jueves, febrero 13, 2014

Damero Mardito, nº 57 (febrero)

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Comanda de recuerdos.

Al libro nuevo le falta el roce (el roce hace el cariño) de la madera pulida por el uso, como la empuñadura de una gubia o una escofina ennoblecida por la mano que trabaja. ¿Madera y papel no son acaso la misma materia? 

No es hasta pasado un tiempo --y si tiene suerte-- que el libro nuevo pierde su frialdad a base de ojos, de gafas, gracias al fervor único de la mirada que lee. Son los que más me gustan. Libros usados, manoseados, releídos, de los puestos de viejo y de las bibliotecas de barrio. Libros como la machadiana guitarra del mesón, libros resabiados que contienen entre sus páginas como en un pequeño museo de la cotidianeidad, ceniza de cigarrillos, arena de playa, dedicatorias amorosas, pelos púbicos y antiguas estampitas de Primera Comunión. Libros en suma como la farsa monea, que de mano en mano van y ninguno se los quea (porque en la Feria del Libro Usado y de Ocasión cada año veo los mismos). 
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¿Que dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, en su kiosco habitual y gratis total, pinchando aquí: El Damero del Vecind(i)ario.

Solución al Damero anterior (nº 56):
A. Palco, B. Ímpetu, C. Entrecot, D. Recoveco, E. Regalo, F. Emplate, G. Bóveda, H. Ítem, I. Secoya, J. Impuesto, K. Obeja, L. Unto, M. Lumpo, N. Ocultad, Ñ. Sayón, O. Accedemos, P. Machete, Q. Ahorro, R. Numen, S. Tempura, T. Empeño, U. Sultán.
Acróstico: Pierre Bisiou, "Los amantes".
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lunes, febrero 03, 2014

Maravillas del Mundo, 19

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Tiempos de cuerpos pellejudos

Para Carlos Olrac

Cuentan los mayores que las hambrunas padecidas por la población entre los años 2137 y 2141 fueron tan severas, que el estar gordo no solo se consideró un estado envidiable sino que constituyó, tanto para hombres como para mujeres, un prestigioso estatus sexual.

Dado que la creencia popular atribuía la extrema delgadez de los ciudadanos al descenso drástico del consumo de pizzas de Casa Tarradellas y del chopped-pork de la firma Casademont, producto del conflicto aduanero entre Freedom Catalonia y el territorio conocido entonces como Recorte Hispánico, junto con el espectacular encarecimiento de los aranceles que propició el Tercer Bloqueo, la venta por correo de estas tabletas masticables se multiplicó por mil en cuanto llegó ese periodo previo a la estación veraniega conocido como “Operación Bikini” y que consistía en engordar ocho o diez kilos en tiempo récord; algo por completo inconcebible para nuestras tatarabuelas.

En cualquier caso, esta tabletas —en realidad, un ultraconcentrado de mayonesa y grasa liofilizada de foca— provocaron el entusiasmo entre las personas con poco peso, o como rezaba su publicidad, gentes de “cuerpos pellejudos”, sobre todo entre mujeres y jovencitas, pues para gran parte de ellas, el ser consideradas delgadas contribuyó a generar muchos trastornos psicológicos (el éxito de estas pastillas engordantes vino a coincidir en el tiempo con el proceso incoado al célebre modisto Petrusko Mamuasel por contratar exclusivamente a modelos de más de ochenta kg de peso para mostrar sus creaciones).

