miércoles, febrero 15, 2012

Solución al Damero Mardito, nº 34 (febrero)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 34, febrero), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.

"De este modo, el mundo se ha visto transformado paulatinamente en un conglomerado de piedras, pájaros, árboles, sonetos de Petrarca, cacerías de zorros y luchas electorales."

A. Estontería
B. Sesudos
C. Ahondad
D. Bruja
E. Amorfos
F. Tramperos
G. Octano
H. Ultramal
I. Necesidad
J. Omelette
K. Yecla
L. Edenes
M. Lechad
N. Urdías
Ñ. Nopal
O. Íleon
P. Vómer
Q. Espetecs
R. Rezongó
S. Sordar
T. Oscapar

Acróstico: E. Sábato "Uno y el Universo" 
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miércoles, febrero 08, 2012

"Madame Bovary" Gustave Flaubert

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Emprendí una nueva lectura de ‘Madame Bovary’ veintidós años después de que lo hiciera por vez primera. Me movió a ello el esclarecedor artículo que Antonio Muñoz Molina había publicado poco antes (‘El porvenir de Emma Rouault’) donde hablaba de cómo el recuerdo desvirtuado nos hace aceptar en una novela episodios, diálogos y actitudes de personajes que en realidad, no existen o se confunden con otros hasta formar un lugar común que poco o nada tienen que ver con el original. Es un efecto fácilmente observable en los clásicos y ‘Madame Bovary’ es claro ejemplo de ello. (Sugiero por lo tanto, que tras leer el artículo, se hagan con un ejemplar del libro si es que no lo tienen ya en sus baldas y prescindan de todo lo que viene a continuación).
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Ah, ¿que siguen emperrados en continuar? Bueno, pues entonces diré que volviendo los ojos a la Madame y despojado de los miedos —y la pereza— que me hacía cuesta arriba la relectura, entre otros, que la edición que tengo con traducción a cargo de Carme Martín Gaite tiene la letra muy chica, le eché valor y le eché las gafas encima con unos resultados finales satisfactorios del todo. Ahora sí que puedo decir sin temor a equivocarme que ‘Madame Bovary’ es un novelón. Un novelón que se me hizo sorprendentemente ligero y claro a las entendederas, a lo que ayudó su organización en párrafos cortos que alternaban a la manera decimonónica del realismo la descripción, la acción y la conversación de manera casi inalterable, aparte del siempre enojoso punto de vista del narrador omniscente que hoy resultaría inadmisible; el narrador que incluso sabe lo que piensan sus personajes. Menos mal que el cine barrió a estos metomentodos que nunca aplicaron a sus criaturas el evangélico “Por sus actos los conoceréis”.

Lo más sorprendente de esta relectura no fue encontrarme con la Sra. Bovary (de soltera, Emma Rouault) y su historia desgraciada sino con su marido, el adocenado médico Charles Bovary, tan olvidado de los lectores, siendo como es quien abre y concluye la novela de una manera tan meritoria que su propio autor, Gustave Flaubert , de haber tenido un poco de misericordia debería haberla titulado ‘Monsieur Bovary’ y no haber dicho aquella tontería de “Madame Bovary soy yo”, que para lo único que ha servido es para imaginarnos a la señora como un travesti gordo, con cara de foca y bigotazos como el manillar de una bicicleta.

En efecto, si hay alguna víctima en esta tragedia no es Emma la principal —que al menos la tipa marcha a la tumba con mucha juerga corrida—, sino su pobre marido, el juancojones, cojonato, huevón y boludo Charles, tan devoto de ella y tan ajeno en su nobleza y grisura a sus manejos. En el espejo de su esposo y de su desatendida hija, Emma se me presentó despreciable por muy justificadas que estuvieran sus aventuras por la ensoñación folletinesca (que al final no es tan determinante); una persona mudable y caprichosa hasta el grado de culo-veo-culo-quiero que presentimos insatisfecha en todo momento y a perpetuidad por mucho que hubieran cuajado sus amoríos con Rodolphe y León. Vamos, que estaba en la cama sufriendo los retortijones estomacales producidos por el arsénico y me decía para mis adentros “Pues ahora te jodes, por zorra”.

Sí, da pena, mucha pena el sencillo Charles, tan contrario a su esposa en su falta de ambición, en su aceptación del fracaso en ese pueblo/agujero de Yonville que nos pinta don Gustavo. Mientras, la doña, convencida de sus altos designios y sus exigencias por una vida mejor, más novelesca, y fascinada a la vez por el mundo sofisticado de la aristocracia, se enreda en la trapisonda continua de las deudas y sin remordimiento (“Pero si lleva una navaja en el bolsillo, como un aldeano…” piensa con desprecio de su marido) se entrega a una existencia de francachela continua que incluso lleva a encanallarla.

