viernes, diciembre 23, 2011

"Los dos regalos"

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"Los dos regalos"
(Cuento de Navidad)

Para Consuelo de Lucas

Cojeaba porque llevaba medio roto un tacón del zapato. Caminaba calle arriba hasta la altura de un buzón. Allí encendía un cigarrillo y emprendía la vuelta abajo. El otro hito era una papelera desvencijada. Cuando llegaba, el cigarrillo se había consumido. Tiraba la colilla al suelo y luego, vuelta a empezar.

En el decimoquinto o decimosexto trayecto buscó en el bolso el lápiz de labios. Al revolver en el interior sus dedos tropezaron con la fotografía. Bajo la luz de la farola observó los ojos que la miraban desde la cartulina. Era un rostro juvenil que conservaba aún curvaturas infantiles el que sonreía en la imagen. Una muchacha bellísima con cabellera de fuego. Se echó a llorar y el rictus de la boca mostró a nadie unas encías casi desdentadas. Siempre le pasaba lo mismo. Temía revolver en el bolso y no vencer la tentación de recibir el golpe del pasado. Cuando se calmó besó la foto, la guardó y se pintó los labios. El escaparate oscuro de una ferretería hizo de espejo.

Un coche solitario le dedicó un largo bocinazo. Las ruedas pasaron tan cerca del bordillo que le salpicaron las medias con agua residual. No tuvo ánimos para responder con un gesto obsceno.

Luego se estremeció y cruzó los brazos sobre el pecho. Sudaba bajo el abrigo imitación piel como si la noche fuera de verano. Pero era diciembre. Desde algunas ventanas llegaban voces y la intermitencia de lucecitas de colores. Las ventanas, a veces, son como calendarios. La soledad recogía el eco de sus zapatos como único vestigio de vida en la calle. Frente a ella, los solares y la iluminación lejana de un polígono industrial.

Cerca del buzón había un teléfono público. Aún funcionaba pese a estar casi destrozado a martillazos. Metió varias monedas. Tuvo que marcar tres veces porque el temblor de las manos la llevaba a equivocarse continuamente.

   —...
   —¿Oye? ¿Me oyes?
   —...
   —Me prometiste traerme costo para un pico cuand...
   —...
   —¿Tres horas? ¿Todavía te voy a esperar tres horas, jod...
   —...
   —¡Nadie! ¿Quién va a haber? Ni los canallas como tú están ahora en la ca...
   —...
   —Canall... Sí, un canalla, eso es lo que eres, un cerdo y un canalla...

Colgó.

De nuevo se puso a llorar. Golpeaba con la cabeza el teléfono. Pero sin mucha fuerza.

Retomó el paseo esperando tal vez el milagro de un cliente. El caso es que se produjo. Un coche que venía en su dirección fue aminorando la marcha. Dio un paso atrás para evitar nuevas salpicaduras. El coche se detuvo a su lado y el ocupante bajó un poco la ventanilla.

   —¿Cuánto llevas, niña?

Se acercó intentando que el tacón roto no estropease un contoneo que quería ser sugerente. Ambos lados del abrigo fueron como dos puertas que se abriesen para enseñar una colección de huesos apenas vestidos por una camiseta publicitaria, unas medias y un tanga de fantasía de tejido barato.

   —Treinta o cincuenta, depende de lo que quieras que te haga.
   —¿A domicilio también?
   —También.
   —Pues móntate y arreando.

Subió al asiento de atrás. Su cicatriz en la cara le recordaba siempre que nunca debía sentarse junto al conductor. El cliente volvió la cabeza como si fuera un taxista que preguntara una dirección.

   —Hola, guapetona. Vamos a pasar un buen ratito, ¿verdad?
   —A lo mejor. Pero como me vuelvas a decir guapetona me bajo, ¿has entendido?
   —Huy, huy, qué humos tiene la niña... Alegra la jeta, que es Nochebuena, mujer.

