lunes, diciembre 14, 2009

Pasatiempo

Siguiendo las pautas del clásico juego de los 7 errores, proponemos en esta ocasión la modalidad contraria, o lo que es lo mismo, la que trata de que una vez provisto Ud. de lápiz o bolígrafo, encuentre las 0 (cero) diferencias entre las imágenes expuestas.

viernes, diciembre 11, 2009

Maravillas del Mundo, 4



"Un éxito del futuro"

Cualquier artilugio capacitado para escribir nunca es inocente, así lo dejó dicho Muñoz Benavides. Un lápiz, una estilográfica, una simple tiza, ya contienen el germen del desorden y la revuelta. Ni que decir tiene que si además el artilugio en cuestión toma forma de bolígrafo y alberga en su interior una navaja, la inocencia, por mucho que se empeñe el publicista, es a todas luces inviable, un eslogan, un truco de márquetin.

Pero fuera de estas consideraciones, el éxito de este bolígrafo-navaja como objeto de regalo en las Navidades de 2035 fue clamoroso, aunque culpable posteriormente de haber aumentado el índice de criminalidad de nuestra amada patria en un 300% (datos de la Policía de Gestión Ciudadana). Un simple ejemplo resulta esclarecedor. Si en Nova Toledo, la ciudad más populosa del Sector 4 Manchego, se produjeron 26 apuñalamientos en 2034, un año más tarde, esto es, el de la aparición en la venta por catálogo del celebrado bolígrafo-navaja, el número de asesinatos se elevó a casi 8.000, siendo especialmente llamativo que las muertes por heridas inciso-contusas se produjeran mayormente entre estudiantes y empleados de banca.

Al éxito de ventas ayudó por supuesto el audaz diseño del artefacto y como no, el asequible precio, 775 neokópecs, que muchos padres consideraron al alcance de sus bolsillos, haciendo frente a los onerosos precios de las bicicletas. Los adolescentes así agasajados se mostraron contentos con sus progenitores, atenuando su natural rebeldía durante unos meses y suavizando el nivel de sus comportamientos tiránicos para con sus mayores. Mantenerlos felices pagando el costo de los delitos, mereció sin duda la pena. Buen año aquél de 2035.

© Sap.
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miércoles, diciembre 09, 2009

Experimentos con la suerte


He decidido con firmeza que pisar este círculo de madera —en realidad, los restos de un viejo poste eléctrico o telefónico cortado a ras de acerado— me proporcionará buena suerte y protección a lo largo del día y, por el contrario, que si lo eludo al tomar por causa de fuerza mayor otra ruta en mi pedrestre camino laboral, se abatirán sobre mí toda clase de desdichas.

Lo curioso, lo extraordinario, es que nada de esto parece funcionar de forma lógica. Quiero decir, que no noto especial influencia en el devenir diario tanto si piso el círculo como si no lo piso, independientemente además si lo hago con el pie izquierdo o con el pie derecho. Es más, en muchas ocasiones, lances de buena suerte (como puede ser estrenar una tarrina de Tulipán en el desayuno del bar) se presentan cuando tomo un camino alejado del círculo y que en cambio, cuando lo he pisado con convicción, he advertido incordios como pueden ser unas repentinas ganas de mear.

Sospecho, por tanto, que el círculo de madera no ejerce especial influencia en una existencia tan emocionante como la mía, lo que me lleva a considerar no sin horror que su naturaleza no es de amuleto sino de zahír borgiano y que su imagen persistente y perpetua me turbará de por vida.

Sea como fuera, sigo pisando el círculo.

miércoles, diciembre 02, 2009

"Si esto es un hombre" Primo Levi


En 1944, Primo Levi, judío, turinés, químico e inexperto partisano, fue detenido por la milicia fascista, entregado al ejército alemán y posteriormente internado en el Lager (campo de trabajo) de Buna-Monowitz, dependiente del distrito de Auschwitz en Polonia. Allí permaneció diez meses. Fue uno de los 20 supervivientes de su grupo de 650 judíos italianos. Su experiencia la narró en una trilogía de la que "Si esto es un hombre" (1956) es la primera parte. Las otras dos son "La tregua" (1963) y "Los hundidos y los salvados" (1986).

