lunes, octubre 25, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 9

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Capítulo 9

(…ajustando la una a la otra los flecos y los pliegues con el juego antiguo de la coquetería.)
del capítulo anterior.


—¿Y la señorita dónde está? —preguntó Teresa temiendo que el interés de las recogidas por los regalos se desviara al motivo de su visita.

—Pos ahí arriba debe andar la panoli —respondió la otra—, le estará rezando al San Abundio ése o como se llame.

—Pues quedaros aquí que por ella voy. Y punto en boca si no queréis que me chive a las brujas de los hábitos —acabó Teresa guiñando un ojo con complicidad.

—Por mí como si le dan mulé a la rica, fíjese —concluyó la compañera de Marijuli con un gesto soez.

No tuvo que hacer nada Teresa, pues en cuanto aquellas dos diablas se encerraron para continuar su trapicheo, encontrose con la propia Merceditas, que alarmada por el ruido, bajaba las escaleras. Quedó muy sorprendida la joven de ver allí a la que fue su sirvienta, pero tras la incertidumbre inicial se arrojó a sus brazos y le llenó la cara de besos mojados por lágrimas de alegría.

—¡Ay, Teresa, mi Teresita!... ¡cuánto te he echado de menos! —decía Merceditas con sincero contento—. ¡Mira cómo me tiene mi padre, encerrada sin misericordia en esta jaula de oro!... ¡Ay, Teresa, cómo me acuerdo de ti y de aquellos gazpachos que me hacías y de esos pollos en pepitoria a los que tú dabas el punto justo...!

—Quita, quita, locuela, que aquí me tienes, que tu Teresa sabía que no estaba don Julián ni las Madres que te vigilan... y he comprado el silencio de esas dos recogidas trayéndoles unos regalos... —tranquilizaba una afable Teresa.

—¿Regalos? ¿para ellas? ¿y para mí nada traes?

—Para ti traigo las mieles, princesa... Anda, ven conmigo al jardín que vas a ver cosa rica, picaruela.

—¿Salir yo al jardín? Pero... ¿y mi padre, qué dirá si se entera? —preguntó con temor una renuente Merceditas.

—¿Tu padre? Quién sabe dónde estará ahora tu padre... ven, hija, no tengas miedo ¿qué hay de malo en que el aire de la noche avive tu color de rosa, tontina?...

Fue de este modo como la paciencia de Teresa fue venciendo la resistencia que ofrecía la damisela, sustituyendo su pavor por tímidas sonrisas. ¡Padres que forzáis a vuestras hijas, sabed que los candados del encierro nada pueden ante la llave de vuestra ausencia! Del cuarto de costura llegaban voces y susurros que componían las claves del aberrante safismo, práctica que por habitual es más vergonzante si cabe cuando la desarrollan ingratas que desprecian el cobijo y los denuedos de las monjitas.

Cuando finalmente Teresa y Mercedes salieron al jardín, Aurelio “el Empañao” ya llevaba fumados tres o cuatro de sus caliqueños, había canturreado por lo bajini todo su repertorio de fandanguillos y estaba a punto de marcharse. Asustose Merceditas cuando vio aparecer entre el follaje la figura del que se le antojó desconocido, transmitiendo su temor con un apretón de su mano al brazo que ofrecíale Teresa.

—¿Pero te vas a asustar, boba, de “el Empañao”? ¿Acaso no recuerdas sus lindezas? —calmó Teresa pasando la mano por aquella carita de plata.

—Buenas noches tenga usted, señorita —fue todo cuanto acertó a decir el buhonero alzando un poco la gorrilla.

—¿Has visto? —continuó la criada buscando la complicidad del hombre— a este caballero le comenté esta mañana la situación en que te encontrabas y se ofreció a darte un paseo en su yegua. Total, diez minutos que te sabrán a gloria después de tanto encierro, corazón.

—Es muy mansa la bestia, señorita —terció Aurelio aceptando la sugerencia que ofrecía Teresa.

Merceditas, escandalizada por la propuesta y horrorizada por las consecuencias que podría acarrear la loca petición, anegóse en llanto intentando zafarse de las manos de una Teresa que la retenía. Mas, ¿quién podía negarse ante los resabios que desplegó la fregona y sobre todo, a la presencia viril, irresistible y tentadora de un hombre como “el Empañao”? En poco tiempo, aquella unión de trapacerías consiguió hacer mella en el corazón de Merceditas que, bajo promesa de la brevedad del paseo y de la absoluta discreción del mismo, aceptó subir a la yegua con el mínimo acto de rebeldía del que creía ser merecedora. Nunca mejor demostróse que es privilegio de las mujeres el cambiar de opinión aunque sin saber aquella desgraciada que su decisión traería irreparables estigmas.

Finalmente la chiquilla, víctima de la viva imaginación provocada por su aislamiento, dejó ganarse por ensoñaciones románticas y, abrazando la cintura del buhonero, hizo sentir en la grupa la música de su crujiente polisón.

No tardó Teresa la Liebre en palmear las ancas de la jaca para no dejar que el arrepentimiento abriese alguna puerta, a la vez que Aurelio, acuciado también por la prisa y el deseo, espoleó a la montura iniciando el trote que en poco tiempo los alejó calle adelante. No pudo ver Merceditas la sonrisa que como maligno corte transversal, rasgó el rostro de su antigua criada pues por nada del mundo se hubiera girado, descansada como tenía su mejilla en la espalda poderosa del buhonero.

En la noche oscura, las chispas que del adoquinado arrancaron los cascos de la yegua, fueron las estrellas que faltaban en el cielo.

(Continuará)
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