sábado, agosto 21, 2021

"Todo queda en casa" (viñeta sobre leyenda bíblica)

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La madre era tan anciana que apenas podía moverse. Ordenó a su hijo: "Debes enterrar a padre en el montículo". Y el hijo cargó con el cuerpo de su padre que estaba envuelto en un sudario y buscó la azada. Antes de salir, la madre le dijo: "Toma esta semilla de árbol que he guardado todos estos años y plántala sobre la tumba". Y le entregó al hijo una pequeña bellota.

El hijo obedeció.

Set se detuvo en mitad de la pendiente de la loma. La tierra estaba húmeda desde la última tormenta y excavó una fosa poco profunda. Allí depositó el cuerpo y la semilla, los cubrió de tierra y regresó a la casa. Encontró que, en su ausencia, su madre había muerto en el lecho. En el montículo, el cuerpo de su padre se corrompió y la semilla del Árbol del Bien y del Mal germinó. Allí siempre soplaba el viento.

Pasó el tiempo.

Cuando talaron el frondoso árbol, el carpintero que compró su madera aserró las ramas. Del tronco desbastado pudo conseguir algunos maderos que dejó almacenados para que se secasen. Con ellos pudo elaborar más tarde varias cruces de tormento que vendió a un oficial romano. En el montículo, muy cerca de la tumba de Adán y del tocón del árbol cortado, las cruces se emplearon para crucificar en el mes de Nisán a tres malhechores. Allí siempre soplaba el viento.

Julián de Capadocia, de "Bolas y parábolas".

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miércoles, junio 23, 2021

Kratos Morretöl, "Vista de la montaña Sainte-Victoire, nº 88" (1921)

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"...de todos es sabido que desde su retiro en Aix-en-Provence, Paul Cézanne, el padre de la pintura moderna, se empecinó en pintar la vecina montaña Sainte-Victoire con tal contumacia que elaboró nada menos que 87 variaciones de tan pedregoso asunto. Tal circunstancia dio pie a que muchos años más tarde, en plena etapa de inseguridades y nostalgias —¡cuánto echaba de menos la sopa de tofza que le preparaba su madre!—, pero sobre todo de privaciones que le habían llevado a pasar hambre diaria, Kratos Morretöl se decidiera a delinquir, contando con los ánimos y el asesoramiento del por su entonces amigo, Pablo Picasso, que detentaba además un pasado que lo involucraba en varios robos y que lo puso en contacto con Gertrude Stein, la mecenas norteamericana que picando el anzuelo como una merluza, no dudó en pagar a Kratos un dineral, no por una copia, sino por una tan desconocida como falsa versión (en este caso la nº 88) de la montaña de marras que, claro está, había pintado él mismo. ¿Qué fue lo primero que hizo el artista barogarés cuando se vio con los bolsillos llenos de los dólares producto de la estafa? Pues comprarse tres abrigos, cinco docenas de cruasanes y unos prismáticos".

(De "Pintores y sus pinturerías", Alejandro Ulloa)

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martes, junio 01, 2021

Amedeo Modigliani, "Retrato de Kratos Morretöl" (1919)

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"...en París representaron años muy duros, hasta verse obligado a dormir muchas noches en los bancos de los parques, pues no siempre el dinero que obtenía dibujando retratos y caricaturas por plazas y cafés le alcanzaba para pagar una cama en algún albergue de mala muerte. Fue en el Café de la Rotonde donde Amedeo Modigliani lo conoció en una de esas noches donde la abstenta hacía más llevadera su vida de interminable bohemia. La extrema juventud de Kratos llevó al italiano a ejercer cierta función de protector, presentándole a muchos de sus amigos pintores e, incluso, alojándolo a veces en su mísera buhardilla familiar. En las cartas remitidas a su hermano Vinsentö, Kratos le da cuenta de esta amistad y relata prolijamente sus carencias, pero sin perder nunca el ánimo ni la confianza en su éxito como artista: "Hace ya meses que no como otra cosa que pan y queso o los horribles platos de pasta que prepara Jean, la esposa de mi amigo Amedeo. La semana pasada, Modi, que es como lo llamamos, me hizo un retrato que me ha regalado y que sin que él lo supiera, me vi en la obligación de empeñar, pues necesitaba unos zapatos. Prometo que en cuanto firme el contrato con el señor Lavande y cobre los primeros francos, recuperaré el cuadro. Te ruego que no cuentes nada de esto a nuestros padres y que no te preocupes por mí, porque el asunto Lavande va a remediar todas estas carencias de un modo inmediato".