"Si esto es un hombre", aunque publicada como digo en 1956, fue escrita en realidad diez años antes. Posteriormente (1976), la edición se amplió con un compendio de respuestas a las preguntas más frecuentes que dirigieron a Levi los asistentes a sus charlas y conferencias. Esta edición es la que servidor ha leído.

Bien.

Llegados a este punto debo reconocer que el tema me desborda, que me siento incapacitado para reseñar una crónica de estas características. Por lo tanto, solicito la ayuda de los cientos de reportajes, películas, fotografías, entrevistas, etc. etc. que hemos visto y escuchado hasta la saciedad. ¿Los tenemos en mente? Bien, pues esto es lo que cuenta Primo Levi. Quiero decir que en su novela/crónica no vamos a encontrar nada que ya nos sorprenda ni, tal vez, nos apabulle. Su originalidad, a mi juicio, consiste en lo templado de la narración, algo realmente meritorio cuando se está describiendo el infierno de los hombres. De hecho, no atiende a razones bélicas ni políticas, incluso a veces se muestra exculpatorio. Se limita a analizar el comportamiento de nuestra especie cuando se ve desprovista de convencionalismos sociales y el individuo queda reducido al estado de ganado. A Häftling, a hombre-animal.

Todo este proceso será minucioso y pensado hasta el último detalle. Por eso se comprende que aunque, paradójicamente, todo en el Lager (aparte de lleno de eufemismos) es gratuito: la ropa, la comida, la medicación, nada de ello se adquiere con facilidad. Un ejemplo es el del mercado negro de cucharas. Obtener una cuchara cuesta privaciones, turnos de trabajo, raciones de comida; pero hasta que no lo comprendas, comerás como un perro (cuando el campo se liberó había cientos de miles de cucharas almacenadas). Por otro lado, todo se puede robar pero, a la vez, no existe conciencia de robo. Levi, en este caso, divide a los hombres en dos categorías bien distintas: los salvados y los hundidos. Nada más. Otras parejas de contrarios, los buenos y los malos, los sabios y los tontos, los cobardes y los valientes, los desgraciados y los afortunados, son bastante menos definidas, parecen menos congénitas, y sobre todo admiten gradaciones intermedias más numerosas y complejas. En cambio, si sorprende, que en el Lager haya prisioneros felices, perfectamente adaptados. Pese a todo, Levi no cree en la más obvia y fácil deducción, que el hombre es fundamentalmente brutal, egoísta y estúpido, tal y como se comporta cuando toda superestructura civil es eliminada, y es que el Häftling no es más que el hombre sin inhibiciones. De la misma manera, el Lager no es un castigo ya que para los Häftling no se prevé un término, y el Lager no es otra cosa que un género de existencia a ellos asignado, sin límites de tiempo, en el seno del organismo social germánico.

Una anécdota. En el insoportable babel de lenguas, también se escucha el español; pero no por parte de internos españoles, que no había en la Buna, sino por el cohesionado (y temido) grupo de los sefarditas de Salónica. A estos tipos no había quién les chistara.

Tras las amplias dosis de crudeza, señalo algo que me dejó muy mal sabor de boca. En sus respuestas en el epílogo del libro, Primo Levi, llega a mostrar cierta simpatía exculpatoria por el régimen soviético, a suavizar el gulag frente a los campos nazis.
Y para terminar, que ya es hora, copio dos fragmentos de texto que creo podrían aplicarse universalmente en todo tiempo y lugar, algunos bastante cercanos, por cierto:

"La mayor parte de los alemanes no sabía porque no quería saber o más; porque quería no saber. En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuesta. De esta manera el ciudadano alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía suficiente justificación de su adhesión al nazismo: cerrando el pico, los ojos y las orejas, se construía la ilusión de no estar al corriente de nada, y por consiguiente de no ser cómplice de todo lo que ocurría ante su puerta."

"Hay que desconfiar, pues, de quien trata de convencernos con argumentos distintos de la razón, es decir de los jefes carismáticos: Hemos de ser cautos en delegar en otros nuestro juicio y nuestra voluntad. Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todo profeta: es mejor renunciar a la verdad revelada, por mucho que exalten su simplicidad y esplendor, aunque las hallemos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y menos entusiastas, las que se conquistan con mucho trabajo, poco a poco y sin atajos por el estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas y verificadas."