Ni que decir tiene, que en tiempos de tan extremas carestías, se le encontró pronto otra utilidad a las deliciosas tabletas y fue utilizarlas para cebar a los gatos y perros que habían pasado a ser la fuente habitual de proteínas de la depauperada población, con lo que se propició un bucle alimentario ventajosísimo tanto para consumidores como productores.  Se calcula que durante el peor año de aquella crisis, el nefasto 2140, llegaron a venderse cincuenta mil toneladas de estas pastillas, hecho fundamental que hundió los mercados fridocataláunicos y que a la larga produjo la reabsorción de sus comarcas en la actual Gran Hispanidad, que con tanto acierto dirige nuestro Conductore, el Hermano Wang Fernández. ¡Gloria a Wang!, ¡Gloria a Wang!, ¡Gloria a Wang!
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Últimas “Maravillas del Mundo” publicadas:

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miércoles, enero 22, 2014

2013. Resumen del año lector

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Para algunos ojos ajenos, pertenezco a ese grupo de codiciosos que anota en un cuaderno las lecturas que se van sucediendo en el año y escribe junto al título del libro y el nombre del autor, si se trató de una relectura, si el libro lo saqué de la biblioteca, si lo leí en formato electrónico… Pero no creo que nada de esto lo haga por codicia (aunque en la compulsión lectora se adivine una neurosis de coleccionista, una neurosis más que podría corregir un psicólogo competente) sino como constatación de cuán frágil es la memoria y, hasta llegado el caso, cómo lo trastabillea todo.

Leyendo listas de años pasados, el asombro no cesa al advertir que de la mayor parte de lo leído no recuerdo nada. Libros enteros quedan resumidos en una escena, en el gesto de un personaje o en una línea de diálogo. ¿Dónde queda lo demás, se almacena en algún sitio? Confío en que toda esta sustancia que no recordamos --que se va depositando como una especie de limo en el fondo de un charco-- sea la materia de la que estamos formados.

Hala, pues a ver quién tiene estampitas repes (el asterisco indica relectura y el numerito rojo, lectura en formato electrónico).



LECTURAS DEL AÑO 2013

1. “El libro de los abrazos” Eduardo Galeano

2. “Crónica sentimental en rojo” Francisco González Ledesma

3. “Papá Goriot” Honoré de Balzac

4. “El día de mañana” Ignacio Martínez de Pisón

5. (*) “Otra vuelta de tuerca” Henry James

6. “Intemperie” Jesús Carrasco

7. “Retrato de un hombre inmaduro” Luis Landero

8. “Imán” Ramón J. Sender

9. “Todo lo que era sólido” Antonio Muñoz Molina

10. “HHhH” Laurent Binet

11. “La marca del meridiano” Lorenzo Silva

12.  “El baile” Irène Némirovsky

13. “Una arrolladora simpatía” Juan Antonio Ríos Carratalá

14. “David Golder” Irène Némirovsky

15. “El mirador: Irène Némirovsky” Elizabeth Gille

16. “Un momento de descanso” Antonio Orejudo

17. “El caso Kurílov” Irène Némirovsky

18.  “El hombre de los círculos azules” Fred Vargas

19. “Absolución” Luis Landero

20. “A sangre y fuego” Manuel Chaves Nogales

21. “Mientras escribo” Stephen King

22. “Maneras de perder” Fefa Martí Maldonado

23. “Las leyes de la frontera” Javier Cercas

24. “La guerra de los mundos” H. G. Wells

25. “Antes del fin” Ernesto Sábato

26. (*) “Don Quijote, 1” Miguel de Cervantes

27.  “El médico rural” Felipe Trigo

28. (*) “Misericordia” Benito Pérez Galdós

29.  “El inocente” Ian McEwan

30. “En las antípodas” Bill Bryson

31. “El fotógrafo que hacía belenes” Eloy M. Cebrián

32. “Madrid, 1605” Eloy M. Cebrián

33. (*) “Cervantes” Fernando Díaz-Plaja

34. (*) “Don Quijote, 2” Miguel de Cervantes

35. “Asesinato en primavera” Alfredo Jiménez Núñez

36. “Etimologicón” Javier del Hoyo

37. “Juan Belmonte, matador de toros” Manuel Chaves Nogales

38. “Hot sur” Laura Restrepo

39. “Leyenda del César Visionario” Francisco Umbral

40. “Los invitados” Alfonso Grosso

41. “Azul… / Cantos de vida y esperanza” Rubén Darío

42. “Aforismos” Fernando Pessoa

43. “Cuando ella era buena” Philip Roth.


