viernes, diciembre 23, 2011

"Los dos regalos"

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"Los dos regalos"
(Cuento de Navidad)

Para Consuelo de Lucas

Cojeaba porque llevaba medio roto un tacón del zapato. Caminaba calle arriba hasta la altura de un buzón. Allí encendía un cigarrillo y emprendía la vuelta abajo. El otro hito era una papelera desvencijada. Cuando llegaba, el cigarrillo se había consumido. Tiraba la colilla al suelo y luego, vuelta a empezar.

En el decimoquinto o decimosexto trayecto buscó en el bolso el lápiz de labios. Al revolver en el interior sus dedos tropezaron con la fotografía. Bajo la luz de la farola observó los ojos que la miraban desde la cartulina. Era un rostro juvenil que conservaba aún curvaturas infantiles el que sonreía en la imagen. Una muchacha bellísima con cabellera de fuego. Se echó a llorar y el rictus de la boca mostró a nadie unas encías casi desdentadas. Siempre le pasaba lo mismo. Temía revolver en el bolso y no vencer la tentación de recibir el golpe del pasado. Cuando se calmó besó la foto, la guardó y se pintó los labios. El escaparate oscuro de una ferretería hizo de espejo.

Un coche solitario le dedicó un largo bocinazo. Las ruedas pasaron tan cerca del bordillo que le salpicaron las medias con agua residual. No tuvo ánimos para responder con un gesto obsceno.

Luego se estremeció y cruzó los brazos sobre el pecho. Sudaba bajo el abrigo imitación piel como si la noche fuera de verano. Pero era diciembre. Desde algunas ventanas llegaban voces y la intermitencia de lucecitas de colores. Las ventanas, a veces, son como calendarios. La soledad recogía el eco de sus zapatos como único vestigio de vida en la calle. Frente a ella, los solares y la iluminación lejana de un polígono industrial.

Cerca del buzón había un teléfono público. Aún funcionaba pese a estar casi destrozado a martillazos. Metió varias monedas. Tuvo que marcar tres veces porque el temblor de las manos la llevaba a equivocarse continuamente.

   —...
   —¿Oye? ¿Me oyes?
   —...
   —Me prometiste traerme costo para un pico cuand...
   —...
   —¿Tres horas? ¿Todavía te voy a esperar tres horas, jod...
   —...
   —¡Nadie! ¿Quién va a haber? Ni los canallas como tú están ahora en la ca...
   —...
   —Canall... Sí, un canalla, eso es lo que eres, un cerdo y un canalla...

Colgó.

De nuevo se puso a llorar. Golpeaba con la cabeza el teléfono. Pero sin mucha fuerza.

Retomó el paseo esperando tal vez el milagro de un cliente. El caso es que se produjo. Un coche que venía en su dirección fue aminorando la marcha. Dio un paso atrás para evitar nuevas salpicaduras. El coche se detuvo a su lado y el ocupante bajó un poco la ventanilla.

   —¿Cuánto llevas, niña?

Se acercó intentando que el tacón roto no estropease un contoneo que quería ser sugerente. Ambos lados del abrigo fueron como dos puertas que se abriesen para enseñar una colección de huesos apenas vestidos por una camiseta publicitaria, unas medias y un tanga de fantasía de tejido barato.

   —Treinta o cincuenta, depende de lo que quieras que te haga.
   —¿A domicilio también?
   —También.
   —Pues móntate y arreando.

Subió al asiento de atrás. Su cicatriz en la cara le recordaba siempre que nunca debía sentarse junto al conductor. El cliente volvió la cabeza como si fuera un taxista que preguntara una dirección.

   —Hola, guapetona. Vamos a pasar un buen ratito, ¿verdad?
   —A lo mejor. Pero como me vuelvas a decir guapetona me bajo, ¿has entendido?
   —Huy, huy, qué humos tiene la niña... Alegra la jeta, que es Nochebuena, mujer.

El hombre condujo veloz por las avenidas desiertas. El espejo retrovisor retrataba su cara gorda y su barba blanca. De haber llevado un gorro rojo con borlón hubiera sido imagen exacta de Papá Noel.

   —¿Vamos muy lejos? Te lo digo porque luego me tienes que traer.
   —Qué va, es aquí al lado. Ya llegamos.

Tras alcanzar una bocacalle oscura, se abrió el portalón de un garaje subterráneo. El hombre maniobró hasta dejar aparcado el coche. Luego se sacudió las manos con satisfacción.

   —No habrá que subir escaleras, ¿no? Tengo un zapato roto.
   —Pues vaya palomita que me he buscado... Es broma. Hay ascensor. Venga, mueve el culo.

Alcanzaron un vestíbulo y el hombre apretó un botón luminoso. Se oyó muy arriba un estrépito de mecanismos.

   —Hoy te habrán dicho muchas veces Papá Noel.
   —Imagina. Cuando llegan estos días es un latazo. Hasta he pensado afeitarme la barba y ponerme a régimen. Ni andar puedo por la calle con tantos niños cabrones. Son la peste.
   —¿Y siempre te entra el apretón en Nochebuena, papanoel?
   —Paso de estos rollos. Pero sí, al menos me la ponen gorda, jé.

La puerta del ascensor se deslizó dejando paso a un flash de luz lenta. En la cabina, la barriga del hombre apenas dejó espacio para ella.

   —Mierda, un ascensor con espejos. No aguanto los putos espejos.

Se tapó la cara con el bolso de plástico. Un goterón de sudor se deslizó desde la nuca. Bajo el abrigo recorrió toda la espalda y cayó finalmente entre sus pies. Luego siguieron varios goterones más hasta formar una mancha mínima sobre la moqueta.

   —No se te ocurrirá mearte aquí, ¿verdad?
   —Es sudor, gilipollas. ¿No ves el monazo que tengo?
   —Pues aquí llevo yo un platanito para ese mono, paloma. Un buen platanito.

El hombre rió su propio chiste a la vez que le alzaba la barbilla. Ella despreció el gesto girando con brusquedad la cabeza. Revoloteó su pelo de estropajo.

   —No protestes. Vamos a pasarlo bien.

El ascensor se detuvo y salieron a un pasillo iluminado tan solo por una lámpara de emergencia. El hombre sacó un manojo de llaves y abrió la puerta. La única de la planta. Encendió la luz del recibidor y con el brazo le ofreció la entrada.

   —Pasa a mi nidito, gorriona.

Iba encendiendo luces a medida que se internaban en la vivienda. Llegaron a un salón y ella se desplomó en un sofá. Sujetando el bolso se dobló por la cintura. Tiritaba. El hombre mientras tanto se quitó el abrigo de cuadros, lo arrojó en un sillón y se quedó mirándola acariciándose la barba. Ella encendió un cigarrillo. Agitó el fósforo para apagarlo y lo tiró al suelo. Dio una calada profunda y echó el humo por la nariz.

   —Págame ahora y empecemos de una vez.
   —¿Cómo? ¿Pago por adelantado? Tranquila niña. ¿No te apetece antes una copa?
   —Escucha papanoel, no he venido a un bar. O me pagas ahora o me largo.

El hombre sacó la cartera de un bolsillo trasero del pantalón. Chascó la lengua como si ahuyentase a un perro. Contó unos billetes y se los alcanzó formando una pinza con dos dedos.

   —Cincuenta. Y diez de propina. Es Nochebuena.
   —A la mierda la Nochebuena. Vamos a lo que vamos.

Guardó con fastidio el dinero en el bolso sin contarlo. Aplastó con rabia lo que quedaba de cigarrillo en un cenicero. Se levantó y también se quitó el abrigo. Se ajustó las medias que formaban arrugas a todo lo largo de sus piernas flacas. Sobre el ombligo llevaba el tatuaje de una serpiente arrollada en un corazón. Adoptó una postura en la que el patetismo vencería siempre a la procacidad.

   —¿Aquí mismo te viene bien, papanoel? Si no tienes gomas yo llevo en el bolso.
   —¿Gomas? Escucha, te he dado diez de propina. Tengo alergia a las gomas.
   —Pues sin goma son veinte más, a ver qué te has creído. Además tengo el bicho dentro, te lo advierto.
   —Me gusta el riesgo... Y deja ya de joder con las prisas, eh. Primero quería hacerte un regalito que seguro te va a encantar. Una sorpresa.
   —No me gustan las sorpresas, papanoel. No me gustan las sorpresas. Así que no me sigas jodiendo, te lo pido por favor, ¿no ves cómo estoy?

