sábado, octubre 29, 2011

"El hombrecillo" - 2

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"EL HOMBRECILLO" - 2


Uno de los vehículos de abastecimiento me trasladó una noche a la estación. Apenas me despedí. El sargento Lebecq dormitaba su borrachera de coñac cuando entré a recoger el salvoconducto. Antes que despertarlo, preferí falsificar su firma utilizando la pluma fuente que le colgaba de un bolsillo. La pistola brillaba como una gema en la cartuchera, irreal e incomprensible en aquel tugurio. Me la llevé.

No hubo luna. Desde el tren, las hogueras donde vivaqueaban otros hombres iluminaban la oscuridad, trazando perfiles tan inciertos como sus destinos. A lo lejos, el resplandor de la artillería, súbito y rojo, era como un falso amanecer que sólo durase un segundo. "No te lo pierdas. Ve a la Rue des Toyannes", me había dicho Pignon cuando me entregaba unas cartas para su familia. Adiviné que la muerte se había instalado ya en sus ojos.

Durante todo el trayecto, el tren fue recogiendo heridos con destino a los hospitales. Carne joven, carne hedionda y deformada por el gas mostaza que los convertía en criaturas hechas de arena. Carne arrasada y carne ardiente en vagones de ganado. Hombres que desearían ser reses. Terneros o vacas para disfrutar de la paz de los rumiantes. Viéndolos, tuve la certeza de que aquella guerra sería la última. La guerra que pondría fin a todas las guerras.

Ayudé en silencio a acomodar camillas y busqué después el rincón más aislado. Los hombres apenas se quejaban. Sólo uno, cerca de mí, repetía en voz baja una letanía incomprensible. Un enfermero se paseó entre los heridos caminando ridículamente con los pies abiertos. Se había pintado un pequeño bigote y levantaba su gorra como saludando. “Mirad, soy Charlot”, dijo. Alguien rió. Desanimado, el enfermero se sentó de nuevo. Charlot, así me dijo Pignon que se llamaba el hombrecillo.

Dormí como una piedra y soñé con un pájaro de oro que picoteaba la fruta caída de un árbol. Quise acercarme a él pero alzó el vuelo y se posó en la copa. Era un árbol sin hojas, seco y enorme, horrible en su desnudez. El pájaro de oro graznó como un cuervo. Luego soñé con Dominique. Juntábamos nuestras bocas en extraños besos. Cuando nos separamos, sonrió mostrando unas encías desdentadas y enfermas. El pájaro de oro graznó otra vez.

Para cuando desperté, los heridos ya habían sido evacuados. Tras ellos quedó un rastro de hedor y unos petates con ropas civiles. Estaba solo. Me cambié y el vagón se llenó de estrépito al abrir el portón. La mañana me sorprendió nítida con el verde agrícola de los campos, limpio e inédito el paisaje sin el rayado horizontal del alambre de espino. Arrojé el uniforme. El casco rebotó en las piedras como un cráneo de metal.

Comí un bocado y fumé un cigarrillo que alguien olvidó. Me tendí sobre las tablas, sobre el rectángulo de luz tibia que entraba por el portón abierto. Temí que el traqueteo me adormeciera y volviera a soñar con Dominique o con el pájaro de oro. Comencé a sentir miedo por la cada vez más cercana llegada a París. Me tranquilizó el desmontar cada una de las piezas de la pistola del sargento, limpiarlas y volverlas a montar. Me sorprendí pensando que tal vez Dominique la aceptaría como regalo. Sí; admití la idea de regalar una pistola a una muchacha enamorada. Miedo. Era eso lo que sentía. Miedo de volverla a ver y de verme en sus ojos. Corrí de una punta a otra del vagón, veinte, treinta, cuarenta veces. Bajo las botas retumbaba la madera y crujía la paja. Derramé el agua de una cantimplora sobre mi cabeza y reí a carcajadas con una felicidad infantil. Deseaba quedarme en ese vagón para siempre, solo, y que la llegada a París no se produjera nunca. A pesar de todo, volví a rendirme al sueño.

(Continuará)
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miércoles, octubre 26, 2011

"El hombrecillo" - 1

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"EL HOMBRECILLO" - 1


Hacía meses que dejé de añorar París. Por entonces hubiese cambiado el recuerdo de los bulevares en primavera por una cama caliente, o el perfume de sus mujeres por un rincón sin ratas. Sí; hubiera renunciado a ver de nuevo el sol entre sus acacias con tal de que cesara el tormento del barro. Pero como todos, me rendí. Ni siquiera me importaba que sobre las páginas húmedas del cuaderno, la tinta se diluyera dejando un rastro apenas azul, más acuático que el agua misma.

Sólo el silbato del sargento Lebecq era capaz de agitarnos y hacer cambiar nuestra indolencia por la incertidumbre del avance. El chasquido de las bayonetas al encajar en los fusiles nos aturdía, pero se hizo tan familiar como las bofetadas a Pignon para que dejase de llamar a su madre. Aquella reiteración acabó aburriéndonos.

