martes, diciembre 31, 2013

La Morilla (cuento de Navidad)

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La Morilla
(cuento de Navidad)


Del almacén llegaba un ruido impreciso de multitud, grave, amortiguado por las chapas, pero que se llenó de aristas y de agudos, se hizo nítido en cuanto unos soldados, tres soldados, abrieron el portalón y salieron al exterior diciendo joder, joder, joder. Más allá de la luz que derramaba un farol en el dintel, se derramaba también la noche oscurísima.

—Joder, joder, joder, cómo nos ha puesto la tía. Un poco más y reviento los botones de la bragueta, macho.

—Y menos mal que ha habido descanso, ahí dentro no se podía estar ya de calor. Qué culazo tenía.

—Pues todavía queda lo mejor. A ver qué coño le queda por hacer para cerrar el espectáculo.

Al rato, los soldados sentían el frío de la noche, se refregaban las manos y se pasaban una botella mediada de coñac que bebían del gollete. Encendieron unos Chester.

—Me ha contado el Teruel, el de la enfermería, que las treinta cajas de Fundador vienen de parte de la señora, que es un regalo suyo particular.

—¿La señora? ¿qué señora?

—Qué señora va a ser, coño, la mujer de Franco, la Collares, la cacatúa esa.

Una figura que había estado oculta detrás de unos fardos, dio unos pasos y se iluminó bajo el churretón de luz del farol.

—Estaba yo ahí meando tan tranquilo y lo he escuchado.

—Perdón, mi sargento, no me lo tenga en cuenta, yo no…

—A ver si tenemos cuidado con lo que decimos o van a volar un par de hostias, eh. Lo paso porque esta noche, es esta noche.

—Gracias, gracias, mi sargento, felices Pascuas tenga usted.

El sargento, sin mirar al grupo, se dirigió al portalón haciendo eses a la vez que se ajustaba el correaje, abrió un postigo, de nuevo volvió a salir de allí el fragor del griterío, y agachando un poco la cabeza, se sumergió en el estruendo.

—Macho, un poco más y ese mierda nos jode la noche.

—Nada. ¿Tú crees que en Pascuas y con la Carmen Sevilla en el escenario moviendo las tetas va a perder tiempo el sargento empurando a nadie? Bah, además fíjate cómo va el chusquero de alicatado… Pero, eeeeh, mirad, mirad quién viene por allí.

—El Pájaro, joder con el Pájaro. No pierde ripio el cabrón. Cómo sabe el tío que esta noche va a hacer negocio. —El soldado dio un largo silbido— ¡Eeeeh, Pájaro, ven aquí, coño!

El que llamaban Pájaro no tuvo que variar su camino, pues se dirigía sin duda al grupo de soldados. En una mano sostenía una lámpara de carburo, con la otra tiraba de la cuerda que hacía de ronzal de una burra moruna, pequeña y llena de mataduras. Bajo el brazo, y como si fuera un limpiabotas, el Pájaro llevaba una banqueta de tres patas tan desportillada como la Morilla, la burra. Una banqueta pintada de marrón chocolate y adornada de tachuelas.

—Hombre, Pájaro, tómate un buche con nosotros que estamos de fiesta —los soldados se animaron unos a otros previendo una buena ración de bromas a costa del Pájaro, pero el silencio del hombre los hizo desistir un momento de risotadas futuras, —¿Pasa algo, Pájaro?

—Lo he visto, lo he visto yo. No me lo ha contado nadie. Lo he visto yo. —el Pájaro se sentó sobre una caja de munición vacía que había servido para cargar botellines de cerveza, sacó un pañuelo enorme de algún lugar de la chilaba y se lo pasó por la cara. A pesar del frío, la luz de la lámpara iluminaba las gotas de sudor de la calva.

—¿Pero se puede saber qué has visto, Pájaro? ¡Nosotros sí que hemos visto! ¡A la Carmen Sevilla, que no veas lo buena que está la tía! ¿Pero cómo que no estás ahí dentro con lo que te gusta el moyate y el cachondeo, mamón?

El Pájaro miraba sin ver a ninguna parte y a todas. Rechazó la botella de coñac que le tendía el soldado que parecía estar menos borracho.

—Lo he visto yo. Yo. Al abuelo y a la nieta, a los dos. Los metieron en el agujero, un agujero hondo. Iba yo con la Morilla y lo vi. Lo vi todo.

—Coño, Pájaro, que pelmazo eres, ¿qué abuelo y qué nieta, cojones?

—Sí, a los dos. Y a los soldados con el teniente ése que le dicen el Piojo, el de la Sexta. Lo juro por la Morilla.

—¿Por la Morilla vas a jurar, coño, con lo puta que es? A ver, coño, qué pasaba con el Piojo, ¿no estarías tú buscando clientes para la burra, no?

El Pájaro llevaba muchos años con su negocio. Hacía portes de un lugar a otro, oficialmente era acemilero, pero por dos pesetas, colocaba la banqueta bajo las patas traseras del animal, le levantaba el rabo y dejaba que el soldado que las pagara, se subiera en la banqueta y aliviara la hombría, como él decía. Conocía y era conocido en todos los destacamentos de Ifni donde había llegado desde su Zaragoza natal, y aunque su actividad le había costado más de un disgusto, el mando se mostraba permisivo. O la burra o la tropa con pocos posibles se soliviantaba. Con todo, el negocio iba bien y desde que comenzaron los tiros de verdad el número de clientes había aumentado. El Pájaro pensaba subir la tarifa. A partir del próximo año, para el 1958 al que tan poco quedaba por llegar, pagaría tres pesetas todo Dios. Todos. Los guripas sin dinero para mujeres y hasta los oficiales que lo hacían por apuestas.

—Era un agujero hondo, sí. Allí metieron al viejo y a la niña y los dos se pusieron a pedir que no les hicieran nada, levantando los brazos, que si jamalají, que si jamalajá…

—Bueno, cojones, eran moros, ¿qué pasa?

—¿Que qué pasa, hombre, por Dios? Que allí los dos vivos, llorando y dando voces, sin poder salir del hoyo, y va el Piojo el canalla y manda tirar dos bombas de mano. ¡Dos bombas de mano!

Ante lo dicho, los soldados dejaron la botella en el suelo. Se miraron entre ellos. Pasó un minuto donde el estrépito que venía del almacén hizo aún más silencioso el silencio de la noche. Al fin, uno de los soldados se atrevió a hablar.

—Joder, Pájaro, eres amargante, ¿y qué quieres que se haga con esa gente?, ¿los traemos aquí a que coman polvorones? Lo mismo tenían fusiles escondidos en el chozo o donde sea que vivan, o yo qué carajo sé.

—El abuelo y la nieta, un viejo escuchimizado y una niña de seis o siete años. Yo lo he visto, no me lo ha contado nadie. Destrozados, reventados. Yo vi las tripas que saltaron.

El Pájaro dejó escapar unas lágrimas y se sofocó un poco, sin sonido, como lloran los viejos. Él también iba ya para viejo escuchimizado y la Morilla era una niña, su niña, una burra niña. Los soldados guardaron silencio un rato, pero luego, dándose codazos unos a otros quisieron ocultar bajo una capa de jolgorio la opresión del Pájaro que tanto les enfriaba el ánimo.

—Venga, coño, Pájaro, anímate, olvídalo.

—No, no puedo —, insistía el Pájaro ya calmado con la mirada perdida y doblando el pañuelo cuidadosamente tras haberse sonado la nariz con contundencia.

—Pero vamos a ver, Pájaro, aunque no lo digan ni nos lo digan, esto es la guerra, la puta guerra, ¿tú crees que a alguien le importa un viejo o una niña de más o de menos, y encima moracos? Es más, coño, ¿tú te crees que allí, de donde nos han traído se creerán que esto existe, que existimos nosotros, si nos ponen como un parchís al revés, que matamos uno y cuentan veinte y nos matan veinte y cuentan uno? Anda y que les den a todos, Pájaro. Y venga, alégrate, coño, que en cuanto acabe el jaleo de ahí dentro y empiecen a salir guripas empalmados y hartos de priva, le vas a tener que dar la vuelta a la Morilla, como a los abrigos, y vaciarla a la muy puta como un jarrón.

