jueves, enero 19, 2012

Perfil gemelo

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Desestimé el amor de Elena porque la curvatura de su cuello, el dibujo de su barbilla, el nítido  arabesco de los labios y la arista de la nariz, eran idénticos a los de tía Leonor. Un perfil gemelo.

No fue una revelación paulatina, sino al contrario, inmediata y alarmante. De la misma intensidad con que un día me sorprendió frente al espejo el rostro de papá puesto sobre el mío, convertido yo en él, practicando la misma gesticulación, incluso en el detalle de los más odiados ademanes.

Lo mismo sucedió con Elena. Sobre ella se impuso la imagen de tía Leonor, la hermana de papá. En ella se instaló por tanto la presencia de tía Leonor vestida con abrigo de falso astracán, la tía Leonor de rutilante bisutería y de peinado formando caracolas endurecidas de laca, la del bolso negro de imitación piel y la estilográfica turquesa con que firmaba los documentos de mi ingreso, acompañada por el cabeceo aquiescente del doctor Costart cotejando las cifras de unos talones.

Su presencia, digo, se interpuso entre nosotros ensuciando nuestra relación con una pátina incestuosa. Acceder entonces a la boca enamorada de Elena, a su apetencia de besos, se convirtió en un ejercicio desabrido, tanta era la fuerza de la evocación y tanto es el poder de un perfil, de una ondulación. Desde entonces nunca tuve valor de explicar a Elena los motivos de mi apatía, de mi renuncia al juego de las caricias. Mi cobardía era mayor que observar con dolor su desconcierto.

Al principio no fue así desde luego. Conocí a Elena cuando al iniciarse mi nuevo estado y el trasladarme de ciudad, implicó la urgencia de alquilar un apartamento. Aquello me hizo visitar un gran número de agencias inmobiliarias. En una de ellas trabajaba Elena como vendedora a comisión. Sentí un estallido.

Para ingresar en su vida, adopté la antigua técnica de la emboscadura. Me apoyé en visitas innumerables a la agencia para interesarme por apartamentos que nunca alquilaba o para pergeñar cualquier excusa económica o una duda sobre la disposición de las habitaciones o el emplazamiento. También, esperar el fin de su horario apostado en las cercanías para luego forzar un casual encuentro se convirtió en una peripecia emocionante.

Ya lo dijo alguien: Todo enamorado es un merodeador.

Finalmente contraté un minúsculo estudio con cocina americana. La llave que me entregó Elena vino acompañada de su corazón, y a la misma vez que abrió la puerta de aquel séptimo cielo, sirvió para encerrar en el más recóndito pliegue del cerebro las consultas con el doctor Costart, los tratamientos agotadores del sanatorio.

El agua helada. La electricidad.

Fueron días felices. De aquellos de leche y miel, de vino y rosas. Pasear cogidos de la mano fue la fuerza que destruyó las sombras. En ningún momento la mano de Elena atrajo la imagen de la otra mano: La de tía Leonor acompañándome a la primera reunión con el doctor Costart. La mano que rellenaba impresos y rubricaba protocolos con tintineo de pulseras. El amor de Elena hizo que se disiparan las nubes y encontré en su abrazo no sólo la paz sino lo que meses antes creía imposible: El olvido.

Por todo ello traduje el amor de Elena en la decisión radical de abandonar la medicación.

Por lo demás, no me resisto a ufanarme orgulloso: Elena no sólo me amaba sino que sobre ello mostraba hacia a mí una completa adoración, a la que se unía la circunstancia de ser, en sus mismas palabras, el primer hombre de su vida. Cualquier muestra de virtuosismo banal por mi parte la llenaba de asombro. Podía admirar tanto mi velocidad resolviendo crucigramas como mi entonación tarareando viejos boleros. Llegué a probar sutilmente juegos de sumisión y tensé el hilo de oro que nos unía sin que llegara a romperse. No dudo que Elena hubiera aceptado todas mis dosis de perversión sin reproches. Ahora la modestia me impide enumerar el resto de circunstancias que me hicieron aparecer ante ella como un pequeño dios. ¡Cuánto la amé!  Tuve que dar la razón al aserto: “Qué desvalido se encuentra el hombre frente al halago”.