 Pignon. El primero al que escuché hablar del hombrecillo.

 Pero el silbato enmudeció y en las tres últimas semanas, empantanados en la trinchera como animales hechos de tierra mojada, aceptábamos cualquier incidente que nos hiciera abandonar la desidia.

 Así sucedió cuando nos formaron para contemplar el fusilamiento de Bouchet. A pesar de todo, agradecimos aquel episodio que rompía nuestra rutina. Bouchet, el carterista de tranvías al que no se le ocurrió otra cosa que robar la pistola al sargento. La vendió durante un permiso a sus amigos hampones de Pigalle en una deserción que duró tres semanas.

Allí estaba. Maniatado al poste y vendados los ojos con una tira de polaina. A mi lado, a media voz, Pignon continuaba hablándome del hombrecillo con entusiasmo. "Debes ir a verlo" dijo un segundo antes de la descarga. Con la cabeza caída y las manos atrás, Bouchet pareció que observara hormigas en un camino. El sargento Lebecq estrenó su pistola nueva dándole el tiro de gracia en la sien. En su mano, el arma relucía pavonada como una joya blanquinegra. Había sustituido las cachas reglamentarias por unas de nácar.

 Volvimos lentos, viscosos en nuestros uniformes de lodo. La lluvia se encargó de recluirnos en nuestros agujeros y allí retomamos las barajas y el tabaco húmedo. Se machacaban con piedras los piojos de las costuras y se escribían cartas que nunca llegaban a su destino. Las esposas y novias quedaron como algo lejano, tan censuradas en la memoria como los torpes renglones que traducían su recuerdo en algo abyecto en las letrinas, en las filas de hombres que se masturbaban contra la pared.

Asumimos aquella situación como perpetua y los rumores que se propagaban sobre el final de la guerra sólo llegaban a interesar a los recién llegados, muchachos cada vez más jóvenes que se presentaban impetuosos en la trinchera pero que temblaban como ovejas en cuanto la tierra expansionada por los obuses que caía sobre nosotros se acompañaba de cuerpos desmembrados.
 Pignon, y luego los veteranos que volvían para incorporarse apenas recuperados del hospital, seguían hablando de aquel hombrecillo inglés. Todo París se había entregado a él para olvidar la locura y con ella, a nosotros. "Es mejor que Max Linder", decían a gritos en el fragor de alguna escaramuza aislada.

Gané la libertad de una manera grotesca ya que fue en premio por un acto en el que no participé. Incluso el sargento Lebecq me colgó una medalla en una ceremonia mecánica y desganada que se desarrolló en su madriguera. Sobre la mesa deforme por la humedad reposaba su pistola, la luz de un quinqué de petróleo hacía refulgir el nácar. De nuevo tuve que contar la patraña que me hacía héroe a sus ojos, porque cuando llegué al nido de ametralladoras aquellos alemanes ya estaban muertos. Apuñalé sus cadáveres para simular la acción heroica y sólo me quedó esperar un testigo que validara la hazaña. A mis pies, los cuerpos sin vida de dos muchachos de bigotes rubios casi esbozados, me valieron una semana de permiso.

(Continuará)
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viernes, octubre 21, 2011

"Carlota Fainberg" Antonio Muñoz Molina

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Marcelo Abengoa, un español empleado en una empresa de remozado de hoteles que aguarda en el aeropuerto de Pittsburgh a que amaine el temporal de nieve que tiene detenido el tráfico aéreo, decide amenizar la espera pegando la hebra con Claudio, otro español, profesor en una universidad norteamericana que debe volar a Buenos Aires.

 Marcelo, cargante conversador que no ahorra ningún enviciamiento hispano de gestos y locuciones a ojos y oídos de Claudio (narrador que empedra su pedantesco discurso interno con frecuentes expresiones en inglés), cuenta al estirado profesor su experiencia en el Town Hall Hotel de Buenos Aires con una misteriosa mujer allí hospedada, Carlota Fainberg, dando así paso a una de las técnicas usuales —la del “amigo que cuenta a otro”— practicadas en el preciado género británico de las Ghost Stories, las historias de fantasmas, corriente del que este texto es sin duda parodia en buena parte.

Por supuesto, este aire fantasmal del planteamiento también se extiende al escenario, no ya del hotel mencionado, edificio que debió ser lujoso al modo de un Waldorf Astoria de Nueva York en los años 30, pero que ahora se arruina como una vieja estrella del cine mudo, apolilladas sus alfombras, desgobernados los mandos de su ascensor manual, polvorientos sus cortinones y envejecido el personal de servicio, sino a la propia ciudad, un Buenos Aires siempre nocturno, irreal en su cielo negro, y que se debate a la vez entre las tormentas eléctricas, las restricciones y la hiperinflación.

Me perdonarán pero es que hasta aquí puedo leer. Baste decir que el tono irónico y hasta sarcástico que emplea el autor en la novela, asegura no ya la sonrisa sino alguna que otra carcajada, sobre todo a mi entender en el retrato de Claudio, el individuo que desde el desprecio por Marcelo pasa a una callada admiración para desembocar como personaje en el ridículo patetismo del final.