El final, una apoteosis de la desgracia, barridos todos los personajes por la desdicha —salvo la mezquina población de Yonville— es mejor que se lo lean Uds. Porque yo dejo aquí la reseña, que esto cansa.
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Ilustración:
“Mujer con sombrero de capota”, Sap, 1971.
Óleo sobre madera (tapa de caja de puros en concreto) 15 x 20 cm
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viernes, febrero 03, 2012

Damero Mardito, nº 34 (febrero)

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Escenas íntimas de Lev Tolstói


En el cuarto de baño el hombre se afeita frente al espejo. La navaja produce un leve sonido de lijado al rasurar la barba de tres días que le oscurece el rostro. Las partículas de pelo se mezclan con la espuma de jabón, forman copos y caen al agua blandamente. Allí flotan como islas grisáceas que van a la deriva. El niño se asoma agarrado al quicio de la puerta. Está asombrado. El hombre de vez en cuando detiene su labor y lo mira de reojo. Se sonríe y vuelve a la tarea. Se afeita el cuello a contrapelo. ¿Qué hace papá, eh?, le pregunta al niño. El niño permanece callado, con la boca abierta. ¿Qué hace papá, eh?, pregunta el hombre por segunda vez. El niño se pone el chupete y un segundo después se lo quita. Traga saliva y también sonríe. ¡Atá!, contesta al fin. Sí, afeitar. Papá se está afeitando. El niño vuelve a ponerse el chupete y sale corriendo por el pasillo. ¡Atá, atá!, grita con júbilo. El hombre, repentinamente furioso, se arranca de un manotazo la toalla que lleva alrededor del cuello y lo persigue soltando insultos y maldiciones que hielan la sangre.

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 ¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total en su kiosco habitual. Aquí: 
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martes, enero 31, 2012

Maravillas del Mundo, 15

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Efectos secundarios


El estricto régimen alimenticio a que nos vimos sometidos los pobladores del Sector Medio-Occidental para paliar en lo posible las hambrunas de 2046, tuvo como paradójica consecuencia un aumento de la obesidad en todos los segmentos de la población. No era de extrañar desde luego, ya que el alimento que nos llegaba de las fábricas de Guangzhou se limitaba a embutidos de grasas sintéticas y a aquel pan instantáneo que muchos veteranos recordarán, el que se formaba hidratando unas bolas de materia farinácea que luego se aplastaban con la mano, se abrían y se rellenaban de rodajas de aquel chorizo con sabor a pelo quemado. La ingesta de estos productos (completada la dieta con aquellos kiwis diminutos que nos libraban del escorbuto como a una tripulación de piratas prevenidos) fue la causante de que las calles se llenaran de señores gordos como globos, de señoras orondas como palomas buchonas y hasta de niños que parecían albóndigas con piernecitas… (¿Albóndigas? ¡Ay, las albóndigas, aquel manjar olvidado por el que hubiésemos pagado entonces su peso en oro!)

El prestigio de estar delgado creyó encontrarlo mucha gente en el artículo que hoy presentamos, el jabón- gel de ducha adelgazante que se hizo popularísimo cuando su fabricante patrocinó el concurso televisivo “Linche a su vecino”. Lo oneroso de su precio —1.775 Neokópecs el frasco— no impidió su éxito inmediato pues no en vano lo que prometía su publicidad se realizaba: Bastaban tres o cuatro duchas o un simple baño a bañera llena para que tras enérgicas friegas con estropajo de esparto, las grasas acumuladas en el cuerpo, fundamentalmente en el abdomen, muslos y nalgas, se fundieran, se mezclaran con la espuma del asombroso jabón y cayeran al agua formando grandes copos amarillentos que dejaban en la superficie manchas irisadas como el rastro grasiento que deja en el mar un petrolero y al bañista con una arroba menos de tocino. Tal era el poder adelgazante del jabón que bastaba aplicarlo —como el que se afeita—  en la sotabarba y dejarlo allí del orden de tres cuartos de hora para que al enjuagar desapareciera toda presencia de antiestética papada.

No fue hasta pasados seis o siete meses de su lanzamiento a los mercados (el de venta por correo de manera fundamental) que no comenzaron a apreciarse los efectos secundarios de los que el fabricante no había advertido: El jabón-gel adelgazante provocaba impotencia en los caballeros, ceguera en las señoras, con especial incidencia entre las menopáusicas, y raquitismo entre la población infantil. También se caían los dientes. Todo ello, junto con los cientos de miles de denuncias que fueron desestimadas por la justicia, provocó el rechazo en forma de revueltas callejeras del artículo milagroso. Pero al final no pasó nada. Al poco tiempo, otros y más novedosos productos comenzaron a ilusionarnos.

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Podrá encontrar más "Maravillas del Mundo" en este mismo blog utilizando el buscador que ponemos a su disposición en la esquina superior izquierda. No deje de ilustrarse sobre el futuro.
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lunes, enero 23, 2012

Placeres Mundanos, nº 24

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Espirales de hojaldre relleno, estreno de brocha


Toda vez que en el reparto de regalos del ‘Amigo Invisible’ efectuado el pasado Día de Reyes me tocó en suerte una brocha de silicona para la cocina, necesitaba una receta adecuada para estrenarla. Sabiendo de mis ansias, mi amiga Kate, presidenta del Club del Bacalao de Hortaleza, me instó a conocer de su mano los secretos del hojaldre, sugerencia que acepté de inmediato porque soy fácil para dejarme querer y porque la receta que me propuso parecía a priori muy atractiva y adecuada para saltarse a la torera sus indicaciones. El resultado es tal el que presento, estas espirales de hojaldre con queso, jamón y gambas.