Pero luego, tal vez un día o una noche, el cable de la lámpara de pie desenrollado en el suelo dibujó el perfil. La casualidad nos arruinó. Aquellas inflexiones asociaron a ambas mujeres y la boca de Elena se llenó de oscuridad, de las tinieblas del falso astracán de tía Leonor, de sus perfumes antiguos, de su mano cerrando los ojos de papá recién muerto. Se me hizo insoportable, por tanto, mantener aquel amor inoperante que me llevaba a la renuncia de los besos.

Nunca tuve valor de explicarle los motivos de mi desinterés. Elena naufragaba en el desconcierto y mi poca apetencia hacia ella la achacaba a diversas circunstancias pero excusando siempre mi actitud.

La ruptura llegó a ser brutal, pero en ningún momento Elena trató de incomodarme. Jamás visitó el hotel donde me trasladé, nunca me asaltó en la calle. Sólo se limitó a dejar mensajes telefónicos en el contestador automático. Su voz allí era una letanía de ruegos, una sucesión de hipidos entre los cuales solicitaba explicaciones. Después volvía a llorar y yo soltaba el teléfono que se movía oscilante sin tocar el suelo. Tumbado en el sofá, apoyaba la cabeza en el regazo cálido de tía Leonor desde donde llegaba la leve fragancia de la naftalina. Desde mi posición, su perfil adquiría toda su intensidad. A la vez, su mano se hundía displicente en mi pelo, rastrillándolo con dulzura, acompañada por el tintineo de las joyas y su voz en un susurro: “Tonto, bobito. Teniéndome a mí”.


© Sap.  es.humanidades.literatura
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lunes, enero 16, 2012

Solución al Damero Mardito, nº 33 (enero)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 33, enero), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.

"Y no sólo eso, sino que todos sus habitantes sentirán un gran orgullo de que sus antepasados pertenecieran a la raza de don Quijote. Quizá, incluso, les levanten monumentos."


A. Jabonés
B. Otrosí
C. Silueta
D. Esquinera
E. Mendrugo
F. Assassin
G. London
H. Luchas
I. Ópalo
J. Retozo
K. Quezón
L. Unguis
M. Impeled
N. Estanques
Ñ. Lentas
O. Coquina
P. Ordenas
Q. Yantar
R. Oled
S. Tunantes
T. Evento

Acróstico: José Mallorquí, "El Coyote"
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lunes, enero 09, 2012

2011. Resumen del año lector

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Hala, a ver quién tiene repes. (El asterisco indica relectura).


