viernes, junio 22, 2012

"Violeta, la hija del enterrador", 4. Final

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Las moscas, indiferentes como el cosmos a lo humano y sus pasiones, seguían revoloteando sobre algún cadáver.
(del capítulo anterior).


4.


Durante algunos años se fueron sucediendo aquellas prácticas, atenazados sus protagonistas por una de las mayores fuerzas que se conocen, la de la costumbre. Pero a esta fuerza, con ser poderosa y estar aliada con un tácito acuerdo que beneficiaba a todos, supo hacerle frente, desarmarla y vencerla otra fuerza aún mayor, la del amor.

Fue así que apenas cumplidos los quince años (atrás quedaron sus compañeros de juegos, hospedados en ese espacio que la mente destina a los recuerdos entrañables) y secretamente embarazada de dos meses, a Violeta le atrapó por vez primera el torbellino que hace girar el mundo y entre sus espirales le fue dada a probar la miel de locura que a todos desboca el corazón, mas como no podía ser de otra forma fue la casualidad quien trajo a su vida al destinatario de sus suspiros.

Claro que Violeta, en la distancia,  había conocido a jóvenes de su edad, pero eran muchachos que formaban parte de la comitiva que acompañaba algún sepelio; muchachos tristes a los que el dolor anegaba en lágrimas, muchachos taciturnos a los que la soledad próxima les prestaba rictus de amargor. Fue por eso que cuando descubrió el semblante tranquilo de Thomas, con ese perfil que parecía irradiar la paz más completa, la niña quedó rendida de amor a los pies de la mesa. Porque fue allí, en la mesa de autopsias donde Violeta encontró al que consideró dueño de su persona y de su voluntad.

Era una soleada mañana de otoño, de esas que consiguen derretir las primeras nieves sin mucho esfuerzo. Violeta, ocupada en limpiar los cristales de la vitrina donde se guardaba el instrumental forense, tarareaba una canción mientras el fiel “Nicho”, ya ciego por la mucha edad, olisqueaba por los rincones en busca de cualquier restillo que pudiera echarse a la boca. Acostumbrada como siempre estuvo a todo lo relacionado con la muerte, Violeta no reparó en el nuevo inquilino que esperaba su turno hasta que una mano que asomaba bajo la lona que cubría el cuerpo llamó su atención. Una mano delicada a pesar de cerrarse en un puño que sugería fuerza y decisión. Violeta dejó su labor y curiosa, levantó por completo la lona de gutapercha descubriendo así al más bello mancebo que todas las imaginaciones del mundo puestas a imaginar a la vez la belleza, no consiguieran. Suspensa por la admiración, no pudo reprimir un hondo ay porque jamás en su corta como desgraciada vida se le había dado el contemplar tanta maravilla junta. Y es que el galán, aunque cadáver, conservaba todas las gracias que pudiera exigir una muchacha en edad de enamorarse. Sólo estropeaba un poco la visión el amoratado collar que le ceñía el cuello, señal inequívoca del origen de su muerte; pero por la misma circunstancia, para Violeta, hecha ya a los hábitos del doctor Sandbuch, este doncel presentaba la ventaja de ofrecer a la vista un “caramelito” (como ella llamaba a lo que a diario le ofrecía el doctor) de unas dimensiones y turgencias que solo el efecto vasoconstrictor que proporciona una soga en torno al cuello y un salto, pueden conseguir.

Un rato después, Violeta conocía la noticia de boca de su madre.

Pobre muchacho y pueblo maldito este, verdadero culpable de que tras años de rechazo tomara la fatal decisión. (Helga leía por aquellos días el Werther).

¿Qué ha ocurrido, mamá?— recabó una llorosa Violeta.

Thomas Seil. Tú no lo conociste. Volvió a Cainsdorf creyendo que la gente lo habría olvidado o que al menos habría perdonado su condición de ser hijo del antiguo verdugo. Pero no fue así. Ayer, cuando fue obligado a abandonar la cervecería de la Oca Roja, tomó el camino del bosque y se ahorcó de un roble.

¡Oh, mamá, cómo puede ser la gente tan cruel!… Pobre Thomas, lo siento tan cercano a mí.

Claro, hija. En cierta forma habéis sido almas gemelas. Desgraciado muchacho. Esta tarde vendrá el doctor para efectuarle la preceptiva autopsia (¡cuánto aprovechaba Helga sus lecturas!)

¡Y cuánto alarmó aquel anuncio el ánimo de Violeta! Tanto que, desatendiendo sus tareas, pasó el resto del día velando el cuerpo amado, intentando aprovechar la belleza intacta antes de que fuera destrozada por los artilugios del doctor Sandbuch. Decidida, Violeta depositó un beso en los yertos labios del muchacho. Su primer beso de amor. Fueron luego incontables los que siguieron.

Horas más tarde el doctor, que entró en la sala silbando despreocupado a la vez que se subía las mangas de la camisa dispuesto a comenzar su trabajo, sorprendió a la niña acariciando el negro pelo del cadáver en medio de débiles sollozos. Una descarga eléctrica, magnética, telúrica incluso, le recorrió la espina dorsal y, nublada la vista, tuvo que apoyarse en una silla para no desplomarse. El impacto recibido no fue tanto el no haber advertido aquella presencia, sino algo más terrible, la certeza de que Violeta ya no le permitiría nunca más la entrada a su alma por muchos que fueran sus desvelos ensayando ortopedias, y la constatación de que a sus ojos se había convertido en un anciano vencido de repente por el enemigo más temible en asuntos de amor: la juventud, aunque esta se manifestara en un cadáver. Así que después de recuperarse de la impresión, tanta fue la rabia acumulada en el estómago que estalló en su boca disparando formidables maldiciones a la vez que amenazaba a Violeta blandiendo el bastón. La pobre niña huyó despavorida de la sala de autopsias para abandonarse al llanto en el refugio de su propia cama. Más tarde y aleccionados por el médico, que dotó al episodio de características monstruosas, Helga y Leopold no solo no prestaron consuelo a su hija sino que por el contrario la obligaron a mantener su encierro en tanto Sandbuch no acabara con el asunto de Thomas Seil.

