viernes, febrero 01, 2013

La mentira

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LA MENTIRA

Al grupo de gandules que —sin excepción— fueron mis maestros.

      Fue lo de cuando robaron el dinero en la clase. El dinero que guardaba don Francisco en la caja de un cajón de la mesa. En una caja de lata. Lo menos quinientas pesetas.

Era el dinero de la Permanencia, o sea, que era suyo por la hora de la Permanencia, cuando nos ponía a hacer problemas y a hacer copiados. Lo guardaba en su cajón, en una caja de lata pero sin llave. Y un día la abrió y no estaba el dinero. O sea, que lo habían robado.

Se enfadó bastante y nos gritó bastante.

Nos puso a todos de pie y preguntó que quién había robado el dinero. Y todo el mundo callado. Que qué, que no decís nada, gansos. Y todo el mundo callado. Pues de esto se va a enterar el director. Y seguimos callados. Luego tuvimos que vaciarnos los bolsillos y vaciar la cartera cada uno encima de la mesa y no estaba el dinero. Lo habrían robado otro día. Pero luego nos fuimos porque sonó el timbre.

Al día siguiente igual. Quién ha sido. Ah, que no, pues vais a ver ya, gansos, que sois unos gansos. Y entonces seguimos pintando el mapa del Valle del Ebro. Entonces por la tarde vino el director con sus gafas esas finitas y el traje negro y la corbata negra que siempre llevaba y nos mandó ponernos de pie y nos mandó callar. Cuando nos mandaba callar movía una mano como si diera bocados, como la boca de un pescado respirando, y preguntó también quién ha sido. Y todo el mundo callado. Entonces don Francisco dijo que prometo que quien haya sido que lo diga y no le pasará nada. Lo prometo. Y todo el mundo callado.

Entonces el director dijo que nosotros tenemos en el despacho un maletín con cosas de la policía, con unos polvitos que adivinan las huellas y que iban a echar los polvitos en la caja de lata. Y todos callados porque de verdad que no sabíamos nada.

Así lo menos dos días preguntando. Una tarde me llevó don Francisco al despacho del director. Me sentaron en una silla enfrente de la mesa y los dos no decían nada. Ni yo entendía nada. Los tres callados lo menos media hora y luego volví a la clase con don Francisco.

Otra tarde me entraron ganas de mear y pedí permiso y subí las escaleras para ir al servicio y cuando bajé las escaleras, don Francisco me estaba esperando fuera, en la puerta de la clase. Me miraba pero callado y yo me puse enfrente de él y también estaba callado. Luego me dejó entrar en la clase y luego entró él. Eso se lo hicieron a más gente.

Pero el dinero no aparecía ni se sabía el ladrón y en el recreo cada uno decíamos que quién creíamos que era el ladrón. Casi todos creíamos que era el Velasco y empezamos a echarle las culpas al Velasco pero no se lo decíamos porque nos pegaba. El Velasco era uno de los torpes, uno que siempre estaba castigado y que vivía como los gitanos. Nunca sabía nada. Un día le preguntó don Francisco que a ver, Velasco, dígame usted un monumento románico y va el Velasco y se levanta y dice, pues las ruinas de Litálica y nos reímos todos de lo burro que era y lo guarro que era con la vela de mocos que siempre tenía colgando en la nariz. Otro día le preguntó que a ver Velasco, sabe usted quién inventó la electricidad y va el Velasco y dice sí, El Mahoma. Y nosotros venga reírnos y el Velasco con los mocos colgando.

Claro, Velasco de vela y de asco.

Una tarde vino la madre del Ruiz Durán para pedirle permiso a don Francisco para llevarse al Ruiz Durán de la Permanencia porque iban a ir a un teatro. Entonces la madre dijo que tenía otra entrada y si podía venir alguien y entonces me eligieron a mí y que si yo quería. Vale, dije.

