lunes, septiembre 27, 2010

"El charcutero inoportuno" (Cuento codornicesco y moral)

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para Santiago Aguilar, experto en olvidados.


Sucedía que cuando preguntaban a Lorencito Guillena que qué quería ser de mayor, en vez de responder como hubiera sido lo normal en un niño de su edad, que torero, explorador o brigadier, él siempre respondía que charcutero.


Esta fijación, lejos de desaparecer con los años, se fue acrecentando, siendo así que cuando le hicieron entrega de variados regalos en el día de su Primera Comunión, Lorencito Guillena despreció el balón de cuero, la arquitectura de madera e incluso el caballito balancín y por contra, mostró un gozo inenarrable por el salchichón y el cuchillito con que lo había obsequiado Tomasa, el ama de cría que durante tantos años sirvió lealmente en el hogar de los Guillena-Ezpeleta.


Y es que Lorencito había encontrado en Tomasa una cómplice, una protectora que, a diferencia de sus progenitores, alentaba su afición aunque vaticinando ante el chiquillo que su deseo se convertiría en una fuente de disgustos. Así fue. Cuando los padres de Lorencito comprendieron que aquel absurdo anhelo de su hijo no se trataba ya de una pasajera fijación infantil, sino que se acrecentaba según transcurría el tiempo, se mostraron abatidos.


Hay que comprenderlos, pues don Lorenzo Guillena no sólo era uno de los más prestigiosos abogados de la ciudad y aun del país, sino que era sucesor directo de una estirpe de jurisperitos. Hijo, nieto y bisnieto de abogados, todos con igual nombre, siempre tomó como hecho certero que su primogénito, Lorencito, seguiría la senda marcada por la tradición y vestiría la toga de la abogacía como un débito de linaje. Por otro lado, su esposa, doña Angustias Ezpeleta, tenía su origen en una familia de médicos de un abolengo de tanta o mayor prosapia que la tradición letrada de su esposo. En sueños, porque sólo en sueños podía imaginarlo, veía a su vástago convertido en una eminencia de la ciencia médica, un doctor cuya fama recorrería el planeta y a cuya consulta llegarían enfermos desahuciados del mundo entero para que él, innovador de técnicas y audaz investigador, los sanase. Pero ¡ay! aquellos no eran más que sueños como decimos puesto que doña Angustias supo desde el mismo momento que matrimonió con don Lorenzo, que el peso de la abogacía que sobre los hombros cargaba su esposo, sería un insuperable valladar a sus deseos.


Recordaba aún aquellos momentos en que asomados ambos a la cuna donde un sonriente Lorencito hacía carantoñas y monerías, don Lorenzo proclamaba de modo solemne:


—Aquí tienes, Angustias, a un futuro abogado.


Doña Angustias se entristecía un poco ante lo lapidario de la aseveración y, mirando con ojos tiernos a aquel rorro que jugueteaba con un sonajero, se atrevía a decir:


—Bueno, Lorenzo... ¿y si fuera médico?


—¿Médico? ¡¿Cómo que médico?! ¡Imposible! Este niño será abogado. Lo lleva escrito en la sangre.


Doña Angustias, ante aquel argumento hematológico, callaba y asentía, bajando la vista a la que obligaba el respeto que debía a su marido. Luego, conforme y de nuevo alegre, decía:


—Sí; abogado. Será el abogado más bueno y más guapo del mundo, Lorenzo.


Entonces los esposos se fundían en un abrazo y observaban embelesados al pequeñín que, ajeno a su futuro y a los proyectos paternos, se llevaba un piececito a la boca balbuceando de placer.



Pero como hemos visto, los acontecimientos tomaron unos derroteros insospechados. Al igual que acontece en esas familias desordenadas y ateas que procrean hijos que luego quieren ser sacerdotes y que ante el enfado de los padres juegan a los curas en el desván organizando ingenuas misas clandestinas con sus amiguitos; o peor aún, esos varoncitos desviados que gustan de vestir en la intimidad las ropas y abalorios de sus madres encontrando placer en el taconeo de unas altas y desproporcionadas chinelas, en el sensual cosquilleo de una boa de plumas o en la sombra misteriosa de una pamela, así ocurrió con Lorencito y su insistencia en ser charcutero.


