.
A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 34, febrero), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.
"De este modo, el mundo se ha visto transformado paulatinamente en un conglomerado de piedras, pájaros, árboles, sonetos de Petrarca, cacerías de zorros y luchas electorales."
A. Estontería
B. Sesudos
C. Ahondad
D. Bruja
E. Amorfos
F. Tramperos
G. Octano
H. Ultramal
I. Necesidad
J. Omelette
K. Yecla
L. Edenes
M. Lechad
N. Urdías
Ñ. Nopal
O. Íleon
P. Vómer
Q. Espetecs
R. Rezongó
S. Sordar
T. Oscapar
Acróstico: E. Sábato "Uno y el Universo"
.
miércoles, febrero 15, 2012
miércoles, febrero 08, 2012
"Madame Bovary" Gustave Flaubert
.
Emprendí
una nueva lectura de ‘Madame Bovary’ veintidós años después de que lo hiciera
por vez primera. Me movió a ello el esclarecedor artículo que Antonio Muñoz
Molina había publicado poco antes (‘El porvenir de Emma Rouault’) donde
hablaba de cómo el recuerdo desvirtuado nos hace aceptar en una novela
episodios, diálogos y actitudes de personajes que en realidad, no existen o se
confunden con otros hasta formar un lugar común que poco o nada tienen que ver
con el original. Es un efecto fácilmente observable en los clásicos y ‘Madame
Bovary’ es claro ejemplo de ello. (Sugiero por lo tanto, que tras leer el
artículo, se hagan con un ejemplar del libro si es que no lo tienen ya en sus baldas y prescindan de todo lo que viene a continuación).
............
Ah, ¿que siguen emperrados en continuar? Bueno, pues
entonces diré que volviendo los ojos a la Madame y despojado de los miedos —y
la pereza— que me hacía cuesta arriba la relectura, entre otros, que la edición
que tengo con traducción a cargo de Carme Martín Gaite tiene la letra muy
chica, le eché valor y le eché las gafas encima con unos resultados finales
satisfactorios del todo. Ahora sí que puedo decir sin temor a equivocarme que ‘Madame
Bovary’ es un novelón. Un novelón que se me hizo sorprendentemente ligero y
claro a las entendederas, a lo que ayudó su organización en párrafos cortos que
alternaban a la manera decimonónica del realismo la descripción, la acción y la
conversación de manera casi inalterable, aparte del siempre enojoso punto de
vista del narrador omniscente que hoy resultaría inadmisible; el narrador que
incluso sabe lo que piensan sus personajes. Menos mal que el cine barrió a
estos metomentodos que nunca aplicaron a sus criaturas el evangélico “Por sus
actos los conoceréis”.
Lo más sorprendente de esta relectura no fue encontrarme con
la Sra. Bovary (de soltera, Emma Rouault) y su historia desgraciada sino con su
marido, el adocenado médico Charles Bovary, tan olvidado de los lectores,
siendo como es quien abre y concluye la novela de una manera tan meritoria que
su propio autor, Gustave Flaubert , de haber tenido un poco de misericordia
debería haberla titulado ‘Monsieur Bovary’ y no haber dicho aquella tontería de
“Madame Bovary soy yo”, que para lo único que ha servido es para imaginarnos a
la señora como un travesti gordo, con cara de foca y bigotazos como el manillar
de una bicicleta.
En efecto, si hay alguna víctima en esta tragedia no es Emma la principal —que al menos la tipa marcha a la tumba con mucha juerga corrida—, sino su
pobre marido, el juancojones, cojonato, huevón y boludo Charles, tan devoto de
ella y tan ajeno en su nobleza y grisura a sus manejos. En el espejo de su esposo y de su desatendida hija, Emma se me presentó despreciable por muy
justificadas que estuvieran sus aventuras por la ensoñación folletinesca (que
al final no es tan determinante); una persona mudable y caprichosa hasta el
grado de culo-veo-culo-quiero que presentimos insatisfecha en todo momento y a
perpetuidad por mucho que hubieran cuajado sus amoríos con Rodolphe y León.
Vamos, que estaba en la cama sufriendo los retortijones estomacales producidos
por el arsénico y me decía para mis adentros “Pues ahora te jodes, por zorra”.
Sí, da pena, mucha pena el sencillo Charles, tan contrario a
su esposa en su falta de ambición, en su aceptación del fracaso en ese
pueblo/agujero de Yonville que nos pinta don Gustavo. Mientras, la doña,
convencida de sus altos designios y sus exigencias por una vida mejor, más novelesca,
y fascinada a la vez por el mundo sofisticado de la aristocracia, se enreda en la trapisonda
continua de las deudas y sin remordimiento (“Pero si lleva una navaja en el
bolsillo, como un aldeano…” piensa con desprecio de su marido) se entrega a una
existencia de francachela continua que incluso lleva a encanallarla.
El final, una apoteosis de la desgracia, barridos todos los
personajes por la desdicha —salvo la mezquina población de Yonville— es mejor
que se lo lean Uds. Porque yo dejo aquí la reseña, que esto cansa.
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Ilustración:
“Mujer con sombrero de capota”, Sap, 1971.
Óleo sobre madera (tapa de caja de puros en concreto) 15 x
20 cm
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viernes, febrero 03, 2012
Damero Mardito, nº 34 (febrero)
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¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total en su kiosco habitual. Aquí:
Escenas íntimas de Lev Tolstói
En el
cuarto de baño el hombre se afeita frente al espejo. La navaja produce un
leve sonido de lijado al rasurar la barba de tres días que le oscurece el
rostro. Las partículas de pelo se mezclan con la espuma de jabón, forman copos
y caen al agua blandamente. Allí flotan como islas grisáceas que van a la
deriva. El niño se asoma agarrado al quicio de la puerta. Está asombrado. El
hombre de vez en cuando detiene su labor y lo mira de reojo. Se sonríe y vuelve
a la tarea. Se afeita el cuello a contrapelo. ¿Qué hace papá, eh?, le pregunta
al niño. El niño permanece callado, con la boca abierta. ¿Qué hace papá, eh?,
pregunta el hombre por segunda vez. El niño se pone el chupete y un segundo
después se lo quita. Traga saliva y también sonríe. ¡Atá!, contesta al fin. Sí,
afeitar. Papá se está afeitando. El niño vuelve a ponerse el chupete y sale
corriendo por el pasillo. ¡Atá, atá!, grita con júbilo. El hombre,
repentinamente furioso, se arranca de un manotazo la toalla que lleva alrededor
del cuello y lo persigue soltando insultos y maldiciones que hielan la sangre.