Nos fuimos andando desde el colegio, mucho tiempo porque el teatro estaba por el Parque. Ni el Ruiz Durán ni yo habíamos ido nunca al teatro. Me acuerdo que lo que ponían se llamaba Las Mariposas pero ya no me acuerdo de qué era. Estábamos contentos de estar por allí andando y los demás en la clase con don Francisco pintando mapas o haciendo problemas. Cuando íbamos andando dijo el Ruiz Durán que éramos amigos y que podíamos contarnos alguna cosa. Algún secreto. Lo dijo él y me asustó un poco porque le dije vale y me creía que me iba a decir que él era el ladrón del dinero. Pero no y la madre estaba un poco lejos. Pero se puso un poco triste y me contó que en el pueblo de su madre, cuando se iban de veraneo, los niños del pueblo, como él era un poco gordo, le decían El Zambombo para reírse de él. Le tuve que jurar que no le diría a nadie que le decían El Zambombo. Yo no me acuerdo de qué secreto le conté. Luego llegamos al teatro.

Al otro día nos dijo don Francisco que al otro día que era el lunes, que el ladrón trajera el dinero porque íbamos a hacer una cosa por la mañana. Era que por la mañana nos formó en el patio y no nos dejó subir a la clase. Nuestra clase se quedó sola en el patio y las demás ya habían entrado. Así que dijo don Francisco con el director, ahora vais a subir uno a uno, subís y bajáis, y el que se llevó el dinero que lo deje en la caja, luego subimos todos juntos y si aparece el dinero en la caja yo les prometo a ustedes que ya no pasa nada porque el que haya sido el ladrón habrá sido honrado, así que vamos a empezar.

Y fuimos subiendo por la letra del apellido. Primero el Alcaide y luego el Ariza y así. Luego iban bajando y se metían otra vez en las filas. Todo el mundo mirábamos al Velasco que era de los últimos pero seguía con su vela de mocos mirando para enfrente.

Cuando me tocó a mí, subí las escaleras y me dio un poco de miedo ver las escaleras solas y las voces de los demás niños de las demás clases que se escuchaban detrás de las puertas. Luego llegué a mi clase, abrí la puerta y la cerré. Entonces tuve más miedo cuando vi la clase vacía. Tanto miedo que no quise ni acercarme a la mesa de don Francisco a ver si ya habían dejado el dinero en la caja y dejar las huellas. Me quedé parado allí en medio y miré la pizarra y estaba el río Duero con los afluentes y miré luego la ventana y vi dos gorriones peleándose en lo que hay abajo de las ventanas. Luego abrí otra vez la puerta y bajé las escaleras. Llegué al patio y me metí en la fila. Esto lo hicimos todos, el Guti, el Sánchez Parrilla, hasta el Velasco y hasta que le llegó el turno al último que era el Zamorano.

Entonces cuando terminamos dijo don Francisco, pues ahora todos para arriba en orden a ver si está el dinero y yo doy mi palabra que ya no pasa nada más y me olvido del culpable.
Llegamos a la clase y cada uno se sentó en su sitio y entonces don Francisco cerró la puerta y fue para su mesa. Abrió el cajón y luego la caja y allí estaban las quinientas pesetas. Todas. Todas todas. No faltaba ni una peseta. Entonces yo me creí que don Francisco nos mandaría sacar los problemas para corregirlos, pero que va.

Don Francisco se puso a hablar de lo honrado y de lo valiente que había sido el que se llevó el dinero y que lo había devuelto y que eso estaba bien. Pero entonces empezó a preguntarnos uno por uno, igual que cuando subimos y bajamos de la clase, que qué castigo merecía el ladrón porque un ladrón sería siempre un ratero.

El Alcaide se puso de pie porque era el primero. Pero estaba callado. Así que don Francisco lo achuchaba. Venga, dígame usted qué le haría al que cogió el dinero. Y el Alcaide callado y don Francisco que venga. Así hasta que el Alcaide dijo que yo lo suspendería. Se sentó. Luego le tocó al Ariza y dijo que yo lo suspendería también para que repitiera el curso.

Así era al principio, pero después cada uno iba diciendo más cosas. El Cruz dijo que también había que darle una paliza. Y cada uno iba diciendo castigos más grandes y don Francisco seguía y seguía porque nos achuchaba como a los perros.