Se volvió a sentar en el sofá como un pájaro que cayera al vacío. De nuevo acudió un llanto que agitaba sus hombros y clavículas. Una frágil estructura de alambres. El tipo tomó de una estantería un pequeño cofre de madera con motivos hindúes y lo puso sobre la mesa del sofá. Abrió la tapa. Ella se limpió de lágrimas y mocos con el dorso de la mano. Miraba sorprendida los objetos que, uno a uno, iba sacando del cofre. Una cinta de caucho, una cuchara, un papel doblado y una jeringuilla nueva embalada aún en su aséptica funda de plástico. El llanto dio paso a una sonrisa que mostró sin pudor su dentadura almenada.

   —Los avíos del puchero, paloma. ¿Te gusta o no te gusta ahora el regalo de tu Papá Noel?
   —Joder, tío, no me jodas... Dime que no estoy soñando.
   —Ahora te traigo agua. ¿Te sirve una vela para hervirla?

Mientras él iba por el agua, abrió la papelina y con la punta del meñique humedecida en saliva atrapó un poco de polvo blanco. Lo saboreó como algo delicioso y un breve fulgor incendió sus ojos con una belleza pasajera.

El hombre trajo una botella y una vela roja. Le pidió los fósforos y la prendió. Dejó caer unas gotas de cera sobre la mesa y en ellas fijó la vela. Con el temblor del ansia, sin ninguna vergüenza, procedió con el ritual mil veces repetido atándose la cinta de goma en torno a un brazo escuálido curtido por el sarampión de las picaduras.

   —¿Y es jaco? ¿Jaco de verdad, papanoel? Sabía raro pero guay.
   —¿No te fías de mí? Caballito del bueno, niña. Vas a galopar.
   —No puedo fiarme o no fiarme. Ahora me metería lo que fuera.

El agua mezclada con el polvo bullía en la cuchara sobre la llama oscilante de la vela. Con sus pocos dientes apretó la goma dejando libres las manos para llenar la jeringuilla. Luego se golpeó el interior del codo buscando el estímulo de las venas y pinchó. Con lentitud hizo entrar el líquido y luego bombeó extrayéndolo y mezclándolo con sangre. El contenido tomó un color escarlata difuso antes de desaparecer por completo. Cerró los ojos, suspiró muy hondo y dejó reposar la nuca en el cabecero del sofá.

   —El cielo. Ahora estoy en el cielo, papanoel. Un pico así vale lo menos sesenta o setenta. ¿Por qué me lo has regalado?
   —¿No lo deseabas?
   —No te imaginas cuánto... No lo puedes imaginar.

El hombre se sentó junto a ella y recogió todos los elementos con cuidado. Le quitó la goma y la dejó en la mesa junto a la jeringuilla. Observaba curioso sus ojos entrecerrados y su boca balbuceante de tranquilo placer.

   —Sabía que era tu mayor deseo, paloma.
   —Qué jaco más bueno... qué jaco más bueno, papanoel... Tengo siempre otro deseo pero es un secreto. Nunca se lo digo a nadie. Ay, qué jaco...
   —¿Ni siquiera a mí?
   —Ni a ti. Es mío. Lo único mío que me queda... ay, qué jaco más guay... Anda, se bueno y déjame relajarme un rato. Luego ya verás... te voy a hacer todo lo que quieras... lo que se te ocurra... papanoel... un regalo...

El hombre esperó unos minutos hasta tener la certeza de que había quedado completamente dormida. Le alzó un brazo y lo dejó caer. Después hizo lo mismo con una pierna. Luego le quitó los zapatos y las medias salpicadas de barro. Se incorporó y se acercó hasta un mueble. Abrió un cajón y cogió del interior unas tijeras. Volvió a ella y cortó la camiseta publicitaria para desnudarla sin esfuerzo. También cortó la cintura del tanga. Sin ropa, el cuerpo desnudo era el de un ave desplumada.

Con todo cuidado la levantó en brazos y se dirigió con su carga a un pasillo. La cabeza caía hacia atrás soltando una melena como un reguero de estopa apelmazada. Los pies colgaban mostrando sus tendones aristados. Fue abriendo con la espalda puertas encajadas hasta llegar finalmente a una habitación. Con el codo accionó el interruptor de una lamparita de noche. Al dejarla sobre la cama el cuerpo se crispó un segundo y tuvo que esperar a que se calmara de nuevo. De un armario sacó un paquete envuelto en papel de regalo. Trató de no hacer ruido al abrirlo. Era un pijama de felpa estampado de ositos y estrellas de colores. Tuvo que esforzarse pero pudo vestirla sin brusquedad. Después la alzó de nuevo, abrió las mantas y depositó allí su leve cargamento. Fue arropándola con cuidado sin prestar atención a sus balbuceos de bebé, pero pudo ver que sus ojos se entreabrían un momento, brillantes y acuosos. Colocó bien el embozo poniendo toda la delicadeza que pudo en cada pliegue. Le dio unos golpecitos en el brazo que ya debía sentir la calidez de las mantas y, finalmente, se acercó a su cara. La besó en la frente. Tal vez las cosquillas de su barba blanca la devolvieron un momento de su nebulosa.

   —... Era mi secreto... el mío.
   —Chsss... Ya lo sabía. Ahora a dormir, chiquilina. Es Nochebuena.

El hombre salió de la habitación dejando la lamparita encendida. Luego cerró la puerta y se frotó las manos.

De nuevo en el salón hizo una llamada desde un teléfono móvil. Mientras esperaba contestación se fue poniendo el abrigo de cuadros.

   —...
   —¿Oyeee? ¿Estáis ya en la calle?... Sí, he acabado. Ahora mismo bajo.


*****


 Se reunió con los otros en la misma puerta de acceso al edificio. Uno, ya mayorcito, iba vestido todo de cuero negro, llevaba una larga barba castaña y aunque medio calvo, el pelo lo recogía en una coleta. El otro era un negro decrépito al que parecía venir grande la ropa. El pelo blanco de borra en contraste con la oscuridad de la piel lo hacía negativo de fotografía. Si hubiera llevado una trompeta en la mano se confundiría con un anciano jazzman. El de la coleta amagó un golpe de broma sobre la barriga del barbablanca.

   —Eh, deja el boxeo para luego. No perdamos tiempo y vamos cuando queráis.
   —Tranquilo, tenemos toda la noche ¿Salió bien lo tuyo?
   —Perfecto. Tuve que emplear el lenguaje duro porque es al que está acostumbrada. De otra forma se hubiera asustado. Al final se tragó el anzuelo del somnífero. Hubiera sido mejor darle un baño caliente pero temí espabilarla. De todas formas he dejado una nota en la mesilla. Ya la leerá mañana cuando despierte. ¿Y lo vuestro?
   —Bien, todo bien también. Bueno, éste como siempre, quejándose de no ir en coche, ya sabes.
   —Tengo uno en el garaje de aquí, si queréis...
   —Deja, ya sabes que le conviene moverse.
   —Ay, zeñó, zeñó... Tóooa la santa noche cami'ando y cami'ando.

Echaron a andar mientras el barbablanca charlaba con el de la coleta. El negro se fue adelantando calle abajo. Barbablanca miró hacia arriba y comprobó el resplandor tenue que salía de una ventana. La señaló a su compañero.

   —Pobrecilla. Un pijama de niña, una cama calentita, que la arropasen y que le dieran un beso de buenas noches. Era todo cuanto quería. Pobre, pobre chiquilla.
   —Sí, pobre gente toda. Más de dos mil años visitándolos y siguen igual, empeñados en la infelicidad.
   —Llegó a confundirme con él. Es increíble que soporten su ridícula campanita y su jojojó. No lo habréis visto, ¿verdad?
   —Ni olerlo. Nos hemos adelantado a su zona.
   —El caso es que el trabajo se nos acumula con esto de la nueva campaña de re-captación. La cuestión es restarle clientela, ya lo sé, pero me siento raro trabajando hoy.
   —Bah, un día de más qué importa... Eh, mira ése la marcha que ha cogido... ¡Eh, negrito, no te adelantes tanto!... "Mami qué será lo que quiere el neeegroo... Mami que será lo que quiere el neeegrooo..." ¡Espéranos, hombre!
   —Déjate, déjate que ya sabes el pronto que tiene.

