domingo, agosto 09, 2009

Movilgrafías: Azulejo filantrópico


Todavía quedan en algunos puntos de la ciudad azulejos como este, azulejos que fueron destinados a aleccionar a los niños decimonónicos contra sus prácticas devastadoras, desconocedores las criaturas de las actuales normativas conservacionistas y ecológicas. Azulejos redactados en la hermosa y fraterna prosa krausista de la Institución Libre de Enseñanza y de la que parece ser autor el propio don Pantuflo Zapatilla, padre de los hermanos Zipi y Zape:


"Isleta de los pájaros"


Las aves y los pájaros constituyen un motivo de
recreo para los espíritus sensibles y cultivados.
Quienes no saben amarlos y convivir con ellos,
se hacen acreedores al más duro reproche.
Son criaturas que reclaman buen trato y atención.
Su custodia debe estar a tu cargo al convertirte en su
protector, denunciando cualquier atentado contra ellos.


viernes, agosto 07, 2009

El árbol


Lo llamábamos el Árbol de los Muertos porque conforme crecía, arraigando profundamente en el suelo y extendiéndose en el paisaje cada año, algunas de las más gruesas ramas iban siendo elegidas por personas deseosas de poner fin a sus vidas por el expeditivo método del ahorcamiento.

Dirán entonces que el nombre adecuado para tal árbol no sería el de los Muertos sino el de los Ahorcados, pero comprenderán lo correcto del mote cuando añada que contra su duro tronco se estrellaron también automóviles y motocicletas, produciendo entre sus conductores y ocupantes el fallecimiento inmediato y sin excepción. El Árbol de los Muertos nunca dejaba heridos. Hasta un ciclista se reventó la cabeza a resultas del choque tremendo cuando a su bicicleta se le rompieron los cables de los frenos.

Llegó un momento en que el grupito que formábamos mis amigos y yo encontró entretenido el sentarnos en la cima de un breve montículo situado a unos veinte metros del árbol. Desde allí contemplábamos en directo y a nuestro antojo los suicidios y accidentes continuos. Fumábamos cigarrillos y si no había suerte hacíamos concursos de meadas y de pajas. Pero al menos una vez por semana se nos presentaba alguna desgracia.

Al principio impresionaban. Sobre todo el ver cómo tras el impacto, un coche se convertía en un amasijo de metales y plásticos que se volvían dientes feroces. Como si los pasajeros murieran a dentelladas. Pero con el tiempo nos acostumbramos al espectáculo y al final acabamos aburriéndonos. De todo se aburre uno.

Así ocurrió la tarde en que vimos acercarse al árbol a Rafael el de los Bichos, el panadero del que muchos se burlaban a causa de los continuos engaños de su mujer con otros hombres. El tío nos saludó con la mano y seguidamente se subió a la misma rama donde tres días antes se colgó Esperancita Luna. De un morral sacó una soga de esparto. Anudó uno de los extremos a la rama y el otro, hecho un lazo, se lo pasó por el cuello. Pudimos ver que era un nudo como los de las pelis del oeste. Lo traía ya hecho de casa. Luego saltó al vacío y se le cayó la gorra. Para mí que nos miraba sonriendo durante toda la preparación y que no perdió la sonrisa en su breve descenso.

Cuando lo vimos pendulear en silencio, con la lengua fuera y la cara congestionada (el Zito dijo que tenía cara de estar cagando), nos levantamos de nuestra privilegiada atalaya, nos sacudimos los fondillos de los pantalones de la tierra adherida y alguien dijo de ir a lo de Manolo a echar unas partidas al futbolín. En aquella ocasión no nos acercamos al ahorcado. Ni siquiera le registramos los bolsillos. Comprendí en aquel momento que nuestros días como espectadores habían llegado a su fin. También fuimos víctimas. Del tedio, pero víctimas.