Estábamos nerviosos pero también contentos porque en el colegio nos castigaban tanto que nos gustaba que castigaran a otro y que nosotros lo dijéramos y que no nos pasara nada. Y por eso veíamos al Velasco y es como si nos diera un calambre.

Y seguimos y luego el Daza Muñoz dijo que lo expulsaran del colegio. Y el Duque que también le pusieran una multa a los padres. Y cada vez los castigos eran más grandes y uno dijo que lo tienen que meter en un correccional. Disfrutábamos aunque estábamos muy serios. Cuando me llegó a mí el turno me puse de pie y me parece que dije también que lo expulsaran. Después seguía todo así con las palizas y el repetir el curso y el expulsarlo y lo de los padres.

Entonces cuando le tocó al Ruiz Durán, se puso de pie y cuando le preguntó don Francisco se quedó callado. Le preguntó otra vez y entonces dijo, lo que ha dicho ése. Cómo que lo que ha dicho ése, que lo suspendan o qué. Y dijo sí. Pero ya no dijo nada más porque se sentó en la silla como si se cayera y se puso a llorar. Lloraba mucho. Muchísimo. Con la cara escondida en los brazos en la mesa.

Nos llevamos la sorpresa porque el ladrón no era el Velasco sino que era el Ruiz Durán, uno de los listos. Don Francisco se acercó a él y le dio una palmada en la espalda pero el Ruiz Durán seguía llorando y luego nos acercamos todos y le dábamos palmaditas en la espalda y don Francisco dijo, ha tenido mucha hombría. Era la primera vez que yo escuchaba esa palabra y no sabía qué era.

Después todo era igual y seguíamos pintando mapas de las cordilleras y haciendo problemas. Así días y días. Pero al Ruiz Durán no lo suspendieron al final, pero aunque era de los listos ya no sacaba buenas notas. Nunca sacaba buenas notas y lo suspendían.

Cuando se acabó el curso y vinimos luego de las vacaciones del verano, ya el Ruiz Durán no vino más. Lo veíamos por la calle llevando un carro bicicleta de la tienda del padre repartiendo cosas. Qué suerte. Nosotros con los problemas y con don Francisco y él en la calle montado en un carro y dándole a los pedales y repartiendo los recados. Cuando lo veíamos se escondía para que no lo viéramos. Luego es cuando ya nos decían que íbamos a estudiar no sé qué, pero el Ruiz Durán no porque seguía con el carro bicicleta y no se paraba con nosotros.

Yo me acordaba de cuando me dijo que le decían El Zambombo y que fuimos al teatro. Nunca le dije a nadie que le decían El Zambombo. De verdad. Bueno, no, se lo dije al Sánchez Parrilla.

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Gracias, esforzado lector que hasta aquí llegaste.
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22 comentarios:

María dijo...

Si no fuera un poco timorata diría sin más que es el mejor cuento que le he leído, Sr. Sap. En él se cumple eso que decía Muñoz Molina el otro día de la voz verdadera de la literatura.

charini dijo...

Imagino todo lo que se le tuvo que pasar por la cabeza al "pobre¨"Ruiz Durán cuando escuchaba todas esas "condenas". En toda las clases habia un Velasco, vaya asociación de mocos con apellido. Eres un "artiiista".
Yo tambien fuí a muchas clases de permanencia con Doña Pilar.

Ángela dijo...

La inocencia de los niños. Magistral.

Manuel Carrasco Rubio dijo...

Bueno, pues ami me recuerda los tiempos de la Marina, que le vamos a hacer, es que a mi me dejó huella.
Es un dicho muy frecuente ese de: ¡ La que se a liar, si no aparece la manta.
Pues en la Marina nos entregaban una manta muuuu larga, que nos servia como base y para taparnos sobre la litera y veces uno denunciaba que se la habían robado. El castigo es que, a media noche,nos levantaban a todos y nos hacían cambiarnos de ropa constantemente y, como los atuendos era muy variados, eso resultaba agotador y luego encima tener que ordenar la taquilla, pero recuerdo que ni una vez aparecía la puta manta.

evita dijo...

