miércoles, junio 13, 2012

"Violeta, la hija del enterrador", 1

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Introducción:

El poco conocido autor muniqués de literatura fantástica Gustav Schweinsgesicht (1876-1938) incluyó en su libro “Der grüne Hund und andere Horrorerzälungen”, (Unrast Verlaghaus, Münster, 1921) el relato que presento a continuación: “Violeta, la hija del enterrador” (“Violett, die Tochter des Totengräbers”). Con posterioridad y a ruego de los editores, el relato fue eliminado en la siguiente y última edición de la obra. La crítica literaria de entonces justificó la ausencia señalando la nula calidad del mismo. Por el contrario, la crítica actual ha extendido el calificativo de “nula calidad” a toda la producción de Schweinsgesicht. Sin excepción.

Sea como fuere y sin entrar en consideraciones que ahora no vienen al caso, entiendo que “Violeta, la hija del enterrador” no deja de tener interés para el aficionado al género, ya sea por su condición de rara avis como por ser un relato nunca vertido a nuestra lengua. Alentado por los seguidores de este ilustre blog lo presento en varias entregas, señalando a este respecto que la traducción al castellano es mía, así que Vds. perdonen.
Sin más dilación, ahí va el resultado de mi trabajo:




VIOLETA, LA HIJA DEL ENTERRADOR
(Cuento de miedo)

1.

Cuando el cielo premió a Leopold Sarg, enterrador de Cainsdorf en la región de Zwickau, y a su esposa Helga con la llegada de su primera hija, ambos tenían edad suficiente como para ser abuelos, y aun bisabuelos si apuran un poco. Hasta entonces habían sido tantos los rezos que dedicaron a Santa Beatriz, a San Ramón Nonato e incluso a la vieja diosa Frigg y durante tantos años, que éstos no tuvieron más remedio que compadecerse de ellos, y admirando la paciencia y la fe inquebrantable del matrimonio, no solo les concedieron el favor que perseguían sino que el fruto de aquel amor ya invernal fue la criatura más preciosa que pueda imaginarse. Tanto, que decidieron ponerle por nombre Violeta, pues la belleza de la niña sólo a las violetas cuando se perlan del rocío matutino podía compararse.

A partir de entonces, la humilde morada de los Sarg se convirtió con este ingrediente deseado en un verdadero hogar, pleno de la dicha que proporcionaba Violeta con sus balbuceos, sus risas, sus juegos y, a los pocos meses, con sus primeros gateos. Nadie pudo extrañarse que el otrora sombrío Leopold —sempiterno azadón al hombro, sempiterna pipa en la boca— atendiera su labor con la alegría que siempre faltó a su rostro. Hasta parecía tener que esforzarse para no dejar escapar una melodía silbada, cuando entre los deudos de algún fallecido, se echaba el sombrero a la nuca y paleteaba tierra a la fosa a la par que el sacerdote mascullaba un responso.

Otro tanto ocurría con Helga, solícita madre, a la que la pequeña Violeta no dejaba de colmar de satisfacciones. Pocos hubieran podido imaginar que la triste casilla que el matrimonio habitaba y que estaba situada dentro del propio cementerio, se ornaría con petunias en las ventanas, que el maderamen de su estructura refulgiría de barniz y que los paños de fábrica parecieran estar siempre recién encalados. Y es que si hubiera sido por Helga, hasta las dependencias anejas a la casilla, esto es, el depósito de cadáveres y la pequeña sala de autopsias, se habrían llenado de alegres cortinas bordadas y búcaros con rosas silvestres.

Mas como es universalmente sabido que la felicidad dura poco en casa del pobre, sucedió que apenas cumplido su primer año y durante sus tempranos intentos por echar a andar, Violeta dio muestras de una incipiente cojera a resultas de una malformación de su pie derecho hasta entonces no detectada. A este respecto la consulta con el doctor Amelius Sandbuch, médico forense de la zona de Zwickau y aun de otras aledañas, pero vecino de Cainsdorf y por lo tanto, visitante continuo del cementerio y usuario de sus dependencias, dejó las cosas claras. Con la niña sentada en las rodillas y tras un meticuloso examen del piececito, el doctor emitió un diagnóstico que cayó como una lápida sobre los hombros de los atribulados padres:

—Queridos amigos míos, no quisiera ofreceros falsas esperanzas. Como facultativo me obligo a la verdad, y ésta es que hoy por hoy la ciencia médica se ve incapacitada para corregir el defecto de vuestra hija. A pesar de los muchos avances, la moderna cirugía y aun la ortopediatría deben considerarse inútiles ante casos como este…

Muchas y amarguísimas fueron las lágrimas derramadas por Leopold y Helga tras escuchar la noticia. Ganados por la desesperación, el futuro de su hijita se les antojaba oscurísimo, y es que al rechazo que ya venían observando hacia Violeta por parte de los habitantes del pueblo por el simple hecho de ser hija del enterrador, se sumaba ahora este contratiempo que si en otras latitudes no revistiera gran importancia, allí, en Cainsdorf, se convertía en enorme desgracia.

En efecto, por una parte, ya habían observado que pese a los disimulos de los habitantes de Cainsdorf, Violeta no era tratada con la deferencia que en general se trataría a una criatura de tan excepcional belleza. Su natural simpatía, sus admirables ojos, tampoco parecían ser suficientes arietes para derribar la muralla, que por su condición de ser hija del sepulturero del pueblo, se alzaba indestructible ante ella. Algo similar, aunque desde luego manifestado el rechazo colectivo con mayor virulencia, había ocurrido años atrás con Thomas Seil, el hijo del verdugo de Zwickau, un desgraciado muchacho que acabó marchándose del pueblo, incapaz de soportar el aislamiento al que le habían condenado sus paisanos.

Mas a la circunstancia de Violeta había que sumar ahora lo de su cojera, algo aún peor que ser hija de quien era pues en Cainsdorf existía una arraigadísima superstición que veía en todo cojo o coja a propaladores de la desgracia, a heraldos de la tragedia, y ello por culpa del archiduque Urwald von Pfotefuss, un noble de horca y cuchillo que dos siglos atrás había dejado indeleble memoria de sus fechorías y de la desolación que todo sufría a su paso, un verdadero hijo de Satán al que no bastándole cometer las más deleznables sevicias colectivas, dejó impreso para siempre su nombre como sinónimo del horror, haciendo imperecedero el recuerdo de las mayores penalidades. La tradición apuntaba que el archiduque Urwald era cojo. Violeta, para su desgracia, también.

No es de extrañar por tanto la tristeza de aquellos padres al escuchar el dictamen del doctor. Ajena al sufrir de todos, Violeta esparcía los rayos de sol de sus ojos mientras jugueteaba con la alba barba del galeno, el cual, incapaz de contener las lágrimas de impotencia que le sobrevenían, sólo alcanzó a recomendarles persistencia en su fe y a ofrecerles el pequeño consuelo de los avances científicos.

—Quién sabe… De aquí a unos años tal vez surja una eminencia médica que… Existe en Zurich un sanatorio donde se están ensayando novedosos protocolos que…

Todo eran frases sin acabar. Las únicas posibles para un conocedor de las costumbres locales como el doctor Sandbuch que sabía que ante la cerrazón de los habitantes de Cainsdorf, la existencia de Violeta iba a ser muy difícil. 

(Continuará...)
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1 comentario:

Manuel Carrasco Rubio dijo...

¡Joder con la niña cojita! Mira que tener que vivir en un cementerio. Aunque siempre me han gustado sus visitas, por su flora y fauna y por su historia.
Anónimo