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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 24, abril), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.
"La tomó en brazos y la llevó hasta la cristalera. Pero de esa manera, como lleva el novio a la novia en las películas, jamás conseguiría bajar por la escalera de caracol."
A. Agónico
B. Charca
C. Azoras
D. Mal
E. Intonsa
F. Lejos
G. Layas
H. Escopeta
I. Revela
J. Ilota
K. Llave
L. Allana
M. Losa
N. Urdimbre
Ñ. Novel
O. Asase
P. Duela
Q. Emboca
R. Prolija
S. Almacén
T. Prócer
U. Elevas
V. Larario
Acróstico: A. Camilleri "La luna de papel".
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viernes, abril 15, 2011
martes, abril 12, 2011
Crónicas Porcinas, 2
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Entra el Acaparador, el monopolizador de periódicos del bar de abajo. Hacía tiempo que no le veía por aquí. Lleva bajo el chaquetón el polo negro de siempre y para mí que está un poco más calvo. Se sienta en el taburete y mira con ansia alrededor. Olisquea. Ventea. Arruga su nariz porcina. Localiza el Estadio Deportivo y el suplemento religioso del ABC, Alfa y Omega. En el bar, a esa hora de la mañana, hay un enorme escándalo. El Acaparador se pone a leer el periódico de deportes y disimuladamente apoya un codo sobre el otro. El tío se lee lo que le echen con tal de aislarse del follón. Marisa le pone el café, un zumo de naranja y media tostada. El Acaparador le echa aceite por encima sin separar las gafas del periódico. También le pone un poco de azúcar al zumo y mueve la cucharilla sin dejar de apoyar el codo sobre el suplemento.
Hoy me dan igual sus fullerías porque me he hecho con El País y debajo del expositor de patatas fritas y gusanitos veo escondido el Marca. De pronto entra en el bar un tío que trabaja en una oficina de al lado. Un tío parlanchín, de risa continua, insoportable. Consigue abrirse un hueco en la barra y saluda al Acaparador. Conozco de vista al Parlanchín pero no tenía ni idea de que a su vez conociera al Acaparador. Se alegran de verse. Se sienta a su lado y se ponen a hablar. El Acaparador parece haber perdido interés por el periódico pero no le quita la zarpa de encima. Pongo la oreja. Escucho fragmentos: "...saber inglés... meses en una oficina de correos en Detroit... una hija en la consulta... Florida". Entra ahora Prince, el nigeriano aparcacoches que se come cada mañana siete tostadas con foigrás o las que le echen. Me sorprende que conozca al Acaparador. Todo el mundo parece conocer al Acaparador. "Jelou mai gud fren" le dice el Acaparador con un buen humor que me descoloca. El oficinista parlanchín le da la mano al negro y también hace sus pinitos: "Jaguaryú Prin? Du yu guan toas güis foigrá?" El negro se ríe con todos los dientes y sale del bar sin decir nada. Es un negro que entra y sale sin dar explicaciones y se come sus tostadas cuando le da la gana. El Acaparador y el Parlanchín siguen hablando. De pronto, un tipo situado en la otra punta se llega hasta ellos. "¿Está leyendo éste?", le pregunta al Acaparador por el Alfa y Omega, debe ser un tipo piadoso. La gente se muere por quitarse del jaleo leyendo cualquier cosa. El caso es que el Acaparador alza el codo sin dejar de hablar con el Parlanchín y deja escapar el periódico. Pero con rapidez dobla el deportivo que tenía en la mano y lo esconde bajo el brazo. Hay cosas que me dejan literalmente boquiabierto y esta es una de ellas. El Acaparador dejándose quitar periódicos.
Termino mi desayuno, pido a Marisa un buche de agua y pago: 1,60 por un café y media tostada con Tulipán. Cuando me marcho, el Acaparador sigue animado con la charla y logro captarle unas cuantas palabras más: "...buh, eso siempre... allí nos poníamos unos gorros...". El Acaparador tiene una voz desagradable por la mañana.
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De nuevo, el Acaparador.
Entra el Acaparador, el monopolizador de periódicos del bar de abajo. Hacía tiempo que no le veía por aquí. Lleva bajo el chaquetón el polo negro de siempre y para mí que está un poco más calvo. Se sienta en el taburete y mira con ansia alrededor. Olisquea. Ventea. Arruga su nariz porcina. Localiza el Estadio Deportivo y el suplemento religioso del ABC, Alfa y Omega. En el bar, a esa hora de la mañana, hay un enorme escándalo. El Acaparador se pone a leer el periódico de deportes y disimuladamente apoya un codo sobre el otro. El tío se lee lo que le echen con tal de aislarse del follón. Marisa le pone el café, un zumo de naranja y media tostada. El Acaparador le echa aceite por encima sin separar las gafas del periódico. También le pone un poco de azúcar al zumo y mueve la cucharilla sin dejar de apoyar el codo sobre el suplemento.
