jueves, enero 19, 2012

Perfil gemelo

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Desestimé el amor de Elena porque la curvatura de su cuello, el dibujo de su barbilla, el nítido  arabesco de los labios y la arista de la nariz, eran idénticos a los de tía Leonor. Un perfil gemelo.

No fue una revelación paulatina, sino al contrario, inmediata y alarmante. De la misma intensidad con que un día me sorprendió frente al espejo el rostro de papá puesto sobre el mío, convertido yo en él, practicando la misma gesticulación, incluso en el detalle de los más odiados ademanes.

Lo mismo sucedió con Elena. Sobre ella se impuso la imagen de tía Leonor, la hermana de papá. En ella se instaló por tanto la presencia de tía Leonor vestida con abrigo de falso astracán, la tía Leonor de rutilante bisutería y de peinado formando caracolas endurecidas de laca, la del bolso negro de imitación piel y la estilográfica turquesa con que firmaba los documentos de mi ingreso, acompañada por el cabeceo aquiescente del doctor Costart cotejando las cifras de unos talones.

Su presencia, digo, se interpuso entre nosotros ensuciando nuestra relación con una pátina incestuosa. Acceder entonces a la boca enamorada de Elena, a su apetencia de besos, se convirtió en un ejercicio desabrido, tanta era la fuerza de la evocación y tanto es el poder de un perfil, de una ondulación. Desde entonces nunca tuve valor de explicar a Elena los motivos de mi apatía, de mi renuncia al juego de las caricias. Mi cobardía era mayor que observar con dolor su desconcierto.

Al principio no fue así desde luego. Conocí a Elena cuando al iniciarse mi nuevo estado y el trasladarme de ciudad, implicó la urgencia de alquilar un apartamento. Aquello me hizo visitar un gran número de agencias inmobiliarias. En una de ellas trabajaba Elena como vendedora a comisión. Sentí un estallido.

Para ingresar en su vida, adopté la antigua técnica de la emboscadura. Me apoyé en visitas innumerables a la agencia para interesarme por apartamentos que nunca alquilaba o para pergeñar cualquier excusa económica o una duda sobre la disposición de las habitaciones o el emplazamiento. También, esperar el fin de su horario apostado en las cercanías para luego forzar un casual encuentro se convirtió en una peripecia emocionante.

Ya lo dijo alguien: Todo enamorado es un merodeador.

Finalmente contraté un minúsculo estudio con cocina americana. La llave que me entregó Elena vino acompañada de su corazón, y a la misma vez que abrió la puerta de aquel séptimo cielo, sirvió para encerrar en el más recóndito pliegue del cerebro las consultas con el doctor Costart, los tratamientos agotadores del sanatorio.

El agua helada. La electricidad.

Fueron días felices. De aquellos de leche y miel, de vino y rosas. Pasear cogidos de la mano fue la fuerza que destruyó las sombras. En ningún momento la mano de Elena atrajo la imagen de la otra mano: La de tía Leonor acompañándome a la primera reunión con el doctor Costart. La mano que rellenaba impresos y rubricaba protocolos con tintineo de pulseras. El amor de Elena hizo que se disiparan las nubes y encontré en su abrazo no sólo la paz sino lo que meses antes creía imposible: El olvido.

Por todo ello traduje el amor de Elena en la decisión radical de abandonar la medicación.

Por lo demás, no me resisto a ufanarme orgulloso: Elena no sólo me amaba sino que sobre ello mostraba hacia a mí una completa adoración, a la que se unía la circunstancia de ser, en sus mismas palabras, el primer hombre de su vida. Cualquier muestra de virtuosismo banal por mi parte la llenaba de asombro. Podía admirar tanto mi velocidad resolviendo crucigramas como mi entonación tarareando viejos boleros. Llegué a probar sutilmente juegos de sumisión y tensé el hilo de oro que nos unía sin que llegara a romperse. No dudo que Elena hubiera aceptado todas mis dosis de perversión sin reproches. Ahora la modestia me impide enumerar el resto de circunstancias que me hicieron aparecer ante ella como un pequeño dios. ¡Cuánto la amé!  Tuve que dar la razón al aserto: “Qué desvalido se encuentra el hombre frente al halago”.

Pero luego, tal vez un día o una noche, el cable de la lámpara de pie desenrollado en el suelo dibujó el perfil. La casualidad nos arruinó. Aquellas inflexiones asociaron a ambas mujeres y la boca de Elena se llenó de oscuridad, de las tinieblas del falso astracán de tía Leonor, de sus perfumes antiguos, de su mano cerrando los ojos de papá recién muerto. Se me hizo insoportable, por tanto, mantener aquel amor inoperante que me llevaba a la renuncia de los besos.

Nunca tuve valor de explicarle los motivos de mi desinterés. Elena naufragaba en el desconcierto y mi poca apetencia hacia ella la achacaba a diversas circunstancias pero excusando siempre mi actitud.

La ruptura llegó a ser brutal, pero en ningún momento Elena trató de incomodarme. Jamás visitó el hotel donde me trasladé, nunca me asaltó en la calle. Sólo se limitó a dejar mensajes telefónicos en el contestador automático. Su voz allí era una letanía de ruegos, una sucesión de hipidos entre los cuales solicitaba explicaciones. Después volvía a llorar y yo soltaba el teléfono que se movía oscilante sin tocar el suelo. Tumbado en el sofá, apoyaba la cabeza en el regazo cálido de tía Leonor desde donde llegaba la leve fragancia de la naftalina. Desde mi posición, su perfil adquiría toda su intensidad. A la vez, su mano se hundía displicente en mi pelo, rastrillándolo con dulzura, acompañada por el tintineo de las joyas y su voz en un susurro: “Tonto, bobito. Teniéndome a mí”.


© Sap.  es.humanidades.literatura
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4 comentarios:

Angela dijo...

¡Qué desasosiego!

Sap. dijo...

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Un tipo ciertamente antipático el narrador. Pobre muchacha.

Gracias por tu comentario, Ángela.

K. Whitmore dijo...

¿Y qué quieres, tanta descarga y tanta ducha helada? :))
Me gutó.

Sap. dijo...

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Gracias por tu comentario, Kate.

¿Y la tita Leonor? Valiente pajarraca que era la señora...

:-)