viernes, septiembre 25, 2009

"Sólo se mueren los tontos" Álvaro de Laiglesia




Sentía curiosidad por saber si, a día de hoy, una novela del antes famosísimo autor y ahora olvidado por completo Álvaro de Laiglesia, era posible leerla sin mucha molestia. El experimento, el casual experimento veraniego, lo llevé a cabo con una de sus obras más populares y de las de talla grandecita: "Sólo se mueren los tontos", más de 300 páginas de vellón. Finalmente puedo decir que la experiencia no estuvo mal, pero tampoco bien del todo, por lo que trataré de explicarme. Pero para matizar mis impresiones, viajemos primero al pasado un par de segundos:

Cuando era adolescente leí dos o tres de novelas de este autor y desde entonces guardé recuerdo de unos textos desternillantes, de unas páginas de inagotable capacidad para fabricar carcajadas (ah, ese insoportable carcajeo de corral del adolescente en mitad de la noche), por lo que cuando años después y ya con barba crecida, releí uno de aquellos títulos que tanto me admiraron —"Los que se fueron a la porra"— con el inesperado resultado de un atroz aburrimiento y decepción, pensé para consolarme que cuánto había cambiado el Sr. de Laiglesia.

Es ahora —en el bellísimo otoño que comienza a dorar las primeras hojas del no menos bello árbol en que me está convirtiendo la vida—, cuando se me ha metido en los cataplines rescatar al autor para colocarlo si fuera posible, tan alejado de los entusiasmos de niñato como de los bah bah bah de la primera madurez. El resultado del experimento son los sesudos juicios que siguen:

En "Sólo se mueren los tontos" (1955) lo primero que puede apreciarse es que, sin duda, el humorismo moderno hispanocentral se gestó en la cripta del Café de Pombo, donde el ramonismo había sentado sus reales, y que sus reglas de corte y confección fueron transmitidas por diversos intermediarios, Fernández Flórez, Camba o Jardiel Poncela, por ejemplo, a todos los que compusieron el grupo de La Codorniz, ya saben, aquella publicación que decía de sí misma que era la revista más audaz para el lector más inteligente. Con muy pocas diferencias, el primigenio humorismo pombiano se concentró en los nombres de aquella generación: Álvaro de Laiglesia, Mihura, Herreros, Azcona, Clarasó. y posterior y directamente en los de Summers, Chumy Chumez, Gila, Tip y Coll o el Perich. Quiero señalar con esto que el humor —absurdo, negro y disparatado— de "Sólo se mueren los tontos" es un humor acodornizado como no podía ser de otra forma. Y es que Álvaro de Laiglesia no sólo fue el director más longevo de la revista La Codorniz, sino que ÉL ERA la revista.

La impresión que me asaltó a las veinte primeras páginas del libro es que Álvaro de Laiglesia escribe a lo que sale, sin guión premeditado salvo un arranque llamativo. El tío puede pensar que va a escribir una historia sobre un científico que inventa una máquina para descamar salmonetes o las vicisitudes de un guardia municipal que tiene un hijo de tres cabezas y éstos son ya argumentos suficientes para echarse al monte. Luego, a partir de esta débil espina central y lineal, irá desarrollando historietas radiculares que ni llevan a parte alguna ni modifican el hilo, porque los temas son aleatorios: algún personaje dice no sé qué de un gato y acto seguido, el autor se pone a contarnos anécdotas protagonizadas por gatos. Y quien dice un gato, dice socios en una empresa de fontanería o una modista pantalonera. Para expresarlo gráficamente, diría que esta novela de Laiglesia parece un río lleno de meandros en el que confluyen afluentes y arroyuelos igualmente sinuosos. Pero todo delgadito, eh, con poca agua. Esta norma, por una parte, puede parecer sencilla a la hora de escribir, vamos, que todo es ponerse ante el papel a desarrollar una historia cualquiera de manera automática. Sí, sí, sencilla. En seguía. Creo que, aparte de una fecunda imaginación, hace falta escribir muy bien —y ÁdL lo hace y mucho— para mantener la atención del lector sin aburrirlo durante... 150 páginas, pues creo que, en efecto, tal técnica acaba en sí misma, o, dicho con otras palabras, que las más de 300 páginas de la novela son, a todas luces, excesivas, para mantener a flote tal sarta de disparates. Y esta es, al fin, la máxima pega con que me topé: a la novela le sobran casi 200 páginas descaradamente.

Por otro lado, tras la lectura y con el apoyo de mis recuerdos de las citadas lecturas anteriores, llegué a la conclusión de que todas las novelas —novelas que escribía como churros— de Álvaro de Laiglesia son, en tanto ejecutadas con el mismo patrón, IGUALES. Leída una, leídas todas. A tal estilo se le puede aplicar el título de otra exitosa novela suya: "Una larga y cálida meada". En efecto, la escritura de Laiglesia es una larga, larguísima y casi siempre divertida chorrada, cuyos kilómetros de longitud se pueden ir cortando en porciones para ponerles títulos y sacarlos a la venta. Es lo que hizo el tío listo, claro.