Chimpón.

lunes, noviembre 30, 2009

Warts (Verrugas)


Nada hay tan triste como ver llorar a un niño que ha perdido su verruga. (Siempre imagino la escena con la banda sonora de Verano del 42 como fondo). Es un llanto sordo, similar al que emiten los tucanes cuando les roban sus polluelos. ¡Apiadaos de estos niños, por favor!

Aquél fue un niño al que una verruga en la punta de la nariz desgració la infancia. Mil veces la quitaron y mil veces volvió a renacer, como si sus raíces se hundieran en la tierna carne hasta formar una red que ocupara todo el rostro. Inexpugnable a toda clase de específicos, sólo la pericia del doctor Nogales acabó con ella para siempre, pero dejando el estigma de una inclemente cicatriz. ¡Llegó la electricidad!

La pica sobre la nariz electrocutando la excrecencia. Las manos del niño sobre la almohadilla de goma que actuaba como aislante y el olor de la carne quemada. Y el olor de la brillantina del doctor Nogales. Y el olor de la laca de la madre.

Pero antes, las uñas y su labor de zapa. El placer considerable de desmigarla, porque una verruga no es más que una miguita de pan duro (la del niño, unida a la nariz por un corto filamento). Con qué placer le llegaba el sueño entre esa hipnosis de las uñas. En privado.

En público era otra cosa; motivo de chacota o misericordia. Huuy, qué verruguita tan graciosa. Y para colmo, en el programa infantil de la radio el Enano Saltarín también lucía en la punta del narizón una verruga donde se concentraban sus maldades (verruga que posteriormente, era reventada a martillazos por el Hada Buena). ¿Y el fútbol?

Cualquier deporte que se practique con el concurso de un balón es un peligro para el niño verrugoso. Los balones cercenan como cuchillos. Y aquí el patadón de Josemari, la pelota que emprende su raudo vuelo arrastrando en su caída el perfil del niño. El llanto a cuatro patas, palpando el suelo con las manos como quien busca una lentilla. ¿No lo dije antes? Triste espectáculo ver al niño enmoquecido aullando por su pérdida irreparable.

Pero volvió una hermanita a la ceja. Llegó de improviso, como uno de esos familiares que regresan de Australia con los bolsillos agujereados. ¿Otra vez el doctor Nogales y sus chapuzas? ¡No y no y mil veces no! Le aterró el proyecto de la madre para paliar los efectos de la electricidad. Proponía que tras el aseo matutino, rellenase el hueco calvo de la ceja con unos toques de rotulador marrón. Un Carioca reconvertido en Margaret Astor. Todo lo que le quedaba de vida portando un rotulador. Por si acaso.

En dos noches se solucionó la cuestión. Sobre la almohada, un polvillo orgánico. El mismo que aparecía entre sus uñas.

© Sap.
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viernes, noviembre 27, 2009

Movilgrafías: Decisiones


Me pregunto qué razones —acaso poderosas— llevan a un individuo a tomar la decisión de disfrazarse de canario. Y más en concreto, de canario Piolín, como en este ejemplo de movilgrafía.

Lo que maravilla no es el hecho en sí; acto que puede calificarse de simple gilipollez, sino que el mecanismo de la decisión, esto es, dar una solución o emitir juicio definitivo sobre un asunto, sea EXACTAMENTE IGUAL, tanto para disfrazarse de canario como para determinar la profesión que queremos seguir, elegir un ataúd adecuado, un modelo de pantalón o decidir viajar a Teruel.

miércoles, noviembre 25, 2009

La ceremonia del té


Todas las tardes, de lunes a jueves, tomo una taza de té. Té negro, té verde o té rojo, dispuesto su consumo en determinado orden. El orden que marcan los horarios de verano e invierno.

En efecto, dado que el pasado 25 de octubre dio comienzo al horario invernal, utilizo esta palabra, invierno, para organizar mis ingestas de té. Mejor dicho, utilizo las consonantes de la palabra invierno: N, V, R, N.
Es un viejo truco mnemotécnico.

Es así como queda la tabla adjudicando cada letra al día de la semana:

Lunes, té Negro.
Martes, té Verde.
Miércoles, té Rojo.
Jueves, té Negro.