Al final, el Pájaro se dejó querer, accedió. El reclamo de la bebida gratis podía con cualquier imagen persistente de la calamidad.

—Voy para dentro porque me hace falta, porque me los quiero quitar de la cabeza aunque sea un rato, eh, pero no le digas puta a mi Morilla, no le digas puta.

—Vale, no le digo puta; pero venga, hombre, déjala aquí que tiene yerba de sobra y vamos a tomarnos unas copas, joder, que te invitamos—, el soldado pasó un brazo por los hombros del Pájaro mientras otro amarraba el animal a un poste de la luz.

La Morilla comenzó a mordisquear con indiferencia animal la yerba polvorienta, mientras que los soldados, agrupados en cuadrilla de bebedores con el Pájaro en medio, llegaron hasta el portón. Lo abrieron y los recibió el ruido y la furia, el griterío, la multitud de uniformes sudados y las primeras carcajadas que provocaba Gila, que con un casco como el de ellos en vez de su boina de paleto, preguntaba desde un teléfono:

—Oigaaaaa… ¿es el enemigooo? ¡Qué se ponga!
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lunes, diciembre 23, 2013

Navidades con el Señor Sieso

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BRIGADAS SCROOGE


Fiel a su cita anual, el querido seguidor de este giliblog, nuestro amigo el Sr. Sieso, nos hace llegar en esta ocasión su NO-felicitación navideña en forma de regalo musical.

Para gozar de él, no hace falta más que pinchar en este enlace que facilitamos:

Si, deseo recibir completamente gratis en mi pantalla la cinta de cassette "Navidades con el Sr. Sieso"

Esperamos que tan generoso obsequio, directamente llegado de las teclas de este agente infiltrado en la Blogosfera por las combativas "Brigadas Scrooge", logre que estas entrañables fiestas transcurran... cuanto antes.
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miércoles, diciembre 18, 2013

Movilgrafías: Un verdadero manantial.

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Fue hace unos días que accedí a comprarle a una señora un par de las papeletas que me ofrecía. Las típicas papeletas con que se inundan estas entrañables fechas que se acercan para participar en el sorteo de una cesta navideña.

Después me arrepentí de haber comprado solo dos, pues leídos los productos que forman el lote —y que parecieran obtenidos del asalto a un Banco de Alimentos— no dudo que cualquier familia hubiera pasado las Navidades más completas de su vida, pues con tales artículos, no solo se tiene asegurado el sustento festivo sino la salud digestiva y hasta la limpieza de los manteles (pinchen en la imagen y lean).

El redactor que da puntual cuenta de la composición del premio con pintoresca ortografía y con una precisión y un ansia clasificatoria propia de un Aristóteles, merecería no solo ser perpetuo amanuense de la entidad organizadora, en este caso la U. D. Manantial , a la que el dios de los deportes prodigue toda clase de éxitos futbolísticos, sino un contrato indefinido como consignador de los bienes enajenados por nuestros gobernantes.


El sorteo se celebró hace unos días. Es una pena no conocer la filiación del premiado y el método que empleó para llevar tanto millón de artículos a su hogar .
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¡No deje de consultar otras interesantes Movilgrafías! Las tres últimas fueron:
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sábado, diciembre 07, 2013

Damero Mardito, nº 55 (diciembre)

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Amo(ur)tismo siego. 

El porqué de la cerrazón de Rafalito Romero Parrillón es algo que no comprendieron los investigadores por muchas vueltas que dieron al asunto. Ni siquiera el buen oficio del inspector Gómez con la ayuda de la psicóloga Marga Pertucci, lograron sonsacarle una palabra. Por el contrario, el detenido había colaborado en todo lo demás. Sin recibir ningún tipo de presión, relató con normalidad el cómo hubo planeado el asesinato de su suegro, cuál fue el arma homicida (un pisapapeles de bronce), cuándo lo llevó a cabo, etc. Pero en cuanto se le preguntaba por el móvil, se encastillaba en su silencio y de allí era incapaz de sacarlo nadie. Como mucho, dejaba escapar una risita floja, casi contagiosa, cuando se llegaba a este extremo. 

- Pero, vamos a ver, ¿por qué se niega usted a revelarnos el móvil?, ¿acaso no se hace cargo de su intrascendencia después de las pruebas abrumadoras y sobre todo de su autoinculpación? 

Pero Rafalito Romero Parrillón, seguía en sus trece y que no y que no y que no y que se negaba a abrir la boca y de ahí no lo sacaba ni Dios. Su cantinela no variaba un ápice: "Mire, inspector Gómez, a mí me da igual ocho que ochenta. Lo maté, les he dicho cómo, cuándo y dónde y sanseacabó. ¿Qué me esperan veinte años de cárcel?, pues bienvenidos sean; pero yo a ustedes jamás les confesaré por qué lo hice". Y el inspector y su ayudante seguían atónitos ante estas declaraciones provenientes de un hombre desapasionado, tranquilo, en absoluto víctima de brotes psicóticos ni trastorno mental alguno que rechazó todos los ofrecimientos, hasta el de un coche y un apartamento en Torrevieja para su familia. 

Y así sucedió. Cuando dieciocho años más tarde -se le redujo la pena de veintitrés años por buen comportamiento- Rafalito Romero Parrillón salió de la prisión de Santoña, viajó hacia su hogar donde lo esperaba su amantísima esposa y jamás nos llegamos a enterar de las causas que lo llevaron a acabar con la vida de su suegro. Retomó su trabajo como reponedor en la cadena de hipermercados Carrefour e hizo reverdecer viejas amistades; pero como decimos, nunca soltó ni una palabra acerca del motivo del asesinato.
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¿Que dónde conseguir el Damero Mardito de este mes? Pues como siempre, en su kiosco habitual y gratis total, pinchando aquí: El Damero del Vecind(i)ario.

Solución al Damero anterior (nº 54):
A. Arroyo, B. Naturópata, C. Duma, D. Record, E. Empanad, F. Señuelo, G. Nervión, H. Énfasis, I. Universo, J. Micelio, K. Ademuz, L. Nasa, M. Bache, N. Anhelad, Ñ. Rampas, O. Imaginan, P. Luzbel, Q. Odiosa, R. Casamata, S. Harapos, T. Escupas.
Acróstico: Andrés Neuman, "Bariloche".
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viernes, noviembre 29, 2013

Placeres Mundanos, nº 30

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Tarta de piña... ¡a toda leche!

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Mi gran amiga, la Hermanita Bernardina, sabedora de mi carácter de cagaprisas y de mi compromiso de atender a unos invitados, me pasó la receta que a continuación muestro a mis alumnos. Se trata de una tarta de piña que se distingue por la rapidez de ejecución y lo sencillo de sus ingredientes; así que sin más dilación ¡zoooooooooooom! vamos a ella.


En la primera foto he dispuesto algunos de los elementos que vamos a necesitar, pero, siguiendo mi costumbre, no están todos, porque esta foto es más bien de adorno, como simple encabezado. En resumen, una chorrada (fig. 1). Así que dejándonos de tonterías, lo primero que vamos a hacer es engrasar un molde (fig. 2). Algunas personas acostumbran a hacerlo extendiendo un poco de aceite con un pincel, en cambio yo, prefiero utilizar la mantequilla y los dedos, pues así recuerdo aquellos veranos en los que Charlize Theron reclamaba en la playa mis servicios: “Sapristín, ven acá, y ponme crema Nivea en la espaldita, cariño” ¡Ah, qué veranos felices, qué masajeos interminables!

Diré que el molde que he empleado es redondo y con la base desmontable, ingenioso método que servirá posteriormente para desmoldar sin problemas. Bien, una vez engrasado, dispondremos sobre él una lámina circular de hojaldre La Cocinera o similar, cortando con el cuchillo el borde sobrante, aunque a mí me gusta hacer un doblez (fig. 3) . Es esta una labor muy agradecida pues parece devolvernos a aquellos tiempos infantiles en que jugábamos con la plastilina.