Hoy me dan igual sus fullerías porque me he hecho con El País y debajo del expositor de patatas fritas y gusanitos veo escondido el Marca. De pronto entra en el bar un tío que trabaja en una oficina de al lado. Un tío parlanchín, de risa continua, insoportable. Consigue abrirse un hueco en la barra y saluda al Acaparador. Conozco de vista al Parlanchín pero no tenía ni idea de que a su vez conociera al Acaparador. Se alegran de verse. Se sienta a su lado y se ponen a hablar. El Acaparador parece haber perdido interés por el periódico pero no le quita la zarpa de encima. Pongo la oreja. Escucho fragmentos: "...saber inglés... meses en una oficina de correos en Detroit... una hija en la consulta... Florida". Entra ahora Prince, el nigeriano aparcacoches que se come cada mañana siete tostadas con foigrás o las que le echen. Me sorprende que conozca al Acaparador. Todo el mundo parece conocer al Acaparador. "Jelou mai gud fren" le dice el Acaparador con un buen humor que me descoloca. El oficinista parlanchín le da la mano al negro y también hace sus pinitos: "Jaguaryú Prin? Du yu guan toas güis foigrá?" El negro se ríe con todos los dientes y sale del bar sin decir nada. Es un negro que entra y sale sin dar explicaciones y se come sus tostadas cuando le da la gana. El Acaparador y el Parlanchín siguen hablando. De pronto, un tipo situado en la otra punta se llega hasta ellos. "¿Está leyendo éste?", le pregunta al Acaparador por el Alfa y Omega, debe ser un tipo piadoso. La gente se muere por quitarse del jaleo leyendo cualquier cosa. El caso es que el Acaparador alza el codo sin dejar de hablar con el Parlanchín y deja escapar el periódico. Pero con rapidez dobla el deportivo que tenía en la mano y lo esconde bajo el brazo. Hay cosas que me dejan literalmente boquiabierto y esta es una de ellas. El Acaparador dejándose quitar periódicos.
Termino mi desayuno, pido a Marisa un buche de agua y pago: 1,60 por un café y media tostada con Tulipán. Cuando me marcho, el Acaparador sigue animado con la charla y logro captarle unas cuantas palabras más: "...buh, eso siempre... allí nos poníamos unos gorros...". El Acaparador tiene una voz desagradable por la mañana.
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martes, abril 05, 2011
"Las ciegas hormigas" Ramiro Pinilla.
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En 1960 Ramiro Pinilla ganó el premio Nadal con esta novela que no dudo en calificar de admirable: “Las ciegas hormigas”, y que tras fastidiosas circunstancias de derechos, pagos, recibos y timos varios es ahora, cuando liberada de asuntos contractuales con sus tiburones, la editorial Tusquets hace de nuevo la luz para que tan ciegos animalitos trasladen una vez más al lector de Pinilla a su acostumbrado espacio vital y literario, la costa cantábrica getxotarra que acoge a San Baskardo, Punta Galea, la playa de Arrigunaga, y a las gentes extremas (de esfuerzos, de fijaciones, de parquedad de palabras) que lo habitan, tan familiares ya para los que leímos su trilogía de “Verdes valles, colinas rojas”.
Novela de tenacidades, el protagonista es Sabas Jauregui, cabeza de familia y de caserío que se unirá junto con sus hijos a muchos otros para rescatar el carbón que, al naufragar, ha desparramado por la playa un carguero inglés. El infortunio, la tenacidad como digo (tanto la de Sabas como ‘otra’ tenacidad que no debo desvelar), la dignidad, el valor, darán naturaleza de epopeya aldeana —épica vasca— a esta novela estructurada en voces que tanto debió, como así reconoce el propio Pinilla, al Faulkner de “Mientras agonizo”, nombre al que yo añadiría el Steinbeck de “Las uvas de la ira” y si me esfuerzo mucho a la cañí “La barraca” de Blasco Ibáñez. En todo caso, esas voces tan marcadamente literarias que se suceden —queda fuera la del propio protagonista— y que en ocasiones alcanzan cierta intensidad lírica son contrapunto perfecto al descarnado realismo de esta historia que nos hace emitir un suspiro de alivio después de tanto sobrecogimiento.
Aquí una más que interesante entrevista con el veterano autor:
Entrevista a Ramiro Pinilla.
En 1960 Ramiro Pinilla ganó el premio Nadal con esta novela que no dudo en calificar de admirable: “Las ciegas hormigas”, y que tras fastidiosas circunstancias de derechos, pagos, recibos y timos varios es ahora, cuando liberada de asuntos contractuales con sus tiburones, la editorial Tusquets hace de nuevo la luz para que tan ciegos animalitos trasladen una vez más al lector de Pinilla a su acostumbrado espacio vital y literario, la costa cantábrica getxotarra que acoge a San Baskardo, Punta Galea, la playa de Arrigunaga, y a las gentes extremas (de esfuerzos, de fijaciones, de parquedad de palabras) que lo habitan, tan familiares ya para los que leímos su trilogía de “Verdes valles, colinas rojas”.