LECTURAS AÑO 2011

1. “RIÑA DE GATOS” Eduardo Mendoza

2. “EL TIEMPO ENTRE COSTURAS” María Dueñas

3. “DÉJAME CONSOLARTE” Corín Tellado

4. “PEQUEÑOS DELITOS ABOMINABLES” Esther Tusquets

5. “POR LA PARTE DE SWANN” Marcel Proust

6. (*)“LAS APARIENCIAS” Antonio Muñoz Molina

7. “SANGRE SABIA” Flannery O’Connor

8. “ANATOMÍA DE UN INSTANTE” Javier Cercas

9. “LAS CIEGAS HORMIGAS” Ramiro Pinilla

10. (*) “EL RAPTO DE LAS SABINAS” Francisco García Pavón

11. “A LA SOMBRA DE LAS MUCHACHAS EN FLOR” Marcel Proust

12. “A VUESTROS CUERPOS DISPERSOS” Philip J. Farmer

13. “LOS HEREJES” Humphrey Slater

14. “CONVERSACIONES CON WOODY ALLEN” Eric Lax

15. “QUIETO” Màrius Serra

16. (*) “NADA DEL OTRO MUNDO” Antonio Muñoz Molina

17. “LA NIEBLA Y LA DONCELLA” Lorenzo Silva

18. “AGUIRRE, EL MAGNÍFICO” Manuel Vicent

19. “EL ALQUIMISTA IMPACIENTE” Lorenzo Silva

20. “SÉ LO QUE ESTÁS PENSANDO” John Verdon

21. “LOS ENAMORAMIENTOS” Javier Marías

22. “PÍO BAROJA” Eduardo Mendoza

23. (*) “SI TE DICEN QUE CAÍ” Juan Marsé

24. (*) “BELTENEBROS” Antonio Muñoz Molina

25. “CALIGRAFÍA DE LOS SUEÑOS” Juan Marsé

26. “GUERRA Y PAZ” Lev Tolstói

27. (*) “EL INVIERNO EN LISBOA” Antonio Muñoz Molina

28. (*) “EL REINADO DE WITIZA” Francisco García Pavón

29. (*) “BEATUS ILLE” Antonio Muñoz Molina

30. “NÉMESIS” Philip Roth

31. “EL JUEGO DE CLAUDIA” Laura Sánchez Becerra

32. “LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL” Gustave Flaubert

33. “EL ACIAGO DEMIURGO” Emil M. Cioran

34. (*) “EN AUSENCIA DE BLANCA” Antonio Muñoz Molina

35. (*) “CARLOTA FAINBERG” Antonio Muñoz Molina

36. “LA AGONÍA DE FRANCIA” Manuel Chaves Nogales

37. “LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS” Bartolomé Bennassar

38. “CUERPOS Y ALMAS” Maxence van der Meersch

39. “CARPE DIEM” Saul Bellow

40. “LA MUCHACHA DE LAS BRAGAS DE ORO” Juan Marsé

41. “BOMARZO” Manuel Mujica Láinez

42. “LA RETICENCIA DE LADY ANNE” Saki

De todo ello y dejando aparte las relecturas, el podio de este año lo ocuparían:

9. “LAS CIEGAS HORMIGAS” Ramiro Pinilla
38. “CUERPOS Y ALMAS” Maxence van der Meersch
41. “BOMARZO” Manuel Mujica Láinez


Por el contrario, los más señalados muermos serían:

3. “DÉJAME CONSOLARTE” Corín Tellado
4. “PEQUEÑOS DELITOS ABOMINABLES” Esther Tusquets (éste con categoría de chuminá de la tía Carlota).
39. “CARPE DIEM” Saul Bellow
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martes, enero 03, 2012

Damero Mardito, nº 33 (enero)

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Ni un pelo de tonto


De las muchas excentricidades que practicó en vida el animoso Adelardo Pacharán, viene a bien que recordemos hoy (pues fue una decisión que tomó con el vigor con que se emprenden los proyectos al nacer el Año Nuevo) su gusto por dormir con la cabeza cubierta. No nos referimos desde luego a que se la tapara con las mantas, edredones o cobijas de su cama, sino que se tocaba de cualquier gorro o prenda similar. Ciertamente su idea venía avalada por una incuestionable verdad científica: el calor que concentra el cuerpo humano se pierde por la cabeza, como si nuestra especie fuera una enorme cerilla encendida. Esta certeza la adornó Adelardo con la variedad de su numerosa colección de gorros, gorras y sombreros, siendo así que elegía uno distinto cada noche anunciándolo a su esposa desde el cuarto de baño: “¡Bernardina (su esposa se llamaba Bernardina), cariño, prepárate que hoy me toca la boina!” Minutos después, Adelardo Pacharán se presentaba con la cabeza así ataviada dispuesto a compartir el tálamo.

A consecuencia de este comportamiento, las trifulcas conyugales antes de dormir fueron frecuentes, no ya porque Bernardina se quejase de que meterse en el lecho con su marido emboinado era como hacerlo con don Pío Baroja sino porque en sucesivas jornadas la sorprendió cubriéndose con una montera de torero, una gorra de béisbol, un sombrerito tirolés con su pluma y hasta un charolado tricornio de Guardia Civil (que por cierto, encontró muy cómodo como apoyacabeza). Pero todo terminó el día que tras muchos ruegos y la promesa de ser el último en seguir con esta conducta, Adelardo Pacharán consiguió encamarse llevando en la cabeza un sombrero de mariachi mejicano... “Ustedes no saben lo que me hizo sufrir a mí este hombre”, era la queja a la que Bernardina, ya viuda, nos tenía habituados.   

