viernes, marzo 25, 2011

martes, marzo 22, 2011

"Mis Melenudos, 9"

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"BLUE JAY WAY"

En los tiempos lejanos pero por suerte aún nítidos en que este tema de George Harrison (publicado en 1967 dentro del álbum “Magical Mystery Tour”) nos asaltaba en la reproducción de la correspondiente cinta de casete, no dudábamos en darle a la tecla del palante si las pilas eran nuevas, o en adelantarlo manualmente hasta la siguiente canción —a ojo— con el socorrido método del bolígrafo giratorio. Y es que “Blue Jay Way” siempre nos pareció un coñazo.

Al tema, por otro lado, lo habíamos cargado de sarcasmo al otorgarle un nombre familiar a partir de la repetitiva frase del estribillo ‘don’t be long’, siendo así que “Blue Jay Way” pasó a denominarse ‘la canción del dombilón’. Algunas veces, ya se sabe, la confianza da asco.

Es ahora, o no fue hasta hace poco, que uno comienza a apreciar composiciones que antes le aburrían. En el caso de Harrison, puedo unir a la musiquilla de hoy “It’s all too much” y “Only a Northern Song”. Tal vez se deba a que uno es también más aburrido cada lustro que pasa. Pero el caso, y contra lo previsto, es que los años toleran mejor este cúmulo de órgano Hammond, cintas al revés, voces sampleadas y todo el aparato requerido en la época para conseguir el perseguido efecto nebuloso (que más que nebuloso de nube, era nebuloso de humo de porro trompetero).

El “Paseo del Arrendajo Azul” —ojo no confundir el arrendajo azul, pajarraco típicamente norteamericano (Cyanocitta cristata) con el arrendajo de por aquí (Garrulus glandarius), según me aclara mi amiga Ángela, la mantenedora de este blog— es la calle donde George Harrison vivió una temporada en Los Angeles. Fue allí, durante una noche que esperaba la visita de unos amigos, entre ellos Derek Taylor, el que había sido jefe de prensa de los Melenudos, donde compuso la cancioncita de marras suponiéndolo de psicotrópicos hasta el mismísimo culo. Por lo tanto y una vez más, el hecho que la desata y posterior letra son inanes aunque las publicaciones de la época ya se encargaban de buscarle tres pies al gato más excéntrico, pues recuerdo que un estudioso sostenía que la frase “don’t be long”, o sea, “no tardéis”, en realidad significaba “don`t belong”, o sea, “no pertenezcáis”, no pertenezcáis al establishment se entiende. Ay, cómo estaban las cabezas entonces con tanta psicodelia y tantas chuches.

En fin, la letra viene a decir más o menos lo que sigue:

Paseo del Arrendajo Azul.

Hay niebla en Los Angeles
Y mis amigos se han perdido.
“Llegaremos pronto”, dijeron
Y en cambio, se han perdido.

Por favor, no tardéis; por favor, no tardéis mucho
Por favor, no tardéis, que puede que me duerma.

Bueno, les dije cómo llegar
Y que preguntaran a un policía
De los muchos que hay por allí

Por favor, no tardéis; por favor, no tardéis mucho
Por favor, no tardéis, que puede que me duerma.

Ahora ya ha pasado
La hora de dormir
y eso que me gustaría
Pronto amanecerá
Y yo aquí sentado
En el Paseo del Arrendajo Azul.

Por favor, no tardéis; por favor, no tardéis mucho
Por favor, no tardéis, que puede que me duerma.

El vídeo original —con Jorgito tocando un teclado pintado en el suelo— extraído de la película para televisión del mismo título que el álbum, lo tienen aquí: "Blue Jay Way"
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viernes, marzo 18, 2011

Crisis, what crisis?: Bailando.

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Hay individuos que gozan de tal presencia de ánimo que de hallarse en estos momentos en la central nuclear de Fukushima, se sacudirían de los hombros la contaminación radiactiva como si fuera caspa, “Bah, esto no es na”. 
Individuos como estos de mi barrio, de la clase danzante, para los que la vida es una continua cuchufleta y que piensan que en cien años, todos calvos. A lo mejor hacen bien.
A propósito, ¿qué será eso de "Baile de Novios"?

martes, marzo 15, 2011

Solución al Damero Mardito, nº 23 (marzo)

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A continuación, pasamos a desvelar la solución al último Damero Mardito (nº 23, marzo), aprovechando como siempre el momento para enviar un afectuoso saludo a nuestros distinguidos seguidores. Muchas gracias.

"Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano."

A. Jabalí
B. Lavabo
C. Bosque
D. Oculte
E. Retén
F. Golem
G. Estanco
H. Sudes
I. Ecuestre
J. Lenteja
K. Libélula
L. Ítaca
M. Bulas
N. Rameras
Ñ. Obviad
O. Diván
P. Esquina
Q. Andan
R. Remiendo
S. Enano
T. Niebla
U. Arrechucho

Acróstico: J. L. Borges "El libro de arena".
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viernes, marzo 11, 2011

Vidas humanas: Pilar Prades Santamaría

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"UNA MUJER EN EL PATÍBULO"
(La envenenadora de Valencia)

(De nuestro corresponsal José María de Vega para "El Caso")

Es rarísimo en España que una mujer sea condenada a muerte y ejecutada en garrote vil, sea también porque nuestra inveterada hidalguía nos haga renuentes a que una fémina tome el camino del cadalso.

Desde que se fundó "El Caso", en 1952, solamente se ha dado esta espeluznante circunstancia en la persona de Pilar Prades Santamaría, por lo que creo merece la pena que nuestros lectores recuerden la historia de los sucesos que ocasionaron aquel triste fin.

Mes de mayo de 1959. Amanece en Valencia. En la prisión de mujeres no ha dormido nadie en toda la noche. En la capilla de la cárcel, una mujer, joven aún, está esperando. Encendidas todavía las luces, se oyen unos pasos solemnes. Son los del presidente de la Sala de la Audiencia, los cuatro magistrados, el secretario, el director de la prisión... Avanzan hacia ella, que está acompañada por un sacerdote.

Detrás del grupo, el abogado defensor de la condenada. El magistrado musita unas cuantas palabras que encierran una fórmula legal.

Instantes después, todos ellos se encaminan hacia el patio interior de la cárcel, en donde dos hombres —el verdugo y su ayudante— manipulan en un extraño aparato. Es el garrote, que, pese a lo vil y siniestro de su nombre, está considerado como el método más rápido y, por tanto, más humanitario de privar de la vida a un semejante. La horca, el fusilamiento, son sistemas mucho peores todavía.

Unos minutos más tarde, el médico de la prisión se inclina sobre el cuerpo de la mujer que ha tenido anudado al cuello el fatídico corbatín. Su corazón ha dejado de latir.

Pilar Prades Santamaría, la envenenadora de Valencia, ya no es más que un nombre en la historia del crimen.

Unos años antes, una joven sirvienta, de veinticinco primaveras, Pilar Prades Santamaría, soltera, natural de Begis, en la provincia de Castellón de la Plana, había entrado a prestar sus servicios como doméstica en una chacinería existente en la calle de Sagunto, 64, en la capital valenciana, propiedad de don Enrique Vilanova, quien vivía en la misma finca en compañía de su esposa, doña Adela Pascual Camps.

La sirvienta, además de ser diligente y activa en el trabajo, manifestaba hacia su señora un cariño que a su mismo esposo le parecía exagerado. De repente, la dama, que había gozado siempre de una salud de hierro, empezó a manifestar síntomas de una extraña enfermedad. Se le paralizaban los brazos y las piernas y tenía continuos mareos. Los médicos no pudieron encontrar el origen de aquella dolencia que, en el plazo de unos pocos meses, la llevó al sepulcro.

Pilar Prades, desde el mismo día del entierro de su difunta ama, se instaló en la chacinería y empezó a disponer de todo como dueña y señora. Pero el viudo, don Enrique Vilanova, que tenía sin duda otras ideas, la despidió pocas fechas después.

No tardó en encontrar colocación la activa Pilar. En la calle de Isabel la Católica, número 7, también de Valencia, vivía un prestigioso doctor en Medicina, don Manuel Berenguer Terraza, con su esposa, doña Carmen Cid, y cuatro hijos de corta edad. Tenían desde hacía cuatro años una sirvienta, Aurelia Sanz Herranz, natural de un pueblo de Guadalajara, con la que estaban muy contentos, pues la chica era honrada y servicial; pero doña Carmen, precisamente por el afecto que profesaba a la doméstica y para aliviarla de la carga que suponía para ella un hogar con tanto niño, admitió como criada a Pilar Prades, para que ayudase a Aurelia. Las referencias que presentó Pilar de la chacinería de la calle de Sagunto no fueron ni comprobadas. ¡Estaba tan difícil el servicio doméstico!

