miércoles, julio 06, 2011

Damero Mardito, nº 27 (julio)

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El tiempo es ese médico infalible que todo lo cura de muerte natural


Estimado señor de los Dameros Marditos:

Siendo como soy aficionado a los pasatiempos y por ende, a los misterios, tengo la satisfacción de participarle que se ha resuelto el mayor que rodeaba mi vida.

Verá, el asunto gira en torno a nuestra hija Martita, una joven que gozando de las ventajas de su extracción burguesa medio-alta, supo premiar nuestros sacrificios, culminando con éxito unos estudios universitarios que a la larga le han proporcionado una situación envidiable en cuanto a lo laboral y lo económico. Entienda entonces nuestro estupor cuando a la nena le dio por enamorarse de Eduardo, un sujeto zafio, rayano en el analfabetismo, de fea catadura y obtuso cerebro. Ahorraré describirle los disgustos que tanto su madre como yo fuimos cosechando durante todo el noviazgo hasta una boda que resultó la más dura de las pruebas. ¡Unos padres que siempre ofrecimos lo mejor a nuestra hija, sumidos en la vergüenza!

El caso, es que ejecutando el discurrir del tiempo su función paliativa, logramos tragar aquel sapo que el destino nos ofrecía y, mal que bien, nos hemos ido acostumbrando a la presencia de este individuo y a las veleidades de Martita. Pero yendo al meollo del asunto para no aburrirle, le contaré que este Eduardo ha venido a ser víctima de un extraño mal que se manifiesta en desmayos repentinos precedidos de un horrísono grito; mal al que los médicos no encuentran explicación. Su última crisis se desarrolló hace poco, en nuestro propio domicilio, durante la visita que la pareja nos giró desde la ciudad donde se instalaron. Las circunstancias hicieron que en aquel momento Eduardo se encontrara duchándose. Sobrevino el grito que dije y tanto mi esposa como yo, corrimos alarmados hasta el baño (Martita se encontraba en un congreso de Logopedas). Con no poco trabajo logramos forzar la puerta, siendo que tras la acción se nos dio a contemplar un espectáculo que nos sobrecogió: Eduardo, tirado en el suelo cuan largo es, dejaba a la vista un atributo, el propio del sexo masculino, de tan descomunal medida y presencia turgentísima que, nada más verlo, mi esposa y yo intercambiamos miradas cómplices. ¡Menudo trabuco (con perdón) se gasta el Eduardo, señor de los Dameros Marditos! ¡Ahora nos explicamos las razones de nuestra Martita, verdaderas razones de peso! Resuelto el misterio y finalmente todos contentos, hemos decidido pasar los cuatro la primera quincena de julio en la Riviera, alojados en el Hotel Negresco de Niza. Dadas mis secretas inclinaciones que a Ud. le confieso, auguro unas vacaciones inolvidables.

Sin más que comunicarle, queda suyo s. s. s. q. e. s. m.
Eulogio Durruti Mantecón.

P. D. Me llevo conmigo el Damero de este mes. Lo resolveré en la piscina, al lado de Eduardo.

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lunes, julio 04, 2011

RESURRECCIONES, 4 (Final)

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Capitulito 4

Fue ya a principios de diciembre cuando nos enteramos que en el barrio de al lado algunos resucitados se habían marchado. Fue una casualidad, ya que el rumor nos llegó en una tienda de electrodomésticos que se encuentra muy alejada de nuestra casa, adonde habíamos ido a comprobar las maravillas que nos contaban de los televisores en color. El rumor se confirmó, era cierto lo que se decía. Cuando volvimos al bloque después de varias horas de ausencia encontramos en el patio un corrillo de vecinos que guarnecían con los paraguas a la mujer del padre de los Ramírez, el albañil. “Se ha ido, se ha ido” decía llorando la señora con un pañuelo en la mano hecho un gurruño. Fue imposible que encontrara consuelo en nuestras palabras que querían ser esperanzadoras. “Lo mismo vuelve dentro de un rato” dijo el médico jubilado. “No. No. Me dijo que ya no estaba a gusto aquí”. Por lo visto, el padre de los Ramírez había dormido la noche anterior en su cama pero al llegar el día lo único que encontró la mujer al despertar fue un revoltijo de sábanas y las botas de albañil colgadas misteriosamente de la lámpara. Fue el primero porque en jornadas posteriores y aprovechando la noche, se marcharon algunos más. Con la misma reiteración se reprodujeron los gritos dentro de las casas, pero esta vez con carácter de tragedia. Cuando le preguntamos a la abuela por este comportamiento se limitó a encoger sus hombros escuálidos.

