jueves, enero 03, 2013

2012. Resumen del año lector

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Hala, a ver quién tiene repes. (El asterisco indica relectura).


LECTURAS DEL AÑO 2012

1. “En mares salvajes” Javier Reverte

2. “Conversación en La Catedral” Mario Vargas Llosa

3. (*)“Madame Bovary” Gustave Flaubert

4. “Suave es la noche” Francis Scott Fitzgerald

5. “Misteriosa Buenos Aires” Manuel Mugica Laínez

6. “Ágata ojo de gato” José Manuel Caballero Bonald

7. “El mapa y el territorio” Michel Houellebecq

8. “La casa de Lúculo” Julio Camba

9. “Bélver Yin” Jesús Ferrero

10. “Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones” Charles Bukowski

11. “Diario de invierno” Paul Auster

12. (*) “Cartas a Mílena” Franz Kafka

13. “Darse a la lectura” Ángel Gabilondo

14. “El fin de la raza blanca” Eugenia Rico

15. “Un inquietante amanecer” Mari Jungstedt

16. “La hija de Robert Poste” Stella Gibbons

17. “Contra el viento del norte” Daniel Glattauer

18. “Elegía” Philip Roth

19. “El animal moribundo” Philip Roth

20. “La novia de Matisse” Manuel Vicent

21. “La conjura contra América” Philip Roth

22. “Claraboya” José Saramago

23. “Grandes esperanzas” Charles Dickens

24. (*) “El Buscón” Francisco de Quevedo

25. (*) “El jinete polaco” Antonio Muñoz Molina

26. “Cuentos de amor de locura y de muerte” Horacio Quiroga

27. (*) “Juegos de la edad tardía” Luis Landero

28. “Sigfrido” Harry Mulisch

29. “La yurta. Relatos del lado oscuro del alma” Manuel Pimentel

30. “Rating” Alberto Barrera Tyszka

31. “Suite francesa” Irène Némirovsky

32. “Niños feroces” Lorenzo Silva

33. “Aquella edad inolvidable” Ramiro Pinilla

34. “La gaviota” Sándor Márai

35. “El ardor de la sangre” Irène Némirovsky

36. “El enredo de la bolsa y la vida” Eduardo Mendoza

37. “Tiempo de guerras perdidas” José Manuel Caballero Bonald

38. “El rey y la reina” Ramón J. Sender

39. “La buena muerte” Alfonso Grosso

40. “El amante bilingüe” Juan Marsé

41. “En la vida de Ignacio Morel” Ramón J. Sender

42. “Prosas apátridas” Julio Ramón Ribeyro


Curiosamente, el número de lecturas de este año -42- coincidió con el de 2011. Pero de todo ello y dejando aparte las relecturas, la Medalla de Oro de este curso lector se la engancharía en la solapa aaaaaa:

1 - "Conversación en La Catedral" de Mario Vargas Llosa. A mi juicio, una obra maestra, de esas pocas con las que nos cruzamos en la vida.

Por contra, el Babuchazo de Muermo Triple Cero va dirigido aaaaaaa:

000 - "Darse a la lectura" de Ángel Gabilondo. El exministro de Cultura, hermano del periodista Iñaki, consigue en su ensayo lo contraramente pretendido, esto es,  hace abominar del ejercicio lector, tanto es el aburrimiento que logra inyectar en el incauto. 
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jueves, diciembre 27, 2012

Placeres Mundanos, nº 27

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Raclette: Jugar a los cacharritos


Hace unos días recibimos en casa alborozados el regalo de una raclette por parte de nuestros queridos primos de Alemania. ¿Y qué es eso?, preguntará el ignorante lector que no siendo cliente del Lidl, pasee ahora mismo sus ojazos por estos renglones. Pues verá, yo se lo explico, dama o caballero: Una raclette es tanto un artefacto de origen suizo como el nombre de un tipo de queso también suizo, un aparato a medio camino entre la fondue helvética y la plancha de toa la vida. (¿Es Ud. suizo? No, yo no soy su-izo, soy mi-izo).

