HEIDI TØMREN
2004
Ella se llamaba Heidi pero yo no me llamaba Pedro. Y es que tener ese nombre a finales de los setenta, en plena fiebre producida por el manga de ambientación helvética, era motivo de continuas bromas. Bromas que solo yo soportaba pues poco le afectaban a ella, tranquila en el pueblecito pesquero cercano a Åalesund donde había nacido y vivía. Sí; Heidi Tømren era de Noruega, tenía dieciséis años y no la vi nunca.
Por entonces existía una práctica extendida que era precedente de los actuales usos de comunicación cibernética. Consistía ésta en establecer correspondencia escrita con chavales y chavalas del extranjero para, entre otras cosas, practicar el idioma foráneo que se estuviese estudiando. Yo mantuve un verdadero serrallo virtual; pero fue sin duda Heidi Tømren mi favorita, tanto por frecuencia en el carteo como por duración en el tiempo.
Aún conservo todas sus cartas, durmientes ahora entre aquellos sobres ribeteados de rojo y azul que fueron nota cosmopolita en mis enseres. ¡Oh, Heidi, qué habrá sido de ti! Aquel sol vikingo que era tu pelo ¿seguirá destellando?, ¿quién besaría tus labios de grosella?, ¿alguien te ama como yo te amé?, ¿serás ya una abuela cascarrabias?... Es tan agridulce este juego de las suposiciones... Tecleo tu nombre en el Google y nada encuentro. O portas el apellido de un marido zafio (no como yo hubiera sido) o acaso has desaparecido —pasto de los bacalaos tus carnes blanquísimas— porque te despeñaste desde uno de los fiordos que abundan en tu tierra. ¡Oh Heidi, nunca serás tan querida!
Era la de ella una caligrafía clara que conformaba renglones perfectamente rectilíneos. Palabras legibles que imposibilitaban mis excusas de no entender su inglés envidiable, pues era inglés la lengua en que nos comunicábamos. Al menos ella, porque llamar inglés a lo mío removería los huesos del bardo de Stradford. Mis deficiencias con este idioma, y lo que es peor, mi pereza por utilizar un diccionario, provocó muchos malentendidos e interpretaciones erróneas que me supusieron horas sin sueño manejando variables. A costa, por ejemplo, de las fotos que nos intercambiamos al principio de nuestra relación, me vi envuelto en situaciones absurdas.
Había adjuntado Heidi en su segunda carta una foto en blanco y negro tamaño carnet que me dejó maravillado. Hasta entonces no conocí un rostro tan perfecto, tan bello en todos sus extremos. Heidi era una adolescente rubia, de ojos claros, con una boca que admiraba por su proporción y dibujo. Era la suya una cara ovalada con pómulos texturados de melocotón, puro terciopelo hecho piel. Los ojos mantenían una leve oblicuidad, como si hubiera intervenido en ellos una morbosa genética esquimal. Cuando la mostré a varios amigos, la envidia los llevó a efectuar comentarios groseros. Es cierto, Heidi tenía una cara carnosa, pero no hasta los extremos de gorrina con que intentaban vilipendiarla.
Respondí a su foto con otra mía que me habían tomado en Punta Galea, allí donde el Cantábrico se rompe los testículos contra los acantilados vizcaínos. Una Kodak Instamatic plastiquera perpetuó la imagen de un adolescente vulnerable, alejado muchos metros del objetivo y que con los brazos extendidos se apoyaba en un vallado de alambre de espino. Un blanco y negro que por fortuna no acusó las rayitas rojas y celestes de aquella camisa sin cuello que servidor se empeñaba en vestir siempre. Sí; era una foto muy mala, toda vez que el disparador lo apretó mi tío, un tipo que lo mejor que sabe hacer con las manos es revolver las fichas del dominó. Mi figura aparecía tan lejana que hubiera sido imposible suponer siquiera a qué raza pertenecía. De confesarle que era negro, Heidi Laugensen se hubiese quedado tan pancha. De hecho, en la carta que acompañó la foto, le tuve que indicar que tenía gafas y el pelo claro, si no, no lo hubiera adivinado. La pobre, en su respuesta semanal, me dio las gracias por la fotografía aunque reclamaba una "a little bit closer". No entendí entonces que esa expresión significaba su deseo por una foto más de cerca, más detallada. Me lié porque sabía que "little" era pequeño o poco, y aquello de "closer" me sonaba a "closed", o sea, cerrado. De aquel batiburrillo concluí que Heidi quería decir que en mi foto yo estaba "en un pequeño cerrado". No le faltaba razón. "Cerrado" o "cercado" pueden ser palabras sinónimas y en efecto, el alambrado de púas que me rodeaba daba sensación de pertenecer a un cercado. Como si me hubieran puesto en mitad de un corral de vacas. Me llevó semanas deshacer el malentendido y enviarle por fin una de fotomatón (tan horrenda por cierto que convertía a la de mi tío en una de Robert Cappa o de Cartier-Bresson). Errores en las traducciones, como dije, fueron fuente continua de despropósitos a lo largo de toda nuestra relación.
