miércoles, junio 30, 2010

"La agenda"


Era meticuloso. Morigerado de costumbres.

Cada mañana al levantarse, y todavía con el pijama puesto, hacía veintidós flexiones de brazos y quince torsiones de cintura.

Ah, y doce alzamientos de piernas. Alternados.

Luego atendía a su madre. La aseaba y hacía el primer cambio de sábanas de la jornada. El segundo era por la tarde, a las siete y media.

Compraba el periódico y saludaba al quiosquero diciendo buenos días. Si llovía decía qué mal tiempo hace hoy. De vuelta a casa dedicaba veintidós minutos a la lectura. Los justos para llegar a tiempo a la alimentación de su pez rojo. Tomaba una pizca de preparado especial y repartía las escamas sobre la superficie del agua. Decía qué tal está hoy mi chiquitín.

Con la comida era muy escrupuloso. Sólo verduras. De beber, agua del grifo. Con los mismos elementos hacía papillas para su madre. El control de la medicación también lo llevaba a rajatabla. Después se sentaba, encendía la radio y durante veintidós minutos escuchaba un programa matinal.

También tenía manías. Algunas manías. Muchas manías.

Le gustaba tabletear con los dedos en el borde de la mesa cada vez que una mosca se posaba en el cristal de la ventana. También ululaba como un búho antes de dormir. Emitía largos uuhh uuhh hasta que el sueño lo vencía.

El veintidós de cada mes iba al banco a cobrar la transferencia del subsidio. Saludaba al cajero diciendo buenos días. Si llovía decía qué mal tiempo hace hoy.

Le preocupaba que el boletín de información filatélica no le llegara con puntualidad. O se adelantaba dos días o se retrasaba otros tantos.

Una vez al año se compraba una chaqueta, cuatro camisas y tres pantalones. También ropa interior para él y para su madre.

Esperaba pacientemente la llegada del primero de enero. Sacaba a su madre de la cama y la acomodaba en el sofá. Encendía el televisor y veían el concierto de Año Nuevo que se retransmite desde Viena. Cuando la orquesta interpretaba la Marcha Radetzsky ambos tocaban las palmas acompasándolas al ritmo del público. Sonreían.

El dos de enero de cada cinco años cumplía puntualmente con el ritual. Entraba en la papelería y saludaba al dependiente diciendo buenos días. Si llovía decía qué mal tiempo hace hoy. Compraba una agenda. El mismo modelo desde hacía cuarenta años.

En casa trasladaba los nombres y números de la agenda antigua a la nueva. Era un placer. Pero cada diez años comenzaba desde el principio. La única indisciplina que se permitía era elegir a voleo los números que copiaba de la guía de teléfonos. Eso sí, empezaba sin prisas y ordenadamente por la letra A.

© Sap. 2005
es.humanidades.literatura

2 comentarios:

la abuela bloguera dijo...

Vaya rebeldía intolerable

carmeloti dijo...

Leer esto, es como dar la espalda al mi espejo vital...

Siempre he pensado que la organización y la disciplina eran unas virtudes casi teologales, pero en este caso, casi enfermizo, con sus 22 manias, sus saludos reiterativos si llueve.

Lamentablemente las vida son dos días y uno llueve, si mi vida es la desorganización mejor organizada, también aprendo que cada día al ser diferente trae consigo la emoción de ser el único al resto de los que me queden por vivir.

Gracias.