miércoles, julio 15, 2009

"Venga a nosotros tu reino" Javier Reverte

De esta recién conclusa novela de Javier Reverte (ojo, no confundir con su homónimo, el homínido Arturo Pérez, por favorrrrr) que parece la primera incursión en el género por quien nos tiene acostumbrados a sus crónicas de viajes y reportajes; de esta novela, digo, caben destacar (¿Cabo destacar? ¿quepo destacar?) dos aspectos que me parecen de notable factura, a saber:

Primero, el retrato urbano en sórdido color gris del Madrid de los años 50, inserto en una España no menos siniestra y todavía hambrienta bajo las banderas imperiales y el paso alegre de la paz. Segundo, la semblanza histórica de Leopoldo Eijo Garay, obispo entonces de Madrid, al que su amigo personal, el Papa Pío XII había concedido el título vitalicio e intransferible de Patriarca de las Indias Occidentales. Toma ya. El retrato de este hombre, en el que confluyen poder, inteligencia y sibilina retranca gallega es, a mi juicio, lo mejor de la novela.

Pero veamos un poquito de película:

Un joven cura polaco llega a España, en concreto al seminario de Madrid, con variados propósitos. Uno de ellos es infiltrarse en las HOAC, o lo que es lo mismo, las Hermandades Obreras de Acción Católica para dar a conocer en la medida de lo posible las corrientes europeas que establecen un rechazo a la jerarquía eclesial por parte del llamado cristianismo de base y organizar entre el personal currelante católico agitación suficiente como para animarlos a la lucha, creación de sindicatos, llamadas a la huelga, etc. Su otra misión es hacer de heraldo clandestino del movimiento Pax, fundado en Polonia por un tal Piasecki con la pretensión de tender puentes (o sea, hacer de pontífice, ¿no?) entre el marxismo y el cristianismo y buscar alianzas y apoyo mutuo dentro de los diferentes Partidos Comunistas de Europa.

Tanto uno como otro propósito encargado al cura polaco se verán sujetos a toda clase de avatares y sorpresas que aprovechará el autor para darnos un paseo por todos los ambientes posibles, desde el despacho del solemne y flatulento Eijo Garay a las tabernas más ásperas de gallinejas y aguardiente; de los domicilios de la alta burguesía que frecuenta la cafetería Dólar a los cines de pajilleras de la calle Carretas; de las espartanas habitaciones de los seminaristas a la cochambre chabolista de La Colasa; de las más lúgubres comisarias a los pisos clandestinos de ciclostil y tabaco de picadura. Como diría un clásico, todo un collage montado con retales de pana y rancho cuartelero sobre el que deambularán unos personajes casi siempre desdichados en su lucha por la vida.

Hombre, no es como para volverse loco y tirarse de los pelos de satisfacción, pero que la novela merece el título de más que correcta no lo dudo tampoco. O sea, que si pueden, léanla, pero que si no pueden, pues tampoco pasa nada. A servidor, desde luego, le ha gustado mucho.

martes, julio 14, 2009

Maravillas del Mundo, 1


La nueva metamorfosis.



Cuando Gregoria Zarza se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertida en una decrépita anciana.

Mejor dicho, y para ajustarnos a la verdad, había vuelto a ser la achacosa viejecita que fue antes de meterse en el lecho. Para su sorpresa -su enorme sorpresa ante el espejo-, la crema que se había aplicado en el rostro la tarde anterior había cumplido perfectamente con todo lo que prometía su publicidad. No había quejas a este respecto. Lo que queremos decir es que antes de acostarse, el rostro de Gregoria Zarza ofrecía el aspecto propio de una mujer en el esplendor de la madurez, pero que al despertar había retomado la naturaleza de lo que era antes, la arrugada y ajada faz de una anciana sexagenaria (sí, han leído bien, sexagenaria). El efecto rejuvenecedor había durado apenas una noche. Y de esta brevedad sí que no decían nada en el prospecto indicativo.