© Sap.
es.humanidades.literatura


miércoles, agosto 05, 2009

"El catolicismo explicado a las ovejas" Juan Eslava Galán


El prolífico polígrafo polimorfo Juan Eslava Galán demuestra con su último trabajo “El catolicismo explicado a las ovejas” que estos tiempos nefastos donde la especie humana se ha abandonado a la molicie, a adorar al oro del becerro, a fisgonear en la perniciosa Internet, a engolfarse con el fútbol y los programas del corazón, e incluso, ¡ay!, los que pueden, se han entregado al fornicio desmedido y sin tasa, son campo abonado para que individuos como él entren a saco en el panorama editorial con la aviesa intención, no sólo de poner en duda los cimientos del Sacratísimo Edificio que la Santa Madre Iglesia ha ido construyendo durante milenios sino sumarse a esa chusma de desalmados que provistos de barrenas, taladros, berbiquíes y otros ingenios perforantes, tratan de horadar la nave de San Pedro para echarla a pique, siendo su sobresaliente ataque más pernicioso que los de otros destacados enemigos de la fe, ya que lo realiza de manera taimada e incluso convincente para el poco avisado, esto es, disfrazado con una piel de oveja sobre sus lomos de terrible lobo. Con esta burda engañifa y haciendo creer a los crédulos, digoooo, a los creyentes, que su posición moral es solidaria con el aprisco celestial, engarza uno tras otro, párrafos de tal irreverencia que uno sólo de los renglones que lo componen hubieran bastado para conducirlo a la hoguera en otros siglos donde imperaban la decencia y el temor de Dios.

A lo largo de sus 500 páginas —que incluyen aberrantes ilustraciones—, este sujeto, que sin duda debe estar pagado por Al Qaeda o por el lobby judío norteamericano o por el oro de Moscú, que algo de calderilla habrá quedado, o por los tres a la vez, que no hay más que ver las barbazas levíticas que gasta el mozo (¡y qué digo levíticas! ¡deuteronómicas!) para darse cuenta que sabe poner el cazo sin mirar quién aplica el soborno; este sujeto, vuelvo a decir, se pasea por la historia de nuestra verdadera fe como Pedro (no el de las llaves sino el otro) por su casa intentando demostrar que millones de habitantes del planeta están equivocados, enfangados como se encuentran en la enorme falacia, la patraña inmensa, el más grande cuento de vieja jamás contado, con que les han engañado unos negociantes embaucadores que a lo largo de los últimos veintiún siglos según él, aparte de vender humo, han mezclado en tal gazpacho espiritual las religiones sincréticas mediterráneas, los ritos mistéricos, los hechos nimios convertidos en mito, el toletole de reliquias, milagros, apariciones, estampitas y santos lugares, y situándose con chulería al lado de ese turista que contaba el gran Gila, que visitando el Vaticano exclamó: “¡Y empezaron con un pesebre!” Y es que para mayor inri, y nunca mejor traída la expresión, el tío lo hace sin ahorrar humorismo y abierto sarcasmo en un despliegue de poca vergüenza tan desaforada como insistente. Por todo ello nos cuesta creer que para realizar este gordo libelo haya manejado una bibliografía de ¡ciento treinta y siete entradas!, pero que suponemos todas más falsas que los milagros de Mahoma, al igual que los numerosos apéndices que los epígonos de este individuo han calificado de sabrosísimos. ¡Pero si es que incluso el tío ha tenido la desfachatez de derivar los emolumentos que por derechos de autor le correspondan por sus morcillas evangélicas a la Conferencia Episcopal!

Por todo ello, y siempre que consideremos al lector como persona formada y de bien cimentada fe, aconsejo vivamente la lectura de este volumen, “El catolicismo explicado a las ovejas”, no sólo para demostrar cuán burdos e infructuosos llegan a ser los argumentos de este ateazo hijo de Satán para echar abajo lo que muchos llaman invención de Pablo de Tarso, sino para salir más edificados si cabe tras la experiencia, sustitutoria en muchos casos de un cilicio en el muslamen. Y es que estamos seguros que el hijo del carpintero, cuando suceda la parusía y felicite vivamente a la Curia Romana después de girar gozosa visita por el Estado Vaticano, sacará de su inconsútil y tosca túnica el látigo con que expulsó a los mercaderes del templo para zurrarle bien zurrada la badana a este Eslava Galán de los infiernos.

martes, agosto 04, 2009

"Mis Melenudos, 2"




"HEY, BULLDOG"

Para esta semana he elegido una canción potente, el “Hey, Bulldog” que compuso John Lennon y que grabaron los Beatles en febrero de 1968 una vez finalizado el vídeo promocional de “Lady Madonna”, constatándose una vez más que los Melenudos eran unos trabajadores incansables que aprovechaban el mínimo momento para ir dando forma a sus ideas.