Que bien le habría venido a nuestros politicos, tener un D Francisco en su niñez, que les recordara devolver el dinero que se roba.
Me ha gustado mucho tu relato.

Vichoff dijo...

Chapó, maese Sap.
He leído hasta el final sin ningún esfuerzo, que lo sepas, y me he quedado con ganas de más.
Eres de los grandes, chaval.
Un abrazo.

Eduardo dijo...

Buenísimo. El mejor que he leido aquí junto al del diablo. Ya sabes el de uuuhh uuuhh y let me introduce myself.

Nicolás dijo...

Llegado el caso y el momento oportuno, que no tiene porque ser ninguna sustracción monetaria al maestro, ni "pérdida" intencionada de algún bien material en el aula, ¿daría usted su permiso, don Sap, para que este humilde colega de don Francisco pueda usar este cuento con intenciones pedagógicas?
Quedo a la espera de su respuesta.

jaguarfidel dijo...


Los ZAMBOMBOS de hoy ya no les dan a los pedales, tienen carros de los buenos y al padre le traen las zapatillas un buldog francés.
Velasco no fuiste tú, pero coño límpiate bien la napia.

Sap. dijo...

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Gracias, María. Entendí que la verosimilitud del hecho real, solo se alcanzaría utilizando la voz de un niño.
:-)

Sap. dijo...

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Charo: Las clases de Permanencia eran, en mi caso, machadianamente insoportables. Gracias por tu comentario.
:-)

Sap. dijo...

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Ángela: La inocencia y su pérdida a manos de rufianes como aquel maestro y otros parecidos que nos infectaron en aquel colegio.
Gracias.

Sap. dijo...

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Sr. Carrasco: En este caso, el robo fue lo de menos, un pretexto para dejar asomar la ferocidad.
Gracias por el comentario.

Sap. dijo...

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No, Evita, D. Francisco era un canalla que ningún niño merecía. Lo que necesita la clase política española es fuego purificador.
Gracias.

Sap. dijo...

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Gracias, Vichoff, tú es que eres de gafa amable conmigo.
:-)

Sap. dijo...

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¡Hombre, Eduardo, qué sorpresa verte por aquí! Has sido muy amable... El uuhh, uuuhh, ahhh, síi, ya recuerdo.
:-)

Sap. dijo...

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Por favor, Nicolás, no te llames colega de D. Francisco porque tú eres un maestro de verdad y aquél solo nos supo enseñar la acera oscura del vivir.
Para mí sería un honor que la voz de este niño te fuese útil, ¡vaya premio que me otorgas! Gracias.
:-)

Sap. dijo...

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Poco te tengo que comentar, Jaguarfidel, puesto que conociste de primera mano cómo se las gastaban en el ejemplarizante Colegio Nacional Generalísimo Franco.
:-)

Alberto Granados dijo...

Delicioso relato de inocencias y temores. ¿Éramos / somos los maestros tan monstruosos e ineficaces? Me comeré el coco un rato, sapiente Sap.

Un abrazo,

AG

Sap. dijo...

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Muy a mi pesar, amigo Alberto, debo confirmarte que el grupo de docentes que a mí me tocó en suerte fue terrible. Parecían unos recién llegados de las trincheras.

:-)

Alberto Granados dijo...

Sap, sin duda lo sabes y a ello te refieres con tu última frase: hubo muchos patriotas que, a la vuelta de la División Azul, fueron nombrados maestros tras un curso de unas cuantas semanas. Lo suyo era más doctrinario que pedagógico, así que, sin generalizar, me figuro por dónde van tus imputaciones.

Saludos,

AG

AG

Sap. dijo...

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Así era, Alberto. La mayoría de aquellos individuos eran o veteranos de la División Azul o 'alféreces provisionales' reconvertidos o falangistas que vestían la camisa azul debajo de la chaqueta.

El problema es que cuando llegaron las primeras hornadas de maestros jóvenes, aquella casta los acogotó. Hubo que esperar a su jubilación o fallecimiento para que el orden de las cosas comenzara a cambiar.

Pero antes que aquello ocurriera, ¡qué leña se daba allí, qué leña!

:-/