Novela de tenacidades, el protagonista es Sabas Jauregui, cabeza de familia y de caserío que se unirá junto con sus hijos a muchos otros para rescatar el carbón que, al naufragar, ha desparramado por la playa un carguero inglés. El infortunio, la tenacidad como digo (tanto la de Sabas como ‘otra’ tenacidad que no debo desvelar), la dignidad, el valor, darán naturaleza de epopeya aldeana —épica vasca— a esta novela estructurada en voces que tanto debió, como así reconoce el propio Pinilla, al Faulkner de “Mientras agonizo”, nombre al que yo añadiría el Steinbeck de “Las uvas de la ira” y si me esfuerzo mucho a la cañí “La barraca” de Blasco Ibáñez. En todo caso, esas voces tan marcadamente literarias que se suceden —queda fuera la del propio protagonista— y que en ocasiones alcanzan cierta intensidad lírica son contrapunto perfecto al descarnado realismo de esta historia que nos hace emitir un suspiro de alivio después de tanto sobrecogimiento.
Aquí una más que interesante entrevista con el veterano autor:
Entrevista a Ramiro Pinilla.
(Por favor, no se las pierdan. Ni la entrevista ni, por supuesto, la novela.)
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viernes, abril 01, 2011
Damero Mardito, nº 24 (abril)
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Uno de los estudiosos de la obra de Wilfred Mameluco —en concreto el profesor Michael Nipples de la Barks University de Winsconsin— publicó en 1956 en la revista ‘Literary Pleasures’ un artículo donde aseveraba que Mameluco jamás utilizó en ninguna de sus novelas la palabra “abril”. Dado que la obra del prolífico autor sobrepasa los 85 volúmenes, la circunstancia —como así sospechaba Nipples— no podía deberse a la casualidad.
Fue así que, tras un seguimiento de años y bebiendo de todas las fuentes y de todos los bares que encontró en su deambular por el país, pudo demostrar que Mameluco era alérgico al polen y que a causa de ello, un estornudo de singular potencia le llevó en una ocasión a golpearse el rostro con el teclado de su máquina de escribir Underwood, con tan mala fortuna que la tecla correspondiente a la letra F (desprovista de pulsador) vino a clavársele en el ojo izquierdo produciendo la enucleación del mismo.
A partir de tan malhadado episodio, Mameluco decidió castigar a la palabra “abril” —que era el mes que corría cuando se quedó tuerto— con el silencio, no sólo prescindiendo de ella para siempre sino haciéndola desaparecer de su anterior producción.
Por todo ello, espero que este mes que comienza sea poco pródigo en alergias y no arredre al aficionado que las padezca a resolver este Damero con el que se cumplen dos años de puntual aparición.
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¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total, en su kiosco habitual. Aquí:
El Damero del Vecindiario
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Lord of the Underwood
Uno de los estudiosos de la obra de Wilfred Mameluco —en concreto el profesor Michael Nipples de la Barks University de Winsconsin— publicó en 1956 en la revista ‘Literary Pleasures’ un artículo donde aseveraba que Mameluco jamás utilizó en ninguna de sus novelas la palabra “abril”. Dado que la obra del prolífico autor sobrepasa los 85 volúmenes, la circunstancia —como así sospechaba Nipples— no podía deberse a la casualidad.
Fue así que, tras un seguimiento de años y bebiendo de todas las fuentes y de todos los bares que encontró en su deambular por el país, pudo demostrar que Mameluco era alérgico al polen y que a causa de ello, un estornudo de singular potencia le llevó en una ocasión a golpearse el rostro con el teclado de su máquina de escribir Underwood, con tan mala fortuna que la tecla correspondiente a la letra F (desprovista de pulsador) vino a clavársele en el ojo izquierdo produciendo la enucleación del mismo.
A partir de tan malhadado episodio, Mameluco decidió castigar a la palabra “abril” —que era el mes que corría cuando se quedó tuerto— con el silencio, no sólo prescindiendo de ella para siempre sino haciéndola desaparecer de su anterior producción.
Por todo ello, espero que este mes que comienza sea poco pródigo en alergias y no arredre al aficionado que las padezca a resolver este Damero con el que se cumplen dos años de puntual aparición.
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¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total, en su kiosco habitual. Aquí:
El Damero del Vecindiario
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viernes, marzo 25, 2011
Gran Diccionario Visual, vocablo 30.
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semenjante. adj. Aplícase al espermiograma cuyas características son parecidas a las de cualesquiera otro. U. t. c. s.
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martes, marzo 22, 2011
"Mis Melenudos, 9"
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En los tiempos lejanos pero por suerte aún nítidos en que este tema de George Harrison (publicado en 1967 dentro del álbum “Magical Mystery Tour”) nos asaltaba en la reproducción de la correspondiente cinta de casete, no dudábamos en darle a la tecla del palante si las pilas eran nuevas, o en adelantarlo manualmente hasta la siguiente canción —a ojo— con el socorrido método del bolígrafo giratorio. Y es que “Blue Jay Way” siempre nos pareció un coñazo.