******
Nuestras cartas atravesaban el espacio aéreo uniendo mundos tan dispares como el suyo escandinavo y el mío latino. En pocas misivas comprendí cuán separados estaban ambos. Heidi Tømren vivía en una sociedad avanzada; una muchacha gozadora de las ventajas del esplendor de la socialdemocracia. Me hablaba de pajarillos, de paseos en bicicleta a través de los bosques de abedules... ¡Oh, Heidi, me era tan lejano aquel mundo tuyo de pescados ahumados!
Allí había bibliotecas cuidadas... aquí quemábamos librerías. Allí había piscinas climatizadas con sauna y todo... aquí nos ahogábamos en nuestros propios salivazos de la Transición. Es cierto que su gobierno permitía la caza de ballenas, pero a qué protestar cuando aquí, nosotros solitos, nos bastábamos para matarnos.
En cualquier caso, y dadas mis carencias idiomáticas, nunca pude ni me apeteció abundar en estos temas. En cambio, hablábamos de música, de películas y de nuestras ilusiones de adolescentes por un futuro que aún no nos había arrasado. También cambiábamos información sobre nuestros idiomas.
Ella me enviaba pequeñas lecciones de noruego y yo correspondía con lo mismo en español. Oh, Heidi, siento decir que todo se me ha olvidado. Haciendo un esfuerzo de memoria, puedo recordar que en noruego "Hola" se dice "Hi". O sea, como en inglés.
En cierta ocasión me dijo que tocaba la trompeta en una "brass band". Me costó comprender que se refería a la banda municipal de su pueblo. No me gustó aquello, tal vez porque miraba su foto (¿cuántos miles de veces la miré, oh, Heidi Tømren?) y al asociarla con una trompeta, como que la afeaba. No la imaginaba soplando, hinchados sus carrillos de manzana nórdica como si fuera el sapo de Dizzy Gillespie o tocando pasacalles delante del tío del bombo. Contaba que aparte del repertorio oficial, le encantaba interpretar sus canciones favoritas de Elvis, "Love me tender" y "Are you lonesome tonight?", tendida en la cama. Pero qué raritas son las noruegas, oiga. Hasta entonces solo conocía a una fémina que se dedicara al trompeteo camastrón: su casi paisana Pippi Calzaslargas. Nunca confesé este dato a mis allegados, so pena de ser víctima de los comentarios más mordaces.
De todas formas, mejor que las cartas y las postales, fue más bello el intercambio de regalos. En poco tiempo adquirimos tal confianza mutua que era rara la misiva que no venía acompañada por algún obsequio. Comenzó ella la práctica enviándome un mes antes de la cuenta mi regalo de cumpleaños. Con el lío del inglés me equivoqué en darle la fecha exacta; o sea, que para Heidi siempre fui treinta días más viejo. Era lo mismo; recibí con igual alborozo el presente. Un bolígrafo Inoxcrom. Sí, un boli corriente y moliente, de los que había por decenas en la papelería de mi barrio. Pero contaba la buena intención de aquella hija de Thor y le prometí que a partir de entonces todas mis cartas las escribiría con aquel cálamo. (¿Es bonito o no es bonito el amor, señores?).
Mi respuesta fue de índole musical, y así, la agasajé con una cinta de casete donde grabé una selección de temas del grupo Triana. Una grabación penosísima ya que el aparato doméstico era de tan mala calidad que la voz de Jesús de la Rosa parecía surgir de una mazmorra lúgubre y los tamborazos de Tele Palacios tenían un fragor de cisterna de wc. ¿Qué entenderías tú, dulce Heidi, de todo aquel ñiguiñigui incomprensible?
También me enviaba monedas noruegas para mi colección, monedas brillantes con aquellos leones que rampaban como expresión del orgullo cívico. Yo en cambio, le mandaba pesetillas con el rostro de Frankie que parecían piastras a fuerza de desgaste y mugre. También me regaló un cucharón de madera decorado con unas pinturas típicas que aún cuelga en mi casa. Y un póster gigante de los Teleñecos (?). Y una camiseta con una publicidad de salchichas. Y una medallita de plata donde había hecho grabar mi nombre, como si fuera a hacer la Primera Comunión. Y una caja de cerillas metálica historiada con un drakkar... Oh, Heidi Tømren, sólo te faltó mandarme un tonel de arenques.