Bueno, lavadas muy bien lavadas las manitas, surtidos de los ingredientes que vamos a precisar y ataviados con el delantal, comenzaremos el proceso: Lo primero es hacernos de una masa de hojaldre de las que venden en los refrigerados del super/hiper. La amiga Kate me recomendó el hojaldre del supermercado Lidl, pero como tal establecimiento me caía a trasmano el día que me puse a jugar a las cocinitas, lo sustituí por hojaldre marca ‘La Cocinera’.  Fue al desplegar sobre la encimera el enrollado producto cuando me llevé la sorpresa de ver que la fina masa era redonda, no rectangular, que parece una figura más indicada para esta receta. Dio igual, porque armado de valor tiré palante.

 
Lo primero fue pelar como un ¼ kg de gambas gordas y crudas y dejar sus cuerpecillos descabezados descansar sobre papel absorbente (fig. 1). Desplegado, como dije, el círculo hojaldresco sobre su papel protector, dispuse una capa de queso en lonchas (fig. 2). Realmente, alicatar de cuadrados una superficie redonda es un agudo problema geométrico que solventé con mi no menos agudo ingenio y el recuerdo de Mondrian. Tras el estrato quesero, sobrepuse otro de jamón serrano de gama chunga —tampoco merece la pena tirar de pata negra— que consideré mejor que el jamonyó de la receta original (fig. 3). Para terminar, coloqué las gambas en pelota en formación regular tal como puede apreciarse (fig. 4)

Tras esta primera fase vino la ejecución del enrollado (háganlo prieto, por favor), operación que se iba completando con pliegues laterales para que el contenido no se desparramara. También, con un tenedor, fui haciendo perforaciones en la masa a medida que se iba formando el cilindro para facilitar su cocción (fig. 5). El resultado —¡no se alarmen señoras!— es esta especie de somolotroko, esta especie de pollo grande que de ser oscuro hubiera parecido cierto miembro amputado de un mandingo (fig. 6). Armado de un cuchillo afilado corté en rodajas de 2 cm el cilindrazo relleno (fig. 7) que una vez colocadas en la bandeja de horno sobre el mismo papel protector barnicé de huevo batido dándole finalmente sentido funcional a la brocha de marras (fig. 8).

Precalentado el horno a 200º, introduje la bandeja, aminoré la temperatura a 180º y dejé que el chisme funcionara durante 20 minutos. Antes de sacar el comestible apliqué un poco de ventilador/gratinador 5 minutos más para dorar las ruedecillas y, ¡hala! se terminó el proceso. El resultado fue el que muestra la imagen final, una cosa muy fina que acompañada de una ensalada de rúcula y pepino y regada con un vinillo joven, constituyó motivo de aplauso entre los comensales. Concretamente dos, porque los otros… o a uno no le gustan las gambas, a otro no le gusta el hojaldre, a otra no le gusta el queso…  Y es que a esta gente vulgar los sacas del huevo frito con papas y los descolocas. Que les den, pero morcilla.


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jueves, enero 19, 2012

Perfil gemelo

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Desestimé el amor de Elena porque la curvatura de su cuello, el dibujo de su barbilla, el nítido  arabesco de los labios y la arista de la nariz, eran idénticos a los de tía Leonor. Un perfil gemelo.

No fue una revelación paulatina, sino al contrario, inmediata y alarmante. De la misma intensidad con que un día me sorprendió frente al espejo el rostro de papá puesto sobre el mío, convertido yo en él, practicando la misma gesticulación, incluso en el detalle de los más odiados ademanes.

Lo mismo sucedió con Elena. Sobre ella se impuso la imagen de tía Leonor, la hermana de papá. En ella se instaló por tanto la presencia de tía Leonor vestida con abrigo de falso astracán, la tía Leonor de rutilante bisutería y de peinado formando caracolas endurecidas de laca, la del bolso negro de imitación piel y la estilográfica turquesa con que firmaba los documentos de mi ingreso, acompañada por el cabeceo aquiescente del doctor Costart cotejando las cifras de unos talones.

Su presencia, digo, se interpuso entre nosotros ensuciando nuestra relación con una pátina incestuosa. Acceder entonces a la boca enamorada de Elena, a su apetencia de besos, se convirtió en un ejercicio desabrido, tanta era la fuerza de la evocación y tanto es el poder de un perfil, de una ondulación. Desde entonces nunca tuve valor de explicar a Elena los motivos de mi apatía, de mi renuncia al juego de las caricias. Mi cobardía era mayor que observar con dolor su desconcierto.

Al principio no fue así desde luego. Conocí a Elena cuando al iniciarse mi nuevo estado y el trasladarme de ciudad, implicó la urgencia de alquilar un apartamento. Aquello me hizo visitar un gran número de agencias inmobiliarias. En una de ellas trabajaba Elena como vendedora a comisión. Sentí un estallido.

Para ingresar en su vida, adopté la antigua técnica de la emboscadura. Me apoyé en visitas innumerables a la agencia para interesarme por apartamentos que nunca alquilaba o para pergeñar cualquier excusa económica o una duda sobre la disposición de las habitaciones o el emplazamiento. También, esperar el fin de su horario apostado en las cercanías para luego forzar un casual encuentro se convirtió en una peripecia emocionante.

Ya lo dijo alguien: Todo enamorado es un merodeador.

Finalmente contraté un minúsculo estudio con cocina americana. La llave que me entregó Elena vino acompañada de su corazón, y a la misma vez que abrió la puerta de aquel séptimo cielo, sirvió para encerrar en el más recóndito pliegue del cerebro las consultas con el doctor Costart, los tratamientos agotadores del sanatorio.

El agua helada. La electricidad.