Gregoria Zarza recurrió a las cremas como desesperada solución a un conflicto. Había visto el anuncio en uno de los folletos que regularmente llegaban a su buzón, remitido por una casa de ventas por correspondencia en la que había depositado gran confianza. No en vano, su vivienda estaba decorada por algunos artículos allí adquiridos: Un par de pavos reales de hierro forjado (imitación) lucían soberbios en la entradita y una pequeña colección de estatuillas chinas fabricadas en marmolfil (doble imitación) reposaba sobre la ventana abierta al mundo del televisor. Por otro lado, si bien la milagrosa y magnética Cruz Maya que también compró, le había dejado en una blusa una mancha negruzca que tardó varios días en desaparecer a base de mucho restregar con el Quitamanchas Majik, no era menos cierto que su enhebrador automático de agujas le había ahorrado muchos momentos de fatiga visual. A lo que nunca se atrevió, y no por falta de ganas sino de vecinos, fue a encargar unas gafas de ultravisión Rayos X de las que decían eran capaces de traspasar las paredes para poder espiarlos.

Gregoria Zarza compartía su soledad -porque la soledad es lo que tiene, que se puede compartir y seguir llamándose soledad-, con su gato Franz. Ella y el gato eran los únicos habitantes de un viejo edificio de apartamentos medio en ruinas situado en el Sector 28 de Nueva Shangai. Su marido, el coronel Aureliano Iguarán Suzuka, había muerto al mando de un batallón de Lucha Holográfica durante una ofensiva en Segovia, dos años después del comienzo de la Hecatombe, en 2028. Su soledad la aumentaba el recuerdo de Enriquito, el único hijo de ambos, que se había suicidado tras volver de unas vacaciones en la playa.

Sólo después de casi veinte años de viudez, decidió que era el momento de iniciar alguna relación con un hombre. Una relación lo suficientemente seria como para que en los últimos años de su vida florecieran algunas rosas en el páramo despoblado de su vida. De esta manera decidió, a través de los anuncios por palabras de una red social de las restauradas en el tiempo de la Tercera Gran Modernización ("Feistufeis"), solicitar relaciones con caballeros formales, educados, solventes y de buena presencia. Así fue como conoció a Lupercio Coronas, un jubilado residente en Big Benidorm, viudo como ella, antiguo empleado en una cerería y aficionado a la pesca submarina.

Durante tres años, Gregoria Zarza aprovechó todos y cada uno de los minutos de conexión que le correspondían en el salón de actividades de su parroquia. Como es natural, a los primeros y tímidos mensajes intercambiados con Lupercio se sucedieron otros donde el espacio reservado a la confidencia y a la expresión de los sentimientos fue ganando terreno. A las pocas semanas ya podía decirse que Gregoria, si no con apasionamiento juvenil que hubiera sido impropio de sus años pero sí con templada intensidad, se había enamorado de aquel caballero que la colmaba de galanterías. Pasado ese tiempo, Lupercio decidió que había llegado el momento de organizar una kedada, que es la palabra antigua que utilizaban ellos para referirse a verse en persona. Igualmente, Lupercio determinó que sería él quien se desplazase a Nueva Shangai para conocer a Gregoria e intentar que en aquel amor que llegaba en el invierno de su vida, soplase una cálida brisa primaveral. Llegado el momento y sin argumentos para detenerle, a Gregoria Zarza la atenazaron los nervios y la preocupación. Desde un principio, ella -eterno femenino- se había quitado veinte años de encima al confesar a Lupercio su edad.

El mal funcionamiento de los servicios postales hizo que la crema que Gregoria Zarza había encargado con tanta urgencia le llegara tan sólo un día antes de la cita programada. Así que sin perder un minuto, quiso comprobar las virtudes que la habían resuelto a abonar los 1.875 neokópecs que costaba el frasco (“Toma del frasco, Carrasco”, le dijo al cartero amoscada cuando efectuó el pago). Siguiendo al detalle las instrucciones que venían en su interior, preparó una bola de algodón, vertió sobre ella un poco de aquella crema casi líquida y de color azulado y, para empezar por algún lado, se la aplicó en la frente siguiendo la trayectoria horizontal de las decenas de arrugas que la surcaban. El espejo le devolvió una imagen que le pareció milagrosa. En efecto, las arrugas de su frente se habían suavizado en cuestión de segundos. Visto el resultado, siguió dándose crema en los abanicos de patas de gallo que se abrían a cada lado de sus ojos consiguiendo el mismo resultado alisador. El éxito fue, al igual que con la frente, tan inmediato, que continuó dándose crema en las bolsas de los párpados, en el cableado de tendones que conformaban su cuello y, animada ya por completo, en torno a un pecho que asomó por el escote de la bata como un globo desinflado y que al rato pareció hacer ¡plop! para ganar la turgencia que muchos años atrás había deleitado al coronel Aureliano.