Pero de todos aquellos obsequios, ¿sabes, Heidi?, guardo especial cariño por la madera noruega que me vino de tu Walhalla. Sí, me expliqué mal con el maldito inglés, pero tu esfuerzo por complacer mi absurda petición aún lo agradezco. Pobrecilla. Cuánta pasta debió costarte el envío. Y es que en aquellos años yo vivía para una cosa en exclusiva: escuchar a los Beatles de sol a sol con una insistencia propia de alienado. Una de mis canciones favoritas entonces era "Norwegian Wood", título que la discográfica tradujo aquí por "Madera noruega". En compañía de unos amigos también de la misma cuerda, se me ocurrió una idea que juzgué brillantísima. ¿Por qué no solicitar a Heidi que me enviara algún trozo de madera de su país? El propósito no era otro que, una vez en nuestro poder, fragmentar la maderita en cuentas de tal forma que nos sirviera para hacernos unos collares (sic) con que mostrar al mundo nuestro grado de gilipollez. Inmersos en aquella mitomanía desaforada que nos llevaba a entender que un pelo de huevo de Lennon, por ejemplo, era digno de veneración, la propuesta de la madera no era del todo descabellada. Una vez más, mi deficiente inglés fue el causante de un nuevo despropósito. ¿Qué palabras manejé para referirme a un trozo de madera? El cacao debió ser tremebundo pues el caso es que la solícita Heidi, respondió a mi petición con unas ganas desproporcionadas. En efecto, héte aquí que a las pocas semanas, el cartero ("Oh, yes, wait a minute, Mr. Poooostman...") se presentó en mi casa con un paquete oblongo de tamaño y peso considerables. Heidi no entendió bien lo que yo pedía, pues al desenvolver el paquetón descubrí... una tabla. Sí, sí, una tabla. Nada de una ramita de abedul que pudiera cortarse en rodajitas como un chorizo para hacer cuentas. No; era una tabla suficiente como para apuntalar la torre de Pisa. Mi familia, intrigada también por el contenido, disfrutó muchísimo en cuanto la vio. ¿Cómo explicar a las vecinas que la muchacha noruega que le escribe al niño manda tablas por correo? El secreto lo guardé bajo las siete llaves de mi silencio. Eso sí, obcecados como burros, mis amigos y yo nos hicimos los collares.
"Jaja, la única vez que he estado en Åalesund (apenas unas horas de parada del ferry caminito del cabo Norte) creía que me pelaba de frío. ¡Qué ventiscas desordenarán los rubios cabellos de tu Heidi, Sap! Aguanieve, viento helado y cuasi huracanado... Nada raro en Noruega, pero coño es que era el 2 de agosto, o sea". Esto me comunicó muchos años después mi compañera de foro literario Azucena Paradox.
Ya ves, Heidi Tømren, cómo la maledicencia intenta trastocar mis evocaciones. Quieren destruir esos flashes sagrados con los que fantaseaba cada noche antes de dormir, como aquel de imaginarme en tu pueblo bacaladero, contemplando el sol de medianoche sentados ambos en un risco cercano al mar. Tomados de las manos haríamos planes de futuro mientras comíamos pipas Churruca que yo habría traído de España, como esos novios antiguos que ahorraban para un pisito o para comprarse un juego de cacerolas... Pero no; todo lo arrasa ese incidir en la climatología adversa, viéndonos ateridos en agosto en medio de un torbellino huracanado que nos arrojaría al océano dejando tras nosotros un rastro de cáscaras saladas. Pese a todo, continuaré...
¿Los conservas aún, Heidi o han sido pasto que el tiempo quemó? ¿Continúan en tu casa paterna o fueron carne de mercadillo? Me confesó que todos los regalos que le enviaba los disponía en su habitación. Aquel ámbito de íntima femeneidad, su cuartito de soltera —que yo recreaba con un attrezzo de colcha rosa, póster de payaso melancólico y osazo de peluche en el cabecero— lo había atiborrado con mis obsequios transformando el recinto en un pequeño museo de los horrores. Así me atestiguó que en una de las paredes había colgado el escudo del Betis (plástico imitación cerámica con sobredorados) que tanto trabajo me costó embalar. ¿Acaso han probado a envolver un triángulo en papel de regalo, so listos? A su camiseta con publicidad de salchichas, respondí con otra que lucía un discreto eslogan de chorizos Revilla. Qué más da, ¿se iba a enterar la pobre de lo que allí ponía? Mi mal gusto se vio premiado con el alborozo que Heidi transmitía en sus cartas. Con la tenacidad de la gota de agua que horada la piedra, di suelta a unos instintos que creía mantener ocultos. No me causó sorpresa por tanto, el decidir regalarle uno de esos toros que abundan en las tiendas de souvenires. Un torito con piel de fieltro, negro zahíno, corniveleto de plástico y herido por unas banderillas flexibles de intencionado rojigualda. Saber que aquel bicho de juguete junto con otros bodrios kitsch que le envié, compartió repisa en la privacidad de Heidi Tømren, aún me llena de vergüenza.
