jueves, marzo 01, 2012

"Sympathy for the Devil"

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(Con agradecimiento a los señores Jagger y Richards)

Llegar por lo absurdo a dejar de prestar atención a la tragedia. Así, concentrado en la contemplación de una de mis uñas deseaba como nunca haber tenido unas tijeras a mano. De la misma manera, observaba cómo en la punta del cigarrillo se producía la combustión que llevaba al papel y las hebras de tabaco a convertirse en ceniza rodeada por el anillo negro de alquitrán. O jugaba a las palabras. En orden alfabético, objetos propios de un quirófano: Anestesia, Bisturí, Cubeta, Drenaje... Y que pasara el tiempo; sobre todo que pasara el tiempo y acabase con los lamentos, con el continuo uhh uhh del llanto, con el chirrido de las suelas sobre el parquet y que al levantar la vista hubiesen desaparecido los treinta y siete féretros que se alineaban sobre el piso barnizado del polideportivo.

 Volvíamos a la grada desde el reducto de las sillas plegables que ante cada ataúd, habían sido dispuestas para los familiares. Me movía el despejar a Maite del ambiente espeso de las flores fúnebres, del histerismo subterráneo de los pañuelos hechos bolas, del uhh uhh que como letanía minimalista saltaba de uno a otro grupo sin interrupción, y de mi propio horror.
Nada pude objetar a la decisión de aquel funeral común, a la consiguiente espera del ministro de turno y del pleno municipal que mostrarían su dolor institucional a las cámaras de televisión y a los flashes de los fotógrafos de prensa. La víctima que me correspondía era mi cuñado menor, uno más de los pasajeros del autocar despeñado.

 El recinto se iba llenando de parientes y curiosos que se repartían por el graderío o se mezclaban con las familias allá abajo, haciendo que en el silencio, el roce de los zapatos multiplicados de eco aportaran sonidos de partido de baloncesto. Maite apoyaba la cabeza en mi hombro y yo jugaba a las palabras o miraba las idas y venidas de un vejete por entre los grupos que levantaba apenas un sombrero casi ridículo en un pésame ceremonioso. Me sentía colapsado pero en ningún momento tuve un recuerdo para mi cuñado. Volvíamos a las sillas para regresar otra vez a las gradas en un continuo ir y venir que suavizaba la mortificación del uhh uhh de los llantos. El anciano de antes, como si fuera familiar de todos los fallecidos, zigzagueaba por entre los féretros, se presentaba a los dolientes y daba leves abrazos de condolencia. Coincidí con él frente a la máquina expendedora de café y me ofreció un perfil deformado tal vez por el dolor y por una dentadura postiza mal encajada que le claqueaba cuando repetía al señor que estaba a su lado "Qué tragedia, don Pablo, qué tragedia..." En ese instante tuve la certeza de conocerlo, de haber visto su cara en otro lugar que se me escapaba.

Volví con los padres de Maite ofreciendo el consuelo imposible del café caliente. Las mujeres de la familia interrumpían el uhh uhh del llanto para entregarse a los gritos desgarrados, a la gestualidad dislocada del dolor que hizo a otros desplomarse en el suelo entre convulsiones. La cobardía me llevó a pensar que el fallecido era solo mi cuñado y regresé a las gradas asustado de mi poca entereza dejando a Maite frente a su hermano. Miré otra vez mis uñas, jugué a las palabras, encendí otros cigarrillos y desde la altura contemplé de nuevo los movimientos del vejete como una posibilidad narcotizante. Por un momento, el esfuerzo por ubicarlo en el tiempo y en determinado lugar se convirtió en un juego mental que me aisló en el vacío.

Treinta y siete cadáveres. De manera irrespetuosa comenzarían a descomponerse entre los tableros de las canastas, sobre las geometrías delimitadoras de las áreas y contemplados por un marcador estropeado que con números luminosos mostraba el tanteo del último partido. Un entorno de dinamismos roto ahora por las cintas negras con letras doradas, por la quietud mortuoria y terrible de las coronas de flores. Desde mi altura, la mano de Maite acariciando la madera del ataúd de su hermano se interpuso en mi búsqueda visual del anciano con sombrero. Lo encontré finalmente en un rincón apartado y en una actitud que me proporcionó todas las claves. El hombre, ajeno por supuesto a mi vigilancia, miraba en torno suyo desde su discreto escondite a la vez que sobre la punta de los pies, bajaba y subía los talones con suficiencia, en un gesto inequívoco de satisfacción que lo llevaba además a deslizar los pulgares entre el cinturón y la camisa como ajustando el tejido al cuerpo. Sonreía complacido como ante una obra bien hecha. Era la misma persona, la misma expresión representada en el cuadro y la misma del reportaje.