Para su asombro, y tal como prometía la publicidad del producto, a medida que se aplicó capas de crema, su piel fue rejuveneciendo a ojos vista. Todo consistía en esperar unos minutos entre aplicación y aplicación para dejar que el tónico se absorbiese bien. Cuando finalmente, Gregoria Zarza tomó el aspecto de una mujer que podría estrenar los cuarenta y pico años, detuvo el proceso y alegre como un canario al que devuelven a su jaula, comenzó a dar unos pasos de baile y a tararear una rancia canción del grupo Amaral alrededor del saloncito. La prueba de su metamorfosis le llegó a través de su gato Franz. El animalito tardó tiempo en reconocerla.

Todas estas circunstancias tan prodigiosas impiden que se pueda describir por un lado, la alegría de Gregoria Zarza cuando se fue a la cama transformada en una bella señora y su tremenda decepción por el otro, cuando vuelta a su marchito estado primigenio fue presa de la desesperación. La cita con Lupercio, fijada a las doce del mediodía en la cafetería El Castillo, se le antojaba irrealizable por la premura de las pocas horas pero se negaba a la vez el descubrir a su amado que había sido víctima de un engaño; piadoso, pero engaño.

Sin tiempo material para quejarse de los inesperados resultados de la crema, decidió embadurnarse del producto con la pícara idea por otra parte de acogerse a la cláusula que prometía la devolución del importe de la compra si le era remitido al vendedor el frasco vacío. Y es que 1.875 neokópecs restados a su exigua pensión no eran ninguna tontería. Así que animada por esta idea y por el poco tiempo que le restaba para asistir a la cita, la aplicación del cosmético, que en un principio la realizó con la bola de algodón, luego se convirtió en unas friegas generales que se extendieron por todo el cuerpo hasta agotar el contenido del envase.

Por supuesto sucedió que Lupercio Coronas, extrañado al principio y alarmado más tarde, decidió visitar el domicilio de Gregoria Zarza en vista de que no asistía a la cita fijada ni atendía a sus llamadas desde el vídeocelular. Una vez en el rellano y sin recibir tampoco respuesta a sus timbrazos, aplicó la oreja a la puerta y hasta ella llegaron extraños sonidos. Solicitada de emergencia una pareja de Gendarmes Populares se decidió forzar la cerradura. Hasta muchas horas después, Lupercio no recibió una explicación coherente de lo que había visto en el interior de la vivienda. Gregoria Zarza parecía haberse marchado precipitadamente, dejando sola en su huída a la que debía ser nieta suya, una niña de apenas un año que sentada en el suelo, jugaba con un gato entre risas y parloteos.


© Sap.
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14/07/2009

viernes, julio 10, 2009

La moda del flokki



Para todos aquellos interesados que me paran por la calle y me preguntan en qué consiste un flokki (Léase la gilientrada "Aquel verano del 78") aclararé que se trata del traje de baño femenino que causará furor en las playas dentro de 70 años más o menos.

Recién aterrizado desde el futuro, me llega este recortable que pongo a disposición del curioso. En él podrá apreciarse que a pesar de parecer el flokki un conjunto de paseo, no es tal, sino que los pudorosos usos puestos en boga en ese tiempo por venir, obligará a la mujer a cubrir sus carnes por miedo a pecar o a incitar al pecado.

Pinchen, agranden, recorten y disfruten.

El Juego del Jabón




La familia Pilatos es una familia extraña que se dedica a excéntricas actividades. (Tal vez sean parientes de aquella otra familia cortaziana de cronopios.)

