viernes, noviembre 29, 2013

Placeres Mundanos, nº 30

.
Tarta de piña... ¡a toda leche!

.
Mi gran amiga, la Hermanita Bernardina, sabedora de mi carácter de cagaprisas y de mi compromiso de atender a unos invitados, me pasó la receta que a continuación muestro a mis alumnos. Se trata de una tarta de piña que se distingue por la rapidez de ejecución y lo sencillo de sus ingredientes; así que sin más dilación ¡zoooooooooooom! vamos a ella.


En la primera foto he dispuesto algunos de los elementos que vamos a necesitar, pero, siguiendo mi costumbre, no están todos, porque esta foto es más bien de adorno, como simple encabezado. En resumen, una chorrada (fig. 1). Así que dejándonos de tonterías, lo primero que vamos a hacer es engrasar un molde (fig. 2). Algunas personas acostumbran a hacerlo extendiendo un poco de aceite con un pincel, en cambio yo, prefiero utilizar la mantequilla y los dedos, pues así recuerdo aquellos veranos en los que Charlize Theron reclamaba en la playa mis servicios: “Sapristín, ven acá, y ponme crema Nivea en la espaldita, cariño” ¡Ah, qué veranos felices, qué masajeos interminables!

Diré que el molde que he empleado es redondo y con la base desmontable, ingenioso método que servirá posteriormente para desmoldar sin problemas. Bien, una vez engrasado, dispondremos sobre él una lámina circular de hojaldre La Cocinera o similar, cortando con el cuchillo el borde sobrante, aunque a mí me gusta hacer un doblez (fig. 3) . Es esta una labor muy agradecida pues parece devolvernos a aquellos tiempos infantiles en que jugábamos con la plastilina.


Siguiente paso: en un bol, jarra, vaso de batir o similar, pondremos: 250 gr de piña en su jugo, de piña de lata, vamos (que también podría ser en almíbar para los más golimbros), 4 huevos, 3 rebanadas de pan de molde –yo lo utilicé blanco y sin corteza- , 70 gr de azúcar, 150 ml de leche, 150 ml del jugo de la piña y para terminar una ampollita o cucharadita de aroma de vainilla. Yo utilicé las que vienen en monodosis de esa marca con nombre de médico de campo de exterminio, Dr Oetker  (fig. 4).

Una vez todo dispuesto en el recipiente, le pegamos un batidorazo hasta hacer de los ingredientes una crema que verteremos en su camita de hojaldre (fig. 5). Con el horno precalentado a 180 grados, introduciremos el cacharro a baja altura y lo dejaremos allí unos 20 minutos. Bueno, ya saben que esto de los tiempos de horneado funciona según el modelo y marca de los mismos, así que mejor nos fiaremos de nuestros ojos, siempre escrutadores desde el otro lado de la ventanita (fig. 6).


El caso es que extraeremos de su encierro la tarta y comprobaremos que la mezcla está lo bastante cuajada como para soportar en toda su superficie el peso de la almendra laminada con que la cubriremos (fig. 7). ¿No se hunden las escamas tal un barco de tela metálica? Pues sí es así, tras la cubrición, meteremos de nuevo la tarta en el horno otros 15-20 minutos (fig. 8) hasta que se ponga doradita como las mamas de una señora acostumbrada al top-less veraniego (fig. 9).

Realmente, es aquí donde se encuentra la única dificultad que podría tener esta receta, por lo que es aconsejable que de vez en cuando pinchemos nuestra tartita con un palillo, brocheta de pinchito o aguja de hacer punto hasta comprobar que sale seco tras la cata. De la misma manera, si notamos que la tarta se broncea más de lo preciso y el relleno no está cuajado del todo, podemos cubrirla con un trozo de papel de aluminio.

Terminado todo el proceso, sacamos definitivamente la tarta de su particular infierno, esperamos que se enfríe y pasamos a decorarla con algún perendengue. Servidor lo que tenía a mano fueron una especie de bolitas de anís -recuerden, el alimento base del ratón de Susanita- y unos fideos de chocolate (aunque confieso que al principio me equivoqué de bote y esparcí pimienta negra en grano, ¡menos mal que no fue en polvo!).

El soberbio resultado final lo pueden contemplar en sus pantallas, así como el aspecto que adquirió el pastelazo una vez fue atacado por la carcoma de los invitados. Vale, las fotos son muy malas, pero no irán a exigirme que aparte de maestro confitero me haga émulo de Ouka Leele, ¿verdad? Es que Uds. son insaciables. 