De todos los títulos y dejando aparte las relecturas, el podio de este año lo ocuparían:

6. “Intemperie” Jesús Carrasco
39. “Leyenda del César Visionario” Francisco Umbral
43. “Cuando ella era buena” Philip Roth.

Por contra, el premio "Babuchazo de Muermo Triple Cero" va dirigido aaaaa:

16. “Un momento de descanso” Antonio Orejudo.
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jueves, enero 16, 2014

Damero Mardito, nº 56 (enero)

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El niño de la porra

El niño José María tenía un disfraz de policía militar con correajes y casco blanco con las letras PM y una porra de plástico. Tenía además una equipación de romano, pero no de romano convencional, ya que en vez del casco con cepillo, el suyo según él era de etrusco porque llevaba una protección sobre la nariz. Este pequeño detalle nos resultaba fascinante, ¡cuánto envidiábamos el casco etrusco de José María!

Era unos años mayor que todos nosotros y por esa causa no participaba en nuestros juegos. Salía del bloque ocho de la mano de sus padres y en el patio formábamos un pasillo por el que se paseaba casi sin mirarnos vestido con su ropa de policía militar o con su casco etrusco con orgulloso pavoneo. El detallito aquél de la protección nasal nos traía a todos de cabeza. Cuánto nos hubiera gustado dejar de ser simples indios, vaqueros o romanos y convertirnos en etruscos aunque tuviéramos que admitir a José María en nuestras filas.
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Solución al Damero anterior (nº 55):
A. Nevaba, B. Cosquillas, C. Obviedad, D. Naipe, E. Cambreo, F. Oprimid, G. Samba, H. Traje, I. Romboide, J. Intonso, K. Narguile, L. Ázoe, M. Payador, N. Odiada, Ñ. Lápiz, O. Velay, P. Ovada, Q. Empiece, R. Rampa, S. Eyacola, T. Secada.
Acróstico: N. Concostrina, "Polvo eres".
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sábado, enero 04, 2014

Reyes Magos... ¡Abrid paso al Tío Camborio!

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¿No habrá que decidir de una vez la abolición y la puesta fuera de la ley de este trío de personajes apolillados, rancios, pasados de moda y hasta adictos al antiguo régimen que son los Reyes Magos?

Una sociedad dinámica no puede permitirse esta rémora, la existencia de tradiciones y obsolescencias que impidan el progreso social, por lo que la natural popularidad que ha adquirido el orondo y simpático Papá Noel o Santa Claus ("Santa", como ya lo llaman los niños modernos de este país), la consideramos del todo positiva.

Mas a ello, a esta lucha iconoclasta por derribar polvorientas personalidades, habría que añadir una constatación y es cómo en otras sociedades avanzadas ya gozan de sus propias criaturas obsequiadoras que desde una primigenia extracción rural, han conquistado con éxito el ámbito urbano. Son los casos del Olentzero de los niños y niñas vascos y vascas y del Tiò de Nadal de los niños y niñas catalanes y catalanas.

Es por eso que desde esta prestigiosa tribuna, anunciamos al mundo la creación de un personaje que no solo sustituirá en sus funciones a los tres mamarrachos de Oriente y hará las delicias de los niños y niñas andaluces y andaluzas, inaugurando una nueva tradición que pronto se llamará secular sino que dotará a esta Comunidad Autónoma de una seña identitaria y diferencial que tanto necesita. 

Hemos decidido bautizar a este personaje como el Tío Camborio -nombre que aúna lo cañí con un leve bouquet lorquiano- y representarlo, como pueden observar en la imagen (pinchen sobre ella para estudiarla con detalle), con falda de volantes, chaquetilla corta y sombrero cordobés, dotandolo además de unas barbazas venerables que -aunque lo hacen parecido a Jorge Cafrune- presta a su efigie un no sabemos qué de bondad y cercanía a los más pequeños. Esperamos que este entrañable Tío Camborio, personaje que agrupa en sí todo el gracejo de esta tierra de María Santísima, sutituya en pocos años a los fachas de los Reyes Magos.