Cuando falta el jabón en la casa, se interesan en el hipermercado por una de esas ofertas de “Pague uno y lleve tres”. Una vez adquirida y de vuelta al hogar, guardan dos pastillas en algún cajón y con la tercera comienza el juego. Éste es de reglas sencillas. Consiste en que desde primera hora de la mañana los miembros de la familia se dedicarán a lavarse las manos con frecuencia suficiente como para agotar la pastilla de jabón lo antes posible. El que consiga terminar con los últimos restos de ella, será proclamado ganador y se verá agasajado con pequeños regalos por parte del resto de la familia: un pisacorbatas, una prenda de ropa interior, un frasquito de agua de colonia…

Hay que explicar que mientras se desarrolla el juego, los componentes de la familia Pilatos no renuncian a sus hábitos diarios: desayunan, barren el salón, leen el periódico, cocinan, acuden al trabajo o a la escuela, etc. Son todas personas serias y disciplinadas que más que jugar parecen cumplir con una obligación. Por eso, la única diferencia que existe entre una jornada normal y otra dedicada al juego del jabón es que en esta última, claro está, las visitas al baño para lavarse las manos, son constantes. Hasta el pequeño Rafalín Pilatos, de tan sólo dos años, tiene a su disposición un barreñito de plástico azul donde realiza sus lavatorios, aportando con ello su no despreciable parte en la actividad.

Casi siempre, a la caída del sol, y tras los numerosos maniluvios, la pastilla de jabón se acaba y con ella, como decimos, el juego. Es entonces cuando la madre prepara para todos una merienda de chocolate con picatostes (o con churros, porque al hijo mayor no le gustan mucho los picatostes) y en serena armonía comentan los incidentes del juego o celebran algún lance destacado. Después y no sin cierta ceremonia se le hace entrega al ganador de los pequeños obsequios. Ven la televisión, cenan frugalmente y luego marchan a ocupar sus camas. Los que perdieron concilian el sueño con la ilusión de ser los campeones en el futuro certamen que se desarrollará al cabo de dos semanas. La madre, como una protectora mamá osa, bosteza satisfecha de saberlos tan cohesionados.

Shhhhh. Buenas noches, familia Pilatos.


© Sap.

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10/07/2009

martes, julio 07, 2009

Cambio de Percepción, 1


Lo que en 1908 debió resultar divertido, ahora nos parece hasta macabro. La señorita disfrazada que debió causar risa a todos cuantos la vieron, ahora nos parece una Reina de la Muerte con su cetro de cabeza de perro. Imaginadla una noche paseando por vuestra casa, visitando vuestra cama y susurrandoos al oído con voz helada cuán corta es la vida...

lunes, julio 06, 2009

Aquel verano del 78


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AQUEL VERANO DEL 78
(Historia refrescante, extravagante y premonitoria)




Todos cuantos conocimos a Gerardo, todos cuantos frecuentamos su casa, asistimos a sus tertulias, aplaudimos sus conferencias y apolillamos su biblioteca, todos, digo, estuvimos de acuerdo en considerar, mientras observábamos cómo embutían su cuerpo en el pasillo crematorio, que Gerardo había sido toda su vida un gilipollas.

Incluso Evelina, la que fue su señora, así lo había manifestado en repetidas ocasiones cuando en el momento más fogoso de la cópula se lo hacíamos saber:

-- Evelina, tu marido es un gilipollas.
-- Pues ya ves, hijo mío. Un gilipollas y un cornudo. Pero tú no pares y dame caña.

Tras el comentario y con un brusco golpe de cabeza, se echaba a la espalda aquel melenón negro como la noche que nos tenía a todos locos e iniciaba el galope final de la larga cabalgada.

Lo pasábamos bien con ambos, es cierto, con Gerardo y con Evelina. Pero de elegir el mejor momento de tantos años de amistad, todos nos quedaríamos con los largos días de agosto de 2078, cuando Gerardo fue invitado a ofrecer varias conferencias y a impartir uno de los cursos de verano que la Universidad Complutense había organizado en su sede del Puerto de Santa María (Gades-3). Aquello sí que fue el despiporre.

Nadie había estado nunca allí. Éramos gente del norte y de aquel Puerto de Santa María, todo lo más que nos sonaba era que había o hubo un penal cantado en coplas populares. Rodríguez abundó informándonos que allí, en el penal, había estado preso El Lute, un célebre delincuente que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y al que un grupo musical de los de antes de la Hecatombe dedicó una canción que gustaba mucho a su bisabuelo. Pero nada de esto importó desde el momento en que el chófer del magnetobús que allí nos trasladaba nos dijo con gracejo andaluz que la población gozaba de una bella playa y de que nos íbamos a poner las botas de comer marisco.