El hombre condujo veloz por las avenidas desiertas. El espejo retrovisor retrataba su cara gorda y su barba blanca. De haber llevado un gorro rojo con borlón hubiera sido imagen exacta de Papá Noel.

   —¿Vamos muy lejos? Te lo digo porque luego me tienes que traer.
   —Qué va, es aquí al lado. Ya llegamos.

Tras alcanzar una bocacalle oscura, se abrió el portalón de un garaje subterráneo. El hombre maniobró hasta dejar aparcado el coche. Luego se sacudió las manos con satisfacción.

   —No habrá que subir escaleras, ¿no? Tengo un zapato roto.
   —Pues vaya palomita que me he buscado... Es broma. Hay ascensor. Venga, mueve el culo.

Alcanzaron un vestíbulo y el hombre apretó un botón luminoso. Se oyó muy arriba un estrépito de mecanismos.

   —Hoy te habrán dicho muchas veces Papá Noel.
   —Imagina. Cuando llegan estos días es un latazo. Hasta he pensado afeitarme la barba y ponerme a régimen. Ni andar puedo por la calle con tantos niños cabrones. Son la peste.
   —¿Y siempre te entra el apretón en Nochebuena, papanoel?
   —Paso de estos rollos. Pero sí, al menos me la ponen gorda, jé.

La puerta del ascensor se deslizó dejando paso a un flash de luz lenta. En la cabina, la barriga del hombre apenas dejó espacio para ella.

   —Mierda, un ascensor con espejos. No aguanto los putos espejos.

Se tapó la cara con el bolso de plástico. Un goterón de sudor se deslizó desde la nuca. Bajo el abrigo recorrió toda la espalda y cayó finalmente entre sus pies. Luego siguieron varios goterones más hasta formar una mancha mínima sobre la moqueta.

   —No se te ocurrirá mearte aquí, ¿verdad?
   —Es sudor, gilipollas. ¿No ves el monazo que tengo?
   —Pues aquí llevo yo un platanito para ese mono, paloma. Un buen platanito.

El hombre rió su propio chiste a la vez que le alzaba la barbilla. Ella despreció el gesto girando con brusquedad la cabeza. Revoloteó su pelo de estropajo.

   —No protestes. Vamos a pasarlo bien.

El ascensor se detuvo y salieron a un pasillo iluminado tan solo por una lámpara de emergencia. El hombre sacó un manojo de llaves y abrió la puerta. La única de la planta. Encendió la luz del recibidor y con el brazo le ofreció la entrada.

   —Pasa a mi nidito, gorriona.

Iba encendiendo luces a medida que se internaban en la vivienda. Llegaron a un salón y ella se desplomó en un sofá. Sujetando el bolso se dobló por la cintura. Tiritaba. El hombre mientras tanto se quitó el abrigo de cuadros, lo arrojó en un sillón y se quedó mirándola acariciándose la barba. Ella encendió un cigarrillo. Agitó el fósforo para apagarlo y lo tiró al suelo. Dio una calada profunda y echó el humo por la nariz.

   —Págame ahora y empecemos de una vez.
   —¿Cómo? ¿Pago por adelantado? Tranquila niña. ¿No te apetece antes una copa?
   —Escucha papanoel, no he venido a un bar. O me pagas ahora o me largo.

El hombre sacó la cartera de un bolsillo trasero del pantalón. Chascó la lengua como si ahuyentase a un perro. Contó unos billetes y se los alcanzó formando una pinza con dos dedos.

   —Cincuenta. Y diez de propina. Es Nochebuena.
   —A la mierda la Nochebuena. Vamos a lo que vamos.

Guardó con fastidio el dinero en el bolso sin contarlo. Aplastó con rabia lo que quedaba de cigarrillo en un cenicero. Se levantó y también se quitó el abrigo. Se ajustó las medias que formaban arrugas a todo lo largo de sus piernas flacas. Sobre el ombligo llevaba el tatuaje de una serpiente arrollada en un corazón. Adoptó una postura en la que el patetismo vencería siempre a la procacidad.