Tres días antes, en el Laboratorio de Arte, estuve analizando junto con varios de mis alumnos la diapositiva de un cuadro de Fabrizio della Porta, "La Presentación al pueblo", una obra sin duda menor e irregular. Pero no eran los errores técnicos los que me interesaban ahora, sino un personaje. La descripción es sencilla: A la izquierda del cuadro, Jesús es custodiado por dos legionarios romanos que lo llevan hasta la zona de luz que penetra a través de un vano que suponemos balcón. Sin estar representada, adivinamos la muchedumbre vociferante que reclamará su muerte. Casi en el centro, sentado sobre un austero trono rematado por la Loba Capitolina, Pilato sumerge las manos en el agua de una jofaina que le ofrece un esclavo negro. Otro esclavo, arrodillado, sostiene un lienzo blanco. Más a la derecha la esposa de Pilato, Claudia Procula, esconde el rostro con una mano mientras otra mujer, tomándola de los hombros, parece consolarla. Pero es entre el grupo que forman Pilato y los esclavos y las dos mujeres donde aparece, escondida en la penumbra, la figura de un hombre togado. En un escorzo de tres cuartos, vuelve la cara hacia las matronas pero en cambio la mirada, de reojo, la dirige directamente al espectador. Las comisuras de los labios, alzadas levemente, forman una sonrisa enigmática y llena de malicia. Su naturalismo contrasta con el hieratismo que expresan el resto de figuras. ¿Quién es este hombre? Por su indumentaria y la majestad que desprende podríamos concluir que se trata de un consejero o tal vez, la representación del propio césar como símbolo del poder de Roma y sus inapelables sentencias. Sea como sea, la importancia del personaje es evidente. El artista se preocupó de situar su cabeza en uno de los puntos aúreos de la composición. Ni siquiera el Jesús de perfil o el significativo maniluvio de Pilato logran desviar la atención del espectador a otra cosa que no sea la mirada y la sonrisa del personaje anónimo.

Esa misma noche se emitió en televisión un reportaje sobre el asedio a Sarajevo y los asesinatos ordenados por Radovan Karadcic. En las fosas comunes se procedía a desenterrar los cuerpos de cientos de musulmanes ejecutados durante la limpieza étnica forjada por aquel psiquiatra megalómano con cara de entrenador de fútbol. Cuerpos amorfos rebozados de pegajosa tierra negra iban saliendo a la luz como un horror cotidiano. Habitantes de los distintos pueblos que rodean Sarajevo se afanaban en el desenterramiento, en el reconocimiento de parientes, vecinos o amigos a través de los jirones de tela, de calzados que se desprendían como hechos de petróleo. Pero fueran secuencias tomadas en una población u otra, advertí la presencia constante de un hombre viejo que en todas las sórdidas escenas y con sutilidad, buscaba el objetivo de la cámara pero siempre agazapado en los corrillos. En todas y a pesar de lo desagradable de la tarea, se mostraba sonriente. Reconocí en él al personaje del cuadro de della Porta.

La conexión llegó a estremecerme por lo evidente. Allí estaba. Repartiendo de nuevo suaves condolencias, contraponiendo al uhh uhh su sonrisa maligna que concentraba todo el arcaísmo de la Humanidad. Siempre entre desgracias, paladeando el sabor a óxido de la muerte que alzaba sus comisuras antiquísimas, dirigiéndose al grupo arrasado de Maite y sus padres.
Salté butacas de plástico, eludí cuerpos y ojos asombrados y en los apenas quince o veinte metros que me separaban de él, el tiempo se fragmentó estallando en imágenes que me acompañaron en la agitada carrera. Fogonazos con el uhh uhh continuo como una banda sonora espiral, y allí estaban su boca y su mirada, nítido en la vorágine, ayudando a arrastrar un carretón atestado de gaseados en Auswitch, vestido de soldado sonriendo a la cámara que seguía a la niña abrasada por el napalm en Vietnam, presenciando la descarga de ahogados en algún lugar de Bangla Desh donde otros miles se unían al rosario del uhh uhh y se acercaba a Maite pero a la vez amontonaba cabezas cortadas en un campamento Jemer y paseaba por las trincheras de Verdún y firmaba sentencias de muerte mientras tomaba el café tras el almuerzo y estaba allí y en todas partes, acompañándonos siempre, en los hospitales, en las cárceles y los manicomios, escuchando el uhh uhh de los lamentos de las madres como melodía excelsa, repetido como un coro en terremotos e incendios y su mano se extendía hacia Maite, la misma mano que anotaba nombres de prisioneros en un gulag siberiano, idéntica a la que mostraba mariposas al delicado coleccionista que había ordenado una matanza en un hipermercado, o se convertía en picana eléctrica con fondo de tangos o se transformaba en locomotora que colisionaba contra vagones de pasajeros que entonaban el uhh uhh como gritos de amputados y su sonrisa descompuesta, la mirada brillante y sorprendentemente juvenil ahora, todo él adecuándose, adaptándose a la forma del dolor de Maite y mis últimos metros en el trayecto más largo de la Tierra, el planeta siempre hollado por él y llegar a impactarle y arrojarlo al suelo antes de que la tocara, en el momento justo en que hablaba con amabilidad, la mano alzando el sombrero, el ufano, el de nuevo satisfecho.

