viernes, mayo 17, 2013

Placeres Mundanos, nº 29

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El cumpleaños del Hombre Lobo


Lo bueno de ser padre —como es mi caso— de una criatura peluda y de colmillos afilados que todo el mundo confunde con el Hombre Lobo, es que esta misma criatura tiene pocos amiguitos, por lo que a sus fiestas de cumpleaños apenas asiste nadie, lo que representa una clara ventaja en el ahorro doméstico, pues con una tartita, unos cuantos sándwiches de Nocilla y unos batidos de chocolate, van los niños que chutan.

Por eso, cuando hace unos días se presentó tal ocasión y me vi obligado a meterme en la cocina para ejercer de repostero, decidí confeccionar algo rápido, sencillo y económico, como es el caso de esta tarta de fresa y nata de la que a continuación paso a dar las instrucciones.

Lo primero es hacer un bizcocho ¡y no me digan que cómo se hace un bizcocho, joder, con la de recetas que pululan por la red a cual más simple! Porque si no saben cómo hacerlo ya pueden ir abandonando esta página por torpes y desinformados. En todo caso, para los más inútiles, recomiendo que se hagan con una de esas cajitas con polvos preparados que se pueden encontrar en la sección de repostería de todos los supermercados y se limiten a seguir las indicaciones del fabricante. Así que saltándonos este paso, digamos que ya tenemos un bizcocho hecho. Un bizcocho que no debe ser muy alto pero sí esponjoso y aromatizado de vainilla, por ejemplo (fig. 1).



Pues bien, con afilado cuchillo jamonero, haremos un corte longitudinal hasta convertirlo en un doble bizcocho (fig. 2). Sobre la parte inferior, esparciremos una generosa capa de mermelada que puede ser de fresa, o bien de frambuesa o bien de frutas del bosque, porque como decía una tía mía “Una buena capa, to lo tapa” (fig. 3). Acto seguido cubriremos esta mitad con la otra, pero ¡OJO al TRUQUI! teniendo cuidado de colocar la parte tostadita abajo, porque así conseguiremos una mayor jugosidad (fig. 4).



Tras ello, cubriremos la cara superior con fresas previamente laminadas hasta hacer desaparecer el amarillo del fondo (fig. 5). Antes de todo esto, atención, habremos preparado una buena dosis de gelatina de cualquier fruta roja. Cuando el tembloroso elemento (que, claro está, habremos 


mantenido a buen recaudo dentro del frigo) no se haya cuajado del todo, lo verteremos sobre el mosaico fresero. Una vez cumplido este trámite, depositaremos el bizcochamen en la nevera para que la gelatina se cuaje por completo y forme sobre las carnosas escamas una superficie regular, brillante y transparente (fig. 6).

Aprovecharemos el momento para montar un brick de nata con la batidora de varillas. Un poco de paciencia y otro poco de azúcar –junto con la nata líquida bien fría- bastarán para formar en 15/20 minutos un espumerío consistente (fig. 7).



Y ya casi está terminado. Aplicamos nata en todo el derredor del bizcocho (fig. 8), adornamos el perímetro con un cordón trazado con manga pastelera y añadimos fresas cortadas por la mitad, haciendo que la nata actúe como esponjoso cemento. Unos pegotillos de nata por aquí y por allá con intención artística, darán culminación a nuestro trabajo. Esto es todo. El resultado final es el que se observa en la imagen (fig. 9). Claro que muchos de Uds. echarán de menos las velitas o algún letrerito alusivo al festejo; pero tales añadidos quedaron fuera de mi negociado.



La tarta tuvo entre los asistentes al cumpleaños un éxito inenarrable. Lástima que acabara como el rosario de la aurora desde el momento en que a mi hijo se le cruzaron los cables y le dio por morder las yugulares de varios de sus amiguitos. Menos mal que ya le habían hecho entrega de los regalos.
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martes, mayo 07, 2013

Damero Mardito, nº 49 (mayo)

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Inmaculada Concentración 

El payaso listo se corta el pelo a navaja. El payaso listo no admite otras coloraciones en el cabello que no sea el negro intenso matizado por unas canas que le plateen los aladares. El negro del pelo contrasta con el maquillaje blanco del rostro y con el rojo de las orejas.

El payaso listo se pinta los labios en forma de corazón con rouge de señorita, tal y como se lo pintaban las antiguas estrellas del cine mudo: Pola Negri, Gloria Swanson o Theda Bara. Es un corazoncito breve como el de un feto de pocos meses el que deposita sobre sus labios blancos como un corazón de baraja de póker, como el de una carta de corazones de Alicia. El payaso listo cuida los detalles hasta el cansancio, hasta la extenuación, porque en ello le va el trabajo, el éxito y la vida. Nadie aprecia a un payaso listo que muestre alguna mancha en la inmaculada camisa o un descosido en su torerita de lentejuelas o una inclinación inadecuada en su sombrero de cono.

El payaso listo se despega de los mortales en cuanto sale a la pista, su mundo circular. Allí toca unos compases al saxofón e imparte unas clases de solfeo; pero en cuanto acaba el número y se desprende del maquillaje, el payaso listo no hace como el domador o el trapecista, que se van al bar del circo a embrutecerse con el coñac, sino que continúa comportándose con la corrección y disciplina de siempre en el interior de su caravana. La que mantiene en todo momento acogedora, su hermano, el payaso tonto.


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jueves, abril 04, 2013

Damero Mardito, nº 48 (abril)

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Sumadre´s book: sabiduría viejuna 

"Breve observación de pasada. Si al pobre Romeo le hubiera quedado tronchada de repente la nariz por algún accidente, Julieta habría huido horrorizada al verlo. Treinta gramos menos de carne, y el alma de Julieta deja de experimentar nobles emociones. Treinta gramos menos y se acabaron los sublimes gargarismos al claro de luna, los "no es el día, no es la alondra"

Si Hamlet, a consecuencia de un trastorno hipofisiario, hubiera adelgazado treinta kilos, Ofelia habría dejado de amarlo con toda su alma. El alma de Ofelia necesita para elevarse a divinos sentimientos un mínimo de sesenta kilos de bistecs. Cierto que si Laura hubiera perdido de repente brazos y piernas, Petrarca la habría dedicado poemas menos místicos. Y eso que la mirada de la pobre Laura habría seguido siendo la misma y su alma también. 

Sólo que, claro, el caballero Petrarca necesita muslitos para que su alma adorne el alma de Laura. Pobres carnívoros que somos con nuestros camelos de las almas. Basta, amigo mío, no abundes más en el asunto, que ha quedado claro". 

Albert Cohen "El libro de mi madre".