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martes, enero 31, 2012
Maravillas del Mundo, 15
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Efectos secundarios
El
estricto régimen alimenticio a que nos vimos sometidos los pobladores del
Sector Medio-Occidental para paliar en lo posible las hambrunas de 2046, tuvo
como paradójica consecuencia un aumento de la obesidad en todos los segmentos
de la población. No era de extrañar desde luego, ya que el alimento que nos
llegaba de las fábricas de Guangzhou se limitaba a embutidos de grasas
sintéticas y a aquel pan instantáneo que muchos veteranos recordarán, el que se
formaba hidratando unas bolas de materia farinácea que luego se aplastaban con
la mano, se abrían y se rellenaban de rodajas de aquel chorizo con sabor a pelo
quemado. La ingesta de estos productos (completada la dieta con aquellos kiwis
diminutos que nos libraban del escorbuto como a una tripulación de piratas
prevenidos) fue la causante de que las calles se llenaran de señores gordos
como globos, de señoras orondas como palomas buchonas y hasta de niños que
parecían albóndigas con piernecitas… (¿Albóndigas? ¡Ay, las albóndigas, aquel
manjar olvidado por el que hubiésemos pagado entonces su peso en oro!)
El
prestigio de estar delgado creyó encontrarlo mucha gente en el artículo que hoy
presentamos, el jabón- gel de ducha adelgazante que se hizo popularísimo cuando
su fabricante patrocinó el concurso televisivo “Linche a su vecino”. Lo oneroso
de su precio —1.775 Neokópecs el frasco— no impidió su éxito inmediato pues no
en vano lo que prometía su publicidad se realizaba: Bastaban tres o cuatro
duchas o un simple baño a bañera llena para que tras enérgicas friegas con
estropajo de esparto, las grasas acumuladas en el cuerpo, fundamentalmente en
el abdomen, muslos y nalgas, se fundieran, se mezclaran con la espuma del
asombroso jabón y cayeran al agua formando grandes copos amarillentos que
dejaban en la superficie manchas irisadas como el rastro grasiento que deja en
el mar un petrolero y al bañista con una arroba menos de tocino. Tal era el
poder adelgazante del jabón que bastaba aplicarlo —como el que se afeita— en la sotabarba y dejarlo allí del orden de
tres cuartos de hora para que al enjuagar desapareciera toda presencia de
antiestética papada.
No fue
hasta pasados seis o siete meses de su lanzamiento a los mercados (el de venta
por correo de manera fundamental) que no comenzaron a apreciarse los efectos
secundarios de los que el fabricante no había advertido: El jabón-gel
adelgazante provocaba impotencia en los caballeros, ceguera en las señoras, con
especial incidencia entre las menopáusicas, y raquitismo entre la población
infantil. También se caían los dientes. Todo ello, junto con los cientos de
miles de denuncias que fueron desestimadas por la justicia, provocó el rechazo
en forma de revueltas callejeras del artículo milagroso. Pero al final no pasó nada. Al poco tiempo, otros
y más novedosos productos comenzaron a ilusionarnos.
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Podrá encontrar más "Maravillas del Mundo" en este mismo blog utilizando el buscador que ponemos a su disposición en la esquina superior izquierda. No deje de ilustrarse sobre el futuro.
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lunes, enero 23, 2012
Placeres Mundanos, nº 24
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Espirales de hojaldre relleno, estreno de brocha
Toda
vez que en el reparto de regalos del ‘Amigo Invisible’ efectuado el pasado Día
de Reyes me tocó en suerte una brocha de silicona para la cocina, necesitaba
una receta adecuada para estrenarla. Sabiendo de mis ansias, mi amiga Kate, presidenta
del Club del Bacalao de Hortaleza, me instó a conocer de su mano los secretos
del hojaldre, sugerencia que acepté de inmediato porque soy fácil para dejarme
querer y porque la receta que me propuso parecía a priori muy atractiva y
adecuada para saltarse a la torera sus indicaciones. El resultado es tal el que
presento, estas espirales de hojaldre con queso, jamón y gambas.
Bueno,
lavadas muy bien lavadas las manitas, surtidos de los ingredientes que vamos a
precisar y ataviados con el delantal, comenzaremos el proceso: Lo primero es
hacernos de una masa de hojaldre de las que venden en los refrigerados del
super/hiper. La amiga Kate me recomendó el hojaldre del supermercado Lidl, pero
como tal establecimiento me caía a trasmano el día que me puse a jugar a las
cocinitas, lo sustituí por hojaldre marca ‘La Cocinera’. Fue al desplegar sobre la encimera el enrollado
producto cuando me llevé la sorpresa de ver que la fina masa era redonda, no
rectangular, que parece una figura más indicada para esta receta. Dio igual,
porque armado de valor tiré palante.
Lo
primero fue pelar como un ¼ kg de gambas gordas y crudas y dejar sus
cuerpecillos descabezados descansar sobre papel absorbente (fig. 1). Desplegado,
como dije, el círculo hojaldresco sobre su papel protector, dispuse una capa de
queso en lonchas (fig. 2). Realmente, alicatar de cuadrados una superficie
redonda es un agudo problema geométrico que solventé con mi no menos agudo
ingenio y el recuerdo de Mondrian. Tras el estrato quesero, sobrepuse otro de jamón serrano de gama
chunga —tampoco merece la pena tirar de pata negra— que consideré mejor que el
jamonyó de la receta original (fig. 3). Para terminar, coloqué las gambas en
pelota en formación regular tal como puede apreciarse (fig. 4)
Tras
esta primera fase vino la ejecución del enrollado (háganlo prieto, por favor),
operación que se iba completando con pliegues laterales para que el contenido
no se desparramara. También, con un tenedor, fui haciendo perforaciones en la
masa a medida que se iba formando el cilindro para facilitar su cocción (fig.