Siguiente paso: en un bol, jarra, vaso de batir o similar, pondremos: 250 gr de piña en su jugo, de piña de lata, vamos (que también podría ser en almíbar para los más golimbros), 4 huevos, 3 rebanadas de pan de molde –yo lo utilicé blanco y sin corteza- , 70 gr de azúcar, 150 ml de leche, 150 ml del jugo de la piña y para terminar una ampollita o cucharadita de aroma de vainilla. Yo utilicé las que vienen en monodosis de esa marca con nombre de médico de campo de exterminio, Dr Oetker  (fig. 4).

Una vez todo dispuesto en el recipiente, le pegamos un batidorazo hasta hacer de los ingredientes una crema que verteremos en su camita de hojaldre (fig. 5). Con el horno precalentado a 180 grados, introduciremos el cacharro a baja altura y lo dejaremos allí unos 20 minutos. Bueno, ya saben que esto de los tiempos de horneado funciona según el modelo y marca de los mismos, así que mejor nos fiaremos de nuestros ojos, siempre escrutadores desde el otro lado de la ventanita (fig. 6).


El caso es que extraeremos de su encierro la tarta y comprobaremos que la mezcla está lo bastante cuajada como para soportar en toda su superficie el peso de la almendra laminada con que la cubriremos (fig. 7). ¿No se hunden las escamas tal un barco de tela metálica? Pues sí es así, tras la cubrición, meteremos de nuevo la tarta en el horno otros 15-20 minutos (fig. 8) hasta que se ponga doradita como las mamas de una señora acostumbrada al top-less veraniego (fig. 9).

Realmente, es aquí donde se encuentra la única dificultad que podría tener esta receta, por lo que es aconsejable que de vez en cuando pinchemos nuestra tartita con un palillo, brocheta de pinchito o aguja de hacer punto hasta comprobar que sale seco tras la cata. De la misma manera, si notamos que la tarta se broncea más de lo preciso y el relleno no está cuajado del todo, podemos cubrirla con un trozo de papel de aluminio.

Terminado todo el proceso, sacamos definitivamente la tarta de su particular infierno, esperamos que se enfríe y pasamos a decorarla con algún perendengue. Servidor lo que tenía a mano fueron una especie de bolitas de anís -recuerden, el alimento base del ratón de Susanita- y unos fideos de chocolate (aunque confieso que al principio me equivoqué de bote y esparcí pimienta negra en grano, ¡menos mal que no fue en polvo!).

El soberbio resultado final lo pueden contemplar en sus pantallas, así como el aspecto que adquirió el pastelazo una vez fue atacado por la carcoma de los invitados. Vale, las fotos son muy malas, pero no irán a exigirme que aparte de maestro confitero me haga émulo de Ouka Leele, ¿verdad? Es que Uds. son insaciables. 


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martes, noviembre 19, 2013

Historias Mínimas: El Juego del Gorila.

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A Marco


      Me encontré una cuerda muy larga, de plástico, de las de subir y bajar persianas. Quise darle una utilidad. La primera fue hacer con ella el nudo corredizo de horca que me había enseñado mi tío. Un nudo como los de las películas del Oeste. Me salió muy bien. Luego me inventé un juego. Era la hora de la siesta y en la calle no había niños. Con tanto calor muy pocos nos atrevíamos a salir. Bien. Allí solo, nadie me molestaba. Até la punta de la cuerda a la reja de una de las ventanas de la Pepa, una vecina que vivía en un bajo. La otra punta, el lazo corredizo, me lo pasé por el cuello. Luego, con un palo y haciendo de la cuerda radio de una circunferencia, tracé sobre el suelo de albero del patio, un semicírculo. El interior de ese semicírculo sería mi territorio. El de fuera el de los amigos que quisieran jugar.

    Cuando se fue el calor y los niños del bloque comenzaron a salir a la calle, les conté a mis amigos que me había inventado un juego. “¿Cómo se llama el juego?”, me preguntó el Luis. “El juego del Gorila”, le contesté. Luego les enseñé las reglas e hicimos un ensayo. Aquella primera vez yo haría de Gorila. Mis amigos, seis o siete, entrarían en mi territorio dispuestos a molestar al Gorila dándole pellizcos o burlándose de él. La misión del Gorila era atrapar a alguno de ellos para sustituirlo en su puesto. Me di cuenta que era muy difícil atrapar a nadie. En cuanto se sentían perseguidos, se ponían a salvo pasándose al otro lado del semicírculo. Poco a poco el Gorila, o sea, yo, se fue enfadando. Y cuanto más se enfadaba, más aumentaban las burlas de mis amigos. “¡Gorila, gorila, gorila!”, gritaban a coro, moviéndose como un enjambre de abejas molestas. Entre los pellizcos y las burlas que me hacían, me fui llenando de ira. Me convertí en un Gorila furioso. En un pequeño gorila de verdad. Uno de mis amigos, el Eduardín, me dio una patada en el culo y aquello fue más de lo que pude aguantar. Rabioso, me fui para él. Era tanto mi enfado que me cegué. Olvidé la línea de demarcación, la frontera tras de la cual se puso a salvo aquel maldito. 

    El efecto de mi violenta carrera se produjo. La larga cuerda se tensó -¡toinggg!-, el nudo se estrechó en mi cuello y, por inercia, gravité un segundo formando un plano horizontal con respecto al suelo. Caí de espaldas. Todas las leyes de la física se aliaron para que el golpe fuera muy fuerte y la cuerda dejara su marca en mi cuello. Mis amigos dejaron de burlarse y me liberaron de aquella prisión de plástico que me ahogaba. Luego, cuando comprobaron que no había ocurrido nada grave, pretendieron retomar el juego. Pero yo no tenía ganas. Y como era el dueño de la cuerda, la desaté de la reja, hice un ovillo y enfurruñado, me la llevé a mi casa. Me quedé allí a merendar y a ver la tele y no salí en varios días. El Juego del Gorila jamás pasó de aquel ensayo.
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miércoles, noviembre 13, 2013

Damero Mardito, nº 54 (noviembre)

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La alegría de la tuerta. 

    Cuando don Francisco “el Labioso”, nuestro maestro, murió, la clase en pleno tuvo que asistir a su misa funeral. Teníamos once o doce años y era la primera vez que íbamos a un ceremonial tan de personas mayores. En la misa estuvimos muy formalitos, pues el tener tan cerca de nosotros el ataúd donde habían encerrado a don Francisco, nos impresionaba mucho. Luego, cuando el cura terminó el responso, desfilamos ante la viuda para darle el pésame. Nadie sabía qué decirle a aquella mujer que parecía nuestra abuela; menos mal que el Prieto Gallardo, que era uno de los grandullones de la clase, me susurró al oído: “Tú dile, ‘la acompaño en el sentimiento’ y ya está”. Me encargué de repetir el mensaje entre otros compañeros y al rato, todos estuvimos informados. Uno a uno, le fuimos dando la mano a la mujer —¡cómo imaginar que en la misteriosa vida de maestro de escuela de don Francisco, cupieran una esposa y unos hijos!— mientras repetíamos la fórmula que resultó ser mágica porque al final, hasta don José, el director, nos felicitó por nuestro buen comportamiento y nuestra buena educación al decir “La acompaño en el sentimiento”. 

    Nunca supimos de qué murió don Francisco a no ser que la causa fuera la pura vejez. Cuando cayó enfermo ya no daba clases y solo se encargaba de la logística del comedor; era, en sus palabras, ecónomo. De todas formas, de vez en cuando abría la puerta de nuestra clase interrumpiendo la lección del joven don Carlos o don Julio con la prerrogativa de una soberbia veteranía, asomaba su cabezota de ogro, se alzaba las gafas dejando sin defensa sus ojos de camaleón y nos barría apuntándonos con su dedo índice como si fuera una ráfaga de ametralladora: “¡Me estoy muriendo… Pero que sepan todos ustedes que me han matado, que son los culpables de mi muerte!, ¡que quede en sus conciencias esta muerte!”, tronaba con su voz de acatarrado crónico. Seguidamente carraspeaba, arrancando de la profundidad de sus bronquios y bronquiolos, materia suficiente para formar en el discurrir ascendente por la tráquea, uno de sus célebres salivazos, un gargajo desaforado que, como era costumbre inveterada, escupía sobre un pañuelo gigante. Aquella casi sábana lo albergaba no sin que antes don Francisco lo inspeccionara con sus ojos de sapo para, a continuación, envolverlo entre pliegues y devolverlo a su pantalón. 