En los primeros tiempos, Pilar y Aurelia, las dos criadas, se llevaban estupendamente. Salían siempre juntas y frecuentaban la compañía de los chicos de su edad. Fue esa precisamente la causa de que, de la noche a la mañana, se enfriara aquella amistosa camaradería. Porque resultó que un muchacho que le gustaba mucho a Pilar, simpatizó más con Aurelia, hasta el punto de hacerse novio formal de ésta. Pilar Prades no le perdonó nunca lo que estimaba como una alevosa traición de su amiga y compañera. Y de repente, Aurelia Sanz empezó a sentirse mal. Creyó, al principio, que era simplemente una gripe. Pero como empeorase y se declarara una parálisis parcial en las extremidades inferiores y superiores, el doctor Berenguer convocó a varios colegas suyos en una consulta de médicos. Acordaron que acaso se tratase de un virus nuevo, desconocido por ellos, y decidieron que lo mejor era enviar a la sirvienta al hospital. Allí comenzó a mejorar lentamente.

Pilar Prades se quedó sola, atendiendo al matrimonio Berenguer y a sus cuatro niños. Y aconteció que fue ahora doña Carmen Cid, la esposa del doctor, la que cayó enferma. Los síntomas eran análogos a los que había experimentado Aurelia Sanz. Nueva consulta de médicos, nuevas sospechas de que un virus maligno no localizado aún por la ciencia pudiera estar provocando tan extraña enfermedad. Pero en esto, el doctor Berenguer consultó con un colega suyo, catedrático de Medicina Legal, y le aconsejó que hiciera la prueba del propatiol, un inyectable que podría descubrir mejor que los análisis de sangre y orina si la paciente había ingerido algún tóxico. En efecto, se hizo la prueba. El resultado dejó anonadado a don Manuel Berenguer: ¡arsénico!

El prestigioso médico, por lo pronto, tomó la medida de despedir inmediatamente a la sirvienta. Sospechaba de ella pero no tenía pruebas suficientes para denunciar una conducta criminal. Y entonces, recordando las referencias que Pilar había dado de la chacinería de la calle de Sagunto, llamó al propietario de la misma. Cuando don Enrique Vilanova le relató las circunstancias en que había ocurrido el fallecimiento de su esposa —inexplicable para los médicos—, ya no cupo la menor duda. Estaban en presencia de una envenenadora.

La confesión completa de Pilar Prades Santamaría no se hizo esperar. Era una mujer elemental, y sus primeras protestas de inocencia no ofrecieron la más leve consistencia.

La muerte de doña Adela Pascual la premeditó con el propósito de quedarse dueña absoluta de la chacinería y soñando, incluso, en que podría convertirse algún día en la segunda esposa de don Enrique Vilanova. Probó un poquito de cierto producto "matahormigas" que venden libremente en todas las tiendas y observó que tenía cierto sabor dulzón. Entonces, siempre que preparaba el café para la dueña de la casa, en lugar de azúcar empleaba el "matahormigas", que, con la correspondiente dosis de arsénico que lleva en su composición, fue minando lentamente la salud de doña Adela Pascual, hasta producir su fallecimiento.

Los hechos que hemos relatado ocurrieron a principios de 1957. El juicio oral se celebró en la Audiencia de Valencia los días 2 y 3 de diciembre de aquel mismo año. Un eminente letrado del Ilustre Colegio de Valencia se encargó de la difícil defensa. Propuso a su patrocinada defenderla como culpable, para, con los atenuantes que pretendía invocar, lograr una condena de algunos años de cárcel. Pero Pilar Prades se negó rotundamente.

—Soy inocente —declaró con terquedad, pese a que en el sumario constaba su confesión ante la Policía y ante el juez instructor.

La Audiencia de Valencia la condenó a la última pena por la muerte de doña Adela Pascual, y a dos penas de veinte años de reclusión cada una por las tentativas en las personas de doña Carmen Cid y de la sirvienta Aurelia Sanz. Como es preceptivo en todas las condenas a muerte, el Tribunal Supremo estudió los oportunos recursos presentados por la defensa de Pilar. Pero su fallo no hizo sino confirmar el de la audiencia valenciana. El uso del veneno es una agravante que los jueces de todo el mundo estiman y castigan con la severidad que merece.

Y así, en una madrugada de mayo, Pilar Prades Santamaría fue ejecutada a garrote vil en un patio interior de la Prisión de Mujeres de Valencia.