En la misma proporción con que Lorencito iba cumpliendo años, las trifulcas con sus padres subían en intensidad y violencia. Nada encontraba el niño de más gusto que, una vez vuelto de la escuela, encerrarse con Tomasa en la cocina para que ésta, una vez asegurada de que ninguno de los padres andaba cerca, lo dejase cortar en rodajas una morcilla.


Animada por los resultados y porque el niño manejaba los cuchillos sin aparente peligro, la buena de Tomasa lo incitaba a ejercicios cada vez más difíciles.


—Venga, bonito mío —decía una vez que éste concluía la merienda— a ver si te atreves con esto, corazón...


Y ponía ante el niño uno de esos jamones lustrosos con que algunos clientes pagaban a falta de metálico los honorarios de don Lorenzo.


No se amilanaba Lorencito ante las dificultades que para un niño representaba aquella disección y así, subido en un banquito para alcanzar la altura requerida, afilaba el cuchillo jamonero con movimientos que denotaban una pasmosa maestría, tras lo cual comenzaba su labor loncheadora, piedra de toque donde se distinguen los charcuteros competentes, siendo las finísimas lonchas que conseguía con tanta facilidad un prodigio que parecía desafiar las leyes de la Física.


Ajenos por completo al conciliábulo organizado por niño y sirvienta, don Lorenzo y doña Angustias continuaron su trabajo de zapa con vistas a minar el cada vez mayor empecinamiento del vástago. Pero fue imposible. A medida que Lorencito, como quedó dicho, cumplía años, con más intensidad mostraba su determinación, pues no en vano, las prácticas auspiciadas por Tomasa lo estaban convirtiendo poco a poco en un verdadero virtuoso.


Fue esta habilidad lo que finalmente llevó a sus padres a sospechar que algo estaba sucediendo a sus espaldas. ¿Cómo explicar la aparición en la mesa diaria de aquellas rodajas de salchichón de tan etéreo corte que un grano de pimienta aparecía seccionado cuatro o cinco veces? Tomasa, mujer buena pero algo borrica, los tenía acostumbrados a tasajos que por su grosor más parecían tarugos que lonchas.


Determinada a resolver el misterio, a doña Angustias no se le ocurrió otra cosa que practicar con un berbiquí un orificio en el tabique de la cocina, pues suponía que era de aquella estancia de donde procedía el gatuperio. ¡Cuánto se arrepintió luego la dama de las consecuencias que acarreó su acción escrutadora!


En efecto, en una de esas tardes en que don Lorenzo, congestionado por las prisas y los dictámenes volvía a casa desde los Juzgados, cargado de cartapacios y sin tiempo para desvestirse de la toga, sorprendió a su esposa mirando por el agujero que días antes había abierto. Doña Angustias, algo alarmada, llevó el índice a sus labios y chistándole lo instó a guardar silencio. En voz baja y gesticulando con una mano para que se acercara, doña Angustias acertó a decir:


—Lorenzo... ven... mira esto...


Obediente, aquel padre un tanto perplejo, puso el ojo donde segundos después se arrepintió de haberlo puesto, ya que ante él se desarrollaba una escena que en un principio no supo o no quiso interpretar pero que momentos más tarde se convertiría en el origen de una descomunal marimorena.


Comprendiendo al cabo lo que se mostraba ante su ojo, don Lorenzo no pudo reprimir un grito de gorila enjaulado, tiró abajo la puerta de una patada y entrando en la cocina como un ciclón al que su esposa no conseguía detener con sus ruegos vociferantes, dirigió sus fuerzas a perseguir a una Tomasa que ya empezaba a dar vueltas en torno a la mesa central para eludir lo que se le venía encima. Lorencito, haciendo otro tanto de lo mismo, emprendió otra carrera circular de tal forma que doña Angustias, apoyada en el quicio de la puerta y medio desmayada, pudo contemplar cómo ante ella pasaban corriendo despavoridos ora Tomasa, ora su hijo, perseguidos por un don Lorenzo que, armado de un chorizo de medio metro en la mano —el mismo con que Lorencito había sido sorprendido haciendo prácticas— daba mamporros en las cabezas de ambos a la vez que intentaba no caer al suelo cuando los vuelos de la toga se enredaban en las sillas y en los pomos de los cajones.