Fueron días felices. De aquellos de leche y miel, de vino y rosas. Pasear cogidos de la mano fue la fuerza que destruyó las sombras. En ningún momento la mano de Elena atrajo la imagen de la otra mano: La de tía Leonor acompañándome a la primera reunión con el doctor Costart. La mano que rellenaba impresos y rubricaba protocolos con tintineo de pulseras. El amor de Elena hizo que se disiparan las nubes y encontré en su abrazo no sólo la paz sino lo que meses antes creía imposible: El olvido.

Por todo ello traduje el amor de Elena en la decisión radical de abandonar la medicación.

Por lo demás, no me resisto a ufanarme orgulloso: Elena no sólo me amaba sino que sobre ello mostraba hacia a mí una completa adoración, a la que se unía la circunstancia de ser, en sus mismas palabras, el primer hombre de su vida. Cualquier muestra de virtuosismo banal por mi parte la llenaba de asombro. Podía admirar tanto mi velocidad resolviendo crucigramas como mi entonación tarareando viejos boleros. Llegué a probar sutilmente juegos de sumisión y tensé el hilo de oro que nos unía sin que llegara a romperse. No dudo que Elena hubiera aceptado todas mis dosis de perversión sin reproches. Ahora la modestia me impide enumerar el resto de circunstancias que me hicieron aparecer ante ella como un pequeño dios. ¡Cuánto la amé!  Tuve que dar la razón al aserto: “Qué desvalido se encuentra el hombre frente al halago”.

Pero luego, tal vez un día o una noche, el cable de la lámpara de pie desenrollado en el suelo dibujó el perfil. La casualidad nos arruinó. Aquellas inflexiones asociaron a ambas mujeres y la boca de Elena se llenó de oscuridad, de las tinieblas del falso astracán de tía Leonor, de sus perfumes antiguos, de su mano cerrando los ojos de papá recién muerto. Se me hizo insoportable, por tanto, mantener aquel amor inoperante que me llevaba a la renuncia de los besos.

Nunca tuve valor de explicarle los motivos de mi desinterés. Elena naufragaba en el desconcierto y mi poca apetencia hacia ella la achacaba a diversas circunstancias pero excusando siempre mi actitud.

La ruptura llegó a ser brutal, pero en ningún momento Elena trató de incomodarme. Jamás visitó el hotel donde me trasladé, nunca me asaltó en la calle. Sólo se limitó a dejar mensajes telefónicos en el contestador automático. Su voz allí era una letanía de ruegos, una sucesión de hipidos entre los cuales solicitaba explicaciones. Después volvía a llorar y yo soltaba el teléfono que se movía oscilante sin tocar el suelo. Tumbado en el sofá, apoyaba la cabeza en el regazo cálido de tía Leonor desde donde llegaba la leve fragancia de la naftalina. Desde mi posición, su perfil adquiría toda su intensidad. A la vez, su mano se hundía displicente en mi pelo, rastrillándolo con dulzura, acompañada por el tintineo de las joyas y su voz en un susurro: “Tonto, bobito. Teniéndome a mí”.


© Sap.  es.humanidades.literatura
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lunes, enero 16, 2012

Solución al Damero Mardito, nº 33 (enero)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 33, enero), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.

"Y no sólo eso, sino que todos sus habitantes sentirán un gran orgullo de que sus antepasados pertenecieran a la raza de don Quijote. Quizá, incluso, les levanten monumentos."


A. Jabonés
B. Otrosí
C. Silueta
D. Esquinera
E. Mendrugo
F. Assassin
G. London
H. Luchas
I. Ópalo
J. Retozo
K. Quezón
L. Unguis
M. Impeled
N. Estanques
Ñ. Lentas
O. Coquina
P. Ordenas
Q. Yantar
R. Oled
S. Tunantes
T. Evento

Acróstico: José Mallorquí, "El Coyote"
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lunes, enero 09, 2012

2011. Resumen del año lector

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Hala, a ver quién tiene repes. (El asterisco indica relectura).