5). El resultado —¡no se alarmen señoras!— es esta especie de somolotroko, esta especie de
pollo grande que de ser oscuro hubiera parecido cierto miembro amputado de un
mandingo (fig. 6). Armado de un cuchillo afilado corté en rodajas de 2 cm el
cilindrazo relleno (fig. 7) que una vez colocadas en la bandeja de horno sobre
el mismo papel protector barnicé de huevo batido dándole finalmente sentido
funcional a la brocha de marras (fig. 8).
Precalentado
el horno a 200º, introduje la bandeja, aminoré la temperatura a 180º y dejé que
el chisme funcionara durante 20 minutos. Antes de sacar el comestible apliqué
un poco de ventilador/gratinador 5 minutos más para dorar las ruedecillas y,
¡hala! se terminó el proceso. El resultado fue el que muestra la imagen final,
una cosa muy fina que acompañada de una ensalada de rúcula y pepino y regada
con un vinillo joven, constituyó motivo de aplauso entre los comensales.
Concretamente dos, porque los otros… o a uno no le gustan las gambas, a otro no le gusta el
hojaldre, a otra no le gusta el queso… Y es que a
esta gente vulgar los sacas del huevo frito con papas y los descolocas. Que les den, pero morcilla.
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jueves, enero 19, 2012
Perfil gemelo
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Desestimé el amor de Elena porque la curvatura de su cuello,
el dibujo de su barbilla, el nítido arabesco de los labios y la arista de la nariz,
eran idénticos a los de tía Leonor. Un perfil gemelo.
No fue una revelación paulatina, sino al contrario, inmediata
y alarmante. De la misma intensidad con que un día me sorprendió frente al
espejo el rostro de papá puesto sobre el mío, convertido yo en él, practicando
la misma gesticulación, incluso en el detalle de los más odiados ademanes.
Lo mismo sucedió con Elena. Sobre ella se impuso la imagen
de tía Leonor, la hermana de papá. En ella se instaló por tanto la presencia de
tía Leonor vestida con abrigo de falso astracán, la tía Leonor de rutilante
bisutería y de peinado formando caracolas endurecidas de laca, la del bolso
negro de imitación piel y la estilográfica turquesa con que firmaba los
documentos de mi ingreso, acompañada por el cabeceo aquiescente del doctor
Costart cotejando las cifras de unos talones.
Su presencia, digo, se interpuso entre nosotros ensuciando
nuestra relación con una pátina incestuosa. Acceder entonces a la boca
enamorada de Elena, a su apetencia de besos, se convirtió en un ejercicio
desabrido, tanta era la fuerza de la evocación y tanto es el poder de un
perfil, de una ondulación. Desde entonces nunca tuve valor de explicar a Elena
los motivos de mi apatía, de mi renuncia al juego de las caricias. Mi cobardía
era mayor que observar con dolor su desconcierto.
Al principio no fue así desde luego. Conocí a Elena cuando
al iniciarse mi nuevo estado y el trasladarme de ciudad, implicó la urgencia de
alquilar un apartamento. Aquello me hizo visitar un gran número de agencias
inmobiliarias. En una de ellas trabajaba Elena como vendedora a comisión. Sentí
un estallido.
Para ingresar en su vida, adopté la antigua técnica de la
emboscadura. Me apoyé en visitas innumerables a la agencia para interesarme por
apartamentos que nunca alquilaba o para pergeñar cualquier excusa económica o
una duda sobre la disposición de las habitaciones o el emplazamiento. También,
esperar el fin de su horario apostado en las cercanías para luego forzar un
casual encuentro se convirtió en una peripecia emocionante.
Ya lo dijo alguien: Todo enamorado es un merodeador.
Finalmente contraté un minúsculo estudio con cocina
americana. La llave que me entregó Elena vino acompañada de su corazón, y a la
misma vez que abrió la puerta de aquel séptimo cielo, sirvió para encerrar en
el más recóndito pliegue del cerebro las consultas con el doctor Costart, los
tratamientos agotadores del sanatorio.
El agua helada. La electricidad.
Fueron días felices. De aquellos de leche y miel, de vino y
rosas. Pasear cogidos de la mano fue la fuerza que destruyó las sombras. En
ningún momento la mano de Elena atrajo la imagen de la otra mano: La de tía
Leonor acompañándome a la primera reunión con el doctor Costart. La mano que
rellenaba impresos y rubricaba protocolos con tintineo de pulseras. El amor de
Elena hizo que se disiparan las nubes y encontré en su abrazo no sólo la paz
sino lo que meses antes creía imposible: El olvido.
Por todo ello traduje el amor de Elena en la decisión
radical de abandonar la medicación.
Por lo demás, no me resisto a ufanarme orgulloso: Elena no
sólo me amaba sino que sobre ello mostraba hacia a mí una completa adoración, a
la que se unía la circunstancia de ser, en sus mismas palabras, el primer
hombre de su vida. Cualquier muestra de virtuosismo banal por mi parte la
llenaba de asombro. Podía admirar tanto mi velocidad resolviendo crucigramas
como mi entonación tarareando viejos boleros. Llegué a probar sutilmente juegos
de sumisión y tensé el hilo de oro que nos unía sin que llegara a romperse. No
dudo que Elena hubiera aceptado todas mis dosis de perversión sin reproches.
Ahora la modestia me impide enumerar el resto de circunstancias que me hicieron
aparecer ante ella como un pequeño dios. ¡Cuánto la amé! Tuve que dar la razón al aserto: “Qué
desvalido se encuentra el hombre frente al halago”.
Pero luego, tal vez un día o una noche, el cable de la
lámpara de pie desenrollado en el suelo dibujó el perfil. La casualidad nos
arruinó. Aquellas inflexiones asociaron a ambas mujeres y la boca de Elena se
llenó de oscuridad, de las tinieblas del falso astracán de tía Leonor, de sus
perfumes antiguos, de su mano cerrando los ojos de papá recién muerto. Se me
hizo insoportable, por tanto, mantener aquel amor inoperante que me llevaba a
la renuncia de los besos.