En la madrugada del nueve de diciembre varios ruidos nos despertaron del letargo ante la pantalla del televisor. Era la abuela quien trasteaba con los cerrojos de la puerta. “Me tengo que marchar” nos dijo. Quisimos hacerle notar lo inclemente de la noche y la segura mojadura que la calaría nada más que saliera al portal, pero hemos de reconocer que lo hicimos con la boca pequeña pues aquella posibilidad evidente de su marcha nos hizo recuperar la imagen feliz de nuestras vidas antes de su resurrección. Para no hacer la situación demasiado descarnada le propusimos acompañarla al menos hasta el límite de la calle esperando su negativa. Pero no fue así porque aceptó nuestra cortesía con una de aquellas sonrisas tristes. Al final debimos salir al patio ensopado de charcos con la defensa insuficiente de nuestros paraguas y la gabardina con que cubrimos a la abuela. Sólo el sonido de la lluvia, en contraste con el silencio de los bloques que dormían, daba réplica a las pisadas de nuestras botas de goma.

Encontrar a la Chari en el zaguán no nos sorprendió tanto como el hecho de semejar todo aquello una cita organizada. Las dos mujeres se saludaron apenas y quedaron quietas bajo la lluvia como esperando una orden de marcha que parecía no llegar. "Ahora vendrá", dijo la Chari mirando embobada el interior del patio. Debía llevar algún tiempo allí pues estaba empapada y su paragüitas plegable era un objeto que el torrente hacía sarcástico. Al rato y con su acostumbrado sigilo se unió al grupo aquel hombre taciturno al que nunca habíamos visto despegar los labios. Por primera vez lo escuchamos decir "buenas noches" pero tras besar la mano de la abuela y de la Chari nos dedicó una de esas miradas sobradas que nos convirtió de inmediato en presencias inoportunas. Pensábamos que el bulto cubierto con una mantita de cuadros que protegía entre los brazos se trataba de su gato también resucitado. Fue la abuela quien abandonando nuestros paraguas se acercó al hombre y entreabrió la manta. "Qué lindo es", dijo. Pudimos ver entonces entre el rebujo al bebé de Eulalia que, con los ojos muy abiertos y un chupete que succionaba veloz, recibía impasible la lluvia en la cara.

Tanto el hombre como la Chari no prestaron atención a la abuela cuando expresó su deseo de que la acompañáramos. Así lo hicimos a pesar de todo, un tanto rezagados pero consiguiendo llegar hasta el final de la calle. "Ya me voy" dijo la abuela "Recordad que no quiero que me visitéis". Nos dejó con los adioses en la boca. Sacando energías de no sabemos dónde emprendió una carrerita que la llevó hasta los otros. Arrojó la gabardina al suelo y dando el brazo a la Chari se cobijó bajo el paragüitas. No pudo contemplarnos agitando las manos en la despedida porque no se volvió para mirarnos. Doblaron una esquina y desaparecieron.

Cuando en el regreso llegamos de nuevo al patio, vimos varias ventanas iluminadas. Del interior de aquellas viviendas se escapaban los ayes de las familias con resucitados que las ráfagas de viento y agua no conseguían enmudecer. Penetrar en nuestra salita fue como alcanzar una tierra antigua y confortable. Retomamos la tibieza de nuestros sillones, encendimos el televisor y nos entregamos a la ilusión de que algún día habría programas nocturnos, tal y como nos habían asegurado que sucedía en América. Pero bueno, tampoco estaba mal la pantalla gris con nieve y un ronroneo como gatuno que nos adormilaba en la oscuridad. Nada mal.


© Sap.
es.humanidades.literatura
noviembre, 2004

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viernes, julio 01, 2011

RESURRECCIONES, 3

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Capitulito 3

En aquel noviembre contabilizamos casi veinte resurrecciones, al menos de difuntos conocidos. La primera como dijimos fue la Chari y el último un viejecillo al que volvimos a encontrar haciendo cola en la panadería. Lo que nos entristecía y daba rabia es que avanzado ya el mes, a la altura del veinticinco o así, nosotros no hubiéramos tenido la alegría de recibir en casa a alguno de nuestros fallecidos. Pero al final el destino nos recompensó con creces. El día veintiséis a la hora del almuerzo llamaron a la puerta y el corazón nos dio un vuelco al ver en el umbral a nuestra abuela, la abuelita Ana, la persona a la que más hemos querido nunca. Allí estaba rescatada del velo inmisericorde, negro y lleno de remiendos de la muerte. La abuela vencedora contra la Parca, la que lucha con sus herramientas de olvido y que trata de reducirnos a trozos de mármol grabado y a jarrones asépticos para más tarde oxidar soportes de macetas, reventar féretros invisibles y llenar de sabor a herrumbre las bocas de quienes nos quedamos, colmándonos con el polvo descolorido de las flores de plástico. Nuestra abuela, sí. No nos importó dejar a medias el Telediario porque en los abrazos quisimos encontrar todo el amor que creíamos irrecuperable para siempre.