Finalmente, todo aquel escándalo cesó de repente pues don Lorenzo, agotado pero presto a seguir golpeando a sus víctimas que ya tenía arrinconadas, se desplomó en el suelo a todo lo largo, sufriendo un ataque convulsivo que llevó a todos a temer por su vida.


Fueron días trágicos los que siguieron a aquel suceso, ya que, aunque don Lorenzo se recuperó bien y pronto de su síncope, las consecuencias no se hicieron esperar. El insigne abogado tomó la decisión de despedir a Tomasa, pese a que su esposa, arrodillada a sus pies, con manos implorantes y hecha un mar de lágrimas, acudía a alegaciones sentimentales.


—¡Lorenzo, por favor! ¡Acuérdate que la pobre Tomasa te tuvo a sus pechos cuando naciste! ¿No significa nada para ti que entrara al servicio de esta casa en tiempos de tu abuelo y cuando apenas era una chiquilla?


—¡Nooooo! — bramaba el letrado— ¡Esa pécora se marcha! ¡Que vuelva a su pueblo para pudrirse y que...


¿Para qué seguir abundando en la trifulca si ya Uds. se hacen cargo? En este punto concluiremos diciendo que, en efecto, Tomasa fue despedida y que terminó sus días olvidada de todos en el pueblo que la vio nacer. Por su parte, Lorencito continuó en su empeño y en cuanto terminó su edad escolar abandonó la casa paterna provocando no sólo las iras de su padre sino su fulminante desheredamiento. Tuvo suerte, empero, ya que Tomasa, antes de morir, le legó sus ahorros de toda una vida, siendo con este dinero con el que Lorencito logró por fin dar cima a su propósito de coger el traspaso de una charcutería en el mercado de abastos. Allí, y tras varios años de ímprobo trabajo, se hizo con una clientela devota que fue altavoz de sus productos y de la calidad de los mismos. Sabido todo por doña Angustias, su madre, gustaba la dama de disfrazarse de mendiga para visitar a su hijo de incógnito, tanto era el temor que levantaban las amenazas de don Lorenzo. En la trastienda —¡ay, las madres!— llenaba de besos a Lorencito y aceptaba como regalo al despedirse su cuarto y mitad de lomo embuchado o unas longanizas descomunales.


—No te preocupes por mí, mamá. Yo soy feliz asín —acostumbraba a decir Lorencito para animar a su abnegada madre.


Con el tiempo, Lorencito terminó casándose con la Toñi, la hija del señor Manolo, el dueño de "Manolo. Pollos, huevos y recova" con la que tuvo hijos sanos y fuertes. Pero lo mejor de todo es que, en los últimos años de su vida y ablandado tal vez por la cercanía de la muerte, don Lorenzo perdonó a su hijo convirtiéndose en abuelo ejemplar, gozoso en cuanto sus nietecillos se presentaban en casa y feliz de ver a su Lorencito y a la Toñi cargados con canastas de huevos, chorizos y morcillas para celebrar en familia su onomástica. Tanto fue el orgullo que don Lorenzo desarrolló que incluso en los almuerzos anuales organizados por el Ilustre Colegio de Abogados, consiguió para su hijo la prebenda de abastecer los mismos de chacinas y embutidos. ¡Ah, cómo explicar el placer de ese hombre cuando, reclamando la presencia de algún colega, ponía al trasluz de una ventana una loncha de jamón para que comprobara su transparencia...!



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miércoles, septiembre 22, 2010

"Nada" Carmen Laforet

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No creo que este año lector, en lo que le queda por transcurrir, me depare una sorpresa tan grata como esta relectura de “Nada”, la novela de Carmen Laforet que ganó el premio Nadal en su primera edición allá por 1944.

La leí en el 91, y he vuelto a ella impelido por un reciente pase de la versión cinematográfica que hizo Edgar Neville y en la que intervino el Sr. Feliú (y que según me informó, en realidad el proyecto fue capricho de Conchita Montes, la compañera sentimental del orondo director e inventora de los Dameros Malditos, a la que se le había metido en el chichi hacer de protagonista). Pero la verdadera protagonista de la novela es Andrea, una muchacha de dieciocho años que llega a Barcelona para ingresar en la universidad. En la ciudad desconocida y atrayente se alojará en la calle de Aribau, en la casa de unos familiares cuyos miembros —su abuela, sus tíos y una chacha— mantienen unas relaciones demenciales marcadas por la pasada guerra. Dos escenarios son los principales. De un lado, el piso burgués donde se acumulan los muebles como se acumulan las personas, puro material de aluvión, reflejo de un pasado opulento, y donde sus habitantes se encuentran degradados hasta la animalidad. De otro, el mundo luminoso de la calle, de la amistad y de iniciación vital que finalmente determinará a la protagonista.