¿Qué ocurre cuando el horario cambia al de verano? Pues no hay problema en adoptar el mismo ritmo ya que contamos con la ventaja de que las palabras invierno y verano tienen las mismas consonantes, V, R y N. Por lo tanto, a partir del próximo 28 de marzo y aliada de nosotros la casualidad, la tabla, adaptada al verano, quedará así:

Lunes, té Verde.
Martes, té Rojo.
Miércoles, té Negro.
Jueves, té Verde.
En realidad, y así lo admito, el té, en todas sus variedades de sabor, color y temperatura, es una puta mierda. Pero es que que ¡ay!, si no fuera por estos pequeños detalles diarios del té, por los domingos de fútbol, las paellas en el campo, las compras en Carrefour y la esperanza en la Bono Loto, la vida sería invivible. Sería una vida gris. De un gris tirando a verdoso.

lunes, noviembre 23, 2009

"La soledad de los números primos" Paolo Giordano


"...Y Alice sonrió pensando que quizá aquélla sería la primera media verdad de los esposos, la primera de las pequeñas grietas que se crean entre dos personas por las que tarde o temprano la vida introduce su ganzúa y hace palanca."

Queridos feligreses, tras este introito, debo explicar que llegué a esta novela por el expeditivo método que tanto facilita el lector electrónico, quiero decir, el piscinazo. Método que cuando depara sorpresas como ésta, a nada puede igualarse. Alguien —¿mi hermana, mi cuñado, mi amante bielorrusa la Gran Duquesa Svletana?— la había insertado en la tarjeta SD y su título, entre el marasmo de otras decenas, me llamó la atención: La soledad de los números primos. Bello. Junto con el nombre del desconocido autor era cuanto sabía de la obra. Ha sido después cuando me he enterado que es un galardonado éxito editorial y que se vende como churros en los comercios del ramo... o sea, como la trilogía del sueco. ¡Ay!, nunca entenderé nada.

Pero veamos:

Pequeños azares se dan cita para determinar fatalmente la vida de Mattia y Alice, condenándolos para siempre a la soledad, o lo que es lo mismo, convirtiéndolos en números primos gemelos, cercanos pero sin contacto (guuuuuaaaauuuu, ya escribo como un solapista al uso). Bien, pues esto es lo único que puedo adelantar como sinopsis, pues desearía que el que se sienta animado, llegue a la novela como servidor, in albis, con menos papeles que una liebre, para que nos asalte de golpe la certeza de que somos circunstancia de la casualidad y presas del nimio detalle. Lo que sí añado es que a la novela la recorre como un espinazo un muelle comprimido que hace que todo el texto se mantenga en tensión, tensión de media intensidad pero constante y que sólo se aliviará en las últimas páginas, algo así como contemplar a un niño acariciando con las uñitas un globo inflado en exceso del que luego se aburre y abandona. Como lector, a este "sostenido" sin tregua que ha fabricado Paolo Giordano, le concedo un enorme mérito.

Damas, caballeros, si está en mí y tras varios pinchazos en hueso, no sólo recomiendo esta novela, es que llego a considerarla de obligada lectura. Luego, ustedes verán qué es lo que hacen, que ya son mayorcitos.

jueves, noviembre 19, 2009

Boligrafía 1


Sucede que a veces, junto a los acostumbrados símbolos y a las caligrafías que reiteran una palabra, aparece en la boligrafía —dibujos que se realizan a la vez que se conversa por teléfono— algún detalle naturalista: la cabeza de un caballo, un pez, un paquete. O es, como en este caso, el perfil de un individuo anónimo el que surge como una psicoplastia en el papel. No tiene su aparición, por supuesto, importancia alguna. Sólo inquieta, o maravilla no ya la posibilidad sino la absoluta certeza de que en el mundo, tal vez a cientos de miles de kilómetros o ahí al lado mismo, existe un hombre cuyo perfil se ajusta milimétricamente al dibujado. Uno solo (no hay dos caras iguales), que desconoce por completo que alguien lo retrató con maestría involuntaria mientras por teléfono comentaba no sé qué cosa de comprar unas zanahorias y de arreglar un enchufe… Y a todo esto, ¿alguien conoce a este sujeto?

lunes, noviembre 16, 2009

"Días sin televisión"


Excepción hecha de la muerte de seres queridos, abortos espontáneos, operaciones a corazón abierto o amputaciones tanto fortuitas como prescritas por los médicos, la mayor desgracia que podía acaecer en el seno familiar era que se estropease el televisor.