No había nada, no podía existir nada que pudiera paliar el dolor de Violeta, la noche se le antojaba eterna y el sueño ni era ni podía ser tampoco remedio a su locura. Mas todo llegó a tal punto que Violeta, desobedeciendo los dictados de la prudencia y decidida a eliminar cualquier otro valladar que se le hubiera puesto por delante, abandonó la cama impulsada por el enérgico resorte al que el amor presta toda su fuerza, y echando sobre sus hombros las propias mantas del lecho se dirigió donde reposaba el propietario de su corazón.

Thomas Seil, aserrada la bóveda craneal y descerebrado, con una enorme i griega pespunteada con cordel de coser sacos marcando su torso y abdomen, presentaba además un limpio tajo en el pubis, el que le había practicado un doctor Sandbuch que presa de los celos, resolvió cercenar la tersa masculinidad del muchacho. Ninguna de tan espeluznantes circunstancias alteró un ápice el ánimo ni los propósitos de Violeta. Las lágrimas que se deslizaban por las rosas de sus mejillas no advertían de una pasajera debilidad. Eran purísimas lágrimas de amor.

Se desnudó por completo y estremecida primero por el frío de la estancia y por el contacto con el mármol después, se tendió junto al cuerpo de su amado, abrazándolo y llenando de besos la terrible herida de su cuello. Después, como amante que buscara mayor intimidad a su relación, encontró cobijo en su hombro apoyando dulcemente en él su radiante cabellera. Acto seguido, deslizó sobre ellos la lona hasta que los cubrió enteramente.

A la mañana siguiente, alarmados por la ausencia de la niña, Leopold, Helga y el propio doctor Sandbuch que llegó a primera hora, entraron en la sala de autopsias. Bajo la marmórea mesa, lo primero que llamo su atención fue un botecillo de cristal azul cobalto que reflejaba el rayo de sol que penetraba por el tragaluz.

¡El preparado de arsénico para los embalsamamientos! —informó el médico cuando Leopold, asaltado por el más negro de los presentimientos, procedió, con un gesto resignado pero decidido a la vez, a alzar la lona. Ante los ojos de todos quedó al descubierto el conjunto que formaban los jóvenes amantes. El horrísono grito de Helga precedió al desmayo de su marido y al ataque de apoplejía que finalmente acabó con la vida del doctor Sandbuch.

A la misma vez que se desarrollaban estos sucesos, a los pies del roble donde Thomas se ahorcó, abonada la tierra con su líquida y viril juventud, desplegaba sus primeras hojas una planta de mandrágora.

F    I    N


© Sap, 11/11/08
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9 comentarios:

Alvaro dijo...

Pobre Violeta, que perdió su piruleta. Claro que el copyright sería por la traducción del alemán decimonónico al español sapense.

Nicolás dijo...

Pobre Violeta, qué vida tan corta y tan desgraciada.
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Sap, como la cabra tira al monte, me apropio, con el permiso del doctor Sandbuch, del método de enseñanza de la lectura empleado por el galeno con Violeta. Niños aprendiendo el arte de leer en el camposanto local. Voy a proponerlo en el Claustro final de curso esperando contar con la segura aprobación del mismo.

Anónimo dijo...

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Gracias, Álvaro y Nicolás por vuestra lectura y comentarios. Comunicado con la desgraciada Violeta a través de una sesión de ouija, me solicita encarecidamente que os transmita sus saludos.

:-)

El Abuelito dijo...

¡¡Maravillosa pieza, seguidora de nuestra gloriosa tradición de humor negrísimo, que yo personalmente no dudaría en absoluto en añadir a una antología española del género... que por cierto se echa en falta, ya que la confeccionada por Cristóbal Serra hace ya unos cuantos años no deja de resultar ortodoxa en demasía y pelín cultista, desde mi punto de vista...! Enhorabuena, el relato se disfruta decabo a rabo... sobre todo rabo... esto, quiero decir... mejor me callo ya!!

Sap. dijo...

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Querido Abuelito, siempre es un honor que esta humilde casa sea hollada por sus pieses y vaya dejando un rastro de pelos de su barba venerable.
Le quedo muy agradecido.
:-)

BK BK dijo...

Me ha divertido mucho tu cuento macabro. Lo copié y pegué en el libro electrónico, para poder leerlo mientras esperaba en la sala del dentista. Ante mi comentario "Vaya, el doctor la ha dejado preñada" ninguna de las cuatro personas que estaban allí se inmutaron. Ante mi otro comentario "!Joder, se ha enamorado de un muerto¡" todos clavaron en mí sus miradas. Sospecho que querían saber qué locura de historia estaba leyendo. Ninguno preguntó. Ellos se lo pierden.

Sap. dijo...

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BeKá, no creo que haya muchos lectores con tu interés. Si además las tribulaciones de Violeta te emocionaron esperando al dentista, mi asombro y agradecimiento es doble. Supongo que como anestésico debió ser buena cosa.
:-)

Manuel Carrasco Rubio dijo...

¡AHH, ME PARECE RECORDAR QUE ESTA HISTORA YA LA CONOCÍA. PERDON POR TODO EN MAYUSCULAS, PERO ASÍ EMPECÉ Y ASÍ TERNIMO.

Manuel Carrasco Rubio dijo...

Si al guna vez tengo un perro le pondré NICHO, pués siempre me gustaron los cementerios ¡DE DÍA!