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jueves, marzo 14, 2013

Los increíbles casos de la señora Lutgarda y su nieto Tomasito, 2

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Hoy: "La clave de la clave"


El dinero que como recompensa cobró mi abuela tras resolver la misteriosa desaparición de los rubíes del jeque Abdul Ibn Azaz, nos permitió pasar un fin de semana en Palma de Mallorca. Como todo lo bueno, la estancia se nos hizo cortísima y hasta tuvimos que anular la visita que mi abuela proyectaba hacer a su primo Sebastián, el cura.

Fueron unos días inolvidables, tan lejos estuve del Centro y de sus monitores. Si me preguntaran qué fue lo que más me gustó de allí, no sabría qué contestar. Bueno, miento. A ambos nos encantó lo mismo: La barquita que se pasea por la laguna de las cuevas del Drac donde va montado un fulano tocando el violín. De ponerse los pelos de punta de emoción. Bonito, bonito de verdad.

Pero como digo, todo fue regresar a casa y complicársenos la vida. De nuevo fue requerida la ayuda de mi abuela, pero esta vez no por el comisario Gabaldón, sino por la señora Juliana, la vecina que nos pisa.

No habíamos terminado aún de sacar el equipaje de la maleta cuando llamó a la puerta una señora Juliana que lloraba como una magdalena. Mi abuela, en vista de lo alterada que estaba, la invitó a pasar, pero ella se negó. Quería que subiéramos a su casa pues necesitaba ayuda urgente y discreta. Este último término lo expuso mirando alternativamente a mi abuela y a mí.

No se preocupe, señora Juliana, que mi nieto es de total confianza. Vamos para allá —replicó mi abuela decidida y arremangada.

Subimos los dos tramos de escaleras que nos separaban de la planta de arriba (la Comunidad lleva años examinando presupuestos para colocar un ascensor sin decidirse por ninguno) y esperamos a que nos abriera la puerta una señora Juliana que pequeña y redonda como una albóndiga, subía sofocada, no tanto por el llanto quedo como por querer igualar nuestra velocidad.

A medida que penetramos en el recibidor primero y luego en un angosto pasillo que conducía a una salita de estar, la señora Juliana, a la vanguardia, iba encendiendo luces. Pero fue llegar a la salita citada cuando se desplomó en un sillón negándose a continuar.

Sigan adelante, sigan, que yo no puedo... ¡Ay, madre del amor hermoso, y con qué cuadro me he encontrado! —gimoteaba pasándose el pañuelo por la cara— ¡Qué cuadro!

La abuela y yo accedimos entonces a un segundo pasillo, al final del cual vimos la luz que dejaba escapar una puerta entornada.

Es el cuarto de baño, Tomasito —dijo mi abuela abriendo la puerta por completo. Acto seguido se quedó muda de asombro. Y yo también, ojo.

No era para menos, pues lo que teníamos ante las narices hubiera hecho huir al más bragado. Sólo la presencia de ánimo de mi abuela y lo fuerte que me tenía agarrado por la manga impidió que saliera de allí por patas.

Resulta que allí, sentado en la taza del wc en inequívoca función, con los pantalones arrollados en los tobillos, con medio culo granuloso y peludo al aire, con un periódico deportivo en las manos (del que no digo la Marca para no hacer publicidad. Jajajaja, ¿entienden el chiste?), y con el cuerpo doblado hacia delante por la bisagra del espinazo; resulta, digo, que estaba... ¡el señor Antonio, el que fue marido de la señora Juliana! Y digo “fue” porque para seguir siendo marido no ayudaba para nada el enorme cuchillo cebollero que tenía clavado en la espalda hasta la mitad de la hoja.

Sin importarle mi estupor, la abuela examinó la herida con atención levantándose un poco las gafas.

Es curioso —dijo— el mismo cuchillo ha servido de tapón para detener la hemorragia. Una sola puñalada pero mortal de necesidad, Tomasito. Mira, acércate para que vayas aprendiendo. No hay duda. Es una herida inciso-contusa que interesa el cuarto espacio intercostal derecho de la espalda contando por arriba, y que siguiendo una trayectoria vertical con respecto al plano del corazón, ha llegado a reventarlo de todas todas. En otras palabras, Tomasito, que al señor Antonio lo han apuntillado como a un miura.

Siguiendo las órdenes de mi abuela de no tocar nada (ni siquiera pude cumplir mi deseo de descargar la cisterna porque vaya vaya cómo había sido la evacuación postrera del caballero) abandonamos el baño y nos reunimos en la sala con la ya nueva viuda. No fue necesario preguntarle nada porque ella, entre hipidos de un llanto sordo, desembuchaba solita.

¡Le juro que no he sido yo, señora Lutgarda! ¡Se lo juro por mis nietos Tamara y Ramoncito que son lo que más quiero en este mundo! Le juro que me lo encontré así, tal como está, cuando volví de casa de mi hija de llevarle un túper con croquetas que había hecho esta mañana.

(¡¿Croquetas?! ¡¿Había dicho croquetas?! Hmmmmm, yum, yum. Se me hizo la boca agua al escuchar la palabra mágica. Pero apuesto un huevo a que las croquetas de esta mujer no le llegan ni a la suela del zapato de las que hace mi abuela.)

¿Ha llamado a la policía? —preguntó mi abuela con los brazos puestos en jarra.

No, no; todavía no... es que... ejem... verá usted, señora Lutgarda, yo sé que usted se hará cargo de mi problema, pero es que antes de que intervenga la policía... —y aquí las lágrimas que de nuevo acudían a sus ojos, consiguieron interrumpirla.

Venga, déjese de sofocones que ya tendrá tiempo, y dígame qué clase de ayuda busca usted en mí —dijo la abuela un tanto mosqueada pues no soporta que se manifiesten las pasiones de una manera tan desatada.

Pues verá, mi Antonio, mi marido, desconfiaba de los bancos, o como él decía, de las entidades bancarias. Así que lo poco o lo mucho que hemos conseguido ahorrar a base de sacrificios lo guardaba aquí... —la señora Juliana, con un último sorbetón de mocos que la devolvió a un estado calmo y natural, abandonó el sillón.

Creí que se dispondría a levantar alguna baldosa, pero qué va. Lo que levantó fue el cuadro que estaba colocado sobre el televisor; un cuadro imponente que representaba un caballo blanco iluminado por la luz de la luna (guapísimo el cuadro, sí señor). Bajo él apareció la inconfundible puertecita acorazada y el mecanismo giratorio de una caja fuerte. Sí, lo había visto muchas veces en las películas, pero nunca hubiera sospechado encontrar una de verdad ¡y tras un cuadro practicable! en un pisito de VPO del extrarradio.