.


martes, noviembre 19, 2013

Historias Mínimas: El Juego del Gorila.

.

A Marco


      Me encontré una cuerda muy larga, de plástico, de las de subir y bajar persianas. Quise darle una utilidad. La primera fue hacer con ella el nudo corredizo de horca que me había enseñado mi tío. Un nudo como los de las películas del Oeste. Me salió muy bien. Luego me inventé un juego. Era la hora de la siesta y en la calle no había niños. Con tanto calor muy pocos nos atrevíamos a salir. Bien. Allí solo, nadie me molestaba. Até la punta de la cuerda a la reja de una de las ventanas de la Pepa, una vecina que vivía en un bajo. La otra punta, el lazo corredizo, me lo pasé por el cuello. Luego, con un palo y haciendo de la cuerda radio de una circunferencia, tracé sobre el suelo de albero del patio, un semicírculo. El interior de ese semicírculo sería mi territorio. El de fuera el de los amigos que quisieran jugar.

    Cuando se fue el calor y los niños del bloque comenzaron a salir a la calle, les conté a mis amigos que me había inventado un juego. “¿Cómo se llama el juego?”, me preguntó el Luis. “El juego del Gorila”, le contesté. Luego les enseñé las reglas e hicimos un ensayo. Aquella primera vez yo haría de Gorila. Mis amigos, seis o siete, entrarían en mi territorio dispuestos a molestar al Gorila dándole pellizcos o burlándose de él. La misión del Gorila era atrapar a alguno de ellos para sustituirlo en su puesto. Me di cuenta que era muy difícil atrapar a nadie. En cuanto se sentían perseguidos, se ponían a salvo pasándose al otro lado del semicírculo. Poco a poco el Gorila, o sea, yo, se fue enfadando. Y cuanto más se enfadaba, más aumentaban las burlas de mis amigos. “¡Gorila, gorila, gorila!”, gritaban a coro, moviéndose como un enjambre de abejas molestas. Entre los pellizcos y las burlas que me hacían, me fui llenando de ira. Me convertí en un Gorila furioso. En un pequeño gorila de verdad. Uno de mis amigos, el Eduardín, me dio una patada en el culo y aquello fue más de lo que pude aguantar. Rabioso, me fui para él. Era tanto mi enfado que me cegué. Olvidé la línea de demarcación, la frontera tras de la cual se puso a salvo aquel maldito. 

    El efecto de mi violenta carrera se produjo. La larga cuerda se tensó -¡toinggg!-, el nudo se estrechó en mi cuello y, por inercia, gravité un segundo formando un plano horizontal con respecto al suelo. Caí de espaldas. Todas las leyes de la física se aliaron para que el golpe fuera muy fuerte y la cuerda dejara su marca en mi cuello. Mis amigos dejaron de burlarse y me liberaron de aquella prisión de plástico que me ahogaba. Luego, cuando comprobaron que no había ocurrido nada grave, pretendieron retomar el juego. Pero yo no tenía ganas. Y como era el dueño de la cuerda, la desaté de la reja, hice un ovillo y enfurruñado, me la llevé a mi casa. Me quedé allí a merendar y a ver la tele y no salí en varios días. El Juego del Gorila jamás pasó de aquel ensayo.
.

miércoles, noviembre 13, 2013

Damero Mardito, nº 54 (noviembre)

.


La alegría de la tuerta. 

    Cuando don Francisco “el Labioso”, nuestro maestro, murió, la clase en pleno tuvo que asistir a su misa funeral. Teníamos once o doce años y era la primera vez que íbamos a un ceremonial tan de personas mayores. En la misa estuvimos muy formalitos, pues el tener tan cerca de nosotros el ataúd donde habían encerrado a don Francisco, nos impresionaba mucho. Luego, cuando el cura terminó el responso, desfilamos ante la viuda para darle el pésame. Nadie sabía qué decirle a aquella mujer que parecía nuestra abuela; menos mal que el Prieto Gallardo, que era uno de los grandullones de la clase, me susurró al oído: “Tú dile, ‘la acompaño en el sentimiento’ y ya está”. Me encargué de repetir el mensaje entre otros compañeros y al rato, todos estuvimos informados. Uno a uno, le fuimos dando la mano a la mujer —¡cómo imaginar que en la misteriosa vida de maestro de escuela de don Francisco, cupieran una esposa y unos hijos!— mientras repetíamos la fórmula que resultó ser mágica porque al final, hasta don José, el director, nos felicitó por nuestro buen comportamiento y nuestra buena educación al decir “La acompaño en el sentimiento”. 

