lunes, octubre 19, 2009

"El mueble-bar"



Allí, en la casa, era todo variado pero caótico, como el jaulón de unos periquitos. Cuatro adultos, cuatro niños, tres adolescentes y una tortuga.


Había dos mundos separados apenas por un tabique.


De un lado la salita de estar, el espacio diario de las trifulcas que consagraba su mejor rincón al televisor. Mesa camilla y aparador que se adornaba en navidades con el anisette Marie Brizard de la abuela y el coñac Terry del abuelo, el de la red amarilla tan fantástica para jugar a los atracadores.

El otro mundo era el gran salón-museo, un recinto para admirar en silencio, con arrobo, pero con la absoluta prohibición de ser usado aunque fuera para aliviar la presión demográfica que nos atenazaba. Dos eran los tiranos que ejercían su imperio: el tresillo flamante —eskay rojo, tapicería morada— y el airoso mueble bar, ligero y sofisticado como una comedia de Cary Grant.

Mueble-bar. Palabra compuesta que condensa al menos veinte años.

El hacinamiento en la salita de estar se rompía en contadas ocasiones. Muy especial tenía que ser el motivo para que mamá o la abuela, volviéndose locas, nos dejaran hollar el gran salón y hacernos usuarios de los sillones. Tanta era la falta de costumbre que, relegar por un rato nuestro papel de espectadores para convertirnos en usufructuarios de muebles, nos hacía sentir cohibidos ante las visitas, y sin quererlo, pasábamos por personas formales y educadas.

Eran muchos los objetos que allí atesoraban mamá y la abuela. Verdaderas joyas del arte kitsch que algún día enumeraremos para diversión de unos pocos. Pero para no hacerlo largo ahora nos centraremos en el mueble bar, en sus impolutas formicas, en la audacia de sus tiradores, en la disposición de sus cristales, pero sobre todo en su sancta sanctorum, el contenedor de botellas.

Ojo.

Botellas de estricta función decorativa. Botellas para enseñar y no para beber. Botellas intactas que llegaban a cumplir lustros de antigüedad. Botellas, en suma, de ensueño cinematográfico.

Sí. El pequeño espacio para las botellas y los vasos serigrafiados con marcas exóticas, era el bar que daba razón de ser al mueble-bar y que más que bar parecía, por su interior fulgurante, el sagrario de una iglesia. Había un efecto multiplicador en los espejos que forraban el cubículo, repitiendo brillos y colores en una fragmentación caleidoscópica, hipnótica como el fuego.

Allí estaban todos.

El ámbar líquido del Licor 43 y la austera cuadratura del Cointreau.
La reiteración especular del ponche Caballero y el cañí poliédrico del Anís del Mono.
El cuello elegante del Calisay y el misterio del Cynar y su alcachofa, tantos años sin que nadie se atreviese a abrir la botella.
Los ecos de gestas balleneras en Groenlandia que traía la Arpon Gin (a la naranja o al limón) y el sofisticado violeta del Parfait Amour, el licor que siempre rehusaron las visitas a pesar de nuestro empeño en ofrecerlo.
La intensidad verde y jovial del Pippermint con que alguna prima ye-yé, hacía para ella y sus amigas el cóctel Vaca Suiza, que era mezclar la menta con leche (había otro más moderno todavía, el Alaska, que resultaba de ligar la leche condensada con Coca Cola).

Todos. O casi. Los suficientes como para hacernos caer ahora en la trampa de la nostalgia.
Sí. Perdonad que miremos de nuevo hacia atrás, pero todo aquello tal vez nos hizo felices. Al menos nos acercaba a los decorados de Hollywood y por un momento, cuando se abría la puertecilla vertical del bar, el salón se convertía en escenario de películas de Rock Hudson y Doris Day. Era un efecto que duraba poco tiempo pero de gran intensidad. Lo malo es que fuera de allí, de vuelta a la salita de diario, nuestras vidas volvían a desarrollarse en grises desvaídos, como si fuéramos permanentes cajas de ajuste de la tele.


Gris, gris, gris. Cantaba un grillo gangoso.

© Sap.
es.humanidades.literatura

2 comentarios:

MJ dijo...

hola hola!!! he visto el comentario que has dejado en mi blog, sip, pienso igual, los detalles de la loba o la venus no los conocía, hace ver la peli de otra manera...

te debo muchas visitas, sobretodo muchas lecturas

a ver si saco tiempo
hasta pronto!!

maria del carmen dijo...

Una preguntita primito.. el recinto botellil con sus efectos de cristales, tenia luz?..Me parece recordar un gran resplandor cegador cuando se abria. Ver, no tocar ni catar jijiji

Tu primita.. la de siempre.