La hicimos pasar y con prisa la acomodamos en su mecedora que aún guardábamos como reliquia sin olvidarnos del cojín que siempre acostumbraba a colocarse en la espalda. Con los nervios del reencuentro no acertábamos a preguntarle, a interesarnos por sus circunstancias, así que agradecimos su solicitud de prepararle un café. Lo bebió con una delectación infantil de ojos cerrados por el placer. “Allí no tenemos de esto”, nos dijo. Luego, más calmados, le señalamos entre bromas y veras su buen aspecto, pues la abuela de ser una señora gruesa ahora presentaba una delgadez que nos asustó, aunque claro, esto no se lo dijimos. Sí, venía por la falta de kilos con la piel apergaminada y su pelo famoso de lustre lo traía apelmazado y seco como los durmientes cuando se levantan. A nuestras preguntas apenas respondió y si lo hizo era casi todas las veces con monosílabos de desgana. Le preguntamos por el abuelo y comentó que lo veía poco porque allí se había vuelto muy malo. Luego callaba pero sin dejar de sonreír como todos ellos, con el rictus que la hacía enseñar los dientes que parecían haber crecido dos tallas más. Nos llamó la atención la bolsa de plástico que bajo las manos guardaba en el regazo, pues también la Chari y otros más trajeron unas similares. Nos dijo con su nueva voz atiplada que era un regalo para nosotros pues a sus nietos queridos nunca los había olvidado. Nos la entregó y al abrirla nos dimos cuenta que contenía unos manojos de jaramagos mustios y unos trozos de tela de forro arrugados y verdes de moho.

El domingo siguiente organizamos una comida de bienvenida y a ella asistieron el resto de nietos y tío Rafael, el único superviviente de sus hijos. Fue una velada tranquila pues con esfuerzo le habíamos explicado a los vecinos el carácter de estricta privacidad que queríamos dar a la reunión. El alegre ambiente que habíamos creado en un principio pronto se tornó lúgubre viendo la desidia con que la abuela nos trataba. A pesar de los brindis en su honor y los obsequios con que la agasajamos no logramos hacer desaparecer de su cara aquella expresión de lejanía, su palpable desgana por todo y por todos. “¿No estás contenta, abuela?” le preguntábamos y respondía “Sí, sí” con la misma vacuidad que hubiera dicho lo contrario. Algunos le presentaban ante la mecedora a sus nuevos bisnietos y los pequeños, temerosos, se dejaban besar por sus labios fríos en un triste contacto de milisegundo. “La abuela está rara” dijo alguien como si hubiera descubierto un misterio insondable. Y no es que estuviese rara, es que era otra persona que nada tenía que ver con la mujer cariñosa y vital que todos recordábamos. En ningún momento abandonó su asiento a no ser para acercarse a darle vueltas tan mecánicas como innecesarias a los pucheros donde trajinaban las nueras. Incluso se quedó dormida en la mecedora en un estado de catalepsia que la llevaba a no cerrar los ojos. Era tal el desapego hacia nosotros que nos resultó imposible hacer de la sobremesa otra cosa que no fuera un simulacro de bienestar que no ocultaba nuestra congoja. Cuando se marcharon los visitantes y nosotros lo recogimos todo, encendimos el televisor esperanzados en el regocijo de la abuela. A esa hora emitían una película de Cantinflas, el que tanto la divertía. Pero ella miró la pantalla con el mismo desinterés que hubiera puesto en verla negra.

Tres o cuatro días transcurrieron así, con la abuela sumida en una indiferencia a la que no sabíamos encontrar remedio. Pasó entonces que comentando esta actitud con vecinos que tenían resucitados en casa, que vinimos a coincidir en lo mismo, que tras la alegría primera del reencuentro todos se abandonaban al silencio y a una pereza que los llevaba incluso a dejar de comer como esos pájaros exóticos que no se adaptan a las jaulas. Algunas veces, y casi siempre en medio de algún programa televisivo que nos interesaba, la abuela parecía hacerse receptiva a nuestros comentarios pero para nuestra sorpresa sus frases apenas eran soliloquios que nada tenían que ver con la conversación. Una tarde, a nuestra pregunta “¿Quieres que cambiemos a la UHF?” respondió: “No me gustaban las visitas”. Después lo dijo un par de veces más. “¿Qué visitas, abuela?”. Se quedó callada y dimos por terminada la charla pero pasados unos minutos dijo de improviso: “Las visitas al nicho. No vayáis más. Los muertos le teníamos mucha envidia a los que siguen vivos”. Y al decir esto reclamó una taza de café, lo único que parecía gustarle.

Nuestros intentos por animar a la abuela, por rescatarla de aquella especie de autismo habían resultado un fracaso. Fue el tiempo quien se encargó de hacernos ver que nada volvería a ser lo mismo. Tendremos que exponerlo sin ambages: la presencia de la abuela en casa se convirtió en una molestia. Claro está, uno espera la animación, los comentarios, todo lo que hace de una salita con televisor un espacio de concordia y de calidez hogareña. Los silencios de la abuela, su permanente sonrisa lejana y su mirada sin fulgor lo hicieron imposible.

(to be continued)
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miércoles, junio 29, 2011

RESURRECCIONES, 2

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Capitulito 2

A los pocos días, cuando tomar el sol pálido de noviembre era tan apetecible, ya sacaban a la Chari a pasear como si fuera una convaleciente todavía aturdida por alguna enfermedad. Agarraba del brazo a sus padres para ayudarse en su caminar lento y sus hermanos, que ya no eran los niños que conoció en vida sino muchachos fornidos, la rodeaban como solícitos guardianes. Cuando se cruzaban con los vecinos, el grupo se paraba un momento para recibir las enhorabuenas, las frases cariñosas y los ánimos dedicados a esos padres que ya ancianos, habían abandonado el luto que creían perpetuo. Los más afectuosos pasaban una mano por el rostro de la Chari y ella agradecía la caricia con palabras que eran como un balbuceo infantil. Pero la tristeza no abandonaba su sonrisa que no tenía el brillo de la alegría sino que era mate, como sus grandes ojos estremecidos y su pelo de muñeca.