Es cierto que la imaginación se me disparó y quise intuir que allí, en la caja, el señor Antonio había escondido, por ejemplo, fotos comprometedoras de su esposa y de su oscuro pasado, que es algo muy típico... aunque viendo lo absurdo del supuesto y viendo sobre todo el aspecto de la señora Juliana, que es como la gemela viva de Rafaela Aparicio, me resigné a la realidad de la pasta. El caso es que entregado a estas ensoñaciones, perdí el hilo de la charla y para cuando la retomé, la señora Juliana decía:

...ya ve, la ruedecita, en vez de números tiene letras. Mi Antonio era muy chulo y nunca quiso decirme la clave que abría la caja porque siendo yo ludópata como soy —aunque ahora me estoy rehabilitando— creía que de tener acceso al dinero me lo gastaría todo en tragaperras.

(Cuando la señora Juliana hizo esta confesión, mi abuela me propinó un codazo para advertirme de guardar el secreto de estar yo también en fase de rehabilitación. En público y ante los vecinos sobre todo, habíamos pactado que yo era ingeniero agrónomo en excedencia).

La señora Juliana, continuó:

Para hacerme rabiar y humillarme, miren lo que me dijo una vez: “Juliana, eres tan borrica que aunque te pase la clave por el hocico no la acertarás jamás. Mira, te voy a decir una adivinanza sin preocuparme de que la solución es la clave, porque tú no la vas a acertar en tu puñetera vida. A ver: “¿Cuál es el animal que cuando se levanta anda a cuatro patas, a mediodía anda con dos y por la noche anda con tres?” ¿Qué me dices? Chúpate esa, Juliana”... Sí, señora Lutgarda, así se reía de mí. Por eso le digo que viéndolo como está ahora, con el cuchillo clavado en la espalda, casi me alegro que se lo haya llevado Dios.

Aprovechando la pausa y empleando sutiles indirectas, hice ver a la señora Juliana lo bien que me sentaría un cubatita. Ojo, me daba un poco de cosa beber sabiendo que a pocos metros tenía a un fiambre; pero al fin y al cabo soy persona de variados registros morales y encontré el adecuado. Captando mi deseo, nuestra vecina se apresuró a decir:

¡No faltaba más, hijo mío! Anda, busca en la mesita de ahí al lado. Yo no bebo, eh, no se vayan ustedes a creer queeee... lo que tengo es por si viene mi hija, que le gusta alternar.

Con suerte encontré una botella de Larios a la que todavía le quedaba un culito —lo demás eran licores de colorines— y con la Cocacola, el hielo y la rodajita de limón que trajo la señora, me fabriqué un cubata muy aparente. Mi abuela, mientras tanto, había ocupado otro sillón y parecía seguir atenta las explicaciones de la señora Juliana; pero su silencio me inclinaba más bien a pensar que se estaba quedando frita. Y es que con el palizón de avión que nos habíamos metido, no era para menos.

En cualquier caso, la señora Juliana continuó con su tabarra:

Fueron muchas las noches que pasé en blanco dándole vueltas a la adivinanza, pero una es tan torpe que al final casi me rendí. No tenía ni idea. ¿Pero quiere usted creerse que cuanto más se reía de mí mi marido, más encabezonada me ponía yo? Total, que al final, ¿dónde piensa usted que encontré la solución al problema? Pues en mi nieto Ramoncito, que como estudia tercero de la ESO dio enseguida con la clave.

 A estas alturas, la abuela roncaba débilmente, así que para no dejarla en mal lugar, desvié toda la atención de la señora Juliana hacia mí. Despiadada, continuó:

“¡Anda qué no eres tonta, abuela!”, me dijo mi Ramoncito, “Si eso es más antiguo que qué. Pero tú para qué quieres saberlo, eh”. Le dije que era por una cosa de un concurso de la tele y se lo tragó. Entonces me contó lo de la efingie esa o como se llame. Le di veinte euros para que no comentara nada con el abuelo y me vine corriendo para casa.

 A todo esto, mi abuela despertó y le dio un buche largo a la lata de Cocacola. La breve ingesta pareció despejarla, porque adoptando una postura más cómoda y estirando las piernas con disimulo (padece de edemas), se dispuso a retomar el discurso de su vecina.

Pues nada, todas las ocasiones que, aprovechando que mi marido se iba al Hogar, intenté abrir la caja fueron inútiles. Cientos de veces di vueltas a la ruedecita escribiendo H-O-M-B-R-E del derecho y del revés. Pero nada. El muy egoísta, que sólo pensaba en él y no en mi enfermedad social, me había vuelto a engañar.

Es raro desde luego —comentó la abuela frotándose el puente de la nariz bajo las gafas.

Y ese es mi apuro, señora Lutgarda; que sabiendo que dentro de un rato esto se llenará de policías y que luego vendrán los jueces y los abogados y los del seguro y los de Hacienda, quiero recuperar el dinero que me pertenece... ojo, a mí y a mis nietos, eh, porque lo de mi ludopatía va muy bien. Así que siendo usted tan despabilada como es, tan lista, ¿no iba acaso a ayudarme? Le prometo hasta un piquito, que sé que tampoco anda usted muy boyante.

La abuela siguió frotándose ahora los ojos, más por sueño que por facilitar el camino a las combinaciones de su cerebro prodigioso.

Y le vuelvo a jurar y rejurar que yo no he sido, doña Lutgarda, que cuando regresé tuve que abrir la puerta con llave y que el asesino, por fuerza, tuvo que entrar y salir por el balcón abierto.

Bueno, bueno —respondió mi abuela agitando una mano como para despejar tanta palabrería de su vecina—. No mezclemos una cosa con la otra, vamos a dejar lo de su marido a la policía que para eso les pagan y vamos a centrarnos nosotros en lo de la caja fuerte... Dígame, ¿el señor Antonio no era el secretario de la Comunidad?

Sí señora, y muchos disgustos que le costaba el puesto, porque ya sabe que en el edificio, mejorando lo presente, estamos rodeados de sinvergüenzas.

¿Y no era él el encargado de redactar los avisos y notificaciones que luego pinchaba con chinchetas en el tablón del portal?

Sí señora. Y muy buena letra que tenía mi difunto.

¿Quisiera entonces hacerme el favor de proporcionarme alguna copia de una de estas notas?

La señora Juliana, desconcertada, pero venciendo su perplejidad logró incorporarse y acercándose a los cajones de un mueble, comenzó a rebuscar en el interior. Mientras tanto, y después de guiñarme un ojo, mi abuela me susurró al oído: “Tomasito, creo que estamos de suerte y este caso va a estar resuelto de inmediato”. Decirme estas palabras y henchirme yo de orgullo fue todo uno. Una vez más me iba a ser dado contemplar en primera fila un espectáculo único: el pensamiento combinado de mi abuela dirigido a un problema concreto.

Al rato, la señora Juliana extrajo de una carpetilla azul de gomas un papel cuadriculado que depositó en la mano de mi abuela.

¿Le vale éste? Creo que fue el último que escribió. Era sobre lo del arreglo del depósito.

