jueves, diciembre 30, 2010

"Sunset Park" Paul Auster

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Cierro este malhadado 2010 con una nueva reseña a la obra de Paul Auster, en este caso a su última novela, “Sunset Park”, otra decepción —aunque anunciada— en este año tan colmado de pinchazos en hueso.

Por un momento, y tras la lectura de su penúltimo libro, o sea, “Invisible”, albergué en mi cándido corazoncito la posibilidad de que el maestro de Newark, con los nuevos y escabrosos ingredientes mostrados en ella hubiera sabido enderezar el rumbo de la nave que zozobraba… ¡ese buque fantasma gobernado por el escritor “profesional”, el que sigue escribiendo por mantener una firma y ganar ninerito sin tener ya nada que decir! Pero no. Fui víctima, una vez más, del espejismo que quiso hacerme ver que el autor de las memorables “El palacio de la luna”, “La música del azar”, “El país de las últimas cosas”, “La trilogía de Nueva York”, etc. había cobrado nuevos bríos.

“Sunset Park” es humo. Es nada. Una colección de manidos tics, de situaciones aplantilladas, de resabidos flashes y en suma, de manierismo. La vacía autocaricatura del autor. Sí, en efecto, su lectura puede ser entretenida, de gran ligereza, pero a la vez tan olvidable como el vaso de agua que calma la sed. Una novela que ni mancha ni persiste, una novela que no deja rastro a los tres minutos de haber acabado con ella.

Miles Heller, un joven que tras dar varios tumbos por los USA después de romper con su familia, acaba en el grupo de okupas que mora en una destartalada casa del neoyorkino barrio de Sunset Park. Allí cada uno de sus cuatro ocupantes tiene su particular rollo (intrascendente) y mantienen relaciones (intrascendentes) sobre un fondo de revoltijo (intrascendente) en el que no falta el aliño austeriano de béisbol y película obsesionante, en este caso “Los mejores años de nuestra vida” (William Wyler, 1946)… Y ya no sé qué decir más porque no hay más.

En mi fijeza por resumir en el menor número de palabras posible las novelas que acabo de leer, puedo decir que “Sunset Park”, así para entendernos, no es más que puro cotilleo. Gossip. Vacuidad. Como la estúpida noche que me tocará vivir mañana.
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lunes, diciembre 27, 2010

2010. Resumen del año lector.

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A ver quién tiene repes (el asterisco indica relectura).


1.“QUINTETO DE BUENOS AIRES” Manuel Vázquez Montalbán

2.(*)“KAFKA” Max Brod

3.(*)“EL EXTRANJERO” Albert Camus

4.“MATADERO 5” Kurt Vonnegut

5.“CRÍMENES EJEMPLARES” Max Aub

6.“ESTUPOR Y TEMBLORES” Amelie Nothomb

7.“INVISIBLE” Paul Auster

8.“DISPAREN SOBRE EL PIANISTA” David Goodis

9.“LOS JEFES, Y OTROS CUENTOS” Mario Vargas Llosa

10.“LA HISTORIA DE SAN MICHELE” Axel Munthe

11.“TRES VIDAS DE SANTOS” Eduardo Mendoza

12.“DE RATONES Y DE HOMBRES” John Steinbeck

13.“RELATOS” John Cheever

14.“LA NOCHE DE LOS TIEMPOS” Antonio Muñoz Molina

15.“BILBAO-NEW YORK-BILBAO” Kirmen Uribe

16.“JARRAPELLEJOS” Felipe Trigo

17.“EL DESENCUENTRO” Fernando Schwartz

18.“EL CONSPIRADOR” Humphrey Slater

19.“CRIMEN Y CASTIGO” Fiódor Dostoievski

20.“EDGAR NEVILLE: TRES SAINETES CRIMINALES” Santiago Aguilar

21.“LA ELEGANCIA DEL ERIZO” Muriel Barbery

22.“EL MAR DE JADE” Alberto Vázquez-Figueroa

23.“VIAJES MORROCOTUDOS” Juan Pérez Zúñiga

24.(*)“DOS AÑOS DE VACACIONES” Jules Verne

25.(*)“EL MONO AZUL” Aquilino Duque

26.(*)“NADA” Carmen Laforet

27.(*)“HELENA O EL MAR DEL VERANO” Julián Ayesta

28.“EL GRAN MANIPULADOR” Paul Preston

29.“UNA VEZ ARGENTINA” Andrés Neuman

30.“EL TIEMPO AMARILLO” Fernando Fernán-Gómez

31.“LO QUE ME QUEDA POR VIVIR” Elvira Lindo

32.“EL MAESTRO JUAN MARTÍNEZ QUE ESTABA ALLÍ” Manuel Chaves Nogales

33.“LA ESTRATEGIA DEL AGUA” Lorenzo Silva

34.“TODO ES SILENCIO” Manuel Rivas

35.“INDIGNACIÓN” Philip Roth

36.“LO QUE ESCONDE TU NOMBRE” Clara Sánchez

37.“MEMORIAS DE UN EXILIO” Miguel Gila

38.“CUENTOS” Max Aub

39.“QUEREMOS TANTO A GLENDA” Julio Cortázar

40.“SUNSET PARK” Paul Auster
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jueves, diciembre 23, 2010

Cuento de Navidad

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LA LUZ DE UNA ESTRELLA QUE NO EXISTE

1.

Prince estaba muerto. No había duda: estaba muerto, por mucho que se empeñaran en reanimarlo echándole agua por la cara y dándole palmaditas. Acurrucado en aquella manta roja que les habían regalado los jóvenes voluntarios, murió mientras dormía sobre la colchoneta de espuma de bordes desmigajados. Se había meado encima además. Tenía un ojo abierto y otro medio guiñado, como si espiara a la muerte por el agujero de una cerradura.

A sus compañeros les entró mucho miedo. Hasta pánico. Aquello representaba un problema gravísimo para todos. ¿Qué hacer, a quién acudir, dónde ir? Las preguntas habituales del drama con negros. Sin papeles, sin permisos, sin nada. Así que decidieron marcharse, coger las tres o cuatro cosas útiles que habían conseguido reunir —el campingás, la cafetera, los cubiertos— y salir por piernas. Pobre Prince, dijeron cincuenta veces en su idioma mientras trasteaban en sus pobres cacharros.

También los asustaba la causa de su muerte, ¿se debería a alguna enfermedad contagiosa de las que les culpaban? Prince llevaba tosiendo desde que un mes antes celebraron aquella cena de Nochebuena en el comedor de las monjas. Pero a lo peor, algo de lo que comieron no estaba bueno. Nunca acabaron de fiarse de las cosas que comían los blancos, de su sabor a medicina. El rumor sobre un posible exterminio a cargo del gobierno había comenzado a extenderse. El caso es que Prince se ahogaba en su tos y muchas veces se despertaba y salía a vomitar.

Pero ahora ya daban igual la tos y los vómitos. Ahora tenían que hacer algo, lo que fuera. Registraron los bolsillos de su ropa para quemar cualquier rastro que pudiera identificarlo, pero lo único quemable que encontraron fue uno de esos resguardos que daban en la oficina de correos y el papel escrito a lápiz por el hombre que tenía el olivar y que les dijo que era el contrato. En el otro bolsillo, Prince guardaba una moneda de un euro y dos monedas de cinco céntimos.

Dejaron atrás el tinglado que tenían montado entre los matorrales, con plásticos tendidos entre unos árboles, y huyeron. Hasta pensaron enterrar el cuerpo de Prince, pero las prisas y el miedo les hicieron ver la complicación que les causaría perder tanto tiempo. Así que después del registro, le quitaron las zapatillas deportivas y la gorra de visera con el escudo del Betis y como decimos, corrieron campo a través. Al poco tiempo, se dispersaron y disiparon entre los olivos.

No sabemos, sólo suponemos, que los últimos pensamientos de Prince antes de quedarse dormido sin saber que jamás despertaría, los dedicaría a su familia o, tal vez, a la muchacha que saludó varias veces cuando era guardacoches y que una vez se dejó besar por él en la mejilla. La muchacha a la que luego le machacó el cráneo con un adoquín de granito. Nadie lo vio. Era su secretillo, un asunto del que, claro, no compartió ningún detalle salvo con su amigo Greg. La suerte le vino de cara porque culparon a unos argelinos y a los pocos días, a Greg lo atropelló un camión. Quedó limpio de todo excepto de la imagen final de la muchacha.

Aquello sucedió cuando retomó el trabajo de aparcacoches una vez que se acabó la faena en el campo. Ya había sido aparcacoches al principio, cuando eran los buenos tiempos en que se sacaba cada día más de treinta euros. Pero luego, cuando comenzó el paro masivo, empezaron a llegar más negros a las calles que él trabajaba y aunque sólo fuera con los compatriotas, hubo de compartir tramos cada vez más pequeños, hasta que llegó un momento en que se disputaban el favor de un conductor como una manada de hienas.

Entre uno y otro periodo, el de abundancia y escasez, encontraron trabajo él y dos nigerianos amigos en la construcción de una autopista. Allí hasta aprendieron a manejar maquinaria y se hicieron fotos al lado de los enormes vehículos amarillos. Vestían unos chalecos reflectantes con los que se sentían operarios definitivos. Aquellas fotos las llevaba siempre encima, junto con la que se hizo al lado de la motocicleta Yamaha del jefe, y otra en la piscina de la hacienda donde se celebró el fin de la obra. Una vez le pidió una foto a la muchacha, pero no quiso dársela. Ni volvió nunca a besarlo.

Pero la autopista terminó de construirse y vino el tiempo de las cosechas, de las caminatas buscando trabajo en la recogida de la fresa, de las flores, de los tomates, de la aceituna, de las uvas de la ira… Entre una y otra campaña, volvía a la calle de siempre a aparcar coches. Una calle donde llegó a ser popular. De vez en cuando los empleados del Mercadona cercano lo abastecían de productos a medio caducar, o su amigo Paco, el repartidor de la Coca Cola, le regalaba artículos de promoción aparte de alguna que otra botella. A Prince le resultaba inconcebible que existiera algo más delicioso que una Coca Cola. A principios de diciembre consiguió unos gorros de Papá Noel, con el logotipo de la marca, que les parecieron perfectos para enviarlos a sus sobrinos.

Desde que llegó, casi dos años antes, sólo había podido comunicarse por teléfono un par de veces. Fue con su hermano Gbayi, cuando viajó hasta Ibadan. Su voz se oía con total nitidez aunque él tuvo que hablar a gritos para hacerse entender entre el barullo del locutorio. Gbayi vino a decirle que no estaría mal que mandase algo de dinero. Prince dijo que ya vería, que no tenía mucho, pero que intentaría enviarles unos regalos aún sabiendo que era más que probable que se perdieran por el camino, robados por los funcionarios de aquí y de allá.