El negro desapareció al doblar una esquina. Segundos después sucedió lo mismo con el de la coleta y barbablanca, pero antes volvió a mirar hacia la ventana levemente iluminada. Silencio. Cuando alcanzaron al negro, una estrella fugaz rasgó el cielo y por todo rastro, flotando en el aire, quedó tras ellos un finísimo polvo de oro.




© Sap.  es.humanidades.literatura
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jueves, diciembre 22, 2011

Felicitación

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Como cada año, acuso recibo del tarjetón que con toda amabilidad me remite un querido amigo de este blog, el Sr. Sieso, agente infiltrado en la Blogosfera por las combativas "Brigadas Scrooge". 



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viernes, diciembre 16, 2011

Solución al Damero Mardito, nº 32 (diciembre)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 32, diciembre), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores y los mejores deseos de felicidad y prosperidad para las entrañables Fiestas que se avecinan. Muchas gracias.

"Entonces se encogió de hombros y abrió los brazos. Pedro hubiese querido decir algo, porque la conversación le interesaba, pero Ana Pavlovna, que lo observaba, se lo impidió."

A. Loquero
B. Esquivo
C. Omaso
D. Nevado
E. Torpedo
F. Ovillo
G. Lesseps
H. Salchichón
I. Tisbe
J. Órdago
K. Ibicenco
L. Ganso
M. Urbano
N. Emperrador
Ñ. Reliquia
O. Rabien
P. Avelino
Q. Yerba
R. Pesebre
S. Abades
T. Zopenco

Acróstico: León Tolstoi, "Guerra y paz".
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viernes, diciembre 09, 2011

Crisis, what crisis?: Me pareció ver un lindo gatito.

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Que la necesidad agudiza el ingenio es cosa sabida desde antiguo. Así que ya sea por la gimnasia cerebral que conlleva, deberíamos estar reconocidos a esta crisis que atenaza a timoratos y pusilánimes. Gracias a ella, las calles de nuestros pueblos y ciudades se ven inundadas a diario por cientos (¡miles!) de carteles que desde los muros ofrecen al viandante toda clase de soluciones imaginativas, inauditas, salidas de los cerebelos más ejercitados.

La fotografía que hoy traemos a estas páginas, tomada hace escasos días en una concurrida arteria de esta urbe por el que esto escribe, es prototipo claro de cuanto decimos. En el ejemplo, un admirable emprendedor cree encontrar en la venta de aves canoras una salida a la compleja situación económica en que se halla. Para ello no ahorra en mostrar las ventajas que tal transacción puede reportar al interesado, desde un sano entretenimiento, un original obsequio o la ayuda para mitigar una situación de triste soledad.
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No deje de visitar otras entradas de la serie "Crisis, what crisis?":

jueves, diciembre 01, 2011

Damero Mardito, nº 32 (diciembre)

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Monóloco interior

"Por el testículo incorrupto de San Mamerto, qué nombre de varón" —pensaba Antonia, con socarronería, abandonando sus reflexiones de mujer huraña, desdeñosa y fría como el paisaje cubierto de nieve que contemplaba por el abierto canal de la ventana de su celda—. "Nuestro psiquiatra, ese isleño del padre Pío, además de tonto, bruto. Si no fuese por el pepino de los submarinos baleares que se esconde allá por el tercer estómago de las vacas... cualquiera aguanta a este embutido amante, cosita enredada y de figura redonda... pero es tan bueno en el lance del mus el Gran Rey de los Choch... ay, los Chuchos... perdóname, señor... tendré que hablarlo con la Madre Superiora del monasterio, no se impaciente o se enfade de no haber catado esta hierba."  © fw
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¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total en su kiosco habitual. Aquí:
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lunes, noviembre 28, 2011

Placeres Mundanos, nº 23

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Patatas estilo cajún: Cuestión de mojar.

        Para Maties Oliver.

Como sabe un ínfimo porcentaje de la población mundial, los cajún o acadianos son un grupo étnico originario de Canadá que se estableció al sur de Louisiana, en Estados Unidos. Los cajún hablan un dialecto del francés y se concentran sobre todo en la ciudad de Lafayette, lo que junto a su personal música y a su cocina criolla, los convierte en un grupo singular. Ejemplo de lo último es la receta que traigo hoy para Uds. a mi Cocinita de la Señorita Pepis, unas patatas al “estilo cajún” la mar de fáciles de hacer y que proporcionarán al cocinero/a encendidos elogios por parte de los comensales a poco que se esmere.

El proceso es tan sencillo que da vergüenza explicarlo. Veamos; lo primero es hacerse con unas buenas patatas nuevas. Las lavaremos muy bien lavadas, incluso haciendo partícipe del lavatorio a un estropajo ya que nos las fagocitaremos con la piel puesta. Una vez tengamos los tubérculos bien escamondados los cortaremos en gajos de tamaño generoso (fig. 1 y 2), nada de patatitas víctimas de la anorexia. No. A continuación le damos a estos gajos un nuevo chapuzón para descargarlos de almidón y una vez escurridos los metemos en una bolsa de plástico (fig. 3). Sí, una bolsa cualquiera con tal de que no esté agujereada. La que yo empleé provenía de la Carnicería Joaquín, que es quien me surte de bichos muertos, y como se observa en la imagen es una bolsa de un corriente, moliente e impoluto blanco.


Metidas las patatas en la bolsa iremos añadiendo los siguientes elementos:  Un buen chorreón de aceite de oliva, zumo de limón, pimienta negra recién molida, hierbas y especias variadas (servidor empleó canela, comino, orégano y hierbas provenzales). Para terminar seremos generosos esparciendo sobre las patatas un par de cucharaditas de pimentón — si es de la Vera mejor que mejor— que puede ser dulce o picante, según nuestras pretensiones (fig. 4).

Seguidamente cerramos la bolsa con dos nuditos bien apretados y masajeamos el conjunto, lo sobamos, lo magreamos como a las carnes de un ser deseado y lo dejamos reposar para que las patatas se impregnen bien del aliño. La bolsa entonces, claro está, presentará el aspecto de las que utilizaba Jack el Destripador para hacer sus mandaos (fig. 5).


Transcurrido el tiempo, 20 ó 30 minutos en su cárcel plástica son suficientes para que las papas se aderecen en condiciones, disponemos papel de hornear sobre una bandeja de lo mesmo y sobre ella iremos colocando las patatas en formación cuasi hoplita (fig. 6). Le damos caña al horno hasta los 250º y una vez precalentado metemos el ejército patatero en el interior durante unos 20 minutillos (fig. 7). Poco antes es conveniente esparcir una pulgarada de sal sobre la tropa patatil. El resultado final es el que se aprecia en la imagen junto a dos sencillas salsas que elaboré para acompañar con mojamientos. La una es el resultado de mezclar yogur natural con mayonesa, perejil picado y un golpe de pimienta. La otra, picantona, nace de maridar kétchup con miel, mostaza, y un chorrito de tabasco (fig. 8).

Hala. Terminado. Pero si son Uds. Unos jartibles y quieren recrearse en la ensoñación de que se encuentran en los pantanos de Louisiana invitados por una familia de cajunes, pinchen aquí abajo para obtener un bello fondo musical mientras disfrutan de sus patatas:

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miércoles, noviembre 23, 2011

Honky Tonk Women: LA TERE (y 3)

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Huy, sí; lo de "muchacha"... Habrá que explicarlo. Veamos. En esta ciudad, no sé en otras, el término tradicional de "muchacha" designa a la propietaria o encargada de una agencia de escorts, o dicho de otro modo y prescindiendo de eufemismos actuales, de una casa de putas. Esto es, lo que los elegantes llaman una madame, infecto vocablo que aquí no se ha usado nunca. En cualquier caso todo el folclorismo putesco al que hago referencia está ya casi desaparecido. Quedan, eso sí, algunas bolsas de tradición que guardan aún las formas antiguas y que llevan a gala el cumplimiento deontológico del puterío cañí. Pero el acceso de aficionadas, poliadictas y arribistas de todo tipo —amén de los estragos de Internet y los anuncios en la prensa— han derribado ese mundo de palanganeros, lavajes y ladillas; esa federación de bidets con ruedecitas, de crucifijos en los cabeceros y fotos de Fleming en el recibidor erigido en benefactor de la Humanidad. En suma, un paisaje muerto y sustituido por modos aún más sórdidos a pesar de las apariencias sofisticadas.