   —¿Aquí mismo te viene bien, papanoel? Si no tienes gomas yo llevo en el bolso.
   —¿Gomas? Escucha, te he dado diez de propina. Tengo alergia a las gomas.
   —Pues sin goma son veinte más, a ver qué te has creído. Además tengo el bicho dentro, te lo advierto.
   —Me gusta el riesgo... Y deja ya de joder con las prisas, eh. Primero quería hacerte un regalito que seguro te va a encantar. Una sorpresa.
   —No me gustan las sorpresas, papanoel. No me gustan las sorpresas. Así que no me sigas jodiendo, te lo pido por favor, ¿no ves cómo estoy?

Se volvió a sentar en el sofá como un pájaro que cayera al vacío. De nuevo acudió un llanto que agitaba sus hombros y clavículas. Una frágil estructura de alambres. El tipo tomó de una estantería un pequeño cofre de madera con motivos hindúes y lo puso sobre la mesa del sofá. Abrió la tapa. Ella se limpió de lágrimas y mocos con el dorso de la mano. Miraba sorprendida los objetos que, uno a uno, iba sacando del cofre. Una cinta de caucho, una cuchara, un papel doblado y una jeringuilla nueva embalada aún en su aséptica funda de plástico. El llanto dio paso a una sonrisa que mostró sin pudor su dentadura almenada.

   —Los avíos del puchero, paloma. ¿Te gusta o no te gusta ahora el regalo de tu Papá Noel?
   —Joder, tío, no me jodas... Dime que no estoy soñando.
   —Ahora te traigo agua. ¿Te sirve una vela para hervirla?

Mientras él iba por el agua, abrió la papelina y con la punta del meñique humedecida en saliva atrapó un poco de polvo blanco. Lo saboreó como algo delicioso y un breve fulgor incendió sus ojos con una belleza pasajera.

El hombre trajo una botella y una vela roja. Le pidió los fósforos y la prendió. Dejó caer unas gotas de cera sobre la mesa y en ellas fijó la vela. Con el temblor del ansia, sin ninguna vergüenza, procedió con el ritual mil veces repetido atándose la cinta de goma en torno a un brazo escuálido curtido por el sarampión de las picaduras.

   —¿Y es jaco? ¿Jaco de verdad, papanoel? Sabía raro pero guay.
   —¿No te fías de mí? Caballito del bueno, niña. Vas a galopar.
   —No puedo fiarme o no fiarme. Ahora me metería lo que fuera.

El agua mezclada con el polvo bullía en la cuchara sobre la llama oscilante de la vela. Con sus pocos dientes apretó la goma dejando libres las manos para llenar la jeringuilla. Luego se golpeó el interior del codo buscando el estímulo de las venas y pinchó. Con lentitud hizo entrar el líquido y luego bombeó extrayéndolo y mezclándolo con sangre. El contenido tomó un color escarlata difuso antes de desaparecer por completo. Cerró los ojos, suspiró muy hondo y dejó reposar la nuca en el cabecero del sofá.

   —El cielo. Ahora estoy en el cielo, papanoel. Un pico así vale lo menos sesenta o setenta. ¿Por qué me lo has regalado?
   —¿No lo deseabas?
   —No te imaginas cuánto... No lo puedes imaginar.

El hombre se sentó junto a ella y recogió todos los elementos con cuidado. Le quitó la goma y la dejó en la mesa junto a la jeringuilla. Observaba curioso sus ojos entrecerrados y su boca balbuceante de tranquilo placer.

   —Sabía que era tu mayor deseo, paloma.
   —Qué jaco más bueno... qué jaco más bueno, papanoel... Tengo siempre otro deseo pero es un secreto. Nunca se lo digo a nadie. Ay, qué jaco...
   —¿Ni siquiera a mí?
   —Ni a ti. Es mío. Lo único mío que me queda... ay, qué jaco más guay... Anda, se bueno y déjame relajarme un rato. Luego ya verás... te voy a hacer todo lo que quieras... lo que se te ocurra... papanoel... un regalo...