Esto ocurrió poco antes de la comida de Navidad en lo de las monjas. Fue el último momento en que disfrutó de cierta felicidad o tranquilidad o estabilidad, pues después se echaron de nuevo a recorrer los campos y acabaron durmiendo casi en la intemperie. Lo de la muchacha debía parecerle que sucedió hacía mil años. A pesar de todo, como dijimos, era más que posible que a ella y a lo que pasó con ella, fueran dedicados sus pensamientos antes de conciliar el sueño. Sabemos, porque lo dijo el compañero que estrenaba reloj, que salió a vomitar fuera a las 11:47 de la noche.



2.

Los Osoba se reunieron alrededor de la mesa ocupando con gran orgullo las dieciséis sillas disponibles, no en vano, el prestigio y la riqueza de una familia no se medía ya por el número de cabezas de ganado que poseía sino por el número de sillas de plástico. A más sillas, más familia; a más sillas, más gente a la que ofrecer hospitalidad. Venían a la ceremonia y la casualidad les regaló una sorpresa.

Sobre la mesa dispusieron la deteriorada caja de cartón, y expectantes, dejaron que fuera la abuela, el miembro más viejo de la familia, la que la abriese. Con no poco esfuerzo y la poca ayuda de sus dedos deformados, la abuela rompió los papeles que la envolvían, desató cuerdas y despegó cintas adhesivas. Una caja y su contenido siempre es una sorpresa, mucho más siendo como ésta, llegada desde tan lejos y tras tanto tiempo de viaje. Dijo el hombre que la trajo que había salido de Europa en diciembre. Había llegado al poblado casi en agosto. Por eso no importaba que fuera tan pequeña.

Los niños, de pie en las sillas, se apoyaban en el borde de la mesa para estar más cerca de todo cuanto ocurría. Deseaban ser los primeros en conocer qué clase de maravillas sacaría la abuela de allí dentro. Los mismos papeles donde venía envuelta la caja ya eran una maravilla. Nunca habían visto tantos colores brillantes. Se los disputaron como una familia de surikatos hasta que el padre consiguió poner orden.

Por fin la abuela extrajo el primer objeto. Era otra caja, plana, oblonga, envuelta en desconocido celofán (sólo Gbayi recordaba con nostalgia el celofán de las cajetillas de tabaco de cuando estuvo en Lagos trabajando en una planta petrolífera). Con todo el cuidado que pudo la desenvolvió y puso el delicado celofán junto con los papeles de regalo. La abrió. Dentro, y en otros envoltorios también de celofán, venían como unas masas de mandioca oscuras (era una caja de polvorones y mantecados.)

Luego vino una segunda caja. A todos los desconcertaba el hecho de la caja que contenía otras cajas. Pero esta segunda, aunque parecida a la primera, era más pequeña pero igualmente llena de letras doradas, brillantes. Sacaron de ella una tableta de un material blanco, muy duro y lleno de trozos de algo parecido a las bunké (se trataba, claro, de una tableta de turrón. Era, al igual que los polvorones, de la marca Hacendado, la marca blanca de Mercadona). Bajo ella, y envueltos en una bolsa de plástico, Prince había incluido para los niños de la familia cuatro de esos gorros rojos ribeteados de blanco y con un borlón en la punta que usan, precisamente los blancos, para celebrar sus fiestas. El mismo gorro que se ponía un hombre gordo que en alguna ocasión habían visto cuando fueron a la ciudad (¡ay la ciudad! ¡casi quinientos kilómetros para llegar allí!) Los gorros provocaron un nuevo altercado, pues eran cuatro gorros para seis niños. Al final consintieron en ir turnándoselos bajo la amenaza de echarlos fuera de la choza.

Y ya está. ¿No había nada más en la caja?

Bueno, sí. Todavía quedaba algo en el fondo. Tal vez lo mejor. Un sobre con seis fotografías de Prince. Seis fotografías en color. Todo un lujo. Al verlas sacar del sobre, los niños, que eran sobrinos y primos de Prince, armaron otro pequeño revuelo y de nuevo intervino el padre; pero aunque sometió a los pequeños, no pudo contener la curiosidad de los adultos —los abuelos, la mamá, los tíos de Akure, la tía Agbeke venida de Lafia con su hijo, el primo Oluwatoni, el hermano mayor de Prince, Tiwatope, y su mujer Dumbili…— que se disputaron las fotografías dando paso a una lucha de vozarrones y exigencias. ¡Allí estaba Prince, el que había remitido la caja desde tan lejos!

Atentos todos al padre, que agrupó las fotos de nuevo en su mano, guardaron silencio unos minutos para escuchar la lectura de la breve carta que las acompañaba. En ella, de manera un poco confusa, Prince les informaba de lo bien que le iban las cosas, de que ya tenía un coche y una motocicleta, que vivía en una casa enorme y muy bonita donde a veces le visitaban sus amigos y que —esto no gustó mucho a la abuela ni a la madre— había conocido a una muchacha blanca que se llamaba Ana (escribió Hana, con hache) con la que le gustaría casarse… pero también les decía cuánto los echaba de menos y cuánto añoraba la comida que preparaba mamá. Luego mandaba saludos para todos, sin olvidarse de nadie.

Aunque fue difícil mantener el orden, el padre dejó que las fotos fueran pasando de una en una por todos los congregados en torno a la mesa. ¡Qué asombros, qué admiraciones! A la misma vez, la abuela permitió que la tableta de turrón (de la que no sabían cómo se comía, pero sí que estaba muy dulce) fuera turnándose para ser lamida por todos. La gruesa lengua del abuelo se demoró en ella hasta provocar las protestas de los niños.

Las fotos no dejaban lugar a las dudas. Si las vieran, los vecinos que hacían tantos comentarios suspicaces sobre cómo vivían sus paisanos en las ciudades de los blancos, harían muy bien en cortarse las lenguas. Porque allí estaba Prince, fotografiado junto a sus compañeros de trabajo al lado de un automóvil enorme y amarillo; y también en el borde de una especie de pequeño lago de aguas azulísimas. Todos sonreían enseñando sus dentaduras blancas. Todos eran felices y vestían ropas de colores maravillosos y brillantes, colores que no habían visto nunca.

Se alcanzó un estado de cierta tranquilidad.

Luego vino la comida y las mujeres, siempre bajo las órdenes de la abuela, se encargaron de trocear el cerdo que con motivo tan especial habían asado. Lo comieron con plátano y puré de mijo. Los mayores bebían cerveza de palma mojando en ella los mantecados de Mercadona. Bueno, no los encontraron malos pero tampoco eran nada del otro mundo. Literalmente, nada del otro mundo.

La sobremesa, tras el suculento almuerzo, estuvo muy animada. Prince, claro está, era el centro de todas las charlas que se iniciaban. Pero fue tanto el tiempo hablando sobre él y fue tanta la cerveza trasegada, que Prince acabó convertido en objeto de envidia y codicia. Tiwatope no dejó de hacer comentarios llenos de amargo sarcasmo. Luego se unieron con igual mordacidad el primo y hasta el abuelo. Tenían mal beber. A la vez, los niños jugaban fuera con un perro, armando mucho alboroto, levantando tierra polvorienta, turnándose sus gorros de Papá Noel bajo el sol ardiente.

Fin

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(Desocupado lector, si llegaste hasta aquí mereces como nadie mi deseo de unas fiestas apacibles. Gracias por tu lectura.)
:-)
©Sap es.humanidades.literatura 22/12/2010
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lunes, diciembre 20, 2010

viernes, diciembre 17, 2010

Teoría del pescadito

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Al coronel Aureliano Buendía, el hombre que perpetuamente recordará hasta el final de los tiempos la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo, su creador, García Márquez, lo hizo orfebre. Así que para entretener su voluntario retiro, el coronel dedicó muchos años de su vida a fabricar pescaditos de oro, con escamas articuladas y brillantes ojos de rubí.

Sostenemos que estos pescaditos —la inspiración de estos pescaditos— fueron en realidad unos llaveros que se hicieron muy populares en la España de los años 60 y que con toda probabilidad conoció García Márquez cuando, en plena redacción de su novela, habitó en Barcelona. Puede ser también que estos llaveros de pescaditos dorados fueran conocidos en Méjico, Colombia u otros países americanos. En todo caso, la fascinación infantil que ejercían debió ser la misma en aquellos tiempos en que los llaveros, más que para llevar llaves, servían para lucirlos colgados de una trabilla del pantalón.

La sorpresa es que hemos recuperado de un pretérito joyero de bisutería un auténtico ejemplar de pescadito. Un pescadito de casi 45 años de edad. Lo hemos dispuesto sobre un fondo oscuro y lo hemos fotografiado. Se aprecian bien su estructura y el rojo fulgor de su ojo. Queremos pensar, nos gusta pensar, que nos ha llegado salido directamente de las solitarias y habilidosas manos del coronel, días antes de que frente al pelotón de fusilamiento hubiera de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
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miércoles, diciembre 15, 2010

Solución al Damero Mardito, nº 20 (diciembre)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº20, diciembre), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.

"Me salgo de estos laberintos y me meto por la clara senda del lenguaje común para explicar por qué motivo no teniendo voz, hablo y no teniendo manos trazo estas líneas."

A. Pollón
B. Edad
C. Rombo
D. Enésimo
E. Zaquizamí
F. Gen
G. Avellano
H. Lapón
I. Delta
J. Orestes
K. Sexto
L. Entren
M. Lección
N. Aldeas
Ñ. Mantón
O. Impar
P. Grupal
Q. Ojetes
R. Mayor
S. Abstruso
T. Noche
U. Sedativo
V. Oyen

Acróstico: Pérez Galdós "El amigo Manso."
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lunes, diciembre 13, 2010

Crisis, what crisis?: El huevo duro.

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A ver quién es el guapo o la guapa que tras leer este anuncio, nos viene luego con mandangas de crisis ni de crisas… ¿quién no tiene a mano unas maderitas, unos palitroques con que organizar un fuego? ¿quién no posee una cacerola o una lata mismo en la que echar un poco de agua y un pellizco de sal?... Con tales sencillos elementos, el cocer el huevo que regala junto con la pieza de pan este emprendedor tendero de nuestro barrio, se convierte entonces en una acción al alcance de cualquiera y garantiza en nuestra dieta la presencia de proteínas junto a los hidratos de carbono procedentes del bollo.