Acostumbrados a mantenerlo conectado desde que comenzaba la emisión a la hora del almuerzo hasta que la misma finalizaba bien entrada la medianoche, la falta de imágenes nos sumía en una congoja a la que era difícil encontrar paliativos. Las jornadas sin películas, series, concursos o simples anuncios comerciales se hacían interminables, y lo que aún era peor: la extrema dificultad que representaba hallar actividades que nos ayudasen a sobrevivir durante las noches frente a una pantalla tan negra como unos negros zapatos nuevos.

La tarde era más llevadera porque a los niños siempre nos quedaba como último recurso el salir a la calle a jugar. Otro tanto sucedía con la abuela que, en compañía de mamá, se echaba la toquilla por lo alto y ¡hala! a consolarse haciendo visitas a las vecinas. El abuelo, acaso más pragmático, se entretenía echando una partida de tute en el bar o haciendo torres eifeles con palillos de dientes. Una solución hubiera sido desde luego el convertirnos en espectadores de televisores ajenos, pero tal posibilidad siempre fue desechada. Capitaneados por la abuela, albergábamos la sospecha de que la programación emitida era distinta entre nuestra casa y las demás. Similares actores, locutoras parecidas, pero envueltos todos en el distanciamiento y frialdad que suponía observarlos en casa de la portera, por ejemplo.

¿Y las noches? ¿Qué decir de esas noches privadas de los infinitos grises en movimiento de nuestro Marconi? Cuando papá volvía del trabajo y nos sentábamos en torno a la mesa a la espera de la sopa nos materializábamos en una familia espectral. Cabizbajos, nos entregábamos sin entusiasmo al trasiego de fideos en un silencio solo roto por el chapoteo de las cucharas. A veces, a algún comensal se le olvidaba el peso agobiante de nuestra tele estropeada y se animaba a iniciar una conversación, pero entonces las palabras sonaban extrañas, nimbadas por un eco propio de habitación que se ha vaciado de muebles para ser pintada. En cualquier caso, esos inicios de charla podían dar sus frutos y con engañosa vivacidad nos enfrascábamos en un parloteo que las más de las veces recurría al recuerdo de familiares fallecidos y su anecdotario. Pero poco a poco, la tertulia que con tan buenos augurios comenzaba iba decayendo lánguidamente ante la cada vez mayor frecuencia con que los hablantes dirigían sus tristes miradas de soslayo a una pantalla ciega, como esperando un milagro electrónico que echara a andar el aparato.

Luego, durante la sobremesa, el abuelo —más ingenioso y también más desapegado al consumo de imágenes— organizaba al igual que en las noches de tormenta en que se iba la luz, pequeños espectáculos de sombras chinescas proyectadas ante una sábana. Reconocemos que a los niños nos admiraba en un principio su habilidad para, ejecutando sencillos escorzos manuales, crear gracias a la breve llamita de una vela, cabezas de perros, águilas en vuelo y conejitos de nerviosos movimientos. Pero, con suerte, el teatrillo de sombras no podía durar más allá del cuarto de hora por mucho que se esforzara el abuelo en la creación de nuevos personajes, pues su arte era limitado y conocíamos de memoria su repertorio animalesco. Claudicantes y cariacontecidos ante la inutilidad postrera del parchís, la lotería o la ronda de chistes, se decidía entonces que lo mejor era irse a la cama para buscar en la narcosis del sueño el olvido a nuestros males. La tele, en su mudez, parecía darnos las buenas noches desde su mesita de formica.

La ciencia exigua del abuelo, fruto de un curso por correspondencia en Radio Maymo, era a todas luces insuficiente para arreglar cualquier avería que no pasara más allá de golpear ruidosamente los costados del televisor. Sus venerables manos de viejo temblaban de impotencia mientras nosotros, expectantes, lo mirábamos con caridad. La abuela, apiadada de su inútil esfuerzo, le dedicaba entonces palabras de consuelo en el mismo tono con que las hubiera dirigido a un socorrista incapaz de rescatar a un caballero que se ahogase en la piscina.