Nunca tuve valor de explicarle los motivos de mi desinterés.
Elena naufragaba en el desconcierto y mi poca apetencia hacia ella la achacaba
a diversas circunstancias pero excusando siempre mi actitud.
La ruptura llegó a ser brutal, pero en ningún momento Elena
trató de incomodarme. Jamás visitó el hotel donde me trasladé, nunca me asaltó
en la calle. Sólo se limitó a dejar mensajes telefónicos en el contestador
automático. Su voz allí era una letanía de ruegos, una sucesión de hipidos
entre los cuales solicitaba explicaciones. Después volvía a llorar y yo soltaba
el teléfono que se movía oscilante sin tocar el suelo. Tumbado en el sofá,
apoyaba la cabeza en el regazo cálido de tía Leonor desde donde llegaba la leve
fragancia de la naftalina. Desde mi posición, su perfil adquiría toda su
intensidad. A la vez, su mano se hundía displicente en mi pelo, rastrillándolo
con dulzura, acompañada por el tintineo de las joyas y su voz en un susurro:
“Tonto, bobito. Teniéndome a mí”.
© Sap. es.humanidades.literatura
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lunes, enero 16, 2012
Solución al Damero Mardito, nº 33 (enero)
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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 33, enero), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.
"Y no sólo eso, sino que todos sus habitantes sentirán un gran orgullo de que sus antepasados pertenecieran a la raza de don Quijote. Quizá, incluso, les levanten monumentos."
A. Jabonés
B. Otrosí
C. Silueta
D. Esquinera
E. Mendrugo
F. Assassin
G. London
H. Luchas
I. Ópalo
J. Retozo
K. Quezón
L. Unguis
M. Impeled
N. Estanques
Ñ. Lentas
O. Coquina
P. Ordenas
Q. Yantar
R. Oled
S. Tunantes
T. Evento
Acróstico: José Mallorquí, "El Coyote"
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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 33, enero), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.
"Y no sólo eso, sino que todos sus habitantes sentirán un gran orgullo de que sus antepasados pertenecieran a la raza de don Quijote. Quizá, incluso, les levanten monumentos."
A. Jabonés
B. Otrosí
C. Silueta
D. Esquinera
E. Mendrugo
F. Assassin
G. London
H. Luchas
I. Ópalo
J. Retozo
K. Quezón
L. Unguis
M. Impeled
N. Estanques
Ñ. Lentas
O. Coquina
P. Ordenas
Q. Yantar
R. Oled
S. Tunantes
T. Evento
Acróstico: José Mallorquí, "El Coyote"
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lunes, enero 09, 2012
2011. Resumen del año lector
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Hala, a ver quién tiene repes. (El asterisco indica relectura).
1. “RIÑA DE GATOS” Eduardo Mendoza
2. “EL TIEMPO ENTRE COSTURAS” María Dueñas
3. “DÉJAME CONSOLARTE” Corín Tellado
4. “PEQUEÑOS DELITOS ABOMINABLES” Esther Tusquets
5. “POR LA PARTE DE SWANN” Marcel Proust
6. (*)“LAS APARIENCIAS” Antonio Muñoz Molina
7. “SANGRE SABIA” Flannery O’Connor
8. “ANATOMÍA DE UN INSTANTE” Javier Cercas
9. “LAS CIEGAS HORMIGAS” Ramiro Pinilla
10. (*) “EL RAPTO DE LAS SABINAS” Francisco García Pavón
11. “A LA SOMBRA DE LAS MUCHACHAS EN FLOR” Marcel Proust
12. “A VUESTROS CUERPOS DISPERSOS” Philip J. Farmer
13. “LOS HEREJES” Humphrey Slater
14. “CONVERSACIONES CON WOODY ALLEN” Eric Lax
15. “QUIETO” Màrius Serra
16. (*) “NADA DEL OTRO MUNDO” Antonio Muñoz Molina
17. “LA NIEBLA Y LA DONCELLA” Lorenzo Silva
18. “AGUIRRE, EL MAGNÍFICO” Manuel Vicent
19. “EL ALQUIMISTA IMPACIENTE” Lorenzo Silva
20. “SÉ LO QUE ESTÁS PENSANDO” John Verdon
21. “LOS ENAMORAMIENTOS” Javier Marías
22. “PÍO BAROJA” Eduardo Mendoza
23. (*) “SI TE DICEN QUE CAÍ” Juan Marsé
24. (*) “BELTENEBROS” Antonio Muñoz Molina
25. “CALIGRAFÍA DE LOS SUEÑOS” Juan Marsé
26. “GUERRA Y PAZ” Lev Tolstói
27. (*) “EL INVIERNO EN LISBOA” Antonio Muñoz Molina
28. (*) “EL REINADO DE WITIZA” Francisco García Pavón
29. (*) “BEATUS ILLE” Antonio Muñoz Molina
30. “NÉMESIS” Philip Roth
31. “EL JUEGO DE CLAUDIA” Laura Sánchez Becerra
32. “LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL” Gustave Flaubert
33. “EL ACIAGO DEMIURGO” Emil M. Cioran
34. (*) “EN AUSENCIA DE BLANCA” Antonio Muñoz Molina
35. (*) “CARLOTA FAINBERG” Antonio Muñoz Molina
36. “LA AGONÍA DE FRANCIA” Manuel Chaves Nogales
37. “LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS” Bartolomé Bennassar
38. “CUERPOS Y ALMAS” Maxence van der Meersch
39. “CARPE DIEM” Saul Bellow
40. “LA MUCHACHA DE LAS BRAGAS DE ORO” Juan Marsé
41. “BOMARZO” Manuel Mujica Láinez
42. “LA RETICENCIA DE LADY ANNE” Saki
De todo ello y dejando aparte las relecturas, el podio de este año lo ocuparían:
9. “LAS CIEGAS HORMIGAS” Ramiro Pinilla
38. “CUERPOS Y ALMAS” Maxence van der Meersch
41. “BOMARZO” Manuel Mujica Láinez
Por el contrario, los más señalados muermos serían:
3. “DÉJAME CONSOLARTE” Corín Tellado
4. “PEQUEÑOS DELITOS ABOMINABLES” Esther Tusquets (éste con categoría de chuminá de la tía Carlota).