¿Que queremos completar el menú sin gastar ni un céntimo?, pues, ¿qué tal un poco de verdura, una saludable ensaladita? De ellas, y gratuitamente si sabemos rebuscar bien, nos abastecen los feraces campos e incluso los solares urbanos: collejas, berros, tagarninas, canónigos… Y si ya somos unos gourmets, amigos del capricho culinario, hagamos como mi amigo, el loco Alonso, y redondeemos el opíparo almuerzo con algún palomino de añadidura los domingos, haciendo de paso, un favor a nuestros abnegados munícipes y su lucha incansable por librar a la ciudad de la plaga de palomas. (Próximamente, en este blog, les ofreceremos diagramas para construir trampas para cazarlas y un opúsculo sobre la cría de ratas).
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viernes, diciembre 10, 2010

"Lo que esconde tu nombre" Clara Sánchez

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Señora, caballero, ¿tiene Ud. un enemigo y no sabe aún que regalarle en las entrañables fechas que se avecinan? No se preocupe porque tengo la solución. Obsequie a esa persona a la que profesa tanta manía con un ejemplar de la novela que hoy nos ocupa, “Lo que esconde tu nombre”, de Clara Sánchez, Premio Nadal 2010 y uno de los mayores truños que me he echado a las gafas en los últimos tiempos. Sólo el pensar que este despropósito es colega, por ejemplo, de “Nada” de Carmen Laforet, en tanto que ambos títulos consiguieron el prestigioso galardón, me hace abominar de estos concursos más que de ‘El juego de tu vida’.

Lo confieso, piqué como un tailandés, me ilusioné como un luso iluso cuando leí la breve reseña donde se contaba que la novela iba de nazis ocultos en España, de su historia, de sus nombres y avatares, de sus cazadores y de sus devenires. Incluso, teniendo como tengo, alguna historia particular con uno de estos refugiados que fueron de lujo, y aprovechando las oportunidades que nos brinda la Red para comunicarnos con los autores, imaginé lo interesante que podría ser el establecer contacto con la propia Clara Sánchez, comentarle mis inquietudes, alabar su trabajo, quedar —¡¿quién sabe?!— con ella en alguna de las exclusivas cafeterías que frecuento, iniciar tal vez algún romance, culminar con un hijo el fruto de nuestro amor… ¡ah, es tan fácil y tan grato dejarnos ganar por las ensoñaciones…! Pero al cabo, y tras leer la novela, tengo la certeza de que nada de esto se producirá.

No. Nada de lo que me imaginaba sucede en el libro, un endeble thriller en el que en ningún momento, ni personajes, ni situaciones ni diálogos ofrecen las mínimas dosis de credibilidad exigibles a la ficción. Estructurada la novela en dos voces narrativas que se van sucediendo por riguroso turno: Julián, Sandra, Julián, Sandra, Julián, Sandra… etc. lo ameno de la redacción no excusa que, en vistazo general, se eche de menos a un Renault Cuatro Latas corriendo a toda pastilla por una urbanización playera mientras suena de fondo una musiquilla de dabadabadá. Exacto: Y es que la novela, en conjunto, parece una película de los años 70 rodada en Torremolinos. O para resumir en metáfora visual, una olla llena de cientos de agujeritos por donde se escapa toda el agua de la historia.

Julián, octogenario, republicano español residente en Buenos Aires y antiguo prisionero en el campo de Mauthausen, regresa a España para concluir su oficio de cazanazis desenmascarando a los miembros de una pequeña colonia radicada en algún punto de la costa mediterránea. Allí es donde conocerá a Sandra, la otra protagonista, muchacha que trata de ordenar su vida pasando unas vacaciones solitarias; su embarazo será la indirecta causa que la lleve a contactar con el grupo de antiguos SS y que la hará nexo entre ellos y Julián. Dicho así, el planteamiento de la novela podría resultar incluso interesante. Así me lo pareció hasta… hasta… hasta la página 20 más o menos, que fue cuando me convencí de que aquello que se presentaba ante mis gafas era una calamidad insostenible.

¿Qué cómo siendo la novela tan mala (créanme, es una novela muy mala) he llegado a concluirla? Pues muy fácil, utilizando un método infalible: Co-mi-fi-cán-do-la. Haciéndola cómica. Esto es, convirtiendo lo pretendidamente serio en un puro disparate por el sencillo medio de cambiar las caras a los protagonistas. Me explico: Si en un principio imaginé que al vejete Julián podría encarnarlo a la perfección el omnipresente actor argentino Federico Luppi, no tardé en cambiarlo por el que fue genial cómico italiano Totò… y si Sandra, la inestable muchacha embarazada, me pareció a las primeras de cambio una de esas actrizuelas de serie televisiva patria, la bifurqué dependiendo la escena, o en la Lina Morgan más casposa de los tiempos del susodicho dabadabadá, o en una pintoresca Gracita Morales con piercings y tatuajes. Fue gracias a este sencillo método como obtuve con la lectura de este engendro grandes dosis de diversión.

Concluida la novela — de la que por mucho que me esfuerce no consigo extraer nada memorable; ni una imagen, ni un personaje, ¡ni una frase!— la pregunta que surge es de las denominada de cajón… ¿cómo que el Premio Nadal fue a parar a…? Bah, bah, no sigamos; no merece la pena.
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miércoles, diciembre 08, 2010

El primo Juan, 70 años. 30 de fiambre.

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Hoy hizo 30 años que a mi primo Juan, el magnífico compositor (pero ¡anda que no hacía/decía gilipolleces la criatura!), le pegaron unos tiros. Bueno, es una historia conocida por todos y no hay que insistir en ella. Para recordarlo en su aniversario, perpetroduzco (del verbo que aúna el perpetrar con el traducir) la letra de una de sus canciones. Se trata de ‘Watching the wheels’, uno de mis temas favoritos y título que siempre encuentro traducido como ‘Mirando las ruedas’, algo a lo que no encuentro sentido. En cambio sí lo tiene considerando las ‘wheels’ como manera familiar de designar las atracciones de feria (‘Big wheel’ es la noria, por ejemplo).

Y es que estas ‘wheels’ (así lo entiendo) no son más que las atracciones, los tiovivos, que conforman con su brillo de oropel y sus lucecitas engañosas el showbusiness musical, lugar al que los amigos de mi primo Juan se empeñaban en devolverlo tras sus muchos años de silencio discográfico.

Aquí el Tubo: “Watching the wheels”

Y aquí -más o menos- la letra para ir olvidándonos del horrísono gritito de 'Imagine', fofavó:

  La gente me dice que estoy loco
haciendo lo que hago
y me da toda clase de consejos
para librarme de la ruina.
Pero cuando les digo que me encuentro bien,
me miran con extrañeza,
que seguro que no soy feliz
desde que me retiré del asunto.


La gente dice que soy un holgazán
y que desperdicio mi vida
y me advierten de todas las formas
para que me espabile
Pero cuando les digo que me gusta
contemplar las sombras en la pared
me dicen que me estoy perdiendo el gran momento
y que no siempre voy a estar en el candelero.

Aquí sentado contemplo cómo
las atracciones giran y giran,
y es que me encanta verlas dar vueltas
aunque ya hace mucho tiempo
que no monto en ese carrusel
porque tuve que dejarlo.

La gente me hace preguntas,
perdidos en su despiste
y les digo que no hay problema,
que lo mío son soluciones.
Pero sacuden la cabeza y me miran
como si me hubiera vuelto loco
Así que les digo que no hay prisa
que sigo aquí sentado haciendo tiempo.


y contemplando cómo
las atracciones giran y giran,
y es que me encanta verlas dar vueltas
aunque ya hace mucho tiempo
que no monto en ese carrusel
porque tuve que dejarlo.
Tuve que dejarlo.
Tuve que dejarlo...
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jueves, diciembre 02, 2010

Damero Mardito, nº 20 (diciembre)

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Conejo's Gate

Nuestro querido amigo y fiel seguidor damerista, Edelmiro Vizuete, nos escribe alborozado anunciándonos que por fin, tras cuatro años en el INEM y ser calificado de parado de alta duración con derecho a uniforme y a portar el Bastón de Isabel II, ha encontrado un empleo. En su caso, en unos grandes almacenes ejerciendo de Papá Noel, de ésos que sientan niños en las rodillas para escuchar sus peticiones y que se fotografían con los mismos si es que los progenitores acceden a apoquinar la pastora correspondiente.

Por todo ello, Edelmiro nos insta a facilitar cuanto antes el Damero de este mes, para llevarlo consigo y entretenerse en su resolución en los tiempos muertos que abundan en un cometido como el que deberá llevar a cabo. También nos comunica que bajo la barrigota simulada con un cojín de gomaespuma, y junto con el Damero y el boli, se proveerá de un chuchillo de los de descuartizar conejos, (Edelmiro trabajó como carnicero en Carrefour) aunque no nos desvela el uso que pueda darle. ¡Criaturitas!
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¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total, en su kiosco habitual:
El Damero del Vecindiario

Y aquí (¡alunicen! digooo ¡alucinen!) toooodos los Dameros del año:
Anuario Damerístico
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lunes, noviembre 29, 2010

"Indignación" Philip Roth

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Buena, buena novela. Buenísima novela.

Sin duda, de la escritura de Philip Roth, este menda se queda con su claro estilo, limpio y exacto, de los que prescinden de zarandajas y ese relleno de gomaespuma que convierte los libros en cojines de tresillo. Un estilo, en suma, propio de un dermatólogo; o sea, que va directo al grano (esto último, lo habrán adivinado, tenía pretensiones de chiste).

Al menos es el estilo que me ha hecho ver el intermediario entre el señor Roth y mis gafas, Jordi Fibla, el traductor. Es él, por tanto, el espejo donde se refleja (esperemos que el cristal no se haya empañado mucho) esta breve novela de poco más de 160 páginas titulada “Indignación” cuyo protagonista, un muchacho judío llamado Marcus Messner advertirá en carne propia la implacable certeza de que la voluntad de cada uno y su fábrica de expectativas, poco puede hacer frente al cúmulo de pequeñas y casuales adversidades con que el mundo y sus habitantes se empeñan en complicar la vida.

Marcus, hijo único de un matrimonio que regenta una carnicería kosher en Newark, decide alejarse de su familia para comenzar su periplo universitario en una pequeña universidad de Ohio. Sobresaliente y voluntarioso estudiante —y solidísimo personaje literario por cierto—, su determinación de hacerse abogado se verá afectada por fuerzas contrarias, que desde la simple pamplina disciplinaria a la poderosa amenaza de la guerra de Corea que en ese momento se desarrolla, con cientos de miles de chinos atacando trincheras a bayoneta calada, hacen que el vulnerable Marcus, tras continuos encontronazos de toda laya junto con la tórrida relación con Olivia Hutton, otra víctima de los valores establecidos … Y hasta aquí puedo chivar, por supuesto, para no despachurrar el libro al lector que sin duda, tras leer esta reseña, se tirará de cabeza a buscar su ejemplar.