—Permítanme que me presente. Aunque supongo que ya conocen mi nombre...



©Sap, es.humanidades.literatura, 2004 
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miércoles, febrero 15, 2012

Solución al Damero Mardito, nº 34 (febrero)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 34, febrero), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.

"De este modo, el mundo se ha visto transformado paulatinamente en un conglomerado de piedras, pájaros, árboles, sonetos de Petrarca, cacerías de zorros y luchas electorales."

A. Estontería
B. Sesudos
C. Ahondad
D. Bruja
E. Amorfos
F. Tramperos
G. Octano
H. Ultramal
I. Necesidad
J. Omelette
K. Yecla
L. Edenes
M. Lechad
N. Urdías
Ñ. Nopal
O. Íleon
P. Vómer
Q. Espetecs
R. Rezongó
S. Sordar
T. Oscapar

Acróstico: E. Sábato "Uno y el Universo" 
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miércoles, febrero 08, 2012

"Madame Bovary" Gustave Flaubert

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Emprendí una nueva lectura de ‘Madame Bovary’ veintidós años después de que lo hiciera por vez primera. Me movió a ello el esclarecedor artículo que Antonio Muñoz Molina había publicado poco antes (‘El porvenir de Emma Rouault’) donde hablaba de cómo el recuerdo desvirtuado nos hace aceptar en una novela episodios, diálogos y actitudes de personajes que en realidad, no existen o se confunden con otros hasta formar un lugar común que poco o nada tienen que ver con el original. Es un efecto fácilmente observable en los clásicos y ‘Madame Bovary’ es claro ejemplo de ello. (Sugiero por lo tanto, que tras leer el artículo, se hagan con un ejemplar del libro si es que no lo tienen ya en sus baldas y prescindan de todo lo que viene a continuación).
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Ah, ¿que siguen emperrados en continuar? Bueno, pues entonces diré que volviendo los ojos a la Madame y despojado de los miedos —y la pereza— que me hacía cuesta arriba la relectura, entre otros, que la edición que tengo con traducción a cargo de Carme Martín Gaite tiene la letra muy chica, le eché valor y le eché las gafas encima con unos resultados finales satisfactorios del todo. Ahora sí que puedo decir sin temor a equivocarme que ‘Madame Bovary’ es un novelón. Un novelón que se me hizo sorprendentemente ligero y claro a las entendederas, a lo que ayudó su organización en párrafos cortos que alternaban a la manera decimonónica del realismo la descripción, la acción y la conversación de manera casi inalterable, aparte del siempre enojoso punto de vista del narrador omniscente que hoy resultaría inadmisible; el narrador que incluso sabe lo que piensan sus personajes. Menos mal que el cine barrió a estos metomentodos que nunca aplicaron a sus criaturas el evangélico “Por sus actos los conoceréis”.

Lo más sorprendente de esta relectura no fue encontrarme con la Sra. Bovary (de soltera, Emma Rouault) y su historia desgraciada sino con su marido, el adocenado médico Charles Bovary, tan olvidado de los lectores, siendo como es quien abre y concluye la novela de una manera tan meritoria que su propio autor, Gustave Flaubert , de haber tenido un poco de misericordia debería haberla titulado ‘Monsieur Bovary’ y no haber dicho aquella tontería de “Madame Bovary soy yo”, que para lo único que ha servido es para imaginarnos a la señora como un travesti gordo, con cara de foca y bigotazos como el manillar de una bicicleta.