(De "Pintores y sus pinturerías", Alejandro Ulloa)
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jueves, abril 29, 2021

Kratos Morretöl, "El bosquecillo de Bröte" (1913)

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"En sentido contrario al que acerca al caminante a la villa de Flochiz, el atajo que conduce a la vecina Bröte, cruza el bosquecillo de robles que debía atravesar Kratos Morretöl para llegar a la llamada Casona del Obispo, donde impartía clases de dibujo a las hijas del notario Huxpe, unas trillizas que respondían a los nombres de Sepi, Sipi y Sopi, veinteañeras pizpiretas que, en cuanto se relajaba la vigilancia a que las tenía sometidas su mamá, no dejaban de cometer travesuras, víctima de las cuales no era otro que el tímido Kratos. Sea por esta coincidencia en sus nombres que, hasta no hace mucho, ni los más viejos del lugar sabían aclarar a cuál de ellas correspondía la S inicial con que se acompañó la K de Kratos en todos los corazones atravesados por flechas que aparecieron grabados en los troncos de los árboles y que todavía pueden admirar los turistas aficionados al arte. En todo caso, las nuevas investigaciones que se iniciaron en el Departamento de Grafología de la Universidad de Vullinas, han arrojado luz sobre el asunto, determinando que la misteriosa S pertenecía en realidad a Sapi, madre de las muchachitas y esposa del notario..."

(Alejandro Ulloa, "De pintores y de sus pinturerías").

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martes, abril 27, 2021

Retorno

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Retorno

    Emilia y Fermín se conocieron en la Escuela de Ciegos y juntos aprendieron braille y a manejarse por las calles con el bastón telescópico. Por motivos distintos, la ceguera se había manifestado en ambos durante su madurez. Lo cierto es que se enamoraron y tras acabar su preparación, la ONCE les concedió, cercanos el uno del otro, dos puntos de venta de cupones. Emilia se situaba en el acceso a un Mercadona, mientras que Fermín lo hacía en la entrada de una macro perfumería. Eran muy queridos por el vecindario. Les iba muy bien. Al año siguiente, se casaron, compraron una vivienda y en vez de hijos, tuvieron dos perros lazarillos, Óscar y Maif. La vida les sonreía a pesar de todo.

  Pocos años después, alguien les habló de la nueva técnica quirúrgica que el doctor Grijander practicaba en la clínica oftalmológica Gromenagüer en Austria. Empalmando el nervio óptico con el nervio del seno intercerebral opuesto, el doctor conseguía devolver la vista a muchos ciegos. Emilia y Fermín rescataron todos sus ahorros del banco y se sufragaron las dos operaciones. Fueron un éxito. Subidos en la noria del Prater de Viena, Emilia y Fermín se quitaron las vendas de los ojos, se vieron las caras por primera vez y... se enamoraron aún más, a pesar de la notoria fealdad de los dos.

    El caso es que, a su vuelta, la ONCE, ante lo evidente de verlos de nuevo videntes y por tanto, ajenos a su labor en la venta de cupones, los despidió e incluso les confiscó los perros para cederlos a otros ciegos necesitados. Fue un drama, porque a Emilia y Fermín el desempleo les llegó a una edad complicada. Hacía poco que ambos habían rebasado con mucho la cincuentena. Lo pasaron mal. Tras agotar los subsidios y el poco dinero que les había quedado tras las intervenciones, la pobreza se manifestó en su casa con acritud y hasta el amor se resintió.

    Así que cuando la situación se hizo insostenible, decidieron arrostrar la desgracia con un acto heroico. Una tarde de domingo, tras la merienda-cena y utilizando un cuchillo puntiagudo, se perforaron mutuamente los globos oculares como quien pincha aceitunas con un palillo de dientes. En unos segundos, habían regresado a su pasada condición de ciegos. Llamaron a una ambulancia. En poco tiempo se restablecieron de las heridas y la ONCE, al tramitar sus solicitudes de empleo, comprobó que todo estaba en orden y los readmitió en la organización. Les surtieron de nuevos bastones, recuperaron sus antiguos puntos de venta y hasta les devolvieron a Óscar y Maif. El vecindario les recibió con cariño. Ni que decir tiene que Emilia y Fermín volvieron a ser felices.