En pocos días y en intervalos cada vez más cortos fueron apareciendo los demás. Por ejemplo el padre de los Ramírez, el que hacía mucho tiempo, mucho más que la Chari, se había matado al caer de un andamio. Teníamos un agradable recuerdo de él pues siempre que coincidíamos en el patio nos gastaba bromas poniendo gestos de falsa seriedad o nos daba cachetitos amistosos con su áspera mano de albañil. Volvió igual a como lo hacía cuando regresaba del tajo, con su camisa empolvada de yeso y sus zapatones empedrados de cemento seco y aunque lo paramos algunas veces para saludarlo, no nos reconoció ni aun con la ayuda rememorativa de su mujer. "¿Pero no te acuerdas, Antonio, de esos rubitos del bajo del siete?" y el hombre, todo lo más, nos miraba como si fuéramos transparentes rascándose la nuca en un esfuerzo de evocación. Luego, al igual que la Chari, sonreía lejano y decía: "No". Y se marchaba con la misma sonrisa vacía, con andares mecánicos y el cuello un poco torcido.

Después llegaron la madre de la Carrascosa, el marido de la portera y aquel señor que vivía solo con un gato y del que nunca supimos el nombre hasta que sorpresivamente lo vimos como participante en un concurso de televisión. Tuvieron que pasar varios días para que los vecinos, alarmados por el hedor que salía bajo su puerta, se decidieran a llamar a las autoridades. Tanto el hombre como su gato habían muerto atufados por los gases de una estufa. Un par de años después lo teníamos de nuevo con nosotros tan taciturno y misterioso como siempre... ¿Y qué decir de aquel pequeñín que había fallecido de muerte súbita a los pocos meses de nacer? La madre contó a las vecinas que en una de sus visitas al cementerio lo había encontrado sobre una lápida, enrollado en una toquilla, sucio de tierra pero vivo otra vez. Ahora, cuando la lluvia cesaba por las tardes, podíamos verla en el balcón dándole el pecho en una tierna escena filial. Fue una alegría para todo el barrio contemplar de nuevo a esa madre feliz diciendo ajó a un bebé que aunque amarillento y un poco raquítico iba mejorando día tras día.

Pero de todos los resucitados el que más nos impresionó fue Miguelito Navarro, nuestro amigo, el que se ahogó veinte años atrás cuando se le vino a cortar la digestión bañándose en una ribera durante una excursión dominical. Su muerte, junto con la de la Chari, fueron los hechos más dolorosos que se vivieron en los bloques. El día de su entierro fueron tantas las coronas que se dispusieron en el colegio, que el olor de los crisantemos se nos quedó grabado para siempre con la persistencia de un mal sueño. A la tragedia, sus padres desgraciados respondieron marchándose del barrio, como si aquella huida atenuara el recuerdo borrando de su vista, las calles, los patios y las gentes que fueron la geografía de su hijo. Luego supimos la noticia de que se habían separado y que cada uno había intentado rehacer su vida en otros puntos remotos de la ciudad.

Por eso las circunstancias de la resurrección de Miguelito fueron especiales. A diferencia de los demás, que habían vuelto en plena luz del día, el regreso de Miguelito sucedió de noche cuando la lluvia arreciaba y los rayos troquelaban con luz el cielo de tinta negra. A pesar de los consejos, veíamos la televisión y contra el ruido de las voces de la película y el fragor de la tormenta pudimos escuchar el chapotear que venía del patio. Algo golpeaba el suelo encharcado con un ritmo de tableteo incesante. Nos asomamos y vimos a un niño que correteaba entre un portal y otro, dando vueltas a la fuentecilla central y a los macetones de aspidistras. Sus pies descalzos eran los que provocaban aquel chapoteo de palmípedo en una carrera atolondrada que incluso lo llevó a resbalarse y a chocar contra los bancos metálicos. Tardó mucho tiempo en atender la llamada que le hacíamos repicando el cristal de la ventana pero al final se acercó y puso la cara sobre el vidrio apantallándola con sus manos arrugadas por el agua. Distinguimos la desnudez de un niño que vestía tan sólo un bañadorcito de espuma. Entre el pelo empapado llevaba ovas que caían como verdes guedejas gelatinosas y los dientes que asomaba en su mueca extraña adquirían, iluminados por la fosforescencia que llegaba del televisor, una blancura de ésas que los novelistas llaman espectral. Reconocimos, a pesar del desdibujo de la lluvia, a Miguelito Navarro pero antes de poder atenderle comprobamos que ya habían bajado varios vecinos con resguardo de paraguas e impermeables. Uno de ellos, la señora Emilia, regresó de nuevo a su piso y bajó con unas mantas con las que cubrieron a Miguelito. Con la urgencia que marcaba el chaparrón lo subieron a casa de don Aurelio, el médico jubilado. Allí se armó un gran revuelo de gentes que entraban y salían, de mujeres que se afanaban en la cocina ajena buscando los elementos con que preparar un tazón de Colacao caliente para Miguelito. También subimos y aprovechamos la oportunidad para presentarnos, pero al igual que el padre de los Ramírez, Miguelito no reconocía en nosotros a sus antiguos amigos. Con su mirada fija y aquella dentadura que como a todos los resucitados parecía venir grande a su cara afilada, sólo acertaba a decir: “No encuentro mi casa”. Pero con todo, insistimos en nuestra curiosidad y aprovechando un momento en que nos dejaron solos, le preguntamos que cómo era el lugar de donde venía. Miguelito, mirándonos sin vernos, dijo: “Como aquí. Siempre hace mucho frío y siempre llueve”.