39. “CARPE DIEM” Saul Bellow
.
Hala, a ver quién tiene repes. (El asterisco indica relectura).
LECTURAS AÑO 2011
1. “RIÑA DE GATOS” Eduardo Mendoza
2. “EL TIEMPO ENTRE COSTURAS” María Dueñas
3. “DÉJAME CONSOLARTE” Corín Tellado
4. “PEQUEÑOS DELITOS ABOMINABLES” Esther Tusquets
5. “POR LA PARTE DE SWANN” Marcel Proust
6. (*)“LAS APARIENCIAS” Antonio Muñoz Molina
7. “SANGRE SABIA” Flannery O’Connor
8. “ANATOMÍA DE UN INSTANTE” Javier Cercas
9. “LAS CIEGAS HORMIGAS” Ramiro Pinilla
10. (*) “EL RAPTO DE LAS SABINAS” Francisco García Pavón
11. “A LA SOMBRA DE LAS MUCHACHAS EN FLOR” Marcel Proust
12. “A VUESTROS CUERPOS DISPERSOS” Philip J. Farmer
13. “LOS HEREJES” Humphrey Slater
14. “CONVERSACIONES CON WOODY ALLEN” Eric Lax
15. “QUIETO” Màrius Serra
16. (*) “NADA DEL OTRO MUNDO” Antonio Muñoz Molina
17. “LA NIEBLA Y LA DONCELLA” Lorenzo Silva
18. “AGUIRRE, EL MAGNÍFICO” Manuel Vicent
19. “EL ALQUIMISTA IMPACIENTE” Lorenzo Silva
20. “SÉ LO QUE ESTÁS PENSANDO” John Verdon
21. “LOS ENAMORAMIENTOS” Javier Marías
22. “PÍO BAROJA” Eduardo Mendoza
23. (*) “SI TE DICEN QUE CAÍ” Juan Marsé
24. (*) “BELTENEBROS” Antonio Muñoz Molina
25. “CALIGRAFÍA DE LOS SUEÑOS” Juan Marsé
26. “GUERRA Y PAZ” Lev Tolstói
27. (*) “EL INVIERNO EN LISBOA” Antonio Muñoz Molina
28. (*) “EL REINADO DE WITIZA” Francisco García Pavón
29. (*) “BEATUS ILLE” Antonio Muñoz Molina
30. “NÉMESIS” Philip Roth
31. “EL JUEGO DE CLAUDIA” Laura Sánchez Becerra
32. “LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL” Gustave Flaubert
33. “EL ACIAGO DEMIURGO” Emil M. Cioran
34. (*) “EN AUSENCIA DE BLANCA” Antonio Muñoz Molina
35. (*) “CARLOTA FAINBERG” Antonio Muñoz Molina
36. “LA AGONÍA DE FRANCIA” Manuel Chaves Nogales
37. “LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS” Bartolomé Bennassar
38. “CUERPOS Y ALMAS” Maxence van der Meersch
39. “CARPE DIEM” Saul Bellow
40. “LA MUCHACHA DE LAS BRAGAS DE ORO” Juan Marsé
41. “BOMARZO” Manuel Mujica Láinez
42. “LA RETICENCIA DE LADY ANNE” Saki
De todo ello y dejando aparte las relecturas, el podio de este año lo ocuparían:
9. “LAS CIEGAS HORMIGAS” Ramiro Pinilla
38. “CUERPOS Y ALMAS” Maxence van der Meersch
41. “BOMARZO” Manuel Mujica Láinez
Por el contrario, los más señalados muermos serían:
3. “DÉJAME CONSOLARTE” Corín Tellado
4. “PEQUEÑOS DELITOS ABOMINABLES” Esther Tusquets (éste con categoría de chuminá de la tía Carlota).
39. “CARPE DIEM” Saul Bellow
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martes, enero 03, 2012
Damero Mardito, nº 33 (enero)
.
Ni un pelo de tonto
De las muchas excentricidades que
practicó en vida el animoso Adelardo Pacharán, viene a bien que
recordemos hoy (pues fue una decisión que tomó con el vigor con que
se emprenden los proyectos al nacer el Año Nuevo) su gusto por
dormir con la cabeza cubierta. No nos referimos desde luego a que se
la tapara con las mantas, edredones o cobijas de su cama, sino que se
tocaba de cualquier gorro o prenda similar. Ciertamente su idea venía
avalada por una incuestionable verdad científica: el calor que
concentra el cuerpo humano se pierde por la cabeza, como si nuestra
especie fuera una enorme cerilla encendida. Esta certeza la adornó
Adelardo con la variedad de su numerosa colección de gorros, gorras
y sombreros, siendo así que elegía uno distinto cada noche
anunciándolo a su esposa desde el cuarto de baño: “¡Bernardina
(su esposa se llamaba Bernardina), cariño, prepárate que hoy me
toca la boina!” Minutos después, Adelardo Pacharán se presentaba
con la cabeza así ataviada dispuesto a compartir el tálamo.
A consecuencia de este comportamiento,
las trifulcas conyugales antes de dormir fueron frecuentes, no ya
porque Bernardina se quejase de que meterse en el lecho con su marido
emboinado era como hacerlo con don Pío Baroja sino porque en
sucesivas jornadas la sorprendió cubriéndose con una montera de
torero, una gorra de béisbol, un sombrerito tirolés con su pluma y
hasta un charolado tricornio de Guardia Civil (que por cierto,
encontró muy cómodo como apoyacabeza). Pero todo terminó el día
que tras muchos ruegos y la promesa de ser el último en seguir con
esta conducta, Adelardo Pacharán consiguió encamarse llevando en la
cabeza un sombrero de mariachi mejicano... “Ustedes no saben lo que
me hizo sufrir a mí este hombre”, era la queja a la que
Bernardina, ya viuda, nos tenía habituados.