En todo caso, y para resumir, “Indignación”, novela de iniciación al mundo adulto en la que a veces Marcus nos recuerda al Holden Cauffield de ‘El guardián en el centeno’, relata la lucha inútil del individuo aislado, la difícil integración del descreído muchacho judío y poco amigo de congregaciones y fraternidades, los cientos de absurdas contrariedades que le asaltarán en el camino que tan bien trazó y que se condensan en el undécimo mandamiento de Philip Roth, el autor de Newark (también es de Newark Paul Auster, ¿qué les darán de comer por ahí): “No te conformes, indígnate o la vida lo hará por ti”.

Para terminar, un párrafo de la casi la página final:

“¡Pero no podía! ¡No podía creer como un niño en una deidad estúpida! ¡No podía escuchar sus himnos lameculos! ¡no podía sentarse en su sagrada iglesia! Y las plegarias, aquellas plegarias con los ojos cerrados… ¡una putrefacta y primitiva superstición! ¡Locura Nuestra, que estás en el cielo! ¡La ignominia de la religión, la inmadurez, la ignorancia y la vergüenza de todo ello! ¡Lunática piedad acerca de nada! […] ¿qué alternativa tenía Marcus, qué otra cosa podía hacer más que, como el Messner que era, como el estudioso de Bertrand Russell que era, golpear con el puño la mesa del decano y decirle por segunda vez ‘Váyase a la mierda’?
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miércoles, noviembre 24, 2010

Maravillas del Mundo, 11

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In Hoc Signo Vinces


Cuando las fuerzas aliadas de la República Federal Ibérica y de Nuevas Galias, limpiaron de sediciosos la isla de Irlanda y se procedió a su repoblación con gentes traídas de Castilla-La Mancha, los primeros colonos establecidos en ella se agruparon bajo el signo de la Cruz Dioneada, que es la que había campeado en los estandartes del general Pierre Berruezo.

La popularización de esta cruz fue inmediata, y ya a finales de 2054, su venta por catálogo, que se había disparado de manera astronómica, hizo que tal objeto se convirtiera en símbolo nacional. De esta manera, cualquier viajero que regresara de la Irlanda mancheguizada, traía como regalo varias de estas cruces, de la misma manera que los que viajan a Majorka cargan con una pila de ensaimadas.

También, el halo milagroso que rodeaba a esta cruz, propició que su uso como objeto de culto traspasara las fronteras, y así, cuando en 2058 se desataron las hambrunas que siguieron al TGH (Tercer Gran Hundimiento) del continente europeo, se llegó a pagar por alguna de ellas cifras escandalosas, y aunque el mercado se colmató de falsificaciones, la gente prefirió abonar los 750 neokópecs del precio establecido por el gobierno manchegoirlandés antes que adquirir imitaciones en las tiendas de estadounidenses de las de todo a 100.

De esta manera, ladinos comerciantes hicieron que los miles de ingenuos que creían ver en la Cruz Dioneada solución a sus penurias y alivio en la enfermedad, sufragaran los gastos para construir en el mismísimo centro de Dublín el mayor Casino de Eurasia. Como años más tarde declaró en sus memorias el propio general Berruezo… “Sí; yo vi como en plena batalla una vivísima luz que descendía del cielo se posaba sobre el estandarte, dibujaba una cruz y escribía a su alrededor 'Bajo este signo vencerás’; pero vamos, de ahí a acabar todos arruinados por la ruleta y el bacarrá, me pareció un abuso del gobierno…”

(Para los despistados de última hora, recordamos que ya salió la pedefeada complet versión de ‘Merceditas, la hija del indiano’. Pinche aquí, ande, ande, y no sea tonto: Las Ediciones del Vecind(i)ario )
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viernes, noviembre 19, 2010

Merceditas se viste de limpio

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En efecto, queridos mamíferos; Merceditas, la desgraciada Merceditas, ve de nuevo la luz; pero en esta ocasión lujosamente encuadernada en pdf y con carácter interactivo siguiendo la norma del "pinche y disfrute", en un volumen que no dudamos será la joya de su biblioteca electrónica, orgullo de su dueño, admiración de las visitas, envidia de los vecinos y codiciado objeto por parte de los amigos gorrones.


¡La devoción de un padre por una hija!
¡La vida como un torrente donde las pasiones se desatan!

Merceditas, la hija del indiano

¡Almas nobles y seres abyectos!
¡Una conjura donde triunfa el amor sobre la destrucción!

Merceditas, la hija del indiano

¡Déjese seducir por las desgracias ajenas!
¡Una historia inolvidable!
¡¡¡Y con fotos!!!
 
¡Pero esto no es lo mejor! ¡Lo mejor es que se puede conseguir de manera absolutamente gratuita! ¡gratis total! ¡por la patilla! ¡por la jeró!

-¿Dónde? ¿dónde? ¿dónde?

-Pues como siempre, hombre; pinchando aquí, alma de cántaro: Merceditas en el Vecindiario

(Recordamos al Club Oficial de Seguidores de este blog, que todos ellos recibirán su ejemplar debidamente dedicado y firmado por el responsable. Sólo pedimos un poco de paz y ciencia.)
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miércoles, noviembre 17, 2010

Solución al Damero Mardito, nº 19 (noviembre)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº19, noviembre), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.


"Ese libro abierto y cualquiera que quedará abierto sobre mi mesa cuando yo deje de leer o lea hacia dentro, como los muertos, ese mi libro póstumo, que no lo toque nadie."

A. Ubérrimo
B. Meteoro
C. Boyero
D. Requiem
E. Ababol
F. Ladealo
G. Ulcerado
H. Noquee
I. Salmodie
J. Ermita
K. Repique
L. Deo
M. Escotado
N. Libraco
Ñ. Esquilo
O. Juche
P. Astuto
Q. Nodo
R. Inquina
S. Ayes
T. Semestre

Acróstico: Umbral "Un ser de lejanías."
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lunes, noviembre 15, 2010

Placeres Mundanos

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Jabalí con castañas: Papeándonos el otoño.
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Estarán de acuerdo en que para cocinar este plato es de principalísima importancia la participación de un jabalí, aunque, de entrada, el animal muestre poca disposición a colaborar. Otrosí, se comprende que conseguir carne de jabalí en depende qué territorios y qué épocas, puede ser complicado, por lo que sugiero que en tal caso se sustituya el hirsuto bicho por negro gorrino ibérico… y si tampoco tenemos ibérico a mano, pues cochino blanco… y si tampoco, pues contacten Uds. Con Obélix… y si tampoco… ¡pues se fríen un huevo y le echan por lo alto las castañas! ¡joder con la gente!

En fin. Lo cierto es que el que esto escribe tiene la suerte de tener un cuñao como el que tiene, o lo que es lo mismo, el mantenedor de este sorpresivo blog que les presento: Cerro Del Hierro Fue por medio de él que pude conseguir un kilo de lomo y jamón de jabalí de primerísima calidad. Jabalí que siempre se presenta empaquetado y congelado, cosa que tiene al menos dos ventajas: una, que el frío mata todos los bichos; la otra, que la congelación rompe fibras y ablanda la ciertamente dura carne montaraz.

Pues bien, con el jabalí ya en nuestro poder y una vez descongelado, procederemos a trocearlo en paralelepípedos como de a mordisco, ya saben. Luego, en un recipiente de buena capacidad, maceraremos el kilazo de carne con los siguientes ingredientes: Vino tinto hasta cubrir, un buen chorreón de whisky, dos hojas de laurel, dos guindillitas, cuatro o cinco dientes de ajo sin pelar pero sajados, pimienta negra en grano, dos ramitos de romero y otros dos de tomillo. En este adobo, la carne debe permanecer al menos 24 horas.

De castañas emplearemos como tres cuartos de kilo, que pondremos en remojo durante un par de horitas una vez que a todas ellas le hayamos hecho una incisión en las respectivas barriguillas (fig. 1)

Por otro lado picaremos muy menudas dos buenas cebollas y tres o cuatro zanahorias (fig. 2), que llevaremos a la sartén para sofreírlas. Una vez listas las haremos habitar en el fondo de una olla exprés y que allí aguarden a las visitas.

Secaremos con papel de cocina la carne de jabalí (fig. 3), salpimentaremos y doraremos a fuego fuerte (fig. 4). Acabado lo cual, la echaremos en la olla junto con el adobo (sin el romero y el tomillo, ojo) y añadiremos hasta cubrir caldo de carne (avecrem si llevamos prisa). ¡La sal, que no se olvide la sal! Cuando el pitorro de la olla comience a silbar contaremos media horita.


Mientras tanto iremos soasando castañas, que tras el remojo se presentan gordas y lustrosas (fig. 5). Puestas por turno en un plato, dos minutos en el microondas a toda máquina son suficientes como para que la cáscara y la piel se desprendan sin demasiado engorro.

Así peladitas (fig. 6) las añadiremos al guiso y dejaremos cocer el conjunto a olla destapada hasta reducir fluidos pero sin dejar que las castañas lleguen a deshacerse. Rectificamos de sal si es preciso. Finalmente, completaremos el estofado con un popurrí de setillas de bote (y mejor de sin bote para el que las tenga a mano) donde hay unas así naranjitas y pequeñas que están deliciosas pero que desconozco el nombre (fig. 7). Esto de las setas es más que nada para acrecentar el aire otoñal del plato, vamos.

Como guarnición nada mejor que unas patatas fritas, pero cortadas en generosas tajadas y con piel, algo así como las patatas DeLuxe del McDonald’s pero sin niños dando por culo alrededor (fig. 8)

Finalmente, y ya con el fotógrafo con más hambre que un caracol en la vela un barco, el soberbio aspecto del guisote emplatado es tal que éste, ¿cómo lo ven?:

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viernes, noviembre 12, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 16 (¡Final!)

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Capítulo 16

“… y que el incendio culminase la destrucción consumiéndose por sí solo.”
(del capítulo anterior)

   Llegó la mañana y con ella, una de esas lluvias de abril que se deshilachan en fino aguacero, pero que en aquella ocasión fue suficiente como para dar término a lo que horas antes fuera pavoroso incendio. Sobreponiéndonos a la adversidad, el grupo que formábamos unos cuantos temerarios desafiamos el peligro de los derrumbes, e internándonos entre los escombros de lo que fue airosa casona de don Julián, pues de todas las llamas aún no se había extinguido la de nuestra esperanza, dimos comienzo a la búsqueda de Merceditas. Dantesco cuadro el que se ofreció a nuestros asombrados ojos. Las paredes maestras y las vigas formaron en su caída la geometría del irreal mundo que debimos explorar, atosigados los alientos por las fumarolas. Reducidos a cenizas, los ricos tapices y los damascos, las arañas de cristal, el distinguido mobiliario, mostraban cuánto fue su esplendor y cuánto era ahora su estrago. El soberbio piano de donde tantas bellas melodías nacieron, desparramaba sus teclas en el ennegrecido suelo como los dientes caídos de un animal prehistórico haciendo compañía a los admirables cuadros y los destruidos divanes. Aquellos muros que desprecio al aire fueron, yacían derribados sobre los entonces floridos patios, donde era ahora el amarillo jaramago quien publicaba la ruina. ¡Oh, hados, cómo poder soportar la afrenta de vuestros caprichosos reveses!