(De "Parábolas y garambainas", Julián de Capadocia)

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martes, abril 13, 2021

Kratos Morretöl, "Anochecer en el mar de Prazdi" (1911)

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"Toda vez que era originario de las tierras de interior, el mar siempre ejerció en Kratos Morretöl un atractivo cercano a la fascinación; tanto es así, que siempre que tuvo ocasión, dedicó buena parte de su obra a plasmar el eterno vaivén de las olas, la fuerza devastadora del temporal y la plasticidad cromática de los amaneceres y los ocasos, como ocurrió durante el viaje de estudios a la costa de Prazdi que realizó junto a su amigo Petron Alôrsh, becado como él por el Departamento Nacional de Artes. De aquellos días —"seguramente, los más felices de mi vida", como declaró Kratos muchos años más tarde en su autobiografía—, aparte de un buen número de obras, el artista guardó el recuerdo de un puñado de sabrosas anécdotas, como la del día en que fueron engañados por unos pescadores de Jorgän, que haciendo gala del carácter bromista de las gentes del lugar, les hicieron internarse en una zona del mar infestada de medusas, a consecuencia de lo cual, Petron perdió para siempre buena parte de la sensibilidad de una pierna, dada la cantidad de dolorosas picaduras que recibió. En el cuadro de hoy, el espectador atento podrá adivinar dos figuras de bañistas a la derecha de la obra. No son otros que los dos amigos disfrutando de un baño bajo la última luz solar, días antes, claro está, del encuentro con las medusas..."

(Alejandro Ulloa, "De pintores y de sus pinturerías")

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domingo, marzo 28, 2021

Kratos Morretöl, "Camino a Flochiz" (1912)

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"Los inviernos pasados en Flochiz, pueblo natal de sus abuelos paternos, siempre supusieron para Kratos Morretöl el mejor de los recuerdos, y no porque el pueblito y su entorno fueran especialmente bellos, ya que, hasta en los días más templados, los amaneceres llegaban acompañados de pertinaces nieblas que no se disolvían hasta bien entrada la tarde, lo que hacía que el lugar resultara un tanto lúgubre. Pero todo lo compensaban las historias que su abuelo, el viejo capitán Claudes Morretöl, le contaba acerca de los personajes fabulosos que habitaban los bosques de Flochiz, como por ejemplo, el Broco, una criatura mitad hombre y mitad oso, que se apoderaba de los pantalones de los caminantes siempre que fueran de pana; o la Zurpathopeya, una gigantesca rata que devoraba a los que se internaban en el bosque a hacer sus necesidades mayores. Todas estas historias, contadas al amparo de la chimenea, llenaban de inquietud al pequeño Kratos, que nunca dejó de sentirse intranquilo cuando, ya estudiante de artes y siempre vigilante de su espalda, plantaba su caballete entre la floresta para plasmar en sus lienzos muchos lugares de la villa, como este "Camino a Flochiz" que hoy muestro; el camino que, no sin temor, tantas veces recorrió acompañado de su abuelo, cuando ambos regresaban del molino de comprar harina para que la bondadosa abuelita Graâkila elaborara las deliciosas tartas de nata y sardinas ahumadas que tanta fama le habían dado en la región..."

(Alejandro Ulloa, "De pintores y de sus pinturerías")  


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miércoles, marzo 24, 2021

Kratos Morretöl, "El faro de Prari" (1911)

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"El propósito de restablecerse de su estado de postración, llevó a Kratos Morretöl a aceptar la invitación de su amigo, el compositor Antone Volvos, para pasar unas semanas de asueto en la localidad costera de Prari. Allí, alojado en casa de Antone —una pintoresca construcción situada a los pies del viejo faro— y de su esposa, la gentil Marüka, Kratos tuvo la oportunidad de conocer a Marüketa, la hija del matrimonio, de la que se enamoró perdidamente. Sea que los días fueron meteorológicamente espantosos y que Marüketa rechazó sus proposiciones galantes, pues la joven tenía proyectado ingresar al año siguiente en el monasterio de Purto Sancte, hicieron que la noticia, lejos de recuperar a Kratos Morretöl de su melancolía, lo decidiera a despeñarse por los acantilados durante una noche de tempestad, tanta fue la desesperación en que lo sumió el amor contrariado de la muchacha; pero la oscuridad del exterior lo confundió y en vez de arrojarse por la parte del mar, lo hizo por el lado donde, pocos metros más abajo, unos peñascos ofrecían refugio a un grupo de cabras. El impacto fue terrible, dando como resultado la dislocación del húmero izquierdo del artista más la fractura de cuatro costillas y el que una de las cabras le devorase buena parte del sombrero. De aquella aciaga estancia en el hogar de los Volvos es el cuadro "El faro de Prari", que se expone actualmente en el Museo Departamental de Vullinas, su ciudad natal..."