Al tema, por otro lado, lo habíamos cargado de sarcasmo al otorgarle un nombre familiar a partir de la repetitiva frase del estribillo ‘don’t be long’, siendo así que “Blue Jay Way” pasó a denominarse ‘la canción del dombilón’. Algunas veces, ya se sabe, la confianza da asco.
Es ahora, o no fue hasta hace poco, que uno comienza a apreciar composiciones que antes le aburrían. En el caso de Harrison, puedo unir a la musiquilla de hoy “It’s all too much” y “Only a Northern Song”. Tal vez se deba a que uno es también más aburrido cada lustro que pasa. Pero el caso, y contra lo previsto, es que los años toleran mejor este cúmulo de órgano Hammond, cintas al revés, voces sampleadas y todo el aparato requerido en la época para conseguir el perseguido efecto nebuloso (que más que nebuloso de nube, era nebuloso de humo de porro trompetero).
El “Paseo del Arrendajo Azul” —ojo no confundir el arrendajo azul, pajarraco típicamente norteamericano (Cyanocitta cristata) con el arrendajo de por aquí (Garrulus glandarius), según me aclara mi amiga Ángela, la mantenedora de este blog— es la calle donde George Harrison vivió una temporada en Los Angeles. Fue allí, durante una noche que esperaba la visita de unos amigos, entre ellos Derek Taylor, el que había sido jefe de prensa de los Melenudos, donde compuso la cancioncita de marras suponiéndolo de psicotrópicos hasta el mismísimo culo. Por lo tanto y una vez más, el hecho que la desata y posterior letra son inanes aunque las publicaciones de la época ya se encargaban de buscarle tres pies al gato más excéntrico, pues recuerdo que un estudioso sostenía que la frase “don’t be long”, o sea, “no tardéis”, en realidad significaba “don`t belong”, o sea, “no pertenezcáis”, no pertenezcáis al establishment se entiende. Ay, cómo estaban las cabezas entonces con tanta psicodelia y tantas chuches.
En fin, la letra viene a decir más o menos lo que sigue:
Paseo del Arrendajo Azul.
Hay niebla en Los Angeles
Y mis amigos se han perdido.
“Llegaremos pronto”, dijeron
Y en cambio, se han perdido.
Por favor, no tardéis; por favor, no tardéis mucho
Por favor, no tardéis, que puede que me duerma.
Bueno, les dije cómo llegar
Y que preguntaran a un policía
De los muchos que hay por allí
Por favor, no tardéis; por favor, no tardéis mucho
Por favor, no tardéis, que puede que me duerma.
Ahora ya ha pasado
La hora de dormir
y eso que me gustaría
Pronto amanecerá
Y yo aquí sentado
En el Paseo del Arrendajo Azul.
Por favor, no tardéis; por favor, no tardéis mucho
Por favor, no tardéis, que puede que me duerma.
El vídeo original —con Jorgito tocando un teclado pintado en el suelo— extraído de la película para televisión del mismo título que el álbum, lo tienen aquí: "Blue Jay Way"
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"BLUE JAY WAY"
En los tiempos lejanos pero por suerte aún nítidos en que este tema de George Harrison (publicado en 1967 dentro del álbum “Magical Mystery Tour”) nos asaltaba en la reproducción de la correspondiente cinta de casete, no dudábamos en darle a la tecla del palante si las pilas eran nuevas, o en adelantarlo manualmente hasta la siguiente canción —a ojo— con el socorrido método del bolígrafo giratorio. Y es que “Blue Jay Way” siempre nos pareció un coñazo.
Al tema, por otro lado, lo habíamos cargado de sarcasmo al otorgarle un nombre familiar a partir de la repetitiva frase del estribillo ‘don’t be long’, siendo así que “Blue Jay Way” pasó a denominarse ‘la canción del dombilón’. Algunas veces, ya se sabe, la confianza da asco.
Es ahora, o no fue hasta hace poco, que uno comienza a apreciar composiciones que antes le aburrían. En el caso de Harrison, puedo unir a la musiquilla de hoy “It’s all too much” y “Only a Northern Song”. Tal vez se deba a que uno es también más aburrido cada lustro que pasa. Pero el caso, y contra lo previsto, es que los años toleran mejor este cúmulo de órgano Hammond, cintas al revés, voces sampleadas y todo el aparato requerido en la época para conseguir el perseguido efecto nebuloso (que más que nebuloso de nube, era nebuloso de humo de porro trompetero).
El “Paseo del Arrendajo Azul” —ojo no confundir el arrendajo azul, pajarraco típicamente norteamericano (Cyanocitta cristata) con el arrendajo de por aquí (Garrulus glandarius), según me aclara mi amiga Ángela, la mantenedora de este blog— es la calle donde George Harrison vivió una temporada en Los Angeles. Fue allí, durante una noche que esperaba la visita de unos amigos, entre ellos Derek Taylor, el que había sido jefe de prensa de los Melenudos, donde compuso la cancioncita de marras suponiéndolo de psicotrópicos hasta el mismísimo culo. Por lo tanto y una vez más, el hecho que la desata y posterior letra son inanes aunque las publicaciones de la época ya se encargaban de buscarle tres pies al gato más excéntrico, pues recuerdo que un estudioso sostenía que la frase “don’t be long”, o sea, “no tardéis”, en realidad significaba “don`t belong”, o sea, “no pertenezcáis”, no pertenezcáis al establishment se entiende. Ay, cómo estaban las cabezas entonces con tanta psicodelia y tantas chuches.