Sustrayéndonos a estas evocaciones de marcado lirismo, la llamada de un adelantado hizo que nos dirigiéramos a lo que fue antigua carbonera. Allí, tras la desvencijada puerta que se batía deshecha sobre los goznes, descubrimos para nuestro horror la sobrecogedora estampa que componían dos cuerpos, que abrazados y abrasados, parecían buscar un último e inútil gesto de protección. Apenas reconocibles por el furor con que con ellas cebáronse las llamas, Marijuli y su compañera de vigilancias, habían encontrado la más terrible muerte en el recinto donde fueron olvidadas. Aquella visión nos produjo hondo pesar, y aunque criaturas abyectas, merecieron por nuestra parte el homenaje de una postrera oración por sus almas.

Después y sin perder más tiempo, continuamos un ascenso a los infiernos en tanto que dimos con unos tramos de escaleras cuyos peldaños, retorcidos por el fuego sus mamperlanes de bronce, nos permitieron acceder a lo poco que quedaba de la planta principal. ¡Oh, amigo! El salón que fue escenario de bailes y saraos, el que guardó los ecos de las palabras galantes, el que albergó tanta dicha, era ahora covacha de tizones y refugio de la desolación. Mas ¿seré capaz de describir lo que allí hallamos? No, nunca sería posible, porque el lenguaje humano muéstrase incompetente herramienta al usarla para este cometido. ¡El horror! Jamás conocerás el significado de esta palabra si no viste aquel cuerpo calcinado que en extraño escorzo, tal un sarmiento hecho carbón, representaba el más extremo sufrimiento. El tabique caído que fue inclemente cortina descorrida, nos dejó ver lo que oculto estuvo, las cadenas y los grilletes con que se aherrojó a la desgraciada. ¿Cómo aquella deforme materia fue belleza en otro tiempo, cómo asociar la risa cristalina o la gracia de unos hoyuelos a aquel espanto irreconocible? No se detuvo nuestro padecer, pues a sus pies, compartiendo el breve espacio de lo que fue improvisada mazmorra, emparedamiento fatal, lóbrega alacena, yacía el cuerpecillo igualmente calcinado de un recién nacido al que el fuego, como en última burla, había respetado los ojos, los que abiertos nos miraban aterrados. Una mancha blanca velaba uno de ellos.

El desmayo vino a auxiliarme y sin sentido caí al suelo. Cuando recobré la conciencia halleme en mi cama al cuidado del médico y de mis padres. Durante cuatro días había sido preso de fiebres que me llevaron al delirio y a las más terroríficas alucinaciones. Jamás fui el mismo desde entonces y aunque han transcurrido casi diez años desde que la desgracia se cernió sobre nosotros, vuelvo a ser víctima de aquellos recuerdos terribles y la locura me atenaza de nuevo cuando en la víspera de San Abundio resuenan en el pueblo los lamentos inconsolables y fantasmagóricos de Merceditas, que acompañados del llanto de un niño, parecen surgir de entre los muros derruidos en atroz pesadilla que vivirá con nosotros para siempre”.

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Ya iluminaba el gas de las farolas las primeras calles del pueblo cuando terminamos el paseo. Mi amigo B., que desde la conclusión de la historia, no había vuelto a despegar los labios anegose en amargas lágrimas y, asaltado por temblores, aceleró el paso hasta ganar las puertas de su casa. En mi habitación, aquella misma noche, di comienzo a esta crónica, fiel reflejo de todo cuanto me contó. Si no fuera así, otro la cantará con mejor plectro.

F    I    N


Próximamente en esta pantalla, se facilitará de manera gratuita a todos los visitantes la versión completa y operativa, encuadernada en lujoso pdf y con incrustaciones de jpg, del hoy concluso folletín “Merceditas, la hija del indiano”. Asimismo, anunciamos a las sras. y sres. que conforman nuestro distinguido grupo de ‘Seguidores’, que recibirán en sus buzones particulares su ejemplar dedicado y firmado por el perpetrador... y es que ¡estamos que tiramos la casa por la ventana!
Manténganse atentos.

miércoles, noviembre 10, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 15 (penúltimo)

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Capítulo 15


“—¡Fuego! ¡Fuego en la casa de don Julián!”
(del capítulo anterior.)

   No hizo falta más para que el pánico cundiera entre los presentes, mujeres y hombres, madres y padres que no dudaron en abandonar a unos hijitos, que aún en plena carrera, brincaban como saltamontes.

Apostados frente a la fachada vimos que, en efecto, algunas tímidas llamas aparecían en una de las ventanas superiores para, con rapidez, ir ganando intensidad y fuerza en la propagación. Oh, allí fue Troya y el caos más completo surgido de una lamentable conjunción de adversidades. Los asustados vecinos se presentaban con cubos de agua medio vacíos a causa de tanta precipitación, nada se supo del carro municipal de bomberos hasta que más tarde alguien informó que las dos burras que lo tiraban estaban pariendo con ayuda de don Lope Molina, el veterinario. Las inútiles idas y venidas, el agua que no llegaba y que cuando lo hacía era para derramarse a los pies de quien la portaba, los caballos que finalmente fueron enganchados al carro de bomberos y que de nada sirvieron pues se había extraviado el pitorro del depósito, facilitaron antes que impedir, el progreso de las llamas que ya lamían los pisos superiores provocando el derrumbe de las vigas en un estruendo infernal. La densa humareda y la lluvia de pavesas que sobre nosotros caía, ocultaba la visión de lo que dentro sucediera mientras el siniestro cobraba una magnitud frente a la que nos sentíamos perfectamente impotentes.

Convertidos en meros espectadores del desastre, algunos siguieron los rezos colectivos que organizó un don Eusebio en camisón de dormir aunque con bonete, mientras que otros nos dábamos a las más negras meditaciones, forzados por el horror a ocultar nuestros rostros. Triunfador, el fuego ampliaba su imperio anunciándolo con el estallido de los vidrios y los nuevos derrumbes hasta que, cuando creíamos imposible mayor estrago, una figura apareció en la balconada principal, único elemento aún respetado por las llamas. El clamor que recibió a aquella visión de tintes espectrales venció por un momento el crepitar del incendio. ¡Era don Julián! Sí, un don Julián que semejábase llegado del averno o de pasar años en una isla desierta a juzgar por los harapos que lo cubrían, por sus uñas como garras y por la larga melena y barba que hacían de su imagen, con las llamas como fondo, la de una salvaje deidad. Poco duró la sorpresa porque al momento, abriendo los brazos, y cuando ya las lenguas de fuego prendían sus cabellos convirtiéndolo en antorcha humana, clamó con una voz que parecía surgir por su potencia del centro mismo de la Tierra:

—¡¡Mirad!! ¡¡Mirad todos cómo muere el más desgraciado de los hombres!!

Acabado de decir lo cual, arrojose por el balcón como uno de esos héroes mitológicos que encontraban en la propia muerte alivio final a su menoscabo. Pero incluso la suerte dióle la espalda en el postrer momento, pues no advirtió el toldo de gutapercha de un comercio establecido en la planta baja y que, milagrosamente intacto, actuó como trampolín, siendo así que el cuerpo de don Julián, tras rebotar en él, dibujó en el aire una trayectoria parabólica y haciendo un extraño volatín, vino en el descenso a abrirse la cabeza contra la campana fija del carro de los bomberos. ¡Oh dioses, de qué pérfida manera dispusisteis los astros esa noche para hacer que la escena terrible fuera grotesco remedo de un número circense!

Fueron inútiles las atenciones y cuidados que se le dispensaron. Ni tan siquiera pudo escuchar las palabras confortadoras de un arrodillado y contrito don Eusebio, pues en segundos y entre convulsiones y espumarajos, don Julián entregó el alma sobre el encharcado suelo, bajo las patas de unos caballos que relinchaban de terror. Mas sorprendionos luego que entre tanta desventura, nadie se ocupase de la suerte de Merceditas. Fue vano cualquier esfuerzo, pues los bragados hombres que intentaron penetrar en el interior de la casona eran prontamente arrojados de nuevo a la calle por el humo y el fuego, y fue así que no quedó más que esperar al amanecer y que el incendio culminase la destrucción consumiéndose por sí solo.

(Continuará)
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lunes, noviembre 08, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 14

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Capítulo 14

—¡Jaarl, me maaten! Pobrecica la señorita paya… Cuando la encontramos en la caseta... Le habían dao pol delante y pol detrás...
(del capítulo anterior)

   Un castillo que, poderoso, gozara de la fama de los hombres, para que luego, abandonado y tomado por las zarzas, fuese cayendo en el olvido haciendo de su recuerdo una leyenda, fuera tal vez espléndida metáfora de cómo desembocó todo en el más negro episodio. Nunca más desde entonces se nos dio a contemplar aquella cabellera que fue río de azabache ni el fulgor verde de sus ojos. El coral de su boca, el terciopelo de su mejillas, su ebúrneo cuello, la grácil curvatura de su nuca, la nieve de sus manos... todo, todo, nos fue arrebatado para siempre aquella aciaga mañana, pues oculta quedó Merceditas en la sepultura enorme de la casona. Mas, ¿y don Julián? El arcano que representa la mente humana se resolvió en su caso en un retiro voluntario que lo llevó igualmente a la clausura más extrema, traducida en el tabicado de ventanas y la cerrazón de puertas y postigos.

Vanas fueron las embajadas de don Eusebio, del alcalde, o de las Reverendas Madres Abundinas, pues ni una sola palabra consiguieron de don Julián salvo el pasquín que, para sorpresa de todos, apareció una mañana claveteado en el portón. El mensaje, por breve, no fue menos demoledor: "Hemos muerto". Desde entonces, un grave silencio fue todo cuanto pudimos ofrecer y hasta don Sixto, el teniente, abstúvose de intervenir en respeto a la figura del indiano. El pueblo, fiel reflejo de todo cuanto disponía don Julián, quedó sumido en la tristeza, y los sueños de alcantarillados y ferrocarriles desvaneciéronse para todos como pompas de jabón.