Como digo, el aparato tiene su origen en el país donde se ideó el reloj de cuco y la navaja multiusos, pero su popularidad se ha extendido tanto por Alemania que son muchos germanos los que creen suya tal invención, siendo así, que desde unas décadas a esta parte, la cena habitual de Nochevieja en muchos hogares tedescos se ha institucionalizado en torno a una raclette y a su singular modo de preparar y fagocitar los alimentos.

Sin enredarme ahora en una lección de historia de la gastronomía que nos lleve a los valles y montañas donde habitaron Heidi y su abuelito, pasaré sin dilación a explicar el manejo de la raclette moderna y en cómo debemos comportarnos cuando nos inviten a cenar con ella de por medio.

 Como adelanté, el aparato cocinador consiste básicamente en una resistencia que calienta una plancha en la parte superior y una zona de “fundición quesera” en la inferior (fig. 1). La raclette es eléctrica y se dispone en el centro de la mesa, por lo que debemos tener prevista una cercana toma de corriente. Los comensales, sentados o de pie o a la pata coja, que hay gente muy rara, se dispondrán en torno a ella y cada uno gozará para su uso particular —aparte de plato y cubiertos— de una sartencilla especial y una espátula de madera para raclettear (o sea, rascar) (fig. 2).




El modus operandi consiste en un sencillo “hágaselo Ud. mismo” o como hubiera dicho el Mahatma Gandhi, “que cada perro se lama su cipote”. Quiero decir que una vez dispuestos los alimentos alrededor del cacharro (fig. 3), cada comensal se servirá en su sartencilla lo que le venga en gana con mayor o menor fortuna en la combinación de texturas y sabores, lo cubrirá con una loncha de queso,  colocará esta sartén de la Señorita Pepis bajo la plancha, esperará a que el queso funda y de ahí al plato y luego a la boca.

En efecto, el queso indicado para la raclette es el también llamado… raclette. Un queso muy aromático y suave hecho con leche de vaca. El de la imagen (fig. 4) lo encontré en la charcutería del hiper Alcampo (no llegó a 6 pavos el medio kilo) y solicité de la amable dependienta que me lo cortase en lonchas finas. Así lo hizo hasta que, dada su forma triangular, empezaron a sangrarle las puntas de los dedos a la pobre. La marca adquirida fue “Pere Eugene” —sírvanse de poner Uds. los acentos—, acreditado fabricante de quesos helbético (lo escribo con B porque parece que el tal Tío Eugenio era seguidor der Beti güeno).

En este mi primer experimento, y para ahorrar cacharrerío que puede llegar a ser infinito, agrupé las viandas en unos pocos platos, siendo el primero el del dichoso queso. Luego, dispuse cebolletas, calabacines y champiñones (fig. 5). En otro, espárragos verdes, tomates cherry y patatas churry (fig. 6). En el de más allá, chistorras troceadas y carne de cerdo ibérico cortada en finas tiras (fig. 7). 




Finalmente, también presenté unas anchoas (fig. 8) y pan cortado en finas rebanadas. Como digo, las combinaciones y la inclusión de otros elementos (por ejemplo, piña o gambas) se supedita a la imaginación y gusto de cada uno.

Encendido el aparato, lubricaremos con un poco de aceite de oliva la superficie de la plancha y cada cual irá depositando en ella lo que crea conveniente, principalmente, claro está, la carne. A la espera de que lo dispuesto se vayan cocinando (fig. 9), charlaremos alegremente (aunque advierto que la charla se basa en un patrón repetido: “Pásame esto, pásame aquello, ¿esto es tuyo?, ¿me pasas la sal?, ¿Y pimienta, no habéis traído la pimienta?”, etc). Acto seguido, pondremos lo cocinado en las sartencillas, cubriremos con queso y esperaremos que funda en el piso de abajo a la vez que vamos preparando la siguiente combinación, ¿me siguen? En nuestro caso fuimos 4 los manducantes y dado que disponíamos de 8 sartenes, pudimos apañarnos la mar de bien a un ritmo incesante, pero que a poco que uno se descuide, llega a estresar.