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¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total en su kiosco habitual. Aquí: 



viernes, diciembre 23, 2011

"Los dos regalos"

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"Los dos regalos"
(Cuento de Navidad)

Para Consuelo de Lucas

Cojeaba porque llevaba medio roto un tacón del zapato. Caminaba calle arriba hasta la altura de un buzón. Allí encendía un cigarrillo y emprendía la vuelta abajo. El otro hito era una papelera desvencijada. Cuando llegaba, el cigarrillo se había consumido. Tiraba la colilla al suelo y luego, vuelta a empezar.

En el decimoquinto o decimosexto trayecto buscó en el bolso el lápiz de labios. Al revolver en el interior sus dedos tropezaron con la fotografía. Bajo la luz de la farola observó los ojos que la miraban desde la cartulina. Era un rostro juvenil que conservaba aún curvaturas infantiles el que sonreía en la imagen. Una muchacha bellísima con cabellera de fuego. Se echó a llorar y el rictus de la boca mostró a nadie unas encías casi desdentadas. Siempre le pasaba lo mismo. Temía revolver en el bolso y no vencer la tentación de recibir el golpe del pasado. Cuando se calmó besó la foto, la guardó y se pintó los labios. El escaparate oscuro de una ferretería hizo de espejo.

Un coche solitario le dedicó un largo bocinazo. Las ruedas pasaron tan cerca del bordillo que le salpicaron las medias con agua residual. No tuvo ánimos para responder con un gesto obsceno.

Luego se estremeció y cruzó los brazos sobre el pecho. Sudaba bajo el abrigo imitación piel como si la noche fuera de verano. Pero era diciembre. Desde algunas ventanas llegaban voces y la intermitencia de lucecitas de colores. Las ventanas, a veces, son como calendarios. La soledad recogía el eco de sus zapatos como único vestigio de vida en la calle. Frente a ella, los solares y la iluminación lejana de un polígono industrial.

Cerca del buzón había un teléfono público. Aún funcionaba pese a estar casi destrozado a martillazos. Metió varias monedas. Tuvo que marcar tres veces porque el temblor de las manos la llevaba a equivocarse continuamente.

   —...
   —¿Oye? ¿Me oyes?
   —...
   —Me prometiste traerme costo para un pico cuand...
   —...
   —¿Tres horas? ¿Todavía te voy a esperar tres horas, jod...
   —...
   —¡Nadie! ¿Quién va a haber? Ni los canallas como tú están ahora en la ca...
   —...
   —Canall... Sí, un canalla, eso es lo que eres, un cerdo y un canalla...

Colgó.

De nuevo se puso a llorar. Golpeaba con la cabeza el teléfono. Pero sin mucha fuerza.

Retomó el paseo esperando tal vez el milagro de un cliente. El caso es que se produjo. Un coche que venía en su dirección fue aminorando la marcha. Dio un paso atrás para evitar nuevas salpicaduras. El coche se detuvo a su lado y el ocupante bajó un poco la ventanilla.

   —¿Cuánto llevas, niña?

Se acercó intentando que el tacón roto no estropease un contoneo que quería ser sugerente. Ambos lados del abrigo fueron como dos puertas que se abriesen para enseñar una colección de huesos apenas vestidos por una camiseta publicitaria, unas medias y un tanga de fantasía de tejido barato.

   —Treinta o cincuenta, depende de lo que quieras que te haga.
   —¿A domicilio también?
   —También.
   —Pues móntate y arreando.

Subió al asiento de atrás. Su cicatriz en la cara le recordaba siempre que nunca debía sentarse junto al conductor. El cliente volvió la cabeza como si fuera un taxista que preguntara una dirección.

   —Hola, guapetona. Vamos a pasar un buen ratito, ¿verdad?
   —A lo mejor. Pero como me vuelvas a decir guapetona me bajo, ¿has entendido?
   —Huy, huy, qué humos tiene la niña... Alegra la jeta, que es Nochebuena, mujer.

El hombre condujo veloz por las avenidas desiertas. El espejo retrovisor retrataba su cara gorda y su barba blanca. De haber llevado un gorro rojo con borlón hubiera sido imagen exacta de Papá Noel.