(Nota del transcriptor: Pilar Prades fue la última mujer condenada a muerte y ejecutada en España).
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lunes, marzo 07, 2011

Gran Diccionario Visual, vocablo nº 29

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edivicio. m. Inmueble en cuyas diversas plantas se han establecido burdeles, casas de juego, puntos de venta de drogas y entidades bancarias.
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viernes, marzo 04, 2011

Placeres Mundanos

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Un viaje a lo básico: PAN

Pues sí queridos mamíferos, hace unos días y nunca mejor dicho, me metí en harina e hice pan... pan como el disparo vocal de un niño antiguo: ¡Pan! ¡pan! Pan de los de mojar pan, pan con su corteza y con su miga, pan como Peter Pan, pan contundente y sabroso, pan así como pueblerino, de los de echarlos al buche con un simple chorrito de aceite... Pan, en suma, que salió buenísimo y arrancó de los comensales los más vibrantes elogios. Así que aplicándome que el verdadero placer se encuentra en compartir las alegrías, paso a contarles el proceso para que también Uds. se sientan por un momento seres primigenios y cuasi telúricos, cercanos a esos antiguos dioses rurales que velaban por los cereales y los hombres.

Veamos entonces cómo fue la mecánica que elegí entre las muchas que existen:

Para hacer un kilo de pan se necesita harina (aplausos). Es fundamental (más aplausos). En concreto 750 gramos. Yo empleé en este primer experimento HARINA DE FUERZA ‘Harimsa’, aunque claro está, las posibilidades de conjunción con otras harinas u otras marcas son infinitas. Hasta podemos lograr un cinematográfico y goyizado ‘Pa negre’… pero de momento no nos metamos en dibujos. Harina de fuerza de panadería y no se hable más. Ojo, nada de harina de repostería, de freír, de pescao, ni cosas de ésas, eh. Trigo puro y de propiedades fortachonas.

Lo segundo que hace falta es la levadura, a no ser que queramos hacer pan ácimo para cuando llegue el Yom Kippur. Pero como imagino que no es el caso mayoritario, me vinieron muy bien al efecto 2 (DOS) sobrecitos de Levadura Panadera —pa-na-de-ra, ojo— que fabrica la casa Maizena. De momento eludamos los berenjenales levadúricos de lo natural y vayamos a lo comercial. Tercero: Una cucharada sopera de sal y para terminar, 400 centilitros de agua tibia. ¡Ojo, no caliente ni fría: tibia. Como el hueso de las pienna! (Fig. 1)


El primer paso es echar en un bol lo suficientemente grande (servidor empleó una honda ensaladera) la harina junto con la sal y la levadura en polvo, revolviendo el conjunto con una manita. De hecho, toda esta primera parte se puede hacer con una sola mano, como el amor propio. Después se va incorporando poco a poco el agua meneando con garbo la zarpa (o una espátula si tememos convertir la cocina en una película de Charlot, Fig. 2) hasta conseguir una pasta lo suficientemente consistente como para sacarla del bol y echarla sobre la encimera que previamente habremos enharinado (Fig. 3). Ahora viene lo divertido. Algo así como 30 minutos de amasado.

Primer amasado: Amasa que te amasa amasa que te amasa amasa que te amasa, etc.

Transcurrida la fase, que podemos amenizar escuchando por la radio la retransmisión de algún desfile de la Pasarela Cibeles, hacemos una pelota con la pasta resultante y la metemos en el famoso bol antes utilizado. Lo tapamos con film plástico (Fig. 4) y esperamos entre 1 y 2 horas, dependiendo de la temperatura y humedad en la que nos encontremos inmersos, que es el tiempo que la masa necesita para doblar su tamaño. Servidor estuvo espera que te esperarás hora y media, y cuando quitó el plástico, aquello ¡oh, maravilla!, parecía el suflé gigante de Woody Allen en "The sleeper" (Fig. 5). El resultado fue una masa esponjosa y suaaaave, que de nuevo llevé a la enharinada encimera para una nueva sesión de masaje (masaje viene de masa, supongo).

Segundo amasado: Amasa que te amasa amasa que te amasa amasa que te amasa, etc.

Al final, se le da forma de nuevo bolondro y ahora... ¡NO se tapa con plástico! NOOO. Se cubre la pelota con un trapo (limpio) de algodón y a ser posible blanco que da más buen rollo (Fig. 6). Allí tendremos la masa 15 minutos al cabo de los cuales la destapamos yyyyy... Síii, lo que temían:

Tercer amasado: Amasa que te amasa amasa que te amasa amasa que te amasa, etc.