Tampoco nos fue dado el paliativo de la detención de los culpables, pues la intensa búsqueda que se practicó sobre todo el término municipal, amén de la colaboración que se obtuvo de las autoridades provinciales que ampliaron el rastreo a toda la región, no arrojó resultado alguno. Viajeros hubo que confesaron haber visto al "Empañao" disfrazado de trujamán acompañado de un mono de poderes adivinatorios. Otros, en cambio, juraron haberse topado con él en el puerto de Marsella o en el establecimiento de un tallista de diamantes en Amberes , y así lo vieron en tantos lugares y ejerciendo tantos oficios que fuera santo por su don de la ubicuidad. En cambio, de Teresa la Liebre nada se supo, aunque hubo quien sostuvo que los huesos que aparecieron entre los escombros del lupanar de María la de los Ratones, eran los suyos y no los de un macho cabrío como aseguraba don José Puentes, nuestro médico.

Después, el tiempo, se encargó de llevar a cabo su implacable cometido y en el otoño, la caída de las hojas, escena tan evocativa para nosotros los poetas, acompañó a las otras hojas caídas del calendario. Sucediéronse los días y las semanas hasta que tuvimos la certeza de que la clausura absoluta a la que se obligó don Julián sería perpetua. Los alimentos y el carbón que el indiano atesoraba en los sótanos, junto con el agua de las muchas fuentecillas que ornaban los patios, podrían mantener el retiro durante largos años, pero esta seguridad, antes de consolarnos nos hacía estremecer, como los lamentos que en las noches del invierno que luego llegó, surgían fantasmales de la casona: "¡Padre! ¡Padre! ¡Detén este tormento!". Pobre Merceditas, pobre don Julián y pobres todos. La desdicha, irremediable, se había establecido en nuestro pueblo.

El arribo de la primavera fue aquel año recibido con indiferencia. ¿Qué de las caras alegres que antes anunciaban las vísperas de San Abundio, qué de la felicidad de nuestras gentes cuando el pueblo todo ardía en fiestas y sus calles se engalanaban para celebrar a nuestro santo Patrón? No fue difícil acatar la orden del alcalde de suspender los festejos salvo la excepción —oh, inocentes criaturas, felices en su inopia infantil— de las carreras de sacos que se organizaban para la chiquillería. Disimulando ante los pequeñuelos la amargura que representa el vivir, se procuró su contento y si en otras ocasiones cuatro o cinco carreritas componían la justa, aquel año subió su número a más de cincuenta, por lo que las competiciones se alargaban hasta bien entrada la noche.

Fue durante el desarrollo de una de ellas cuando hasta nosotros llegaron las voces de alarma que parecían venir de la calle Real, la misma donde se situaba la casona del indiano. Voces que en un principio sonaban confusas, pero que a medida que se acercaban a la plaza, se hicieron nítidas en terrible exclamación:

—¡Fuego! ¡Fuego en la casa de don Julián!

(Continuará)
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viernes, noviembre 05, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 13

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Capítulo 13

…la mona que delante de ellos marchaba, detuvo por un momento la pedrea inclemente.
(Del capítulo anterior.)

   Permíteme —continuó mi amigo—, que califique de mayúscula la sorpresa que todos recibimos, pues la criatura que cubierta con una manta de la cabeza a los pies, y que creíamos tratarse de un oso o de algún otro animal amaestrado de los que acostumbran a llevar con ellos los zíngaros, no era otra que la propia Merceditas Tárrega. Este descubrimiento soliviantó aún más los ánimos, y poco hubiera valido la vida de aquella despreciable tribu si no lograran hacerse entender. El más viejo de ellos, jinete de un destartalado velocípedo, consiguió explicar ante un don Julián que a bofetadas se abría paso entre los congregados, que habían encontrado a la niña, desnuda y desmayada, en el interior de una abandonada caseta de peón caminero a cierta distancia del pueblo, y que su cometido no era otro que hacer entrega de la desdichada a sus familiares.

Comunicada la noticia, cayó de rodillas el indiano como una estatua colosal que se desmoronase, para seguidamente fundirse con su hija en un abrazo protector. La chiquilla tiritaba, y anegada en llanto e incapaz de hablar, escondíase toda en los brazos de su padre formando ambos el conjunto más desgraciado que imaginarse pueda. Entre todos remediaron la desnudez de Merceditas cubriendo sus carnes con gabanes y toquillas como si escondiendo el cuerpo se hiciera más liviana la tragedia. El corro que rodeaba la escena permanecía mudo y expectante, aguardando las órdenes que no tardó en dictar el indiano. Incorporose, y haciendo alarde de la sangre fría que ya quedó citada, don Julián Tárrega compensó a los zíngaros haciéndoles entrega de unos billetes que sacó del bolsillo. Luego, interrumpiendo el silencio que sobre todos se cernía y que destacaban aún más los tristísimos lamentos de Merceditas, la voz de don Julián retumbó como un trueno:

—¡¿Quién ha sido?!

Merceditas, hecha un ovillo sobre los adoquines y centro solitario y perfecto de aquel círculo cada vez más amplio que formaban los curiosos, asomó su rostro tumefacto por entre las negras guedejas para exclamar con voz contrita:

—¡"El Empañao", padre...! ¡Teresa y "el Empañao"!

No acabó de decir esto cuando de las gargantas de todos brotaron los más rabiosos denuestos mientras se agitaban al aire las improvisadas armas. Pero don Julián, al que sólo importaba conocer los nombres de labios de su hija, ordenó el silencio con gestos imperiosos y dirigiéndose a don Sixto, el teniente de carabineros, dijo:

—Sólo a usted corresponde encontrar a esos maleantes. Ponga a sus hombres a trabajar, y que los demás vuelvan a sus casas. Aquí no ha pasado nada, señores.

Vivo contraste ofrecía la calma de don Julián y el triste estado de Merceditas. ¿Movíalo la piedad para con su hija? ¿acobardose acaso por unas circunstancias que a cualquiera hubieran vuelto orate? No por cierto, pues, terminada su ayuda por incorporar a la chiquilla, don Julián, con el mandato incontestable de su voz y comprendiendo que a todo aquel pandemonio habrían ayudado las veleidades de su hija, agarróla de los cabellos y a rastras y dándole de bastonazos como a una acémila tras despojarla de ropas, cruzó la plaza sin ahorrarnos la vergonzante visión de su cuerpo desnudo. Nadie osó decir palabra y embargónos el respetuoso silencio que siempre debe acompañar las acciones de un hombre de bien que vela por su honor. Los gritos de Merceditas, que a tirones de pelo era introducida por el portón de su casa, llenaron la atmósfera con el siempre antiguo eco de la deshonra irreparable. Nuestra mudez se vio quebrada luego por las palabras de una de las zíngaras, que meditabunda y estatuaria como una sibila de bronce, también contemplaba la escena:

—¡Jaarl, me maaten! Pobrecica la señorita paya… Cuando la encontramos en la caseta... Le habían dao pol delante y pol detrás...

(Continuará)
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miércoles, noviembre 03, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 12

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Capítulo 12

…acabó por arrojarlo al barrizal de una cochiquera.
(del capítulo anterior.)

   No se dejó de registrar ningún rincón en aquel caos de movimientos y griterío donde se alzaban colchones y se rompían muebles con el furor exacerbado de unos visitantes que no encontraban el objeto de su búsqueda. De nada servían los ruegos y juramentos de María la de los Ratones, que corría de un sitio a otro tratando de impedir el estropicio de las botellas, los vasos, las tinajas y los espejos, que hechos añicos multiplicaban con sus reflejos la devastación.

Fue la Pitusa Dolores la que con esfuerzo pudo hacerse entender, pues la sangre que borboteaba de su nariz rota por un bastonazo, apenas le dejaba articular palabra. De su boca salió el nombre de Aurelio "el Empañao", gritado sin fuerzas desde el suelo. Con el precioso dato en su poder, don Eusebio, en un aparte con doña María Luisa del Peral —una de las más furibundas componentes de la Damas Católicas— accedió a la orden que dictara tanto la señora como Sor Gervasia allá en el convento. Fue de esta manera como el serrín empapuchado de alcohol que cubría el piso convirtióse en el combustible ideal para dar inicio a un fuego purificador que en poco tiempo dio lugar a los estragos completos de un incendio que todos pudimos contemplar satisfechos en el exterior. En pocos minutos, el despreciable negocio de María crepitaba entre soberbias llamaradas mientras las meretrices eran perseguidas a palos por un iracundo mocerío arrepentido sin duda de haber dilapidado su dinero en infames orgías.

La alta columna de humo, la misma que en la lejanía divisaron los viajeros de la diligencia, antes de representar un final, fue prólogo y acicate para que aquella hueste tornase al pueblo para proseguir la búsqueda.

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El conocer la implicación de Aurelio "el Empañao" en el desaguisado, llenó a muchos de gran preocupación, pues si la desaparición de Merceditas pudo parecerles al principio una banal rebeldía de chiquilla, el nombre del buhonero unido al de Teresa la Liebre, convertía el suceso en verdadero escándalo al tintarlo con las más siniestras sospechas.

Parecida situación a la del burdel repitiose en la fonda donde acostumbraba a alojarse "el Empañao", aunque las pesquisas fueron vanas en tanto el posadero, hombre honrado y de gran prestigio entre los vecinos, jurase que el perseguido no había pasado allí la noche. Empero, las agitadas turbas, la chusma que en toda revuelta se da cita, aprovechó la oportuna conjunción para asaltar las corralizas y, como marea ingobernable, hizo objeto de pillaje la tartana del buhonero antes de que ésta fuera consumida por las llamas. El espectáculo —siguió diciendo mi amigo B.— que todo ello ofrecía era inenarrable. La más baja estofa de la villa no dudó en organizar con los tejidos y abalorios un grotesco carnaval contra el que nada pudieron hacer las llamadas al orden de don Eusebio, don Sixto el teniente, y otros principales miembros del cívico destacamento. Desperdigados por las calles, vociferantes y desatados de cualquier disciplina, el vecindario mostraba la horrísona visión con la que fueron a encontrarse don Julián Tárrega y sus compañeros comisionados nada más apearse de la diligencia.

Sobrepuesto a los mil avatares de la vida, había aprendido el indiano que la sangre fría era la mejor arma para luchar contra la adversidad y que si antes imaginaba ferrocarriles y fábricas, parecía no costarle esfuerzo ahora tener la cabeza en su sitio pese al revés con que era herido por el destino. Frente a la congoja que mostraban todos y sobre el desorden que se había apoderado del pueblo, don Julián mantenía la calma de espíritu. Él mismo fue quien, despojándose del ceremonial chaqué y quedándose en mangas de camisa, trató de organizar pequeños grupos al frente de los cuales dispuso a personas respetables para iniciar las batidas que concluyeran con el hallazgo de Merceditas. Pero nada de esto fue necesario finalmente, pues a poco de iniciar la búsqueda, la multitud que se reunía en la plaza pudo divisar cómo hacia ella se dirigía una tropilla de lo que parecían ser zíngaros. En efecto, adivinose al rato que aquellas gentes de colorista atavío eran egipcianos, por lo que, ante la comprensible ofuscación de los congregados que relacionaron desde siempre al buhonero con la gitanería y deseosos de encontrar culpables, fueron recibidos por una lluvia de piedras que a punto estuvo de hacerlos huir, pues ¿qué se puede esperar de individuos de una raza tan proclive al latrocinio y más en momentos tan delicados? Mas las señales de alarma junto con los aspavientos que hacía la mona que delante de ellos marchaba, detuvo por un momento la pedrea inclemente.