   —¿Vamos muy lejos? Te lo digo porque luego me tienes que traer.
   —Qué va, es aquí al lado. Ya llegamos.

Tras alcanzar una bocacalle oscura, se abrió el portalón de un garaje subterráneo. El hombre maniobró hasta dejar aparcado el coche. Luego se sacudió las manos con satisfacción.

   —No habrá que subir escaleras, ¿no? Tengo un zapato roto.
   —Pues vaya palomita que me he buscado... Es broma. Hay ascensor. Venga, mueve el culo.

Alcanzaron un vestíbulo y el hombre apretó un botón luminoso. Se oyó muy arriba un estrépito de mecanismos.

   —Hoy te habrán dicho muchas veces Papá Noel.
   —Imagina. Cuando llegan estos días es un latazo. Hasta he pensado afeitarme la barba y ponerme a régimen. Ni andar puedo por la calle con tantos niños cabrones. Son la peste.
   —¿Y siempre te entra el apretón en Nochebuena, papanoel?
   —Paso de estos rollos. Pero sí, al menos me la ponen gorda, jé.

La puerta del ascensor se deslizó dejando paso a un flash de luz lenta. En la cabina, la barriga del hombre apenas dejó espacio para ella.

   —Mierda, un ascensor con espejos. No aguanto los putos espejos.

Se tapó la cara con el bolso de plástico. Un goterón de sudor se deslizó desde la nuca. Bajo el abrigo recorrió toda la espalda y cayó finalmente entre sus pies. Luego siguieron varios goterones más hasta formar una mancha mínima sobre la moqueta.

   —No se te ocurrirá mearte aquí, ¿verdad?
   —Es sudor, gilipollas. ¿No ves el monazo que tengo?
   —Pues aquí llevo yo un platanito para ese mono, paloma. Un buen platanito.

El hombre rió su propio chiste a la vez que le alzaba la barbilla. Ella despreció el gesto girando con brusquedad la cabeza. Revoloteó su pelo de estropajo.

   —No protestes. Vamos a pasarlo bien.

El ascensor se detuvo y salieron a un pasillo iluminado tan solo por una lámpara de emergencia. El hombre sacó un manojo de llaves y abrió la puerta. La única de la planta. Encendió la luz del recibidor y con el brazo le ofreció la entrada.

   —Pasa a mi nidito, gorriona.

Iba encendiendo luces a medida que se internaban en la vivienda. Llegaron a un salón y ella se desplomó en un sofá. Sujetando el bolso se dobló por la cintura. Tiritaba. El hombre mientras tanto se quitó el abrigo de cuadros, lo arrojó en un sillón y se quedó mirándola acariciándose la barba. Ella encendió un cigarrillo. Agitó el fósforo para apagarlo y lo tiró al suelo. Dio una calada profunda y echó el humo por la nariz.

   —Págame ahora y empecemos de una vez.
   —¿Cómo? ¿Pago por adelantado? Tranquila niña. ¿No te apetece antes una copa?
   —Escucha papanoel, no he venido a un bar. O me pagas ahora o me largo.

El hombre sacó la cartera de un bolsillo trasero del pantalón. Chascó la lengua como si ahuyentase a un perro. Contó unos billetes y se los alcanzó formando una pinza con dos dedos.

   —Cincuenta. Y diez de propina. Es Nochebuena.
   —A la mierda la Nochebuena. Vamos a lo que vamos.

Guardó con fastidio el dinero en el bolso sin contarlo. Aplastó con rabia lo que quedaba de cigarrillo en un cenicero. Se levantó y también se quitó el abrigo. Se ajustó las medias que formaban arrugas a todo lo largo de sus piernas flacas. Sobre el ombligo llevaba el tatuaje de una serpiente arrollada en un corazón. Adoptó una postura en la que el patetismo vencería siempre a la procacidad.