En fin, la letra viene a decir más o menos lo que sigue:
Paseo del Arrendajo Azul.
Hay niebla en Los Angeles
Y mis amigos se han perdido.
“Llegaremos pronto”, dijeron
Y en cambio, se han perdido.
Por favor, no tardéis; por favor, no tardéis mucho
Por favor, no tardéis, que puede que me duerma.
Bueno, les dije cómo llegar
Y que preguntaran a un policía
De los muchos que hay por allí
Por favor, no tardéis; por favor, no tardéis mucho
Por favor, no tardéis, que puede que me duerma.
Ahora ya ha pasado
La hora de dormir
y eso que me gustaría
Pronto amanecerá
Y yo aquí sentado
En el Paseo del Arrendajo Azul.
Por favor, no tardéis; por favor, no tardéis mucho
Por favor, no tardéis, que puede que me duerma.
El vídeo original —con Jorgito tocando un teclado pintado en el suelo— extraído de la película para televisión del mismo título que el álbum, lo tienen aquí: "Blue Jay Way"
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viernes, marzo 18, 2011
Crisis, what crisis?: Bailando.
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Hay individuos que gozan de tal presencia de ánimo que de hallarse en estos momentos en la central nuclear de Fukushima, se sacudirían de los hombros la contaminación radiactiva como si fuera caspa, “Bah, esto no es na”.
Individuos como estos de mi barrio, de la clase danzante, para los que la vida es una continua cuchufleta y que piensan que en cien años, todos calvos. A lo mejor hacen bien.
A propósito, ¿qué será eso de "Baile de Novios"?
martes, marzo 15, 2011
Solución al Damero Mardito, nº 23 (marzo)
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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 23, marzo), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.
"Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano."
A. Jabalí
B. Lavabo
C. Bosque
D. Oculte
E. Retén
F. Golem
G. Estanco
H. Sudes
I. Ecuestre
J. Lenteja
K. Libélula
L. Ítaca
M. Bulas
N. Rameras
Ñ. Obviad
O. Diván
P. Esquina
Q. Andan
R. Remiendo
S. Enano
T. Niebla
U. Arrechucho
Acróstico: J. L. Borges "El libro de arena".
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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 23, marzo), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.
"Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano."
A. Jabalí
B. Lavabo
C. Bosque
D. Oculte
E. Retén
F. Golem
G. Estanco
H. Sudes
I. Ecuestre
J. Lenteja
K. Libélula
L. Ítaca
M. Bulas
N. Rameras
Ñ. Obviad
O. Diván
P. Esquina
Q. Andan
R. Remiendo
S. Enano
T. Niebla
U. Arrechucho
Acróstico: J. L. Borges "El libro de arena".
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viernes, marzo 11, 2011
Vidas humanas: Pilar Prades Santamaría
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(De nuestro corresponsal José María de Vega para "El Caso")
Es rarísimo en España que una mujer sea condenada a muerte y ejecutada en garrote vil, sea también porque nuestra inveterada hidalguía nos haga renuentes a que una fémina tome el camino del cadalso.
Desde que se fundó "El Caso", en 1952, solamente se ha dado esta espeluznante circunstancia en la persona de Pilar Prades Santamaría, por lo que creo merece la pena que nuestros lectores recuerden la historia de los sucesos que ocasionaron aquel triste fin.
Mes de mayo de 1959. Amanece en Valencia. En la prisión de mujeres no ha dormido nadie en toda la noche. En la capilla de la cárcel, una mujer, joven aún, está esperando. Encendidas todavía las luces, se oyen unos pasos solemnes. Son los del presidente de la Sala de la Audiencia, los cuatro magistrados, el secretario, el director de la prisión... Avanzan hacia ella, que está acompañada por un sacerdote.
Detrás del grupo, el abogado defensor de la condenada. El magistrado musita unas cuantas palabras que encierran una fórmula legal.
Instantes después, todos ellos se encaminan hacia el patio interior de la cárcel, en donde dos hombres —el verdugo y su ayudante— manipulan en un extraño aparato. Es el garrote, que, pese a lo vil y siniestro de su nombre, está considerado como el método más rápido y, por tanto, más humanitario de privar de la vida a un semejante. La horca, el fusilamiento, son sistemas mucho peores todavía.
Unos minutos más tarde, el médico de la prisión se inclina sobre el cuerpo de la mujer que ha tenido anudado al cuello el fatídico corbatín. Su corazón ha dejado de latir.
Pilar Prades Santamaría, la envenenadora de Valencia, ya no es más que un nombre en la historia del crimen.
