miércoles, diciembre 06, 2023

Soñada literatura kiosquera

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Soñada literatura kiosquera

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Siempre soñé con haber sido escritor de novelas de a duro, un paperback writer, un autor de pulp barato que frecuentara todos los géneros: novelillas policíacas, del oeste, románticas, etc. Sí, uno de aquellos escribanos prolifiquérrimos de kiosco de los años 50/60 que firmaban con equívocos pseudónimos que ocultaban lo prosaico de sus nombres reales.

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Los míos hubieran sido (los invento sobre la marcha):
Para las novelas policiacas: Bud L. Harrison
Para las novelas del Oeste: Trinidad McKern
Para las novelas románticas: Gloria de Rosas
Para las novelas de ciencia-ficción:  Franz Kaminski
Para las novelas de terror:  Agnetha Curtis
Para las novelas bélicas: Nicholas Pert

Algunos ejemplos de estos autores que no fueron y de sus obras inexistentes:

Fragmento de "La caja oscura" de Bud. L. Harrison (1952) Ed. Molino.

Los destellos nocturnos del neón se reflejaban en la pared de enfrente y desde el mismo antro subían las notas de un saxo que gemía blandamente. Kirk Savannah, el tipo que mejor conocía las cloacas humanas de la ciudad, bajó los pies de la mesa de su despacho, abrió un cajón y encontró que la botella de bourbon que allí guardaba contenía una insuficiente cantidad de líquido. Le quitó el tapón y bebió del gollete hasta agotarla. El estridente repique del teléfono se unió al neón y al saxo en su invasión de la habitación.

—¿Sí?
—¿Es usted Kirk?
—Sí. Es una mala costumbre que tengo.
—Ahórrese sus sarcasmos, Kirk. Soy Thomas Lexton.
—¿Thomas Lexton, el propietario de Industrias Lexton?
—El mismo.
—¿Qué le ocurre, señor Lexton?
—Jenny, mi hija Jenny, ha desaparecido a dos días de su boda con James Styles.
—¿El agente de bolsa de Chicago? Hmmm. Créame, yo hubiera hecho los mismo... Hmm. Perdón, señor Lexton.
—Ya vale, Kirk. No me gusta perderme en palabras. Encuéntrela. Le ordeno que la encuentre, Kirk. Le ofrezco diez de los grandes ahora. El resto de honorarios, caso de devolverla a casa sana y salva, los marcará usted. Y seré muy generoso, créame.
—¿Podrá acercarse mañana a mi despacho?
—¿Mañana? Lo haré ahora mismo, Kirk.
—Son casi las cuatro de la madrugada, señor Lexton.
—Yo mando en las horas, Kirk.

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Fragmento de "Un colt para Johnny" de Trinidad McKern (1961) Ed. Bruguera.

El polvo del desierto aún cubría su ropa cuando entró en el saloon. Se acodó en la barra y barrió con su mirada a los parroquianos allí congregados. Se hizo el silencio. Con leves señas, pidió un whiskey y luego dos más. Cuando acabó el último, el pianista retomó el descascarilleo de las teclas y los jugadores de póker volvieron a su perpetuo murmullo.

El recién llegado era un hombre de seis pies y medio de estatura, cetrino, de expresión ofuscada y sombrero de anchas alas. Se trataba de Johnny Cornwell, un cazarrecompensas conocido como El Solitario por su fama de no montar a caballo e ir a todos sitios andando, en diligencia o como polizón  en el ferrocarril de la West Union.

Una chica que había bajado las escaleras del fondo se acercó a él:

¿Me invitas a un trago, forastero? —Johnny la miró sin decir nada, pero acercó la botella y tomó un vaso de los que secaba el camarero. Lo llenó. La chica dio un sorbo— Siempre me he preguntado por qué los hombres son tan rudos con una señorita, pero tú pareces un caballero... Me llamo Patty, pero aquí me conocen como Lorna.
Hola, Patty Lorna.

De repente, las hojas batientes de entrada al saloon se agitaron con violencia. Entonces hizo su aparición el señor Cataway, el propietario de más cabezas de ganado al otro lado de río Lobo.

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Fragmento de "Apasionada" de Gloria de Rosas (1958) Ed. Maga.

Elena se apoyó en el alféizar de la ventana y contempló el cielo tachonado de estrellas. Dio un hondo suspiro y se entregó a sus pensamientos: "Tal vez Armando no me creyó, y además, me prestó poca atención en la fiesta, con la ilusión que me había hecho estrenar mi vestido de raso malva y mis tacones a juego".

Dejó la ventana y encendió la luz de su mesilla. La noche era tibia y estaba embalsamada por la fragancia de las madreselvas. Se tumbó en la cama apoyando la espalda en un gran almohadón. Su gato Michi salió del canasto y se acomodó en su regazo formado por los pliegues de su camisón de piel de ángel. Tomó su diario y su pluma y con bella caligrafía inglesa comenzó a escribir: "Querido diario: no puede ser que a Armando no le provoque ninguna atracción y que solo tenga ojos para la tonta de Matilde. Pero estoy dispuesta a hacer lo que sea para que se fije en mí. Armando es tan guapo, tan alto, tan varonil. Parece un artista de cine. ¡Lo amo, lo amo, lo amo!"

