lunes, octubre 11, 2010

"Merceditas, la hija del indiano", 3

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Capítulo 3
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“…a pesar del estruendo de unos fuegos de artificio que —aunque modestos— iluminaban de rato en rato la negra bóveda del cielo.”
(del capítulo anterior)


     "Sucedíanse las semanas y los meses —continuó diciendo mi amigo B.— con la placidez que marcan los ritmos de la naturaleza, hasta que la presencia de don Julián y su hija no sólo dejó de ser objeto de curiosidad sino que el indiano, a poco de comprar y establecerse en una de las mejores casas solariegas llevándose como criada a Teresa la Liebre , una mujeruca algo pariente suyo, se fue convirtiendo en una de nuestras fuerzas vivas y, sin duda, en el más prestigioso personaje del vecindario. La inversión de su dinero, su asesoría técnica y sus atinados consejos sirvieron a los munícipes para adecentar calles, poner de nuevo en funcionamiento el reloj del Ayuntamiento e incluso comenzar el trazado de un parquecillo en el que se tenía proyectada una glorieta que llevaría el nombre de nuestro benefactor.

Por otro lado, don Julián no puso reparos en su nombradía de hijo predilecto, aceptando por demás el hacerse socio del Casino y miembro activísimo de la Sociedad Económica de Amigos del País y aunque renuente a formar parte de la Cofradía del Santísimo Cristo del Mechón y a participar en las tómbolas y roperos que organizaba el grupo de Damas Católicas de la Misericordia , no negó su espléndido óbolo para reparar la torre de la iglesia, verdadera joya de la arquitectura románica que era y es orgullo de todos los vecinos y asombro de los eruditos. Por todo ello, don Eusebio , el señor párroco de San Abundio, no perdía momento para comentar: "Es un herejote, sí... pero un sol de hombre", acompañando la frase de una seráfica sonrisa y manos enlazadas sobre el pecho.

Tampoco quiso don Julián mezclarse en asuntos políticos, desestimando las muchas llamadas que le llegaron desde todas las corrientes e incluso declinando el ofrecimiento que la abnegada generosidad de nuestros gobernantes mostró por hacerlo diputado de alguna de las provincias de ultramar. No tenía nuestro hombre apetito alguno por las bicocas políticas pues como dijo, quería ser amigo de todos, y era así que frecuentaba por igual el Círculo Liberal que la Junta Conservadora y en la misma medida, el Casino, verdadero segundo hogar donde dejaba transcurrir el tiempo entre enconadas partidas de dominó, lectura de diarios y amenas tertulias que se animaban los días de su onomástica y de su hija con las barriquillas de añejo ron que le llegaban desde Cuba.

Por todo lo demás, el discurrir de don Julián transcurría por los caminos de la austeridad y la vida higiénica y, aunque alejado de los cánones de un atleta, no era raro encontrarlo en la ribera practicando sanos ejercicios con la única compañía de Merceditas que, reidora, aceptaba volatines y dulces galopes a lomos de su padre, imagen que mostraba sin duda que era la chiquilla objeto de veneración.

Y es que en aquella azucena que se educaba —como única excepción que don Julián hizo al estamento eclesial—, en el colegio de las Reverendas Madres Abundinas, dábanse cita no sólo los extremos de la belleza y la discreción sino la disposición natural para congeniar con todas sus compañeras y amigas sin provocar envidias. Aplicada en sus labores y provechosa de todas cuantas enseñanzas recibía de las monjitas, desarrolló la niña una extrema habilidad para el bordado, el solfeo y la lengua francesa, no viendo con malos ojos don Julián su afición por la lectura de vidas de santos, Historia Sagrada y otros libros piadosos, pues juzgaba el indiano que estas materias ornaban al sexo débil y atemperaban el carácter levantisco de las muchachas, tan proclives en esa edad a rendirse a los embelecos del amor.

(Continuará)
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