En efecto, si hay alguna víctima en esta tragedia no es Emma la principal —que al menos la tipa marcha a la tumba con mucha juerga corrida—, sino su pobre marido, el juancojones, cojonato, huevón y boludo Charles, tan devoto de ella y tan ajeno en su nobleza y grisura a sus manejos. En el espejo de su esposo y de su desatendida hija, Emma se me presentó despreciable por muy justificadas que estuvieran sus aventuras por la ensoñación folletinesca (que al final no es tan determinante); una persona mudable y caprichosa hasta el grado de culo-veo-culo-quiero que presentimos insatisfecha en todo momento y a perpetuidad por mucho que hubieran cuajado sus amoríos con Rodolphe y León. Vamos, que estaba en la cama sufriendo los retortijones estomacales producidos por el arsénico y me decía para mis adentros “Pues ahora te jodes, por zorra”.

Sí, da pena, mucha pena el sencillo Charles, tan contrario a su esposa en su falta de ambición, en su aceptación del fracaso en ese pueblo/agujero de Yonville que nos pinta don Gustavo. Mientras, la doña, convencida de sus altos designios y sus exigencias por una vida mejor, más novelesca, y fascinada a la vez por el mundo sofisticado de la aristocracia, se enreda en la trapisonda continua de las deudas y sin remordimiento (“Pero si lleva una navaja en el bolsillo, como un aldeano…” piensa con desprecio de su marido) se entrega a una existencia de francachela continua que incluso lleva a encanallarla.

El final, una apoteosis de la desgracia, barridos todos los personajes por la desdicha —salvo la mezquina población de Yonville— es mejor que se lo lean Uds. Porque yo dejo aquí la reseña, que esto cansa.
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Ilustración:
“Mujer con sombrero de capota”, Sap, 1971.
Óleo sobre madera (tapa de caja de puros en concreto) 15 x 20 cm
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viernes, febrero 03, 2012

Damero Mardito, nº 34 (febrero)

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Escenas íntimas de Lev Tolstói


En el cuarto de baño el hombre se afeita frente al espejo. La navaja produce un leve sonido de lijado al rasurar la barba de tres días que le oscurece el rostro. Las partículas de pelo se mezclan con la espuma de jabón, forman copos y caen al agua blandamente. Allí flotan como islas grisáceas que van a la deriva. El niño se asoma agarrado al quicio de la puerta. Está asombrado. El hombre de vez en cuando detiene su labor y lo mira de reojo. Se sonríe y vuelve a la tarea. Se afeita el cuello a contrapelo. ¿Qué hace papá, eh?, le pregunta al niño. El niño permanece callado, con la boca abierta. ¿Qué hace papá, eh?, pregunta el hombre por segunda vez. El niño se pone el chupete y un segundo después se lo quita. Traga saliva y también sonríe. ¡Atá!, contesta al fin. Sí, afeitar. Papá se está afeitando. El niño vuelve a ponerse el chupete y sale corriendo por el pasillo. ¡Atá, atá!, grita con júbilo. El hombre, repentinamente furioso, se arranca de un manotazo la toalla que lleva alrededor del cuello y lo persigue soltando insultos y maldiciones que hielan la sangre.

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 ¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total en su kiosco habitual. Aquí: 
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martes, enero 31, 2012

Maravillas del Mundo, 15

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Efectos secundarios


El estricto régimen alimenticio a que nos vimos sometidos los pobladores del Sector Medio-Occidental para paliar en lo posible las hambrunas de 2046, tuvo como paradójica consecuencia un aumento de la obesidad en todos los segmentos de la población. No era de extrañar desde luego, ya que el alimento que nos llegaba de las fábricas de Guangzhou se limitaba a embutidos de grasas sintéticas y a aquel pan instantáneo que muchos veteranos recordarán, el que se formaba hidratando unas bolas de materia farinácea que luego se aplastaban con la mano, se abrían y se rellenaban de rodajas de aquel chorizo con sabor a pelo quemado. La ingesta de estos productos (completada la dieta con aquellos kiwis diminutos que nos libraban del escorbuto como a una tripulación de piratas prevenidos) fue la causante de que las calles se llenaran de señores gordos como globos, de señoras orondas como palomas buchonas y hasta de niños que parecían albóndigas con piernecitas… (¿Albóndigas? ¡Ay, las albóndigas, aquel manjar olvidado por el que hubiésemos pagado entonces su peso en oro!)