    Yo no se lo dije nunca a nadie, pero cuando me enteré que don Francisco “el Labioso” había muerto, me alegré un poquito. Yo era un niño. Ahora me levanto las gafas como se las levantaba don Francisco, pero tendré pañuelos de papel. 
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Solución al Damero anterio (nº 53):
A. Jengibre, B. Áptera, C. Viruela, D. Insectos, E. Edad, F. Rayan, G. Narrase, H. Elíseos, I. Gozque, J. Retícula, K. Erales, L. Trampa, M. Esteras, N. Acidular, Ñ. Tonel, O. LSD, P. Apabullar, Q. Nidal, R. Talio, S. Ímprobo, T. Derrama, U. Ardiente.
Acróstico: Javier Negrete, "Atlántida".
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lunes, octubre 21, 2013

Movilgrafías: Nos vigilan.

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Unos elementos dispuestos por el azar de determinada manera y la casualidad de un momento y un lugar, nos demuestran que no estamos solos, que son cientos las criaturas que, vigilantes, nos acechan y toman buena cuenta de nuestros actos. Tal vez sean ellos, estos personajes, los verdaderos Ángeles de la Guarda; pero unos ángeles llenos de sarcasmo que nos ningunean, se ríen de nosotros —¡les parecemos tan ridículos!— y hasta nos amenazan.

Fue el caso de esta mañana, que cuando me dispuse a efectuar la primera micción del día, levanté la tapa del wc y me asaltó la visión de este extraño voyeur con trazas de batracio. Interrumpí el proceso, hice la foto por si me viera en la necesidad de probar el porqué de mi horror y salí huyendo de mi casa hasta dar con un árbol que compartí con "Cuqui", un perrito de la vecindad.

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¡No deje de consultar otras interesantes Movilgrafías! Las tres últimas fueron:

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sábado, octubre 05, 2013

Damero Mardito, nº 53 (octubre)

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El busto es nuestro

     ¿Que cuándo comenzó el trastorno que tanta preocupación ocasionó a don Jenaro? Pues nadie lo puede asegurar; aunque él mismo se aventurara  a señalar la semana posterior a su jubilación como inspector municipal del Servicio de Aguas de su localidad como principio del fenómeno. En todo caso, la fecha es lo que menos importa y sí sus consecuencias, pues resulta que a partir de ese indeterminado momento, a don Jenaro comenzaron a crecerle los pechos hasta adquirir ambos el tamaño de los de una mujer de notable busto.

     Pese a la enorme vergüenza, vencida en parte por la ayuda de su señora, logró consultar a varios doctores, los cuales dictaminaron a la vista de los resultados arrojados por innumerables pruebas y análisis, que la extraña mutación que sufría don Jenaro se debía a una disfunción hormonal y no metabóliconutricional como en un principio se pensó, pues en efecto, los pechos de don Jenaro no estaban formados por tejido de naturaleza adiposa sino mamaria. Fuera como fuese, la medicación prescrita para detener e involucionar el proceso, se mostró inútil, por lo que se decidió poner a don Jenaro en manos de un prestigioso psicólogo por ver de paliar en tanto se pudieran, los sufrimientos del paciente.

     El caso es que en seis o siete meses de tratamiento, don Jenaro acabó no solo aceptando su nueva realidad sino desarrollando un instinto lactante que en un principio le causó gran preocupación, pero que luego le proporcionó gran placer. Claro que los hinchados pechos de don Jenaro eran estériles, pues no contenían leche ni nada que se le pareciera, pero pese a ello sentía en su interior una enorme, una irracional y creciente necesidad de amamantar a cuanta criatura de corta edad se topaba durante sus tardes de paseo. Aquello se convirtió en un tormento, en atroz pesadilla, pues escondido tras los árboles como un sátiro, espiaba a las madres a las que envidiaba el ser ubérrimas y nutricias y el que con despreocupación y facilidad dieran de mamar a sus bebés en el parque.

     A tanto llegó su desasosiego que su señora, apiadándose de él una noche en que ambos ya se encontraban en la cama matrimonial, se ovilló en su regazo y sacando de entre el desabrochado pijama, uno de los grandes pechos de don Jenaro –peludo, de rotundo pezón oscuro- se lo metió en la boca y comenzó a succionar como un rorro hambriento. ¡Aquella prueba de amor desinteresado, colmó de placer a don Jenaro! Nunca hasta entonces había recibido tanto cariño, tanta abnegación. Por eso, cuando a petición suya, su señora accedió a desprenderse de la dentadura postiza para poder chupar con mayor propiedad y semejanza al de una desdentada lactante, don Jenaro, mientras ella se aplicaba al ejercicio, lloró de gratitud.


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Solución al Damero anterior (nº 52):
A. Denuesto, B. Melindre, C. Ocal, D. Rencor, E. Reacción, F. Irene, G. Suputar, H. Orinas, I. Baladí, J. Sector, K. Esteta, L. Rapes, M. Vellorí, N. Espelta, Ñ. Aparato, O. Salado, P. Usted, Q. Pasquín, R. Escaldo, S. Ropas, T. Rallas, U. Oropel.
Acróstico: D. Morris, "Observe a su perro".
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jueves, septiembre 26, 2013

miércoles, septiembre 18, 2013

Maravillas del Mundo, 18

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La magia de las ondas

Los altos precios alcanzados por la energía —desde el barril de petróleo a las pilas de petaca— a partir de la inauguración de la Decimotercera Vía en en año 2135, hacía imposible o al menos muy complicado el acceso de la población a la más modesta tecnología del entretenimiento. Por lo tanto, la invención de la Radio Eterna surgida en el seno del  Institut Tecnologic d’Albacete y su posterior puesta en el mercado por las mayores compañías de venta por catálogo, representó una verdadera revolución de las comunicaciones. ¡Nadie se resistía a adquirir su radio por 975 Neokópecs en su versión básica!

A partir de entonces, los discursos de Jaume N’gonga Casademont y las flamígeras consignas de Mohamed Font de la Creu, llegaron a todos los ciudadanos, fortaleciendo la moral combativa y la exaltación de los valores patrios. Posteriormente y con recelo al principio, nuestros abnegados gobernantes decidieron ampliar la programación radiofónica con concursos (fue muy famoso el “Adivine qué sardana suena”), espacios de canciones dedicadas y adaptaciones de las obras del recuperado para la Nueva Realidad, Jacint Benavent. El éxito fue tan grande que hubo que instar al centro de fabricación de las Radios Eternas (situado en el Centre de Manufactures Electròniques de La Caixa en Majadahonda) a establecer turnos de trabajo que aumentaran la producción de terminales receptoras.

Pero como es sabido, nuestros taimados enemigos no cejan en su empeño de derribar el régimen de felicidad que tanto esfuerzo ha costado constituir, siendo así que a los pocos meses de comenzar las emisiones, las instalaciones centrales de la emisora fueron saboteadas de tal manera que la principal organización terrorista, las sangrientas Brigadas Cañíes, lograron infiltrar a elementos suficientes como para lanzar a las ondas durante dos días seguidos la discografía completa de Isabel Pantoja, una vieja estrella del Antiguo Régimen. Ante tal acto criminal, nuestro Estimat Conductor, el honorable Wangzú Sabadell i Valls decretó con gran acierto el cierre de fábricas y emisoras, suprimiendo también el comercio de Radios Eternas, cuya tenencia a partir de entonces fue perseguida con eficacia por nuestros Mossos de Seguretat.  

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Podrá encontrar más "Maravillas del Mundo" en este mismo blog utilizando el buscador que ponemos a su disposición en la esquina superior izquierda. ¡No deje de ilustrarse sobre el futuro que nos espera!
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domingo, septiembre 08, 2013

Damero Mardito, nº 52 (septiembre)

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Envejecimiento Activo 

No fue hasta cumplidos los diez años de su hijito, que los padres de Alfonsito Calvo Cerrato comenzaron a preocuparse de verdad, pues resultó que en vísperas de Reyes, Alfonsito no les solicitó, como hubiera sido lo normal en un niño de su edad, un juego de química, un scalectrix o una bicicleta, sino una boina y una garrota, confirmando así el reiterado deseo formulado un año atrás: “Queridos papás, yo lo que quiero es ser anciano”. 