“Nada”, novela brutal, opresiva y obsesiva, con una carga aberrante y sexual que demuestra que la censura en España podía ser feroz pero absolutamente arbitraria (como no podía ser menos en un país como el nuestro donde la falta de rigor es característica nacional), sujeta a los caprichos de unos censores que se guiaban, al parecer, según lo que hubieran cenado/mojado la noche anterior. "Nada", cuya relectura me la ha devuelto inédita, es una novela imprescindible, no sólo para conocer la literatura española de determinada época (incluso la literatura española de todas las épocas) sino para excitar ciertas papilas gustativas que creíamos extintas por falta de faena y abundancia de blandenguerías en el mercado editorial. Sabores de tal intensidad que hasta me llevaron a dar un largo paseo por la desconocida y barcelonesa calle de Aribau a bordo del Street View, con la esperanza de tropezar —tal vez siga allí— con el aire que levantaba el abrigo pobretón de Andrea...

Por favor, no se la pierdan.
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viernes, septiembre 17, 2010

Placeres Mundanos: "Chopsuey... por lo que pueda pasar"



Dentro de las costumbres de este recetario de Todo a Cien, no digo yo que la ejecución que determiné para este plato sea muy ortodoxa (¿hay algo más aburrido que la ortodoxia? ¿¿y que un pope ortodoxo??), pero tampoco digo que con hambre somalí, Fumanchú, Charlie Chan, Mr. Wu o cualquiera de las criaturas chinescas tan caras al querido Abuelito y sus nietucos, fueran a hacerle ascos a una buena ración de este chopsuey, ni que se pararan a investigar si está hecho con wok con wak o como en este caso, con sartén tortillera. Fijo que los amarillentos caballeros jamarían que iba a dar gloria…


Pero en fin, que dejando a un lado las disquisiciones y yendo ya directos al lío principiaremos por decir que lo primero que tenemos que hacer primeramente para dar vida a esta receta es marinar la pechuga de pollo en… Ah, perdón. Permítanme un introito antes de seguir: El chopsuey es un plato chino, pero inventado por chinos que estaban fuera de China, concretamente en los EE. UU., donde numerosos culíes se emplearon como cocineros para dar de fagocitar a las sudorosas y apestosas cuadrillas que tendían las vías del ferrocarril. El chopsuey es, por tanto, una comida de las de ‘esto mismo me vale’, que admite lo que le echen y que igual puede dar cobijo a la ternera, al cerdo, al pato, al gato, a la rata de alcantarilla, al palomo cojo o, como en este caso, al pechugamen de pollo…


Mas continuemos. Decíamos que lo primero que vamos a hacer es marinar la pechuga fileteada y cortada en tiras (medio kilito) en una mezcla de 5 cucharadas soperas de salsa de soja y 3 cucharaditas de azúcar. Tapamos con plástico y al frigo con ella durante 20 minutos lo menos. (Fig. 1).


Luego procederemos a cortar también en tiras zanahoria, puerro, cebolla, pimiento verde y pimiento rojo (Fig. 2). En amplia sartén lo saltearemos todo hasta dejar el material más bien al dente. ¡Ojo! No poner sal que con la que lleva la salsa de soja interviniente en la receta es más que suficiente.


En otra sartén o en la misma si es que tal cosa nos sale de la natura, y en no mucho aceite de oliva (los chinos emplean el aceite de sésamo, pero claro, ellos qué saben. Si no tienen los pobres aceite de oliva pues le tendrán que echar porquerías de esas…) freiremos ajo picado y una lata de brotes de soja; quiero decir freír los brotes de soja, no la lata. Especifiquemos que luego más de uno se hace en la picha un lío (Fig. 3). A ello añadimos el pollo y la salsa de soja que sobre tras el empapamiento… (Fig. 4) Una vez terminado el proceso mezclaremos todo, pollo y verduras, en una olla. Añadiremos medio litro de caldo Avecrem cañí con una cucharada de Maizena a modo de espesante y lo dejaremos cocer a fuego lento hasta que los líquidos reduzcan (Fig. 5).