El prestigio de estar delgado creyó encontrarlo mucha gente en el artículo que hoy presentamos, el jabón- gel de ducha adelgazante que se hizo popularísimo cuando su fabricante patrocinó el concurso televisivo “Linche a su vecino”. Lo oneroso de su precio —1.775 Neokópecs el frasco— no impidió su éxito inmediato pues no en vano lo que prometía su publicidad se realizaba: Bastaban tres o cuatro duchas o un simple baño a bañera llena para que tras enérgicas friegas con estropajo de esparto, las grasas acumuladas en el cuerpo, fundamentalmente en el abdomen, muslos y nalgas, se fundieran, se mezclaran con la espuma del asombroso jabón y cayeran al agua formando grandes copos amarillentos que dejaban en la superficie manchas irisadas como el rastro grasiento que deja en el mar un petrolero y al bañista con una arroba menos de tocino. Tal era el poder adelgazante del jabón que bastaba aplicarlo —como el que se afeita—  en la sotabarba y dejarlo allí del orden de tres cuartos de hora para que al enjuagar desapareciera toda presencia de antiestética papada.

No fue hasta pasados seis o siete meses de su lanzamiento a los mercados (el de venta por correo de manera fundamental) que no comenzaron a apreciarse los efectos secundarios de los que el fabricante no había advertido: El jabón-gel adelgazante provocaba impotencia en los caballeros, ceguera en las señoras, con especial incidencia entre las menopáusicas, y raquitismo entre la población infantil. También se caían los dientes. Todo ello, junto con los cientos de miles de denuncias que fueron desestimadas por la justicia, provocó el rechazo en forma de revueltas callejeras del artículo milagroso. Pero al final no pasó nada. Al poco tiempo, otros y más novedosos productos comenzaron a ilusionarnos.

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Podrá encontrar más "Maravillas del Mundo" en este mismo blog utilizando el buscador que ponemos a su disposición en la esquina superior izquierda. No deje de ilustrarse sobre el futuro.
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lunes, enero 23, 2012

Placeres Mundanos, nº 24

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Espirales de hojaldre relleno, estreno de brocha


Toda vez que en el reparto de regalos del ‘Amigo Invisible’ efectuado el pasado Día de Reyes me tocó en suerte una brocha de silicona para la cocina, necesitaba una receta adecuada para estrenarla. Sabiendo de mis ansias, mi amiga Kate, presidenta del Club del Bacalao de Hortaleza, me instó a conocer de su mano los secretos del hojaldre, sugerencia que acepté de inmediato porque soy fácil para dejarme querer y porque la receta que me propuso parecía a priori muy atractiva y adecuada para saltarse a la torera sus indicaciones. El resultado es tal el que presento, estas espirales de hojaldre con queso, jamón y gambas.

Bueno, lavadas muy bien lavadas las manitas, surtidos de los ingredientes que vamos a precisar y ataviados con el delantal, comenzaremos el proceso: Lo primero es hacernos de una masa de hojaldre de las que venden en los refrigerados del super/hiper. La amiga Kate me recomendó el hojaldre del supermercado Lidl, pero como tal establecimiento me caía a trasmano el día que me puse a jugar a las cocinitas, lo sustituí por hojaldre marca ‘La Cocinera’.  Fue al desplegar sobre la encimera el enrollado producto cuando me llevé la sorpresa de ver que la fina masa era redonda, no rectangular, que parece una figura más indicada para esta receta. Dio igual, porque armado de valor tiré palante.

 
Lo primero fue pelar como un ¼ kg de gambas gordas y crudas y dejar sus cuerpecillos descabezados descansar sobre papel absorbente (fig. 1). Desplegado, como dije, el círculo hojaldresco sobre su papel protector, dispuse una capa de queso en lonchas (fig. 2). Realmente, alicatar de cuadrados una superficie redonda es un agudo problema geométrico que solventé con mi no menos agudo ingenio y el recuerdo de Mondrian. Tras el estrato quesero, sobrepuse otro de jamón serrano de gama chunga —tampoco merece la pena tirar de pata negra— que consideré mejor que el jamonyó de la receta original (fig. 3). Para terminar, coloqué las gambas en pelota en formación regular tal como puede apreciarse (fig. 4)

Tras esta primera fase vino la ejecución del enrollado (háganlo prieto, por favor), operación que se iba completando con pliegues laterales para que el contenido no se desparramara. También, con un tenedor, fui haciendo perforaciones en la masa a medida que se iba formando el cilindro para facilitar su cocción (fig. 5). El resultado —¡no se alarmen señoras!— es esta especie de somolotroko, esta especie de pollo grande que de ser oscuro hubiera parecido cierto miembro amputado de un mandingo (fig. 6). Armado de un cuchillo afilado corté en rodajas de 2 cm el cilindrazo relleno (fig. 7) que una vez colocadas en la bandeja de horno sobre el mismo papel protector barnicé de huevo batido dándole finalmente sentido funcional a la brocha de marras (fig. 8).