Por supuesto, el asunto de "Sólo se mueren los tontos" es fútil, o mejor dicho, puede ser cualquiera. Es imposible la sinopsis. Como mucho puede decirse que trata de las tribulaciones de Rosita, muchacha de humildísimo origen, y su mucho sufrir por abrirse camino en la vida y, como decían los finos, labrarse un porvenir. A su triunfo final contribuirá un hecho muy apreciable: Rosita está muy buena. Como ya digo, a partir de esta línea principal irán surgiendo decenas de flecos de diversas longitudes a cuál más estrambótico. Todo es exagerado, esperpéntico y absurdo, siguiendo, como dije, la tradición española del humor negro (no recuerdo haber leído nada más cargado de ello que la escena donde describe un accidente de tren). Pero a pesar de todo, Álvaro de Laiglesia, con todo el disparate a cuestas, no intenta esconder el atroz pesimismo que se muestra en cada una de las páginas y el desencanto total, la desesperanza mayúscula ante esta rara especie nuestra. Esta actitud sólo la he vuelto a encontrar con tan marcada fuerza en otros dos humoristas: El Roto y otro donostiarra memorable, Chumy Chumez.

Por lo demás y fuera, repito, de su excesiva longitud, "Sólo se mueren los tontos" es sin duda una novela divertida, donde el autor —que escribe muuuy bien, repito— no deja de sorprendernos con comparaciones, juegos de palabras, greguerías y magníficas metáforas. Pese a todo, no encuentro mucho sentido insistir en él. Tal vez, leer un par de cosas de Álvaro de Laiglesia es absolutamente recomendable; pero leerlo mucho, no tanto.

Termino con algunas frasecillas que creo que pueden dar el tono, la clase de redacción, en que se desarrolla la novela:

—"Debajo del jersey el corazón me repicaba alegremente, aunque sin ruido, como una campana de trapo".

—"La vida en la calle Jenaro Benítez continuaba desarrollándose sucia y silenciosamente, como un carrete de hilo marrón".

—"Ernesto tenía una cuñada refinadísima que debía fumar tabaco egipcio porque el aliento le olía a camello".

—"Don José logró escapar a Francia en un tren de ganado, con billete de ternera".

—"Era tan miope que los ojos le chorreaban dioptrías".

10 comentarios:

Josemaría García Toledo dijo...

Es que es asín Sap, no se puede decir mejor.

GatoFénix

MJ dijo...

a mí por eso me gusta picotear, sin repetir mucho
en el fondo eso que dices de "leída una, leídas todas" le pasa a muchos escritores

cailtracy dijo...

Hola, hay alguna adaptacion de la obra solo se mueren los tontos para teatro.
mi correo es cailtracy@yahoo.es

Anónimo dijo...

Me atrevo a decirles que soy un gran lector de AdL y que tengo leidos alrededor de 40 libros suyos.
Respecto a la intensidad de los relatos, es cierto que hay altibajos en los momentos de GENIALIDAD y los de tedio o flojedad. Las novelas mejores de Alvaro suelen se las que no relatan una sola historia, sino MUCHAS. La gan mayoría de pequeños relatos que aglutinan estas novelas son GENIALES.
Luego están las novelas monotmaticas como las de Mapi, que pueden llegar a ser pesadas.
Es lamentable que en la actualidad no conserve la fama que, en su momento tuvo merecidamente.Hoy la gente prefiere leer a Belen Esteban o
el infame Buenafuente.

Francisco Manuel Espinosa Carrasco dijo...

.
Gracias a todos por vuestros comentarios. Sois muy amables.
:-)

Anónimo dijo...

Alvaro de la Iglesia es más importante de lo que se cree para entender el estilo de vida pusilánime que mucha gente adoptó bajo el rranquismo, casi siempre habla de esos tipos provincianos y sencillos que constituyeron la "mayoría silenciosa" del franquismo y que solo aspìraban a trabajar, ahorrar y no meterse en política. Como los que describe en su genial "Los pecados provinciales", como el funcionario enjaulado o el contable que se quería morir pero sin suicidarse porque le había dejado su mujer. A Laiglesia todavía no se le ha perdonado que fuera falangista, pero lo era más por la estética que por otra cosa, y sus novelas pueden entenderse como un canto al español sencillo y de nivel bajo que no es ni de izquierdas ni de derechas.

Fanny Marte dijo...

Por ahora no tengo ningun comentario pero si me interesa sobremanera saber donde puedo conseguir los libros de Alvaro Delaiglesia. Lo considero uno de los humoristas mejores. Conoci de sus obras cuando estaba en la universidad en la ciudad de NY. Pude leer algunos en la New York Library pero despues perdi su rastro. Alguien podria ayudarme en este sentido por favor? Amazon no tiene sus libros y ya no se que mas hacer. Mil gracias anticipadas,

Atentamente,

Fanny Marte
Email: martefa2@gmail.com

Nahiel Balse dijo...

Recuerdo haberme reído mucho cuando leí solo se mueren los tontos.
Fanny y a quien pueda interesar, AbeBooks y agapea, en ambas puedes encontrar libros descatalogados, no se si en concreto alguno de estos.

henriette wiese dijo...

Solo se Mueren los tontos lo tiene FNAC, Corte Ingles, ESPAÑA

ja dijo...

Pero a mi me sigue gustando mas "Concierto en si amor", relatos cortos y con una increible agudeza como el de "Margarita Gutierrez".