Esta acusada gerontofilia, había llevado a los apenados papás de Alfonsito a muchas renuncias, la principal de la cuales fue a que se relacionase con otros niños y jugase con ellos. La alegación de Alfonsito no pudo ser más rotunda: “Queridos papás, ninguno de mis amiguitos sabe jugar al dominó y mucho menos al tute subastao”. Dicho lo cual, el pequeño berreaba hasta conseguir que sus progenitores accedieran a llevarlo a mirar tras los cristales, el salón principal del Hogar del Pensionista del barrio. Allí, con la nariz pegada al vidrio, la boca babeante de placer y los ojos bizcos de gozo, Alfonsito Calvo Cerrato contemplaba con envidia las mesas de juego ocupadas por abuelillos gargajeantes y vocingleros y esperaba con ansia los días en que se organizaban bailes de pasodobles, pues nada contentaba más a Alfonsito que escuchar “En er mundo” o “España cañí” o cualquier bolero de Machín imaginando que su pareja de danza fuera una abuela seducida. 

Por el contrario, gran disgusto fue el que se llevó nuestro amigo Alfonsito al comprobar que los dientes de leche que se le comenzaron a caer en cuanto alcanzó la edad apropiada, eran sustituidos por otros nuevos, pues creyó que el pacto establecido con el Ratoncito Pérez llegaría a hacer realidad su anhelo, esto es, que las encías le quedaran mondas y lirondas y que sus papás se vieran obligados a encargarle una dentadura postiza. 

Hoy nos hemos enterado que el que fue niño Alfonsito, convertido ya en Alfonso Calvo Cerrato, inspector de Hacienda, llegó a ponerse en manos del doctor Corchuelo, afamado cirujano estético, que le cobró un dineral por someterlo a una intervención que le dejó el rostro lleno de arrugas y el cuerpo ajado, para que posteriormente y haciendo uso de una triquiñuela legal, pudiera jubilarse con apenas cuarenta años y realizar así uno de sus sueños, viajar a Benidorm con el Imserso. 


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Solución al Damero anterior (nº 51):
A. Lombarda, B. Duplo, C. Untaré, D. Revoca, E. Rabino, F. Esteban, G. Ladre, H. Lábaro, I. Laya, J. Intenso, K. Muesca, L. Óleo, M. Nebulosa N. Eres, Ñ. Shoe, O. Aranés, P. Muesca, Q. Ahorrad, R. Rubicón, S. Goyesco, T. Ofelia, U. Sochantre.
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miércoles, julio 03, 2013

Damero Mardito, nº 51 (julio)

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La infancia del Rey Gaznápiro

Para Scout Finch





Don Francisco el Labioso intentó enseñarnos algunos rudimentos de dibujo lineal.

— A ver, cojan ustedes una hoja cuadriculada de color caña…

— En mi recambio —decía alguno— no vienen hojas de color caña, don Francisco.

— Bueno, da igual; pues la coge usted blanca y a ver si la próxima vez su madre de usted le compra un recambio en condiciones.

Los recambios de don Francisco eran siempre los adecuados, pero nunca nos decía dónde los compraba. Un misterio más de su existencia ignota.

— Bueno, pues ahora, desde el primer cuadrito de la esquina superior izquierda me van a contar diez cuadritos a la derecha, ¿entendido? Luego cuentan veintidós para abajo, ¿estamos? Pues en ese cuadrito al que han llegado me pintan con el lápiz un punto en la esquina inferior derecha… ¿Lo tienen todos? Pues venga, ahora otro punto…

Don Francisco el Labioso seguía desgranando coordenadas y nosotros marcando puntitos con la certeza terrible de haber fallado en la colocación de más de uno.

(Llovía siempre tras la ventana durante las machadianas tardes de colegio. Pasaba el tren de Alcalá, “la cochinita”, como si tal cosa, ajeno el maquinista a los puntitos de don Francisco).

Cuando todos los puntitos quedaban fijados, procedíamos a unirlos con el rotulador y la regla. ¡Qué de disgustos cuando la figura resultante era en palabras del Labioso una mamarrachada! A alguien el rectángulo se le convertía en trapecio; a otro, el rombo le salía pentágono y todos, al fin desconcertados, aguantábamos como podíamos el chaparrón de improperios de don Francisco, vigilante entre los pupitres.

— ¡Son ustedes unos mamarrachos! ¡Son unos gaznápiros! ¡Son unos gansos!

Lo de llamarnos gansos y gaznápiros nos resultaba muy cómico y a más de uno se nos escapaba una risita cuando nos llamaba así.  El Labioso no parecía darse cuenta del efecto contrario que producían sus palabras. Enfurecido, volvía a su mesa, daba un reglazo sobre ella, se cruzaba de brazos y nos lanzaba terribles miradas en silencio hasta que al poco retomaba su rapapolvo fragmentario utilizando el tuteo.

— ¡Sois unos gansos!, ¡en cambio hay muchos niños alemanes que con vuestra edad ya han empezado una carrera! ¡Una carrera, mamarrachos! ¡Niños científicos, niños literatos! ¡Por esos niños sí que merece la pena trabajar y no por ustedes que sois una pandilla de gansos!

Cuando don Francisco el Labioso terminaba de mostrarnos las virtudes de los niños alemanes, echaba mano de otra de sus trucos dialécticos recurrentes: la infancia del rey Alfonso XIII.

— ¡Cuando el rey Alfonso XIII tenía diez años escribía de maravilla, no como ustedes! ¡Yo he visto sus cuadernos en el Palacio de Oriente… Qué letra, qué renglones, qué dibujos...! Se os iba a caer la cara de vergüenza, mamarrachos. ¿Para qué trabajo yo si puede saberse, eh?, ¿para qué pierdo el tiempo con ustedes, eh?

(Volvía a pitar el tren de Alcalá, ahora de vuelta, ajeno de nuevo el maquinista a las reprimendas de don Francisco. ¡Felices los hombres que conducen locomotoras!)

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Solución al Damero anterior:
A. Fetidez, B.Miasma, C. Émbolo, D. Salado, E. Pesquisa, F. Impétigo, G. Nena, H. Óleo, I. Sorna, J. Avenate, K. Roquedal, L. Entero, M. Solio, N. Umbela, Ñ. Refinar, O. Rampar, P. Eneida, Q. Chundarata, R. Cavello, S. Inope, T. Ondina, U. Nulo.
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miércoles, junio 05, 2013

Damero Mardito, nº 50 (junio)

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Las Bodas de Oro de este Damero Mardito coinciden con la noticia de la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras a Antonio Muñoz Molina. Uno se alegra mucho por ambos sucesos.



Notas para una biografía de Romero Taone, 1.

La indumentaria de Romero Taone —el filósofo errabundo que fue discípulo del gran Jaec— es singular. Es un hombre uniformado en tanto que siempre viste las mismas ropas: Una vieja chaqueta de cuadros tipo Príncipe de Gales, unos pantalones blancos cortados a la altura de las rodillas y una camiseta a rayas horizontales de las que estila la clásica marinería. El calzado varía según la estación del año, siendo así que las botas de agua invernales, las sustituye por ligeras sandalias de goma en cuanto termina el mal tiempo. Llevó durante muchos años el cinturón de piel de búfalo que le regaló la marquesa de Galapagar hasta que éste se cayó a pedazos por el uso, pero no le importó entonces utilizar una simple cuerda. En el momento culminante de su peripateia, Romero se ajustaba el pantalón con una correa publicitaria de los chorizos Pamplonica.

Pero de todos sus complementos de vestuario, es sin duda el más característico el tocado, el que él llama el “topito”, un pequeño sombrero negro, parecido a un bombín pero de breve ala recta y de copa ligeramente troncocónica. Como resulta que es imposible encajarlo en la cabeza dada su minúscula hechura, Romero lo dispone a un lado de ella, haciendo una gomilla la función de barboquejo. Entre otras ventajas, el tamaño del “topito”, permite al filósofo dormir con él puesto sin que le cause mayores molestias.