Mi abuela, con el gesto de concentración que significa en ella el alzarse un poquito las gafas, leyó el papel bisbeando hasta que al rato dijo: “¡Ajá!” y después: “Lee tú ahora, Tomasito, a ver si llegas a la misma conclusión que yo”. Tomé el papel y después de un sucinto análisis grafológico que me llevó a concluir que el asesinado Antonio podría haber sufrido un trastorno sexual que se manifestaba en la profusión de adornitos y jeribeques de las vocales, leí lo que sigue:

“Se rueja a los señores becino, que se pasen por el sejundo letra Be para pagar los resibo estra de lo de arreglal el deposito del ajua”.

La solución la misterio se me desveló luminosa apoyada además por la mirada cómplice y afirmativa de mi abuela.

Señora Juliana, haga usted el favor de facilitarle a mi nieto un pañuelo —(¡Oh, cómo agradecí aquel gesto. Mi abuela me cedía sus derechos haciendo de mí la herramienta que resolvería finalmente el enigma!)

Acercándome a la caja fuerte, tomé el único klínex que quedaba en la bolsita de la señora Juliana. Lo desplegué sobre la ruedecita, cuidándome de no dejar huellas, y giré el mecanismo en el orden correcto. El orden que, claro está, componía la palabra O-M-B-R-E, sin la fastidiosa hache que había impedido a la vecina coronar con éxito sus intentos. La puertecita, emitiendo un leve chirrido metálico, se abrió por completo y dio paso por una parte a la alegría de la señora Juliana que botaba como una pelota de balonmano, y por otra, a la visión de al menos una docena de mazos de billetes sujetos con gomas.

Inútil describir la conmoción que el parné provocó en la señora Juliana y en cómo ésta manifestó su agradecimiento en abrazos y besos, que tanto a mi abuela como a mí nos llenaron de todos los fluidos posibles. No le importó tampoco que los billetes fueran de aquellos de cinco mil pesetas morados que llevaban impresa la cara de Carlos III, porque mi abuela la tranquilizó diciéndole que aún podrían cambiárselos en el Banco de España. Lo que sí hicimos —y la señora Juliana accedió mostrando no sólo la confianza que mi abuela lograba transmitir sino su impronta de autoridad— fue llevarnos para casa el dinero en una bolsa de basura hasta que todo se tranquilizase. Cerramos la caja fuerte, la ocultamos de nuevo bajo el caballo lunático y nos marchamos dejando a la señora Juliana al lado del teléfono con la orden de marcar el número de la policía en cuanto pasaran quince minutos.

Debo confesar que en el trasvase de billetes de la caja a la bolsa, aproveché un descuido para hacerme con uno de aquellos apetitosos tacos. Para gastillos imprevistos, se entiende. Bajamos las escaleras y accedimos a nuestra vivienda como el que arriba al más deleitoso de los paraísos. Imposible concebir que sólo unas horas antes aún nos encontrábamos en el aeropuerto de Palma, pesarosa mi abuela de no haber podido visitar a su primo el cura y no haber podido comprar unas ensaimadas.

Tomasito, yo estoy que no puedo con mi alma. Me voy a la cama a echar una siestecita —exclamó agotada.

Yo también estoy hecho polvo, abueli. Aunque prefiero ver un rato la tele. Dame un beso.

Así lo hicimos. Pero arrellanado en el sofá y con el zumbido del televisor, no tardé ni cinco minutos en coger el sueño. Antes de cerrar los ojos, sentí mucho tráfico de gente subiendo las escaleras. El piso de la señora Juliana se iba a llenar de polis en un momento.
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miércoles, marzo 06, 2013

Damero Mardito, nº 47 (marzo)

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Olé mental, querido Watson 

"Cuéntase pero Alá es más sabio, más prudente, más poderoso y más benéfico que cierto día Nasrudín, sumido como estaba en la pobreza, decidió hacerse ladrón. Sabía que el cadí Ben Ayyub atesoraba en su casa las monedas y las joyas requisadas a los deudores del fisco y determinó robarlas. 

Provisto de martillo y escoplo, Nasrudín, con todo sigilo y amparado por la noche, comenzó a horadar el muro donde el cadí guardaba el tesoro. Ben Ayyub se encontraba ausente pues había viajado a la ciudad de Damman para participar en un juicio y en su casa, sus esclavos se habían sumado a la algarabía de las calles pues se celebraba el Aid Al-Ahad. 

Cuando Ben Ayyub regresó, se supo víctima del robo. Nada quedaba en el cofre que guardaba en la alacena, salvo un rubí que como una gota de sangre proclamaba desde el suelo el latrocinio. Dándose a los diablos ordenó traer a su presencia a Alí Al-Hakim, jefe de su policía y famoso por su astucia. "¡Mira lo que me ha sucedido!", le gritó con desesperación, "quiero que detengas cuanto antes al hijo de la burra que cometió tal atropello en mi propia morada". 

Alí Al-Hakim se paseó entonces por la alcoba donde se encontraba la secreta alacena, meditabundo examinó los rincones; en silencio, levantó alfombras y separó cortinas rascándose bajo el turbante. Al cabo, alzó su índice y dijo: 

"¡Oh, Honorable Ben Ayyub, alégrate porque el caso está resuelto! Este robo sólo lo ha podido perpetrar el más tonto de los tontos. Y el más tonto de los tontos no es otro que Nasrudín. Ahora mismo daré orden a mis esbirros de que lo apresen". 

"¿Pero cómo lo has sabido, sagaz Alí Al-Hakim?

"Muy fácil, Venerable Ben Ayyub, porque solo a un tonto como Nasrudín se le ocurre practicar en la pared un agujero para entrar y otro para salir", dijo finalmente el policía; "pero Alá es Aquél a Quien pertenece la mayor sabiduría", remató cruzando las manos sobre el pecho. 


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miércoles, febrero 27, 2013

Movilgrafías: La coprofilia como práctica disuasoria

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Los perros, esas criaturas que dicen guau-guau y levantan la patita para mear, pueden suponer una fuente de conflictos en el vecindario y no por ellos —los animales, todos los animales, son siempre inocentes— sino por haber caído en las garras de unos amos disolutos. El ejemplo de este nuevo cartel aparecido en el tablón de quejas del bloque, o sea, el ascensor, nos parece esclarecedor.