Unos años antes, una joven sirvienta, de veinticinco primaveras, Pilar Prades Santamaría, soltera, natural de Begis, en la provincia de Castellón de la Plana, había entrado a prestar sus servicios como doméstica en una chacinería existente en la calle de Sagunto, 64, en la capital valenciana, propiedad de don Enrique Vilanova, quien vivía en la misma finca en compañía de su esposa, doña Adela Pascual Camps.
La sirvienta, además de ser diligente y activa en el trabajo, manifestaba hacia su señora un cariño que a su mismo esposo le parecía exagerado. De repente, la dama, que había gozado siempre de una salud de hierro, empezó a manifestar síntomas de una extraña enfermedad. Se le paralizaban los brazos y las piernas y tenía continuos mareos. Los médicos no pudieron encontrar el origen de aquella dolencia que, en el plazo de unos pocos meses, la llevó al sepulcro.
Pilar Prades, desde el mismo día del entierro de su difunta ama, se instaló en la chacinería y empezó a disponer de todo como dueña y señora. Pero el viudo, don Enrique Vilanova, que tenía sin duda otras ideas, la despidió pocas fechas después.
No tardó en encontrar colocación la activa Pilar. En la calle de Isabel la Católica, número 7, también de Valencia, vivía un prestigioso doctor en Medicina, don Manuel Berenguer Terraza, con su esposa, doña Carmen Cid, y cuatro hijos de corta edad. Tenían desde hacía cuatro años una sirvienta, Aurelia Sanz Herranz, natural de un pueblo de Guadalajara, con la que estaban muy contentos, pues la chica era honrada y servicial; pero doña Carmen, precisamente por el afecto que profesaba a la doméstica y para aliviarla de la carga que suponía para ella un hogar con tanto niño, admitió como criada a Pilar Prades, para que ayudase a Aurelia. Las referencias que presentó Pilar de la chacinería de la calle de Sagunto no fueron ni comprobadas. ¡Estaba tan difícil el servicio doméstico!
En los primeros tiempos, Pilar y Aurelia, las dos criadas, se llevaban estupendamente. Salían siempre juntas y frecuentaban la compañía de los chicos de su edad. Fue esa precisamente la causa de que, de la noche a la mañana, se enfriara aquella amistosa camaradería. Porque resultó que un muchacho que le gustaba mucho a Pilar, simpatizó más con Aurelia, hasta el punto de hacerse novio formal de ésta. Pilar Prades no le perdonó nunca lo que estimaba como una alevosa traición de su amiga y compañera. Y de repente, Aurelia Sanz empezó a sentirse mal. Creyó, al principio, que era simplemente una gripe. Pero como empeorase y se declarara una parálisis parcial en las extremidades inferiores y superiores, el doctor Berenguer convocó a varios colegas suyos en una consulta de médicos. Acordaron que acaso se tratase de un virus nuevo, desconocido por ellos, y decidieron que lo mejor era enviar a la sirvienta al hospital. Allí comenzó a mejorar lentamente.
Pilar Prades se quedó sola, atendiendo al matrimonio Berenguer y a sus cuatro niños. Y aconteció que fue ahora doña Carmen Cid, la esposa del doctor, la que cayó enferma. Los síntomas eran análogos a los que había experimentado Aurelia Sanz. Nueva consulta de médicos, nuevas sospechas de que un virus maligno no localizado aún por la ciencia pudiera estar provocando tan extraña enfermedad. Pero en esto, el doctor Berenguer consultó con un colega suyo, catedrático de Medicina Legal, y le aconsejó que hiciera la prueba del propatiol, un inyectable que podría descubrir mejor que los análisis de sangre y orina si la paciente había ingerido algún tóxico. En efecto, se hizo la prueba. El resultado dejó anonadado a don Manuel Berenguer: ¡arsénico!
El prestigioso médico, por lo pronto, tomó la medida de despedir inmediatamente a la sirvienta. Sospechaba de ella pero no tenía pruebas suficientes para denunciar una conducta criminal. Y entonces, recordando las referencias que Pilar había dado de la chacinería de la calle de Sagunto, llamó al propietario de la misma. Cuando don Enrique Vilanova le relató las circunstancias en que había ocurrido el fallecimiento de su esposa —inexplicable para los médicos—, ya no cupo la menor duda. Estaban en presencia de una envenenadora.
La confesión completa de Pilar Prades Santamaría no se hizo esperar. Era una mujer elemental, y sus primeras protestas de inocencia no ofrecieron la más leve consistencia.
La muerte de doña Adela Pascual la premeditó con el propósito de quedarse dueña absoluta de la chacinería y soñando, incluso, en que podría convertirse algún día en la segunda esposa de don Enrique Vilanova. Probó un poquito de cierto producto "matahormigas" que venden libremente en todas las tiendas y observó que tenía cierto sabor dulzón. Entonces, siempre que preparaba el café para la dueña de la casa, en lugar de azúcar empleaba el "matahormigas", que, con la correspondiente dosis de arsénico que lleva en su composición, fue minando lentamente la salud de doña Adela Pascual, hasta producir su fallecimiento.