Y poco más. Probamos de sal, rectificamos si es necesario y una vez espesado todo hasta el grado que nos guste, emplatamos con el acompañamiento de un cono truncado de arroz con curry, por ejemplo (Fig. 6). Aparte nos hacemos una simple ensalada de lechuga + cebolla & tomate, nos armamos con una buena barra de pan para empujar y mojar, una cervecita fresquita y ¡hala! a comer como el chino de la tienda de ropa de abajo. Y es que si no puedes con ellos, únete a ellos y que el Peligro Amarillo te incluya también a ti.








lunes, septiembre 13, 2010

Movilgrafías: "¿Qué hacemos con la rana?"




En relación y como complemento a la pasada entrada, confirmaremos que todo en la rana es complicado; no sólo su dibujo sino su naturaleza completa y por tanto, las acciones a las que la sometamos: atraparla, inflarla metiéndole por el culo una pajita, arrancarle las ancas para devorarlas… Hasta arrojarla a la basura es un asunto de difícil consecución. Así ha ocurrido con esta rana-silla, rana reidora, rana maléfica con la que no supo qué hacer su dueño hasta que agobiado, la dejó al lado del contenedor. Un tormento que debió soportar durante seis horas para acabar cargándole a otro su rana-mochuelo. Y es que a poco que las dejes, las ranas te organizan un infierno.

viernes, septiembre 10, 2010

Dibuje una rana

La rana, la rana vulgar y corriente, comparte con la bicicleta su extraordinaria dificultad de ser dibujada. Prueben si no. Equipen a sus amistades con papel y lápiz durante alguna sobremesa alicaída, propongan el dibujo del batracio, y amenícenla con inagotables risotadas. En un principio casi todos se negarán, pues dibujar en público una rana produce en el adulto tanta vergüenza como expulsar gases (hablamos de público educado, por supuesto); pero si insistimos convenientemente o, de ser necesario, hasta llegamos a la amenaza blandiendo un cuchillo cebollero, nadie dejará de plasmar su obra para regocijo de todos.

Como ejemplo, ofrecemos a continuación unas pocas muestras del pasado experimento veraniego:



 
 
 
 

















Y para finalizar por hoy, presentamos la asombrosa...


miércoles, septiembre 08, 2010

Maravillas del Mundo, 10

 
"Desmenuzando"

La necesidad provocó que la población no le hiciera ascos a nada y que alcanzara unas cotas de aprovechamiento de los alimentos inimaginables pocos años antes. Los cruelísimos coletazos finales del Gran Abismo, allá por 2113, facilitaron el enorme éxito de los artefactos picadores y moledores como este que hoy presentamos, la Trituradora Especial que salió al mercado al precio de 975 Neokópecs.

Con su ayuda, las penurias alimenticias pudieron paliarse un tanto, pues el ama de casa pudo aprovechar las hortalizas pochas y las carnes de mal aspecto, tanto para la confección de purés como de hamburguesas, preparaciones que, dadas las naturalezas fragmentarias de ambas, eran platos que disimulaban las carencias hasta ser engullidos sin mayor problema. Así, adscritos todos al ‘ojos que no ven, estómago que no siente’ y ayudados en la fagocitación por la mejor de las salsas, o sea, el hambre, las tragaderas de la Trituradora Especial llegaron a admitir en su profunda sima hasta ratas, ratones y raíces silvestres.

Apuntemos finalmente el éxito que a la cola de este artilugio consiguió el concurso televisivo titulado “Hasta que Ud. aguante”, emitido en todo el Sector Ibérico y donde los participantes, con tal de hacerse con un apartamento en un playa L. C. V. (Libre de Contaminación Virobacteriana) llegaron a triturarse sus propios dedos frente a las cámaras, las mismas que adoraban el rostro del inolvidable Ray Platinski.

lunes, septiembre 06, 2010

Gran Diccionario Visual



vértrigo. m. pat. Mareo, vahído que sufre el segador cuando trabajando, comprueba cuánta faena le queda por delante todavía.

viernes, septiembre 03, 2010

Damero Maldito, nº 17 (septiembre)