Como vemos, a la vecina querellante no le duelen prendas en reconocer que por sus prisas cometió un dolo a través del conducto evacuatorio de su perrita, lo que junto a su carácter de “nueva”,  la habilita para exigir responsabilidades. Su queja nos parece sujeta a derecho, por lo que desde este blog no dudamos en transmitirle nuestro apoyo moral. ¡Cese ya esa mano infantiloide de refregar caquitas perrunas por los cristales, por favor!
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Otras interesantes movilgrafías del vecindario que puede Ud. consultar. Pinche sin miedo:
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viernes, febrero 22, 2013

"Intemperie" Jesús Carrasco

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Imaginen un páramo calcinado por el sol, unos matojos ramoneados por unas cabras, ausencia de árboles y de agua y la imposibilidad de encontrar una sombra aun pagándola a cien pavos el metro cuadrado. Pues bien, en un paisaje así es donde el pacense Jesús Carrasco ha situado sus pocos personajes y las acciones que llevan a cabo en esta novela que ha cobrado súbita celebridad. Alguien que desconozco, ha dicho de ella que parece un ‘western ibérico’, opinión que no encuentro disparatada aunque sí matizable, pues más que ‘western’ a secas se asemeja más a un ‘spaguetti western’ dado:  A) Lo desolado de la geografía descrita. B) La parquedad de los diálogos y C) La relación de los personajes que, para seguir con el símil, podrían resumirse en el niño protagonista (el Bueno), el cabrero (el Feo) y el alguacil (el Malo).


Por supuesto no voy a desvelar el devenir de la historia, breve e intensa, pero sí advertiré antes, que de esta novela deben abstenerse los estómagos delicados y esas almas sensibles que rechazan una inmersión en las Cinco Pes: lo Primitivo, lo Primigenio, lo Principal, lo Primordial y lo Primario, siendo así que a lo largo de sus capítulos nos encontraremos con episodios brutales y con la recuperación de olores y sabores que el progreso ha ido arrinconando en cajones un poco vergonzantes y que a muchos, a estas alturas, les pueden resultar rechazables: El sudor antiguo, el queso pétreo, la orina rancia, la carne seca, la sangre cuajada, el pan duro y la miseria más total en ropas y equipamiento. El olor de la tierra y los animales, incluyendo al hombre en primer lugar, y consecuencias de lo esencial aplicado a sobrevivir en  la intemperie.

Por seguir guiando al lector curioso, añadiré que tanto la peripecia como su estilo podrían recordarnos a una mezcla del Delibes de “Las ratas” y el Faulkner de “Santuario”. Todos los elementos son de una desnudez extrema, pues de hecho nunca sabremos cómo se llaman los personajes, en qué momento se desarrolla la acción ni en qué lugar exacto. Tiempo, espacio e identidad que, la verdad, poco importan (por comodidad, decidí que el territorio pertenecía al sur de Extremadura —se citan las perrunillas y el vino de pitarra—y los hechos acaecían a principios de los años 70 —aparece una vetusta moto con sidecar y un retrato de “los monarcas”—). A servidor, la trama lo tuvo atrapado hasta el límite de entregar en dos ocasiones a la lectura lo imperdonable, la cabezadita de después de comer. Para terminar y ya entrando en el tiquismiqueo, la redondez de esta muy buena obra se hubiera conseguido a mi juicio puliendo algunas rebabillas de estilo. Por ejemplo: inimaginable que el cabrero utilice el cuasi cultismo “el alguacil no tiene aquí jurisdicción” o que el narrador emplee… aaaahhhhgggg… la frase hecha “como por arte de magia” como si fuera un Lorencito Quesada cualquiera. También me resultó un poco feíto la inclusión de frasecillas-símil sueltas entre dos puntos y seguido a modo de verso que no siempre fueron afortunadas. En todo caso, poca cosa. Insuficiente para enturbiar esta novela seca, visceral y emocionante que recomiendo con viveza.

Por último, el interesado en seguir con la indagación, no tiene más que pasarse por la reseña que hace el amigo Alberto Granados:  "Intemperie"
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viernes, febrero 15, 2013

Los increíbles casos de la señora Lutgarda y su nieto Tomasito, 1.

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Hoy: "El bote de champú"



   Me habían dado permiso de fin de semana en el Centro y volví donde mi abuela un mes después de que ella hubiera resuelto el caso de los gemelos kosovares.

   Desde días antes soñaba con las croquetas y los filetitos de pechuga de pollo rebozados que ella prepara como nadie. Un sueño que es un tormento a la hora de las tisanas en “Amanecer de mayo”. Las tisanas son importantes para nuestra rehabilitación, dicen en el Centro, pero yo no acabo de acostumbrarme, la verdad.

   Fue así. Nada más abrirme la puerta, la abracé llenándola de besos y al mismo tiempo noté desde el recibidor el olor de la bechamel con su puntito de nuez moscada. Solté la bolsa y me colé en la cocina.

   —¡No toques nada!—, me gritó con el genio que se gasta.

   Mi abuela es una mujer severa. Severa de verdad. Y fuerte. Pero es que sin su manera de ser y su inteligencia no solucionaría tantos problemas. El mío me lo ha resuelto desde luego. La quiero mucho. Cuando mis viejos me cerraron las puertas de casa para siempre, ella me acogió. Y no sólo eso. Con sus ahorros de la pensión de viudedad, me paga el Centro. De vez en cuando me acaricia la cabeza y me dice:

   —¡Ay, Tomasito! Desde pequeño se te echaba de ver que irías por el mal camino. Pero mientras te viva tu abuela, al menos un plato de comida y una cama no te van a faltar.

   El caso es que aprovechando que se metió para adentro para no sé qué, me colé de nuevo en la cocina. Me comí al menos diez croquetas. No pude esperar que mi abuela las friera. Cuando ella entró buscando el carrito de la compra, me cogió con las manos en la masa nunca mejor dicho y me pegó en la espalda con la espumadera.

   —¡Zampabollos! ¡Venga, deja eso y acompáñame al súper!—. Esta vez se reía.

   Así es ella conmigo. Severa pero buena. Intento no darle motivos para que se enfade aunque a veces, de broma, la llamo por su nombre, Lutgarda. Entonces sí que se enfada. Jajajajaja. Lutgarda. Vaya con el nombrecito que le pusieron. De esos nombres que cuando los escribo en el Word siempre me los subrayan de rojo.


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   La compra en el súper nos llevó poco tiempo. Yo empujaba el carrito y mi abuela, tan alta, tan tiesa, cogía las cosas de las estanterías. Le pedí para mí un botecito de Tabasco, porque últimamente me gusta mucho el picante; pero me dijo que no, que me dejara de caprichos y pamplinas.

   Al acabar nos pusimos en la cola de una de las cajas y cuando nos llegó el turno fuimos colocando las cosas en la cinta. La cajera pasaba por el escáner lo que había comprado la señora que estaba delante de nosotros.

   No me gustan las cajeras como la que nos tocó, de esas que llevan tres o cuatro pirsins pinchados en la boca. Por experiencia —y en el Centro hay miles de casos— sé que al final acaban convertidas todas en unas viciosas. En la tarjeta de la blusa ponía su nombre: Verónica Carballo. Masticaba un chicle con mucha rapidez. Pero por la cara de asco que ponía al hacerlo parece que el chicle tuviera sabor a mierda de perro. Al acabar le dijo a la señora con voz chillona y descarada:

   —Cuarenta con treinta y cinco.