(Alejandro Ulloa, "De pintores y de sus pinturerías")
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sábado, febrero 13, 2021

Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 40

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40

Ya hemos reflejado en repetidas ocasiones que, cuando Julián de Capadocia se pone pelma, no hay quien lo aguante. Pero es igual de inaguantable cuando entra en uno de sus mutismos que le duran días enteros y que lo llevan a desaparecer sin que nadie sepa adónde va. La Juaqui, medio preocupada, registra mil veces el armario empotrado donde Julián realiza sus meditaciones; su hija Charo y su compañera Esmeralda, lo telefonean y envían wasaps sin resultado; su hijo Diógenes, su nuera Mariloli y la pequeña Eva, se quedan en la puerta los domingos por la tarde, llamando infructuosamente al timbre; los de la peña deportivo-cultural La Salagartija y Pascual, el camarero, también se preguntan dónde se ha metido.

El caso es que nadie parece preocuparse en exceso; pues estas espantadas son habituales en Julián. Las practica dos o tres veces al año y le suelen durar cinco, seis días, o a lo sumo, una semana. De repente, aparece y, como si nada hubiera pasado, entrega a cada uno de sus familiares y amigos, extraños obsequios sin dar explicaciones. A uno, le regala un silbato de árbitro; a otro, una bala de revólver; a quién, un yo-yó; al de más allá, su último aforismo autógrafo ("El tiempo es sucesión en el espacio fijo; la materia es causalidad necesitada de tiempo y espacio. En la eternidad no existe el tiempo —por eso los ángeles no llevan relojes— ni, por tanto, la materia. La eternidad y la nada son lo mismo")... Pascual, el camarero, nos confirmó que, en una ocasión, le trajo como regalo un estornino disecado posado en un trozo de porexpán que simulaba ser una piedra. Julián no dice nada, y en cuanto se siente presionado con tanta preguntita, se larga de donde esté. Todo esto representa un enorme misterio que nosotros nos hemos prometido desvelar.

(Tras diez meses biografiando semanalmente a Julián de Capadocia, los investigadores dicen aprovechar una de estas desapariciones julianescas para encargarse de otros asuntos. No creen que tarde mucho en volver. Ni Julián, ni ellos mismos).

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Notas para una posible biografía de Julián de Capadocia, 39

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39

A veces, a Julián de Capadocia le gusta vagabundear, andurrear por las calles sin propósito alguno, incluyendo el de no pegar la hebra con un prójimo inocente. Es así, que en muchas ocasiones ha terminado tumbado en algún banco del parque hasta quedar traspuesto como un mendigo beodo que duerme la mona. Lo ha desvelado entonces el sonido de las pisadas que un corredor deja en la gravilla o el aleteo de una paloma que se paseó sobre su pecho, dejándole en la camiseta unas cuantas cagadas. O ha despertado con su piedra pompeyana —la que le ayuda a conciliar el sueño— caída en el suelo porque se le abrió la mano y se soltó. Entonces, se incorpora, y como la bombilla que enciende un interruptor, se le viene a la cabeza algún aforismo nebuloso al que más tarde dará definitiva forma. "Vivir consiste en luchar por alejar de nosotros el pensamiento de que la vida no vale nada, de que no tiene importancia alguna".

Tras el asalto, bosteza, se despereza, respira hondo durante un par de minutos y vuelve a su casa, silencioso como un disciplinante. Pero desde hace un tiempo, ha encontrado un sencillo bien que le sirve para animarse tras estas jornadas tan azarosas como solitarias: el que le supone activar el móvil y ver en la pantalla la fotografía de su nieta Eva, que tiene dos meses recién cumplidos. "¡Si esta criatura supiera escribir...!", piensa Julián. "Dos meses son edad más que suficiente para plasmar una interesante autobiografía".