Mientras proporcionaba unas friegas, don Aurelio dictó órdenes para organizar aquel barullo nocturno, porque más que ayuda, encontraba incordio en las manos que alcanzaban una almohada, acercaban nuevas mantas o revolvían el azúcar de las tisanas reconfortantes. A la sugerencia de un vecino que creía del todo urgente ponerse en contacto con alguno de los padres de Miguelito se respondió con un rescate de agendas, de ésas que guardan arqueológicos números de teléfono. Costó trabajo y muchas llamadas —hacía tantos años que los padres se marcharon— pero al final alguien logró hablar con un familiar al que se puso al corriente del suceso. En cosa de media hora se personó un señor que dijo ser tío del niño y que traía un bulto de ropas con que vestir a su sobrino. Don Aurelio le hizo algunas indicaciones médicas y el caballero, dando gracias y estrechando manos, se marchó llevando en brazos a un Miguelito Navarro que todavía tiritaba. Nunca lo volvimos a ver. Cuando al fin se deshizo la reunión dejando la vivienda patas arriba y regresamos a nuestra casa, nos molestó, a pesar de la alegría del reencuentro con Miguelito, que la película que estábamos viendo ya hubiese terminado y que en la pantalla del televisor sólo apareciera una nieve gris y chisporroteante.

(to be continued)
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lunes, junio 27, 2011

RESURRECCIONES, 1

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Capitulito 1


"Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna como el hombre.
Tiene recursos para todo; sólo la muerte no ha conseguido evitar".
Sófocles.

En ese otoño que tanto nos aburrió la lluvia, ocurrió que muchos muertos empezaron a resucitar y volvieron a sus casas como si nada hubiera pasado, como si sus vidas no se hubieran truncado años atrás, con la fatiga pero también con la naturalidad de quien regresa de un largo viaje.

Ojo, no es que resucitaran demasiados ni que lo hicieran a la vez. Qué va. No hubo tampoco nada pavoroso en aquel episodio que, de haberlo imaginado, hubiera llenado nuestro magín de escenas barrocas de ésas de postrimerías y escatologías divinas. Nada que ver con aquellas ilustraciones de enciclopedia infantil que tanto terror nos infundieron en el colegio, esas composiciones de cataclismo de la Historia Sagrada donde los difuntos surgían de la tierra, todos con las manitas puestas tal que así, rezando, con la mirada entre gozosa y estupefacta al contemplar la Parusía de Cristo, la segunda venida del Señor para presidir el Juicio Final entre el trompeteo apocalíptico de los ángeles y la troupe tumultuosa de santos y beatos en un acabóse cercano al final de la película "Poltergeist".

No; decididamente, nada que ver. Por decirlo de alguna manera, aquellas resurrecciones tuvieron mucho de doméstico, de familiar, un suceso circunscrito al barrio y a sus vecinos, y aunque luego nos enteramos de casos ocurridos en otros puntos de la ciudad y aun del país, nuestro interés se centró en exclusiva en los resucitados de nuestro entorno. Fue todo tan normal, la sorpresa primera se encajaba tan bien que no representó esfuerzo alguno el volvernos a acostumbrar a aquellas presencias de otro tiempo.

La primera en aparecer fue la Chari, la que hacía quince años y por culpa de un desengaño amoroso se había suicidado tomándose varios puñados de valiums. Era una muchacha menudita, rubita, con una fragilidad de pájaro. Trabajaba de secretaria en una compañía de seguros y daba clases en una academia nocturna de mecanografía. La misma tarde en que se probaba el vestido de novia en el taller de la modista le llegó la noticia de que el novio se había ido con otra. La madre la encontró en el cuarto de baño, tendida sobre un charquito de vómito insuficiente. Pasados tres días nos impresionó mucho la bajada por la escalera estrecha del ataúd blanco donde iba encerrada la Chari, con su fileteado de oro y sus cintas bordadas, como si una empresa de mudanzas descendiera un mueble incómodo de soltera. Fue una mañana anestesiada por tazas de tila, pero nosotros, que teníamos el privilegio de poseer un televisor, lo encendimos para enajenarnos del griterío de la Mariana, la madre de la Chari, y de su padre, un oscuro hombre con bigote. El matrimonio acabó sumido en un lamento perenne de dolor que el tiempo no alivió, congelados ambos en el sofá ante la foto desvaída de la Chari que colocaron en la pared de enfrente. Así las cosas, los hermanos de la Chari fueron creciendo un poco abandonados a su suerte, a la desidia, sin que nadie se preocupase de quitarles los mocos o de zurcirles los pantalones, siempre en la calle con aquellas camisitas negras que los hacían más vulnerables al infortunio.