Los hechos que hemos relatado ocurrieron a principios de 1957. El juicio oral se celebró en la Audiencia de Valencia los días 2 y 3 de diciembre de aquel mismo año. Un eminente letrado del Ilustre Colegio de Valencia se encargó de la difícil defensa. Propuso a su patrocinada defenderla como culpable, para, con los atenuantes que pretendía invocar, lograr una condena de algunos años de cárcel. Pero Pilar Prades se negó rotundamente.
—Soy inocente —declaró con terquedad, pese a que en el sumario constaba su confesión ante la Policía y ante el juez instructor.
La Audiencia de Valencia la condenó a la última pena por la muerte de doña Adela Pascual, y a dos penas de veinte años de reclusión cada una por las tentativas en las personas de doña Carmen Cid y de la sirvienta Aurelia Sanz. Como es preceptivo en todas las condenas a muerte, el Tribunal Supremo estudió los oportunos recursos presentados por la defensa de Pilar. Pero su fallo no hizo sino confirmar el de la audiencia valenciana. El uso del veneno es una agravante que los jueces de todo el mundo estiman y castigan con la severidad que merece.
Y así, en una madrugada de mayo, Pilar Prades Santamaría fue ejecutada a garrote vil en un patio interior de la Prisión de Mujeres de Valencia.
(Nota del transcriptor: Pilar Prades fue la última mujer condenada a muerte y ejecutada en España).
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"UNA MUJER EN EL PATÍBULO"
(La envenenadora de Valencia)
(De nuestro corresponsal José María de Vega para "El Caso")
Es rarísimo en España que una mujer sea condenada a muerte y ejecutada en garrote vil, sea también porque nuestra inveterada hidalguía nos haga renuentes a que una fémina tome el camino del cadalso.
Desde que se fundó "El Caso", en 1952, solamente se ha dado esta espeluznante circunstancia en la persona de Pilar Prades Santamaría, por lo que creo merece la pena que nuestros lectores recuerden la historia de los sucesos que ocasionaron aquel triste fin.
Mes de mayo de 1959. Amanece en Valencia. En la prisión de mujeres no ha dormido nadie en toda la noche. En la capilla de la cárcel, una mujer, joven aún, está esperando. Encendidas todavía las luces, se oyen unos pasos solemnes. Son los del presidente de la Sala de la Audiencia, los cuatro magistrados, el secretario, el director de la prisión... Avanzan hacia ella, que está acompañada por un sacerdote.
Detrás del grupo, el abogado defensor de la condenada. El magistrado musita unas cuantas palabras que encierran una fórmula legal.
Instantes después, todos ellos se encaminan hacia el patio interior de la cárcel, en donde dos hombres —el verdugo y su ayudante— manipulan en un extraño aparato. Es el garrote, que, pese a lo vil y siniestro de su nombre, está considerado como el método más rápido y, por tanto, más humanitario de privar de la vida a un semejante. La horca, el fusilamiento, son sistemas mucho peores todavía.
Unos minutos más tarde, el médico de la prisión se inclina sobre el cuerpo de la mujer que ha tenido anudado al cuello el fatídico corbatín. Su corazón ha dejado de latir.
Pilar Prades Santamaría, la envenenadora de Valencia, ya no es más que un nombre en la historia del crimen.
Unos años antes, una joven sirvienta, de veinticinco primaveras, Pilar Prades Santamaría, soltera, natural de Begis, en la provincia de Castellón de la Plana, había entrado a prestar sus servicios como doméstica en una chacinería existente en la calle de Sagunto, 64, en la capital valenciana, propiedad de don Enrique Vilanova, quien vivía en la misma finca en compañía de su esposa, doña Adela Pascual Camps.
La sirvienta, además de ser diligente y activa en el trabajo, manifestaba hacia su señora un cariño que a su mismo esposo le parecía exagerado. De repente, la dama, que había gozado siempre de una salud de hierro, empezó a manifestar síntomas de una extraña enfermedad. Se le paralizaban los brazos y las piernas y tenía continuos mareos. Los médicos no pudieron encontrar el origen de aquella dolencia que, en el plazo de unos pocos meses, la llevó al sepulcro.
Pilar Prades, desde el mismo día del entierro de su difunta ama, se instaló en la chacinería y empezó a disponer de todo como dueña y señora. Pero el viudo, don Enrique Vilanova, que tenía sin duda otras ideas, la despidió pocas fechas después.
No tardó en encontrar colocación la activa Pilar. En la calle de Isabel la Católica, número 7, también de Valencia, vivía un prestigioso doctor en Medicina, don Manuel Berenguer Terraza, con su esposa, doña Carmen Cid, y cuatro hijos de corta edad. Tenían desde hacía cuatro años una sirvienta, Aurelia Sanz Herranz, natural de un pueblo de Guadalajara, con la que estaban muy contentos, pues la chica era honrada y servicial; pero doña Carmen, precisamente por el afecto que profesaba a la doméstica y para aliviarla de la carga que suponía para ella un hogar con tanto niño, admitió como criada a Pilar Prades, para que ayudase a Aurelia. Las referencias que presentó Pilar de la chacinería de la calle de Sagunto no fueron ni comprobadas. ¡Estaba tan difícil el servicio doméstico!
