martes, julio 28, 2009

Anónimos






Era una vida contemplada a través del humo nocturno de la sopa. La muñeca de mi suegra amorcillada por el diminuto reloj, articulando el movimiento de poner platos, de recoger migas de la mesa. Vida de telediarios y pescadilla hervida, de niños con un perpetuo constipado, de merenderos baratos los domingos y coito fugaz y amargo algún sábado.

Fui deglutiendo todo aquello como porciones de borra, con una masticación de meses áridos. Y así, cuando de nuevo estalló para muchos la primavera, decidí escribir el primero de los que luego fueron cuarenta y siete. Cuarenta y siete anónimos.

Confeccionarlos recortando letras de revistas perdió su atractivo cinematográfico ante lo arduo de la tarea. Rescaté la antigua Olympia, pero su estrépito de ferrocarril alarmó a todos en casa. Me pareció entonces que las letras de palo seco escritas con la mano izquierda serían efectivas, de una rotunda veracidad. Al día siguiente deposité el primer sobre en un buzón cercano.

Luego mecanicé el trabajo. Tras un sucinto borrador, me bastó condensar las redacciones en dos o tres modelos que repetí como si fueran circulares. Tan solo hice una concesión a la ternura: siempre firmé como "un amigo que te aprecia" o "una amiga que te quiere".
Frecuenté los buzones más remotos con un prurito de persecución policial. Caminé incluso los trayectos que me llevaban a los extremos de la ciudad, allí donde se hace pavorosa. Cuarenta y siete buzones distintos contuvieron mi obra.

Por terceros a los que pregunté con inocencia, supe del éxito de mi trabajo. Cuando me interesaba por alguno de los destinatarios, mis interlocutores se echaban las manos a la cabeza con incredulidad: "¿Pero no sabes lo que le ha ocurrido a...?". Y se entregaban luego a la narración de cualquier suceso terrible. Sin sospecharlo, me dieron la certeza de que desestabilicé matrimonios y destruí familias, de que inculqué desesperación, celos o infamia. Quiero que se me perdone una punta de vanidad: provoqué dos suicidios.

Confesarme feliz durante aquella temporada es un término erróneo. Más que feliz, me sentí vivo, dotado de una energía que nunca imaginé poseer. Hacerme socio de un gimnasio no me pareció ridículo. Lo mismo que comprar ropa cara, aclararme el pelo o practicar la esgrima.

Créanme. Yo en otro tiempo fui un hombre apacible.


© Sap.


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