Por el contrario, su alumno, el aplicado Macarro, viste de una manera estándar: pantalón de pinzas ochentero y un polo Lacoste de color burdeos. Sabe que el derecho a utilizar “topito” sólo lo adquirirá tras muchos años de aprendizaje, lo cual no quita para que casi todas las noches sueñe con ese momento. Algunas veces, Romero Taone se lo ha prestado unos minutos para ver cómo le queda y entonces Macarro no se puede sentir más feliz.

Ah, se nos olvidaba: Romero Taone jamás utiliza calcetines ni ropa interior.

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viernes, mayo 17, 2013

Placeres Mundanos, nº 29

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El cumpleaños del Hombre Lobo


Lo bueno de ser padre —como es mi caso— de una criatura peluda y de colmillos afilados que todo el mundo confunde con el Hombre Lobo, es que esta misma criatura tiene pocos amiguitos, por lo que a sus fiestas de cumpleaños apenas asiste nadie, lo que representa una clara ventaja en el ahorro doméstico, pues con una tartita, unos cuantos sándwiches de Nocilla y unos batidos de chocolate, van los niños que chutan.

Por eso, cuando hace unos días se presentó tal ocasión y me vi obligado a meterme en la cocina para ejercer de repostero, decidí confeccionar algo rápido, sencillo y económico, como es el caso de esta tarta de fresa y nata de la que a continuación paso a dar las instrucciones.

Lo primero es hacer un bizcocho ¡y no me digan que cómo se hace un bizcocho, joder, con la de recetas que pululan por la red a cual más simple! Porque si no saben cómo hacerlo ya pueden ir abandonando esta página por torpes y desinformados. En todo caso, para los más inútiles, recomiendo que se hagan con una de esas cajitas con polvos preparados que se pueden encontrar en la sección de repostería de todos los supermercados y se limiten a seguir las indicaciones del fabricante. Así que saltándonos este paso, digamos que ya tenemos un bizcocho hecho. Un bizcocho que no debe ser muy alto pero sí esponjoso y aromatizado de vainilla, por ejemplo (fig. 1).



Pues bien, con afilado cuchillo jamonero, haremos un corte longitudinal hasta convertirlo en un doble bizcocho (fig. 2). Sobre la parte inferior, esparciremos una generosa capa de mermelada que puede ser de fresa, o bien de frambuesa o bien de frutas del bosque, porque como decía una tía mía “Una buena capa, to lo tapa” (fig. 3). Acto seguido cubriremos esta mitad con la otra, pero ¡OJO al TRUQUI! teniendo cuidado de colocar la parte tostadita abajo, porque así conseguiremos una mayor jugosidad (fig. 4).



Tras ello, cubriremos la cara superior con fresas previamente laminadas hasta hacer desaparecer el amarillo del fondo (fig. 5). Antes de todo esto, atención, habremos preparado una buena dosis de gelatina de cualquier fruta roja. Cuando el tembloroso elemento (que, claro está, habremos 


mantenido a buen recaudo dentro del frigo) no se haya cuajado del todo, lo verteremos sobre el mosaico fresero. Una vez cumplido este trámite, depositaremos el bizcochamen en la nevera para que la gelatina se cuaje por completo y forme sobre las carnosas escamas una superficie regular, brillante y transparente (fig. 6).

Aprovecharemos el momento para montar un brick de nata con la batidora de varillas. Un poco de paciencia y otro poco de azúcar –junto con la nata líquida bien fría- bastarán para formar en 15/20 minutos un espumerío consistente (fig. 7).



Y ya casi está terminado. Aplicamos nata en todo el derredor del bizcocho (fig. 8), adornamos el perímetro con un cordón trazado con manga pastelera y añadimos fresas cortadas por la mitad, haciendo que la nata actúe como esponjoso cemento. Unos pegotillos de nata por aquí y por allá con intención artística, darán culminación a nuestro trabajo. Esto es todo. El resultado final es el que se observa en la imagen (fig. 9). Claro que muchos de Uds. echarán de menos las velitas o algún letrerito alusivo al festejo; pero tales añadidos quedaron fuera de mi negociado.



La tarta tuvo entre los asistentes al cumpleaños un éxito inenarrable. Lástima que acabara como el rosario de la aurora desde el momento en que a mi hijo se le cruzaron los cables y le dio por morder las yugulares de varios de sus amiguitos. Menos mal que ya le habían hecho entrega de los regalos.
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martes, mayo 07, 2013

Damero Mardito, nº 49 (mayo)

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Inmaculada Concentración 

El payaso listo se corta el pelo a navaja. El payaso listo no admite otras coloraciones en el cabello que no sea el negro intenso matizado por unas canas que le plateen los aladares. El negro del pelo contrasta con el maquillaje blanco del rostro y con el rojo de las orejas.

El payaso listo se pinta los labios en forma de corazón con rouge de señorita, tal y como se lo pintaban las antiguas estrellas del cine mudo: Pola Negri, Gloria Swanson o Theda Bara. Es un corazoncito breve como el de un feto de pocos meses el que deposita sobre sus labios blancos como un corazón de baraja de póker, como el de una carta de corazones de Alicia. El payaso listo cuida los detalles hasta el cansancio, hasta la extenuación, porque en ello le va el trabajo, el éxito y la vida. Nadie aprecia a un payaso listo que muestre alguna mancha en la inmaculada camisa o un descosido en su torerita de lentejuelas o una inclinación inadecuada en su sombrero de cono.

El payaso listo se despega de los mortales en cuanto sale a la pista, su mundo circular. Allí toca unos compases al saxofón e imparte unas clases de solfeo; pero en cuanto acaba el número y se desprende del maquillaje, el payaso listo no hace como el domador o el trapecista, que se van al bar del circo a embrutecerse con el coñac, sino que continúa comportándose con la corrección y disciplina de siempre en el interior de su caravana. La que mantiene en todo momento acogedora, su hermano, el payaso tonto.


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jueves, abril 04, 2013

Damero Mardito, nº 48 (abril)

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Sumadre´s book: sabiduría viejuna 

"Breve observación de pasada. Si al pobre Romeo le hubiera quedado tronchada de repente la nariz por algún accidente, Julieta habría huido horrorizada al verlo. Treinta gramos menos de carne, y el alma de Julieta deja de experimentar nobles emociones. Treinta gramos menos y se acabaron los sublimes gargarismos al claro de luna, los "no es el día, no es la alondra"

Si Hamlet, a consecuencia de un trastorno hipofisiario, hubiera adelgazado treinta kilos, Ofelia habría dejado de amarlo con toda su alma. El alma de Ofelia necesita para elevarse a divinos sentimientos un mínimo de sesenta kilos de bistecs. Cierto que si Laura hubiera perdido de repente brazos y piernas, Petrarca la habría dedicado poemas menos místicos. Y eso que la mirada de la pobre Laura habría seguido siendo la misma y su alma también. 

Sólo que, claro, el caballero Petrarca necesita muslitos para que su alma adorne el alma de Laura. Pobres carnívoros que somos con nuestros camelos de las almas. Basta, amigo mío, no abundes más en el asunto, que ha quedado claro". 

Albert Cohen "El libro de mi madre".

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jueves, marzo 14, 2013

Los increíbles casos de la señora Lutgarda y su nieto Tomasito, 2

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Hoy: "La clave de la clave"


El dinero que como recompensa cobró mi abuela tras resolver la misteriosa desaparición de los rubíes del jeque Abdul Ibn Azaz, nos permitió pasar un fin de semana en Palma de Mallorca. Como todo lo bueno, la estancia se nos hizo cortísima y hasta tuvimos que anular la visita que mi abuela proyectaba hacer a su primo Sebastián, el cura.

Fueron unos días inolvidables, tan lejos estuve del Centro y de sus monitores. Si me preguntaran qué fue lo que más me gustó de allí, no sabría qué contestar. Bueno, miento. A ambos nos encantó lo mismo: La barquita que se pasea por la laguna de las cuevas del Drac donde va montado un fulano tocando el violín. De ponerse los pelos de punta de emoción. Bonito, bonito de verdad.