Precalentado el horno a 200º, introduje la bandeja, aminoré la temperatura a 180º y dejé que el chisme funcionara durante 20 minutos. Antes de sacar el comestible apliqué un poco de ventilador/gratinador 5 minutos más para dorar las ruedecillas y, ¡hala! se terminó el proceso. El resultado fue el que muestra la imagen final, una cosa muy fina que acompañada de una ensalada de rúcula y pepino y regada con un vinillo joven, constituyó motivo de aplauso entre los comensales. Concretamente dos, porque los otros… o a uno no le gustan las gambas, a otro no le gusta el hojaldre, a otra no le gusta el queso…  Y es que a esta gente vulgar los sacas del huevo frito con papas y los descolocas. Que les den, pero morcilla.


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jueves, enero 19, 2012

Perfil gemelo

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Desestimé el amor de Elena porque la curvatura de su cuello, el dibujo de su barbilla, el nítido  arabesco de los labios y la arista de la nariz, eran idénticos a los de tía Leonor. Un perfil gemelo.

No fue una revelación paulatina, sino al contrario, inmediata y alarmante. De la misma intensidad con que un día me sorprendió frente al espejo el rostro de papá puesto sobre el mío, convertido yo en él, practicando la misma gesticulación, incluso en el detalle de los más odiados ademanes.

Lo mismo sucedió con Elena. Sobre ella se impuso la imagen de tía Leonor, la hermana de papá. En ella se instaló por tanto la presencia de tía Leonor vestida con abrigo de falso astracán, la tía Leonor de rutilante bisutería y de peinado formando caracolas endurecidas de laca, la del bolso negro de imitación piel y la estilográfica turquesa con que firmaba los documentos de mi ingreso, acompañada por el cabeceo aquiescente del doctor Costart cotejando las cifras de unos talones.

Su presencia, digo, se interpuso entre nosotros ensuciando nuestra relación con una pátina incestuosa. Acceder entonces a la boca enamorada de Elena, a su apetencia de besos, se convirtió en un ejercicio desabrido, tanta era la fuerza de la evocación y tanto es el poder de un perfil, de una ondulación. Desde entonces nunca tuve valor de explicar a Elena los motivos de mi apatía, de mi renuncia al juego de las caricias. Mi cobardía era mayor que observar con dolor su desconcierto.

Al principio no fue así desde luego. Conocí a Elena cuando al iniciarse mi nuevo estado y el trasladarme de ciudad, implicó la urgencia de alquilar un apartamento. Aquello me hizo visitar un gran número de agencias inmobiliarias. En una de ellas trabajaba Elena como vendedora a comisión. Sentí un estallido.

Para ingresar en su vida, adopté la antigua técnica de la emboscadura. Me apoyé en visitas innumerables a la agencia para interesarme por apartamentos que nunca alquilaba o para pergeñar cualquier excusa económica o una duda sobre la disposición de las habitaciones o el emplazamiento. También, esperar el fin de su horario apostado en las cercanías para luego forzar un casual encuentro se convirtió en una peripecia emocionante.

Ya lo dijo alguien: Todo enamorado es un merodeador.

Finalmente contraté un minúsculo estudio con cocina americana. La llave que me entregó Elena vino acompañada de su corazón, y a la misma vez que abrió la puerta de aquel séptimo cielo, sirvió para encerrar en el más recóndito pliegue del cerebro las consultas con el doctor Costart, los tratamientos agotadores del sanatorio.

El agua helada. La electricidad.

Fueron días felices. De aquellos de leche y miel, de vino y rosas. Pasear cogidos de la mano fue la fuerza que destruyó las sombras. En ningún momento la mano de Elena atrajo la imagen de la otra mano: La de tía Leonor acompañándome a la primera reunión con el doctor Costart. La mano que rellenaba impresos y rubricaba protocolos con tintineo de pulseras. El amor de Elena hizo que se disiparan las nubes y encontré en su abrazo no sólo la paz sino lo que meses antes creía imposible: El olvido.

Por todo ello traduje el amor de Elena en la decisión radical de abandonar la medicación.

