viernes, noviembre 05, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 13

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Capítulo 13

…la mona que delante de ellos marchaba, detuvo por un momento la pedrea inclemente.
(Del capítulo anterior.)

   Permíteme —continuó mi amigo—, que califique de mayúscula la sorpresa que todos recibimos, pues la criatura que cubierta con una manta de la cabeza a los pies, y que creíamos tratarse de un oso o de algún otro animal amaestrado de los que acostumbran a llevar con ellos los zíngaros, no era otra que la propia Merceditas Tárrega. Este descubrimiento soliviantó aún más los ánimos, y poco hubiera valido la vida de aquella despreciable tribu si no lograran hacerse entender. El más viejo de ellos, jinete de un destartalado velocípedo, consiguió explicar ante un don Julián que a bofetadas se abría paso entre los congregados, que habían encontrado a la niña, desnuda y desmayada, en el interior de una abandonada caseta de peón caminero a cierta distancia del pueblo, y que su cometido no era otro que hacer entrega de la desdichada a sus familiares.

Comunicada la noticia, cayó de rodillas el indiano como una estatua colosal que se desmoronase, para seguidamente fundirse con su hija en un abrazo protector. La chiquilla tiritaba, y anegada en llanto e incapaz de hablar, escondíase toda en los brazos de su padre formando ambos el conjunto más desgraciado que imaginarse pueda. Entre todos remediaron la desnudez de Merceditas cubriendo sus carnes con gabanes y toquillas como si escondiendo el cuerpo se hiciera más liviana la tragedia. El corro que rodeaba la escena permanecía mudo y expectante, aguardando las órdenes que no tardó en dictar el indiano. Incorporose, y haciendo alarde de la sangre fría que ya quedó citada, don Julián Tárrega compensó a los zíngaros haciéndoles entrega de unos billetes que sacó del bolsillo. Luego, interrumpiendo el silencio que sobre todos se cernía y que destacaban aún más los tristísimos lamentos de Merceditas, la voz de don Julián retumbó como un trueno:

—¡¿Quién ha sido?!

Merceditas, hecha un ovillo sobre los adoquines y centro solitario y perfecto de aquel círculo cada vez más amplio que formaban los curiosos, asomó su rostro tumefacto por entre las negras guedejas para exclamar con voz contrita:

—¡"El Empañao", padre...! ¡Teresa y "el Empañao"!

No acabó de decir esto cuando de las gargantas de todos brotaron los más rabiosos denuestos mientras se agitaban al aire las improvisadas armas. Pero don Julián, al que sólo importaba conocer los nombres de labios de su hija, ordenó el silencio con gestos imperiosos y dirigiéndose a don Sixto, el teniente de carabineros, dijo:

—Sólo a usted corresponde encontrar a esos maleantes. Ponga a sus hombres a trabajar, y que los demás vuelvan a sus casas. Aquí no ha pasado nada, señores.

Vivo contraste ofrecía la calma de don Julián y el triste estado de Merceditas. ¿Movíalo la piedad para con su hija? ¿acobardose acaso por unas circunstancias que a cualquiera hubieran vuelto orate? No por cierto, pues, terminada su ayuda por incorporar a la chiquilla, don Julián, con el mandato incontestable de su voz y comprendiendo que a todo aquel pandemonio habrían ayudado las veleidades de su hija, agarróla de los cabellos y a rastras y dándole de bastonazos como a una acémila tras despojarla de ropas, cruzó la plaza sin ahorrarnos la vergonzante visión de su cuerpo desnudo. Nadie osó decir palabra y embargónos el respetuoso silencio que siempre debe acompañar las acciones de un hombre de bien que vela por su honor. Los gritos de Merceditas, que a tirones de pelo era introducida por el portón de su casa, llenaron la atmósfera con el siempre antiguo eco de la deshonra irreparable. Nuestra mudez se vio quebrada luego por las palabras de una de las zíngaras, que meditabunda y estatuaria como una sibila de bronce, también contemplaba la escena:

—¡Jaarl, me maaten! Pobrecica la señorita paya… Cuando la encontramos en la caseta... Le habían dao pol delante y pol detrás...

(Continuará)
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