   —Ay, hija, pues no sé si me va a llegar…—, comentó la señora muy apurada. La fresca de la cajera hacía globitos con el chicle.

   —¿Le quito algo?—, preguntó la medio golfa.

   —A ver, pues sí… mira, quita los espárragos y las latas de berberechos… Ay, qué apuro.

   La abuela y yo observábamos impacientes la escena. De nuevo nos había tocado la caja lenta de los tontos. La señora, sofocada y pidiendo perdón con la mirada a los que esperábamos detrás, seguía retirando cosas mientras la niñata tecleaba descontando lo cobrado.

   —¿Y ahora, hija?

   —Treinta y dos con ochenta, señora—, respondió insolente con los brazos cruzados. El chicle se lo pasaba de un lado a otro.

   —¡Ay, hija, que me parece que tampoco… ¿Esta es de veinte o de cincuenta? —seguía la pobre mujer recontando monedas y alisando billetitos hechos gurruños—. Tres euros me faltan, hija; tres euros y pico.

   La señora, nerviosa y trabucada, no hacía más que rascarse la cabeza.

   —Pero vamos a ver, ¿por qué no dejas el bote de acondicionador de pelo que es lo más caro y te llevas lo demás?—, la niñata empleaba ya un tuteo hiriente.

   —¡Ay, eso sí que no! ¡El acondicionador de pelo, no!—, dijo la señora quitando nerviosa el bote de las manos de la guarra de la cajera.

      En ese momento sonó la voz de mi abuela interrumpiendo el forcejeo:

   —¡Alto ahí, señorita cajera! ¡Esa mujer ha robado un bote de champú anticaspa y lo lleva escondido en el bolso! ¡Exíjale que lo abra! ¡Regístrela!

   Las órdenes de la abuela nos dejaron a todos los que las oímos, paralizados por la sorpresa. Verónica, la cajera, y la señora la miraron con los ojos muy abiertos.

   —¡Venga, señorita! ¡Reaccione!—, ordenó de nuevo mi abuela.

   Entonces fue cuando se formó el jaleo que pudo acabar muy mal, pues la ladrona apretaba el bolso bajo el brazo negándose a abrirlo y sin dejar de insultar a mi abuela llamándola cacatúa metomentodo y vieja bruja y cosas así. Menos mal que un caballero de la cola pudo contenerme porque mi intención era agarrar a aquella furcia por el pescuezo para no soltarla jamás. A la vez, la pobre Verónica tironeaba del bolso azuzada por mi abuela hasta que, cuando pareció que el registro era imposible, sacó de debajo de la caja un silbato que hizo sonar con mucha estridencia. Al segundo aparecieron a la carrera dos fornidos guardias de seguridad con las porras preparadas. Se le echaron encima a la tía, pero ella defendía el bolso como una leona; la cara roja por el esfuerzo, la boca congestionada por los gritos y los insultos. Los guardias tuvieron que emplear sus porras hasta que uno de ellos, cogiendo el brazo derecho de la ratera por la muñeca, se lo dobló por la espalda hasta llevarle la mano a la nuca. La tía cayó al suelo de rodillas y el otro guardia aprovechó para darle una patada en la barriga. El que le tenía hecha la llave de judo le dijo aquello de “Date presa” a la vez que le tapaba la boca para que no soltara más sapos y culebras. No sé si acogotada en el suelo como estaba pudo ver cómo Verónica, hecha ya con el bolso, lo abría y sacaba de su interior ¡un bote de champú anticaspa Timotei!

   Una vez más, las sospechas de la abuela se habían confirmado: allí estaba la cajera alzando el bote de champú como la que levanta una liebre por las orejas. Este gesto de triunfo provocó que la clientela de la cola y los curiosos que habían acudido alarmados por el follón, se pusieran a aplaudir con entusiasmo. Me sentí muy orgulloso al saber que la ovación se la dedicaban a mi abuelita.

   Finalmente, los guardias de seguridad entregaron  a la autoridad a esa mangante que todavía, despelucada y luchando por quitarse las esposas, bramaba como un jabalí entre el abucheo general.


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   No fue hasta pasado el almuerzo, sentados ambos en la mesa y después de haber liquidado yo el platazo de croquetas y pechuguitas de pollo que la abuela me puso ante las narices, cuando se decidió a responder mi pregunta.

   —Era sencillo, Tomasito. Aquella mujer se rascaba la cabeza continuamente. Mucho más cuando la cajera le pidió más dinero del que llevaba encima. Me di cuenta que los picores se debían a la caspa, pues era caspa lo que manchaba las hombreras del vestido. Un grave problema de caspa pues incluso los zapatos los llevaba cubiertos de escamitas.

   —Pero hay mucha gente con caspa abueli (yo llamo abueli a mi abuela), y no por eso se dedica al robo.

   —El problema de caspa de esa mujer debía ser especial. La clave estuvo en el bote de acondicionador de pelo Timotei. Lo conozco bien porque aparece en todas las publicidades que me mandan del súper. Ese acondicionador sólo surte efecto si se acompaña previamente del champú. El acondicionador, por sí solo, no sirve para nada, Tomasito. Aquella tía lo sabía. El problema es que no tenía dinero para ambas cosas. Ni siquiera le llegaba para pagar lo demás. Si el acondicionador es inútil sin el champú y ella luchaba por pagarlo, el misterio quedaba solucionado, Tomasito. El bote de champú lo había tenido que mangar por fuerza. El que las cajeras hayan relajado la vigilancia y ya no exijan a las clientas que les enseñen los bolsos, decidió finalmente su acción.

   Una vez más quedé sorprendido por la sagacidad de mi abuela Lutgarda (¿dije que se llama Lutgarda?). Ella debió notarlo en la mudez que me había provocado la admiración.

   —Y qué –dijo para desviar mi interés, pues mi abuela es muy modesta para sus cosas—, ¿no te apetecen ahora unas natillas, Tomasito?... Pero tienen que ser Danone, eh, que hoy no me ha dado tiempo a hacer de las mías.

   Dejándome en silencio, se marchó a la cocina. Me sentía bien. Eructé.