    Nunca supimos de qué murió don Francisco a no ser que la causa fuera la pura vejez. Cuando cayó enfermo ya no daba clases y solo se encargaba de la logística del comedor; era, en sus palabras, ecónomo. De todas formas, de vez en cuando abría la puerta de nuestra clase interrumpiendo la lección del joven don Carlos o don Julio con la prerrogativa de una soberbia veteranía, asomaba su cabezota de ogro, se alzaba las gafas dejando sin defensa sus ojos de camaleón y nos barría apuntándonos con su dedo índice como si fuera una ráfaga de ametralladora: “¡Me estoy muriendo… Pero que sepan todos ustedes que me han matado, que son los culpables de mi muerte!, ¡que quede en sus conciencias esta muerte!”, tronaba con su voz de acatarrado crónico. Seguidamente carraspeaba, arrancando de la profundidad de sus bronquios y bronquiolos, materia suficiente para formar en el discurrir ascendente por la tráquea, uno de sus célebres salivazos, un gargajo desaforado que, como era costumbre inveterada, escupía sobre un pañuelo gigante. Aquella casi sábana lo albergaba no sin que antes don Francisco lo inspeccionara con sus ojos de sapo para, a continuación, envolverlo entre pliegues y devolverlo a su pantalón. 

    Yo no se lo dije nunca a nadie, pero cuando me enteré que don Francisco “el Labioso” había muerto, me alegré un poquito. Yo era un niño. Ahora me levanto las gafas como se las levantaba don Francisco, pero tendré pañuelos de papel. 
______________________
¿Que dónde conseguir el Damero Mardito de este mes? Pues como siempre, en su kiosco habitual y gratis total, pinchando aquí: El Damero del Vecind(i)ario.

Solución al Damero anterio (nº 53):
A. Jengibre, B. Áptera, C. Viruela, D. Insectos, E. Edad, F. Rayan, G. Narrase, H. Elíseos, I. Gozque, J. Retícula, K. Erales, L. Trampa, M. Esteras, N. Acidular, Ñ. Tonel, O. LSD, P. Apabullar, Q. Nidal, R. Talio, S. Ímprobo, T. Derrama, U. Ardiente.
Acróstico: Javier Negrete, "Atlántida".
.

lunes, octubre 21, 2013

Movilgrafías: Nos vigilan.

.
Unos elementos dispuestos por el azar de determinada manera y la casualidad de un momento y un lugar, nos demuestran que no estamos solos, que son cientos las criaturas que, vigilantes, nos acechan y toman buena cuenta de nuestros actos. Tal vez sean ellos, estos personajes, los verdaderos Ángeles de la Guarda; pero unos ángeles llenos de sarcasmo que nos ningunean, se ríen de nosotros —¡les parecemos tan ridículos!— y hasta nos amenazan.

Fue el caso de esta mañana, que cuando me dispuse a efectuar la primera micción del día, levanté la tapa del wc y me asaltó la visión de este extraño voyeur con trazas de batracio. Interrumpí el proceso, hice la foto por si me viera en la necesidad de probar el porqué de mi horror y salí huyendo de mi casa hasta dar con un árbol que compartí con "Cuqui", un perrito de la vecindad.

______________________
¡No deje de consultar otras interesantes Movilgrafías! Las tres últimas fueron:

.

sábado, octubre 05, 2013

Damero Mardito, nº 53 (octubre)

.
El busto es nuestro

     ¿Que cuándo comenzó el trastorno que tanta preocupación ocasionó a don Jenaro? Pues nadie lo puede asegurar; aunque él mismo se aventurara  a señalar la semana posterior a su jubilación como inspector municipal del Servicio de Aguas de su localidad como principio del fenómeno. En todo caso, la fecha es lo que menos importa y sí sus consecuencias, pues resulta que a partir de ese indeterminado momento, a don Jenaro comenzaron a crecerle los pechos hasta adquirir ambos el tamaño de los de una mujer de notable busto.