De todas las combinaciones que ensayé, me quedo sin duda con lo que he bautizado como “Bocadito arracletado del Tío Sap”, esto es: Se coloca una rebanada fina de pan —previamente tostada en la plancha—, sobre ella y con el aditamento de una rodajilla de champiñón como colchón, hacemos dormir un ‘ménage à trois’ de anchoas que cubriremos decentemente con un pimiento del piquillo a modo de manta. Ocultando el conjunto, la susodicha sábana de queso y p’adentro. Un par de minutos bastan para que el calor haga de todo un todo con resultados para el paladar ciertamente brillantes (fig. 10).



Sin duda la experiencia resultó ser muy interesante y divertida (era un poco como jugar a la cocinita de Pin y Pon)  aunque, a riesgo de que los ortodoxos me salten a la yugular, me gustaría repetirla, pero esta vez a cielo abierto durante una noche veraniega, suave y tranquila, como las que por ejemplo, se dan en Karlsruhe en el mes de agosto y teniendo como acompañantes a los primos que nos regalaron tan singular aparato. Según me comentan, tan fuera de fecha, el escándalo y pitorreo por parte de los vecinos parece estar garantizado.
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domingo, diciembre 23, 2012

Felicitación, 2012


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Como cada año, acuso recibo del tarjetón que con toda amabilidad me remite un querido amigo de este blog, el Sr. Sieso, agente infiltrado en la Blogosfera por las combativas "Brigadas Scrooge". 
 
 
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viernes, diciembre 14, 2012

Crisis, what crisis?: Ayudemos a Rafael.

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Si en las guerras del Amor cualquier fin y el uso de toda clase de armas están justificados, la táctica empleada por el redactor de este pasquín — que encontré fijado cerca de la entrada del bar donde desayuno—, tan adaptada a los aciagos tiempos que vivimos, la auguro exitosa. En esta exposición de tribulaciones sentimentales, empero, se cuelan dos elementos que ayudarán al firmante a la consecución del objetivo: Su aseveración de que a pesar del hundimiento económico del país, tiene pagada su hipoteca y goza de un trabajo fijo.

Junto a tales ventajas, Rafael —que así se hace llamar nuestro hombre— no pone trabas a la edad de las candidatas, siendo amplísimo su espectro: desde los 35 a los 50 años. En cambio, la amenaza que como rúbrica estampa al final del texto, llena de consternación a cualquier lector sensible: Rafael está decidido a abandonar España si no se atiende su petición.

Por todo ello, y porque es fácil advertir que Rafael debe ser una buena persona, animo a las innumerables señoras seguidoras de este blog a que, si reúnen las condiciones requeridas, se pongan en contacto de inmediato antes de que el peticionario, atendiendo la llamada del Canadá por su necesidad de mano de obra, se embarque en el primer avión con el corazón destrozado. En nuestro país no sobra desde luego gente así.
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No deje de visitar otras entradas de la fastuosa serie "Crisis, what crisis?":
- Me pareció ver un lindo gatito.
- Bailando.
- Corrección.
- El huevo duro.
- Cuando ya se vendió todo el oro.
- La buena letra.
etc.
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jueves, diciembre 06, 2012

Damero Mardito, nº 44 (diciembre)