Pero como digo, todo fue regresar a casa y complicársenos la vida. De nuevo fue requerida la ayuda de mi abuela, pero esta vez no por el comisario Gabaldón, sino por la señora Juliana, la vecina que nos pisa.

No habíamos terminado aún de sacar el equipaje de la maleta cuando llamó a la puerta una señora Juliana que lloraba como una magdalena. Mi abuela, en vista de lo alterada que estaba, la invitó a pasar, pero ella se negó. Quería que subiéramos a su casa pues necesitaba ayuda urgente y discreta. Este último término lo expuso mirando alternativamente a mi abuela y a mí.

No se preocupe, señora Juliana, que mi nieto es de total confianza. Vamos para allá —replicó mi abuela decidida y arremangada.

Subimos los dos tramos de escaleras que nos separaban de la planta de arriba (la Comunidad lleva años examinando presupuestos para colocar un ascensor sin decidirse por ninguno) y esperamos a que nos abriera la puerta una señora Juliana que pequeña y redonda como una albóndiga, subía sofocada, no tanto por el llanto quedo como por querer igualar nuestra velocidad.

A medida que penetramos en el recibidor primero y luego en un angosto pasillo que conducía a una salita de estar, la señora Juliana, a la vanguardia, iba encendiendo luces. Pero fue llegar a la salita citada cuando se desplomó en un sillón negándose a continuar.

Sigan adelante, sigan, que yo no puedo... ¡Ay, madre del amor hermoso, y con qué cuadro me he encontrado! —gimoteaba pasándose el pañuelo por la cara— ¡Qué cuadro!

La abuela y yo accedimos entonces a un segundo pasillo, al final del cual vimos la luz que dejaba escapar una puerta entornada.

Es el cuarto de baño, Tomasito —dijo mi abuela abriendo la puerta por completo. Acto seguido se quedó muda de asombro. Y yo también, ojo.

No era para menos, pues lo que teníamos ante las narices hubiera hecho huir al más bragado. Sólo la presencia de ánimo de mi abuela y lo fuerte que me tenía agarrado por la manga impidió que saliera de allí por patas.

Resulta que allí, sentado en la taza del wc en inequívoca función, con los pantalones arrollados en los tobillos, con medio culo granuloso y peludo al aire, con un periódico deportivo en las manos (del que no digo la Marca para no hacer publicidad. Jajajaja, ¿entienden el chiste?), y con el cuerpo doblado hacia delante por la bisagra del espinazo; resulta, digo, que estaba... ¡el señor Antonio, el que fue marido de la señora Juliana! Y digo “fue” porque para seguir siendo marido no ayudaba para nada el enorme cuchillo cebollero que tenía clavado en la espalda hasta la mitad de la hoja.

Sin importarle mi estupor, la abuela examinó la herida con atención levantándose un poco las gafas.

Es curioso —dijo— el mismo cuchillo ha servido de tapón para detener la hemorragia. Una sola puñalada pero mortal de necesidad, Tomasito. Mira, acércate para que vayas aprendiendo. No hay duda. Es una herida inciso-contusa que interesa el cuarto espacio intercostal derecho de la espalda contando por arriba, y que siguiendo una trayectoria vertical con respecto al plano del corazón, ha llegado a reventarlo de todas todas. En otras palabras, Tomasito, que al señor Antonio lo han apuntillado como a un miura.

Siguiendo las órdenes de mi abuela de no tocar nada (ni siquiera pude cumplir mi deseo de descargar la cisterna porque vaya vaya cómo había sido la evacuación postrera del caballero) abandonamos el baño y nos reunimos en la sala con la ya nueva viuda. No fue necesario preguntarle nada porque ella, entre hipidos de un llanto sordo, desembuchaba solita.

¡Le juro que no he sido yo, señora Lutgarda! ¡Se lo juro por mis nietos Tamara y Ramoncito que son lo que más quiero en este mundo! Le juro que me lo encontré así, tal como está, cuando volví de casa de mi hija de llevarle un túper con croquetas que había hecho esta mañana.

(¡¿Croquetas?! ¡¿Había dicho croquetas?! Hmmmmm, yum, yum. Se me hizo la boca agua al escuchar la palabra mágica. Pero apuesto un huevo a que las croquetas de esta mujer no le llegan ni a la suela del zapato de las que hace mi abuela.)

¿Ha llamado a la policía? —preguntó mi abuela con los brazos puestos en jarra.

No, no; todavía no... es que... ejem... verá usted, señora Lutgarda, yo sé que usted se hará cargo de mi problema, pero es que antes de que intervenga la policía... —y aquí las lágrimas que de nuevo acudían a sus ojos, consiguieron interrumpirla.

Venga, déjese de sofocones que ya tendrá tiempo, y dígame qué clase de ayuda busca usted en mí —dijo la abuela un tanto mosqueada pues no soporta que se manifiesten las pasiones de una manera tan desatada.

Pues verá, mi Antonio, mi marido, desconfiaba de los bancos, o como él decía, de las entidades bancarias. Así que lo poco o lo mucho que hemos conseguido ahorrar a base de sacrificios lo guardaba aquí... —la señora Juliana, con un último sorbetón de mocos que la devolvió a un estado calmo y natural, abandonó el sillón.

Creí que se dispondría a levantar alguna baldosa, pero qué va. Lo que levantó fue el cuadro que estaba colocado sobre el televisor; un cuadro imponente que representaba un caballo blanco iluminado por la luz de la luna (guapísimo el cuadro, sí señor). Bajo él apareció la inconfundible puertecita acorazada y el mecanismo giratorio de una caja fuerte. Sí, lo había visto muchas veces en las películas, pero nunca hubiera sospechado encontrar una de verdad ¡y tras un cuadro practicable! en un pisito de VPO del extrarradio.

Es cierto que la imaginación se me disparó y quise intuir que allí, en la caja, el señor Antonio había escondido, por ejemplo, fotos comprometedoras de su esposa y de su oscuro pasado, que es algo muy típico... aunque viendo lo absurdo del supuesto y viendo sobre todo el aspecto de la señora Juliana, que es como la gemela viva de Rafaela Aparicio, me resigné a la realidad de la pasta. El caso es que entregado a estas ensoñaciones, perdí el hilo de la charla y para cuando la retomé, la señora Juliana decía:

...ya ve, la ruedecita, en vez de números tiene letras. Mi Antonio era muy chulo y nunca quiso decirme la clave que abría la caja porque siendo yo ludópata como soy —aunque ahora me estoy rehabilitando— creía que de tener acceso al dinero me lo gastaría todo en tragaperras.

(Cuando la señora Juliana hizo esta confesión, mi abuela me propinó un codazo para advertirme de guardar el secreto de estar yo también en fase de rehabilitación. En público y ante los vecinos sobre todo, habíamos pactado que yo era ingeniero agrónomo en excedencia).

La señora Juliana, continuó:

Para hacerme rabiar y humillarme, miren lo que me dijo una vez: “Juliana, eres tan borrica que aunque te pase la clave por el hocico no la acertarás jamás. Mira, te voy a decir una adivinanza sin preocuparme de que la solución es la clave, porque tú no la vas a acertar en tu puñetera vida. A ver: “¿Cuál es el animal que cuando se levanta anda a cuatro patas, a mediodía anda con dos y por la noche anda con tres?” ¿Qué me dices? Chúpate esa, Juliana”... Sí, señora Lutgarda, así se reía de mí. Por eso le digo que viéndolo como está ahora, con el cuchillo clavado en la espalda, casi me alegro que se lo haya llevado Dios.

Aprovechando la pausa y empleando sutiles indirectas, hice ver a la señora Juliana lo bien que me sentaría un cubatita. Ojo, me daba un poco de cosa beber sabiendo que a pocos metros tenía a un fiambre; pero al fin y al cabo soy persona de variados registros morales y encontré el adecuado. Captando mi deseo, nuestra vecina se apresuró a decir:

¡No faltaba más, hijo mío! Anda, busca en la mesita de ahí al lado. Yo no bebo, eh, no se vayan ustedes a creer queeee... lo que tengo es por si viene mi hija, que le gusta alternar.

