miércoles, noviembre 03, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 12

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Capítulo 12

…acabó por arrojarlo al barrizal de una cochiquera.
(del capítulo anterior.)

   No se dejó de registrar ningún rincón en aquel caos de movimientos y griterío donde se alzaban colchones y se rompían muebles con el furor exacerbado de unos visitantes que no encontraban el objeto de su búsqueda. De nada servían los ruegos y juramentos de María la de los Ratones, que corría de un sitio a otro tratando de impedir el estropicio de las botellas, los vasos, las tinajas y los espejos, que hechos añicos multiplicaban con sus reflejos la devastación.

Fue la Pitusa Dolores la que con esfuerzo pudo hacerse entender, pues la sangre que borboteaba de su nariz rota por un bastonazo, apenas le dejaba articular palabra. De su boca salió el nombre de Aurelio "el Empañao", gritado sin fuerzas desde el suelo. Con el precioso dato en su poder, don Eusebio, en un aparte con doña María Luisa del Peral —una de las más furibundas componentes de la Damas Católicas— accedió a la orden que dictara tanto la señora como Sor Gervasia allá en el convento. Fue de esta manera como el serrín empapuchado de alcohol que cubría el piso convirtióse en el combustible ideal para dar inicio a un fuego purificador que en poco tiempo dio lugar a los estragos completos de un incendio que todos pudimos contemplar satisfechos en el exterior. En pocos minutos, el despreciable negocio de María crepitaba entre soberbias llamaradas mientras las meretrices eran perseguidas a palos por un iracundo mocerío arrepentido sin duda de haber dilapidado su dinero en infames orgías.

La alta columna de humo, la misma que en la lejanía divisaron los viajeros de la diligencia, antes de representar un final, fue prólogo y acicate para que aquella hueste tornase al pueblo para proseguir la búsqueda.

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El conocer la implicación de Aurelio "el Empañao" en el desaguisado, llenó a muchos de gran preocupación, pues si la desaparición de Merceditas pudo parecerles al principio una banal rebeldía de chiquilla, el nombre del buhonero unido al de Teresa la Liebre, convertía el suceso en verdadero escándalo al tintarlo con las más siniestras sospechas.

Parecida situación a la del burdel repitiose en la fonda donde acostumbraba a alojarse "el Empañao", aunque las pesquisas fueron vanas en tanto el posadero, hombre honrado y de gran prestigio entre los vecinos, jurase que el perseguido no había pasado allí la noche. Empero, las agitadas turbas, la chusma que en toda revuelta se da cita, aprovechó la oportuna conjunción para asaltar las corralizas y, como marea ingobernable, hizo objeto de pillaje la tartana del buhonero antes de que ésta fuera consumida por las llamas. El espectáculo —siguió diciendo mi amigo B.— que todo ello ofrecía era inenarrable. La más baja estofa de la villa no dudó en organizar con los tejidos y abalorios un grotesco carnaval contra el que nada pudieron hacer las llamadas al orden de don Eusebio, don Sixto el teniente, y otros principales miembros del cívico destacamento. Desperdigados por las calles, vociferantes y desatados de cualquier disciplina, el vecindario mostraba la horrísona visión con la que fueron a encontrarse don Julián Tárrega y sus compañeros comisionados nada más apearse de la diligencia.

Sobrepuesto a los mil avatares de la vida, había aprendido el indiano que la sangre fría era la mejor arma para luchar contra la adversidad y que si antes imaginaba ferrocarriles y fábricas, parecía no costarle esfuerzo ahora tener la cabeza en su sitio pese al revés con que era herido por el destino. Frente a la congoja que mostraban todos y sobre el desorden que se había apoderado del pueblo, don Julián mantenía la calma de espíritu. Él mismo fue quien, despojándose del ceremonial chaqué y quedándose en mangas de camisa, trató de organizar pequeños grupos al frente de los cuales dispuso a personas respetables para iniciar las batidas que concluyeran con el hallazgo de Merceditas. Pero nada de esto fue necesario finalmente, pues a poco de iniciar la búsqueda, la multitud que se reunía en la plaza pudo divisar cómo hacia ella se dirigía una tropilla de lo que parecían ser zíngaros. En efecto, adivinose al rato que aquellas gentes de colorista atavío eran egipcianos, por lo que, ante la comprensible ofuscación de los congregados que relacionaron desde siempre al buhonero con la gitanería y deseosos de encontrar culpables, fueron recibidos por una lluvia de piedras que a punto estuvo de hacerlos huir, pues ¿qué se puede esperar de individuos de una raza tan proclive al latrocinio y más en momentos tan delicados? Mas las señales de alarma junto con los aspavientos que hacía la mona que delante de ellos marchaba, detuvo por un momento la pedrea inclemente.

(Continuará)
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