(Continuará)
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lunes, noviembre 01, 2010

Damero Mardito, nº 19 (noviembre)

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Don Juan, don Juan, la puntita nada más…


Hubo de antiguo la tradición de representar el Tenorio en los teatros patrios en cuanto arribaba el fúnebre noviembre. Tal moda está en la actualidad —lástima porque ¡cuán gritan esos malditos!— extinguida en la práctica, y sólo algunos grupos de entusiastas aficionados se atreven con lo de la escena del sofá, las apuestas tabernarias, la conversación con espectros y demás rancísimos y ripiosos momentos de la antigualla. En todo caso —o tempora, o mores! como diría Belén Esteban— no deje Ud., que al igual que la obra zorrillesca, se consuma su moderna costumbre de resolver el Damero mensual.

¿Dónde conseguirlo? Pues como siempre, gratis, en su kiosco habitual. Aquí:
El Damero del Vecid(i)ario.
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viernes, octubre 29, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 11

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Capítulo 11

(—Don Julián, su hija de usted, la señorita Mercedes… ha… ha desaparecido.)
del capítulo anterior.


   Apenas el sol despuntó sobre los tejados provocando el gorjeo de los pajarillos que saludaban al nuevo día, comenzó una jornada, que de intuirla, Apolo detuviera su carro para siempre y así, la noche, como negro velo de luto, habría acompañado mejor la serie de sucesos que luego acontecieron.

Fue en horas tan tempranas cuando dos monjitas Abundinas atravesaron la callejuela que separaba su convento de la mansión de don Julián. Su cometido no era otro que relevar a la pareja de muchachas que habían quedado al cuidado de Merceditas. Escandalizolas mucho que tras llamar al portón las recibiese una pitañosa Marijuli, que bostezante y despeinada, mostraba en sus ojeras la huella indudable de las más torpes actividades. La visión de las Reverendas Madres, que despertábala sin duda de un sueño depravado, hizo que sustituyera sus indolentes gestos por una alteración del ánimo que la llevó a tartamudear, tal fue el terror que se apoderó de su persona. Asustadas también, las monjitas penetraron en la casa hasta toparse con la imagen que mujeres de tan alta virtud no deberían haber visto: el aire viciado por el tabaco, el olor del alcohol que aún emanaba de las copas vertidas sobre la mesa y, sobre todo, el ver a la compañera de Marijuli amodorrada en una otomana y cubierta apenas su desnudez por un mantón floreado, turbaron de tal manera a las monjitas, que tras bajar de las habitaciones superiores sin encontrar rastro alguno de Merceditas, no dudaron en desceñirse las correas de los hábitos para fustigar con la mayor furia a aquellas dos desvergonzadas.

Gritos, ayes y lamentos llenaron la estancia, sin que ningún trozo de piel de las perdidas dejase de ser lacerado por el cuero. Necesitaron de toda su fuerza las Hermanas para arrancar de aquellas hijas de Satanás el secreto de la pasada visita de Teresa la Liebre, desvelado el cual, las maritornes fueron encerradas en la carbonera mientras que ellas, presurosas, se dirigieron de nuevo al convento para dar cumplida información de lo acaecido a la Madre Superiora.

Sufrió mucho Sor Gervasia y a punto estuvo de costarle un síncope tamaña noticia, pero, mujer que no se amilanaba ante las adversidades, decidió llamar a capítulo a don Eusebio y a otras fuerzas vivas, para después del conciliábulo, tratar de remediar la situación con la premura que marcaba el regreso de don Julián. Agitados todos, decidieron encaminarse al lupanar de María la de los Ratones para buscar allí a la culpable del despropósito y a sus posibles cómplices con el sigilo que marcara una delicada gestión. Pero todo aquel movimiento no podía pasar desapercibido, y ya en la calle, la noticia —continuó mi amigo B. con un afortunado símil— corrió con la velocidad con que el fuego discurre por un reguero de pólvora. En poco tiempo, el pequeño grupo que inició la marcha hacia el burdel de María, se fue nutriendo tanto de curiosos como de elementos que ante la gravedad del caso creyeron tener al fin justificación para la destrucción apocalíptica. A todo ello contribuyó la facundia de don Eusebio, que a cada poco deteníase para lanzar ardientes soflamas, las cuales, junto con las consignas de las Damas Católicas de la Misericordia, enaltecieron el ánimo de los congregados hasta la catarsis que finalmente se produjo. Organizada la horda e improvisado el armamento, la distancia se cubrió al paso que marcaron los dos carabineros puestos en vanguardia.

A esas horas todo era silencio en el lupanar. Las allí alojadas, tras una más de sus noches de lujuria, dormían el sueño de la molicie sin que sus pútridos corazones pudieran adivinar que en pocos momentos se encontrarían todas huyendo como conejos por las rastrojeras. Así sucedió, pues el improvisado somatén a poco de derribar la débil puerta de entrada, penetró como tromba en la infame casa solicitando a grandes voces la presencia de Teresa la Liebre. Nada se obtuvo ni nada se obtuviera, pues pudieron constatar todos que ni la pérfida criada ni Merceditas estaban allí, pero llegar a esta conclusión no fue fácil. Antes, los garrotes y hasta las sombrillas de las señoras, hablaron con el convincente lenguaje de los golpes y una a una, las perdidas, con María en primer lugar, recibieron en sus carnes el castigo a tanta sevicia. Ni siquiera el tío Borrico, el viejo organillero, se salvó de la justa ira de la enaltecida tropa, que tras asenderearlo, acabó por arrojarlo al barrizal de una cochiquera.

(Continuará)
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miércoles, octubre 27, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 10

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Capítulo 10

(En la noche oscura, las chispas que del adoquinado arrancaron los cascos de la yegua, fueron las estrellas que faltaban en el cielo.)
del capítulo anterior.


   ¡Oh, alma humana! Albergue de proyectos y de ansias por trascender, cobijo del sueño por permanecer en la memoria de todos, ejecutora de esos impulsos que llevan a que nuestro nombre se asocie a grandes obras. Nada existe comparable a esa superior lucha donde sólo unos pocos son señalados en la victoria. Oh, un alma así —continuó mi amigo B.— era la de don Julián Tárrega; alma cuya impronta y recuerdo sobreviviría a las generaciones.

Sabiéndose triunfador, ¿cabría explicar el entusiasmo que experimentaba todo su ser la mañana en que volvió de su viaje a la capital? Sentíase ufano, gozoso del éxito de aquella comisión que no sólo había conseguido del Gobernador la promesa firme de implantar en nuestro subsuelo una nueva red de alcantarillado, sino que había dado su palabra de considerar nuestro pueblo como apeadero en la futura línea de ferrocarril. Ante la noticia, difícil de asumir por su desmesura, el resto de miembros comisionados —el alcalde, don Artemiso Gaudiel ; don José Puentes , el médico homeópata; y don Lope Molina , el veterinario— no pudieron por menos que enaltecer de nuevo a don Julián, verdadero artífice de aquella ilusión, que gracias a su experiencia como negociante y a sus alusiones a destinar alguna prebenda a las fuerzas políticas de la capital, ya veían formarse en sus caletres una estación a las afueras, raíles tendidos y velocísimas locomotoras, que como heraldos del progreso, harían de nuestro pueblo un referente de los tiempos modernos.

Fue en la misma diligencia donde el indiano recibió por parte de sus compañeros el distingo de bautizar como Mercedes, o tal vez Juliana, la primera locomotora que se fabricara en el pueblo, pues, ah, cuesta tan poco soñar que la excitación llevaba a esos caballeros desde el ferrocarril imaginado a industrias accesorias y, por qué no, a fábricas de humeantes chimeneas. Sin duda, si el transcurso del viaje hubiera durado más tiempo, habrían dado categoría de catedral a la iglesia de San Abundio y empleo de arzobispo a don Eusebio, el párroco.

Por otro lado, ocupaban su tiempo en rememorar los pasados ágapes con que se vieron agasajados en la capital y en celebrar con gran regocijo los pasajes más picantes de la zarzuela libidinosa a la que tuvieron oportunidad de asistir la noche anterior. Era tanto su optimismo que propusieron, con los encendidos lazos de amistad que brinda el compartir experiencias no del todo confesables, el repetir con regularidad escapadas a la ciudad ofreciéndose a costear las mismas el propio don Julián. Con éstas y otras fantásticas ensoñaciones, transcurría el viaje de vuelta y hubieran deseado los caballeros aplicar de inmediato a la diligencia la velocidad del vapor, pues tantas eran sus ganas por llegar al pueblo y hacer partícipes a los vecinos de las buenas noticias.

En efecto, sentíase tan espléndido nuestro hombre que quería hacer extensivo su contento incluso a Teresa la Liebre, perdonando sus tercerías y tornándola de regreso al hogar. Pero ¿y Merceditas? Aquella felicidad debió remover la conciencia del indiano y en aquel ambiente distendido, comunicó a sus compañeros el deseo de retomar las veladas, llenar de nuevo su casa de jóvenes artistas y remediar el retiro de su hija, que en aquel momento de alegría desbordada, antojabasele del todo punto injusto. Sí, poetas, músicos y pintores que dieran nuevo paso a los halagos, todo ello era poco para un don Julián, que henchido de satisfacción, imaginaba su pueblo cruzado por largos trenes y ver que su nombre, el del humilde pastorcillo que fue, quedaría grabado para siempre en la memoria de sus paisanos. Ante aquella imagen, ¿qué podía importar que alguno de esos pollos literatos se enamoriscara de su nena? Ya le pararía los pies en el debido momento.

Finalmente, amenizado el viaje por estos propósitos, esas frivolidades y el canto a coro del número más atrevido de la zarzuela, llegó éste a su fin. Empero, antes del arribo a la plaza Mayor y ya cercanos al pueblo, pudieron los comisionados distinguir con sorpresa la alta columna de humo que parecía surgir de un extremo del caserío. No tuvieron tiempo para hacer cábalas de su origen, pues pronto terminó la diligencia su periplo. Esperaban los caballeros ser recibidos, si no por la Banda Municipal y por balcones engalanados, al menos con expectación o por el interés de los desocupados que a esas horas fatigan las calles, pero en cuanto se apearon del vehículo, comprobaron que nada de eso sucedía y que por el contrario, el movimiento de personas que se observaba era del todo inhabitual. Algo extraordinario ocurría sin duda y entre ellos sembró la alarma las miradas de conmiseración que se dirigían a don Julián y sobre todo, el ridículo atavío de algunos presentes que no parecían sino forzar las fechas carnavalescas. El desasosiego se acrecentó en cuanto los viajeros vieron llegar hasta ellos un grupo, que armado de guadañas, horcas y teas donde el fuego hacía chisporrotear la resina, era encabezado por don Eusebio el párroco y por varias señoras de reconocida militancia en las filas de las Damas Católicas de la Misericordia. Fue una de ellas la que, destacándose tras consultar con el cura, se acercó al indiano para decirle con voz trémula:

—Don Julián, su hija de usted, la señorita Mercedes… ha… ha desaparecido.