© Sap para es.humanidades.literatura

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viernes, febrero 08, 2013

Damero Mardito, nº 46 (febrero)

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Carísimo Ecuménico: 

No fue mi intención consciente el permitirme tutearle en una primera ocasión (por desgracia, el inaugural mensaje que le envié lo he extraviado de manera misteriosa y ello me impide corroborar el punto), pues como Ud. mismo ha comprobado en el resto de misivas, recurro a un tratamiento más respetuoso para con su persona. Le ruego que no tenga en cuenta el anterior error pues nada me produce más enfado que no haber sabido tratar a según qué semejantes con el respeto que merecen y que las pautas de la educación nos dictan. El tuteo -o voseo, en caso de argentinos y uruguayos- empleado de golpe y porrazo a las primeras de cambio, me parece un uso que lejos de cordializar una relación entre desconocidos, la afean y la reducen a una charla tabernaria impropia de espíritus elevados. Otra cosa sería, claro está, que fuésemos presentados por algún amigo común y que fruto de esta normativa, accediéramos al tuteo de una manera formal. Así que mientras no se me indique lo contrario emplearé el tratamiento de usted en los escritos dirigidos a su dirección.

¡Inexcusable! ¡inexcusable del todo, amigo Ecuménico, me resulta que se agazape en su timidez para negarme unos párrafos de su autoría literaria! Yo le prometo sobre los huesos de mis difuntos que en cualquier caso me mostraré discreto, parco en el ejercicio de la crítica de ser necesario y ciego admirador de su obra, pues la mera lectura de sus epístolas indican a las claras que el redactor es persona de fundamento y que no derrocha su tiempo en disquisiciones fútiles. Envíeme un ejemplo, querido Ecuménico, que visto un trozo yo sabré calibrar la calidad del resto del paño. Y en cuanto a su timidez por mostrar sus escritos le remito al simpar hidalgo manchego y a un sapientísimo comentario de uno de sus interlocutores: "...don Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa literaria; a lo que él respondió que, por no parecer de aquellos poetas que cuando les ruegan digan sus versos los niegan y cuando no se los piden los vomitan,..."

Ruégole por otra parte que perdone la dispersión de comentarios con que le apabullo, yendo de aquí a allá y picoteando en todo como la melífera abeja, sin darle oportunidad de seguir su justa costumbre de no tocar más de un tema por misiva. Estoy de acuerdo en los términos aunque en este momento no se me ocurre un apartado sobre el que disertar en exclusiva. Tal vez tenga usted muchos en su alforja y por ello le agradecería que de tenerlo, lo expusiera, para mal que bien por mi parte, dar glosa a los mismos. Hay propuestas que por su complejidad no creo que merezcan la pena someterlas a exposición tal como la ecología que nos invade, el uso de energías alternativas, el aborto, la eficacia de los regímenes adelgazantes, la diatriba de la eutanasia o la siempre apasionante polémica de que en caso de existir un Infierno nos encontraremos allí con hembras de la talla lúbrica de Ava Gardner, Rita Hayworth y otras pelanduscas del pasado. Así que con toda cortesía cedo a usted el bastón de mando para presentar algo que merezca la pena discutir.

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¿Que dónde conseguir el Damero Mardito de este mes? Pues como siempre, en su kiosco habitual y gratis total, pinchando aquí: El Damero del Vecind(i)ario.
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viernes, febrero 01, 2013

La mentira

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LA MENTIRA

Al grupo de gandules que —sin excepción— fueron mis maestros.

      Fue lo de cuando robaron el dinero en la clase. El dinero que guardaba don Francisco en la caja de un cajón de la mesa. En una caja de lata. Lo menos quinientas pesetas.

Era el dinero de la Permanencia, o sea, que era suyo por la hora de la Permanencia, cuando nos ponía a hacer problemas y a hacer copiados. Lo guardaba en su cajón, en una caja de lata pero sin llave. Y un día la abrió y no estaba el dinero. O sea, que lo habían robado.

Se enfadó bastante y nos gritó bastante.

Nos puso a todos de pie y preguntó que quién había robado el dinero. Y todo el mundo callado. Que qué, que no decís nada, gansos. Y todo el mundo callado. Pues de esto se va a enterar el director. Y seguimos callados. Luego tuvimos que vaciarnos los bolsillos y vaciar la cartera cada uno encima de la mesa y no estaba el dinero. Lo habrían robado otro día. Pero luego nos fuimos porque sonó el timbre.

Al día siguiente igual. Quién ha sido. Ah, que no, pues vais a ver ya, gansos, que sois unos gansos. Y entonces seguimos pintando el mapa del Valle del Ebro. Entonces por la tarde vino el director con sus gafas esas finitas y el traje negro y la corbata negra que siempre llevaba y nos mandó ponernos de pie y nos mandó callar. Cuando nos mandaba callar movía una mano como si diera bocados, como la boca de un pescado respirando, y preguntó también quién ha sido. Y todo el mundo callado. Entonces don Francisco dijo que prometo que quien haya sido que lo diga y no le pasará nada. Lo prometo. Y todo el mundo callado.

Entonces el director dijo que nosotros tenemos en el despacho un maletín con cosas de la policía, con unos polvitos que adivinan las huellas y que iban a echar los polvitos en la caja de lata. Y todos callados porque de verdad que no sabíamos nada.

Así lo menos dos días preguntando. Una tarde me llevó don Francisco al despacho del director. Me sentaron en una silla enfrente de la mesa y los dos no decían nada. Ni yo entendía nada. Los tres callados lo menos media hora y luego volví a la clase con don Francisco.

Otra tarde me entraron ganas de mear y pedí permiso y subí las escaleras para ir al servicio y cuando bajé las escaleras, don Francisco me estaba esperando fuera, en la puerta de la clase. Me miraba pero callado y yo me puse enfrente de él y también estaba callado. Luego me dejó entrar en la clase y luego entró él. Eso se lo hicieron a más gente.

Pero el dinero no aparecía ni se sabía el ladrón y en el recreo cada uno decíamos que quién creíamos que era el ladrón. Casi todos creíamos que era el Velasco y empezamos a echarle las culpas al Velasco pero no se lo decíamos porque nos pegaba. El Velasco era uno de los torpes, uno que siempre estaba castigado y que vivía como los gitanos. Nunca sabía nada. Un día le preguntó don Francisco que a ver, Velasco, dígame usted un monumento románico y va el Velasco y se levanta y dice, pues las ruinas de Litálica y nos reímos todos de lo burro que era y lo guarro que era con la vela de mocos que siempre tenía colgando en la nariz. Otro día le preguntó que a ver Velasco, sabe usted quién inventó la electricidad y va el Velasco y dice sí, El Mahoma. Y nosotros venga reírnos y el Velasco con los mocos colgando.

Claro, Velasco de vela y de asco.

Una tarde vino la madre del Ruiz Durán para pedirle permiso a don Francisco para llevarse al Ruiz Durán de la Permanencia porque iban a ir a un teatro. Entonces la madre dijo que tenía otra entrada y si podía venir alguien y entonces me eligieron a mí y que si yo quería. Vale, dije.