Todo fue verdad. Así que nos pasábamos el día en la playa, tumbados a la bartola sobre la arena y dándonos chapuzones con Evelina, a la que hacíamos centro del corro que formábamos para jugar, bien adentrados en el mar, al “Adivina de quién es esta garrota”. Luego salíamos del agua felices como diosecillos griegos y destruíamos a patadas el castillo de arena que mientras nos bañábamos, Enriquito había construido con esmero. Aclaro que Enriquito, al ser homosexual vergonzante no participaba de nuestros juegos, nunca se integró bien en el grupo y, lo que son las cosas, terminó suicidándose.

--Toma, por maricón –le decíamos entre risitas.

Luego nos volvíamos a tumbar todos alrededor de Evelina y contábamos historias y chistes verdes y decíamos muchas veces lo de hay que ver lo que se pierde Gerardo preparando las clases, toda la mañana encerrado en el hotel. Y era verdad, porque tanto el curso como las conferencias se impartían por la tarde, después de la siesta. Pero a nosotros poco nos importaba lo que hiciera o dejara de hacer Gerardo si Evelina, complaciente, decía en algún momento: “Mirad, muchachos, voy a hacer lo que hacían las antiguas”, y dicho esto se quitaba la parte de arriba del flokki y nos mostraba sus pechos turgentes como dos vasijas de barro a las que acudíamos como lechoncillos, haciendo de Evelina por un rato una Mamá Cerda generosa y nutriente. Para mí era una sensación agradabilísima la que recibía, pues durante la succión cerraba los ojos y sentía bajos los párpados la sal del mar y con ello el recuerdo de mi infancia en el trópico.

Ya por la tarde asistíamos a las conferencias de Gerardo, que eran de entrada libre y que se desarrollaban en lo que fue antigua plaza de toros, reconvertida como todas después del periodo de las Grandes Prohibiciones, en un espacio polivalente que lo mismo acogía representaciones de zarzuelas como, en este caso, servía para impartir cursos universitarios. En el centro se erigía la tarima giratoria donde por medio de un ingenioso mecanismo de maromas y elevadores, aparecía el orador de manera casi mágica favoreciendo que el público –siempre numerosísimo- lo recibiese con un encendido aplauso. Realmente éste era parte de nuestro cometido, pero en el caso del Puerto de Santa María, poco trabajo tuvimos pues exaltar a los asistentes no costaba apenas esfuerzo.

Gerardo, como digo, aparecía en el escenario y con gestos imperiosos mandaba callar a la gente. Cuando se producía el silencio, (a lo que nosotros ayudábamos con voces de ¡silencio, por favor, que como no callemos no empieza!) Gerardo se ajustaba los pliegues de su toga cándida y lanzaba al aire como una soflama:

--¡Señores! ¡La Frenología es muy importante…!

Y dicho esto nosotros irrumpíamos con una salva de aplausos. Por otro lado aclaro que Gerardo era como se ve, catedrático de Frenología. No un vulgar profesor adjunto o auxiliar. No, no, no, no. Titular de la cátedra de Frenología de la Universidad Complutense, toda una eminencia en la materia y una voz autorizada internacionalmente.

--¡Y no solo es importante sino que además sirve para muchas cosas…!

Y en la pequeña pausa que abrían sus puntos suspensivos, aplaudíamos de nuevo a rabiar siguiendo las precisas indicaciones de Rodríguez.

--Hoy, entre otras cosas, pienso demostrar que la resurrección de los muertos es posible, es real, es un hecho palpable y no un cuento de los curas para sacarles los cuartos a la gente. ¡Y además, lo pienso demostrar sin utilizar medios alquímicos!