(Continuará)
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lunes, octubre 25, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 9

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Capítulo 9

(…ajustando la una a la otra los flecos y los pliegues con el juego antiguo de la coquetería.)
del capítulo anterior.


—¿Y la señorita dónde está? —preguntó Teresa temiendo que el interés de las recogidas por los regalos se desviara al motivo de su visita.

—Pos ahí arriba debe andar la panoli —respondió la otra—, le estará rezando al San Abundio ése o como se llame.

—Pues quedaros aquí que por ella voy. Y punto en boca si no queréis que me chive a las brujas de los hábitos —acabó Teresa guiñando un ojo con complicidad.

—Por mí como si le dan mulé a la rica, fíjese —concluyó la compañera de Marijuli con un gesto soez.

No tuvo que hacer nada Teresa, pues en cuanto aquellas dos diablas se encerraron para continuar su trapicheo, encontrose con la propia Merceditas, que alarmada por el ruido, bajaba las escaleras. Quedó muy sorprendida la joven de ver allí a la que fue su sirvienta, pero tras la incertidumbre inicial se arrojó a sus brazos y le llenó la cara de besos mojados por lágrimas de alegría.

—¡Ay, Teresa, mi Teresita!... ¡cuánto te he echado de menos! —decía Merceditas con sincero contento—. ¡Mira cómo me tiene mi padre, encerrada sin misericordia en esta jaula de oro!... ¡Ay, Teresa, cómo me acuerdo de ti y de aquellos gazpachos que me hacías y de esos pollos en pepitoria a los que tú dabas el punto justo...!

—Quita, quita, locuela, que aquí me tienes, que tu Teresa sabía que no estaba don Julián ni las Madres que te vigilan... y he comprado el silencio de esas dos recogidas trayéndoles unos regalos... —tranquilizaba una afable Teresa.

—¿Regalos? ¿para ellas? ¿y para mí nada traes?

—Para ti traigo las mieles, princesa... Anda, ven conmigo al jardín que vas a ver cosa rica, picaruela.

—¿Salir yo al jardín? Pero... ¿y mi padre, qué dirá si se entera? —preguntó con temor una renuente Merceditas.

—¿Tu padre? Quién sabe dónde estará ahora tu padre... ven, hija, no tengas miedo ¿qué hay de malo en que el aire de la noche avive tu color de rosa, tontina?...

Fue de este modo como la paciencia de Teresa fue venciendo la resistencia que ofrecía la damisela, sustituyendo su pavor por tímidas sonrisas. ¡Padres que forzáis a vuestras hijas, sabed que los candados del encierro nada pueden ante la llave de vuestra ausencia! Del cuarto de costura llegaban voces y susurros que componían las claves del aberrante safismo, práctica que por habitual es más vergonzante si cabe cuando la desarrollan ingratas que desprecian el cobijo y los denuedos de las monjitas.

Cuando finalmente Teresa y Mercedes salieron al jardín, Aurelio “el Empañao” ya llevaba fumados tres o cuatro de sus caliqueños, había canturreado por lo bajini todo su repertorio de fandanguillos y estaba a punto de marcharse. Asustose Merceditas cuando vio aparecer entre el follaje la figura del que se le antojó desconocido, transmitiendo su temor con un apretón de su mano al brazo que ofrecíale Teresa.

—¿Pero te vas a asustar, boba, de “el Empañao”? ¿Acaso no recuerdas sus lindezas? —calmó Teresa pasando la mano por aquella carita de plata.

—Buenas noches tenga usted, señorita —fue todo cuanto acertó a decir el buhonero alzando un poco la gorrilla.

—¿Has visto? —continuó la criada buscando la complicidad del hombre— a este caballero le comenté esta mañana la situación en que te encontrabas y se ofreció a darte un paseo en su yegua. Total, diez minutos que te sabrán a gloria después de tanto encierro, corazón.

—Es muy mansa la bestia, señorita —terció Aurelio aceptando la sugerencia que ofrecía Teresa.

Merceditas, escandalizada por la propuesta y horrorizada por las consecuencias que podría acarrear la loca petición, anegóse en llanto intentando zafarse de las manos de una Teresa que la retenía. Mas, ¿quién podía negarse ante los resabios que desplegó la fregona y sobre todo, a la presencia viril, irresistible y tentadora de un hombre como “el Empañao”? En poco tiempo, aquella unión de trapacerías consiguió hacer mella en el corazón de Merceditas que, bajo promesa de la brevedad del paseo y de la absoluta discreción del mismo, aceptó subir a la yegua con el mínimo acto de rebeldía del que creía ser merecedora. Nunca mejor demostróse que es privilegio de las mujeres el cambiar de opinión aunque sin saber aquella desgraciada que su decisión traería irreparables estigmas.

Finalmente la chiquilla, víctima de la viva imaginación provocada por su aislamiento, dejó ganarse por ensoñaciones románticas y, abrazando la cintura del buhonero, hizo sentir en la grupa la música de su crujiente polisón.

No tardó Teresa la Liebre en palmear las ancas de la jaca para no dejar que el arrepentimiento abriese alguna puerta, a la vez que Aurelio, acuciado también por la prisa y el deseo, espoleó a la montura iniciando el trote que en poco tiempo los alejó calle adelante. No pudo ver Merceditas la sonrisa que como maligno corte transversal, rasgó el rostro de su antigua criada pues por nada del mundo se hubiera girado, descansada como tenía su mejilla en la espalda poderosa del buhonero.

En la noche oscura, las chispas que del adoquinado arrancaron los cascos de la yegua, fueron las estrellas que faltaban en el cielo.

(Continuará)
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viernes, octubre 22, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 8

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Capítulo 8

(—Ezte Aurelio era zobrezaliente y monumentable —díjome cuando me contó el suceso.)
del capítulo anterior.


   Los cantadores grillos y el aroma del jazmín acompañaban el clopclop de los cascos de la yegua que, al paso, llevaba de las riendas un Aurelio “el Empañao” que defendía con el silencio sus cavilaciones. A su lado, Teresa la Liebre administraba zalemas como gotas de éter que le sirvieran para afianzar la voluntad del hombre, pues no sería la primera vez que, fuera del ámbito del lupanar, Aurelio hubiera olvidado sus bravatas. Caminaban y Teresa no perdía momento para aplicar su adobo.

—Amos que salir el Rosalindo con aquello... Eres tú mu hombre pa aguantarle bromas a un manfrodita, Urelio... Y qué calor que hace, galán ¿no ves lo bien que pinta la noche?... Lo que darían muchos por tener la niña a los pies, Urelio...

Llevaba Teresa bajo el brazo el ovillo de dos mantones que de ser la noche día, hubieran mostrado sus colorines abigarrados y chabacanos. En préstamo los había tomado del buhonero para completar su trapisonda y se quitaría el pan de la boca para pagarlos con tal de ver la corona de su triunfo. Llegados a la cancela que daba paso al patio trasero de la casa de don Julián, Teresa la Liebre sacó de la faltriquera una copia de llave que, previsora y ladina, encargó hacer en cuanto entró a servir al indiano. Tras la apertura, que no fue todo lo silenciosa que deseara, ordenó al buhonero ocultarse entre la vegetación utilizando para ello nuevos mimos.

—Qué poco te queda para galoparla, truhán... qué rosa más fresca te vas a llevar, Urelio... Escóndete y que no jalee la yegua que voy a ver si las niñas de las monjas son como me imagino... y no te preocupes que tu Teresa se encarga de tó.

—A ver la que me vas a liar que me traes ciego y con el fuego metido en el cuerpo. Como esté el ricacho dentro te juro que te pincho, serpiente.

—Ay, estos hombres... Estate tranquilo, Urelio, y si no, te najas. ¿Tú te crees que iba yo a irme de la muí donde la María pa decir que a última hora te rajaste, barbián? —zanjó Teresa la Liebre con toda la malicia que pudo.

Entre los mirtos, la punta encendida del cigarro era cuanto se adivinaba de Aurelio “el Empañao”. Ululó el mochuelo y sus ojos amarillos fueron dos planetas nuevos puestos en el cielo nocturno. La yegua, mientras tanto, plácida como la noche, suelta y con hambre de meses, devoraba las lechugas y los pepinos de un huertecillo cercano.

Llamó Teresa a la puerta de atrás y no pasó mucho tiempo hasta ser abierta. Para suerte de la antigua criada, una de las dos muchachas recogidas que aparecieron en el hueco no era otra que la Marijuli, una hija de Narcisa “la Melibea”, pupila del lupanar. Supo aprovechar Teresa la ventaja que se le presentaba en cuanto a la Marijuli se le desvaneció la alarma al reconocerla.

—¡Pues no que es la señá Teresa...! Ay, Señor ¿y qué hace aquí a estas horas y cómo que ha entrao?

—Niña, todavía una es alguien en esta casa... Oye, ¿no eres tú acaso la Marijuli , la hija de la Narcisa? Pues mira, un regalo de su parte venía a traerte a ti y a tu amiga.

—¿Mi madre con regalos? Cá, señá Teresa; algo se traerá en la cabeza esa golfa.

—Así no se habla de una madre, niña...

—¿Ah, no? ¡Pos cómo quiere que hable de la que me metió en el castillo de las brujas!

—Venga, dejadme pasar que traigo prisa y también tengo que ver a la señorita.

No se sorprendió Teresa la Liebre al comprobar que aquellas dos muchachas, como hijas de la lujuria que eran y viéndose libres de la disciplina de las monjitas, habían transformado el cuarto de costura en un verdadero garito de tahúres: las cartas repartidas de una baraja indicaban a las claras que la intempestiva llamada de Teresa había interrumpido el julepe. El humo de dos habanos puestos en un plato de porcelana china a modo de cenicero junto con los efluvios de sendas copas de anís, atosigaban la estancia con los miasmas del vicio. Quedó completo el cuadro en cuanto la fregona desplegó ante los torvos ojos de las dos muchachas los dos mantones. Una algarabía de risotadas recibió las prendas que se arrollaron al cuerpo con maestría de chulaponas, ajustando la una a la otra los flecos y los pliegues en el juego antiguo de la coquetería.

(Continuará)
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