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Fetichismo ilustrado


"Reconozco mi vicio y sus consecuencias, pero me resulta imposible leer si al mismo tiempo no estoy comiendo. Entiéndaseme: no es que me lleve el libro a la mesa familiar durante el almuerzo o que abra el periódico en el bar a la hora del desayuno. No. Mi vicio es más complejo y a lo que creo, menos habitual. Verán: el acto de leer debe producirse siempre en el mismo sitio, esto es, mi sillón favorito. Pero necesariamente debo ejecutarlo comiendo —en general un bocadillo— porque ya no entiendo la lectura si el ritmo del relato o la eufonía de los versos no vienen acompañados por la sonoridad mezclada de la masticación y la garganta degluctiva. Este ritual es la causa de que las páginas de todos mis queridos libros se encuentren llenas de manchas. Manchas de grasa, de aceite vegetal, manchas coloreadas por el pimentón del chorizo, manchas acompañadas a veces por restos de pan endurecidos que se acumulan en los intersticios del papel. Asumo que se me pueda acusar de sucio e indolente pero en mi defensa puedo argüir que he acabado especializándome y por tanto, sofisticándome.

A la larga, la acción subconsciente ha hecho que determinados autores luzcan en sus escritos manchas en exclusiva sin relación aparente; y así, con sorpresa, observo que las novelas de Faulkner se encuentran repletas de rosada grasa del salchichón. A Proust lo reconozco por el ketchup de las hamburguesas; a Joyce por la amarilla mostaza; a Borges por la permanencia olorosa de las manchas de chistorras... y así todos. Hasta Galdós. Las páginas de sus novelas contemporáneas están veladas por el aceite de mis bocadillos de sardinas. La conexión es clara, ¿existe mejor acompañamiento para "Fortunata y Jacinta" que la áurea pringue de unas sardinas en conserva?

P.D.: Esta debilidad tiene su contrapartida: Nunca me prestan libros."


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¿Que dónde conseguir el Damero Mardito de este mes? Pues como siempre, en su kiosco habitual y gratis total. Aquí: El Damero del Vecind(i)ario

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lunes, noviembre 19, 2012

Historias Mínimas: La plaza de moscas.

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Fue que mi hermano Jaec, cuya imaginación era como agua incontenible en un cubo agujereado, dio en inventar la dipteromaquia y construyó con cartulina una plaza para torear moscas a las que previamente había desprovisto de alas. Cuando se aburrió del juego tras muchas tardes de gloria producto de faenas memorables y siendo como era, tan buen comerciante como creador de juegos, trató de vender el coso y todos sus pertrechos a nuestro otro hermano, San Joan. Para engatusarlo bien, desplegó ante él todas las maravillas de la construcción y sus inagotables posibilidades de entretenimiento, pasando a explicarle luego con ejemplos prácticos el desarrollo de aquella lidia de insectos.

La plaza, como digo, estaba hecha de cartulina utilizando la técnica de los recortables: tijeras y pegamento Imedio. El ruedo, como de un palmo de diámetro y pintado de amarillo con lápiz de color, lo delimitaba una barrera a la que no le faltaban burladeros. Alrededor de ella, el escalonado graderío lo pobló de espectadores que eran diminutos muñequitos también recortados, personajes que encarnaban el tópico del tipismo: un gordo con sombrero cordobés fumaba un puro, una señora lucía una mantilla, otros levantaban sus bracitos entusiasmados por lo que acontecía en el redondel, un vendedor de refrescos se paseaba entre el público... Llenar de aficionados las gradas poco le costó a Jaec, acostumbrado como estaba a abarrotar cuadernos de miles de muñequitos apretados que simulaban los ejércitos de sus países imaginarios. Finalmente, sobre toda aquella arquitectura de papel, un último círculo simulaba una arquería dibujada con rotulador.