Pero sabio es aquel que puede extraer enseñanzas de los episodios sonrojantes. Todo aquello me ayudó a conocerme a mí mismo pues ¿qué es ajeno a alguien capaz de regalar un toro destinado a adornar televisores a una muchacha noruega? El estupro, la violación de ancianas, el aparcamiento en doble fila... supe que cualquier monstruosidad, en suma, podría encontrar cobijo en mi alma.¡Oh criaturas del Averno! ¿Fue a vosotras a quien me encomendé para encender la mecha de la traca final? Recuerdo mi decisión como un pasaje neblinesco que hasta ahora he tratado de mantener escondido en alguna recóndita arruga del cerebelo. Siguiendo con la tauromaquia, ¿qué mejor regalo para una señorita extranjera que un cartel de nuestra fiesta? Me cuesta admitir que aquel adolescente apocado, el de la camisa de rayas que penetró en el tenducho y trató con un empleado salido del patio de Monipodio, fuera yo. El caso es que lo hice. Encargué uno de esos carteles que dejan un espacio libre entre la terna de diestros para poder estampar el nombre del guiri obsequiado. Después de esto y como dije, cualquier cosa es posible. El cuchillo con el que troceo una cebolla, ¿no porta cuando está en mi mano el germen del crimen?
Accedí a la monstruosidad y en un par de días tras el encargo quedó lista la aberración. El nombre de Heidi Tømren aparecía entre el de Curro Romero y Paquirri, en una corrida imposible a celebrar en el coso maestrante. Sin embargo, el éxito fue absoluto. Una Heidi entusiasmada hizo acuse de recibo del papelón escribiéndome un florido agradecimiento junto con la noticia del alborozo de su señor padre, un marino mercante al que yo siempre imaginaba embadurnándose las manos con crema Neutrógena allá en el puente de mando. Aquel hombre curtido en tempestades de los siete mares decidió enmarcar el cartel para adornar el saloncito familiar. ¡Oh, señor Tømren, jamás podrá imaginar mis ganas por haberlo hecho mi suegro!
Fueron días felices, de esos que llaman de leche y miel, de vino y rosas. Y fue entonces como de manera inesperada apareció Karl. Al principio fue una reseña que no ocupó más allá de dos renglones. Heidi fijaba a Karl con un escueto "he's a good friend of mine..." Pero a medida que avanzó la correspondencia, la presencia de Karl fue cobrando importancia. Luego vino todo aquello de que si Karl juega al hockey sobre hielo, que si Karl es muy divertido, que si Karl se parece al cantante de Duran Duran, que si Karl mide no sé cuántos metros... ¡la muy guarra quería hacerme partícipe de sus devaneos, hacerme confidente de su corazón! Y yo allí, mirando su foto a la vez que tragaba la quina de unos cuernos virtuales. Maldita noruega. Espacié mis cartas, anulé regalos con las más pedestres excusas. La tiparraca se mostraba desolada ante mis nuevas misivas secas, las que yo redactaba adrede con frío lenguaje procesal. Y que si Karl por allí y que si Karl por allá y todo se convirtió en Karl. Parecía no darse cuenta de mi íntima tragedia; achacaba a problemas de salud esas cartas mías que de ocupar cuatro o cinco páginas se habían transformado en breves notas de compromiso. Y que si Karl dice o que si Karl deja de decir, dándome una de Karl y otra de arena (perdón) y la tabarra de Karl que no cesaba. La muy hija de Odín incluso llegó a transcribirme los chistes graciosísimos que aquel imbécil le contaba en la cola del cine donde imaginaba que darían rienda suelta a sus pasiones. ¡Ah, víbora, áspid del vicio! Todo sin sentimiento de culpa, contenta de poder compartir conmigo su alegría. El dolor de mis heridas me llevó a burlarme abiertamente del mamarracho de canción que aquel año había presentado Noruega en Eurovisión, a recriminarle como asunto personal las ballenas muertas y a hacer de las sagas de Erik el Rojo y Leiff Erikson escaramuzas risibles.
Pero todo era inútil. Ella seguía con su amabilidad y con el Karl para arriba y el Karl para abajo. En pocos meses llegó la carta que tanto temía. Aquella donde me confesaba sin ambages su amor por el de los musculitos del ri-dí-cu-lo stick, su gozo por saberse prometida. Estaba escrita con la felicidad y atolondramiento que sólo puede transpirar una muchacha enamorada. La ingenuidad no la llevó a suponer que aquellas serían sus últimas palabras a mí dirigidas.
Nunca las contesté.
.


No hay comentarios:
Publicar un comentario