 
Cuadernos Rubio

Era en septiembre, cuando llenos de buenos propósitos inaugurábamos con la mejor caligrafía los cuadernos escolares. Luego, el paso de las semanas y los meses, se encargaba de relajar nuestra determinación hasta hacerla desaparecer en un endiablado amasijo de borrones y garabatos. No habrá tiempo para que esto suceda con este Damero septembrino. Así que por favor, esmérense, y con su mejor letra, procedan a resolverlo con renovada ilusión de colegial.
Háganse con él, pinchando aquí: El Damero del Vecind(i)ario

miércoles, septiembre 01, 2010

"La elegancia del erizo" Muriel Barbery




¡Huy, huy, huy…! ¡qué malamente vamos a empezar si empezamos con los ditirambos! Porque vean si no:

— “La revelación del año.” Le Figaro
— “Diversión, ligereza y un cuento filosófico. Un éxito. Una obra maestra.” Lire
— “Una oda a la belleza.” Aurora Intxausti, El País
— “Conmueve desde la crudeza y resulta deliciosa. Su secreto es la elegancia.” Gabi Martínez. Qué leer
— “Un cuento moderno, refrescante e inteligente.” Le Figaro
— “La nostalgia atemporal de Marcel Proust y el frescor de Philippe Delerm… Divertida, inteligente… aérea como un haiku.” L’Express
— “Decir que Muriel Barbery tiene talento es quedarse corto… Tiene un humor devastador.” Le Nouvel Observateur

Leído lo cual, y leída la novela, y aun reconociendo el necesario peloteo para vender la moto inherente al género ditirámbico de las contraportadas, llega el momento de formar con el pulgar e índice de la mano derecha un a modo de rosquilla, alzar el resto de los dedos y, acto seguido, ¡¡¡pppppppprrrrrrffffffffff!!! expeler una larga pedorreta, que es lo que se merece esta cosita del erizo salida de la pluma excretora de Muriel Barbery (una señora que curiosamente, a juzgar por su foto de la solapa, se parece extraordinariamente a Olivia, la novia de Popeye).

Aparte puedo comentar que en esta ocasión coroné con éxito uno de mis grandes anhelos cuando me veo en la obligación de redactar chorricrónicas; o sea, reducir la novela reseñada a un único y solo adjetivo para comodidad de mi legión de lectores. Así que tras darle muchas vueltas, considero que el aplicable a “La elegancia del erizo”, el que le queda pegaíto al cuerpo eeeeeees… trrrrrrrrrrr (redoble)… ¡REPELENTE! En efecto, ésta del erizo es una novela re-pe-len-te, pero no en su acepción de cosa que causa repugnancia sino repelente en el sentido azconiano, repelente de Repelente Niño Vicente, no sé si me explico. Y repelente en tanto el despliegue incesante de una verborrea intelectualoide del mismo jaez que la que encontramos en el equipo franco-belga de Amelie Nothomb (¡otra que tal!), Marie Darrieusecq, Gérard de Cortanze, y hasta el propio Michel Houllebecq, aliñado el conjunto como no podía ser menos por esa admiración/devoción por todo lo japonés tan en boga en nuestros días.

Imaginen los personajes: Una niña marisabidilla, una portera que no tiene alma de portera y un señor japonés que por la sencilla razón de serlo atesora toda clase de virtudes. El escenario, un edificio del París de la haute bourgeoisie, y el medio, la “literatura filosófica”; o sea, ese espacio metaliterario donde los personajes se limitan a ser portavoces de la ideas y teorías del autor. Aderecen semejante gazpacho con unas altísimas dosis de pedantería aromatizada con Eau Cursilitè y como digo, con incesante verborrea referenciada a sesudos pensadores, y ¡hale hop! de ahí surge este erizo que hace al viejo Espinete un divertido compañero de farra. Vaaaaaaaleee… Con todo, puedo reconocer que hasta el decepcionante final, el último tercio no dejó de tener su interés; incluso admito que hay pasajes, sobre todo los correspondientes al diario de la portera, de indudable valor… ¡pero tomar esta parte por el todo y engancharlo a los ditirambos del introito es más difícil que envolver en papel de estraza un escudo del Betis! Prueben si no; pero si llegan a mis conclusiones, no me echen la culpa, por favor. Culpen a la caló.