El hombre esperó unos minutos hasta tener la certeza de que había quedado completamente dormida. Le alzó un brazo y lo dejó caer. Después hizo lo mismo con una pierna. Luego le quitó los zapatos y las medias salpicadas de barro. Se incorporó y se acercó hasta un mueble. Abrió un cajón y cogió del interior unas tijeras. Volvió a ella y cortó la camiseta publicitaria para desnudarla sin esfuerzo. También cortó la cintura del tanga. Sin ropa, el cuerpo desnudo era el de un ave desplumada.

Con todo cuidado la levantó en brazos y se dirigió con su carga a un pasillo. La cabeza caía hacia atrás soltando una melena como un reguero de estopa apelmazada. Los pies colgaban mostrando sus tendones aristados. Fue abriendo con la espalda puertas encajadas hasta llegar finalmente a una habitación. Con el codo accionó el interruptor de una lamparita de noche. Al dejarla sobre la cama el cuerpo se crispó un segundo y tuvo que esperar a que se calmara de nuevo. De un armario sacó un paquete envuelto en papel de regalo. Trató de no hacer ruido al abrirlo. Era un pijama de felpa estampado de ositos y estrellas de colores. Tuvo que esforzarse pero pudo vestirla sin brusquedad. Después la alzó de nuevo, abrió las mantas y depositó allí su leve cargamento. Fue arropándola con cuidado sin prestar atención a sus balbuceos de bebé, pero pudo ver que sus ojos se entreabrían un momento, brillantes y acuosos. Colocó bien el embozo poniendo toda la delicadeza que pudo en cada pliegue. Le dio unos golpecitos en el brazo que ya debía sentir la calidez de las mantas y, finalmente, se acercó a su cara. La besó en la frente. Tal vez las cosquillas de su barba blanca la devolvieron un momento de su nebulosa.

   —... Era mi secreto... el mío.
   —Chsss... Ya lo sabía. Ahora a dormir, chiquilina. Es Nochebuena.

El hombre salió de la habitación dejando la lamparita encendida. Luego cerró la puerta y se frotó las manos.

De nuevo en el salón hizo una llamada desde un teléfono móvil. Mientras esperaba contestación se fue poniendo el abrigo de cuadros.

   —...
   —¿Oyeee? ¿Estáis ya en la calle?... Sí, he acabado. Ahora mismo bajo.


*****


 Se reunió con los otros en la misma puerta de acceso al edificio. Uno, ya mayorcito, iba vestido todo de cuero negro, llevaba una larga barba castaña y aunque medio calvo, el pelo lo recogía en una coleta. El otro era un negro decrépito al que parecía venir grande la ropa. El pelo blanco de borra en contraste con la oscuridad de la piel lo hacía negativo de fotografía. Si hubiera llevado una trompeta en la mano se confundiría con un anciano jazzman. El de la coleta amagó un golpe de broma sobre la barriga del barbablanca.

   —Eh, deja el boxeo para luego. No perdamos tiempo y vamos cuando queráis.
   —Tranquilo, tenemos toda la noche ¿Salió bien lo tuyo?
   —Perfecto. Tuve que emplear el lenguaje duro porque es al que está acostumbrada. De otra forma se hubiera asustado. Al final se tragó el anzuelo del somnífero. Hubiera sido mejor darle un baño caliente pero temí espabilarla. De todas formas he dejado una nota en la mesilla. Ya la leerá mañana cuando despierte. ¿Y lo vuestro?
   —Bien, todo bien también. Bueno, éste como siempre, quejándose de no ir en coche, ya sabes.
   —Tengo uno en el garaje de aquí, si queréis...
   —Deja, ya sabes que le conviene moverse.
   —Ay, zeñó, zeñó... Tóooa la santa noche cami'ando y cami'ando.

Echaron a andar mientras el barbablanca charlaba con el de la coleta. El negro se fue adelantando calle abajo. Barbablanca miró hacia arriba y comprobó el resplandor tenue que salía de una ventana. La señaló a su compañero.

