viernes, abril 30, 2010

Placeres Mundanos


"Tagarninas: Cuando la tierra nutre por la jeró"


No hay duda de que cualquier inepto como el que esto escribe, que se tropiece durante un paseo campestre con unas tagarninas (fig. 1), tenderá a confundirlas con un vulgar matojo de cardos borriqueros sin saber que su desprecio e ignorancia lo privan de un manjar que si en otros tiempos llegó a ser alimento de supervivencia, hoy es aclamado como delicatessen en los restaurantes de mayor prosapia y ringorrango. (Aunque tal y como se están poniendo las cosas, no creo que las tagarninas tarden mucho en recuperar su estatus de paliadoras de hambrunas.)

La tagarnina, o tagarnilla o cardillo (Scolymus hispanicus L.), esconde tras su blindaje de pinchos unas insospechadas suavidades que hay que saber ganar, pues no en vano, y a menos que sea uno de Bilbao, unos buenos guantes son necesarios para la imprescindible limpieza del espinoso yerbajo. El método es desde luego sencillo y unos minutos de práctica junto a algunos maestros como los que tuve, son suficientes como para convertirte en un avezado tagarninanillador… La cosa, en suma, es tomar con la mano el extremo grueso de la hoja mientras que hacemos deslizar a todo lo largo de la misma los enguantados deditos pulgar e índice de la otra en un divertido y continuado riiiiiiiissss, hasta dejar la penca desnuda y limpia como una doncella que sale del baño (fig. 2). Las médulas así obtenidas son las comestibles, por lo que comprenderán, que hace falta pelar muchas hojas para obtener raciones que merezcan la pena (fig. 3).

Las tagarninas se pueden preparar de variadas maneras: con garbanzos, con arroz, salteadas con ajo, en tortilla, en ensalada, esparragás utilizando el método que ya reseñé aquí, etc. Pero en esta ocasión vamos a optar por la sencillez que representa un revuelto con algún que otro tropezón.

El proceso se inicia lavando las pencas muy bien lavadas hasta dejarlas desprovistas de cualquier gránulo terráqueo. Luego las trocearemos en cachos de 4 ó 5 centímetros y las pondremos a hervir a fuego fuerte hasta que ablanden, lo cual lleva sus buenos 15 minutos, oiga (fig. 4). En una sartén pondremos a freír unos dientes de ajo fileteados y, cocidas y escurridas ya las tagarninas, las refreiremos en la misma sartén añadiendo jamón en taquitos, a ser posible de Black Leg (fig. 5). Salpimentamos con cuidado considerando la salazón jamonera y acto seguido cascamos sobre el conjunto un par de buenos huevos de corral. En cuanto los huevos comiencen a cuajar, los desbaratamos con una espátula de madera provocando el rápido arrebujarse de los ingredientes hasta que todo quede bien repartido, y caso de ser necesario rectificamos de sal (fig. 6). Sin perder un minuto para no dar tiempo al rigor mortis del papeo, emplatamos, jamamos y a otra cosa, mariposa, dejando que el recuerdo de las tagarninas perdure en nuestros paladares (fig. 7).

miércoles, abril 28, 2010

Paraguas Tristes: Cierre de temporada.


Con el ejemplar recuperado nº 73, doy por concluída esta temporada 2009/2010 de Paraguas Tristes que tantas satisfacciones me ha reportado, por lo que quedo deudor tanto de la adversa meteorología como de la industria chinesca del todo a cien.
La colección completa, en pleno esplendor, la pueden ver aquí:
Aprovecho para dar las gracias a todos los visitantes y a cuantos me animaron a continuar tan ardua labor en los difíciles momentos en que, móvil en mano y agachaíto, se es consciente de ir haciendo el gilipollón por esas calles de dios.


viernes, abril 23, 2010

"Bisutería"

La muchacha entra en el bar de la Peña Deportiva Cultural. Pide una guía de teléfonos. Tiene un moratón en el pómulo. Dice que no tiene dinero y está agotada. Los jugadores dejan sus partidas de dominó, las señoras sus charlas en la barra. Todos tratan de ayudarla. Un hombre mayor la invita a una cerveza y a un bocadillo. La esposa del hombre mayor le ofrece su casa por si quiere descansar. La muchacha se va con ellos. Cinco horas después, ese mismo hombre mayor está con la muchacha en El Corte Inglés. Están cogidos de la mano frente a un mostrador de bisutería.
Tú pídeme lo que quieras —dice el hombre mayor.


viernes, abril 16, 2010

Placeres Mundanos

"Migas, el feeling agropecuario"

Las migas —condumio bucólico y pastoril donde los haya— ofrecen tantas variedades en sus ingredientes y ejecución como comarcas tiene nuestra amada patria. De todas las versiones, la que voy a mostraros será, no lo dudo, una de tantas, pero dado que es la más cercana a mi realidad geocultural es de la que echo mano.