Nos fuimos andando desde el colegio, mucho tiempo porque el teatro estaba por el Parque. Ni el Ruiz Durán ni yo habíamos ido nunca al teatro. Me acuerdo que lo que ponían se llamaba Las Mariposas pero ya no me acuerdo de qué era. Estábamos contentos de estar por allí andando y los demás en la clase con don Francisco pintando mapas o haciendo problemas. Cuando íbamos andando dijo el Ruiz Durán que éramos amigos y que podíamos contarnos alguna cosa. Algún secreto. Lo dijo él y me asustó un poco porque le dije vale y me creía que me iba a decir que él era el ladrón del dinero. Pero no y la madre estaba un poco lejos. Pero se puso un poco triste y me contó que en el pueblo de su madre, cuando se iban de veraneo, los niños del pueblo, como él era un poco gordo, le decían El Zambombo para reírse de él. Le tuve que jurar que no le diría a nadie que le decían El Zambombo. Yo no me acuerdo de qué secreto le conté. Luego llegamos al teatro.

Al otro día nos dijo don Francisco que al otro día que era el lunes, que el ladrón trajera el dinero porque íbamos a hacer una cosa por la mañana. Era que por la mañana nos formó en el patio y no nos dejó subir a la clase. Nuestra clase se quedó sola en el patio y las demás ya habían entrado. Así que dijo don Francisco con el director, ahora vais a subir uno a uno, subís y bajáis, y el que se llevó el dinero que lo deje en la caja, luego subimos todos juntos y si aparece el dinero en la caja yo les prometo a ustedes que ya no pasa nada porque el que haya sido el ladrón habrá sido honrado, así que vamos a empezar.

Y fuimos subiendo por la letra del apellido. Primero el Alcaide y luego el Ariza y así. Luego iban bajando y se metían otra vez en las filas. Todo el mundo mirábamos al Velasco que era de los últimos pero seguía con su vela de mocos mirando para enfrente.

Cuando me tocó a mí, subí las escaleras y me dio un poco de miedo ver las escaleras solas y las voces de los demás niños de las demás clases que se escuchaban detrás de las puertas. Luego llegué a mi clase, abrí la puerta y la cerré. Entonces tuve más miedo cuando vi la clase vacía. Tanto miedo que no quise ni acercarme a la mesa de don Francisco a ver si ya habían dejado el dinero en la caja y dejar las huellas. Me quedé parado allí en medio y miré la pizarra y estaba el río Duero con los afluentes y miré luego la ventana y vi dos gorriones peleándose en lo que hay abajo de las ventanas. Luego abrí otra vez la puerta y bajé las escaleras. Llegué al patio y me metí en la fila. Esto lo hicimos todos, el Guti, el Sánchez Parrilla, hasta el Velasco y hasta que le llegó el turno al último que era el Zamorano.

Entonces cuando terminamos dijo don Francisco, pues ahora todos para arriba en orden a ver si está el dinero y yo doy mi palabra que ya no pasa nada más y me olvido del culpable.
Llegamos a la clase y cada uno se sentó en su sitio y entonces don Francisco cerró la puerta y fue para su mesa. Abrió el cajón y luego la caja y allí estaban las quinientas pesetas. Todas. Todas todas. No faltaba ni una peseta. Entonces yo me creí que don Francisco nos mandaría sacar los problemas para corregirlos, pero que va.

Don Francisco se puso a hablar de lo honrado y de lo valiente que había sido el que se llevó el dinero y que lo había devuelto y que eso estaba bien. Pero entonces empezó a preguntarnos uno por uno, igual que cuando subimos y bajamos de la clase, que qué castigo merecía el ladrón porque un ladrón sería siempre un ratero.

El Alcaide se puso de pie porque era el primero. Pero estaba callado. Así que don Francisco lo achuchaba. Venga, dígame usted qué le haría al que cogió el dinero. Y el Alcaide callado y don Francisco que venga. Así hasta que el Alcaide dijo que yo lo suspendería. Se sentó. Luego le tocó al Ariza y dijo que yo lo suspendería también para que repitiera el curso.

Así era al principio, pero después cada uno iba diciendo más cosas. El Cruz dijo que también había que darle una paliza. Y cada uno iba diciendo castigos más grandes y don Francisco seguía y seguía porque nos achuchaba como a los perros.

Estábamos nerviosos pero también contentos porque en el colegio nos castigaban tanto que nos gustaba que castigaran a otro y que nosotros lo dijéramos y que no nos pasara nada. Y por eso veíamos al Velasco y es como si nos diera un calambre.

Y seguimos y luego el Daza Muñoz dijo que lo expulsaran del colegio. Y el Duque que también le pusieran una multa a los padres. Y cada vez los castigos eran más grandes y uno dijo que lo tienen que meter en un correccional. Disfrutábamos aunque estábamos muy serios. Cuando me llegó a mí el turno me puse de pie y me parece que dije también que lo expulsaran. Después seguía todo así con las palizas y el repetir el curso y el expulsarlo y lo de los padres.

Entonces cuando le tocó al Ruiz Durán, se puso de pie y cuando le preguntó don Francisco se quedó callado. Le preguntó otra vez y entonces dijo, lo que ha dicho ése. Cómo que lo que ha dicho ése, que lo suspendan o qué. Y dijo sí. Pero ya no dijo nada más porque se sentó en la silla como si se cayera y se puso a llorar. Lloraba mucho. Muchísimo. Con la cara escondida en los brazos en la mesa.

Nos llevamos la sorpresa porque el ladrón no era el Velasco sino que era el Ruiz Durán, uno de los listos. Don Francisco se acercó a él y le dio una palmada en la espalda pero el Ruiz Durán seguía llorando y luego nos acercamos todos y le dábamos palmaditas en la espalda y don Francisco dijo, ha tenido mucha hombría. Era la primera vez que yo escuchaba esa palabra y no sabía qué era.

Después todo era igual y seguíamos pintando mapas de las cordilleras y haciendo problemas. Así días y días. Pero al Ruiz Durán no lo suspendieron al final, pero aunque era de los listos ya no sacaba buenas notas. Nunca sacaba buenas notas y lo suspendían.

Cuando se acabó el curso y vinimos luego de las vacaciones del verano, ya el Ruiz Durán no vino más. Lo veíamos por la calle llevando un carro bicicleta de la tienda del padre repartiendo cosas. Qué suerte. Nosotros con los problemas y con don Francisco y él en la calle montado en un carro y dándole a los pedales y repartiendo los recados. Cuando lo veíamos se escondía para que no lo viéramos. Luego es cuando ya nos decían que íbamos a estudiar no sé qué, pero el Ruiz Durán no porque seguía con el carro bicicleta y no se paraba con nosotros.

Yo me acordaba de cuando me dijo que le decían El Zambombo y que fuimos al teatro. Nunca le dije a nadie que le decían El Zambombo. De verdad. Bueno, no, se lo dije al Sánchez Parrilla.

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Gracias, esforzado lector que hasta aquí llegaste.
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