Pero si todo aquello entusiasmó a San Joan, fue el proceso de la faena lo que lo cegó definitivamente y lo hizo decidirse por la compra. En su enseñanza, Jaec comenzó mostrando cómo se disponía una pequeña caja de cerillas en una apertura que a manera de chiquero se comunicaba con el ruedo. Sólo había que empujar con un dedo el cajoncillo de la cajita para que apareciese, deslumbrada tras el oscuro encierro, la primera mosca de la tarde. Mosca a la que Jaec, como dijimos,  había desprovisto de alas (la dipteromaquía voladora es complicadísima) para facilitar su lidia. La faena la realizaba él mismo, ayudado por un trocito de papel higiénico que a manera de muleta pasaba por encima del insecto de una manera más o menos artística. También él simulaba entre dientes los murmullos del público, sus ovaciones o su descontento y si consideraba que la mosca era brava, embestía bien y tenía trapío suficiente como para no corretear atolondrada, tarareaba el pasodoble cañí que exigía la afición. Cuando el tercio tocaba a su fin, Jaec solicitaba el trasto de matar, así en singular, porque no era otro que un alfiler. Seguidamente cuadraba a la mosca, guiñaba un ojo, apuntaba con el estoque y lo hundía en el hoyo de las agujas ensartando al bichito sin que hiciera falta descabellarlo. Un nuevo murmullo imitaba al público enaltecido que al no poder reclamar las orejas y el rabo del insecto, exigía la pronta salida al coso de otra mosca con la que continuar la diversión.

Cuando terminó el espectáculo, San Joan, decidido a pagar lo que fuera por aquella maravilla que trasladaba la práctica del arte de Cúchares a nuestra mesa de formica del comedor, preguntó el precio.

— Te vendo la plaza por un duro —fue la contestación de Jaec.

La cantidad resultó alarmante. Verdaderamente, cinco pesetas representaban una pequeña fortuna para nuestra economía infantil. San Joan, como mucho, había pensado en las dos o tres pesetas que como era usual en nosotros, hubiera hurtado del monedero de la tita Anita. Pero un duro era una palabra mayor, lo abocaba casi a la delincuencia. Así que viendo que nuestro hermano pequeño daba marcha atrás en sus deseos de compra, Jaec empleó una de las más antiguas artimañas de charlatán de feria para acabar de convencerlo:

— Es que si me compras la plaza, te llevas de regalo esto...

Y sacó de no se sabe dónde una caja de cerillas de aquellas grandes de cocina.

— Ábrela con cuidadito —le dijo a San Joan.

Dentro de ella y con no poca sorpresa, descubrió un rebullir de moscas sin alas; tal vez un centenar de moscas enloquecidas sobre las que Jaec, para alimentarlas, había esparcido un puñado de azúcar.

— ¡La ganadería!

Este detalle decidió finalmente al comprador. San Joan, buscó detrás del portarretratos que exhibía una foto de la boda de la Mari el monedero de la tita, lo abrió, encontró el duro entre la pobre calderilla y sin perder más tiempo, se lo entregó a Jaec cerrando por fin el trato para alegría de ambos, pero sobre todo de Jaec, que siempre tuvo algo de vendedor gitano de borricos.

El hurto lo descubrió la tita a la mañana siguiente, porque robarle alguna peseta o monedas de dos reales o de gordas era un hecho que casi siempre pasaba desapercibido, pero los duros no. Los duros los tenía contados. Así que implicando al tito y a mamá, preguntando a unos y amenazando a otros, el culpable no tuvo más remedio que cantar de plano. Cuando después de restituir la moneda a su dueña, quedando San Joan sin su plaza de moscas y Jaec con el negocio deshecho, se descubrió el objeto de la transacción —la plaza—, pero sobre todo, el obsequio añadido —la caja llena de moscas enloquecidas—, los gritos de horror de las mujeres obligaron a que todo aquel aparataje acabara haciendo compañía a las pieles de patatas en el cubo de la basura.  Fue el punto final. La dipteromaquia y el único diestro que la practicó, mi hermano Jaec, terminaron su ciclo para alivio de las moscas de casa pero para desgracia de una afición que, aunque de papel, siempre se mostró entregada.
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miércoles, noviembre 14, 2012