Bien, dicho esto, adelantaré que las migas, dada la simpleza de sus ingredientes básicos es un plato no de difícil ejecución pero sí extraordinariamente complicado de llevar a buen término. El éxito resulta de mantener el correcto equilibrio entre hidratación y oleosidad del pan (en migas) que compone el papeo. Esta dificultad, que sólo se solventa con la práctica, es lo que ha hecho que en cada pueblo, villa o aldea de mínima tradición ganadera, exista la figura del maestro miguero o maestra miguera, personajes que con su buena mano y el mucho dalequetepego, han sabido ganarse el respeto de sus paisanos. Alejado de ellos, de los maestros, esta primera incursión de servidor en el ignoto universo miguista concluyó con un resultado manifiestamente mejorable. Sin duda habrá que esperar a una quinta o sexta vez para conseguir un final más adecuado; pero con todo, expongo en piezas, como un armario del Ikea, el proceso que seguí.

—Lo primero será conseguir el pan adecuado. Pan que debe ser de miga densa y corteza blanda y –muy importante- que esté asentao, o sea, que tenga uno o dos días de antigüedad. Yo utilicé el que aquí se llama pan de bollo y en la medida de una pieza por dentadura, en total, cuatro bollos como cuatro soles.

—Comencemos: La noche anterior al guisoteo procedemos a cortar el pan en finas rebanadas (fig. 1), pasando luego a fragmentarlas a base de pellizquitos cariñosos, como los que dedicaríamos al culo de una crujiente señorita o señorito, según los gustos. Ojo, la operación necesita su tiempo. Desmigar cuatro bollos con este método me llevó más de media hora... Bien. Una vez el pan troceado, lo rociaremos con agua salada, y tras cubrirlo con un albo paño, lo dejaremos que duerma el sueño de los justos hasta la mañana siguiente (fig. 2).

(12 horas más tarde. Ya es la mañana siguiente. ¡Qué rápido pasa el tiempo en los programas de cocina!)

—La inicial operación será freír en abundante aceite pimientos rojos y verdes cortados en anchas tiras y algunos dientes de ajo pelados y cortados en gordo (fig. 3). En otra sartén freiremos rectangulillos de panceta —por favor que sea de calidad contrastada y de buena veta— hasta que alcance moreno playero. Retiraremos parte del aceite usado para no engrasar demasiado la manduca y, una vez añadido aceite nuevo, procederemos a freír chorizo en rodajas y dientes de ajo enteros, con su camisita, su canesú y un cortecillo para que no explosionen (fig. 4). Estos elementos —pimientos, panceta, chorizo y ajo— serán los compañeros de las futuras migas. Los reservaremos para el final (fig. 5).

—En el cacharro donde vamos a hacer las migas —cazuela de barro, perol hondo, sartén grande o cazuela de metal— vertemos el aceite de freír el chorizo/panceta/ajos y el de freír los pimientos, incluyendo con éste último ese jugoso aguachirle que suelta la hortaliza. También añadiremos una copita de vino blanco. Cuando el brebaje tome su punto de temperatura (fuego mediano) descargaremos sobre él el mogollón de migas y de inmediato daremos comienzo al acto de revolverlas con espumadera o espátula de madera. La cosa consiste en irlas engrasando y tintándolas con el rojo del chorizamen sin dejar que se tuesten (fig. 6).

—Esta operación de dorado lleva su tiempo, claro está. Las migas no hay que dejarlas quietas. La espumadera o la espátula, al igual que las manos de un novio, debe encontrarse en continua acción, tanto revolviendo como fragmentando con el filo del instrumento del que nos ayudemos. Si observamos que durante el proceso el pan comienza a resecarse, añadiremos agua asperjada con la mano o con un bote de esos de flush flush. También, si es preciso, añadiremos más aceite reservado de la primera fritanga… Todo menos permitir que las migas queden apelotonadas, quemadas, mojadas o grasientas; y esto, ya me entenderán, no es nada fácil. En el caso que muestro —que, repito, fue mi primera experiencia—, las migas pecaron de secas y de estar algo duras y poco tomadas de color. En fin…

—Finalmente, cuando consideramos (¡ay!, ¿y esto quién lo sabe so listos?) que las migas han alcanzado el más ortodoxo de los bronceados y su punto de terneza y soltura, apagamos el fuego, las adornamos si es nuestro gusto y las cubrimos con un paño al igual que se hace con la paella. Luego, al servirlas, que cada comensal se aparte los ingredientes que les apetezca, chorizo, panceta, pimientos, ajos… Es muy típico comer migas con sardinas asadas e incluso, solitaria de amigos, para acompañar el café y el chocolate. Servirse de ellas para remojar en el ColaCao, a lo mejor es ya costumbre excesiva y bárbara. Sea como fuere, prefiero los regustos pastoriles del tocinazo y el chorizo, y el que quiera chocolate que moje churros.