La voz "muchacha" no tiene implicaciones de edad, tanto es así que en general las "muchachas" eran furcias avezadas que rebasaban la sesentena, pero siempre con gran ascendencia entre el pupilaje. Mujeres de honor a las que se debía respeto y obediencia como si hubieran nacido en Corleone. Ellas administraban el parné y ajustaban los porcentajes y aunque retiradas del trato no dejaban de vez en cuando de alegrar la entrepierna de algún cliente devoto.  Muy típica la imagen del, por ejemplo, operario de Persianas Hermanos Gómez que una vez con el sueldo en el bolsillo se permitía un rato de refocile con alguna hetaira oxigenada:

—Oye niña, ¿y cuánto cuesta la dormida? —preguntaba mientras la cocotte se remetía los michelines por la faja de caucho después de la faena.

—Ay, no sé. Eso pregúntaselo a la muchacha...

Y allá que iba el persianero a parlamentar con doña Concha La Camionera; doña Encarna La Tragasables o doña Pura La Cachondona... O tempora, o mores! Menos mal que siempre nos quedará Maki Navaja y su barrio chino de El Jueves.

Mas volviendo a la Tere tras la digresión, diré que a pesar de todo y con la excitación que el riesgo prestaba, seguí endiñándole mordiscos en cuanto tenía ocasión. Me asalta ahora la remembranza de una sesión notable que se desarrolló en el cine Nervión mientras proyectaban la película argentina "La Raulito", un filme protagonizado por Marilina Ross. En un mano a mano sin igual, la Tere me juró amor eterno (juró por su hermanito Rafalín, por supuesto) y con ello el ser designado como desprecintador a la primera oportunidad de lo que ella, con entonación folletinesca,  llamaba su tesoro. Eso de quitar los sellos de Afrodita cual un Tenorio de pacotilla me llenó de lujuria pero a la vez entreví las orejas de un negro lobo que me perturbó. Lo siento amigos, pero nunca llegó el momento. De aquella tarde cinematográfica conservo —si es que aún no me han tirado a la basura mi caja de fetiches— un pequeño souvenir de la lucha amorosa. En el fragor del momento, le arranqué a la Tere una uña. Ojo, no es que se la arrancara de cuajo sino que quedó cortada a ras de dedo. Una uña larga, pintada de rojo y descascarillada la laca de la punta y a la que luego hice un agujerito para llevarla colgada del cuello. El círculo caníbal quedó completado con ese trofeo.

En días venideros y sucesivas semanas, mi relación continuó con la presencia cetácea de doña Lola, el menudeo de visitas espiritistas de Rafalín, un futuro de ajuar con sábanas Burrito Blanco, paños de cocina y juegos de cacerolas, un panorama de estafas y una vida de tanguista. Lo puse todo en la balanza y llené el otro plato con las carnes de la Tere. Mi cobardía leporina hizo bajar al primero. Amparado en que el concepto "amor eterno" que manejaba  la Tere era muy elástico aunque no tanto como el mío, le eché cara al asunto y me justifiqué durante unos días hasta hacer languidecer mis encuentros carnívoros. Llegó el invierno.  Y luego, huí.

© Sap.
es.humanidades. literatura
06/07/2004
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lunes, noviembre 21, 2011

Honky Tonk Women: LA TERE (2)

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Lo que nunca conseguí fue quitarle el feo vicio de jurar. Y es que la Tere juraba de continuo; cualquier aseveración, cualquier pequeña promesa, las apoyaba en las muletas del juramento como criaturas que nacieran defectuosas. No es que jurase con la vehemencia de Scarlett O'Hara o la solemnidad del Alcalde de Zalamea, sino más bien con la sencillez de una interjección. Lo terrible es que la prenda a la que ofrecía sus juros no era otra que su hermano Rafalín, un niño desgraciado que había muerto a los pocos años de edad.

 Al principio impresionaba escucharla decir "Te lo juro por mi hermanito Rafalín..."; pero como la cita era tan continuada y contundente, la presencia del pobre niño en nuestros juegos lascivos la pude sobrellevar con la normalidad de un aristócrata al que asalta la visita del fantasma de su castillo escocés.

(Para que se hagan una idea: El maestro Antonio López hizo algunas variaciones sobre un tema titulado "La aparición del hermanito". La que ahora refiero —está en el MOMA de Nueva York— es una composición sobrecogedora realizada en óleo y relieves de madera. A la derecha, una puerta entreabierta deja ver a una pareja que duerme en una cama matrimonial; a la izquierda, una muchacha parece esconderse en una esquina que forma el pasillo. En el centro y de perfil, un niño pequeño flota caminando en el espacio. Es un niño de apenas dos años vestido con un trajecito azul, pantalón corto y calcetines blancos. Un niño muerto que conserva cierto halo de santidad y que de vez en cuando se aparece a la familia.)

Pues así de exacta me resultaba la presencia de Rafalín entre nosotros. Aquel mínimo ectoplasma se colaba en el cine y se interponía en nuestras luchas afrodisíacas tiñéndolo todo con la pátina de la muerte. Nunca mejor que entonces, los manoseos en la sala oscura fueron mezcla ideal del binomio eros-tánatos que tanto gusta citar a los literatos. Meterle mano a la Tere en tales condiciones provocaba psicofonías que salían de la boca de Clint Eastwood cuando hacía de Blondie en “El bueno, el feo y el malo”. El hermanito Rafalín, con vocecita macabra, reconvenía desde el más allá nuestra conducta obscena del todo.

 Por otro lado, una noticia me vino de rebote a través de un amigo. Como mis tratos con la Tere eran más que evidentes, esto provocó una serie de cuchicheos en mi entorno inmediato. Imagino que también la envidia de los que me sabían ejecutor de pellizcones en las turgencias de la piba aceleró la información.

Oye, ¿tú no te has enterado que la abuela de la Tere fue "muchacha"?

¡Sapristi, horreur!... Así que aquella mujerona de negro que respondía al pavoroso nombre de doña Lola, la que no se lo pensaba dos veces antes de agarrarse del moño de alguna vecina, la misma de las amenazas apocalípticas que tronaban con esa voz que solo largos años de ingesta de Machaco la hacían de esparto, había sido "muchacha". Chungo pestiño. Con esa pieza no contaba, pero desde luego fue clave para explicarme las picardías con que la Tere se manejaba en los asuntos venusinos. Qué tía; por eso dije al principio lo de a tal palo tal astilla. Quién sabe qué tipo de lecciones habría recibido la nena por parte de aquella abuela colosal que era aleación de las viejas de los Caprichos goyescos que amaestran jovenzuelas para desplumar cabritos con toda clase de trucos y la abuela desalmada de la cándida Eréndira. La posibilidad de emparentar con aquel endriago comenzó a llenarme de zozobra, algo que notaba la Tere cuando tras una sesión carnívora me hablaba de ajuares, colchas bordadas y juegos de toallas. ¿Doña Lola mi suegra? La perspectiva de hacerme yerno de aquella giganta atrapada por las garras del pasado hizo que mis toqueteos teresianos se frenasen un poco.

Digo suegra y digo yerno y digo bien. Los padres de la Tere eran unos individuos cohibidos por la presencia enormísima de la abuela, un matrimonio cuchara de esos que ni pinchan ni cortan puesto que allí el bacalao sólo lo cortaba doña Lola. Eso sí, era pródiga en mimos y cucamonas a su nietecita querida. O sea, que en aquella casa el amante del riesgo podría obtener más que una suegra, una abuela política. Y de premio, un cuñadito ectoplasmático.

(to be continued...)
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viernes, noviembre 18, 2011

Honky Tonk Women: LA TERE (1)

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El amor, para ser así considerado, necesita del componente antropofágico. De faltar este ingrediente no hablamos de amor sino de tonterías. Si no sentimos la necesidad de devorar al otro, de morderle los brazos y saborear sus rodillas a puro bocado, ¿de qué hablamos? ¿del canto de la alondra al amanecer? ¿del toma una gambita pelada que te la pongo en la boca (tierna escena entre novios en los banquetes de boda)? Desde luego que todo puede entrar en sazón, ser compatible incluso, pero, ay, pobres de nosotros si el cuerpo amado no se nos presenta como un recetario para caníbales. No y no. Si el pliegue que forma la cadera al unirse con el muslo no nos reclama como el más exquisito de los platos es que estamos equivocando los términos.

Y esto es lo que tenía la Tere; que era una muchacha perfectamente comestible. Una de esas chatillas que cuando reía arrugaba la nariz y le desaparecían los ojos en el rostro quedándoles como dos puñaladitas dadas a un cojín de espuma. Unas pecas bien distribuidas, unos pómulos carnosos y la procacidad de su boca completaban aquel guisote suculento.