LECTURAS AÑO 2011

1. “RIÑA DE GATOS” Eduardo Mendoza

2. “EL TIEMPO ENTRE COSTURAS” María Dueñas

3. “DÉJAME CONSOLARTE” Corín Tellado

4. “PEQUEÑOS DELITOS ABOMINABLES” Esther Tusquets

5. “POR LA PARTE DE SWANN” Marcel Proust

6. (*)“LAS APARIENCIAS” Antonio Muñoz Molina

7. “SANGRE SABIA” Flannery O’Connor

8. “ANATOMÍA DE UN INSTANTE” Javier Cercas

9. “LAS CIEGAS HORMIGAS” Ramiro Pinilla

10. (*) “EL RAPTO DE LAS SABINAS” Francisco García Pavón

11. “A LA SOMBRA DE LAS MUCHACHAS EN FLOR” Marcel Proust

12. “A VUESTROS CUERPOS DISPERSOS” Philip J. Farmer

13. “LOS HEREJES” Humphrey Slater

14. “CONVERSACIONES CON WOODY ALLEN” Eric Lax

15. “QUIETO” Màrius Serra

16. (*) “NADA DEL OTRO MUNDO” Antonio Muñoz Molina

17. “LA NIEBLA Y LA DONCELLA” Lorenzo Silva

18. “AGUIRRE, EL MAGNÍFICO” Manuel Vicent

19. “EL ALQUIMISTA IMPACIENTE” Lorenzo Silva

20. “SÉ LO QUE ESTÁS PENSANDO” John Verdon

21. “LOS ENAMORAMIENTOS” Javier Marías

22. “PÍO BAROJA” Eduardo Mendoza

23. (*) “SI TE DICEN QUE CAÍ” Juan Marsé

24. (*) “BELTENEBROS” Antonio Muñoz Molina

25. “CALIGRAFÍA DE LOS SUEÑOS” Juan Marsé

26. “GUERRA Y PAZ” Lev Tolstói

27. (*) “EL INVIERNO EN LISBOA” Antonio Muñoz Molina

28. (*) “EL REINADO DE WITIZA” Francisco García Pavón

29. (*) “BEATUS ILLE” Antonio Muñoz Molina

30. “NÉMESIS” Philip Roth

31. “EL JUEGO DE CLAUDIA” Laura Sánchez Becerra

32. “LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL” Gustave Flaubert

33. “EL ACIAGO DEMIURGO” Emil M. Cioran

34. (*) “EN AUSENCIA DE BLANCA” Antonio Muñoz Molina

35. (*) “CARLOTA FAINBERG” Antonio Muñoz Molina

36. “LA AGONÍA DE FRANCIA” Manuel Chaves Nogales

37. “LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS” Bartolomé Bennassar

38. “CUERPOS Y ALMAS” Maxence van der Meersch

39. “CARPE DIEM” Saul Bellow

40. “LA MUCHACHA DE LAS BRAGAS DE ORO” Juan Marsé

41. “BOMARZO” Manuel Mujica Láinez

42. “LA RETICENCIA DE LADY ANNE” Saki

De todo ello y dejando aparte las relecturas, el podio de este año lo ocuparían:

9. “LAS CIEGAS HORMIGAS” Ramiro Pinilla
38. “CUERPOS Y ALMAS” Maxence van der Meersch
41. “BOMARZO” Manuel Mujica Láinez


Por el contrario, los más señalados muermos serían:

3. “DÉJAME CONSOLARTE” Corín Tellado
4. “PEQUEÑOS DELITOS ABOMINABLES” Esther Tusquets (éste con categoría de chuminá de la tía Carlota).
39. “CARPE DIEM” Saul Bellow
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martes, enero 03, 2012

Damero Mardito, nº 33 (enero)

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Ni un pelo de tonto


De las muchas excentricidades que practicó en vida el animoso Adelardo Pacharán, viene a bien que recordemos hoy (pues fue una decisión que tomó con el vigor con que se emprenden los proyectos al nacer el Año Nuevo) su gusto por dormir con la cabeza cubierta. No nos referimos desde luego a que se la tapara con las mantas, edredones o cobijas de su cama, sino que se tocaba de cualquier gorro o prenda similar. Ciertamente su idea venía avalada por una incuestionable verdad científica: el calor que concentra el cuerpo humano se pierde por la cabeza, como si nuestra especie fuera una enorme cerilla encendida. Esta certeza la adornó Adelardo con la variedad de su numerosa colección de gorros, gorras y sombreros, siendo así que elegía uno distinto cada noche anunciándolo a su esposa desde el cuarto de baño: “¡Bernardina (su esposa se llamaba Bernardina), cariño, prepárate que hoy me toca la boina!” Minutos después, Adelardo Pacharán se presentaba con la cabeza así ataviada dispuesto a compartir el tálamo.

A consecuencia de este comportamiento, las trifulcas conyugales antes de dormir fueron frecuentes, no ya porque Bernardina se quejase de que meterse en el lecho con su marido emboinado era como hacerlo con don Pío Baroja sino porque en sucesivas jornadas la sorprendió cubriéndose con una montera de torero, una gorra de béisbol, un sombrerito tirolés con su pluma y hasta un charolado tricornio de Guardia Civil (que por cierto, encontró muy cómodo como apoyacabeza). Pero todo terminó el día que tras muchos ruegos y la promesa de ser el último en seguir con esta conducta, Adelardo Pacharán consiguió encamarse llevando en la cabeza un sombrero de mariachi mejicano... “Ustedes no saben lo que me hizo sufrir a mí este hombre”, era la queja a la que Bernardina, ya viuda, nos tenía habituados.   

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viernes, diciembre 23, 2011

"Los dos regalos"

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"Los dos regalos"
(Cuento de Navidad)

Para Consuelo de Lucas

Cojeaba porque llevaba medio roto un tacón del zapato. Caminaba calle arriba hasta la altura de un buzón. Allí encendía un cigarrillo y emprendía la vuelta abajo. El otro hito era una papelera desvencijada. Cuando llegaba, el cigarrillo se había consumido. Tiraba la colilla al suelo y luego, vuelta a empezar.

En el decimoquinto o decimosexto trayecto buscó en el bolso el lápiz de labios. Al revolver en el interior sus dedos tropezaron con la fotografía. Bajo la luz de la farola observó los ojos que la miraban desde la cartulina. Era un rostro juvenil que conservaba aún curvaturas infantiles el que sonreía en la imagen. Una muchacha bellísima con cabellera de fuego. Se echó a llorar y el rictus de la boca mostró a nadie unas encías casi desdentadas. Siempre le pasaba lo mismo. Temía revolver en el bolso y no vencer la tentación de recibir el golpe del pasado. Cuando se calmó besó la foto, la guardó y se pintó los labios. El escaparate oscuro de una ferretería hizo de espejo.

