas caribeñas, un anuncio de detergente, un volcán en erupción, una troupe de saltimbanquis. A los sonidos naturales se superponen bandas sonoras de películas memorables. Un hombre se afeita a los acordes de un adagio, una mujer decapita a un cordero mientras suena un motete barroco. Un bebé sonríe cuando escucha la voz de Audrey Hepburn. Desde un balcón, Mussolini aparece gritando sobre una cantata de Bach. Los espectadores siguen la proyección tan fragmentariamente como la proyección misma. Los acomodadores, incansables, se afanan en ubicar a cuantos entran y en tocar el hombro a los que deben salir de la sala siempre oscura. Los señalados parecen no enterarse, remolonean en las primeras filas, buscan monedas en sus bolsillos. Hasta el tercer o cuarto aviso no abandonan su butaca y se dejan acompañar por el acomodador hasta la pequeña puerta situada a la derecha de la pantalla. Cuando el acomodador los despide, los señalados se resignan al fin, levantan una mano como saludando. Mientras, sin detenerse en momento alguno, continúa la proyección, y en las gradas, prosigue el trasiego del gentío innumerable --espectadores, vendedores, acomodadores-- que abarrota la sala y la llena de ruido y de furia.
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jueves, enero 03, 2019

2018: Resumen del año lector.

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Este año ha sido más abundante en títulos, pero solo porque muchos de ellos eran volúmenes de una delgadez anoréxica. A diferencia de otras ediciones, acompaño cada título con un breve comentario.
Hale, ahí suelto mi ristra de libros atados unos tras otros como chistorras...
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1. “La mitad del alma” Carme Riera.
No me acuerdo de nada. Creo que era una novela romántica o algo.

2. “Historia de la filosofía moderna” Varios autores.
La filosofía –que nunca estudié de manera reglada—comenzó a interesarme hace unos años. Este es un sencillo libro de divulgación para el autodesburramiento.

3. “La gran pesquisa” Tom Sharpe.
Divertido, irónico, como todo lo de Sharpe. Algo anticuado también.

4. “Tractatus lógico-philosophicus” Ludwig Wittgenstein.
Un corto ensayito tras un título tan largo y pomposo. Esto es otra liga. Solo alcancé a entender un 5% de lo que expone. El autor es fascinante.

5. “Como la vida misma” Luis Juan Hurtado.
Memorias de un jubilado ubetense prologadas por Antonio Muñoz Molina. Literatura pop en todo su sentido. Muy interesante y muy amena.

6. “Mi credo” Herman Hesse.
Compilación de escritos espirituales del autor alemán. Debió ser una buena persona.

7. “Un andar solitario entre la gente” Antonio Muñoz Molina.
Inclasificable producción de AMM. A pesar de sus trancas y barrancas, a mí me causó mucho placer leer esta prosa moliniana. De lo mejor de este año, ea.

8. “El juego de los abalorios” Hermann Hesse.
Novela críptica, filosófica y espiritual, donde abundan los pasajes tediosos y las escenas entre maestro sabelotodo y alumno atontolinao, ambos con túnicas.

9. “Los Watson” Jane Austen.
Proyecto fracasado de novela. Señoritas que quieren casarse con jóvenes apuestos. Nada memorable.

10. “El festín de Babette” Isak Dinesen.
¡Mejor la peli, dónde va a pará! Mininovelita muy concentrada y olvidable.

11. “Epicuro” Carlos García Gual.
Descubrimiento luminoso de este profesor, extraordinario ensayista. Epicuro es la figura que he tomado como base para edificar mi propio pensamiento, quitando, poniendo y modificando. Libro imprescindible para entender al denostado griego.

12. “Una rubia imponente” Dorothy Parker.
Una chuminá.imponente.

13. “Demian” Hermann Hesse.
Relectura de mi novela favorita de Hesse. Pero hay que leerla por primera vez con 18 años o por ahí. Aguanta el tipo. Muy buena.