Como todos los estudiosos de mi obra saben, acostumbro a prescindir de digresiones cuando dibujo un retrato. Practico la comparación de mis criaturas con algún individuo célebre y así consigo dos propósitos: Primero, acabar antes y segundo, esconder las debilidades de una pluma de tan poco juego de cintura como la mía. Dicho esto, el problema con la Tere es que no encuentro a nadie con quien emparejarla a no ser que eche mano de Rosa Morena; pero ¿a estas alturas quién recuerda a aquella cantante que en los años setenta gozó de un breve periodo de gloria? Rosa Morena —una extremeña que en realidad se llamaba Otilia Pulgarín— fue precedente de aquel horror del flamenco-pop que tuvo continuidad con Las Grecas. ¿Caen o no caen? Sí, hombre; la tipa que fue a cantarle a los Tercios de Flandes cuando aquella movida de la Marcha Verde... ¿Qué, que no? Vaya. De verdad que en ocasiones es ingrata mi labor de arqueólogo de la caspa.

En fin, prescindiendo de símiles para los jóvenes, foráneos o desmemoriados diré entonces que la Tere era chabacana, grosera, vulgar, hortera y ordinaria. O sea, de las que me enloquecen. Por supuesto que utilizaba los artificios del desplante, las contestaciones chulescas y los mohines de desagrado en un repertorio sin fondo. Pero cuando reía, ay, era taaaaan adorable. Por otro lado, era una muchacha de un lenguaje antiguo, pródigo en giros de otro tiempo y así, la escuché decir en ocasiones aquello de "una es pobre pero honrá", como si fuera una modistilla de zarzuela con los brazos puestos en jarra. No le faltaba razón ya que, en efecto, era pobre. En lo otro nunca llegó a los términos de aquella a la que por mal nombre apodaron La No-Do (estaba al alcance de todos los españoles) pero casi. Tal vez en la genética de la Tere participaron el palo y la astilla, aunque esta es cuestión de la que me ocuparé más adelante.

El caso es que la Tere llegó a mí y yo a ella en un encuentro que me costó meses de esfuerzo hacerlo pasar por fortuito. Éramos vecinos y nos conocíamos de siempre, pero un día y por primera vez se sentó a mi lado y me preguntó ¿qué estás leyendo? En efecto, queridos míos, con grandes trabajos había conseguido labrarme una imagen de intelectual en el vecindario. Un jovencito que siempre se acompañaba de libros y leía estos en la soledad de los banquitos del patio con aire taciturno. Gracias a las películas aprendí poses de languidez y melancolía removiendo los instintos maternales de cuantas me observaban. Las vecinas se hacían lenguas de mi modestia y comentaban "hay que ver el hijo de la Carmeli lo formalito que es el muchacho" o "pues de leer tanto se vuelven locos"... Mientras tanto, yo escogía los libros más gordos para sacar a la calle, novelones como “Los misterios de París” o “El Hombre que Ríe”; aunque claro está, malditas las ganas que tenía yo de leer aquellos mamotretos. Pero es que el grosor de los volúmenes era fundamental en aquel juego de la impostura. Apoyaba los dedos en la frente y quedaba tal el Pensador de Rodin, figurando una concentración que no impedía mirar de reojo a las pipiolas que entraban y salían. Sí; yo era un exhibicionista del libro, un paseador de novelas. Oiga, que cada uno maneja las armas que puede en el asunto de pillar carne, a ver si vamos a señalar con el dedito. Finalicé mi diseño con el uso de unas gafitas redondas proclives a la admiración, por lo que aquel joven tartufo quedó consolidado como alguien de otro mundo, llamativo objeto de curiosidad. Tendí la red del libraco, la Tere se acercó, se sentó y preguntó y supe que mi truco al fin había funcionado. Aquellas piernas que imaginaba loncheadas como un choppedpork estaban cerca de ser fagocitadas por un servidor.

Con la Tere, y en aras de magnificar mi estatura moral, di comienzo a una labor de pigmalionato que me reportó varios éxitos. Eran sesiones que se desarrollaban tanto en el patio vecinal como en mi domicilio, siendo éstas últimas las más jugosas puesto que me permitían el magreo de la señorita sin temer presencias indiscretas. Entre mordiscazos a sus mofletes apetitosos y apretones a sus carnes tersísimas, la aleccionaba en el lenguaje correcto y así corregía su prosodia de sainete. En poco tiempo conseguí que dejara de decir "endispués" o "alboltar"; que cambiara "indición" y "supitorio" por los correctos términos de inyección y supositorio (la Tere hacía los recados de muchas vecinas a la farmacia) o que eliminara de su vocabulario —al menos de cara al público— expresiones tales "no me sale del higo" o "estoy más caliente que el rabo de un cazo".
Quise alejarla también de su mundo de fotonovelas y de revistas y hacerle ver que aquella su sección preferida del Diez Minutos titulada "Mundo Insólito" no había que creerla a pies juntillas. Le indiqué, por otra parte, la finura que aportaría a su vida el acercarse a la lectura de los clásicos y le dejé varios libros que leyó por encima. A las “Rimas” de Bécquer no debió prestarles demasiada atención ya que nunca se dio cuenta que los poemas que yo le dedicaba eran copias exactas de los del hispalense de la perillita. Algo parecido ocurrió con “Platero y yo”, pues cuando le preguntaba por Juan Ramón Jiménez, la Tere me miraba estupefacta. Luego le brillaban los ojillos plenos de rímeles y afeites y decía: "Aaahh, ya caigo. Ese es el tío del burro ese, ¿no?" y se dejaba, triunfadora en su respuesta, sobar las tetas. Con episodios así saqué más partido del poeta moguereño que la mismísima Zenobia. Me erigí en suma, en una especie de versión descafeinada de esos estudiantillos de Dostoviesky que se afanaban por sacar del arroyo, como si fueran batracios, a sus novietas de burdel.

(to be continued...)
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martes, noviembre 15, 2011

Solución al Damero Mardito nº 31 (noviembre)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 31, noviembre), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.

"En este mismo momento, miles y miles de personas están a punto de expirar mientras que yo, aferrado a mi estilográfica, busco en vano una palabra para comentar sus agonías."

A. Empaste
B. Lastre
C. Amperio
D. Coxis
E. Inminente
F. Adán
G. Guayana
H. Ofensa
I. Dep
J. Esputón
K. Malayo
L. Inmaduro
M. Umbroso
N. Requinto
Ñ. Grave
O. Obscenar
P. Cristal
Q. Impreso
R. Oteas
S. Rafael
T. Asma
U. Némesis

Acróstico: "El aciago demiurgo", Cioran.
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martes, noviembre 08, 2011

Placeres Mundanos

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"Pollo a la Coca Cola", el pollo de Internet

Para M. del Romero Sánchez


Traemos hoy a estos fogones de la Señorita Pepis una receta que ha cobrado celebridad en Internet y que dada su facilidad y rapidez de ejecución merece el interés de los curiosos apresurados. Se trata, cómo no, del famoso “Pollo a la Coca Cola”, pero enriquecido en esta ocasión por un bonus que hará las delicias de grandes y pequeños.

En efecto, para comenzar el proceso lo primero que necesitaremos es un pollo troceado, o medio pollo o un cuarto de pollo o el pollo que se juzgue conveniente según el número de comensales y su grado de necesidad fagocitatoria. Una vez salpimentados los trozos, los pasaremos por una sartén con aceite para ‘sellar’ la carne hasta que pierda la crudeza de su crudo color (fig. 1). Poco antes de apartar el pollo del fuego —¡y ojo que aquí viene el truquito!— lo flambearemos con una copita de ron… ¡No me dirán que tal añadido no casa bien con la posterior Coca Cola! Tan bien, tan bien, que perfectamente podríamos cambiar el nombre de la receta y llamarla “Pollo al Cubata”, siejke hasta se le podría complementar con una rodajita de limón para acrecentar el efecto .



Tras el sellado, depositamos el pollo descuartizado y sus jugos en una olla exprés o rápida o ultrarrápida. En este momento es cuando hay que trastocar el dicho que reza “Donde tengas la olla no metas la polla” por “Donde tengas la olla mete el pollo”. Una vez dentro echaremos mano de la batería de ingredientes (fig. 2). 