Con suerte encontré una botella de Larios a la que todavía le quedaba un culito —lo demás eran licores de colorines— y con la Cocacola, el hielo y la rodajita de limón que trajo la señora, me fabriqué un cubata muy aparente. Mi abuela, mientras tanto, había ocupado otro sillón y parecía seguir atenta las explicaciones de la señora Juliana; pero su silencio me inclinaba más bien a pensar que se estaba quedando frita. Y es que con el palizón de avión que nos habíamos metido, no era para menos.

En cualquier caso, la señora Juliana continuó con su tabarra:

Fueron muchas las noches que pasé en blanco dándole vueltas a la adivinanza, pero una es tan torpe que al final casi me rendí. No tenía ni idea. ¿Pero quiere usted creerse que cuanto más se reía de mí mi marido, más encabezonada me ponía yo? Total, que al final, ¿dónde piensa usted que encontré la solución al problema? Pues en mi nieto Ramoncito, que como estudia tercero de la ESO dio enseguida con la clave.

 A estas alturas, la abuela roncaba débilmente, así que para no dejarla en mal lugar, desvié toda la atención de la señora Juliana hacia mí. Despiadada, continuó:

“¡Anda qué no eres tonta, abuela!”, me dijo mi Ramoncito, “Si eso es más antiguo que qué. Pero tú para qué quieres saberlo, eh”. Le dije que era por una cosa de un concurso de la tele y se lo tragó. Entonces me contó lo de la efingie esa o como se llame. Le di veinte euros para que no comentara nada con el abuelo y me vine corriendo para casa.

 A todo esto, mi abuela despertó y le dio un buche largo a la lata de Cocacola. La breve ingesta pareció despejarla, porque adoptando una postura más cómoda y estirando las piernas con disimulo (padece de edemas), se dispuso a retomar el discurso de su vecina.

Pues nada, todas las ocasiones que, aprovechando que mi marido se iba al Hogar, intenté abrir la caja fueron inútiles. Cientos de veces di vueltas a la ruedecita escribiendo H-O-M-B-R-E del derecho y del revés. Pero nada. El muy egoísta, que sólo pensaba en él y no en mi enfermedad social, me había vuelto a engañar.

Es raro desde luego —comentó la abuela frotándose el puente de la nariz bajo las gafas.

Y ese es mi apuro, señora Lutgarda; que sabiendo que dentro de un rato esto se llenará de policías y que luego vendrán los jueces y los abogados y los del seguro y los de Hacienda, quiero recuperar el dinero que me pertenece... ojo, a mí y a mis nietos, eh, porque lo de mi ludopatía va muy bien. Así que siendo usted tan despabilada como es, tan lista, ¿no iba acaso a ayudarme? Le prometo hasta un piquito, que sé que tampoco anda usted muy boyante.

La abuela siguió frotándose ahora los ojos, más por sueño que por facilitar el camino a las combinaciones de su cerebro prodigioso.

Y le vuelvo a jurar y rejurar que yo no he sido, doña Lutgarda, que cuando regresé tuve que abrir la puerta con llave y que el asesino, por fuerza, tuvo que entrar y salir por el balcón abierto.

Bueno, bueno —respondió mi abuela agitando una mano como para despejar tanta palabrería de su vecina—. No mezclemos una cosa con la otra, vamos a dejar lo de su marido a la policía que para eso les pagan y vamos a centrarnos nosotros en lo de la caja fuerte... Dígame, ¿el señor Antonio no era el secretario de la Comunidad?

Sí señora, y muchos disgustos que le costaba el puesto, porque ya sabe que en el edificio, mejorando lo presente, estamos rodeados de sinvergüenzas.

¿Y no era él el encargado de redactar los avisos y notificaciones que luego pinchaba con chinchetas en el tablón del portal?

Sí señora. Y muy buena letra que tenía mi difunto.

¿Quisiera entonces hacerme el favor de proporcionarme alguna copia de una de estas notas?

La señora Juliana, desconcertada, pero venciendo su perplejidad logró incorporarse y acercándose a los cajones de un mueble, comenzó a rebuscar en el interior. Mientras tanto, y después de guiñarme un ojo, mi abuela me susurró al oído: “Tomasito, creo que estamos de suerte y este caso va a estar resuelto de inmediato”. Decirme estas palabras y henchirme yo de orgullo fue todo uno. Una vez más me iba a ser dado contemplar en primera fila un espectáculo único: el pensamiento combinado de mi abuela dirigido a un problema concreto.

Al rato, la señora Juliana extrajo de una carpetilla azul de gomas un papel cuadriculado que depositó en la mano de mi abuela.

¿Le vale éste? Creo que fue el último que escribió. Era sobre lo del arreglo del depósito.

Mi abuela, con el gesto de concentración que significa en ella el alzarse un poquito las gafas, leyó el papel bisbeando hasta que al rato dijo: “¡Ajá!” y después: “Lee tú ahora, Tomasito, a ver si llegas a la misma conclusión que yo”. Tomé el papel y después de un sucinto análisis grafológico que me llevó a concluir que el asesinado Antonio podría haber sufrido un trastorno sexual que se manifestaba en la profusión de adornitos y jeribeques de las vocales, leí lo que sigue:

“Se rueja a los señores becino, que se pasen por el sejundo letra Be para pagar los resibo estra de lo de arreglal el deposito del ajua”.

La solución la misterio se me desveló luminosa apoyada además por la mirada cómplice y afirmativa de mi abuela.

Señora Juliana, haga usted el favor de facilitarle a mi nieto un pañuelo —(¡Oh, cómo agradecí aquel gesto. Mi abuela me cedía sus derechos haciendo de mí la herramienta que resolvería finalmente el enigma!)

Acercándome a la caja fuerte, tomé el único klínex que quedaba en la bolsita de la señora Juliana. Lo desplegué sobre la ruedecita, cuidándome de no dejar huellas, y giré el mecanismo en el orden correcto. El orden que, claro está, componía la palabra O-M-B-R-E, sin la fastidiosa hache que había impedido a la vecina coronar con éxito sus intentos. La puertecita, emitiendo un leve chirrido metálico, se abrió por completo y dio paso por una parte a la alegría de la señora Juliana que botaba como una pelota de balonmano, y por otra, a la visión de al menos una docena de mazos de billetes sujetos con gomas.

Inútil describir la conmoción que el parné provocó en la señora Juliana y en cómo ésta manifestó su agradecimiento en abrazos y besos, que tanto a mi abuela como a mí nos llenaron de todos los fluidos posibles. No le importó tampoco que los billetes fueran de aquellos de cinco mil pesetas morados que llevaban impresa la cara de Carlos III, porque mi abuela la tranquilizó diciéndole que aún podrían cambiárselos en el Banco de España. Lo que sí hicimos —y la señora Juliana accedió mostrando no sólo la confianza que mi abuela lograba transmitir sino su impronta de autoridad— fue llevarnos para casa el dinero en una bolsa de basura hasta que todo se tranquilizase. Cerramos la caja fuerte, la ocultamos de nuevo bajo el caballo lunático y nos marchamos dejando a la señora Juliana al lado del teléfono con la orden de marcar el número de la policía en cuanto pasaran quince minutos.

Debo confesar que en el trasvase de billetes de la caja a la bolsa, aproveché un descuido para hacerme con uno de aquellos apetitosos tacos. Para gastillos imprevistos, se entiende. Bajamos las escaleras y accedimos a nuestra vivienda como el que arriba al más deleitoso de los paraísos. Imposible concebir que sólo unas horas antes aún nos encontrábamos en el aeropuerto de Palma, pesarosa mi abuela de no haber podido visitar a su primo el cura y no haber podido comprar unas ensaimadas.

Tomasito, yo estoy que no puedo con mi alma. Me voy a la cama a echar una siestecita —exclamó agotada.

Yo también estoy hecho polvo, abueli. Aunque prefiero ver un rato la tele. Dame un beso.

Así lo hicimos. Pero arrellanado en el sofá y con el zumbido del televisor, no tardé ni cinco minutos en coger el sueño. Antes de cerrar los ojos, sentí mucho tráfico de gente subiendo las escaleras. El piso de la señora Juliana se iba a llenar de polis en un momento.
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