En los primeros tiempos, Pilar y Aurelia, las dos criadas, se llevaban estupendamente. Salían siempre juntas y frecuentaban la compañía de los chicos de su edad. Fue esa precisamente la causa de que, de la noche a la mañana, se enfriara aquella amistosa camaradería. Porque resultó que un muchacho que le gustaba mucho a Pilar, simpatizó más con Aurelia, hasta el punto de hacerse novio formal de ésta. Pilar Prades no le perdonó nunca lo que estimaba como una alevosa traición de su amiga y compañera. Y de repente, Aurelia Sanz empezó a sentirse mal. Creyó, al principio, que era simplemente una gripe. Pero como empeorase y se declarara una parálisis parcial en las extremidades inferiores y superiores, el doctor Berenguer convocó a varios colegas suyos en una consulta de médicos. Acordaron que acaso se tratase de un virus nuevo, desconocido por ellos, y decidieron que lo mejor era enviar a la sirvienta al hospital. Allí comenzó a mejorar lentamente.
Pilar Prades se quedó sola, atendiendo al matrimonio Berenguer y a sus cuatro niños. Y aconteció que fue ahora doña Carmen Cid, la esposa del doctor, la que cayó enferma. Los síntomas eran análogos a los que había experimentado Aurelia Sanz. Nueva consulta de médicos, nuevas sospechas de que un virus maligno no localizado aún por la ciencia pudiera estar provocando tan extraña enfermedad. Pero en esto, el doctor Berenguer consultó con un colega suyo, catedrático de Medicina Legal, y le aconsejó que hiciera la prueba del propatiol, un inyectable que podría descubrir mejor que los análisis de sangre y orina si la paciente había ingerido algún tóxico. En efecto, se hizo la prueba. El resultado dejó anonadado a don Manuel Berenguer: ¡arsénico!
El prestigioso médico, por lo pronto, tomó la medida de despedir inmediatamente a la sirvienta. Sospechaba de ella pero no tenía pruebas suficientes para denunciar una conducta criminal. Y entonces, recordando las referencias que Pilar había dado de la chacinería de la calle de Sagunto, llamó al propietario de la misma. Cuando don Enrique Vilanova le relató las circunstancias en que había ocurrido el fallecimiento de su esposa —inexplicable para los médicos—, ya no cupo la menor duda. Estaban en presencia de una envenenadora.
La confesión completa de Pilar Prades Santamaría no se hizo esperar. Era una mujer elemental, y sus primeras protestas de inocencia no ofrecieron la más leve consistencia.
La muerte de doña Adela Pascual la premeditó con el propósito de quedarse dueña absoluta de la chacinería y soñando, incluso, en que podría convertirse algún día en la segunda esposa de don Enrique Vilanova. Probó un poquito de cierto producto "matahormigas" que venden libremente en todas las tiendas y observó que tenía cierto sabor dulzón. Entonces, siempre que preparaba el café para la dueña de la casa, en lugar de azúcar empleaba el "matahormigas", que, con la correspondiente dosis de arsénico que lleva en su composición, fue minando lentamente la salud de doña Adela Pascual, hasta producir su fallecimiento.
Los hechos que hemos relatado ocurrieron a principios de 1957. El juicio oral se celebró en la Audiencia de Valencia los días 2 y 3 de diciembre de aquel mismo año. Un eminente letrado del Ilustre Colegio de Valencia se encargó de la difícil defensa. Propuso a su patrocinada defenderla como culpable, para, con los atenuantes que pretendía invocar, lograr una condena de algunos años de cárcel. Pero Pilar Prades se negó rotundamente.
—Soy inocente —declaró con terquedad, pese a que en el sumario constaba su confesión ante la Policía y ante el juez instructor.
La Audiencia de Valencia la condenó a la última pena por la muerte de doña Adela Pascual, y a dos penas de veinte años de reclusión cada una por las tentativas en las personas de doña Carmen Cid y de la sirvienta Aurelia Sanz. Como es preceptivo en todas las condenas a muerte, el Tribunal Supremo estudió los oportunos recursos presentados por la defensa de Pilar. Pero su fallo no hizo sino confirmar el de la audiencia valenciana. El uso del veneno es una agravante que los jueces de todo el mundo estiman y castigan con la severidad que merece.
Y así, en una madrugada de mayo, Pilar Prades Santamaría fue ejecutada a garrote vil en un patio interior de la Prisión de Mujeres de Valencia.
(Nota del transcriptor: Pilar Prades fue la última mujer condenada a muerte y ejecutada en España).
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lunes, marzo 07, 2011
Gran Diccionario Visual, vocablo nº 29
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edivicio. m. Inmueble en cuyas diversas plantas se han establecido burdeles, casas de juego, puntos de venta de drogas y entidades bancarias.
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edivicio. m. Inmueble en cuyas diversas plantas se han establecido burdeles, casas de juego, puntos de venta de drogas y entidades bancarias.
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