Mientras, y con las mentes lúcidas por el descanso, la discusión continuaba en torno a si lo último que vimos fue un fogonazo que se convirtió en un puntito tal como sucede con las supernovas cuando devienen enanas blancas, o bien justo lo contrario, un repentino pantallazo negro que terminó en el silencio, la quietud, la nada, como si uno de ambos finales pudiera dar al abuelo una pista certera. Sabíamos que nuestra polémica sólo pretendía retrasar lo inevitable.

Con todos los recursos agotados, mamá acercaba al abuelo un papelito con unos números emborronados. Era la claudicación. Así que el abuelo, arrastrando sus zapatillas, se dirigía a nuestro impactante teléfono rojo, levantaba el auricular y guarismo a guarismo marcaba el número correspondiente al Técnico de reparaciones a domicilio. La congoja entonces nos volvía a atenazar al vislumbrar un horizonte de otras veinticuatro horas sin televisión. Las mismas que tardaría el Técnico en llegar a casa.

¡Ah, el Técnico! Una mezcla ideal entre chamán amazónico y buhonero, y aderezado el personaje por conocimientos científicos superlativos, hacía que su sola presencia nos convirtiese en cretinos. Ni siquiera un Nuncio del Santo Padre de Roma hubiera recibido por los integrantes de la familia una acogida tan respetuosa y ceremonial. Las mañanas en que ansiosamente esperábamos su llegada, la casa se convertía en un continuo ir y venir por los pasillos, de trapos que quitaban el polvo, de escobas velocísimas, y de manos que colocaban sillas y cojines en su sitio. Como colofón, el bayetazo final que limpiaba de huellas la falsa madera que circundaba nuestra tele. Luego venía el zipizape de cambio de ropas, de peines, de horquillas y corchetes, de niños adobados en agua de colonia, al igual que acontece en una mañana de boda en la casa de una novia.

Era el nuestro un afán contemporizador, un vehemente deseo de agradar a base de higiene a un hombre que nos tiranizaba hasta la humillación dados sus saberes en torno a los arcanos electrónicos. Ni siquiera se jactaba de ellos; simplemente nos examinaba en silencio de arriba a abajo cuando le franqueábamos la puerta, daba un apenas audible buenos días y se colaba en nuestra salita de estar con el desprecio e ímpetu de un maderero que tomara posesión de un poblado yanomami. Depositaba sobre nuestra mesa su maletón de cuero con estruendo de cachivaches y acto seguido desaparecía tras la tele armado de amperímetro y destornillador. Cohibidos, formábamos en torno a la mesa con la actitud de quien asiste a la liturgia de un oferente. Sólo el abuelo osaba romper el silencio con tecnicismos recordados de su curso a distancia, y así, intentaba un acercamiento al parapetado diciendo a media voz superheterodino o semiconductor. Grave error porque lo que más llegó a conseguir fue que el Técnico asomara su cabezota de ogro y con mirada álgida lo conminara al silencio.

Sin matices, como un nocturno de Chopin cuando se interpreta en un piano de una sola tecla, el Técnico nos sorprendía al salir tras de la tele despanzurrada pinzando con sus diminutos alicates y con pretensiones de dentista una escuálida bombillita alargada. El instante en que asombrados de que una cosa tan pequeña fuera la culpable de nuestras desdichas, era aprovechado por el Técnico para extender su factura, recoger la impedimenta, cobrar y largarse haciendo supino desprecio a la cerveza y porciones de chorizo del pueblo que con servilismo había dispuesto la abuela. Pero tranquilos ya sin su presencia agobiante, examinábamos de nuevo la lámpara fundida pasándola de mano en mano. Lejos de sentir hacia ella rencor por el estropicio y las consiguientes jornadas sin imágenes, su desnudez —mancillado el cristal por el negro humazo— nos movía a compasión. Luego, emocionado, el abuelo hacía uso de su prerrogativa ancestral y encendía la tele. La carta de ajuste nos sorprendía de súbito como la imagen más bella del mundo mientras la lámpara siniestrada iba a parar al cajón donde haría compañía a sus hermanas inválidas, a las cremalleras desgobernadas, a los vacíos frascos de grageas, a los capuchones de bolígrafos y a las llaves antiguas que un día abrieron y cerraron puertas.

© Sap.
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