Nosotros, por si acaso, ya le hemos escrito nuestra carta. Somos la vanguardia.
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martes, diciembre 31, 2013

La Morilla (cuento de Navidad)

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La Morilla
(cuento de Navidad)


Del almacén llegaba un ruido impreciso de multitud, grave, amortiguado por las chapas, pero que se llenó de aristas y de agudos, se hizo nítido en cuanto unos soldados, tres soldados, abrieron el portalón y salieron al exterior diciendo joder, joder, joder. Más allá de la luz que derramaba un farol en el dintel, se derramaba también la noche oscurísima.

—Joder, joder, joder, cómo nos ha puesto la tía. Un poco más y reviento los botones de la bragueta, macho.

—Y menos mal que ha habido descanso, ahí dentro no se podía estar ya de calor. Qué culazo tenía.

—Pues todavía queda lo mejor. A ver qué coño le queda por hacer para cerrar el espectáculo.

Al rato, los soldados sentían el frío de la noche, se refregaban las manos y se pasaban una botella mediada de coñac que bebían del gollete. Encendieron unos Chester.

—Me ha contado el Teruel, el de la enfermería, que las treinta cajas de Fundador vienen de parte de la señora, que es un regalo suyo particular.

—¿La señora? ¿qué señora?

—Qué señora va a ser, coño, la mujer de Franco, la Collares, la cacatúa esa.

Una figura que había estado oculta detrás de unos fardos, dio unos pasos y se iluminó bajo el churretón de luz del farol.

—Estaba yo ahí meando tan tranquilo y lo he escuchado.

—Perdón, mi sargento, no me lo tenga en cuenta, yo no…

—A ver si tenemos cuidado con lo que decimos o van a volar un par de hostias, eh. Lo paso porque esta noche, es esta noche.

—Gracias, gracias, mi sargento, felices Pascuas tenga usted.

El sargento, sin mirar al grupo, se dirigió al portalón haciendo eses a la vez que se ajustaba el correaje, abrió un postigo, de nuevo volvió a salir de allí el fragor del griterío, y agachando un poco la cabeza, se sumergió en el estruendo.

—Macho, un poco más y ese mierda nos jode la noche.

—Nada. ¿Tú crees que en Pascuas y con la Carmen Sevilla en el escenario moviendo las tetas va a perder tiempo el sargento empurando a nadie? Bah, además fíjate cómo va el chusquero de alicatado… Pero, eeeeh, mirad, mirad quién viene por allí.

—El Pájaro, joder con el Pájaro. No pierde ripio el cabrón. Cómo sabe el tío que esta noche va a hacer negocio. —El soldado dio un largo silbido— ¡Eeeeh, Pájaro, ven aquí, coño!

El que llamaban Pájaro no tuvo que variar su camino, pues se dirigía sin duda al grupo de soldados. En una mano sostenía una lámpara de carburo, con la otra tiraba de la cuerda que hacía de ronzal de una burra moruna, pequeña y llena de mataduras. Bajo el brazo, y como si fuera un limpiabotas, el Pájaro llevaba una banqueta de tres patas tan desportillada como la Morilla, la burra. Una banqueta pintada de marrón chocolate y adornada de tachuelas.

—Hombre, Pájaro, tómate un buche con nosotros que estamos de fiesta —los soldados se animaron unos a otros previendo una buena ración de bromas a costa del Pájaro, pero el silencio del hombre los hizo desistir un momento de risotadas futuras, —¿Pasa algo, Pájaro?