   —¿Aquí mismo te viene bien, papanoel? Si no tienes gomas yo llevo en el bolso.
   —¿Gomas? Escucha, te he dado diez de propina. Tengo alergia a las gomas.
   —Pues sin goma son veinte más, a ver qué te has creído. Además tengo el bicho dentro, te lo advierto.
   —Me gusta el riesgo... Y deja ya de joder con las prisas, eh. Primero quería hacerte un regalito que seguro te va a encantar. Una sorpresa.
   —No me gustan las sorpresas, papanoel. No me gustan las sorpresas. Así que no me sigas jodiendo, te lo pido por favor, ¿no ves cómo estoy?

Se volvió a sentar en el sofá como un pájaro que cayera al vacío. De nuevo acudió un llanto que agitaba sus hombros y clavículas. Una frágil estructura de alambres. El tipo tomó de una estantería un pequeño cofre de madera con motivos hindúes y lo puso sobre la mesa del sofá. Abrió la tapa. Ella se limpió de lágrimas y mocos con el dorso de la mano. Miraba sorprendida los objetos que, uno a uno, iba sacando del cofre. Una cinta de caucho, una cuchara, un papel doblado y una jeringuilla nueva embalada aún en su aséptica funda de plástico. El llanto dio paso a una sonrisa que mostró sin pudor su dentadura almenada.

   —Los avíos del puchero, paloma. ¿Te gusta o no te gusta ahora el regalo de tu Papá Noel?
   —Joder, tío, no me jodas... Dime que no estoy soñando.
   —Ahora te traigo agua. ¿Te sirve una vela para hervirla?

Mientras él iba por el agua, abrió la papelina y con la punta del meñique humedecida en saliva atrapó un poco de polvo blanco. Lo saboreó como algo delicioso y un breve fulgor incendió sus ojos con una belleza pasajera.

El hombre trajo una botella y una vela roja. Le pidió los fósforos y la prendió. Dejó caer unas gotas de cera sobre la mesa y en ellas fijó la vela. Con el temblor del ansia, sin ninguna vergüenza, procedió con el ritual mil veces repetido atándose la cinta de goma en torno a un brazo escuálido curtido por el sarampión de las picaduras.

   —¿Y es jaco? ¿Jaco de verdad, papanoel? Sabía raro pero guay.
   —¿No te fías de mí? Caballito del bueno, niña. Vas a galopar.
   —No puedo fiarme o no fiarme. Ahora me metería lo que fuera.

El agua mezclada con el polvo bullía en la cuchara sobre la llama oscilante de la vela. Con sus pocos dientes apretó la goma dejando libres las manos para llenar la jeringuilla. Luego se golpeó el interior del codo buscando el estímulo de las venas y pinchó. Con lentitud hizo entrar el líquido y luego bombeó extrayéndolo y mezclándolo con sangre. El contenido tomó un color escarlata difuso antes de desaparecer por completo. Cerró los ojos, suspiró muy hondo y dejó reposar la nuca en el cabecero del sofá.

   —El cielo. Ahora estoy en el cielo, papanoel. Un pico así vale lo menos sesenta o setenta. ¿Por qué me lo has regalado?
   —¿No lo deseabas?
   —No te imaginas cuánto... No lo puedes imaginar.

El hombre se sentó junto a ella y recogió todos los elementos con cuidado. Le quitó la goma y la dejó en la mesa junto a la jeringuilla. Observaba curioso sus ojos entrecerrados y su boca balbuceante de tranquilo placer.

   —Sabía que era tu mayor deseo, paloma.
   —Qué jaco más bueno... qué jaco más bueno, papanoel... Tengo siempre otro deseo pero es un secreto. Nunca se lo digo a nadie. Ay, qué jaco...
   —¿Ni siquiera a mí?
   —Ni a ti. Es mío. Lo único mío que me queda... ay, qué jaco más guay... Anda, se bueno y déjame relajarme un rato. Luego ya verás... te voy a hacer todo lo que quieras... lo que se te ocurra... papanoel... un regalo...

El hombre esperó unos minutos hasta tener la certeza de que había quedado completamente dormida. Le alzó un brazo y lo dejó caer. Después hizo lo mismo con una pierna. Luego le quitó los zapatos y las medias salpicadas de barro. Se incorporó y se acercó hasta un mueble. Abrió un cajón y cogió del interior unas tijeras. Volvió a ella y cortó la camiseta publicitaria para desnudarla sin esfuerzo. También cortó la cintura del tanga. Sin ropa, el cuerpo desnudo era el de un ave desplumada.