 Espolvorearemos primero el contenido de una sopa de cebolla de sobre… ¡versátil producto que ya hemos visto utilizar en otras propuestas!... y removeremos bien (fig. 3). Seguidamente le tocará el turno a un buen chorreón de kétchup, el suficiente como para colmar dos cucharadas soperas (fig. 4). Removemos again. Para finalizar, verteremos una lata de Coca Cola normal, nada de Light ni de Zero, esa chispa de la vida que en una de sus habituales boutades Rafael Alberti llamó “repugnante mejunje imperialista” (fig. 5). Y ya está. Cerramos la olla y la dejamos el tiempo necesario que indica el fabricante según su velocidad, tortuguera o supersónica… 10 minutillos en la nuestra contados desde el primer silbido.


Una vez transcurrida la cocción, destapamos, y dejamos un rato que reduzca la salsa si es necesario (fig. 6). Si tenemos mucha prisa podemos espesarla con una pizca de Maizena o un chorrito de nata líquida. Servimos, y armados con un buen pan para mojar sin denuedo (fig. 7), nos comemos el ex animalito y lo que le acompañe con la seguridad de que el siestorro que prosiga a la ingesta pollera estará lleno de sueños apacibles. 
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viernes, noviembre 04, 2011

Damero Mardito, nº 31 (noviembre)

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Hacen más dos petas...


Todo era llegar el lúgubre noviembre que entregarse Lupercio Latras a los más oscuros pensamientos. “Me incomoda vivir”, se decía, y echándose bajo el brazo el último Damero Maldito y un libro de poemas de don Ramón de Campoamor, se iba al parque.

Allí observaba a los pequeños que esperaban cola para deslizarse por el tobogán. “Tal vez”, seguía mortificándose Lupercio, “uno de éstos será el que dentro de unos años se convierta en agente de seguros y decesos e inste a mis deudos a elegir mi ataúd”. O desviaba la vista hacia alguna de las mamás que cuidaban de sus rorros y meditaba: “Puede que alguna de ellas sea en el futuro mi desconocida vecina de nicho allá en el cementerio”.

Era insoportable Lupercio Latras en noviembre. Todo le venía, según él, de no haberse echado novia y padecer aerofagias.
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¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total en su kiosco habitual. Aquí:
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miércoles, noviembre 02, 2011

"El hombrecillo" - y 3

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"EL HOMBRECILLO" - y 3


La ciudad me aturdió desde el momento que bajé del tren en la estación de Saint Lazare. Los andenes estaban repletos y fueron como el último vestigio de lo que sucedía a cientos de kilómetros. El límite donde se acotaba la epidemia. La inmersión en la alegría de los soldados que regresaban anulaba la presencia de los que tenían que volver, los organismos infectados en los que nadie quería pensar. Hacía apenas dos años que yo fui uno de ellos, pero aquel tiempo se había convertido en un milenio insalvable. Lo comprobé en la cantina. La algarabía de las novias y las madres, la suma de los pequeños ruidos que hacían al entrechocar los vasos y los platos, las voces, el acordeón de un mendigo, todo me atemorizó. Me sentí incapaz de comer o de moverme con tranquilidad y salí de allí.

   Fuera de la estación la vida se desarrollaba no sólo con normalidad sino con exaltación. París era una fiesta y sus habitantes habían decidido decir adiós a las armas. Creí por un momento que podría retomar lo que una vez me perteneció, lo que nos perteneció a los hombres del barro. Pero comprobé la imposibilidad de mi deseo por la evidencia de que la gente que se iba cruzando en mi camino, reidora, despreocupada, vestida de domingo, nos había olvidado.

   Cuando fui a pagar la copa que tomé en un bistrot, encontré en el bolsillo las cartas de Pignon. Las rompí en pedazos al salir y la templada brisa de la primavera los esparció por la acera. Nunca regresaría. Nada me vinculaba ya al lugar de donde había vuelto. Ni siquiera unas cartas para entregar.

   La Rue des Troyannes estaba cerca y me dirigí a ella tratando de aplazar el encuentro con Dominique. En el trayecto, los carteles fijados en las fachadas que animaron al alistamiento habían sido sepultados por otros con la efigie del hombrecillo. Cuando llegué al cinematógrafo tuve que guardar una larga cola. A pesar de mis ropas civiles, los que la formaban me miraban como si fuera transparente. Encontré un sitio libre en las últimas filas, entre familias que deseaban terminar el domingo con algo que les divirtiese. Cuando se apagaron las luces para comenzar la proyección y el pianista hizo sonar los primeros acordes, noté que me había orinado encima. Pero el hombrecillo apareció en la pantalla y el público comenzó a reír nada más ver su rostro.

   Se celebraban todos sus gestos y sus muecas cómicas. El hombrecillo huía de sus perseguidores pasando bajo las piernas o daba una patada a un gigantón de grandes cejas. Reposaba y se limpiaba las uñas con la punta de su bastón de bambú. Las carcajadas ocultaban la música del piano. En poco tiempo yo mismo reía contagiado por las imágenes de la pantalla. El hombrecillo se encontraba desvalido en aquel balneario tan lleno de enemigos. Como si alguien lo hubiera internado allí por error para olvidarse después de él. Recordé a Dominique sin ningún tipo de pesar pero con el mismo miedo. Me sorprendieron mis propias carcajadas igual de intensas que las que deformaban las caras y humedecían los ojos de cuantos me rodeaban. El gigante de las cejas caía en un estanque y el hombrecillo le pasaba por lo alto levantando el bombín como disculpándose. En su ágil pequeñez estaba su fuerza. Olvidé que el asiento estaba mojado por mi propio orín como si ocupara el lugar de un niño tan desvalido como el pequeño héroe.

   Pignon, Lebecq, Bouchet y todos los demás lo hubieran entendido. Cuando me levanté, varios espectadores de atrás protestaron. Incluso uno quiso obligarme a sentarme de nuevo tirándome de una manga. Entonces saqué la pistola. No tenía sentido retrasarlo más. En la oscuridad de la sala, el haz de luz arrancó destellos de leche al nácar. Al verla, algunos gritos cercanos no consiguieron silenciar las risas y los palmoteos. El fogonazo del primer disparo iluminó de color todo el blanco y negro en que estaba inmerso. Hirió al pianista provocando una nota discordante que ya nadie escuchó. Tuve que disparar una segunda vez para que el ruido llevara al público a agolparse en la puerta de salida. Alguien, uno cualquiera, cayó al suelo. Nada diferenciaba los gritos de aquella gente que se pisoteaba de los que daban los heridos amputados. En torno a mí se escondían entre los asientos tratando de ocultar la cabeza con las manos. Mientras, en la pantalla se sucedían las persecuciones y los golpes sin que nadie les prestara atención. Disparé dos veces más a la multitud congestionada. Nunca volvería. Jamás. Un hombre quiso detener mi brazo y le volé la frente, otro se llevó una mano al pecho y me miró fijo mientras caía. Se mataban entre ellos al intentar huir como una jauría de perros salvajes. No me interesaban. Allá en el fondo, el hombrecillo besaba a una muchacha y luego tapaba el beso con el sombrero. Fue irremediable porque ya nada quedaba en el cargador.

© Sap

es.humanidades.literatura
mayo, 2005
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sábado, octubre 29, 2011

"El hombrecillo" - 2

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"EL HOMBRECILLO" - 2


Uno de los vehículos de abastecimiento me trasladó una noche a la estación. Apenas me despedí. El sargento Lebecq dormitaba su borrachera de coñac cuando entré a recoger el salvoconducto. Antes que despertarlo, preferí falsificar su firma utilizando la pluma fuente que le colgaba de un bolsillo. La pistola brillaba como una gema en la cartuchera, irreal e incomprensible en aquel tugurio. Me la llevé.

No hubo luna. Desde el tren, las hogueras donde vivaqueaban otros hombres iluminaban la oscuridad, trazando perfiles tan inciertos como sus destinos. A lo lejos, el resplandor de la artillería, súbito y rojo, era como un falso amanecer que sólo durase un segundo. "No te lo pierdas. Ve a la Rue des Toyannes", me había dicho Pignon cuando me entregaba unas cartas para su familia. Adiviné que la muerte se había instalado ya en sus ojos.

Durante todo el trayecto, el tren fue recogiendo heridos con destino a los hospitales. Carne joven, carne hedionda y deformada por el gas mostaza que los convertía en criaturas hechas de arena. Carne arrasada y carne ardiente en vagones de ganado. Hombres que desearían ser reses. Terneros o vacas para disfrutar de la paz de los rumiantes. Viéndolos, tuve la certeza de que aquella guerra sería la última. La guerra que pondría fin a todas las guerras.