“Hey, Bulldog” se incluyó en el L.P. “Yellow Submarine” con ese carácter de relleno que parecían tener los temas inéditos que compusieron la banda sonora de la magnífica película de dibujos animados. A pesar de todo, la secuencia animada correspondiente a esta canción no se incluyó hasta la remasterización y comercialización del film en 1999.

Tal vez porque su gestación transcurriera a la sombra de la macartiana “Lady Madonna”, el piano —que en esta ocasión interpreta el propio Lennon— sigue presente y en forma de un riff curioso por lo poco habitual en el grupo. La letra de la canción una vez más, parte del nonesense que se adecuaba a los tiempos musicales y que iba transformándose y afinándose a medida que transcurrían las tomas, dejando en muchos casos partes enteras en su estado primitivo. De hecho, su título, “Hey, Bulldog” se origina de los ladridos de Macca al final, pues si el muchacho en vez de ladrar se pone a hacer pío-pío, lo mismo la canción se hubiera titulado “Hey, Chicken”. Da igual. Lo importante no son sus ladridos sino el potente bajo con que acompaña a las brillantes guitarras y al riff pianístico.

Para la ocasión, enlazo a la secuencia antes aludida por su condición de cuasi rareza:
http://www.youtube.com/watch?v=G_fSLuWwS2c
Y como siempre, os ruego generosidad con el volumen de los altavoces.
La traducción de la letra es mía y, por lo tanto, se admiten sugerencias:

“EH, BULLDOG”

Un perro pastor bajo la lluvia
Una rana toro haciéndolo de nuevo
Una clase de felicidad que se mide en kilómetros
¿Qué te hace pensar
que eres alguien especial
cuando sonríes?
Nadie entiende la inocencia infantil
Una navaja en tus manos sudorosas
Una clase de ingenuidad que se mide en años
No sabes que es como escuchar tus miedos

Puedes hablarme
Puedes hablarme
Puedes hablarme
Si estás solo
Puedes hablarme

Un hombretón se pasea por el parque
Una tienda india temerosa de la oscuridad
Una clase de soledad que se mide contigo
Crees que me conoces
Pero no tienes ni idea.

Puedes hablarme
Puedes hablarme
Puedes hablarme
Si estás solo
Puedes hablarme

Eh, bulldog…

jueves, julio 30, 2009

Maravillas del Mundo, 3



Hambre, tú eres madre del ingenio.



Para BB.


Cuando las hambrunas surgidas tras la Segunda Oleada de 2086 obligaron a la población a sacrificar hasta el exterminio a todos los burros que escapados de sus Centros de Reserva vagaban salvajes por las avenidas desiertas y a traficar con su carne porque la que suministraba el racionamiento gubernamental era insuficiente para alimentarnos, la gente decidió criar perros y gatos en sus domicilios para paliar el desabastecimiento. Como la cría de conejos, aves, cerdos y ovejas estaba perseguida tras los desastres provocados por las pandemias de gripe aviar HL23, fiebre cunicular BV65L, gripe porcina PT36 y fiebre aftosa TT78, todo el que pudo reservó en su piso o apartamento una habitación, un balcón, o adecuó cualquier rincón para habilitarlo como criadero.

En poco tiempo desaparecieron los perros y gatos que en jaurías y manadas habían vagabundeado por la ciudad buscando comida entre los vertederos. El que más y el que menos se hizo con los ejemplares que podía permitirse criar utilizando para su captura los medios más variopintos e ingeniosos, desde los lazos a los cepos de fabricación casera; aunque eso sí, para el consumo inmediato llegó a recurrirse a las armas de fuego. Fue así que hubo familias que convivieron con tantos perros y gatos que aseguraron su manutención hasta que tres años después el Gran Gobierno decretó la creación masiva de granjas caballares.

En todo caso, la convivencia entre humanos y animales, rota la relación de mascota-amo, llegó a ser terrible. Las noches, durante la época más dura, fueron invitación constante al insomnio porque los edificios enteros, a modo de antorchas sonoras, emitían el continuado lamento de los animales encerrados. El hedor, otro de los grandes problemas a pesar de la extrema limpieza que quisimos emplear, llegó a hacerse insoportable cuando llegaron los meses de verano. Finalmente, los parásitos, incrementado su número de manera exponencial, se convirtieron, más que el hambre incluso, en los verdaderos enemigos a batir. Una vez más, el ingenio nacido de la necesidad, inventó métodos para paliar sus estragos.