Un coche solitario le dedicó un largo bocinazo. Las ruedas pasaron tan cerca del bordillo que le salpicaron las medias con agua residual. No tuvo ánimos para responder con un gesto obsceno.

Luego se estremeció y cruzó los brazos sobre el pecho. Sudaba bajo el abrigo imitación piel como si la noche fuera de verano. Pero era diciembre. Desde algunas ventanas llegaban voces y la intermitencia de lucecitas de colores. Las ventanas, a veces, son como calendarios. La soledad recogía el eco de sus zapatos como único vestigio de vida en la calle. Frente a ella, los solares y la iluminación lejana de un polígono industrial.

Cerca del buzón había un teléfono público. Aún funcionaba pese a estar casi destrozado a martillazos. Metió varias monedas. Tuvo que marcar tres veces porque el temblor de las manos la llevaba a equivocarse continuamente.

   —...
   —¿Oye? ¿Me oyes?
   —...
   —Me prometiste traerme costo para un pico cuand...
   —...
   —¿Tres horas? ¿Todavía te voy a esperar tres horas, jod...
   —...
   —¡Nadie! ¿Quién va a haber? Ni los canallas como tú están ahora en la ca...
   —...
   —Canall... Sí, un canalla, eso es lo que eres, un cerdo y un canalla...

Colgó.

De nuevo se puso a llorar. Golpeaba con la cabeza el teléfono. Pero sin mucha fuerza.

Retomó el paseo esperando tal vez el milagro de un cliente. El caso es que se produjo. Un coche que venía en su dirección fue aminorando la marcha. Dio un paso atrás para evitar nuevas salpicaduras. El coche se detuvo a su lado y el ocupante bajó un poco la ventanilla.

   —¿Cuánto llevas, niña?

Se acercó intentando que el tacón roto no estropease un contoneo que quería ser sugerente. Ambos lados del abrigo fueron como dos puertas que se abriesen para enseñar una colección de huesos apenas vestidos por una camiseta publicitaria, unas medias y un tanga de fantasía de tejido barato.

   —Treinta o cincuenta, depende de lo que quieras que te haga.
   —¿A domicilio también?
   —También.
   —Pues móntate y arreando.

Subió al asiento de atrás. Su cicatriz en la cara le recordaba siempre que nunca debía sentarse junto al conductor. El cliente volvió la cabeza como si fuera un taxista que preguntara una dirección.

   —Hola, guapetona. Vamos a pasar un buen ratito, ¿verdad?
   —A lo mejor. Pero como me vuelvas a decir guapetona me bajo, ¿has entendido?
   —Huy, huy, qué humos tiene la niña... Alegra la jeta, que es Nochebuena, mujer.

El hombre condujo veloz por las avenidas desiertas. El espejo retrovisor retrataba su cara gorda y su barba blanca. De haber llevado un gorro rojo con borlón hubiera sido imagen exacta de Papá Noel.

   —¿Vamos muy lejos? Te lo digo porque luego me tienes que traer.
   —Qué va, es aquí al lado. Ya llegamos.

Tras alcanzar una bocacalle oscura, se abrió el portalón de un garaje subterráneo. El hombre maniobró hasta dejar aparcado el coche. Luego se sacudió las manos con satisfacción.

   —No habrá que subir escaleras, ¿no? Tengo un zapato roto.
   —Pues vaya palomita que me he buscado... Es broma. Hay ascensor. Venga, mueve el culo.

Alcanzaron un vestíbulo y el hombre apretó un botón luminoso. Se oyó muy arriba un estrépito de mecanismos.

   —Hoy te habrán dicho muchas veces Papá Noel.
   —Imagina. Cuando llegan estos días es un latazo. Hasta he pensado afeitarme la barba y ponerme a régimen. Ni andar puedo por la calle con tantos niños cabrones. Son la peste.
   —¿Y siempre te entra el apretón en Nochebuena, papanoel?
   —Paso de estos rollos. Pero sí, al menos me la ponen gorda, jé.

La puerta del ascensor se deslizó dejando paso a un flash de luz lenta. En la cabina, la barriga del hombre apenas dejó espacio para ella.

   —Mierda, un ascensor con espejos. No aguanto los putos espejos.

Se tapó la cara con el bolso de plástico. Un goterón de sudor se deslizó desde la nuca. Bajo el abrigo recorrió toda la espalda y cayó finalmente entre sus pies. Luego siguieron varios goterones más hasta formar una mancha mínima sobre la moqueta.

   —No se te ocurrirá mearte aquí, ¿verdad?
   —Es sudor, gilipollas. ¿No ves el monazo que tengo?
   —Pues aquí llevo yo un platanito para ese mono, paloma. Un buen platanito.

El hombre rió su propio chiste a la vez que le alzaba la barbilla. Ella despreció el gesto girando con brusquedad la cabeza. Revoloteó su pelo de estropajo.

   —No protestes. Vamos a pasarlo bien.

El ascensor se detuvo y salieron a un pasillo iluminado tan solo por una lámpara de emergencia. El hombre sacó un manojo de llaves y abrió la puerta. La única de la planta. Encendió la luz del recibidor y con el brazo le ofreció la entrada.

   —Pasa a mi nidito, gorriona.