     Pese a la enorme vergüenza, vencida en parte por la ayuda de su señora, logró consultar a varios doctores, los cuales dictaminaron a la vista de los resultados arrojados por innumerables pruebas y análisis, que la extraña mutación que sufría don Jenaro se debía a una disfunción hormonal y no metabóliconutricional como en un principio se pensó, pues en efecto, los pechos de don Jenaro no estaban formados por tejido de naturaleza adiposa sino mamaria. Fuera como fuese, la medicación prescrita para detener e involucionar el proceso, se mostró inútil, por lo que se decidió poner a don Jenaro en manos de un prestigioso psicólogo por ver de paliar en tanto se pudieran, los sufrimientos del paciente.

     El caso es que en seis o siete meses de tratamiento, don Jenaro acabó no solo aceptando su nueva realidad sino desarrollando un instinto lactante que en un principio le causó gran preocupación, pero que luego le proporcionó gran placer. Claro que los hinchados pechos de don Jenaro eran estériles, pues no contenían leche ni nada que se le pareciera, pero pese a ello sentía en su interior una enorme, una irracional y creciente necesidad de amamantar a cuanta criatura de corta edad se topaba durante sus tardes de paseo. Aquello se convirtió en un tormento, en atroz pesadilla, pues escondido tras los árboles como un sátiro, espiaba a las madres a las que envidiaba el ser ubérrimas y nutricias y el que con despreocupación y facilidad dieran de mamar a sus bebés en el parque.

     A tanto llegó su desasosiego que su señora, apiadándose de él una noche en que ambos ya se encontraban en la cama matrimonial, se ovilló en su regazo y sacando de entre el desabrochado pijama, uno de los grandes pechos de don Jenaro –peludo, de rotundo pezón oscuro- se lo metió en la boca y comenzó a succionar como un rorro hambriento. ¡Aquella prueba de amor desinteresado, colmó de placer a don Jenaro! Nunca hasta entonces había recibido tanto cariño, tanta abnegación. Por eso, cuando a petición suya, su señora accedió a desprenderse de la dentadura postiza para poder chupar con mayor propiedad y semejanza al de una desdentada lactante, don Jenaro, mientras ella se aplicaba al ejercicio, lloró de gratitud.


_________________________________
¿Que dónde conseguir el Damero Mardito de este mes? Pues como siempre, en su kiosco habitual y gratis total; pinchando aquí: El Damero del Vecind(i)ario.

Solución al Damero anterior (nº 52):
A. Denuesto, B. Melindre, C. Ocal, D. Rencor, E. Reacción, F. Irene, G. Suputar, H. Orinas, I. Baladí, J. Sector, K. Esteta, L. Rapes, M. Vellorí, N. Espelta, Ñ. Aparato, O. Salado, P. Usted, Q. Pasquín, R. Escaldo, S. Ropas, T. Rallas, U. Oropel.
Acróstico: D. Morris, "Observe a su perro".
.

jueves, septiembre 26, 2013

Gran Diccionario Visual, vocablo nº 36

.

estontería. f. Mueble de baldas para colocar souvenires turísticos, figuritas de Lladró y libros de Ana Rosa Quintana.
.

miércoles, septiembre 18, 2013

Maravillas del Mundo, 18

.

La magia de las ondas

Los altos precios alcanzados por la energía —desde el barril de petróleo a las pilas de petaca— a partir de la inauguración de la Decimotercera Vía en en año 2135, hacía imposible o al menos muy complicado el acceso de la población a la más modesta tecnología del entretenimiento. Por lo tanto, la invención de la Radio Eterna surgida en el seno del  Institut Tecnologic d’Albacete y su posterior puesta en el mercado por las mayores compañías de venta por catálogo, representó una verdadera revolución de las comunicaciones. ¡Nadie se resistía a adquirir su radio por 975 Neokópecs en su versión básica!

A partir de entonces, los discursos de Jaume N’gonga Casademont y las flamígeras consignas de Mohamed Font de la Creu, llegaron a todos los ciudadanos, fortaleciendo la moral combativa y la exaltación de los valores patrios. Posteriormente y con recelo al principio, nuestros abnegados gobernantes decidieron ampliar la programación radiofónica con concursos (fue muy famoso el “Adivine qué sardana suena”), espacios de canciones dedicadas y adaptaciones de las obras del recuperado para la Nueva Realidad, Jacint Benavent. El éxito fue tan grande que hubo que instar al centro de fabricación de las Radios Eternas (situado en el Centre de Manufactures Electròniques de La Caixa en Majadahonda) a establecer turnos de trabajo que aumentaran la producción de terminales receptoras.