Sea como fuera, el caso es que las familias estaban nutridas y aunque la alimentación no era muy variada nos adaptamos mal que bien a aquellas circunstancias. El sacrificar perros y gatos en la encimera de la cocina después de acogotarlos se estableció como costumbre y la necesidad puso sordina a lo que en principio escandalizó, lo mismo que se tornó hábito el sustituir los animales consumidos por otros nuevos y hacer ocupar cuanto antes las jaulas que habitaban los gatos y las cortas cadenas que enganchadas a las paredes de lo que, por ejemplo, fue el dormitorio de la abuelita, mantenían sujetos a los perros.

La versatilidad de nuestra especie para adaptarse al medio quedó patente. A las pocas semanas de generalizarse esta práctica de la cría en cautividad surgieron en cada barrio verdaderos gourmets que intercambiaban recetas o aconsejaban maneras de mejorar los platos. La carne de estos animales, que en principio nuestro tonto código ético y cultural, rechazó, llegó a parecernos sabrosísima, sobre todo cuando estaba aderezada convenientemente para restarle dureza.

En efecto, ya fuera por su naturaleza tenaz o ya fuera por el incremento en ésta del estrés que sufrían los animales desde su captura al momento de su despiece, las carnes obtenidas eran durísimas, en especial la de los perros de raza cocker. Nunca como entonces comprobamos lo acertado de la expresión ser carne de perro aplicada a un tejido irrompible o a un automóvil perdurable. Una vez más y hartos de experimentar los métodos más peregrinos para ablandarlas, desde mantener los filetes macerados en zumo de limón durante 48 horas a disponer las chuletas envueltas en plástico bajo los cojines del sofá familiar durante unos días, la ciencia vino en nuestra ayuda pues al mes escaso de iniciarse este tipo de recurso alimenticio apareció tanto en radio como en prensa el anuncio de un artilugio del que se decía era eficaz por completo para domeñar los montaraces bistecs de chow-chow y los elásticos solomillos de pastor alemán.

Desde luego el ingenio aquél no era barato, nada menos que 775 neokópecs, pero todos cuantos lo pudimos adquirir nos alegramos de inmediato de su compra pues tal y como prometía su publicidad, las carnes tratadas con él, se deshacían en la boca de puro suaves, logrando por otra parte acrecentar el número de recetas animados todos por el nuevo sabor que adquirían. Las amas de casa no tardaron en entrar en competencia entre ellas y la que poseía el aparato no dudaba en chinchar a la vecina que no lo tenía o a lanzar indirectas como puñales cuando accedían a prestar el suyo. “Pues a ver si nos vamos comprando unooo, que ya es horaa, señora Mogambo…”, así, con hiriente retintín.

Cuando finalmente las granjas de caballos modificados fueron capaces de producir carne suficiente como para acabar con los tinglados caseros, los ablandadores se convirtieron en objetos inútiles, aunque más de uno, en vez de deshacerse del aparato, expuso el suyo en algún lugar preeminente de la vivienda, mostrado como icono sagrado, recordatorio de los tiempos de la carestía que nadie deseaba volver a vivir. Tras ello y después de aquel terrible periodo que había destruido las relaciones del hombre con sus mejores amigos, la gente volvió a adoptar perritos y gatitos y a llamarlos Boby o Sultán o Micho o Cipión o Berganza, permaneciendo intacto el motivo misterioso de nombrar así a las mascotas.

© Sap.
es.humanidades.literatura

miércoles, julio 29, 2009

La balaustrada greguerizada

Siempre he pensado que si Ramón Gómez de la Serna no se convirtió en un diletante al uso fue a causa de su catadura de panadero. Lo de ser carirredondo y peinarse con la raya al lado debió ser determinante para la invención y el ejercicio de la greguería, por lo que esto mismo -su aspecto menestral- lo alejó de tentaciones por las formas más afectadas y pedantes. En consecuencia, su vanguardia fue la propia de un chamarilero del Rastro.
Leo estos días un libro de un humorismo amargo, su Diario Póstumo; y digo amargo porque este Ramón del exilio bonaerense, el que vive entre las estrecheces de los artículos impagados y que añora el Madrid que inventó, se sabe próximo a morir (no hay mas que ver su desoladora última fotografía.) Como no podía ser menos, el libro -el cuaderno- está repleto de greguerías, la materia en que acabó ahogándose en su Automoribundia.