Iba encendiendo luces a medida que se internaban en la vivienda. Llegaron a un salón y ella se desplomó en un sofá. Sujetando el bolso se dobló por la cintura. Tiritaba. El hombre mientras tanto se quitó el abrigo de cuadros, lo arrojó en un sillón y se quedó mirándola acariciándose la barba. Ella encendió un cigarrillo. Agitó el fósforo para apagarlo y lo tiró al suelo. Dio una calada profunda y echó el humo por la nariz.

   —Págame ahora y empecemos de una vez.
   —¿Cómo? ¿Pago por adelantado? Tranquila niña. ¿No te apetece antes una copa?
   —Escucha papanoel, no he venido a un bar. O me pagas ahora o me largo.

El hombre sacó la cartera de un bolsillo trasero del pantalón. Chascó la lengua como si ahuyentase a un perro. Contó unos billetes y se los alcanzó formando una pinza con dos dedos.

   —Cincuenta. Y diez de propina. Es Nochebuena.
   —A la mierda la Nochebuena. Vamos a lo que vamos.

Guardó con fastidio el dinero en el bolso sin contarlo. Aplastó con rabia lo que quedaba de cigarrillo en un cenicero. Se levantó y también se quitó el abrigo. Se ajustó las medias que formaban arrugas a todo lo largo de sus piernas flacas. Sobre el ombligo llevaba el tatuaje de una serpiente arrollada en un corazón. Adoptó una postura en la que el patetismo vencería siempre a la procacidad.

   —¿Aquí mismo te viene bien, papanoel? Si no tienes gomas yo llevo en el bolso.
   —¿Gomas? Escucha, te he dado diez de propina. Tengo alergia a las gomas.
   —Pues sin goma son veinte más, a ver qué te has creído. Además tengo el bicho dentro, te lo advierto.
   —Me gusta el riesgo... Y deja ya de joder con las prisas, eh. Primero quería hacerte un regalito que seguro te va a encantar. Una sorpresa.
   —No me gustan las sorpresas, papanoel. No me gustan las sorpresas. Así que no me sigas jodiendo, te lo pido por favor, ¿no ves cómo estoy?

Se volvió a sentar en el sofá como un pájaro que cayera al vacío. De nuevo acudió un llanto que agitaba sus hombros y clavículas. Una frágil estructura de alambres. El tipo tomó de una estantería un pequeño cofre de madera con motivos hindúes y lo puso sobre la mesa del sofá. Abrió la tapa. Ella se limpió de lágrimas y mocos con el dorso de la mano. Miraba sorprendida los objetos que, uno a uno, iba sacando del cofre. Una cinta de caucho, una cuchara, un papel doblado y una jeringuilla nueva embalada aún en su aséptica funda de plástico. El llanto dio paso a una sonrisa que mostró sin pudor su dentadura almenada.

   —Los avíos del puchero, paloma. ¿Te gusta o no te gusta ahora el regalo de tu Papá Noel?
   —Joder, tío, no me jodas... Dime que no estoy soñando.
   —Ahora te traigo agua. ¿Te sirve una vela para hervirla?

Mientras él iba por el agua, abrió la papelina y con la punta del meñique humedecida en saliva atrapó un poco de polvo blanco. Lo saboreó como algo delicioso y un breve fulgor incendió sus ojos con una belleza pasajera.

El hombre trajo una botella y una vela roja. Le pidió los fósforos y la prendió. Dejó caer unas gotas de cera sobre la mesa y en ellas fijó la vela. Con el temblor del ansia, sin ninguna vergüenza, procedió con el ritual mil veces repetido atándose la cinta de goma en torno a un brazo escuálido curtido por el sarampión de las picaduras.

   —¿Y es jaco? ¿Jaco de verdad, papanoel? Sabía raro pero guay.
   —¿No te fías de mí? Caballito del bueno, niña. Vas a galopar.
   —No puedo fiarme o no fiarme. Ahora me metería lo que fuera.

El agua mezclada con el polvo bullía en la cuchara sobre la llama oscilante de la vela. Con sus pocos dientes apretó la goma dejando libres las manos para llenar la jeringuilla. Luego se golpeó el interior del codo buscando el estímulo de las venas y pinchó. Con lentitud hizo entrar el líquido y luego bombeó extrayéndolo y mezclándolo con sangre. El contenido tomó un color escarlata difuso antes de desaparecer por completo. Cerró los ojos, suspiró muy hondo y dejó reposar la nuca en el cabecero del sofá.

   —El cielo. Ahora estoy en el cielo, papanoel. Un pico así vale lo menos sesenta o setenta. ¿Por qué me lo has regalado?
   —¿No lo deseabas?
   —No te imaginas cuánto... No lo puedes imaginar.

El hombre se sentó junto a ella y recogió todos los elementos con cuidado. Le quitó la goma y la dejó en la mesa junto a la jeringuilla. Observaba curioso sus ojos entrecerrados y su boca balbuceante de tranquilo placer.

   —Sabía que era tu mayor deseo, paloma.
   —Qué jaco más bueno... qué jaco más bueno, papanoel... Tengo siempre otro deseo pero es un secreto. Nunca se lo digo a nadie. Ay, qué jaco...
   —¿Ni siquiera a mí?
   —Ni a ti. Es mío. Lo único mío que me queda... ay, qué jaco más guay... Anda, se bueno y déjame relajarme un rato. Luego ya verás... te voy a hacer todo lo que quieras... lo que se te ocurra... papanoel... un regalo...