"Aquella edad inolvidable" Ramiro Pinilla

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En su novela “Crónica de una muerte anunciada”, Gabriel García Márquez desvelaba al lector lo que iba a ocurrirle a Santiago Nasar en los dos primeros párrafos. Algo así es lo que hace Ramiro Pinilla en su última obra, pues en la primera página ya nos indica cuanto va a suceder sin que por ello —y este es su gran mérito— anule el interés del lector por continuar pasando páginas; al revés, lo acrecienta. Lo que demuestra que si es un final con sorpresa lo que vale la pena de una novela, es que la novela no tiene importancia y pare Ud. de contar.

“Aquella edad inolvidable”, la última novela del veterano autor vasco, es la narración de un infortunio y una obcecación, pero también la crónica de una derrota que a pesar de todo, no se doblegará a la indignidad: Souto Menaya, joven albañil de San Baskardo en Getxo, el territorio mítico donde Pinilla desarrolla sus historias, jugador de fútbol en equipos de categorías inferiores, será fichado por el Athletic  Club de Bilbao, cumpliéndose así su sueño y el de su padre, Cecilio, viejo aficionado para quien el  Athletic es religión y su campo, San Mamés, su catedral, nunca mejor dicho.

Souto Menaya, alias “Botas”, conseguirá meter el gol con el que su equipo vencerá al enemigo, el Madrid de Franco, ganando así la final de Copa de 1943, pero verá truncada su carrera al poco tiempo de su fichaje a consecuencia de una lesión que lo dejará cojo, dependiente de una muleta y sumido en la amargura. Inútil para todo trabajo que no se realice sentado, el que fuera un aclamado ídolo y un joven de austeros proyectos junto a Irune, su novia, la lecherita de un caserío, terminará ensobrando cromos de futbolistas para álbumes infantiles en muchos de los cuales aparecerá su figura. Un trabajo doméstico que lo llenará de frustración y de resentimiento hacia todo. Algo incomprensible para Andrés, el niño que lo idolatra y en el que se verá reflejado con una luz de esperanza  el propio Souto.

El texto, que parece escrito a cuchilladas, como las que emplea el que afila un palo con una navaja, está exento de cualquier floritura, digresión o concesiones efectistas. El ritmo de frases cortas, diálogos cortos y vocabulario suficiente habituales en Pinilla. En el asunto, de un lado, lo colectivo, el Athletic como equipo y como razón de un pueblo frente al enemigo en una lucha llena de orgullo, los aldeanos contra la opresión externa; del otro, Souto como propio enemigo, lleno de tensiones y amarguras, dudoso en aceptar o no la prebenda mínima de un trabajo. En medio de ellos, el intento de compra de la dignidad por parte del poder contra quien se enfrenta el grupo y el amor incondicional de Irune. Por todo ello, no creo que se necesite ser aficionado al fútbol para disfrutar de esta novela de fútbol (y declaración de amor a unos colores, dicho sea de paso), pues no es aquí otra cosa que una metáfora y un fondo para desarrollar la historia de un irreductible del que nunca sabremos si metió o no el gol —el gran y único gol de su carrera— con la mano.
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martes, noviembre 06, 2012

Damero Mardito, nº 43 (noviembre)

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¿Por qué no se mató allí mismo (el narrador, se entiende)? 

Era la densa noche de fiacres charolados por la lluvia, iluminados por los planetas lácteos de las farolas. Había un lejano ulular de sirenas y en una esquina también lejana, un breve hombre y una breve mujer entre pliegues textiles, nimbados ambos por sus vahos casi equinos, procedían a cerrar el trato más antiguo. Hipolite tal vez se encontrara ya aterida entre los satenes nacarados de su cama. Aún había tiempo para un último ajenjo en el bar de Beppo, el calabrés. París estaba cerca. 