Por lo demás, no me resisto a ufanarme orgulloso: Elena no sólo me amaba sino que sobre ello mostraba hacia a mí una completa adoración, a la que se unía la circunstancia de ser, en sus mismas palabras, el primer hombre de su vida. Cualquier muestra de virtuosismo banal por mi parte la llenaba de asombro. Podía admirar tanto mi velocidad resolviendo crucigramas como mi entonación tarareando viejos boleros. Llegué a probar sutilmente juegos de sumisión y tensé el hilo de oro que nos unía sin que llegara a romperse. No dudo que Elena hubiera aceptado todas mis dosis de perversión sin reproches. Ahora la modestia me impide enumerar el resto de circunstancias que me hicieron aparecer ante ella como un pequeño dios. ¡Cuánto la amé!  Tuve que dar la razón al aserto: “Qué desvalido se encuentra el hombre frente al halago”.

Pero luego, tal vez un día o una noche, el cable de la lámpara de pie desenrollado en el suelo dibujó el perfil. La casualidad nos arruinó. Aquellas inflexiones asociaron a ambas mujeres y la boca de Elena se llenó de oscuridad, de las tinieblas del falso astracán de tía Leonor, de sus perfumes antiguos, de su mano cerrando los ojos de papá recién muerto. Se me hizo insoportable, por tanto, mantener aquel amor inoperante que me llevaba a la renuncia de los besos.

Nunca tuve valor de explicarle los motivos de mi desinterés. Elena naufragaba en el desconcierto y mi poca apetencia hacia ella la achacaba a diversas circunstancias pero excusando siempre mi actitud.

La ruptura llegó a ser brutal, pero en ningún momento Elena trató de incomodarme. Jamás visitó el hotel donde me trasladé, nunca me asaltó en la calle. Sólo se limitó a dejar mensajes telefónicos en el contestador automático. Su voz allí era una letanía de ruegos, una sucesión de hipidos entre los cuales solicitaba explicaciones. Después volvía a llorar y yo soltaba el teléfono que se movía oscilante sin tocar el suelo. Tumbado en el sofá, apoyaba la cabeza en el regazo cálido de tía Leonor desde donde llegaba la leve fragancia de la naftalina. Desde mi posición, su perfil adquiría toda su intensidad. A la vez, su mano se hundía displicente en mi pelo, rastrillándolo con dulzura, acompañada por el tintineo de las joyas y su voz en un susurro: “Tonto, bobito. Teniéndome a mí”.


© Sap.  es.humanidades.literatura
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lunes, enero 16, 2012

Solución al Damero Mardito, nº 33 (enero)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 33, enero), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.

"Y no sólo eso, sino que todos sus habitantes sentirán un gran orgullo de que sus antepasados pertenecieran a la raza de don Quijote. Quizá, incluso, les levanten monumentos."


A. Jabonés
B. Otrosí
C. Silueta
D. Esquinera
E. Mendrugo
F. Assassin
G. London
H. Luchas
I. Ópalo
J. Retozo
K. Quezón
L. Unguis
M. Impeled
N. Estanques
Ñ. Lentas
O. Coquina
P. Ordenas
Q. Yantar
R. Oled
S. Tunantes
T. Evento

Acróstico: José Mallorquí, "El Coyote"
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lunes, enero 09, 2012

2011. Resumen del año lector

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Hala, a ver quién tiene repes. (El asterisco indica relectura).