Y aquí ya no sólo aplaudíamos sino que lanzábamos bravos y nos levantábamos de nuestros asientos, arrastrando con ello a los demás y propiciando un clima agradable y la predisposición del público a no perder detalle de cuanto dijera Gerardo. Después ya dejábamos que la charla siguiera sus normales derroteros sin temor a interrupciones. Ya casi al final, en una enorme visualizadora láser-plasmática instalada sobre el escenario aparecía el rostro sudoroso de un negro, profesor de alguna universidad africana, corroborando todo cuanto había expuesto Gerardo, para lo que ensartaba otra ristra de teorías dichas en un idioma incomprensible (pero subtitulado). Luego el negro se levantaba, mostraba sus ropajes de colorines étnicos y nos decía adiós con la mano. Era el momento en que daba comienzo el turno de preguntas al interviniente, y con ello, la parte más importante de nuestra labor, esto es, plantearle cuestiones preparadas de antemano para su lucimiento personal. Por ejemplo, Miguel Blasco se levantaba de su asiento en el primer anfiteatro, solicitaba el flashvoice y realizaba su pregunta:

--¿Es cierto, profesor Villena, cuanto dice su ilustre colega fulanito de tal y tal acerca de la transmigración de las almas?

O era la propia Evelina (disfrazada con una peluca rubia y gafas de sol porque era conocida en los círculos académicos) la que ponía en falso aprieto a su marido cuando le planteaba alguna cuestión ya ensayada:

--¿Y qué puede decirnos sobre la polémica a la que se vio arrastrado por los sabios de la Escuela Técnica de Düsseldorf…?

Así hasta acabar y retomar alborozados la ciudad y sus marisquerías y el amor de Evelina y vuelta a empezar aquel placentero régimen de playa, sexo, el rollo de las conferencias, y las gambitas. En resumen, la felicidad…

…La felicidad que nos faltaba aquella mañana cuando casi treinta años después el cuerpo de Gerardo iba a ser devorado por las llamas en pocos minutos. Pero fue una sensación que se desvaneció al rato, cuando en un rincón apartado de la Casa de los Muertos, dimos en evocar aquellos momentos jocundos que ahora he descrito y Rodríguez comenzó con lo de ¿y no os acordáis de lo del langostino y el pobre Enriquito?, y la pregunta parecía señal para dar paso al carcajeo contenido tanto tiempo (lo normal cuando los nervios y la tensión nos atenazan en un ceremonial mortuorio) y tras lo de Enriquito vino lo de Porfirio Maestre y que si jajá y jajá y venga jajá, y Evelina que se unió al grupo, como siempre, y al corro de nuestras chacotas que nos desternillaban de risa.



© Sap.
es.humanidades.literatura
07/07/2009

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lunes, junio 29, 2009

"Fabulosas narraciones por historias" Antonio Orejudo




Ya conclusa, no albergo dudas en cuanto a su recomendación, y si antes la regué con adjetivos como ligera y brutal, iconoclasta, irreverente, amena, divertida, golfa, erudita... ahora me veo en condiciones de añadir que es también cachonda, pedorrética y triste. Podría seguir pero no quiero pasar por un exagerao... Naturalmente estoy hablando de "Fabulosas narraciones por historias", una novela gorda de Antonio Orejudo, sujeto del que nada sabía y nada sé, por lo que no esperen de mi parte comentarios que desvelen su biografía ni tampoco un breve dequévá de su libro, ya que considero que mi recomendación es bastante como para animarles a que se tiren sin el flotador de la sinopsis a la piscina de sus páginas y que desechen adelantos en el Interné. Tooooooma.
Eso sí, búsquenla y no duden en revolver Roma con Santiago para conseguirla, y si a su librero -en vista del interés que ha despertado en Uds. la novela- le apetece pícaramente sodomizarles, acepten el sacrificio seguros de que vale la pena si con ello nos aseguramos de gozar con una lectura tan jocunda y provechosa como la de -repito- "Fabulosas narraciones por historias" de Antonio Orejudo... ¡Pero criaturas, alegraos, si vais a gastarme el nombre de tanto bendecirlo!

jueves, enero 18, 2007

Lilith

Sed de cerveza...
Un bar en la Alfalfa...
Una Lilith pudorosa niega a la cámara el regalo de su faz.

jueves, septiembre 14, 2006

Cuando la rubita era morenita


Me refiero, claro está, a Blondie, la deliciosa Blondie que años después se enrrolló con un maromo que dicen que tenía el corazón de cristal, en vez de haberse enrrollao conmigo que es lo que debió hacer la maldita.

:-(