En es.humanidades.literatura hemos estado greguerizando unas horas a cuenta de la bella palabra “balaustrada”. De momento estos son los resultados:

Blanca Barojiana:
—“Cada balaustre es una de las incontables patas del universo.”
—“Desde el abismo
de la balaustrada:
¡saltó la gallina!”
—“El corazón del balaustre, por mal de amores, se volvió forja.”

Sap:
—"A la balaustrada tendida de vías y traviesas se asomó el suicida."
—"Tres meses de dieta y la balaustrada quedó en barandilla."
—"Hay una balaustrada-tobogán que es el niño de las balaustradas."
—"La balaustrada sin tres balaustres es una balaustrada que desafina."

O’Flaherty:
—“Giró la balaustrada para subir y asomarse al cielo.”
—“El desliz por la balaustrada lo convirtió en un hombre santo.”
—“Los pechos de la joven hacen perder la serenidad a la balaustrada, cuando se apoyan en ella.”
—“La balaustrada sin tres balaustres simula boca de viejo.”

Jorfasan:
—“La ruina del aristócrata y el incansable salitre dejaron en barandilla la balaustrada de la mansión.”
—“El dios de los naufragios asomó a la balaustrada de la sonrisa que aquella vieja sirena nos regaló a la entrada del prostíbulo.”

Paco Z:
—“Para lustre el del balaustre.”
—“El balaústre con acento suena más.”
—“Mujer de piernas cruzadas embalaustrada está.”
—“Cuando a Tarzán lo rodearon de balaustres se fue la Chita callando.”
—“Mofándose, ‘Pendón de Balaustre’ lo llamaban desde que su suicidio fallase por, en el último momento, pillarse de la baranda.
—“Tenía tal ‘baranda’ que su odontólogo no tuvo más remedio que ponerle balaustres.”
—“No por mucho balaustrar dejó de ser escalera.”
—“La Justicia argentina es tan lábil que a los asesinos apenas los embalaustra.”
—“El hijo de Epulón tuvo corralito de balaustres.”
—“¡¡¡Y hablando de balaustres, qué decir de los que burló Romeo!!!”

Sebastián:
—“Me iba al exilio en vagón de tercera, y veía la sucesión de los postes como la balaustrada que me separaba del mundo.”

martes, julio 28, 2009

Anónimos

ANÓNIMOS


Era una vida contemplada a través del humo nocturno de la sopa. La muñeca de mi suegra amorcillada por el diminuto reloj, articulando el movimiento de poner platos, de recoger migas de la mesa. Vida de telediarios y pescadilla hervida, de niños con un perpetuo constipado, de merenderos baratos los domingos y coito fugaz y amargo algún sábado. 

Fui deglutiendo todo aquello como porciones de borra, con una masticación de meses áridos. Y así, cuando de nuevo estalló para muchos la primavera, decidí escribir el primero de los que luego fueron cuarenta y siete. Cuarenta y siete anónimos.

Confeccionarlos recortando letras de revistas perdió su atractivo cinematográfico ante lo arduo de la tarea. Rescaté la antigua Olympia, pero su estrépito de ferrocarril alarmó a todos en casa. Me pareció entonces que las letras de palo seco escritas con la mano izquierda serían efectivas, de una rotunda veracidad. 

Al día siguiente deposité el primer sobre en un buzón cercano. Luego mecanicé el trabajo. Tras un sucinto borrador, me bastó condensar las redacciones en dos o tres modelos que repetí como si fueran circulares. Tan solo hice una concesión a la ternura: siempre firmé como "un amigo que te aprecia" o "una amiga que te quiere".

Frecuenté los buzones más remotos con un prurito de persecución policial. Caminé incluso los trayectos que me llevaban a los extremos de la ciudad, allí donde se hace pavorosa. Cuarenta y siete buzones distintos contuvieron mi obra. 