Pero así sucedió; la muchacha que vimos desde nuestro piso cruzar el patio de los bloques era la misma Chari, pero quince años después y vestida con ropa ya anticuada de grandes estampados de flores, justo la que estaba de moda cuando ella murió. Llevaba una bolsa de plástico en la mano y cuando advirtió nuestra presencia nos dedicó una sonrisa triste por la que asomaron unos grandes dientes blancos. Luego cerró su paraguas diminuto, se metió en el zaguán y subió la escalera que la llevó a su casa. Al rato escuchamos los gritos de su madre y el sofoco continuo de padre y hermanos, parecido al que se organiza en los hogares premiados por la lotería. "¡Chari, Chari, mi pobrecita niña!" oíamos gritar, y después la turbamulta de vecinos a los que nos unimos y que alarmados por el escándalo llenaron la vivienda. Pero llegados a este punto nosotros ya no prestamos mucha atención a lo de la Chari y regresamos a casa pues en ese momento comenzaba en la tele nuestro programa favorito. Y nuestro programa favorito no nos lo perdíamos por nada del mundo.

(to be continued)
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lunes, junio 20, 2011

Crónicas Porcinas, 1

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El comienzo

Todos los días laborables procuro desayunar en el bar que se encuentra en los bajos comerciales del edificio donde trabajo. Soy tipo de barra, no me gusta dar la imagen desvalida de los solitarios que ocupan una mesa. Allí, en la barra, me acodo y si tengo suerte pillo alguna banqueta. El bar está siempre repleto a esa hora, desayunos baratos, abundantes y honrados y una camarera de carnes que incitan a la antropofagia. Es además la mujer más simpática que he conocido nunca. La mezcla ideal. Poco sacrificio sería vender a mis hijas (de tenerlas) a un lupanar de Bombay si con ello consiguiera un efectivo filtro de amor.

Uno de los atractivos de este bar es que ofrece al cliente un rico surtido de periódicos. Bajo el colorista expositor de snacks, descansa el grupo que forma El País, El Mundo, ABC, Diario de Sevilla, Marca, más la correspondiente prensa gratuita. Mi vicio lector agradece que estos periódicos amenicen la ingesta. Hay días de suerte en que los tengo todos a mi disposición y puedo elegir; otros en cambio, los encuentro ocupados por clientes curiosos y es así que más de una vez me he tenido que conformar con la lectura del Alfa y Omega, el suplemento religioso del ABC, o una guía inmobiliaria.

El caso es que llevaba unas semanas observando a un nuevo parroquiano en el que se daba toda la sintomatología del lector compulsivo. Yo con mi periódico y él con el suyo trasegando tostadas y dándole mecánicas vueltas al café, fabricando al unísono pequeños maelstroms. Qué bonito. Pero esta armonía se rompió hace poco, cuando encontré vacío de prensa el rincón de la barra. Hice un recorrido visual por el recinto y en efecto, observé que ningún periódico estaba huérfano de ojos, de gafas. Mal rollo. Mi sorpresa fue que el parroquiano que digo (al que a partir de ahora llamaré el Cerdito, no sé por qué) leía un periódico tan tranquilo mientras apoyaba el codo sobre otros dos. Sin dilación, ya que mi comida y bebida estaban servidas, me acerqué a él y con toda corrección pero agarrando una esquina del Marca le dije: "¿Me permite? ¿este Marca es el de la casa, verdad?" La contestación me dejó preocupado: "Sí, es el de la casa, pero me lo voy a leer luego".

La respuesta, clara, nítida, demostró que aquel Cerdito era un acaparador y yo un débil abochornado. El Cerdito continuó bebiendo su absurdo zumo de naranja sin apreciar las heridas que, desde la otra punta, le ocasionaba mi mirada refulgente de odio. Casi media hora y nada, me tuve que marchar sin haberme echado una sola letra a las antiparras. Luego, cada vez que hemos coincidido, lo he seguido aborreciendo por partes. Empecé a odiar su sempiterno polo negro, su barba entrecana, sus brazos peludos, sus orejas como zapatos, el gesto de su mano al esparcir azúcar sobre una tostada y he terminado conjuntándolo todo y haciendo del grupo un amasijo vil. Cerdito marrano.