Ayudé en silencio a acomodar camillas y busqué después el rincón más aislado. Los hombres apenas se quejaban. Sólo uno, cerca de mí, repetía en voz baja una letanía incomprensible. Un enfermero se paseó entre los heridos caminando ridículamente con los pies abiertos. Se había pintado un pequeño bigote y levantaba su gorra como saludando. “Mirad, soy Charlot”, dijo. Alguien rió. Desanimado, el enfermero se sentó de nuevo. Charlot, así me dijo Pignon que se llamaba el hombrecillo.

Dormí como una piedra y soñé con un pájaro de oro que picoteaba la fruta caída de un árbol. Quise acercarme a él pero alzó el vuelo y se posó en la copa. Era un árbol sin hojas, seco y enorme, horrible en su desnudez. El pájaro de oro graznó como un cuervo. Luego soñé con Dominique. Juntábamos nuestras bocas en extraños besos. Cuando nos separamos, sonrió mostrando unas encías desdentadas y enfermas. El pájaro de oro graznó otra vez.

Para cuando desperté, los heridos ya habían sido evacuados. Tras ellos quedó un rastro de hedor y unos petates con ropas civiles. Estaba solo. Me cambié y el vagón se llenó de estrépito al abrir el portón. La mañana me sorprendió nítida con el verde agrícola de los campos, limpio e inédito el paisaje sin el rayado horizontal del alambre de espino. Arrojé el uniforme. El casco rebotó en las piedras como un cráneo de metal.

Comí un bocado y fumé un cigarrillo que alguien olvidó. Me tendí sobre las tablas, sobre el rectángulo de luz tibia que entraba por el portón abierto. Temí que el traqueteo me adormeciera y volviera a soñar con Dominique o con el pájaro de oro. Comencé a sentir miedo por la cada vez más cercana llegada a París. Me tranquilizó el desmontar cada una de las piezas de la pistola del sargento, limpiarlas y volverlas a montar. Me sorprendí pensando que tal vez Dominique la aceptaría como regalo. Sí; admití la idea de regalar una pistola a una muchacha enamorada. Miedo. Era eso lo que sentía. Miedo de volverla a ver y de verme en sus ojos. Corrí de una punta a otra del vagón, veinte, treinta, cuarenta veces. Bajo las botas retumbaba la madera y crujía la paja. Derramé el agua de una cantimplora sobre mi cabeza y reí a carcajadas con una felicidad infantil. Deseaba quedarme en ese vagón para siempre, solo, y que la llegada a París no se produjera nunca. A pesar de todo, volví a rendirme al sueño.

(Continuará)
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miércoles, octubre 26, 2011

"El hombrecillo" - 1

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"EL HOMBRECILLO" - 1


Hacía meses que dejé de añorar París. Por entonces hubiese cambiado el recuerdo de los bulevares en primavera por una cama caliente, o el perfume de sus mujeres por un rincón sin ratas. Sí; hubiera renunciado a ver de nuevo el sol entre sus acacias con tal de que cesara el tormento del barro. Pero como todos, me rendí. Ni siquiera me importaba que sobre las páginas húmedas del cuaderno, la tinta se diluyera dejando un rastro apenas azul, más acuático que el agua misma.

Sólo el silbato del sargento Lebecq era capaz de agitarnos y hacer cambiar nuestra indolencia por la incertidumbre del avance. El chasquido de las bayonetas al encajar en los fusiles nos aturdía, pero se hizo tan familiar como las bofetadas a Pignon para que dejase de llamar a su madre. Aquella reiteración acabó aburriéndonos.

 Pignon. El primero al que escuché hablar del hombrecillo.

 Pero el silbato enmudeció y en las tres últimas semanas, empantanados en la trinchera como animales hechos de tierra mojada, aceptábamos cualquier incidente que nos hiciera abandonar la desidia.

 Así sucedió cuando nos formaron para contemplar el fusilamiento de Bouchet. A pesar de todo, agradecimos aquel episodio que rompía nuestra rutina. Bouchet, el carterista de tranvías al que no se le ocurrió otra cosa que robar la pistola al sargento. La vendió durante un permiso a sus amigos hampones de Pigalle en una deserción que duró tres semanas.

Allí estaba. Maniatado al poste y vendados los ojos con una tira de polaina. A mi lado, a media voz, Pignon continuaba hablándome del hombrecillo con entusiasmo. "Debes ir a verlo" dijo un segundo antes de la descarga. Con la cabeza caída y las manos atrás, Bouchet pareció que observara hormigas en un camino. El sargento Lebecq estrenó su pistola nueva dándole el tiro de gracia en la sien. En su mano, el arma relucía pavonada como una joya blanquinegra. Había sustituido las cachas reglamentarias por unas de nácar.

 Volvimos lentos, viscosos en nuestros uniformes de lodo. La lluvia se encargó de recluirnos en nuestros agujeros y allí retomamos las barajas y el tabaco húmedo. Se machacaban con piedras los piojos de las costuras y se escribían cartas que nunca llegaban a su destino. Las esposas y novias quedaron como algo lejano, tan censuradas en la memoria como los torpes renglones que traducían su recuerdo en algo abyecto en las letrinas, en las filas de hombres que se masturbaban contra la pared.

Asumimos aquella situación como perpetua y los rumores que se propagaban sobre el final de la guerra sólo llegaban a interesar a los recién llegados, muchachos cada vez más jóvenes que se presentaban impetuosos en la trinchera pero que temblaban como ovejas en cuanto la tierra expansionada por los obuses que caía sobre nosotros se acompañaba de cuerpos desmembrados.
 Pignon, y luego los veteranos que volvían para incorporarse apenas recuperados del hospital, seguían hablando de aquel hombrecillo inglés. Todo París se había entregado a él para olvidar la locura y con ella, a nosotros. "Es mejor que Max Linder", decían a gritos en el fragor de alguna escaramuza aislada.

Gané la libertad de una manera grotesca ya que fue en premio por un acto en el que no participé. Incluso el sargento Lebecq me colgó una medalla en una ceremonia mecánica y desganada que se desarrolló en su madriguera. Sobre la mesa deforme por la humedad reposaba su pistola, la luz de un quinqué de petróleo hacía refulgir el nácar. De nuevo tuve que contar la patraña que me hacía héroe a sus ojos, porque cuando llegué al nido de ametralladoras aquellos alemanes ya estaban muertos. Apuñalé sus cadáveres para simular la acción heroica y sólo me quedó esperar un testigo que validara la hazaña. A mis pies, los cuerpos sin vida de dos muchachos de bigotes rubios casi esbozados, me valieron una semana de permiso.

(Continuará)
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viernes, octubre 21, 2011

"Carlota Fainberg" Antonio Muñoz Molina

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Marcelo Abengoa, un español empleado en una empresa de remozado de hoteles que aguarda en el aeropuerto de Pittsburgh a que amaine el temporal de nieve que tiene detenido el tráfico aéreo, decide amenizar la espera pegando la hebra con Claudio, otro español, profesor en una universidad norteamericana que debe volar a Buenos Aires.

 Marcelo, cargante conversador que no ahorra ningún enviciamiento hispano de gestos y locuciones a ojos y oídos de Claudio (narrador que empedra su pedantesco discurso interno con frecuentes expresiones en inglés), cuenta al estirado profesor su experiencia en el Town Hall Hotel de Buenos Aires con una misteriosa mujer allí hospedada, Carlota Fainberg, dando así paso a una de las técnicas usuales —la del “amigo que cuenta a otro”— practicadas en el preciado género británico de las Ghost Stories, las historias de fantasmas, corriente del que este texto es sin duda parodia en buena parte.

Por supuesto, este aire fantasmal del planteamiento también se extiende al escenario, no ya del hotel mencionado, edificio que debió ser lujoso al modo de un Waldorf Astoria de Nueva York en los años 30, pero que ahora se arruina como una vieja estrella del cine mudo, apolilladas sus alfombras, desgobernados los mandos de su ascensor manual, polvorientos sus cortinones y envejecido el personal de servicio, sino a la propia ciudad, un Buenos Aires siempre nocturno, irreal en su cielo negro, y que se debate a la vez entre las tormentas eléctricas, las restricciones y la hiperinflación.