Por terceros a los que pregunté con inocencia, supe del éxito de mi trabajo. Cuando me interesaba por alguno de los destinatarios, mis interlocutores se echaban las manos a la cabeza con incredulidad: "¿Pero no sabes lo que le ha ocurrido a...?". Y se entregaban luego a la narración de cualquier suceso terrible. Sin sospecharlo, me dieron la certeza de que desestabilicé matrimonios y destruí familias, de que inculqué desesperación, celos o infamia. Quiero que se me perdone una punta de vanidad: provoqué dos suicidios.

Confesarme feliz durante aquella temporada es un término erróneo. Más que feliz, me sentí vivo, dotado de una energía que nunca imaginé poseer. Hacerme socio de un gimnasio no me pareció ridículo. Lo mismo que comprar ropa cara, aclararme el pelo o practicar la esgrima. 

Créanme. Yo en otro tiempo fui un hombre apacible. 

 © Sap.
es.humanidades.literatura

lunes, julio 27, 2009

"Sólo un muerto más" Ramiro Pinilla

Ramiro Pinilla, el veterano autor vasco de la trilogía “Verdes valles, colinas rojas”, me deparó uno de los fiascos más señalados cuando terminado el primer volumen de la serie concluí que a pesar de su fulgurante, bella y personal primera mitad, el resto era un ladrillazo de notables proporciones, por lo que hasta el día de hoy los dos volúmenes siguientes reposan en mi biblioteca sin haber sido siquiera despellejados del plástico que los envuelve. De esta manera, puedo estar de acuerdo con Anasagasti cuando en su blog, y por los que sospecho otros motivos fuera de la literatura, califica al escritor de plomazo aunque sin ahorrarse recordarnos en un comentario lleno de vileza que Pinilla también fue autor de pies de cromos de muchos álbumes infantiles.

Como las segundas oportunidades me han deparado grandes sorpresas, y sabiendo no muy extenso el texto, creí que “Sólo un muerto más” podría ser reflejo de un Pinilla desconocido, el regateador en corto. Finalmente, ambas cosas sucedieron; la novela no sólo no es nada aburrida sino que llega a ser divertida, ingeniosa, sarcástica, y construida con las herramientas que domina el que lleva sesenta años en el tajo. Laus Deo.

“Sólo un muerto más” es una novela policíaca, o mejor dicho, es una parodia de la novela negra además de un repaso a una sociedad y un tiempo específicos. El territorio donde se desarrolla es el mismo donde Pinilla situaba la acción de su epopeya en tres volúmenes, o sea, su pueblo de Getxo, Algorta, La Galea, la playa de Arrigunaga, etc. y los personajes, o ya han intervenido en la citada trilogía o son descendientes de las familias que protagonizan aquella especie de cantar de gesta euskaldún y agropecuario: los Altube, los Baskardo, los Bordaberri… Uno de estos individuos protagonizará la novela.

Sancho Bordaberri, propietario de la librería Beltza en Getxo, escritor a la vez de novelas policíacas, pero cuyos dieciséis títulos han desfilado por las editoriales sin recibir la menor atención, decide tras un paseo por la pedregosa orilla del mar donde ha arrojado el manuscrito de su última e inédita obra, convertirse él mismo en el detective que ha creado su imaginación, llamarse por tanto Samuel Esparta –en clara alusión al Sam Spade de Chandler- e intentar esclarecer el crimen ocurrido en la localidad diez años antes y que quedó impune, inmersa la investigación en el fragor de la Guerra Civil. Sancho Bordaberri, no sólo adoptará el nombre de su criatura sino que a imitación de sus héroes adoptará su peculiar lenguaje, vestirá su traje de domingo y usará sombrero y, finalmente, convencerá a su empleada de la librería, la sarcástica Koldobike (a mi gusto el mejor de cuantos personajes desfilarán por el texto) a teñirse el pelo de rubio platino y embutirse en una falda de tubo. De la misma manera que el loco manchego creyó que su ardiente llanura podía acoger aventuras que se desarrollasen en el imperio de Trebisonda, Samuel Esparta sustituirá las manzanas de Nueva York por los caseríos getxotarras, y la esquina entre las calles 37 y 42 por la peña de Félix Apraiz, escenario del crimen que todavía en 1947 no tiene culpable. Por supuesto, con este entramado, los guiños a la obra de don Miguel son habituales.