_______________________________________________
¿Dónde conseguir el Damero de este
mes? Pues como siempre, gratis total en su kiosco habitual. Aquí:
viernes, diciembre 23, 2011
"Los dos regalos"
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Para Consuelo de Lucas
En el decimoquinto o
decimosexto trayecto buscó en el bolso el lápiz de labios. Al revolver en el
interior sus dedos tropezaron con la fotografía. Bajo la luz de la farola
observó los ojos que la miraban desde la cartulina. Era un rostro juvenil que
conservaba aún curvaturas infantiles el que sonreía en la imagen. Una muchacha
bellísima con cabellera de fuego. Se echó a llorar y el rictus de la boca
mostró a nadie unas encías casi desdentadas. Siempre le pasaba lo mismo. Temía
revolver en el bolso y no vencer la tentación de recibir el golpe del pasado.
Cuando se calmó besó la foto, la guardó y se pintó los labios. El escaparate
oscuro de una ferretería hizo de espejo.
"Los dos regalos"
(Cuento de Navidad)
Cojeaba porque llevaba medio
roto un tacón del zapato. Caminaba calle arriba hasta la altura de un buzón.
Allí encendía un cigarrillo y emprendía la vuelta abajo. El otro hito era una
papelera desvencijada. Cuando llegaba, el cigarrillo se había consumido. Tiraba
la colilla al suelo y luego, vuelta a empezar.
En el decimoquinto o
decimosexto trayecto buscó en el bolso el lápiz de labios. Al revolver en el
interior sus dedos tropezaron con la fotografía. Bajo la luz de la farola
observó los ojos que la miraban desde la cartulina. Era un rostro juvenil que
conservaba aún curvaturas infantiles el que sonreía en la imagen. Una muchacha
bellísima con cabellera de fuego. Se echó a llorar y el rictus de la boca
mostró a nadie unas encías casi desdentadas. Siempre le pasaba lo mismo. Temía
revolver en el bolso y no vencer la tentación de recibir el golpe del pasado.
Cuando se calmó besó la foto, la guardó y se pintó los labios. El escaparate
oscuro de una ferretería hizo de espejo.
Un coche solitario le dedicó
un largo bocinazo. Las ruedas pasaron tan cerca del bordillo que le salpicaron
las medias con agua residual. No tuvo ánimos para responder con un gesto
obsceno.
Luego se estremeció y cruzó
los brazos sobre el pecho. Sudaba bajo el abrigo imitación piel como si la
noche fuera de verano. Pero era diciembre. Desde algunas ventanas llegaban
voces y la intermitencia de lucecitas de colores. Las ventanas, a veces, son
como calendarios. La soledad recogía el eco de sus zapatos como único vestigio
de vida en la calle. Frente a ella, los solares y la iluminación lejana de un
polígono industrial.
Cerca del buzón había un
teléfono público. Aún funcionaba pese a estar casi destrozado a martillazos.
Metió varias monedas. Tuvo que marcar tres veces porque el temblor de las manos
la llevaba a equivocarse continuamente.
—...
—¿Oye? ¿Me oyes?
—...
—Me prometiste traerme costo
para un pico cuand...
—...
—¿Tres horas? ¿Todavía te voy
a esperar tres horas, jod...
—...
—¡Nadie! ¿Quién va a haber? Ni
los canallas como tú están ahora en la ca...
—...
—Canall... Sí, un canalla, eso
es lo que eres, un cerdo y un canalla...
Colgó.
De nuevo se puso a llorar.
Golpeaba con la cabeza el teléfono. Pero sin mucha fuerza.
Retomó el paseo esperando tal
vez el milagro de un cliente. El caso es que se produjo. Un coche que venía en
su dirección fue aminorando la marcha. Dio un paso atrás para evitar nuevas
salpicaduras. El coche se detuvo a su lado y el ocupante bajó un poco la
ventanilla.
—¿Cuánto
llevas, niña?
Se acercó intentando que el
tacón roto no estropease un contoneo que quería ser sugerente. Ambos lados del
abrigo fueron como dos puertas que se abriesen para enseñar una colección de
huesos apenas vestidos por una camiseta publicitaria, unas medias y un tanga de
fantasía de tejido barato.
—Treinta
o cincuenta, depende de lo que quieras que te haga.
—¿A domicilio también?
—También.
—Pues móntate y arreando.
Subió al asiento de atrás. Su
cicatriz en la cara le recordaba siempre que nunca debía sentarse junto al
conductor. El cliente volvió la cabeza como si fuera un taxista que preguntara
una dirección.
—Hola,
guapetona. Vamos a pasar un buen ratito, ¿verdad?
—A lo mejor. Pero como me vuelvas
a decir guapetona me bajo, ¿has entendido?
—Huy, huy, qué humos tiene la
niña... Alegra la jeta, que es Nochebuena, mujer.
El hombre condujo veloz por
las avenidas desiertas. El espejo retrovisor retrataba su cara gorda y su barba
blanca. De haber llevado un gorro rojo con borlón hubiera sido imagen exacta de
Papá Noel.
—¿Vamos
muy lejos? Te lo digo porque luego me tienes que traer.
—Qué va, es aquí al lado. Ya
llegamos.
Tras alcanzar una bocacalle
oscura, se abrió el portalón de un garaje subterráneo. El hombre maniobró hasta
dejar aparcado el coche. Luego se sacudió las manos con satisfacción.
—No
habrá que subir escaleras, ¿no? Tengo un zapato roto.
—Pues vaya palomita que me he
buscado... Es broma. Hay ascensor. Venga, mueve el culo.
Alcanzaron un vestíbulo y el
hombre apretó un botón luminoso. Se oyó muy arriba un estrépito de mecanismos.
—Hoy
te habrán dicho muchas veces Papá Noel.
—Imagina. Cuando llegan estos
días es un latazo. Hasta he pensado afeitarme la barba y ponerme a régimen. Ni
andar puedo por la calle con tantos niños cabrones. Son la peste.
—¿Y siempre te entra el
apretón en Nochebuena, papanoel?
—Paso de estos rollos. Pero
sí, al menos me la ponen gorda, jé.