—Lo he visto, lo he visto yo. No me lo ha contado nadie. Lo he visto yo. —el Pájaro se sentó sobre una caja de munición vacía que había servido para cargar botellines de cerveza, sacó un pañuelo enorme de algún lugar de la chilaba y se lo pasó por la cara. A pesar del frío, la luz de la lámpara iluminaba las gotas de sudor de la calva.

—¿Pero se puede saber qué has visto, Pájaro? ¡Nosotros sí que hemos visto! ¡A la Carmen Sevilla, que no veas lo buena que está la tía! ¿Pero cómo que no estás ahí dentro con lo que te gusta el moyate y el cachondeo, mamón?

El Pájaro miraba sin ver a ninguna parte y a todas. Rechazó la botella de coñac que le tendía el soldado que parecía estar menos borracho.

—Lo he visto yo. Yo. Al abuelo y a la nieta, a los dos. Los metieron en el agujero, un agujero hondo. Iba yo con la Morilla y lo vi. Lo vi todo.

—Coño, Pájaro, que pelmazo eres, ¿qué abuelo y qué nieta, cojones?

—Sí, a los dos. Y a los soldados con el teniente ése que le dicen el Piojo, el de la Sexta. Lo juro por la Morilla.

—¿Por la Morilla vas a jurar, coño, con lo puta que es? A ver, coño, qué pasaba con el Piojo, ¿no estarías tú buscando clientes para la burra, no?

El Pájaro llevaba muchos años con su negocio. Hacía portes de un lugar a otro, oficialmente era acemilero, pero por dos pesetas, colocaba la banqueta bajo las patas traseras del animal, le levantaba el rabo y dejaba que el soldado que las pagara, se subiera en la banqueta y aliviara la hombría, como él decía. Conocía y era conocido en todos los destacamentos de Ifni donde había llegado desde su Zaragoza natal, y aunque su actividad le había costado más de un disgusto, el mando se mostraba permisivo. O la burra o la tropa con pocos posibles se soliviantaba. Con todo, el negocio iba bien y desde que comenzaron los tiros de verdad el número de clientes había aumentado. El Pájaro pensaba subir la tarifa. A partir del próximo año, para el 1958 al que tan poco quedaba por llegar, pagaría tres pesetas todo Dios. Todos. Los guripas sin dinero para mujeres y hasta los oficiales que lo hacían por apuestas.

—Era un agujero hondo, sí. Allí metieron al viejo y a la niña y los dos se pusieron a pedir que no les hicieran nada, levantando los brazos, que si jamalají, que si jamalajá…

—Bueno, cojones, eran moros, ¿qué pasa?

—¿Que qué pasa, hombre, por Dios? Que allí los dos vivos, llorando y dando voces, sin poder salir del hoyo, y va el Piojo el canalla y manda tirar dos bombas de mano. ¡Dos bombas de mano!

Ante lo dicho, los soldados dejaron la botella en el suelo. Se miraron entre ellos. Pasó un minuto donde el estrépito que venía del almacén hizo aún más silencioso el silencio de la noche. Al fin, uno de los soldados se atrevió a hablar.

—Joder, Pájaro, eres amargante, ¿y qué quieres que se haga con esa gente?, ¿los traemos aquí a que coman polvorones? Lo mismo tenían fusiles escondidos en el chozo o donde sea que vivan, o yo qué carajo sé.

—El abuelo y la nieta, un viejo escuchimizado y una niña de seis o siete años. Yo lo he visto, no me lo ha contado nadie. Destrozados, reventados. Yo vi las tripas que saltaron.

El Pájaro dejó escapar unas lágrimas y se sofocó un poco, sin sonido, como lloran los viejos. Él también iba ya para viejo escuchimizado y la Morilla era una niña, su niña, una burra niña. Los soldados guardaron silencio un rato, pero luego, dándose codazos unos a otros quisieron ocultar bajo una capa de jolgorio la opresión del Pájaro que tanto les enfriaba el ánimo.

—Venga, coño, Pájaro, anímate, olvídalo.