Un par de mesas ocupadas, unos jugadores de billar y un bebedor solitario en la barra es cuanto había. Acudí al reducto caldeado por la estufa y busqué la compañía del gato narcotizado, eterno vigía de ojos cerrados. El propio Beppo me sirvió con un entusiasmo impropio de la hora y la meteorología. Mi bufanda mantenía un tenue rastro del perfume de Hipolite. En el rincón más oscuro, una mujer negra farfullaba un tango en un imperceptible acordeón. Creí haber visto antes su cara. "Tú también detestas la vida", recitó como un sortilegio. Hubiese querido encontrar un revólver en mi bolsillo, salir del bar de Beppo, utilizar una sola bala. Pero en vez de un arma, mis dedos se enredaron en el pañuelo con nuestros nombres. Hipolite y Joel, y tuve que seguir bebiendo y viviendo. 

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lunes, octubre 22, 2012

Movilgrafías: El redistribuidor pertinaz

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Con anterioridad presentamos a nuestros queridos seguidores dos interesantes casos de las controversias vecinales que se producen en el edificio que habitamos y que tienen fiel reflejo —nunca mejor dicho— en el espejo del ascensor en modo de pasquín acusatorio. Ellos fueron (pinchen sin miedo en los enlaces) el Misterio de la Colilla Voladora y el no menos interesante del Enigma del Miccionador Anónimo. Ambos sin resolver a fecha de los corrientes.

Hoy, nos permitimos engrosar la colección con este aviso que conmina a reconsiderar de manera enérgica el comportamiento incívico de un vecino fastidioso del que desconocemos su identidad así como la del denunciante. Sin duda, resulta llamativo el horario tan definido que el acusado ha elegido para realizar su molesta labor; pero habremos de coincidir en que si es por ganas de importunar al prójimo, las horas son las más propicias., ya que proceder a arrastrar muebles con animus iodendi a —pongamos— las once y media de la mañana pues no sería demasiado efectivo. O sea, que en este punto, todo es correcto; algo que, por supuesto, no entiende el denunciante que ganado por la furia y la impotencia, termina su escrito con una amenaza a la que -¡ay!- falta definición en su contundencia.
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lunes, octubre 15, 2012

Maravillas del Mundo, 17

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LA BALSA DE PIEDRA


En la primavera de 2068, y dentro de los actos de celebración con que la reina Leonor I y su esposo, el Gran Mandarín Wang Zou pusieron fin al proceso reunificador ibérico auspiciado por el Gobierno del Celeste Imperio, se reeditó un antiguo éxito discográfico que alcanzó los primeros puestos en todas las listas de ventas, algo impensable en los malhadados años en los que la Humanidad fue víctima de la ponzoña de Internet.

Claro que para la ocasión hubo de adaptar la portada original a la nueva realidad, siendo así que aquella aberración que se llamó Europa hubo de desaparecer del diseño.

Como se puede observar en la ilustración, sobre la geografía que hollan los mocasines del Gran Manolo, artista que gozó de amplia fama un siglo antes, las fronteras se han eliminado. Portugal y España forman ya de manera definitiva una unidad llamada “¡Viva España!” bajo el sonriente sol que la alumbra. Por fortuna, la frialdad del diagrama original se animó para la ocasión con una pareja de andaluces danzantes y una plaza de toros situada en el corazón de Cataluña, lugar donde la tauromaquia resurgió con fuerza suficiente como para convertirse en razón identitaria.

A partir de la fecha, el disco, que logró vender más de 200 millones de ejemplares, animó los guateques, boîtes y bailes de salones parroquiales a lo largo y ancho del orbe, llegando a convertirse en himno oficioso de nuestro Nuevo Orden y regocijo sin fin para los turistas que nunca dejaron de visitar nuestras costas incomparables.
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Podrá encontrar más "Maravillas del Mundo" en este mismo blog utilizando el buscador que ponemos a su disposición en la esquina superior izquierda de la pantalla. No deje de ilustrarse sobre el futuro que nos llega.
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