Pero como es sabido, nuestros taimados enemigos no cejan en su empeño de derribar el régimen de felicidad que tanto esfuerzo ha costado constituir, siendo así que a los pocos meses de comenzar las emisiones, las instalaciones centrales de la emisora fueron saboteadas de tal manera que la principal organización terrorista, las sangrientas Brigadas Cañíes, lograron infiltrar a elementos suficientes como para lanzar a las ondas durante dos días seguidos la discografía completa de Isabel Pantoja, una vieja estrella del Antiguo Régimen. Ante tal acto criminal, nuestro Estimat Conductor, el honorable Wangzú Sabadell i Valls decretó con gran acierto el cierre de fábricas y emisoras, suprimiendo también el comercio de Radios Eternas, cuya tenencia a partir de entonces fue perseguida con eficacia por nuestros Mossos de Seguretat.  

___________________________
Podrá encontrar más "Maravillas del Mundo" en este mismo blog utilizando el buscador que ponemos a su disposición en la esquina superior izquierda. ¡No deje de ilustrarse sobre el futuro que nos espera!
.

domingo, septiembre 08, 2013

Damero Mardito, nº 52 (septiembre)

.



Envejecimiento Activo 

No fue hasta cumplidos los diez años de su hijito, que los padres de Alfonsito Calvo Cerrato comenzaron a preocuparse de verdad, pues resultó que en vísperas de Reyes, Alfonsito no les solicitó, como hubiera sido lo normal en un niño de su edad, un juego de química, un scalectrix o una bicicleta, sino una boina y una garrota, confirmando así el reiterado deseo formulado un año atrás: “Queridos papás, yo lo que quiero es ser anciano”. 

Esta acusada gerontofilia, había llevado a los apenados papás de Alfonsito a muchas renuncias, la principal de la cuales fue a que se relacionase con otros niños y jugase con ellos. La alegación de Alfonsito no pudo ser más rotunda: “Queridos papás, ninguno de mis amiguitos sabe jugar al dominó y mucho menos al tute subastao”. Dicho lo cual, el pequeño berreaba hasta conseguir que sus progenitores accedieran a llevarlo a mirar tras los cristales, el salón principal del Hogar del Pensionista del barrio. Allí, con la nariz pegada al vidrio, la boca babeante de placer y los ojos bizcos de gozo, Alfonsito Calvo Cerrato contemplaba con envidia las mesas de juego ocupadas por abuelillos gargajeantes y vocingleros y esperaba con ansia los días en que se organizaban bailes de pasodobles, pues nada contentaba más a Alfonsito que escuchar “En er mundo” o “España cañí” o cualquier bolero de Machín imaginando que su pareja de danza fuera una abuela seducida. 

Por el contrario, gran disgusto fue el que se llevó nuestro amigo Alfonsito al comprobar que los dientes de leche que se le comenzaron a caer en cuanto alcanzó la edad apropiada, eran sustituidos por otros nuevos, pues creyó que el pacto establecido con el Ratoncito Pérez llegaría a hacer realidad su anhelo, esto es, que las encías le quedaran mondas y lirondas y que sus papás se vieran obligados a encargarle una dentadura postiza. 

Hoy nos hemos enterado que el que fue niño Alfonsito, convertido ya en Alfonso Calvo Cerrato, inspector de Hacienda, llegó a ponerse en manos del doctor Corchuelo, afamado cirujano estético, que le cobró un dineral por someterlo a una intervención que le dejó el rostro lleno de arrugas y el cuerpo ajado, para que posteriormente y haciendo uso de una triquiñuela legal, pudiera jubilarse con apenas cuarenta años y realizar así uno de sus sueños, viajar a Benidorm con el Imserso. 


_______________________________
¿Qué dónde conseguir el Damero Mardito de este mes? Pues como siempre, en su kiosco habitual y gratis total; pinchando aquí: El Damero del Vecind(i)ario.