—No, no puedo —, insistía el Pájaro ya calmado con la mirada perdida y doblando el pañuelo cuidadosamente tras haberse sonado la nariz con contundencia.

—Pero vamos a ver, Pájaro, aunque no lo digan ni nos lo digan, esto es la guerra, la puta guerra, ¿tú crees que a alguien le importa un viejo o una niña de más o de menos, y encima moracos? Es más, coño, ¿tú te crees que allí, de donde nos han traído se creerán que esto existe, que existimos nosotros, si nos ponen como un parchís al revés, que matamos uno y cuentan veinte y nos matan veinte y cuentan uno? Anda y que les den a todos, Pájaro. Y venga, alégrate, coño, que en cuanto acabe el jaleo de ahí dentro y empiecen a salir guripas empalmados y hartos de priva, le vas a tener que dar la vuelta a la Morilla, como a los abrigos, y vaciarla a la muy puta como un jarrón.

Al final, el Pájaro se dejó querer, accedió. El reclamo de la bebida gratis podía con cualquier imagen persistente de la calamidad.

—Voy para dentro porque me hace falta, porque me los quiero quitar de la cabeza aunque sea un rato, eh, pero no le digas puta a mi Morilla, no le digas puta.

—Vale, no le digo puta; pero venga, hombre, déjala aquí que tiene yerba de sobra y vamos a tomarnos unas copas, joder, que te invitamos—, el soldado pasó un brazo por los hombros del Pájaro mientras otro amarraba el animal a un poste de la luz.

La Morilla comenzó a mordisquear con indiferencia animal la yerba polvorienta, mientras que los soldados, agrupados en cuadrilla de bebedores con el Pájaro en medio, llegaron hasta el portón. Lo abrieron y los recibió el ruido y la furia, el griterío, la multitud de uniformes sudados y las primeras carcajadas que provocaba Gila, que con un casco como el de ellos en vez de su boina de paleto, preguntaba desde un teléfono:

—Oigaaaaa… ¿es el enemigooo? ¡Qué se ponga!
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lunes, diciembre 23, 2013

Navidades con el Señor Sieso

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BRIGADAS SCROOGE


Fiel a su cita anual, el querido seguidor de este giliblog, nuestro amigo el Sr. Sieso, nos hace llegar en esta ocasión su NO-felicitación navideña en forma de regalo musical.

Para gozar de él, no hace falta más que pinchar en este enlace que facilitamos:

Si, deseo recibir completamente gratis en mi pantalla la cinta de cassette "Navidades con el Sr. Sieso"

Esperamos que tan generoso obsequio, directamente llegado de las teclas de este agente infiltrado en la Blogosfera por las combativas "Brigadas Scrooge", logre que estas entrañables fiestas transcurran... cuanto antes.
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miércoles, diciembre 18, 2013

Movilgrafías: Un verdadero manantial.

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Fue hace unos días que accedí a comprarle a una señora un par de las papeletas que me ofrecía. Las típicas papeletas con que se inundan estas entrañables fechas que se acercan para participar en el sorteo de una cesta navideña.

Después me arrepentí de haber comprado solo dos, pues leídos los productos que forman el lote —y que parecieran obtenidos del asalto a un Banco de Alimentos— no dudo que cualquier familia hubiera pasado las Navidades más completas de su vida, pues con tales artículos, no solo se tiene asegurado el sustento festivo sino la salud digestiva y hasta la limpieza de los manteles (pinchen en la imagen y lean).

El redactor que da puntual cuenta de la composición del premio con pintoresca ortografía y con una precisión y un ansia clasificatoria propia de un Aristóteles, merecería no solo ser perpetuo amanuense de la entidad organizadora, en este caso la U. D. Manantial , a la que el dios de los deportes prodigue toda clase de éxitos futbolísticos, sino un contrato indefinido como consignador de los bienes enajenados por nuestros gobernantes.