El hombre esperó unos minutos hasta tener la certeza de que había quedado completamente dormida. Le alzó un brazo y lo dejó caer. Después hizo lo mismo con una pierna. Luego le quitó los zapatos y las medias salpicadas de barro. Se incorporó y se acercó hasta un mueble. Abrió un cajón y cogió del interior unas tijeras. Volvió a ella y cortó la camiseta publicitaria para desnudarla sin esfuerzo. También cortó la cintura del tanga. Sin ropa, el cuerpo desnudo era el de un ave desplumada.

Con todo cuidado la levantó en brazos y se dirigió con su carga a un pasillo. La cabeza caía hacia atrás soltando una melena como un reguero de estopa apelmazada. Los pies colgaban mostrando sus tendones aristados. Fue abriendo con la espalda puertas encajadas hasta llegar finalmente a una habitación. Con el codo accionó el interruptor de una lamparita de noche. Al dejarla sobre la cama el cuerpo se crispó un segundo y tuvo que esperar a que se calmara de nuevo. De un armario sacó un paquete envuelto en papel de regalo. Trató de no hacer ruido al abrirlo. Era un pijama de felpa estampado de ositos y estrellas de colores. Tuvo que esforzarse pero pudo vestirla sin brusquedad. Después la alzó de nuevo, abrió las mantas y depositó allí su leve cargamento. Fue arropándola con cuidado sin prestar atención a sus balbuceos de bebé, pero pudo ver que sus ojos se entreabrían un momento, brillantes y acuosos. Colocó bien el embozo poniendo toda la delicadeza que pudo en cada pliegue. Le dio unos golpecitos en el brazo que ya debía sentir la calidez de las mantas y, finalmente, se acercó a su cara. La besó en la frente. Tal vez las cosquillas de su barba blanca la devolvieron un momento de su nebulosa.

   —... Era mi secreto... el mío.
   —Chsss... Ya lo sabía. Ahora a dormir, chiquilina. Es Nochebuena.

El hombre salió de la habitación dejando la lamparita encendida. Luego cerró la puerta y se frotó las manos.

De nuevo en el salón hizo una llamada desde un teléfono móvil. Mientras esperaba contestación se fue poniendo el abrigo de cuadros.

   —...
   —¿Oyeee? ¿Estáis ya en la calle?... Sí, he acabado. Ahora mismo bajo.


*****


 Se reunió con los otros en la misma puerta de acceso al edificio. Uno, ya mayorcito, iba vestido todo de cuero negro, llevaba una larga barba castaña y aunque medio calvo, el pelo lo recogía en una coleta. El otro era un negro decrépito al que parecía venir grande la ropa. El pelo blanco de borra en contraste con la oscuridad de la piel lo hacía negativo de fotografía. Si hubiera llevado una trompeta en la mano se confundiría con un anciano jazzman. El de la coleta amagó un golpe de broma sobre la barriga del barbablanca.

   —Eh, deja el boxeo para luego. No perdamos tiempo y vamos cuando queráis.
   —Tranquilo, tenemos toda la noche ¿Salió bien lo tuyo?
   —Perfecto. Tuve que emplear el lenguaje duro porque es al que está acostumbrada. De otra forma se hubiera asustado. Al final se tragó el anzuelo del somnífero. Hubiera sido mejor darle un baño caliente pero temí espabilarla. De todas formas he dejado una nota en la mesilla. Ya la leerá mañana cuando despierte. ¿Y lo vuestro?
   —Bien, todo bien también. Bueno, éste como siempre, quejándose de no ir en coche, ya sabes.
   —Tengo uno en el garaje de aquí, si queréis...
   —Deja, ya sabes que le conviene moverse.
   —Ay, zeñó, zeñó... Tóooa la santa noche cami'ando y cami'ando.

Echaron a andar mientras el barbablanca charlaba con el de la coleta. El negro se fue adelantando calle abajo. Barbablanca miró hacia arriba y comprobó el resplandor tenue que salía de una ventana. La señaló a su compañero.

   —Pobrecilla. Un pijama de niña, una cama calentita, que la arropasen y que le dieran un beso de buenas noches. Era todo cuanto quería. Pobre, pobre chiquilla.
   —Sí, pobre gente toda. Más de dos mil años visitándolos y siguen igual, empeñados en la infelicidad.
   —Llegó a confundirme con él. Es increíble que soporten su ridícula campanita y su jojojó. No lo habréis visto, ¿verdad?
   —Ni olerlo. Nos hemos adelantado a su zona.
   —El caso es que el trabajo se nos acumula con esto de la nueva campaña de re-captación. La cuestión es restarle clientela, ya lo sé, pero me siento raro trabajando hoy.
   —Bah, un día de más qué importa... Eh, mira ése la marcha que ha cogido... ¡Eh, negrito, no te adelantes tanto!... "Mami qué será lo que quiere el neeegroo... Mami que será lo que quiere el neeegrooo..." ¡Espéranos, hombre!
   —Déjate, déjate que ya sabes el pronto que tiene.

El negro desapareció al doblar una esquina. Segundos después sucedió lo mismo con el de la coleta y barbablanca, pero antes volvió a mirar hacia la ventana levemente iluminada. Silencio. Cuando alcanzaron al negro, una estrella fugaz rasgó el cielo y por todo rastro, flotando en el aire, quedó tras ellos un finísimo polvo de oro.




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