Tras ello y con los bíceps del tamaño de testículos de morsa, volvemos el pelotón a sus mantillas y esperamos UNA HORA a que de nuevo se ponga cachondo. Una vez transcurrido este tiempo reglamentario y tras un breve magreo de un par de minutos ya estamos en condiciones de moldear el material (Fig. 7 y 8). Yo me incliné por fabricar CUATRO piezas en forma de semiesferas aplastaditas, o sea, como las tetas de Josefina Bonaparte. Sobre cada una de ellas marqué con un cuchillo una profunda cruz, dotando como de carácter eucarístico el futuro alimento (Fig. 9).

Aunque no se lo crean, ya hemos terminado con la parte muscular. Ahora viene la cocción:

1) Se precalienta el horno a 220 grados. Cuando alcanza tal temperatura, colocamos las piezas sobre una bandeja ensabanada con papel vegetal de cocina. También, en algún lugar del mini-infierno, pondremos un recipiente con agua para humedecer el ambiente, igual que sucede con las señoras cuando me ven en deshabillé. Allí estará todo VEINTE minutos (Fig. 10).

2) Pasado este tiempo, bajamos la temperatura a 190 grados y prolongamos la cocción 15 minutos más, sin dejar de echar alguna miradita al interior no sea que nos pasemos. Finalizado el proceso, el pan está listo, damas y caballeros.

Pero no se precipiten que se queman: Sacamos el pan, esperamos un ratito que se enfríe un poco, lo espolvoreamos con harina… y a ver quién es capaz de aguantarse sin pegarle al producto un pellizco como a culo de moza en agraz (Fig. 11). El resultado, ya digo, exquisito y espectacular; la consecución de un producto que, abierto en cuña, presentaba matices dalinianos (Fig. 12); con el añadido claro está, de que lo hecho por uno sabe hasta mejor (siempre que ése uno no sea mi cuñada JP, claro. Grrrrr).

Ciertamente, la posibilidad de hacer pan en casa no es despreciable. Y es que tal y como se está poniendo el asunto laboral me veo montando una tahona para apaciguar el plañido de mis churumbeles, que, famélicos, me piden alimento alzando al cielo sus manitas huesudas. Pero mientras analizo el negocio, recréense con la última imagen: El mismo pan al día siguiente, ‘asentao’, cortado en rebanadas, tostado y ajiaceitado. Una exquisita y sencilla delicia a la que sólo faltó hacer dormir en su superficie unos filetillos de esas magníficas anchoas de Albacete.

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miércoles, marzo 02, 2011

Damero Mardito, nº 23 (marzo)

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Espera a la primavera, Bandini.

Es sin duda este mes que se inicia el preferido por el que esto escribe. ¡Hay tantas cosas bellas que acontecen en marzo! Renace la primavera, el azahar estalla en los naranjos, las señoritas guardan abrigos y bufandas en sus hondos armarios para retomar ligeras prendas coloristas y, en suma, la atmósfera se embalsama de un tierno erotismo… Por eso, al que esto escribe, le da por pensar en la pertinencia o no pertinencia de machacarse la cabeza para resolver un Damero en vez de salir a las calles a contemplar la floración de las muchachas.

Pero ¡cáspita! no sean agonías. A poco que organicemos nuestro tiempo, ambas actividades pueden ser compatibles. Aunque ante la obligación de elegir entre una de ellas, no lo duden, resuelvan el Damero. Quedan muchas primaveras por llegar a sus vidas.

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¿Dónde conseguir el Damero de este mes? Pues como siempre, gratis total, en su kiosco habitual. Aquí:
El Damero del Vecindiario
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martes, marzo 01, 2011

Crónicas Porcinas, 4

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Navidad

Ayer creí que iba a ser mi día de suerte y que lo mismo me tocaba la lotería. Y es que es algo raro estrenar una tarrina de Tulipán en el bar de abajo. He calculado que es un suceso que ocurre cada tres meses y que cuando pasa, me pasa también algo bueno (iba a decir que el estreno se acompaña de un hecho prodigioso). Por ejemplo, la última vez, que fue a principios de septiembre, me enteré que uno de mis hermanos, volviendo de una playa, había salido ileso de un accidente de coche.