El sorteo se celebró hace unos días. Es una pena no conocer la filiación del premiado y el método que empleó para llevar tanto millón de artículos a su hogar .
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¡No deje de consultar otras interesantes Movilgrafías! Las tres últimas fueron:
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sábado, diciembre 07, 2013

Damero Mardito, nº 55 (diciembre)

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Amo(ur)tismo siego. 

El porqué de la cerrazón de Rafalito Romero Parrillón es algo que no comprendieron los investigadores por muchas vueltas que dieron al asunto. Ni siquiera el buen oficio del inspector Gómez con la ayuda de la psicóloga Marga Pertucci, lograron sonsacarle una palabra. Por el contrario, el detenido había colaborado en todo lo demás. Sin recibir ningún tipo de presión, relató con normalidad el cómo hubo planeado el asesinato de su suegro, cuál fue el arma homicida (un pisapapeles de bronce), cuándo lo llevó a cabo, etc. Pero en cuanto se le preguntaba por el móvil, se encastillaba en su silencio y de allí era incapaz de sacarlo nadie. Como mucho, dejaba escapar una risita floja, casi contagiosa, cuando se llegaba a este extremo. 

- Pero, vamos a ver, ¿por qué se niega usted a revelarnos el móvil?, ¿acaso no se hace cargo de su intrascendencia después de las pruebas abrumadoras y sobre todo de su autoinculpación? 

Pero Rafalito Romero Parrillón, seguía en sus trece y que no y que no y que no y que se negaba a abrir la boca y de ahí no lo sacaba ni Dios. Su cantinela no variaba un ápice: "Mire, inspector Gómez, a mí me da igual ocho que ochenta. Lo maté, les he dicho cómo, cuándo y dónde y sanseacabó. ¿Qué me esperan veinte años de cárcel?, pues bienvenidos sean; pero yo a ustedes jamás les confesaré por qué lo hice". Y el inspector y su ayudante seguían atónitos ante estas declaraciones provenientes de un hombre desapasionado, tranquilo, en absoluto víctima de brotes psicóticos ni trastorno mental alguno que rechazó todos los ofrecimientos, hasta el de un coche y un apartamento en Torrevieja para su familia. 

Y así sucedió. Cuando dieciocho años más tarde -se le redujo la pena de veintitrés años por buen comportamiento- Rafalito Romero Parrillón salió de la prisión de Santoña, viajó hacia su hogar donde lo esperaba su amantísima esposa y jamás nos llegamos a enterar de las causas que lo llevaron a acabar con la vida de su suegro. Retomó su trabajo como reponedor en la cadena de hipermercados Carrefour e hizo reverdecer viejas amistades; pero como decimos, nunca soltó ni una palabra acerca del motivo del asesinato.
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¿Que dónde conseguir el Damero Mardito de este mes? Pues como siempre, en su kiosco habitual y gratis total, pinchando aquí: El Damero del Vecind(i)ario.

Solución al Damero anterior (nº 54):
A. Arroyo, B. Naturópata, C. Duma, D. Record, E. Empanad, F. Señuelo, G. Nervión, H. Énfasis, I. Universo, J. Micelio, K. Ademuz, L. Nasa, M. Bache, N. Anhelad, Ñ. Rampas, O. Imaginan, P. Luzbel, Q. Odiosa, R. Casamata, S. Harapos, T. Escupas.
Acróstico: Andrés Neuman, "Bariloche".
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viernes, noviembre 29, 2013

Placeres Mundanos, nº 30

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Tarta de piña... ¡a toda leche!

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Mi gran amiga, la Hermanita Bernardina, sabedora de mi carácter de cagaprisas y de mi compromiso de atender a unos invitados, me pasó la receta que a continuación muestro a mis alumnos. Se trata de una tarta de piña que se distingue por la rapidez de ejecución y lo sencillo de sus ingredientes; así que sin más dilación ¡zoooooooooooom! vamos a ella.