Una voz sonó al otro lado de la puerta. Era la de su madre:

—Hija, ¿te apetece un vaso de leche y unas galletas? Hoy apenas has cenado. ¿Te ocurre algo? Te noté preocupada.
—No, mamá. No me pasa nada. Estoy cansada y me duele un poco la cabeza, eso es todo.

Elena suspiró de nuevo y estrechó el diario contra su pecho mirando otra vez hacia la noche infinita.

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Fragmento de "Planet 544" de Franz Kaminski (1967) Ed. Minotauro.

...por lo que la exploración hubimos de realizarla el comandante Clarke, Hellen Peterson y yo. En la nave quedaron por tanto, el teniente Jürgen y KRX24, la mujer biónica. Tras abandonar la eyectora, salimos al exterior protegidos por nuestras esferas de neutrinos. El cielo seguía presentando tonos violeta y densas nubes de color verde impedían que los dos soles que iluminaban el planeta nos cegaran. Nos sentíamos ligeros y hasta eufóricos tras la dosis de centilina que nos procuró KRX24.

Fue Peterson la que detectó el primer ejemplar. Cerca de sus botas, algo parecido a un enorme ciempiés se movía de manera vertiginosa. Tras él aparecieron docenas de ellos, y en poco tiempo, fueron miles los que nos rodearon. Tuvimos que activar las capas externas de quarks para protegernos.

—¡Tenga cuidado, Peterson!, ¡a su espalda!

Un enorme animal volador de horrísono chillido pasó sobre nuestras cabezas varias veces con intenciones poco amigables, por lo que nos vimos obligados a hacer uso de nuestros lanzadores protónicos para defendernos a la vez que las repugnantes y enormes escolopendras se multiplicaban como por arte de magia. 

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Fragmento de "Las garras de Marlock" de Agnetha Curtis (1952) Ed. Cripta.

...el polvo y las telarañas eran los dueños de la mansión, por lo que el haz de luz que proyectaba la linterna resultaba fantasmagórico. La señora Darrell me había indicado en su carta que el sótano se usó desde siempre como bodega y que en él todavía podían encontrarse varias botellas de Château Lafitte de 1857. Podrían resultar un buen negocio, me dije. Así que, ni corto ni perezoso, me dirigí hacia allí.

Sobre la puerta de acceso al sótano pude contemplar el soberbio retrato de Lord Alexander Marlock, duque de Sussex, el hombre que gracias a sus influencias y sus malas artes logró encarcelar a mi abuelo Charles, al bueno de mi abuelo Charles. La efigie del que antes fue poderoso caballero estaba cubierta ahora del mismo polvo y telarañas que sin hacer distinciones lo sepultaba todo.

La atmósfera del sótano era húmeda, pestilente, insana. Para llegar hasta las baldas donde reposaban las botellas hube de sortear un ingente amontonamiento de cachivaches y varias ratas se cruzaron en mi camino. Conseguí un cesto, mas cuando pretendí alcanzar la primera botella, una extraña metamorfosis se apoderó de mi mano: ¡se había transformado en la garra de un animal, de un tigre o de un león! La retiré y mi mano volvió a su ser; pero en cuanto lo intenté por segunda, por tercera y hasta por cuarta vez, el efecto fue el mismo, como si mi mano fuera presa de algún maléfico maleficio. Grité y grité como un poseso y la linterna se apagó como por ensalmo no sin antes haber iluminado a la momia de Lord Alexander Marlock que ocupaba un sillón desvencijado. 

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Fragmento de "Comando al infierno" de Nicholas Pert (1952) Ed. Acero.

—¡Tenemos que eliminar a esos monos amarillos, Johnson! ¡Cúbrame!

Y dicho esto, el sargento McQuinn se abrió paso sin dejar que su metralleta dejara de ladrar. Gracias a su acción, pudimos internarnos en la jungla las yardas suficientes como para copar aquella posición y mandar al infierno a los tres japos que la ocupaban. Solo Tommy presentaba un rasguño en una pierna.

—¿Un trago para celebrarlo, muchachos? —y el sargento fue pasando la botella plana de whisky que guardaba en su mochila. También lo hizo con su paquete de cigarrillos. —¿Qué haréis cuando acabe esta maldita guerra, muchachos?

Yo respondí que me reintegraría al taller mecánico donde trabajaba en Silverville. Tenía muchas ganas de volver a ver a los muchachos e ir al baile en Mike's los sábados por la noche con ropa limpia y tras cenar algún plato sabroso que preparara mamá. Tommy comentó que su propósito era casarse con su chica, con Brenda, tener hijos y comprar la ferretería del señor Schneider en cuanto se presentara la oportunidad. Tommy extrajo de su cartera la foto de su novia, de Brenda, y al igual que la botella del sargento, nos la fue pasando. Era realmente una chica muy bonita. "Qué suerte tienes, Tommy, tu chica es realmente muy bonita", le dije. "Gracias, Johnson", me respondió. Un segundo después, una bala salida de la foresta le atravesó la cabeza y Tommy cayó muerto con la foto de Brenda en la mano.

—¡¡¡Malditos japos!!! —rugió el sargento McQuinn mientras arrancaba la placa de identificación del cuello de Tommy.

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