Pero esta vez no sucedió nada, a no ser que sea algo el que estando ocupados todos los periódicos del bar y yo con un triste suplemento inmobiliario entre las manos, se acerque el Tratante de Mulas y me ceda el Marca antes de marcharse. No debe ser mala persona el Tratante de Mulas. Al menos no me interfiere en el asunto de los periódicos porque su lucha, su lucha sorda, es exclusiva para conseguir el ABC. Es, por otro lado, uno de los pocos que ha anunciado las fiestas pero a su manera, o sea, cambiando de nuevo de politono. Antes tenía uno con una voz que llamaba a un taxi a gritos: taxiiiiiiiii, taxiiiiiii. Una voz que parecía emitida por un loro horrendo desde un balcón lejano. Luego cambió el tono por uno clásico de timbre telefónico. Ahora lleva uno que es un fragmento del anuncio antiguo de las muñecas de Famosa. Hay gente a la que no le preocupa ganarse una reputación de no sé qué a base de politonos.

Pero salvo su excepción y la de unos pocos más, la llegada de la navidad apenas se nota en el bar de Marisa. Mejor dicho, no se nota nada. Hace años que decidió no colgar adornos ni pintar en los cristales felices fiestas con la nieve falsa de espray ni poner bote de navidad ni nada. El bar de Marisa es un bar ateo. Un bar seco. Como ella dice, para poner bolas y muñecos de papanoel todo el mundo está dispuesto, pero para descolgar el día ocho de enero lo colgado el quince de diciembre no se apunta nadie. Pero lo que tampoco quiere Marisa es que su bar se convierta en el de al lado, que es un bar de camareros indolentes, de camareros sin jefe, de camareros que se beben los botellines de cerveza delante de la clientela con un cigarrito en la oreja. Allí la decoración navideña, como no la quitan, está presente todo el año, hasta en pleno verano con todo el calor. Lo único que cambia es que cuando llega la navidad, enchufan las lucecitas.

En el bar de Marisa otro de los pocos que pone la nota navideña este año es Prince, el aparcacoches nigeriano. Prince entra cargado con las bolsas del hiper que trae una furgoneta para dejarlas en la cocina. Prince hace muchas cosas: aparca coches, descarga bolsas, pone y quita los veladores de la terraza, avisa de que llegan los municipales. Luego a mediodía, Marisa le da de comer en la barra unos platazos enormes de macarrones con tomate. Prince venía hoy con un gorro de papanoel y una barbita blanca postiza atada con una gomilla. Es curioso. Un negro con un gorro de papanoel es un negro con un gorro de papanoel, pero un blanco con un gorro de papanoel es un imbécil. Prince, cargado de bolsas, se encontró con la gente que miraba en la tele lo de la lotería con las tazas de café a medio camino de las bocas y que formaba un tapón entre las mesas y la barra. Le fueron dejando paso a la vez que le palmeaban la espalda y lo felicitaban por el ocurrente disfraz y lo invitaban a sus acostumbradas tostadas con foigrás. Ahora en navidad lo invitan mucho más porque se les ablanda el corazón a los cabrones. Uno de ellos es precisamente el Tratante de Mulas, que aunque Prince diga que no tiene ganas, se la deja pagada. Con la lista de tostadas pagadas que tiene, Prince podría alimentar a su familia nigeriana hasta la cuarta generación por lo menos. Si yo fuera Prince soñaría la noche de navidad que bajaba de un avión en el aeropuerto de Lagos vestido de papanoel y que desde lo alto de la escalerilla arrojaba a la multitud de negros sacos llenos hasta los topes de tostadas con foigrás. Y los negros se mataban, se cortaban a machetazos las piernas y los brazos, se decapitaban, se prendían fuego después de llenarse de gasolina unos a otros y acababan bañados en sangre por conseguir un saco de esos y poder traficar. A lo mejor aparecía en su sueño la mujer y los dos hijos que dice que tiene allí. Pero no. Se despertará y todo seguirá igual en su piso patera y en el bar de Marisa.

Como para no tomarle manía a las fechas. Cuando hoy esperaba el cambio y el vasito de agua, he oído por quince veces lo de quien juega por necesidad pierde por obligación, veinte veces la pregunta qué, cómo vas a pasar las navidades, a gusto o con la familia y treinta y dos veces la despedida de los funcionarios, ea, pues ya hasta el año que viene, Marisa. Jejejé jajajá jijijí. También me fui. Hice el último gurruñito con una servilleta de papel y me fui. Al salir me di cuenta del detalle de una pequeña maceta con una pequeñísima flor de pascua. Estaba en el rincón que forma la cristalera con el ángulo de la puerta, al lado de un paragüero sin paraguas. Era de un rojo bellísimo, de un rojo de imposible intensidad. De un rojo vibrante y cálido, como una verdadera llamita de esperanza.

es.humanidades.literatura
22/dic./2008
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