Pero, ¡ah!, si la venganza es un plato que se sirve frío, a determinadas alturas del mes, el mío estaba helado. Hoy, seis de octubre, ha sido el día en que a ese Cerdito le ha llegado su San Martín. Veamos: Bajé puntual a las diez y media. Todos los periódicos estaban ocupados pues en el rincón famoso solo quedaba un atrasado diario provincial. Me conformé y emprendí la lectura mientras la camarera me servía anteponiendo la visión de sus tetazas que son metáfora de leche y miel. Andaba yo inmiscuido en el relato de un crimen barriobajero cuando se presentó el Cerdito. Como siempre, dirigió la primera mirada al rincón periodístico y claro está, lo encontró vacío. En toda la barra era yo el único lector, el resto de periódicos como digo estaba disperso por entre las mesas del fondo del local. Con enorme satisfacción comprobé cómo le cambiaba la expresión al Cerdito, al Cerdito Acaparador. Antes de pedir nada a la portentosa camarera, estuvo largo rato husmeando con su hocico de gorrino los alrededores. No había para él el mínimo papel libre. Derrotado, hubo de sentarse a fagocitar la tostada que en su boca se transforma en bazofia inmunda.

Sólo yo y mi periódico teníamos ojos para él. Me observaba esperando cualquier gesto mío que indicara el fin de la lectura. Cada veinte o treinta segundos se levantaba y emprendía una nueva ronda por el comedor trasero y salía nervioso a la terraza exterior. Nada. Todo ocupado. Cerdito Nerviosito. Mientras, yo pasaba páginas regodeándome en la lentitud. El Cerdito tragaba su quina merecida, sufría como nunca y solo le hubiera faltado pedirme por favor que concluyera cuanto antes con su martirio. Ignoraba que ya tenía preparado mi plan. Cuando por fin terminé la última página e inicié el movimiento final de plegar el periódico, el Cerdito se bajó de la banqueta echando chiribitas por los ojos. Pero a medio metro lo dejé estupefacto pues apuré el último sorbo de café, pedí un vasito de agua y comencé una nueva lectura en falso. Imposible que yo pueda pasar a palabras el abatimiento del Cerdito y el cómo regresó a su lugar con los puños apretados con rabia demoníaca. Cerdito malo, Cerdito malo.

Volvió otra vez a su patrullaje pero todo era inútil. Sólo obtenía mayores dosis de escarnio. No hay nada para ti, Cerdito de polo negro ¿no lo entiendes? A pesar de todo debo confesar que tengo un fondo de bonhomía, pero insuficiente para impedir la estudiada lentitud que empleé para pedir el cobro, sacar el dinero de la cartera y esperar el cambio apoyado en las hojas que había requetesobado. Al Cerdito, pendiente de toda la operación, se le caían sus babitas porcinas. Terminó el proceso y vino hacia mí, seguro ya de mi marcha y esperando que depositase el periódico en su rincón original. Cerdito tonto. No fue así pues con toda elegancia y amparado en el doblez de la barra que ocultaba mis movimientos, dejé el periódico tirado en el suelo haciéndolo vecino de las servilletas arrugadas. Con placer cercano al éxtasis de la carne que parece promesa en la camarera, vi cómo el Cerdito --era su irremediable condición porcina-- se agachaba hasta el suelo para recogerlo.

Ahora me remuerde la conciencia. Debí haberle puesto los pies sobre la espalda paquidérmica y sin embargo, no lo hice. Soy buena gente.
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miércoles, junio 15, 2011

Solución al Damero Mardito, nº26 (junio)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 26, junio), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.

"Al día siguiente los huéspedes se fueron y nosotros los acompañamos a la estación. La despedida fue emocionante y también feliz. Por fin Alfonso y yo íbamos a estar solos."

A. Marmotas
B. Sedar
C. Alcanfor
D. Lupe
E. Inmediato
F. Sílfides
G. Anís
H. Colutorio
I. Helios
J. Séptimo
K. Golpes
L. Ocena
M. Onse
N. Del
Ñ. Bayón
O. Yeyuno
P. Estés
Q. Estufas
R. Solfeo
S. Payasos
T. Anfibio
U. Ñame
V. Azadón

Acróstico: M. Salisachs "Goodbye España".
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lunes, junio 13, 2011

Maravillas del Mundo, 13

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Armas y succiones

A Joaquín Huguet.

El enorme éxito de ventas obtenido por el revólver que mostramos en una publicidad de la época, se debió a la necesidad de defensa que a causa de la Gran Hambruna de 2036 (con su trágico pico del mes de junio donde fallecieron casi 80 mil personas en el Sector Ibérico) tuvieron las mujeres en periodo de lactancia.

En efecto, tal era la carestía de alimentos que muchas madres, asaltadas en plena calle por hambrientos sin escrúpulos, eran obligadas a darles de mamar bajo amenazas dirigidas a sus bebés. Sólo la aparición de esta arma, al reducido precio de 1.275 Neokópecs, hizo posible que los rorros pudieran gozar del diario paseo en sus cochecitos sin que sus mamás se vieran importunadas, dejando a cada cual ejercer el derecho a comerciar con su propia leche.