14. “Kew Gardens y otros cuentos” Virginia Woolf.
Lo primero que me echo a las gafas de Mrs. Woolf y a fe mía que no ha sido bocado de mi gusto. Una cosa translúcida, evanescente, flotosa como un fulard de gasa.

15. “La secta del perro” Carlos García Gual.
Ensayo y compilación del profesor García Gual sobre los cínicos, esos individuos tocapelotas que fueron los antisistema del mundo clásico.

16. “Historia de nuestra familia” María Rubio Pizarro.
Memorias de una prima de mi madre, tal vez uno de los miembros más singulares de entre sus parientes por ser hija de la emigración a los Estados Unidos en los años 20.

17. “El atrevimiento de mirar” Antonio Muñoz Molina.
Recopilación de reflexiones del ubetense ante diversos cuadros de distintas épocas. Nadie como AMM escribe sobre pintura en España. Magistral.

18. “La montaña mágica” Thomas Mann.
¡El Gordo, ha salido el Gordo por fin! Obra maestra de la literatura.

19. “Trabajo sucio” Eva Vaz.
Único poemario leído durante este curso lector. Gran cantidad de versos dedicados a sus propios dientes y a su vida sexual. Me encantó.

20. “De qué hablo cuando hablo de escribir” Haruki Murakami.
Mi primer Murakami. Interesante ensayo onanista en torno a la propia escritura.

21. “Ejercicios de admiración” Emil Cioran.
Diversos y agudos retratos trazados por esta alegría de la huerta de varios contemporáneos. A pesar de todo, resulta bondadoso con la mayoría.

22. “Tokio Blues” Haruki Murakami.
Primera novela que leo de este japo. Gran novela, magnífica novela. Qué bien.

23. “La vida eterna” Fernando Savater.
Especie de continuación de su anterior “Las preguntas de la vida”, que fue el libro fundamental que me llevó a interesarme por la filosofía. Savater no es solo un grande y ameno divulgador de este saber, sino un escritor principal.

24. “El cumpleaños de los niños” Truman Capote.
Novela corta del cáustico autor. Bueno, no estuvo mal. Ni bien. ¿Qué ocurría?

25. “Carta a mi padre muerto” José María Gironella.
Desgarros varios del olvidado autor, ejercicio de sinceridad y expiación, sobrecogedor a veces e interesante siempre. Muy buena esta carta.

26. “Breve historia de la filosofía” Justus Hartnack.
Alguien dijo que la filosofía es la historia de la filosofía. Nuevo volumen divulgativo, pero en este caso, bastante aburrido.

27. “La sombra del ciprés es alargada” Miguel Delibes.
Primera novela del vallisoletano, ganadora de un Nadal. Psch, psch y más psch.

28. “Una historia africana” Javier Reverte.
Novela corta que parece escrita con el solo objetivo de ser adaptada al cine o a serie de televisión. Supongo que la otra intención es puramente alimenticia.

29. “Don Quijote” Miguel de Cervantes.
Enésima relectura. Debí tener yo muy mal cuerpo este verano para que me afectasen tan poco las tribulaciones de mis grandes amigos el Flaco y el Gordo. Ojalá que no vuelva a ocurrir en la próxima ocasión.

30. “Tres vidas de santos” Eduardo Mendoza.
Relectura. Tres historias agrupadas de diverso tono, y todas apreciables. Recomendable por completo.

31. “El asombroso viaje de Pomponio Flato” Eduardo Mendoza.
Relectura también. El Mendoza más mordaz para el seguidor más devoto. Muy diver.

32. “Historia de la filosofía” Varios autores.
En realidad, se trata de un libro de texto; en concreto de COU. Para sistematizarme un poco y dejarme de tanta dispersión.

33. “Principios elementales de filosofía” Georges Politzer.
Manual dedicado a asociaciones de obreros para su formación. Muy interesante, pues se carga de un plumazo toda la filosofía especulativa y espiritual. Sólida base para internarse en la dialéctica materialista que inició Hegel y desarrolló Marx.