Me perdonarán pero es que hasta aquí puedo leer. Baste decir que el tono irónico y hasta sarcástico que emplea el autor en la novela, asegura no ya la sonrisa sino alguna que otra carcajada, sobre todo a mi entender en el retrato de Claudio, el individuo que desde el desprecio por Marcelo pasa a una callada admiración para desembocar como personaje en el ridículo patetismo del final.

Por mi parte confesaré que de haber sido el encargado de realizar el reparto para un supuesto film, no hubiera tenido duda: Marcelo es James Gandolfini en el Tony Soprano de “Los Sopranos” ; Claudio sería interpretado en largo cameo por Luis Alberto de Cuenca, por ejemplo, y Carlota Fainberg por la Faye Dunaway de los mejores tiempos. La limpiadora, una resucitada Lola Gaos.

Léanla cuanto antes, amigüit@s del blog y si puede ser, de una sentada, porque el denostado género de la novela corta, como es el caso, cobra en las teclas de precisión relojera de Muñoz Molina todo interés y divertimento.

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martes, octubre 18, 2011

Solución al Damero Mardito nº 30, octubre

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 30, octubre), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.

"Como ya dije antes, todavía no tengo nombre, y es Mikeko, y solo ella, la única que me muestra respeto otorgando un nombre a este pobre gato que vive en casa de un profesor."

A. Novedad
B. Alumbre
C. Tentempié
D. Sayo
E. Usted
F. Marco
G. Ecónomo
H. Spqr
I. Omeya
J. Seboso
K. Esqueje
L. Kaftán
M. Igluso
N. Seven
Ñ. Opulento
O. Yakarta
P. Urge
Q. Nimio
R. Gobelino
S. Acetre
T. Terranova
U. Odeón

Acróstico: Natsume Soseki, "Soy un gato"
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martes, octubre 11, 2011

viernes, octubre 07, 2011

Otra nota para la Música del Azar

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Hace cuarenta años. Soy un niño. Es verano y nos dejan jugar en la calle hasta muy tarde. La noche es muy oscura. Un amigo y yo decidimos ir al quiosco de Ramón a comprar algunas chucherías. El quiosco dista apenas cincuenta metros de nuestro patio. La lucecita del interior, junto con los faros de los escasos coches que pasan, es lo único iluminado de la calle a medio urbanizar. Mi amigo compra lo suyo y yo me decido por lo que llamábamos "cajita de sorpresa", justo eso, una cajita de cartón que cuesta una peseta. El contenido nunca es valioso —un cowboy de plástico, un reloj de juguete o varios caramelos—, lo importante es desvelar el mínimo secreto del contenido. Extraigo el regalo de la caja, que recuerdo como una simple figurita, tal vez un indio o un cowboy de plástico como dije, pero no puedo evitar que se me caiga al suelo, que dé unos botes y desaparezca en la acera tragada por la oscuridad. Como no se ve nada, mi amigo y yo nos acuclillamos para buscarla pasando a ciegas las manos por el albero que rodea el quiosco. No la encontramos. En cambio, toco un pequeño disco metálico y lo recojo. Es una moneda. Pero una moneda romana del imperio de Constantino.

Es la que muestro y aún conservo.
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miércoles, octubre 05, 2011

Damero Mardito, nº 30 (octubre)

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Hambre de mundo

Entre sus muchas inquietudes, Adelardo Pacharán concibió un diccionario de tópicos cuya redacción fue interrumpida por su temprano fallecimiento. A la hora de poner orden en sus pertenencias, su viuda encontró entre los papeles de Adelardo, aparte de una gran cantidad de Dameros a medio resolver y un vale-descuento de Carrefour por valor de 5 euros aún sin caducar, varias hojas manuscritas donde aparecían los primeros esbozos del proyectado diccionario. En su recuerdo, mostramos unos ejemplos:

LITERATURA: "Un libro es el mejor amigo"
MODA: "...Para la mujer que sabe lo que quiere"
MÚSICA: "A mí me gusta la música, no el ruido"
SUPERSTICIÓN: "Yo no soy supersticioso porque eso trae mala suerte, je, je, je"
HOGAR: "Como en casa de uno no se está en ningún sitio"
TELEVISIÓN: "Es que antes la gente veía ESTUDIO 1"
CULTURA: "Antes que ver la tele prefiero leer un buen libro" (nótese que el  término "buen libro" lo emplean individuos que leen muy poco o no leen jamás).
ESPECTÁCULOS: "Nuestro siguiente invitado no necesita presentación".
RELIGIÓN: "Yo soy católico pero a mi manera".
ACTUALIDAD: "¿Has leído 'Los pilares de la tierra'?"
TORRES GEMELAS: "Hay un antes y un después del 11-S".
DEMOCRACIA: "Bueno, todas las opiniones son respetables".
NACIONALISMO: "Yo soy un ciudadano del mundo".
DEPORTES: "Es que el fútbol más que un deporte, es un negocio".
ESCRITORES: "No lo he plagiado; he querido rendirle un homenaje".
GANDHI: "Era un apóstol de la no violencia".
M. LUTHER KING: "Era un apóstol de la no violencia".
JOHN LENNON: "Era un apóstol de la no violencia".
Y para terminar por hoy...
MONARQUÍA: "Es muy campechano".
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jueves, septiembre 29, 2011

"Némesis" Philip Roth

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En el verano de 1944 una epidemia de polio se extiende por Newark, New Jersey, siendo el barrio judío de Weequahic una de las zonas más castigadas. Eugene ‘Bucky’ Cantor, joven profesor de educación física en una de las escuelas del barrio, será testigo de las terribles consecuencias, no sólo médicas, de la propagación.

Así comienza “Némesis”, corta novela de Philip Roth que es la segunda que leo suya. La primera fue “Indignación”, otro texto que analizamos con la habitual profundidad e inteligencia que solemos emplear en este lugar. Al igual que en ella, “Némesis” es una novela asentada en dos ideas: En la primera, tal vez apetecible para los creyentes en temas sobrenaturales, de pensamiento mágico y cuentos de viejas, se nos plantea la siguiente pregunta: ¿No será el Diablo la verdadera fuerza creadora, siendo Dios no más que otro de sus múltiples apariencias y nombres, incluido el propio de Némesis, la diosa griega de la venganza? Apuntemos que a la par de la epidemia de poliomelitis, el ejército norteamericano está siendo diezmado en el Pacífico.

La segunda, para nosotros más interesante, es la determinación del azar en el devenir de la existencia y contra el que nada se puede hacer. Algo así como la máxima que dicta: “No te preocupes porque por muy bien que lo hagas, siempre habrá un japonés que lo hará mejor que tú”. Es el propio Roth, en boca del narrador de la novela, que sólo nos será revelado en la tercera parte tras un guiño al lector a poco de comenzar, el que lo resume en esta apreciación: “Toda biografía está sujeta al azar y, empezando por la misma idea, el azar —la tiranía de la contingencia— lo es todo.

La tiranía de la contingencia”. No lo olviden. Toda la novela se desarrolla en torno a esta frase.

En resumen, que si se encuentran con el ánimo henchido de optimismo, dispuestos a celebrar el otoño silbando cualquier cancioncilla, mejor que alejen de sí este cáliz; pero si se hayan sumidos en la depresión no duden en justificarla y háganse cuanto antes con su ejemplar.

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viernes, septiembre 23, 2011

Maravillas del Mundo, 14

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Volvió el hombre


Una vez superada la 17ª Recesión, constituido en septiembre de 2058 el Gran Gobierno de los Ayatolás y adoptada la Sharia como norma para aplicar en todo el Sector Ibérico, la población masculina, haciéndose eco de los sabios consejos que con firmeza publicaban los Cadíes en los periódicos murales, abandonó los antiguos usos del afeitado y depilado propios de aquel “Hombre Reptil” que gozó de fama tan pasajera como vacua, para retomar el uso de la larga y poblada barba que atestiguaran una masculinidad que a punto estuvo de ser perdida.

Para todo ello nos fue muy útil la aparición en el mercado de este crecepelo (que aunque derivaba del original ‘Abrótano Macho’, un avispado comerciante le había encontrado nuevas y oportunas aplicaciones) que quiso ser remedio para los lampiños que vieron en su falta de pilosidad un freno a la integración en la nueva sociedad. El éxito del producto, a lo que sin duda ayudaba el prestigio de su alto precio (casi 1.000 Neokópecs) , fue fulgurante.
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Podrá encontrar más "Maravillas del Mundo" en este mismo blog utilizando el buscador que ponemos a su disposición en la esquina superior izquierda. No deje de ilustrarse sobre el futuro.
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