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Servidor se limitó a contar una mínima anécdota. Mi amigo Óscar Maif y su prima, Jarita Chiloeches, le dieron empaque de ilustración.
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Servidor se limitó a contar una mínima anécdota. Mi amigo Óscar Maif y su prima, Jarita Chiloeches, le dieron empaque de ilustración.
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La jaula de los monos
No sé qué extraña conjunción de olores que me ha asaltado esta mañana en una calle ha hecho que me traslade a la vieja y enorme jaula de monos que había en el Parque cuando yo era niño.
En aquellos años de poca conciencia ecológica, convivían en tal prisión toda clase de simios: una pareja de chimpancés, varios mandriles, macacos gibraltareños, monos aulladores, diminutos titís. La algarabía constante de esa república vocinglera y hedionda la azuzaban además los espectadores que no dejaban de arrojar a los monos cacahuetes, trozos de plátano, chicles, pan duro y hasta cigarrillos encendidos porque los chimpancés eran contumaces fumadores. Las peleas en el interior eran feroces y las conductas reprobables: los primates simulaban coitos, se masturbaban como exhibicionistas, o excretaban mostrando el culo (muy colorido en el caso de los mandriles machos) al público congregado. Todo aquello, claro está, que mezclaba el maltrato animal de los mordiscos junto con el atentado a la moral que suponían las continuas prácticas sexuales de los micos, hizo que la delegación municipal de Parques y Jardines decidiera el cierre y desmantelamiento de la memorable jaula de los monos de tan felice memoria.
Bien, sirva todo lo escrito para comentar que, en efecto, el olor que me llegó hace unas horas actuó como magdalena proustiana y me llevó a aquella jaula y a sus desgraciados y apestosos prisioneros, un olor que, no sé a qué rara relación obedecía, lo asocié siempre con el de un corrupto betún de los zapatos.
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2. “La verdad en Tres días del 33” Ramón Pérez Montero1. “Baumgartnen” Paul Auster4. “El fin de la ciencia” Manuel Lozano Leyva3. “Esperando a los bárbaros” J. M. Coetzee6. “El bombero de Pompeya” Miguel Ángel García Argüez5. “Retratos españoles” Ernesto Giménez-Caballero8. “Crónica de un asesino de Buenos Aires” Claudio Goldoni7. “La Historia empieza en Sumer” Samuel Noah Kramer10. “Españoles de tres mundos” Juan Ramón Jiménez9. “La antigua Esparta” Juan Miguel Casillas12. “Una historia particular” Manuel Vicent11. “La juventud de Cervantes” José Manuel Lucía Megías14. “Sátiras, epístolas, arte poética” Horacio13. “Persiguiendo a Einstein” Antonio y Eduardo Acín16. “La vida breve” Juan Carlos Onetti(*) 15. “Tan triste como ella y otros cuentos” Juan Carlos Onetti18. “Mi prima Rachel” Daphne du Maurier17. “Confesiones de un inglés comedor de opio” Thomas de Quincey20. “Te golpearé sin cólera y otros cuentos” Antonio Muñoz Molina19. “Destino y destiempo de Max Aub” Antonio Muñoz Molina22. “Las posibilidades” David Eloy Rodríguez21. “España en 1700” VV. AA.24. “La mano en el fuego” Juan Antonio Bermúdez23. “39 (simples) cuentos filosóficos” VV. AA.26. “Teoría general de sistemas” Ludwig von Bertalanffy25. “La madurez de Cervantes” José Manuel Lucía Megías
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Manuel Vicent recuerda en su libro lo que dijo Borges en uno de sus relatos: a consecuencia de someter a la esclavitud a los negros, disfrutamos hoy del blues y del jazz. Y yo pregunto, ¿existiría la literatura en un mundo feliz, justo, organizado? Pues seguramente, pero carecería de todo interés. En el cóctel de la literatura, el amargo zumo del sufrimiento es el principal ingrediente, declaró Gunda Paxcallo.
Ayer, al abrir una puertecilla y verlos ahí dentro —los conservo todos— después de mucho tiempo, recuperé un recuerdo: el placer completo que representaba para mí cuando niño el reunir el dinero suficiente para poder comprar en la papelería-librería de Luis Nogales, en la avenida de los Teatinos, un libro de la colección Historias Selección de Bruguera. Salía solo de casa y allá me dirigía, pues aquel era un gozo estrictamente solitario, llevando las monedas justas apretadas en el puño. El propio Nogales —gordinflón, calvichi, con bigotito— ponía sobre el mostrador los ejemplares que entonces tuviera. ¡Qué difícil era elegir solo uno! Mi decisión la determinaba casi siempre la portada, pues apenas conocía títulos fuera de los habituales.
Todavía me emociona el verdiazul que tanta profundidad daba al mar donde, luchando contra las olas, Robinson Crusoe se salvó del naufragio agarrado a un trozo de mástil; un color que tanto me perturbó y que tantas promesas de placer contenía. Allí estaban la felicidad (mía) gracias al padecer de otro (Robinson).
Compruebo ahora que en el mercado electrónico de libros de segunda mano, se puede conseguir un ejemplar de él en perfecto estado por poco más de 1 euro. Qué tristeza.
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