En la primera foto he dispuesto algunos de los elementos que vamos a necesitar, pero, siguiendo mi costumbre, no están todos, porque esta foto es más bien de adorno, como simple encabezado. En resumen, una chorrada (fig. 1). Así que dejándonos de tonterías, lo primero que vamos a hacer es engrasar un molde (fig. 2). Algunas personas acostumbran a hacerlo extendiendo un poco de aceite con un pincel, en cambio yo, prefiero utilizar la mantequilla y los dedos, pues así recuerdo aquellos veranos en los que Charlize Theron reclamaba en la playa mis servicios: “Sapristín, ven acá, y ponme crema Nivea en la espaldita, cariño” ¡Ah, qué veranos felices, qué masajeos interminables!

Diré que el molde que he empleado es redondo y con la base desmontable, ingenioso método que servirá posteriormente para desmoldar sin problemas. Bien, una vez engrasado, dispondremos sobre él una lámina circular de hojaldre La Cocinera o similar, cortando con el cuchillo el borde sobrante, aunque a mí me gusta hacer un doblez (fig. 3) . Es esta una labor muy agradecida pues parece devolvernos a aquellos tiempos infantiles en que jugábamos con la plastilina.


Siguiente paso: en un bol, jarra, vaso de batir o similar, pondremos: 250 gr de piña en su jugo, de piña de lata, vamos (que también podría ser en almíbar para los más golimbros), 4 huevos, 3 rebanadas de pan de molde –yo lo utilicé blanco y sin corteza- , 70 gr de azúcar, 150 ml de leche, 150 ml del jugo de la piña y para terminar una ampollita o cucharadita de aroma de vainilla. Yo utilicé las que vienen en monodosis de esa marca con nombre de médico de campo de exterminio, Dr Oetker  (fig. 4).

Una vez todo dispuesto en el recipiente, le pegamos un batidorazo hasta hacer de los ingredientes una crema que verteremos en su camita de hojaldre (fig. 5). Con el horno precalentado a 180 grados, introduciremos el cacharro a baja altura y lo dejaremos allí unos 20 minutos. Bueno, ya saben que esto de los tiempos de horneado funciona según el modelo y marca de los mismos, así que mejor nos fiaremos de nuestros ojos, siempre escrutadores desde el otro lado de la ventanita (fig. 6).


El caso es que extraeremos de su encierro la tarta y comprobaremos que la mezcla está lo bastante cuajada como para soportar en toda su superficie el peso de la almendra laminada con que la cubriremos (fig. 7). ¿No se hunden las escamas tal un barco de tela metálica? Pues sí es así, tras la cubrición, meteremos de nuevo la tarta en el horno otros 15-20 minutos (fig. 8) hasta que se ponga doradita como las mamas de una señora acostumbrada al top-less veraniego (fig. 9).

Realmente, es aquí donde se encuentra la única dificultad que podría tener esta receta, por lo que es aconsejable que de vez en cuando pinchemos nuestra tartita con un palillo, brocheta de pinchito o aguja de hacer punto hasta comprobar que sale seco tras la cata. De la misma manera, si notamos que la tarta se broncea más de lo preciso y el relleno no está cuajado del todo, podemos cubrirla con un trozo de papel de aluminio.

Terminado todo el proceso, sacamos definitivamente la tarta de su particular infierno, esperamos que se enfríe y pasamos a decorarla con algún perendengue. Servidor lo que tenía a mano fueron una especie de bolitas de anís -recuerden, el alimento base del ratón de Susanita- y unos fideos de chocolate (aunque confieso que al principio me equivoqué de bote y esparcí pimienta negra en grano, ¡menos mal que no fue en polvo!).

El soberbio resultado final lo pueden contemplar en sus pantallas, así como el aspecto que adquirió el pastelazo una vez fue atacado por la carcoma de los invitados. Vale, las fotos son muy malas, pero no irán a exigirme que aparte de maestro confitero me haga émulo de Ouka Leele, ¿verdad? Es que Uds. son insaciables. 


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