En cualquier caso, fueron muchas las madres que sin mediar coacción accedieron a aliviar las penurias de más de un desgraciado. Y es que no hay nada como la educación para obtener lo que se desea, como bien muestra la crónica que firmada por Adelardo Pacharán apareció como carta al director en el diario "La Vocce" de Nueva Salteras:

“Nos dirigíamos a nuestros respectivos domicilios. Empezaba a anochecer. Mi amigo y yo nos encontrábamos algo achispados tras la visita a varias tabernas. Sorpresivamente, por la callejuela solitaria por la que transitábamos, vimos aparecer a una señora que empujaba un cochecito de bebé. A medida que se nos fue acercando, el tamaño de sus senos, henchidos y ubérrimos, nos hizo suponer que era madre lactante. A pocas neovertsas, las suficientes como para distinguir nuestra catadura, quedó paralizada por el terror. Tratamos de tranquilizarla y las buenas palabras que le dirigió mi amigo pareció conseguirlo. De hecho, dejó quieta la mano que se movía con urgencia como buscando una pistola en el bolso:


— Señora, ¿le importaría darnos de mamar? Es tanta nuestra falta de nutrientes y su bello rostro es tan perfecto reflejo de la caridad, que creemos imposible que se niegue…


(¡Los buenos modales! ¡No hay llave más poderosa para abrir todas las puertas. amigos!)

Así fue. Aquella bondadosa madre, a la que nuestra cortés actitud acabó por serenarla, accedió a nuestra petición y alejándose de la luz que proyectaba una farola nos instó a resguardarnos en un discreto zaguán. Allí nos acomodamos los cuatro. Procedió luego a asomar sus turgentes pechos tras desabotonarse la blusa y en turnos de cinco minutos nos fue dando de mamar a los tres (coincidió con la hora de toma del pequeñuelo) alternando sucesivamente uno y otro pezón de tal forma que si mi amigo o yo nos desocupábamos, entreteníamos al bebé haciéndole carantoñas y monerías. El caso es que tras aquella experiencia, que constata la fortaleza del vínculo que se establece entre una madre y el lactante, quedamos citados para otros días y a consecuencia de estos alimenticios encuentros, como en un camión de calabazas en que el traqueteo hace encontrar a todas acomodo, surgieron entre nosotros unos lazos que acabaron atándose de la mejor manera posible: Sin menoscabo de seguir mamando gratis hasta el final del ciclo, mi amigo se casó con aquella señora (era viuda de guerra) y yo fui padrino de ese niño al que bautizamos con el nombre de Vladimir y al que ipso-facto hicimos socio del club de nuestros amores.”

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Podrá encontrar más "Maravillas del Mundo" en este mismo blog utilizando el buscador que ponemos a su disposición en la esquina superior izquierda. No deje de ilustrarse sobre el futuro.
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martes, junio 07, 2011

"Las cosas de la caja" Fefa Martí

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¡¡¡Ya está aquí, ya llegó!!! Tantas contracciones y empujones valieron la pena, pues al fin parió la burra (la editorial, no la autora) esta criatura que va a proporcionar al curioso lector largos ratos de solaz.

En efecto, queridos todos, la Ediciones del Vecind(i)ario tienen el placer de comunicarles que ya está a disposición del que lo desee el nuevo volumen de la colección:


(¡Aaayyyy, Fefa, qué bonita eres y qué te quiero yo!)

Un elegante totumrevolutum de aromas cortazianos que no sólo hará las delicias de grandes y pequeños sino que convertirá su biblioteca electrónica en un bien codiciado por familiares, amigos y odiosos vecinos. No deje que le embargue el aburrimiento ni el muermazo, ni tampoco lo deje para mañana: Pinche en el enlace y consiga completamente gratis su ejemplar... De momento disponible en versión para ordeñador full-luxury a la espera de que la próxima semana aparezca el epub para lector electrónico.


Y ya que tenemos la parejita (la otra vástaga que nos salió fue la "Merceditas" de aquí el menda), a las Ediciones del Vecind(i)ario no le llega la camisa al cuerpo pensando en el trillizo. Muy pronto en sus pantallas.
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miércoles, junio 01, 2011

Damero Mardito, nº 26 (junio)

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El picadillo de Picadilly Street

Lord Stauton se recorta su rubio bigote ante el espejo con unas minúsculas tijeras. Su esposa, Lady Margaret, procede a colocarse un sombrerito adornado de tules frente a otro espejo de la habitación. Lord Stauton pone mucho cuidado en que los pelillos cortados no caigan fuera del papel que ha colocado sobre la cómoda. Lord Stauton ha sido siempre un hombre meticuloso.

Mientras tanto, Lady Margaret da los últimos toques a su sombrerito con un gracioso tecleteo de dedos. Es una mujer joven y de una belleza serena y elegante que parece mostrar en el perfecto óvalo de su cara la frescura de la campiña inglesa. La seda cruda de su vestido en tono verde agua, cruje cuando Lady Margaret se desplaza por la estancia. Luego se dedica a ordenar sus efectos personales en un diminuto bolso de dibujos chinescos.

Tres horas y cuarenta y dos minutos después, ajenos por completo a la desventura, el matrimonio será asesinado por un perturbado mental en una calle cercana a Picadilly. La escena y el posterior desenlace, al igual que el Damero del que hacemos entrega, sucede en el mes de junio.
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¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total en su kiosco habitual. Aquí:
El Damero del Vecind(i)ario
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