La puerta del ascensor se
deslizó dejando paso a un flash de luz lenta. En la cabina, la barriga del
hombre apenas dejó espacio para ella.
—Mierda,
un ascensor con espejos. No aguanto los putos espejos.
Se tapó la cara con el bolso
de plástico. Un goterón de sudor se deslizó desde la nuca. Bajo el abrigo
recorrió toda la espalda y cayó finalmente entre sus pies. Luego siguieron
varios goterones más hasta formar una mancha mínima sobre la moqueta.
—No se
te ocurrirá mearte aquí, ¿verdad?
—Es sudor, gilipollas. ¿No ves
el monazo que tengo?
—Pues aquí llevo yo un
platanito para ese mono, paloma. Un buen platanito.
El hombre rió su propio chiste
a la vez que le alzaba la barbilla. Ella despreció el gesto girando con
brusquedad la cabeza. Revoloteó su pelo de estropajo.
—No
protestes. Vamos a pasarlo bien.
El ascensor se detuvo y
salieron a un pasillo iluminado tan solo por una lámpara de emergencia. El
hombre sacó un manojo de llaves y abrió la puerta. La única de la planta.
Encendió la luz del recibidor y con el brazo le ofreció la entrada.
—Pasa
a mi nidito, gorriona.
Iba encendiendo luces a medida
que se internaban en la vivienda. Llegaron a un salón y ella se desplomó en un
sofá. Sujetando el bolso se dobló por la cintura. Tiritaba. El hombre mientras
tanto se quitó el abrigo de cuadros, lo arrojó en un sillón y se quedó
mirándola acariciándose la barba. Ella encendió un cigarrillo. Agitó el fósforo
para apagarlo y lo tiró al suelo. Dio una calada profunda y echó el humo por la
nariz.
—Págame
ahora y empecemos de una vez.
—¿Cómo? ¿Pago por adelantado?
Tranquila niña. ¿No te apetece antes una copa?
—Escucha papanoel, no he
venido a un bar. O me pagas ahora o me largo.
El hombre sacó la cartera de
un bolsillo trasero del pantalón. Chascó la lengua como si ahuyentase a un
perro. Contó unos billetes y se los alcanzó formando una pinza con dos dedos.
—Cincuenta.
Y diez de propina. Es Nochebuena.
—A la mierda la Nochebuena. Vamos
a lo que vamos.
Guardó con fastidio el dinero
en el bolso sin contarlo. Aplastó con rabia lo que quedaba de cigarrillo en un
cenicero. Se levantó y también se quitó el abrigo. Se ajustó las medias que
formaban arrugas a todo lo largo de sus piernas flacas. Sobre el ombligo
llevaba el tatuaje de una serpiente arrollada en un corazón. Adoptó una postura
en la que el patetismo vencería siempre a la procacidad.
—¿Aquí
mismo te viene bien, papanoel? Si no tienes gomas yo llevo en el bolso.
—¿Gomas? Escucha, te he dado
diez de propina. Tengo alergia a las gomas.
—Pues sin goma son veinte más,
a ver qué te has creído. Además tengo el bicho dentro, te lo advierto.
—Me gusta el riesgo... Y deja
ya de joder con las prisas, eh. Primero quería hacerte un regalito que seguro
te va a encantar. Una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas,
papanoel. No me gustan las sorpresas. Así que no me sigas jodiendo, te lo pido
por favor, ¿no ves cómo estoy?
Se volvió a sentar en el sofá
como un pájaro que cayera al vacío. De nuevo acudió un llanto que agitaba sus
hombros y clavículas. Una frágil estructura de alambres. El tipo tomó de una
estantería un pequeño cofre de madera con motivos hindúes y lo puso sobre la
mesa del sofá. Abrió la tapa. Ella se limpió de lágrimas y mocos con el dorso
de la mano. Miraba sorprendida los objetos que, uno a uno, iba sacando del
cofre. Una cinta de caucho, una cuchara, un papel doblado y una jeringuilla
nueva embalada aún en su aséptica funda de plástico. El llanto dio paso a una sonrisa
que mostró sin pudor su dentadura almenada.
—Los
avíos del puchero, paloma. ¿Te gusta o no te gusta ahora el regalo de tu Papá
Noel?
—Joder, tío, no me jodas...
Dime que no estoy soñando.
—Ahora te traigo agua. ¿Te
sirve una vela para hervirla?
Mientras él iba por el agua,
abrió la papelina y con la punta del meñique humedecida en saliva atrapó un
poco de polvo blanco. Lo saboreó como algo delicioso y un breve fulgor incendió
sus ojos con una belleza pasajera.
El hombre trajo una botella y
una vela roja. Le pidió los fósforos y la prendió. Dejó caer unas gotas de cera
sobre la mesa y en ellas fijó la vela. Con el temblor del ansia, sin ninguna
vergüenza, procedió con el ritual mil veces repetido atándose la cinta de goma
en torno a un brazo escuálido curtido por el sarampión de las picaduras.
—¿Y es
jaco? ¿Jaco de verdad, papanoel? Sabía raro pero guay.
—¿No te fías de mí? Caballito
del bueno, niña. Vas a galopar.
—No puedo fiarme o no fiarme.
Ahora me metería lo que fuera.
El agua mezclada con el polvo
bullía en la cuchara sobre la llama oscilante de la vela. Con sus pocos dientes
apretó la goma dejando libres las manos para llenar la jeringuilla. Luego se
golpeó el interior del codo buscando el estímulo de las venas y pinchó. Con
lentitud hizo entrar el líquido y luego bombeó extrayéndolo y mezclándolo con
sangre. El contenido tomó un color escarlata difuso antes de desaparecer por
completo. Cerró los ojos, suspiró muy hondo y dejó reposar la nuca en el
cabecero del sofá.
—El
cielo. Ahora estoy en el cielo, papanoel. Un pico así vale lo menos sesenta o
setenta. ¿Por qué me lo has regalado?
—¿No lo deseabas?
—No te imaginas cuánto... No
lo puedes imaginar.
El hombre se sentó junto a
ella y recogió todos los elementos con cuidado. Le quitó la goma y la dejó en
la mesa junto a la jeringuilla. Observaba curioso sus ojos entrecerrados y su
boca balbuceante de tranquilo placer.
