sábado, octubre 05, 2013

Damero Mardito, nº 53 (octubre)

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El busto es nuestro

     ¿Que cuándo comenzó el trastorno que tanta preocupación ocasionó a don Jenaro? Pues nadie lo puede asegurar; aunque él mismo se aventurara  a señalar la semana posterior a su jubilación como inspector municipal del Servicio de Aguas de su localidad como principio del fenómeno. En todo caso, la fecha es lo que menos importa y sí sus consecuencias, pues resulta que a partir de ese indeterminado momento, a don Jenaro comenzaron a crecerle los pechos hasta adquirir ambos el tamaño de los de una mujer de notable busto.

     Pese a la enorme vergüenza, vencida en parte por la ayuda de su señora, logró consultar a varios doctores, los cuales dictaminaron a la vista de los resultados arrojados por innumerables pruebas y análisis, que la extraña mutación que sufría don Jenaro se debía a una disfunción hormonal y no metabóliconutricional como en un principio se pensó, pues en efecto, los pechos de don Jenaro no estaban formados por tejido de naturaleza adiposa sino mamaria. Fuera como fuese, la medicación prescrita para detener e involucionar el proceso, se mostró inútil, por lo que se decidió poner a don Jenaro en manos de un prestigioso psicólogo por ver de paliar en tanto se pudieran, los sufrimientos del paciente.

     El caso es que en seis o siete meses de tratamiento, don Jenaro acabó no solo aceptando su nueva realidad sino desarrollando un instinto lactante que en un principio le causó gran preocupación, pero que luego le proporcionó gran placer. Claro que los hinchados pechos de don Jenaro eran estériles, pues no contenían leche ni nada que se le pareciera, pero pese a ello sentía en su interior una enorme, una irracional y creciente necesidad de amamantar a cuanta criatura de corta edad se topaba durante sus tardes de paseo. Aquello se convirtió en un tormento, en atroz pesadilla, pues escondido tras los árboles como un sátiro, espiaba a las madres a las que envidiaba el ser ubérrimas y nutricias y el que con despreocupación y facilidad dieran de mamar a sus bebés en el parque.

     A tanto llegó su desasosiego que su señora, apiadándose de él una noche en que ambos ya se encontraban en la cama matrimonial, se ovilló en su regazo y sacando de entre el desabrochado pijama, uno de los grandes pechos de don Jenaro –peludo, de rotundo pezón oscuro- se lo metió en la boca y comenzó a succionar como un rorro hambriento. ¡Aquella prueba de amor desinteresado, colmó de placer a don Jenaro! Nunca hasta entonces había recibido tanto cariño, tanta abnegación. Por eso, cuando a petición suya, su señora accedió a desprenderse de la dentadura postiza para poder chupar con mayor propiedad y semejanza al de una desdentada lactante, don Jenaro, mientras ella se aplicaba al ejercicio, lloró de gratitud.


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¿Que dónde conseguir el Damero Mardito de este mes? Pues como siempre, en su kiosco habitual y gratis total; pinchando aquí: El Damero del Vecind(i)ario.

Solución al Damero anterior (nº 52):
A. Denuesto, B. Melindre, C. Ocal, D. Rencor, E. Reacción, F. Irene, G. Suputar, H. Orinas, I. Baladí, J. Sector, K. Esteta, L. Rapes, M. Vellorí, N. Espelta, Ñ. Aparato, O. Salado, P. Usted, Q. Pasquín, R. Escaldo, S. Ropas, T. Rallas, U. Oropel.
Acróstico: D. Morris, "Observe a su perro".
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5 comentarios:

Nicolás dijo...


Qué ratito de lectura mas bonito.

Hasta que he leído al último párrafo: no se me va de la cabeza la imagen de la boca desdentada de la señora de don Jenaro succionando...

:-)

Vichoff dijo...

Eres tremendo, Sap.
Pero tremendo.
:-)
Cienes.

Manuel Carrasco Rubio dijo...

Esta noche me acostaré más tranquilo. Me ha quedado claro que mi abultamiento pectoral de debe a un proceso metabóliconutricional, que no me va a aparecer esa apetencia de amamantar a cualquier "rorro" que vea por ahí.
Ya he completado el "mardito damero". Yo solito, empleando el "cacumen", como en mi es habitual

Sap. dijo...

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Gracias por vuestros comentarios, Maese Nicolás, Vichoff y Sr. Carrasco. Espero no caer nunca en las garras de un psicoanalista.
:-)

Angela dijo...

¡Pero qué animal eres! Se te escurren unas cosas...