Solución al Damero anterior (nº 51):
A. Lombarda, B. Duplo, C. Untaré, D. Revoca, E. Rabino, F. Esteban, G. Ladre, H. Lábaro, I. Laya, J. Intenso, K. Muesca, L. Óleo, M. Nebulosa N. Eres, Ñ. Shoe, O. Aranés, P. Muesca, Q. Ahorrad, R. Rubicón, S. Goyesco, T. Ofelia, U. Sochantre.
.

miércoles, julio 03, 2013

Damero Mardito, nº 51 (julio)

.


La infancia del Rey Gaznápiro

Para Scout Finch





Don Francisco el Labioso intentó enseñarnos algunos rudimentos de dibujo lineal.

— A ver, cojan ustedes una hoja cuadriculada de color caña…

— En mi recambio —decía alguno— no vienen hojas de color caña, don Francisco.

— Bueno, da igual; pues la coge usted blanca y a ver si la próxima vez su madre de usted le compra un recambio en condiciones.

Los recambios de don Francisco eran siempre los adecuados, pero nunca nos decía dónde los compraba. Un misterio más de su existencia ignota.

— Bueno, pues ahora, desde el primer cuadrito de la esquina superior izquierda me van a contar diez cuadritos a la derecha, ¿entendido? Luego cuentan veintidós para abajo, ¿estamos? Pues en ese cuadrito al que han llegado me pintan con el lápiz un punto en la esquina inferior derecha… ¿Lo tienen todos? Pues venga, ahora otro punto…

Don Francisco el Labioso seguía desgranando coordenadas y nosotros marcando puntitos con la certeza terrible de haber fallado en la colocación de más de uno.

(Llovía siempre tras la ventana durante las machadianas tardes de colegio. Pasaba el tren de Alcalá, “la cochinita”, como si tal cosa, ajeno el maquinista a los puntitos de don Francisco).

Cuando todos los puntitos quedaban fijados, procedíamos a unirlos con el rotulador y la regla. ¡Qué de disgustos cuando la figura resultante era en palabras del Labioso una mamarrachada! A alguien el rectángulo se le convertía en trapecio; a otro, el rombo le salía pentágono y todos, al fin desconcertados, aguantábamos como podíamos el chaparrón de improperios de don Francisco, vigilante entre los pupitres.

— ¡Son ustedes unos mamarrachos! ¡Son unos gaznápiros! ¡Son unos gansos!

Lo de llamarnos gansos y gaznápiros nos resultaba muy cómico y a más de uno se nos escapaba una risita cuando nos llamaba así.  El Labioso no parecía darse cuenta del efecto contrario que producían sus palabras. Enfurecido, volvía a su mesa, daba un reglazo sobre ella, se cruzaba de brazos y nos lanzaba terribles miradas en silencio hasta que al poco retomaba su rapapolvo fragmentario utilizando el tuteo.

— ¡Sois unos gansos!, ¡en cambio hay muchos niños alemanes que con vuestra edad ya han empezado una carrera! ¡Una carrera, mamarrachos! ¡Niños científicos, niños literatos! ¡Por esos niños sí que merece la pena trabajar y no por ustedes que sois una pandilla de gansos!

Cuando don Francisco el Labioso terminaba de mostrarnos las virtudes de los niños alemanes, echaba mano de otra de sus trucos dialécticos recurrentes: la infancia del rey Alfonso XIII.

— ¡Cuando el rey Alfonso XIII tenía diez años escribía de maravilla, no como ustedes! ¡Yo he visto sus cuadernos en el Palacio de Oriente… Qué letra, qué renglones, qué dibujos...! Se os iba a caer la cara de vergüenza, mamarrachos. ¿Para qué trabajo yo si puede saberse, eh?, ¿para qué pierdo el tiempo con ustedes, eh?

(Volvía a pitar el tren de Alcalá, ahora de vuelta, ajeno de nuevo el maquinista a las reprimendas de don Francisco. ¡Felices los hombres que conducen locomotoras!)

___________________________________________
¿Que dónde conseguir el Damero Mardito de este mes? Pues como siempre, en su kiosco habitual y gratis total, pinchando aquí: El Damero del Vecind(i)ario.

Solución al Damero anterior:
A. Fetidez, B.Miasma, C. Émbolo, D. Salado, E. Pesquisa, F. Impétigo, G. Nena, H. Óleo, I. Sorna, J. Avenate, K. Roquedal, L. Entero, M. Solio, N. Umbela, Ñ. Refinar, O. Rampar, P. Eneida, Q. Chundarata, R. Cavello, S. Inope, T. Ondina, U. Nulo.
.