LECTURAS AÑO 2011

1. “RIÑA DE GATOS” Eduardo Mendoza

2. “EL TIEMPO ENTRE COSTURAS” María Dueñas

3. “DÉJAME CONSOLARTE” Corín Tellado

4. “PEQUEÑOS DELITOS ABOMINABLES” Esther Tusquets

5. “POR LA PARTE DE SWANN” Marcel Proust

6. (*)“LAS APARIENCIAS” Antonio Muñoz Molina

7. “SANGRE SABIA” Flannery O’Connor

8. “ANATOMÍA DE UN INSTANTE” Javier Cercas

9. “LAS CIEGAS HORMIGAS” Ramiro Pinilla

10. (*) “EL RAPTO DE LAS SABINAS” Francisco García Pavón

11. “A LA SOMBRA DE LAS MUCHACHAS EN FLOR” Marcel Proust

12. “A VUESTROS CUERPOS DISPERSOS” Philip J. Farmer

13. “LOS HEREJES” Humphrey Slater

14. “CONVERSACIONES CON WOODY ALLEN” Eric Lax

15. “QUIETO” Màrius Serra

16. (*) “NADA DEL OTRO MUNDO” Antonio Muñoz Molina

17. “LA NIEBLA Y LA DONCELLA” Lorenzo Silva

18. “AGUIRRE, EL MAGNÍFICO” Manuel Vicent

19. “EL ALQUIMISTA IMPACIENTE” Lorenzo Silva

20. “SÉ LO QUE ESTÁS PENSANDO” John Verdon

21. “LOS ENAMORAMIENTOS” Javier Marías

22. “PÍO BAROJA” Eduardo Mendoza

23. (*) “SI TE DICEN QUE CAÍ” Juan Marsé

24. (*) “BELTENEBROS” Antonio Muñoz Molina

25. “CALIGRAFÍA DE LOS SUEÑOS” Juan Marsé

26. “GUERRA Y PAZ” Lev Tolstói

27. (*) “EL INVIERNO EN LISBOA” Antonio Muñoz Molina

28. (*) “EL REINADO DE WITIZA” Francisco García Pavón

29. (*) “BEATUS ILLE” Antonio Muñoz Molina

30. “NÉMESIS” Philip Roth

31. “EL JUEGO DE CLAUDIA” Laura Sánchez Becerra

32. “LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL” Gustave Flaubert

33. “EL ACIAGO DEMIURGO” Emil M. Cioran

34. (*) “EN AUSENCIA DE BLANCA” Antonio Muñoz Molina

35. (*) “CARLOTA FAINBERG” Antonio Muñoz Molina

36. “LA AGONÍA DE FRANCIA” Manuel Chaves Nogales

37. “LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS” Bartolomé Bennassar

38. “CUERPOS Y ALMAS” Maxence van der Meersch

39. “CARPE DIEM” Saul Bellow

40. “LA MUCHACHA DE LAS BRAGAS DE ORO” Juan Marsé

41. “BOMARZO” Manuel Mujica Láinez

42. “LA RETICENCIA DE LADY ANNE” Saki

De todo ello y dejando aparte las relecturas, el podio de este año lo ocuparían:

9. “LAS CIEGAS HORMIGAS” Ramiro Pinilla
38. “CUERPOS Y ALMAS” Maxence van der Meersch
41. “BOMARZO” Manuel Mujica Láinez


Por el contrario, los más señalados muermos serían:

3. “DÉJAME CONSOLARTE” Corín Tellado
4. “PEQUEÑOS DELITOS ABOMINABLES” Esther Tusquets (éste con categoría de chorrada).
39. “CARPE DIEM” Saul Bellow
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martes, enero 03, 2012

Damero Mardito, nº 33 (enero)

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Ni un pelo de tonto


De las muchas excentricidades que practicó en vida el animoso Adelardo Pacharán, viene a bien que recordemos hoy (pues fue una decisión que tomó con el vigor con que se emprenden los proyectos al nacer el Año Nuevo) su gusto por dormir con la cabeza cubierta. No nos referimos desde luego a que se la tapara con las mantas, edredones o cobijas de su cama, sino que se tocaba de cualquier gorro o prenda similar. Ciertamente su idea venía avalada por una incuestionable verdad científica: el calor que concentra el cuerpo humano se pierde por la cabeza, como si nuestra especie fuera una enorme cerilla encendida. Esta certeza la adornó Adelardo con la variedad de su numerosa colección de gorros, gorras y sombreros, siendo así que elegía uno distinto cada noche anunciándolo a su esposa desde el cuarto de baño: “¡Bernardina (su esposa se llamaba Bernardina), cariño, prepárate que hoy me toca la boina!” Minutos después, Adelardo Pacharán se presentaba con la cabeza así ataviada dispuesto a compartir el tálamo.

A consecuencia de este comportamiento, las trifulcas conyugales antes de dormir fueron frecuentes, no ya porque Bernardina se quejase de que meterse en el lecho con su marido emboinado era como hacerlo con don Pío Baroja sino porque en sucesivas jornadas la sorprendió cubriéndose con una montera de torero, una gorra de béisbol, un sombrerito tirolés con su pluma y hasta un charolado tricornio de Guardia Civil (que por cierto, encontró muy cómodo como apoyacabeza). Pero todo terminó el día que tras muchos ruegos y la promesa de ser el último en seguir con esta conducta, Adelardo Pacharán consiguió encamarse llevando en la cabeza un sombrero de mariachi mejicano... “Ustedes no saben lo que me hizo sufrir a mí este hombre”, era la queja a la que Bernardina, ya viuda, nos tenía habituados.   

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