34. “La mujer y el pelele” Pierre Louÿs.
Una delicia de los tiempos simbolistas y decadentes que se desarrolla en esta ciudad y que ha sido mito recurrente para escritores y cineastas. Fue una agradable sorpresita.

35. “De la naturaleza de las cosas” Lucrecio.
El largo poema en prosa del latino Lucrecio, epígono máximo del epicureísmo. Libro tan denostado como su inspirador. La biblia de esta escuela helenística.

36. “La edad de la penumbra” Catherine Nixey.
Pretendido estudio sobre la destrucción del mundo clásico a manos de los cristianos. El problema es que el libro es muy tendencioso y puramente anecdótico. Bah.

37. “Colegio Menor Santa Ana” Francisco Cacho Agudo.
Memorias colegiales/adolescentes. Compendio de remembranzas de un internado en aquella época que conocimos casi todos. Crónica de la gesta que supuso el aprovechamiento de becas por parte de las clases más humildes. Gente admirable.

38. “Meditaciones” Marco Aurelio.
Si Lucrecio fue el autor de la biblia epicúrea, el emperador se encargó de reflejar en máximas y pensamientos el evangelio estoico. Hay muchos puntos en común entre ambas escuelas, pero los estoicos tienden a ser más siesos.

39. “Sueños ferroviarios” Francisco Romero Peña.
Caóticas memorias de jubilata, pero en esta ocasión el autor es un maquinista de la Renfe. Redacción a lo bruto, sin desbastar, de las que concentra quince adjetivos superfluos en cada frase, tal vez el único atractivo –lo naïf—de este amasijo de anécdotas.

40. “Siddharta” Hermann Hesse.
Relectura de esta novelita que funciona como un cuento de hadas con simbología budista. Hay que leerla con la edad apropiada.

41. “El banquete” Platón.
Uno de los más famosos diálogos platónicos, donde Sócrates ejerce de mero personaje portavoz de las teorías del autor. Platón era un poco pelma y a mi juicio, andaba bastante equivocado.

42. “Tiempo” Rüdiger Safranski.
Ensayo sobre un tema que me interesa sobremanera: la naturaleza y la percepción del tiempo. Muy interesante, muy recomendable para todo aquel prisionero perpetuo del presente.

43. “El epicureísmo” Emilio Lledó.
Otra vuelta de tuerca a esta escuela de pensamiento por medio de la siempre cariñosa escritura de Lledó. Complemento ideal para el tema.

44. “Perro ladrando a su amo” Javier Sachez.
Novela galardonada con no sé qué premio. Una historia inverosímil en cualquier caso. Creo recordar que hubo alguna metáfora afortunada entre sus páginas.

45. “Filosofía para la felicidad: Epicuro” Varios autores.
¡Pero qué pesao con el Epicuro de los cojones! Pues sí, un compendio más para gozo de cuantos pretenden hollar el suelo del Jardín y ser lechones de su piara (como dijo Horacio, cuando tacharon de cerdo a su maestro).

46. “Las mil y una noches de Hortensia Romero” Fernando Quiñones.
Toda la gracia de Cádiz concentrada en el relato de una prostituta. Tal vez su lenguaje, lleno de formas dialectales pueda restar interés al foráneo. Muy divertida.

47. “Aforismos sobre el arte de vivir” Arthur Schopenhauer.
Otro highlight del presente curso lector. Observaciones de un sabio sobre la condición humana y que me han animado a seguir conociendo más acerca de la obra de este cascarrabias del copón.

48. “Derecho natural” Ignacio Martínez de Pisón.
Una cosa prescindible por completo, poco digna de figurar en la bibliografía de este autor. Con novelas así se comprende que la literatura interese cada vez menos.

49. “Spinoza” Joan Solé.
Breve semblanza sobre la vida y obra de mi tito Benito, ese hombre bueno que dotó al malaje racionalismo de calidez y panteísmo.

50. “Ordesa” Manuel Vilas.
Una estafa. 

¡Y e... Y es... Y esto es todo, amigos!


:-)