Sobre el carácter paródico del texto, prima el conocimiento profundo del género que tiene el autor, que no en vano llegó a cultivarlo en sus comienzos. Irónicamente la novela se la dedica a uno de sus pseudónimos, “a Romo P. Girca, recordando su ‘Misterio de la pensión Florrie (1944)”. Todos los tics, las formas y los trucos de los clásicos americanos –Chandler, Cain, Hammet- están presentes de una u otra forma en la acción y dicción de Esparta y, por otra parte, contrastándolo, tenemos el florido verbo del siniestro falangista que persigue a Esparta deseoso de saber cómo se escribe una novela realista, ya que él es un poeta de los que necesita la nueva España. En medio, la ácida Koldobike es la única persona que pone sensatez en estas turbulentas relaciones y la que establece las claves inteligentes que deberá seguir su jefe.

Aparte de ellos, la galería de personajes es muy amplia y de variado registro, desde el asombrado que pueda haber vascos malos al colaboracionista, al estraperlista y al iluminado que pretende hacer un mapa de Vizcaya señalando las distancias en pasos. En resumen, 250 páginas donde lo divertido y lo amargo (¿no sería lo sarcástico el producto de mezclar ambos ingredientes?) hacen del libro una lectura amena y escrita con inopinable maestría. Y es que hasta haber redactado los cromos de “Marcelino, pan y vino” sirve. Todo sirve.

jueves, julio 23, 2009

Mis Melenudos, 1


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"RAIN"
Para esta semana he elegido la canción de John Lennon, “Rain”, que grabaron los Beatles en el mes de abril de 1966 y que apareció en los mercados del ramo como cara B del single en que la cara A era “Paperback writer”. A pesar de este carácter de segundona con que la etiquetaron a la pobre, “Rain” es a mi juicio no sólo una de las mejores caras B de los Fab Four sino una canción imprescindible para entender la transición entre “Rubber Soul” y “Revolver”, aunque no demasiado conocida por el fan medium level..

En “Rain” las guitarras brillantes del anterior trabajo van a tomar ya el decidido toque oriental que les será impreso en el futuro long play. También será el primer tema donde se utilizarán grabaciones reproducidas al revés (oído atento al fraseo final) y donde se echará mano de una técnica llamada “varispeed” que altera el tono y la velocidad del sonido. De hecho, algunas de las pistas que componen el tema fueron luego ralentizadas, de ahí que la voz de Lennon suene un poco pastosa. Y digo pastosa para no llamarla chochona.

A destacar la ejecución baterística de Ringo, que siendo como era un instrumentista limitado, nos sorprende en esta ocasión con sus bien concertados y variados tamborileos. En primer plano, claro está, el bajo de Paul, que gustándole al muchacho destacar, cualquiera le decía que no.

Y ahora pasemos a la videoaudición. ¿Tenéis el volumen ajustado tirando a fuertecito?. Pues allá va: http://www.youtube.com/watch?v=TwSUlgJ0css

La traducción que sigue a continuación de la letra es mía. No es que sea buena, pero servidor se entretiene:


LLUVIA

Si se pone a llover corren y se cubren la cabeza
Como si fueran a morirse.
Si se pone a llover, si se pone a llover.

Cuando hace sol buscan la sombra
Y sorben sus limonadas.
Cuando hace sol, cuando hace sol.

Si llueve, no me importa.
Si hace sol, pues el tiempo es bueno.

Puedo enseñarte que cuando empieza a llover
Todo es lo mismo.
Puedo enseñártelo, puedo enseñártelo.

Si llueve, no me importa.
Si hace sol, pues el tiempo es bueno.

¿Me escuchas si te digo que el que llueva o haga sol
Se trata en realidad de un estado de ánimo?
¿Me escuchas? ¿me escuchas?

Si se pone a llover corren y se cubren la cabeza…
Azebac al nerbuc es y nerroc revoll a enop es is

Lluvia…
Lluvia…
.

Cambio de Percepción, 2

El mismo al que debieron festejar con risas hace un siglo es ahora imagen del horror, un divertido mamarracho que nunca sospechó que el tiempo lo convertiría en material de pesadillas. El sonido de sus palmas debe ser tan macabro como el de las trompetas de la muerte.
¡Ele, arsa! ¡Qué no farte de na!