Para terminar, ofrezco dos instantáneas; una, de las migas en su útero gestatorio y otra, servidas en ración individual. En todo caso, éstas de la entrada son migas tristonas, ya que en realidad las migas (de pan) son buenas para hacer migas (de amistad), quiero decir, que son propias de pitanza comunal y multitudinaria, de las de cucharón y paso atrás, maricón el último y corrillos con cuentachistes, por lo que un miguerío organizado en vivienda urbana en vez de en el agro, y para cuatro gatos, se queda en ágape descafeinado, tontorrón y sosito como una damisela en la edad del pavo.

lunes, abril 12, 2010

La moneda de la suerte



Se sabe que hay personas, que ya sea por tener un carácter crédulo o supersticioso o —lo más común— por pura idiotez y debilidad mental, que viene a ser lo mismo, llevan en la cartera una moneda como amuleto propiciatorio a la llegada de la buena y abundante fortuna. En mi caso, la tal monedita se trata de una peseta republicana de 1937; moneda que fue la primera en acuñarse en latón, por lo que si al amarillo del metal sumamos la efigie de una señorita alegórica, estaba cantado que esta peseta se popularizaría como la rubia.

Pero no sólo eso. Añadiremos como curiosidad numismática, que esta moneda en cuestión fue conocida como La perdición de los hombres (en alusión a un verso de una famosa copla), pues en ella se aunaban, el puro dinero, un racimo de uvas y la señorita. O sea, el parné, el vino y las mujeres.

Otros tiempos para una moneda cañí.

miércoles, abril 07, 2010

Damero Maldito, nº 12 (abril)


Vamos a ver; si son de abril las aguas mil, si sopla el viento achubascado y si entre nublado y nublado hay trozos de cielo añil, ¿por qué no quedarse mejor en casita y combatir la adversa meteorología tomado unos cócteles, practicando salvajes coitos y resolviendo el damero de este mes? (no necesariamente por este orden).
¿Dónde descargarlo? Muy fácil. Aquí: El Damero del Vecindiario

lunes, abril 05, 2010

Nombres propios

Desde hace unos días me vienen llegando al buzón mensajes donde junto a los clásicos métodos de alargamiento de pene, se me ofrecen jugosísimas ofertas de trabajo en los más variados sectores. Lo normal en el spam al uso de estos tiempos. Pese a la molestia, me está gustando recibirlos en esta ocasión por el simple hecho de leer los admirables nombres de los remitentes. En efecto, acompañando las tortuosas traducciones del tipo: "... Eso es la respuesta a la pregunta del por que nos preocupamos de la primera clase de la calidad. Para encontrar la calidad de primera clase hay que buscarla en las metodicas modernas.", aparecen nombres bellísimos, de una sonoridad literaria, de una musicalidad poética; nombres escapados de una novela del realismo mágico; nombres que en sí ya son personajes de historias maravillosas. Me he atrevido a coleccionarlos y por aquí se encuentra ya mi álbum:

Gadiel Constante
Crísipo Medeles
Yasmine Balmaceda
Anteo Lomayesva
Parménides Bexar
Alipio Riverón
Osmaro Chagoyán
Aniano Beneján
Hervé Barrantes
Inca Urquiola
Oda Panelo
Silvestre Miqueo
Obdulio Zerquera
Drusila Rosa
Lionela Alméstica
Lucrecio Casmero
Benedicto Saavedra
Áurea Sesanto
Atilano Hortal
Ivonne Guardado
Urso Solera
Garibaldo Escribano
Melitón Galabeas
Sibila Cardelles
Inés Tortilla
Adonías Cusco
Leticia Escatiola
Clemente Iturri
Teodosio Beruvides
Sisebuto Cánovas
Ladio Brizal
Iván Arcelay
Cirguilo Zaldana
Leticia Gaucín
Ciara Panzardi
Cichonski Vanegas

Por favor, aprovéchenlos y no duden en utilizarlos en sus próximas ficciones. No me negarán que con nombres así ya se tiene medio hecho el trabajo.