Con todo cuidado la levantó en brazos y se dirigió con su carga a un pasillo. La cabeza caía hacia atrás soltando una melena como un reguero de estopa apelmazada. Los pies colgaban mostrando sus tendones aristados. Fue abriendo con la espalda puertas encajadas hasta llegar finalmente a una habitación. Con el codo accionó el interruptor de una lamparita de noche. Al dejarla sobre la cama el cuerpo se crispó un segundo y tuvo que esperar a que se calmara de nuevo. De un armario sacó un paquete envuelto en papel de regalo. Trató de no hacer ruido al abrirlo. Era un pijama de felpa estampado de ositos y estrellas de colores. Tuvo que esforzarse pero pudo vestirla sin brusquedad. Después la alzó de nuevo, abrió las mantas y depositó allí su leve cargamento. Fue arropándola con cuidado sin prestar atención a sus balbuceos de bebé, pero pudo ver que sus ojos se entreabrían un momento, brillantes y acuosos. Colocó bien el embozo poniendo toda la delicadeza que pudo en cada pliegue. Le dio unos golpecitos en el brazo que ya debía sentir la calidez de las mantas y, finalmente, se acercó a su cara. La besó en la frente. Tal vez las cosquillas de su barba blanca la devolvieron un momento de su nebulosa.

   —... Era mi secreto... el mío.
   —Chsss... Ya lo sabía. Ahora a dormir, chiquilina. Es Nochebuena.

El hombre salió de la habitación dejando la lamparita encendida. Luego cerró la puerta y se frotó las manos.

De nuevo en el salón hizo una llamada desde un teléfono móvil. Mientras esperaba contestación se fue poniendo el abrigo de cuadros.

   —...
   —¿Oyeee? ¿Estáis ya en la calle?... Sí, he acabado. Ahora mismo bajo.


*****


 Se reunió con los otros en la misma puerta de acceso al edificio. Uno, ya mayorcito, iba vestido todo de cuero negro, llevaba una larga barba castaña y aunque medio calvo, el pelo lo recogía en una coleta. El otro era un negro decrépito al que parecía venir grande la ropa. El pelo blanco de borra en contraste con la oscuridad de la piel lo hacía negativo de fotografía. Si hubiera llevado una trompeta en la mano se confundiría con un anciano jazzman. El de la coleta amagó un golpe de broma sobre la barriga del barbablanca.

   —Eh, deja el boxeo para luego. No perdamos tiempo y vamos cuando queráis.
   —Tranquilo, tenemos toda la noche ¿Salió bien lo tuyo?
   —Perfecto. Tuve que emplear el lenguaje duro porque es al que está acostumbrada. De otra forma se hubiera asustado. Al final se tragó el anzuelo del somnífero. Hubiera sido mejor darle un baño caliente pero temí espabilarla. De todas formas he dejado una nota en la mesilla. Ya la leerá mañana cuando despierte. ¿Y lo vuestro?
   —Bien, todo bien también. Bueno, éste como siempre, quejándose de no ir en coche, ya sabes.
   —Tengo uno en el garaje de aquí, si queréis...
   —Deja, ya sabes que le conviene moverse.
   —Ay, zeñó, zeñó... Tóooa la santa noche cami'ando y cami'ando.

Echaron a andar mientras el barbablanca charlaba con el de la coleta. El negro se fue adelantando calle abajo. Barbablanca miró hacia arriba y comprobó el resplandor tenue que salía de una ventana. La señaló a su compañero.

   —Pobrecilla. Un pijama de niña, una cama calentita, que la arropasen y que le dieran un beso de buenas noches. Era todo cuanto quería. Pobre, pobre chiquilla.
   —Sí, pobre gente toda. Más de dos mil años visitándolos y siguen igual, empeñados en la infelicidad.
   —Llegó a confundirme con él. Es increíble que soporten su ridícula campanita y su jojojó. No lo habréis visto, ¿verdad?
   —Ni olerlo. Nos hemos adelantado a su zona.
   —El caso es que el trabajo se nos acumula con esto de la nueva campaña de re-captación. La cuestión es restarle clientela, ya lo sé, pero me siento raro trabajando hoy.
   —Bah, un día de más qué importa... Eh, mira ése la marcha que ha cogido... ¡Eh, negrito, no te adelantes tanto!... "Mami qué será lo que quiere el neeegroo... Mami que será lo que quiere el neeegrooo..." ¡Espéranos, hombre!
   —Déjate, déjate que ya sabes el pronto que tiene.