—Sabía
que era tu mayor deseo, paloma.
—Qué jaco más bueno... qué
jaco más bueno, papanoel... Tengo siempre otro deseo pero es un secreto. Nunca
se lo digo a nadie. Ay, qué jaco...
—¿Ni siquiera a mí?
—Ni a ti. Es mío. Lo único mío
que me queda... ay, qué jaco más guay... Anda, se bueno y déjame relajarme un
rato. Luego ya verás... te voy a hacer todo lo que quieras... lo que se te
ocurra... papanoel... un regalo...
El hombre esperó unos minutos
hasta tener la certeza de que había quedado completamente dormida. Le alzó un
brazo y lo dejó caer. Después hizo lo mismo con una pierna. Luego le quitó los
zapatos y las medias salpicadas de barro. Se incorporó y se acercó hasta un
mueble. Abrió un cajón y cogió del interior unas tijeras. Volvió a ella y cortó
la camiseta publicitaria para desnudarla sin esfuerzo. También cortó la cintura
del tanga. Sin ropa, el cuerpo desnudo era el de un ave desplumada.
Con todo cuidado la levantó en
brazos y se dirigió con su carga a un pasillo. La cabeza caía hacia atrás
soltando una melena como un reguero de estopa apelmazada. Los pies colgaban
mostrando sus tendones aristados. Fue abriendo con la espalda puertas encajadas
hasta llegar finalmente a una habitación. Con el codo accionó el interruptor de
una lamparita de noche. Al dejarla sobre la cama el cuerpo se crispó un segundo
y tuvo que esperar a que se calmara de nuevo. De un armario sacó un paquete
envuelto en papel de regalo. Trató de no hacer ruido al abrirlo. Era un pijama
de felpa estampado de ositos y estrellas de colores. Tuvo que esforzarse pero
pudo vestirla sin brusquedad. Después la alzó de nuevo, abrió las mantas y
depositó allí su leve cargamento. Fue arropándola con cuidado sin prestar
atención a sus balbuceos de bebé, pero pudo ver que sus ojos se entreabrían un
momento, brillantes y acuosos. Colocó bien el embozo poniendo toda la
delicadeza que pudo en cada pliegue. Le dio unos golpecitos en el brazo que ya
debía sentir la calidez de las mantas y, finalmente, se acercó a su cara. La
besó en la frente. Tal vez las cosquillas de su barba blanca la devolvieron un
momento de su nebulosa.
—...
Era mi secreto... el mío.
—Chsss... Ya lo sabía. Ahora a
dormir, chiquilina. Es Nochebuena.
El hombre salió de la
habitación dejando la lamparita encendida. Luego cerró la puerta y se frotó las
manos.
De nuevo en el salón hizo una
llamada desde un teléfono móvil. Mientras esperaba contestación se fue poniendo
el abrigo de cuadros.
—...
—¿Oyeee? ¿Estáis ya en la
calle?... Sí, he acabado. Ahora mismo bajo.
*****
Se reunió con los otros en la misma puerta de
acceso al edificio. Uno, ya mayorcito, iba vestido todo de cuero negro, llevaba
una larga barba castaña y aunque medio calvo, el pelo lo recogía en una coleta.
El otro era un negro decrépito al que parecía venir grande la ropa. El pelo
blanco de borra en contraste con la oscuridad de la piel lo hacía negativo de
fotografía. Si hubiera llevado una trompeta en la mano se confundiría con un
anciano jazzman. El de la coleta amagó un golpe de broma sobre la barriga del
barbablanca.
—Eh,
deja el boxeo para luego. No perdamos tiempo y vamos cuando queráis.
—Tranquilo, tenemos toda la
noche ¿Salió bien lo tuyo?
—Perfecto. Tuve que emplear el
lenguaje duro porque es al que está acostumbrada. De otra forma se hubiera
asustado. Al final se tragó el anzuelo del somnífero. Hubiera sido mejor darle
un baño caliente pero temí espabilarla. De todas formas he dejado una nota en
la mesilla. Ya la leerá mañana cuando despierte. ¿Y lo vuestro?
—Bien, todo bien también. Bueno,
éste como siempre, quejándose de no ir en coche, ya sabes.
—Tengo uno en el garaje de
aquí, si queréis...
—Deja, ya sabes que le
conviene moverse.
—Ay, zeñó, zeñó... Tóooa la
santa noche cami'ando y cami'ando.
Echaron a andar mientras el barbablanca
charlaba con el de la coleta. El negro se fue adelantando calle abajo.
Barbablanca miró hacia arriba y comprobó el resplandor tenue que salía de una
ventana. La señaló a su compañero.
—Pobrecilla.
Un pijama de niña, una cama calentita, que la arropasen y que le dieran un beso
de buenas noches. Era todo cuanto quería. Pobre, pobre chiquilla.
—Sí, pobre gente toda. Más de
dos mil años visitándolos y siguen igual, empeñados en la infelicidad.
—Llegó a confundirme con él.
Es increíble que soporten su ridícula campanita y su jojojó. No lo habréis
visto, ¿verdad?
—Ni olerlo. Nos hemos
adelantado a su zona.
—El caso es que el trabajo se
nos acumula con esto de la nueva campaña de re-captación. La cuestión es
restarle clientela, ya lo sé, pero me siento raro trabajando hoy.
—Bah, un día de más qué
importa... Eh, mira ése la marcha que ha cogido... ¡Eh, negrito, no te
adelantes tanto!... "Mami qué será lo que quiere el neeegroo... Mami que
será lo que quiere el neeegrooo..." ¡Espéranos, hombre!
—Déjate, déjate que ya sabes
el pronto que tiene.
El negro desapareció al doblar
una esquina. Segundos después sucedió lo mismo con el de la coleta y
barbablanca, pero antes volvió a mirar hacia la ventana levemente iluminada. Silencio.
Cuando alcanzaron al negro, una estrella fugaz rasgó el cielo y por todo
rastro, flotando en el aire, quedó tras ellos un finísimo polvo de oro.
© Sap. es.humanidades.literatura
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