Por mi parte confesaré que de haber sido el encargado de realizar el reparto para un supuesto film, no hubiera tenido duda: Marcelo es James Gandolfini en el Tony Soprano de “Los Sopranos” ; Claudio sería interpretado en largo cameo por Luis Alberto de Cuenca, por ejemplo, y Carlota Fainberg por la Faye Dunaway de los mejores tiempos. La limpiadora, una resucitada Lola Gaos.

Léanla cuanto antes, amigüit@s del blog y si puede ser, de una sentada, porque el denostado género de la novela corta, como es el caso, cobra en las teclas de precisión relojera de Muñoz Molina todo interés y divertimento.

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martes, octubre 18, 2011

Solución al Damero Mardito nº 30, octubre

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 30, octubre), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.

"Como ya dije antes, todavía no tengo nombre, y es Mikeko, y solo ella, la única que me muestra respeto otorgando un nombre a este pobre gato que vive en casa de un profesor."

A. Novedad
B. Alumbre
C. Tentempié
D. Sayo
E. Usted
F. Marco
G. Ecónomo
H. Spqr
I. Omeya
J. Seboso
K. Esqueje
L. Kaftán
M. Igluso
N. Seven
Ñ. Opulento
O. Yakarta
P. Urge
Q. Nimio
R. Gobelino
S. Acetre
T. Terranova
U. Odeón

Acróstico: Natsume Soseki, "Soy un gato"
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martes, octubre 11, 2011

viernes, octubre 07, 2011

Otra nota para la Música del Azar

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Hace cuarenta años. Soy un niño. Es verano y nos dejan jugar en la calle hasta muy tarde. La noche es muy oscura. Un amigo y yo decidimos ir al quiosco de Ramón a comprar algunas chucherías. El quiosco dista apenas cincuenta metros de nuestro patio. La lucecita del interior, junto con los faros de los escasos coches que pasan, es lo único iluminado de la calle a medio urbanizar. Mi amigo compra lo suyo y yo me decido por lo que llamábamos "cajita de sorpresa", justo eso, una cajita de cartón que cuesta una peseta. El contenido nunca es valioso —un cowboy de plástico, un reloj de juguete o varios caramelos—, lo importante es desvelar el mínimo secreto del contenido. Extraigo el regalo de la caja, que recuerdo como una simple figurita, tal vez un indio o un cowboy de plástico como dije, pero no puedo evitar que se me caiga al suelo, que dé unos botes y desaparezca en la acera tragada por la oscuridad. Como no se ve nada, mi amigo y yo nos acuclillamos para buscarla pasando a ciegas las manos por el albero que rodea el quiosco. No la encontramos. En cambio, toco un pequeño disco metálico y lo recojo. Es una moneda. Pero una moneda romana del imperio de Constantino.

Es la que muestro y aún conservo.
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miércoles, octubre 05, 2011

Damero Mardito, nº 30 (octubre)

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Hambre de mundo

Entre sus muchas inquietudes, Adelardo Pacharán concibió un diccionario de tópicos cuya redacción fue interrumpida por su temprano fallecimiento. A la hora de poner orden en sus pertenencias, su viuda encontró entre los papeles de Adelardo, aparte de una gran cantidad de Dameros a medio resolver y un vale-descuento de Carrefour por valor de 5 euros aún sin caducar, varias hojas manuscritas donde aparecían los primeros esbozos del proyectado diccionario. En su recuerdo, mostramos unos ejemplos:

LITERATURA: "Un libro es el mejor amigo"
MODA: "...Para la mujer que sabe lo que quiere"
MÚSICA: "A mí me gusta la música, no el ruido"
SUPERSTICIÓN: "Yo no soy supersticioso porque eso trae mala suerte, je, je, je"
HOGAR: "Como en casa de uno no se está en ningún sitio"
TELEVISIÓN: "Es que antes la gente veía ESTUDIO 1"
CULTURA: "Antes que ver la tele prefiero leer un buen libro" (nótese que el  término "buen libro" lo emplean individuos que leen muy poco o no leen jamás).
ESPECTÁCULOS: "Nuestro siguiente invitado no necesita presentación".
RELIGIÓN: "Yo soy católico pero a mi manera".
ACTUALIDAD: "¿Has leído 'Los pilares de la tierra'?"
TORRES GEMELAS: "Hay un antes y un después del 11-S".
DEMOCRACIA: "Bueno, todas las opiniones son respetables".
NACIONALISMO: "Yo soy un ciudadano del mundo".
DEPORTES: "Es que el fútbol más que un deporte, es un negocio".
ESCRITORES: "No lo he plagiado; he querido rendirle un homenaje".
GANDHI: "Era un apóstol de la no violencia".
M. LUTHER KING: "Era un apóstol de la no violencia".
JOHN LENNON: "Era un apóstol de la no violencia".
Y para terminar por hoy...
MONARQUÍA: "Es muy campechano".
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¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total en su kiosco habitual. Aquí:
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