El negro desapareció al doblar una esquina. Segundos después sucedió lo mismo con el de la coleta y barbablanca, pero antes volvió a mirar hacia la ventana levemente iluminada. Silencio. Cuando alcanzaron al negro, una estrella fugaz rasgó el cielo y por todo rastro, flotando en el aire, quedó tras ellos un finísimo polvo de oro.




© Sap.  es.humanidades.literatura
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jueves, diciembre 22, 2011

Felicitación

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Como cada año, acuso recibo del tarjetón que con toda amabilidad me remite un querido amigo de este blog, el Sr. Sieso, agente infiltrado en la Blogosfera por las combativas "Brigadas Scrooge". 



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viernes, diciembre 16, 2011

Solución al Damero Mardito, nº 32 (diciembre)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 32, diciembre), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores y los mejores deseos de felicidad y prosperidad para las entrañables Fiestas que se avecinan. Muchas gracias.

"Entonces se encogió de hombros y abrió los brazos. Pedro hubiese querido decir algo, porque la conversación le interesaba, pero Ana Pavlovna, que lo observaba, se lo impidió."

A. Loquero
B. Esquivo
C. Omaso
D. Nevado
E. Torpedo
F. Ovillo
G. Lesseps
H. Salchichón
I. Tisbe
J. Órdago
K. Ibicenco
L. Ganso
M. Urbano
N. Emperrador
Ñ. Reliquia
O. Rabien
P. Avelino
Q. Yerba
R. Pesebre
S. Abades
T. Zopenco

Acróstico: León Tolstoi, "Guerra y paz".
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martes, diciembre 13, 2011

viernes, diciembre 09, 2011

Crisis, what crisis?: Me pareció ver un lindo gatito.

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Que la necesidad agudiza el ingenio es cosa sabida desde antiguo. Así que ya sea por la gimnasia cerebral que conlleva, deberíamos estar reconocidos a esta crisis que atenaza a timoratos y pusilánimes. Gracias a ella, las calles de nuestros pueblos y ciudades se ven inundadas a diario por cientos (¡miles!) de carteles que desde los muros ofrecen al viandante toda clase de soluciones imaginativas, inauditas, salidas de los cerebelos más ejercitados.

La fotografía que hoy traemos a estas páginas, tomada hace escasos días en una concurrida arteria de esta urbe por el que esto escribe, es prototipo claro de cuanto decimos. En el ejemplo, un admirable emprendedor cree encontrar en la venta de aves canoras una salida a la compleja situación económica en que se halla. Para ello no ahorra en mostrar las ventajas que tal transacción puede reportar al interesado, desde un sano entretenimiento, un original obsequio o la ayuda para mitigar una situación de triste soledad.
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No deje de visitar otras entradas de la serie "Crisis, what crisis?":

jueves, diciembre 01, 2011

Damero Mardito, nº 32 (diciembre)

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Monóloco interior

"Por el testículo incorrupto de San Mamerto, qué nombre de varón" —pensaba Antonia, con socarronería, abandonando sus reflexiones de mujer huraña, desdeñosa y fría como el paisaje cubierto de nieve que contemplaba por el abierto canal de la ventana de su celda—. "Nuestro psiquiatra, ese isleño del padre Pío, además de tonto, bruto. Si no fuese por el pepino de los submarinos baleares que se esconde allá por el tercer estómago de las vacas... cualquiera aguanta a este embutido amante, cosita enredada y de figura redonda... pero es tan bueno en el lance del mus el Gran Rey de los Choch... ay, los Chuchos... perdóname, señor... tendré que hablarlo con la Madre Superiora del monasterio, no se impaciente o se enfade de no haber catado esta hierba."  © fw
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