   —Pobrecilla. Un pijama de niña, una cama calentita, que la arropasen y que le dieran un beso de buenas noches. Era todo cuanto quería. Pobre, pobre chiquilla.
   —Sí, pobre gente toda. Más de dos mil años visitándolos y siguen igual, empeñados en la infelicidad.
   —Llegó a confundirme con él. Es increíble que soporten su ridícula campanita y su jojojó. No lo habréis visto, ¿verdad?
   —Ni olerlo. Nos hemos adelantado a su zona.
   —El caso es que el trabajo se nos acumula con esto de la nueva campaña de re-captación. La cuestión es restarle clientela, ya lo sé, pero me siento raro trabajando hoy.
   —Bah, un día de más qué importa... Eh, mira ése la marcha que ha cogido... ¡Eh, negrito, no te adelantes tanto!... "Mami qué será lo que quiere el neeegroo... Mami que será lo que quiere el neeegrooo..." ¡Espéranos, hombre!
   —Déjate, déjate que ya sabes el pronto que tiene.

El negro desapareció al doblar una esquina. Segundos después sucedió lo mismo con el de la coleta y barbablanca, pero antes volvió a mirar hacia la ventana levemente iluminada. Silencio. Cuando alcanzaron al negro, una estrella fugaz rasgó el cielo y por todo rastro, flotando en el aire, quedó tras ellos un finísimo polvo de oro.




© Sap.  es.humanidades.literatura
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12 comentarios:

Ángela dijo...

Me gusta mucho este cuento de navidad, Sap. Mucho.

Anónimo dijo...

Gracias,una gracias llenas de cartas, de risas, de enfados, de entendidos y otros que no lo son, gracias Manolo. Me entran ganas de decir...que no me merecia este regalo, pero no es lo que siento, porque me encanta, y estoy orgullosa de ver mi nombre arriba de este cuento que desde que lo leí la primera vez me pareció maravilloso, tierno y esperanzador.
Consuelo de Lucas

Miguel dijo...

Cuento triste, dulce y bonito. Felices fiestas para ti y los tuyos :-)

Anónimo dijo...

Eres un Monstruo Sap.

azx

El Abuelito dijo...

Los reyes magos de verdad siempre saben de los deseos, y no los juzgan sino que los cumplen... Grande, Sap!

donjorge dijo...

En estas fechas, me encanta escurrir el pañuelo. El otro día Garci, con ¡Qué bello es vivir! y ahora este impagable relato...
Gracias amigo y Feliz Año.
Jorge

Josemaria Garcia Toledo dijo...

Excelente, Sap. Gracias por confirmar con tu literatura lo que te niegas a ti mismo. ¿Te acuerdas de una terapia peligrosa? ...
- "Tú, eres bueno, tío"
Un abrazo, de Navidad

Anónimo dijo...

Sap,

Escribes muy bien. Da gusto leerte. Uy cómo lean este cuento las brigadas del Sr. Sieso!!!


agm

Montse dijo...

No me extraña consuelo lo contenta y orgullosa que te has de sentir con este pedazo de cuento dedicado.
Muy agudo Sap, como todo lo que sale de tu pluma. Tiene un poso a viejo rockero que nunca muere y a ternura, a pesar de la cruda realidad, que deja muy buen sabor de boca.
Que Sus Majestades hagan realidad todos tus deseos...

Sap. dijo...

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Gracias a todos por vuestros comentarios. Sin duda sois personas tan exageradas como generosas.
:-)

albertiyele dijo...

Ay si fuera cierto, amigo sap. Si existieran y no nos juzgaran, si sólo conocieran nuestros deseos más secretos e hicieran todo para cumplirlos. Me recordaste a Alejandro Casona y aquella Prohibido suicidarse en primavera ya tan lejana. Me encantó.

Anónimo dijo...

Hola Sapo,

Buenísimo, como siempre. Me ha encantado este cuentico. Sigo leyendo.

Un saludo